Esto que vamos a contar ahora forma parte de mi libro de Los cuatro naufragios del Capitán (623191492), que es la biografía de uno de los mayores justicieros de la historia de Santander, Teodosio Ruiz, hermano de mi tatarabuela, que fue asesinado a tiros hace justo 120 años.

Los cuatro naufragios del Capitán (62391492)
Dos cadáveres en la morgue de Santander con varios tiros a quemarropa
La noche del 18 al 19 de enero de 1906 entraron dos cadáveres en la morgue de Santander con varios tiros a quemarropa. Al mismo tiempo, un tercer herido ingresaba en el hospital con pronóstico reservado. A cierta distancia del centro de la ciudad, donde había sucedido el tiroteo, la reciente viuda de uno de estos fallecidos, sin saber aún lo que le había pasado a su marido, pero en estado de pánico, porque él nunca volvía tarde a su casa, aguardaba con impaciencia en el portal las horribles noticias que al cabo de un tiempo larguísimo le terminaron de traer los vecinos. Su marido y padre de sus cinco hijos no iba a volver jamás, ya que había sido víctima del fuego cruzado de un ajuste de cuentas entre personas del mundo del hampa. El inocente Nicanor Arenal acababa de pasar a engrosar la larga lista de las víctimas colaterales que día a día se van sumando por todo el mundo.


Todo esto sucedió en un casino ilegal, justo al lado del Ayuntamiento de Santander
Esta pobre mujer fue socorrida por la solidaridad de los santanderinos, conmovidos por la conmocionante situación, de tal forma que se montó una colecta para ayudarla a ella y a sus cinco huérfanos de padre. Por otra parte, el asturiano herido en la refriega pudo salir del bache, mientras que los otros supervivientes de la situación habían tenido que saltar desde una entreplanta a la calle, para salvarse de los tiros que se habían cruzado uno de los muertos, en soledad, contra varios agresores a un tiempo. Todo esto sucedió en un casino ilegal, justo al lado del Ayuntamiento de Santander, en una de las principales avenidas de la ciudad que hoy coincide con lo que es ahora el bloque de viviendas entre la Calle San Francisco y la Avenida de Calvo Sotelo.
Toda esta aventura tuvo en vilo a la ciudadanía santanderina ya de antes de tan fatal desenlace y se alcanzó el clímax del dramatismo y la frustración popular cuando se supo que el justiciero popular Teodosio Ruiz González era uno de los fallecidos en el tiroteo, en el cual parece ser que él también realizó disparos. Ahora bien: no está nada claro en qué circunstancias se produjeron dichos tiros dentro de un local dedicado de por sí a una situación tan ilícita como el juego ilegal de cartas. Y hay razones muy potentes para pensar que Teodosio efectuó los disparos a posteriori, pues lo madrugaron, como se dice en el argot, al dispararle a él primero a traición, siendo además atacado por varios agresores al tiempo.

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La corrupción de la Policía Local de Santander y del propio Ayuntamiento y el Gobernador
Por aquel tiempo, la corrupción de la Policía Local de Santander y del propio Ayuntamiento y el gobernador habían llegado a un máximo escandaloso incluso para los más acostumbrados a los excesos de la ludopatía, la más brutal trata de blancas, la explotación del alcoholismo y la delincuencia organizada en general. Un terreno abonado para que apareciera un justiciero popular que, a juicio del propio poeta santanderino Pick, fue Teodosio, el hombre más fuerte y más bravo que el juicio del pueblo de Santander haya habido jamás en nuestro puerto.
Este magnífico Oficial Náutico de la Marina Mercante, que llegó al máximo empleo de Capitán, era de hecho reconocido en Santander como el Piloto por su gran habilidad para conducir los navíos por las rutas más complicadas. De toda la vida fue alabado en Santander y en todo su gremio marinero su habilidad al mando de los más pesados buques y recorrió muchas millas náuticas de rutas de ida y vuelta entre el Caribe y Santander, sobre todo, soportando en esos 18 años de marino activo los más terribles ciclones.


Sus enfrentamientos con la Policía Local de Santander fueron constantes
Tampoco le tembló nunca la mano cuando tocaba enfrentarse a gente chunga que, como él, frecuentaba en el mundo del juego y de los garitos. Ya a los 17 años fue detenido por la Policía después de arrasar una taberna en Boo de Piélagos junto a otros muchachos de su edad. Y de ahí en adelante, sus enfrentamientos con la Policía Local de Santander fueron constantes, pero la cosa no terminaba ahí. También fue una persona que defendió sus ideales hasta el último momento y, para empezar, a su amado país, incluso cuando un negrazo como una loma insultó a la Bandera y a la Marina de España. El asunto terminó a machetazo limpio y hay que dejar claro que ese negrito gigante pertenecía a la secta de los ñáñigos, un antecedente peligrosísimo de las bandas latinas actuales, que tenían por el reto de iniciación el apuñalamiento de un hombre blanco por la espalda.
Con este tipo de angelitos tenían que habérselas la Guardia Civil o el Ejército y los cubanos en general, siendo los miembros de esta secta los más activos combatientes independentistas, cuyos prisioneros eran distribuidos por todos los presidios más alejados del imperio español y, especialmente, por Canarias o el Estrecho e incluso en la remota cárcel de Gerona.
Como dice el poeta Pick, fue codiciado por las mujeres
Pues bien: nuestro héroe se desafió un combate a muerte con armas blancas con el tipo y, después de derrotar a este sectario sinvergüenza, según sabemos, lo tiró al mar, aunque suponemos que sin matarlo. Todo un adelantado a su tiempo en esto de la lucha, pero también en el arte de amar a las mujeres y de conseguir ser él mismo amado, ya que, como dice el poeta Pick, fue codiciado por las mujeres.
Y a todo esto nos queda lo más significativo de un personaje que fue querido y admirado por sus contemporáneos, aunque el mundo de la delincuencia y los viciosos asociados a ella le temían, más que nada, sin dejar de respetarlo, pues era el auténtico flagelo de Dios para ellos. Para los propios corruptos del hipócrita sistema político municipal y regional, que no podían ocultar que estaban aprovechándose del mundo de la trata de blancas y del juego ilegal que destruía a tantas familias. La verdad es que era tan claro que los políticos y la Policía Municipal estaban metidos en todos los ajos que cuando Teodosio Ruiz se puso a contar todas estas verdades, en un periódico de su propia fundación, se convirtió en el acto en una especie de revolucionario al que literalmente le arrebataban los periódicos de las manos. Unos periódicos que él con sus amigos editaban e imprimían y cuyas verdades le valieron bastantes problemas directos con las autoridades y muchísima censura.

Los cuatro naufragios del Capitán: el amor en tiempos de la sífilis
Dos grandes juicios marcaron la etapa final de una vida demasiado volcada a ciertos vicios que le pasaron factura. Como si fuera una lección moral para un espíritu tan apasionado y una sociedad tan adormecida, después de haber sobrevivido tantos combates a muerte en tantas tabernas y puertos, así como a terribles ciclones tropicales, los pecados de cintura para abajo fueron lo que le causaron la herida más sangrante y mortal. De ahí que el libro se llame Los cuatro naufragios del Capitán. Porque Teodosio enfrentó unas tragedias tremendas a lo largo de su corta y apasionante vida de héroe y empezando por una gravísima enfermedad, que adquirió en sus constantes viajes de marino y que, aunque se imponía por la época una censura moralista bastante fuerte, podemos adivinar sin mucha dificultad que se trataba de una enfermedad venérea muy grave.
Debido a lo que se comentaba en la prensa por parte de sus propios amigos íntimos, que hablaban de su salud ya muy combatida por esa misteriosa enfermedad, antes de sufrir la brutalidad con la que fue agredido en su último conflicto, y que él nunca empleó con sus adversarios, a lo largo de tantas trifulcas, y debido sobre todo a la demencia que parecía afectarle en sus últimos días de vida, yo me inclino por pensar que esta enfermedad tan terrible no era otra que la sífilis. El SIDA de todas las épocas de antes de que llegaran los primeros tratamientos experimentales, justo cuando la muerte se lo llevó por delante.

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La trata de blancos era todavía más brutal que la trata de blancas
No es menos interesante que precisamente le afectara una enfermedad tan grave y tan venérea cuando el propio Teodosio fue un profeta contra los abusos que implicaba el vicio del sexo cuando hay dinero de por medio y una mafia dispuesta a vender hasta lo más sagrado para cualquier ser humano, que es la infancia. Teodosio nos pinta en su tan censurado periódico un cuadro muy evocador de los gravísimos atentados contra la inocencia y la salud de la infancia y la juventud, pues la trata de blancos era todavía más brutal que la trata de blancas. Esa trata tremenda que tenía a tantas mujeres en un régimen de esclavitud que patrocinaba el propio comisario de Santander, el forzudo y malvado Narciso Tomás. Un auténtico proxeneta que se dedicaba a gestionar todas las ramificaciones de la mafia en nuestra ciudad. Un auténtico tirano que soñaba con que alguien asesinara a su mayor rival y que incluso le echaban cara a sus más viles colaboradores que no tuvieran testículos de acabar de una vez con Teodosio Ruiz.
¿Será que tuvo que pedir refuerzos, este desalmado, para que alguien le ayudara a acabar con quien era el único valedor real de tantas mujeres forzadas y tantos niños amenazados? Para un obstáculo en sus planes de seguir siendo, de forma indefinida, el tiránico Comisario corrupto de Santander. Teodosio Ruiz González era el gran defensor de tantos jugadores empedernidos, que eran explotados en sus vicios por chantajistas que se sentaban a su lado en las mesas ilegales para extorsionarlos. El único que tenía los testículos de denunciar públicamente a la mafia de Santander en ese siglo XIX y principios del XX en el que nuestro país. Un héroe del declive español que vivió incluso la gran tragedia de los últimos tiempos con la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Una desgracia que tuvo que afectarle muchísimo, así como también la explosión tremenda del Machichaco en pleno puerto de Santander.

Una gran coalición de desalmados para acabar con este tigre santanderino
Pero Teodosio dirigía a su santanderino público a esas otras tragedias diarias en las que nadie parece reparar y que son incómodas para esa mayoría hipócrita que prefiere mirar para otro lado. Porque Teodosio era alcohólico y mujeriego, pero esto era algo muy habitual en esa época en el mundo y además es que las mujeres eran las que iban a por él. También era jugador empedernido en una época en la que la ludopatía estaba fomentada por el Estado y en la cual las prohibiciones sólo jugaban un papel para enriquecer a tanto jeta y abusón que se dedicaban a sacarles los cuartos a los jugadores.
Teodosio Ruiz González no era ningún santo, es cierto, pero mucho menos era un mafioso y un asesino como los que fueron a por él en los últimos días de su vida y que necesitaban formar una gran coalición de desalmados para acabar con este tigre santanderino. Da toda la impresión de que nuestro justiciero popular local fue llevado hacia una trampa inexorable en la que el hombre más peligroso de España, como lo definió un guardia civil, sería la mano ejecutora si nada más funcionaba. Así describía ese guardia al mafioso salmantino cubano, apodado Martinillo, que actuaría de maestro de ceremonias en ese mundo del hampa: el hombre más peligroso que hubiera conocido nunca en su carrera militar.
El hombre más peligroso de España de su época
Y es que solamente median unos pocos meses entre que ese condotiero mafioso se presentó en un casino de Santander, para mostrarse al público mafioso y vicioso como el gran gánster español de la época, y el momento brutal en el que choca de frente contra Teodosio por última vez. Y, además, salió impune de todos los cargos, lo que refuerza mucho más la impresión de que Don Diego Martín Veloz fue enviado a Santander para reprimir a una resistencia heroica de justicieros populares encabezada por Teodosio Ruiz González.
El hombre más peligroso de España de su época reclamaba unas condecoraciones militares por haber sido el responsable de que el enemigo yanqui no arrebatase al Ejército español la única bandera que permaneció en poder nuestro tras la guerra cubana. Y así apareció en Santander por primera vez, vestido de uniforme militar español y solicitando un crédito que no le correspondía y que le dieron bajo amenazas, pues se refirió ser el mismo pistolero que poco tiempo antes había protagonizado un escándalo a nivel nacional en el Casino Colonial de Madrid. Siempre pistola en mano y siempre dispuesto a ser el primero en disparar. Pues bien. Su apabullante presentación en sociedad provocó que el director de ese casino prescindiera en adelante de unos vigilantes andaluces a los que todo Santander conocía como los Cívicos, por sus métodos poco ortodoxos para desanimar a tramposos y delincuentes de imponer su propia ley criminal en el local.

Unos políticos y un sistema judicial y policial ultra corruptos
Pero el local Teodosio Ruiz González no se arrugaba y llamaba en público a Martinillo un gángster de café con leche. El Capitán retirado, por culpa de esa enfermedad misteriosa, ya no se movía tanto del puerto y se perfiló enseguida como el único capaz de poder defender a los santanderinos de la mafia que intentaba explotar sus más bajos instintos ludópatas, sexuales y alcohólicos entre otros. Eso sí: tenemos claro que no lo hacía solamente por amor al arte, sino que también pedía una especie de impuesto revolucionario que no era tan diferente al que los propios mafiosos exigían a sus víctimas. Y así ocurrió que algunas personas que estaban más acostumbradas a recibir que a dar se cansaron de las constantes interferencias y hasta extorsiones de un justiciero popular sin capa y sin escrúpulos al que acabaron dándole plomo, siempre con las bendiciones y el paraguas de impunidad que les ofrecían unos políticos y un sistema judicial y policial ultra corruptos.
Un libro sobre los más significados asesinatos de nuestra provincia
Mauricio es un santanderino que, como éste que os escribe, está obsesionado con esta época maravillosa de nuestra ciudad y de nuestra región, aunque parece que el Ayuntamiento no está tan interesado en promocionar nada de nuestra cultura marinera y decimonónica y lo mismo el Gobierno de Cantabria. Nadie como él para describirnos uno de los asesinatos más paradigmáticos de todos los tiempos en nuestra ciudad, ya que está ultimando un libro sobre los más significados asesinatos de nuestra provincia en las décadas anteriores a la guerra civil española. Veamos lo que nos cuenta.
El club tenía varios propietarios. Uno de ellos era Diego Martín Veloz y tenía como encargado a un camarero llamado Ricardo Pellón Fresneda (a) Colindres.
El jueves 18 por la noche Teodosio dejó el gabán en un establecimiento de la calle Colón y después de visitar otros establecimientos, caso seguro en estado de embriaguez se dirigió a la calle de Puerta la Sierra. Llamó a la puerta del Club, bajó el camarero y Teodosio dijo que quería cerveza. Como otras noches el camarero subió a buscarla, pero Teodosio se le adelantó, subió las escaleras y llegó a la puerta del piso primero. Dentro estaba el encargado del Club, el “Colindres” que al verle fue a avisar a Diego Martín. Posiblemente se colocó en la segunda puerta para impedir la entrada de Teodosio.
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Entre ellos había un odio mutuo, pues se consideraban los más guapos: los más valientes
Un camarero avisó a Diego Martín de la presencia de Teodosio y éste le recordó que no podía entrar en aquel local. Entre ellos había un odio mutuo, pues se consideraban los más guapos, los más valientes, los más matones. Ambos se encontraron en la cocina, cruzaron unas palabras y empezaron a pelearse. Muy pronto se escucharon detonaciones de armas de fuego. Probablemente Diego disparó primero y la bala atravesó la primera puerta de entrada. Teodosio en vez de huir por la escalera se metió en la gran sala hacia donde estaba el billar. Hubo un segundo disparo que atravesó la mampara, y cuando llegó a la puerta del tabique de madera un tercer disparo que atravesó el tabique y perforó la madera de uno de los balcones. Teodosio fue al rincón de la derecha y cayó en un diván y desde allí debió de hacer dos disparos posiblemente herido y sin apuntar bien, ya que había señales en el techo. Quizás pudo recibir algún disparo cuando estaba caído sobre el diván, que es donde murió.
En la sala habían entrado Teodosio Ruiz y su agresor, Diego Martín
En la sala de juegos varias personas estaban jugando, y al oír los disparos en la cocina se produjo una gran confusión ya que todos trataron de salir al mismo tiempo por la estrecha puerta del tabique. En ese momento, en la sala habían entrado Teodosio Ruiz andando de espaldas y su agresor, Diego Martín, avanzando. Algunos jugadores, presa del pánico, arrancaron el tabique por el centro dejando un hueco para huir y otros cinco se arrojaron por el balcón. De espaldas a la puerta de entrada a la sala de juego se encontraba Ramón Liñero Miñas que antes de poder huir recibió un balazo en la espalda. También fue herido Nicanor Arenal Ortiz.
En cuanto a la compra de la pistola Browning que perteneció al Martinillo intervinieron tres personas. Diego Martín la adquirió dos meses atrás en la armería del Sr. Alberdi, fue a recogerla y la pagó Colindres. Más tarde se presentó otro individuo en busca de la funda de la pistola que se le había olvidado comprar abonando 4 pesetas.
Hoy traigo viento a babor y estoy dispuesto a disparar unos cuantos tiros
Parece ser que se abrió una nueva línea de investigación, con la sospecha de que hubiera una tercera persona que hubiese disparado. Las personas que auxiliaron a Nicanor Arenal cuando cayó desfallecido en la puerta de la droguería de Puerta la Sierra le oyeron decir “Me ha matado Colín… Colín… Colindres”. Por lo que, además del Martinillo, debió haber disparado Ricardo Pellón Fresneda (a) Colindres.
Teodosio pidió otra botella de cerveza, pero como le pareció mal que bebiera tanto, hizo señas al camarero para que no le sirviera. Teodosio entonces preguntó por Colindres, que donde estaba, a lo que Diego respondió que por ahí dentro. Después de hablar con Colindres, Teodosio dijo: “Hoy traigo viento a babor y estoy dispuesto a disparar unos cuantos tiros”. Le advirtió “No haga usted eso, Teodosio, porque se va a dar un escándalo y las consecuencias para usted no serán buenas”. Trató de calmarlo porque sabía que cuando estaba embriagado no se contenía.
Este día se confirmó una imprudencia que ocurrió en la noche del suceso. La policía detuvo al encargado del local Ricardo Pellón (a) Colindres, después cerró la puerta del local y cometió el error de devolverle la llave a Pellón en vez de entregarla al Juzgado para cumplir la orden de que nadie entrase ni tocase ningún objeto del Club.
En la calle, el Colindres entregó la llave a otro individuo y éste cometió la torpeza de subir al Club y quedarse allí un instante. Dijo que subió a buscar unas capas y a recoger un dinero que había en el Club, sin la autorización del juez. Al día siguiente acudió a entregar al juez todo lo que recogió: dos relojes con sus cadenas, unos pendientes de oro y una cantidad de dinero. Los relojes y pendientes procedían de empeños que habían hecho jugadores.





























