Hablamos de la verdadera historia de los Condes de Carrión y su misteriosa relación con Almanzor. ¿Sabías que los Condes de Carrión lucharon intensamente contra Ál Andalus, contra su propio rey leonés por la independencia de Castilla, y que uno de ellos llegó a seguir hasta la muerte en Córdoba a su señor feudal, el califa hijo de Almanzor? ¿Sabías que hubo un conde castellano legendario, al principio de la Reconquista, cuyo nombre árabe mestizo pasó a la historia de esta frontera mágica y que pudo ser el origen de esta extraña lealtad de un conde castellano a Córdoba? ¿Fue Abolmondar Albo el verdadero iniciador de las fortunas del linaje de los Condes de Carrión, guerreros místicos del Juego de Tronos del Reino de León y siempre situados entre moros y cristianos? ¿Qué hay de cierto en su verdadera leyenda de capitanes de León y Córdoba, unas veces luchando por su nación cristiana y otras al servicio de los odiados califas?
El modus operandi de estos condes y otros líderes cristianos de la Reconquista fue simple, pero a la vez tan complicado: tras la batalla, la puebla (la repoblación cristiana) y, tras la puebla, la batalla (para defender esa nueva frontera, más adelantada que la anterior.
Los Condes de Carrión como protagonistas absolutos de la Edad Media española
Ya está bien de dejar al margen a los Condes de Carrión como protagonistas absolutos de la Edad Media española y de la propia creación de Castilla y de la refundación nacional de España. Estos adelantados de frontera, caudillos guerreros en los tiempos más decisivos de la Reconquista, fueron mucho más importantes de lo que se nos quiere hacer creer y en nada inferiores a los más conocidos Condes de Castilla, como Fernán González.
La leyenda negra contra los Condes de Carrión que se expresa en el Cantar de Mío Cid es una muestra de las rivalidades que había dentro del reino de Castilla y León y del poder que ostentó, en su momento de mayor auge, una saga de nobles legendarios: los Condes de Carrión, Saldaña y Liébana. Una saga de caudillos castellanos que dejaron su huella en la Reconquista, siempre en la frontera entre Al Andalus y los territorios cristianos.
La realidad de estos poderosos nobles guerreros anula cualquier atisbo de esa imagen cobarde y ridícula que de ellos se presenta en el Cantar de Mío Cid. Sin embargo, igual que en el caso del propio Cid, no es fácil entender la trayectoria política y militar de estos grandes caudillos castellanos, pues está demostrado que estrechaban alianzas tanto con sus propios reyes leoneses, como con el temido y odiado Almanzor.
La realidad de estos condes legendarios es de batallas durísimas a vida o muerte contra Al Ándalus o su propio Rey de León y hasta de dar la vida en combates e intrigas, pasando incluso por la cárcel de su propio monarca contra el que se rebelaron o por la decapitación en Córdoba de uno de ellos, fiel hasta el final al servicio del Califa Abderramán Sanchuelo. A su musulmán señor, por su parte, caído en desgracia ante sus paisanos, los triunfantes rebeldes le demostraron el mayor odio acumulado contra él y su familia y lo crucificaron en las puertas de la ciudad.
Soy Miguel de Cervera y puedo ser vuestro guía en Carrión de los Condes, Saldaña o la villa romana de La Olmeda, para enseñaros la cara oculta de una historia que ha sido demasiado simplificada y edulcorada, ocultando la realidad de abusos y violencia, así como de injusticias de todo tipo que sufrieron nuestros antepasados y siempre a mano armada.
La abundancia de cereales y ganado en una tierra tan fértil como la Tierra de Campos, de la cual Carrión es el corazón, así como la posición estratégica de esta comarca tan deseada, cruzada en el Camino de Santiago y como lugar de paso obligado entre la Cordillera Cantábrica y la Meseta, sin duda alguna, fueron factores que favorecieron el crecimiento desmedido de esta familia de nobles que se pudo codear con los grandes emperadores peninsulares. El todopoderoso Rey de León, caudillo indiscutible de los reinos cristianos, y el mucho más temido y respetado señor de la guerra andalusí: Almanzor. Uno de los más brillantes y despiadados generales de toda la historia de España y Europa.
Entre el sometimiento al Rey de León y la rebeldía apoyada por Ál Ándalus
La relación de los Condes de Carrión, los Banu Gómez, con estas dos superpotencias en guerra continua, es muy curiosa y nada fácil de entender en esta dinámica de Juego de Tronos. Una historia de lealtades y traiciones, a ambos lados de la frontera, en cuya zona de fricción se encontraban se encontraban estos condes aventureros. En algunas ocasiones, como solía suceder al principio de la Reconquista, los más débiles caudillos cristianos se allanaban a tratos y alianzas con los moros. Y esto era así por varios motivos evidentes.
Por un lado, Al Ándalus era por entonces potencia que absorbía tributos y soldados de lo que sería una grandísima parte de lo que hoy es Portugal y España. Una porción que además contaba con las tierras más ricas del país, mientras que los estados cristianos tenían que defenderse de semejante imperio con lo que tenían. Una misión que no era nada fácil y en especial en las tierras recién ocupadas de la Frontera, como la comarca de Tierra de Campos, que durante largos siglos fue el escenario de crueles batallas y no sólo entre cristianos y moros.
También los propios cristianos mantenían sus diferencias brutales entre ellos, como la que culminó con la independencia de Castilla con respecto al Reino de León. El nacimiento de una nación independiente que más tarde se convertiría en la más poderosa de la Tierra, pero que por entonces era un conglomerado de condados fronterizos en constante contacto y guerra con las fuerzas de Al Ándalus. Un imperio español dirigido por una casta musulmana que manejaba sus asuntos entre el norte del Magreb y la Península Ibérica. Todo un gigante que no estaba dispuesto a seguir permitiendo que los cristianos avanzaran su frontera hacia Toledo, Zaragoza y otras grandes ciudades dominadas por ellos tras las que se situaba, bien lejos de esa frontera tan disputada, la fastuosa capital del califato: Córdoba.
Y hasta allí llegaron estos Condes de Carrión y Saldaña, en medio de sus intrigas políticas y militares, como expertos jefes guerreros que aglutinaban a una gran cantidad de tropas profesionales. Como administradores de un territorio muy rico que se situaba a caballo entre los reinos de León y Castilla.
Porque también los moros tenían sus propias diferencias entre ellos y las arreglaban con la misma violencia anti fraterna con la cual los cristianos dirimían las suyas propias. Y en las guerras civiles e intrigas del califato intervinieron de lleno personajes como estos condes de Carrión y Saldaña, incluso en campaña están desastrosas como la que llevó a la muerte a uno de estos Condes legendarios. Un valeroso capitán que se atrevió a llegar hasta el final en su apoyo al califa hijo de Almanzor, al que todo el mundo llamaba Abderramán Sanchuelo, por su enorme parecido con su abuelo materno: el rey Sancho de Navarra.
En la imagen, un rey asturiano-leonés. Estos monarcas cristianos emergentes tuvieron serios problemas para controlar a los nobles castellanos y al final, de hecho, estos adelantados fronterizos se acabaron independizando de ellos.
La leyenda de Abolmondar Albo podría corresponderse con un mítico Conde de Carrión
El nombre «Abolmondar Albo» tiene origen mozárabe y procede de Abu Al-Mundhir, la kunya o apelativo de la familia de los Al-Mundhir. Según el historiador Fray Justo Pérez de Urbel, este sobrenombre habría pertenecido al conde castellano Rodrigo Díaz. Sin embargo, la medievalista leonesa Margarita Torres lo atribuye al también conde castellano Munio Gómez.
Este personaje, activo a comienzos del siglo X, aparece citado en varios documentos de la época. Su estrecha vinculación con las comunidades mozárabes y la limitada capacidad militar de las tropas castellanas para enfrentarse a las incursiones musulmanas fueron, probablemente, las razones por las que varios condes, incluido «Abolmondar Albo», decidieran no unirse a leoneses y navarros en la Batalla de Valdejunquera (920) contra Abd al-Rahman III. La inacción de estos magnates enfureció al rey Ordoño, quien, en el episodio conocido como Tebular, mandó encarcelar a cuatro condes: Nuño Fernández, Fernando Ansúrez, Abolmondar Albo y su hijo Diego.
Huella de este misterioso líder mozárabe en la actual provincia de Burgos
Aunque su actividad abarcó gran parte del territorio burgalés, es en el nordeste, concretamente en la comarca de los Montes de Oca, donde más rastros dejó. La tradición le atribuye la fundación de Villalmóndar —cuyo nombre derivaría de “Abolmondar”— y Villalbos, e incluso de Albillos, aunque no existen pruebas documentales concluyentes y se sabe que hubo otros nobles castellanos con el mismo nombre. En 923, una carta de la zona del Arlanza menciona a Abolmondar Albo junto al rey Ordoño en la Rioja.
Algunos descendientes suyos habrían fundado o repoblado localidades en Castilla y León, como Venialbo, cuyo topónimo significa “hijos de Albo”. Más allá de estos datos, poco se sabe de su vida. Fue un conde conocido entre las comunidades mozárabes del nordeste burgalés, que administró sus dominios en una región fronteriza marcada por el contacto constante entre cristianos y musulmanes, manteniendo un gobierno relativamente pacífico.
Tal vez pudo gobernar a un entendimiento con Córdoba de alguna clase
Es importante tener en cuenta que este noble de frontera tan mítico y a la vez tan olvidado fue muy alabado por sus contemporáneos por haber sido capaz de gestionar en tiempos tan convulsos una comarca bastante extensa y testigo de tantas batallas en una gran paz y calma que acabó súbitamente con la batalla de la Morcuera.
Este noble tan atípico podría deber esa paz en la que pudo gobernar a un entendimiento con Córdoba de alguna clase. Es bastante lógico pensar que el califato no tendría aspiraciones serias de repoblar una zona en la que solamente las tropas más sufridas y tribales de las huestes de Córdoba se habían podido asentar por mucho tiempo, debido al constante batallar con los cristianos y a las inclemencias del tiempo, pues todos sabemos que el norte de la meseta tiene un clima bastante inhóspito y especialmente veranos muy duros y en aquella época mucho más.
Esto podría explicar ese posible entendimiento entre Al Ándalus y algunos nobles castellanos fronterizos, que inevitablemente iban a ser sus vecinos incómodos y con los que sin duda alguna merecía mucho la pena llevarse bien para no sufrir tanto las fricciones de esa peligrosa marca fronteriza entre moros y cristianos.
La hipótesis de Rodrigo Díaz
La identificación de Abolmondar Albo con el conde Rodrigo Díaz se apoya en documentos como el de la supuesta fundación del monasterio de San Juan de Tabladillo, en tierras cercanas a Silos y Covarrubias. En este texto, Rodrigo Díaz aparece como fundador, firmando junto a él un tal Didacis Roderiz, posiblemente su hijo. Sin embargo, muchos especialistas consideran este documento apócrifo, lo que impide establecer con certeza la relación.
El abuelo de Rodrigo Díaz, también llamado Rodrigo y primer conde de Castilla, sufrió a finales del siglo IX una derrota frente a las tropas del futuro emir Al-Mundir de Córdoba, lo que provocó que algunas tierras cristianas quedaran bajo control musulmán. En este contexto, años después, surgiría la figura de Abolmondar Albo, nombre con el que, según esta teoría, el nieto de aquel primer conde sería conocido en el ámbito mozárabe. Su actividad se concentró en el nordeste de Castilla, sobre todo en la comarca de los Montes de Oca, territorio repoblado en su día por Diego Porcelos, padre de Rodrigo Díaz.
Entre los nobles relacionados con este entorno destaca Fernando Díaz, hermano de Rodrigo, conde de Cerezo y Lantarón, y Fernando Ansúrez, uno de los condes encarcelados junto a Abolmondar Albo, posiblemente repoblador de Villanasur Río de Oca, próxima a Villalbos y Villalmóndar.
La coincidencia geográfica y temporal lleva a varios autores a vincular este nombre mozárabe con Rodrigo Díaz.
La teoría de Munio Gómez, Conde de Carrión, como Abolmondar Albo
Para Margarita Torres, en cambio, Abolmondar Albo sería Munio Gómez, conde castellano y padre de Diego Muñoz de Saldaña. Pertenecía a la influyente familia Banu Gómez, asentada en la zona del río Carrión, donde, según las crónicas, fueron apresados los condes en el Episodio Tebular.
En el año 865, durante la batalla de la Morcuera, una campaña musulmana contra tierras castellanas arrasó varias fortalezas, entre ellas las de Gómez, señor de Mesaneka. Según esta hipótesis, Munio Gómez y su hijo Diego, condes de Carrión, habrían sido capturados por los moros. Y, debido a su linaje, mantenidos bajo la protección del emir cordobés, tal vez con vistas a hacer amigos cristianos en esa frontera que tanto temían. Esta situación explicaría la estrecha relación posterior de los Banu Gómez con Córdoba, que incluyó embajadas diplomáticas y alianzas militares muy profundas, como la del conde García Gómez con Almanzor. Inclusive hubo un Conde de Carrión que dio la vida junto al hijo de Almanzor en plena guerra civil en el Califato de Córdoba.
Esta interpretación de Margarita Torres cuenta con el respaldo de otros historiadores, como Gonzalo Martínez Díez, reforzando la idea de que Abolmondar Albo no sería Rodrigo Díaz, sino Munio Gómez.
Los Condes de Carrión gobernaban “el territorio comprendido entre Zamora y Castilla”
Diego Muñoz, conocido en latín como Didacus Munnioz (fallecido hacia el año 951), fue un noble de origen palentino perteneciente al linaje de los Banu Gómez y ostentó el título de primer conde de Saldaña.
Durante la primera mitad del siglo X, este conde palentino destacó como una de las figuras más influyentes del Reino de León. Su habilidad política le permitió fortalecer el poder de su casa nobiliaria a través de alianzas matrimoniales estratégicas y de una relación calculada con el rey Ramiro II, alternando la distancia prudente con la obediencia cuando era necesario. De este modo, asentó las bases del poder que los Banu Gómez, Condes de Carrión y Saldaña, ejercerían en la región, descrita por el historiador árabe Ibn Jaldún como “el territorio comprendido entre Zamora y Castilla”.
En muchos aspectos, Diego Muñoz de Carrión alcanzó logros bastante comparables a los del mucho más célebre Conde de Castilla, Fernán González, pero estos condes pasaron desapercibidos salvo para meterse con ellos de forma absurda en la ridícula propaganda negativa que se hace de ellos en el burgalés Cantar de Mío Cid.
La rebelión protagonizada por los Banu Gómez y los Ansúrez contra el rey Ramiro II de León.
La primera referencia documentada a Diego Muñoz se sitúa en el año 932, durante la rebelión protagonizada por los Banu Gómez y los Ansúrez contra el rey Ramiro II de León. Aunque el cronista Ibn Hayyan no menciona de forma explícita su nombre, todo apunta a que Diego lideraba a los Banu Gómez en aquella ocasión:
Con anterioridad había tenido an-Nasir carta suya, explicándole cuanto había hecho, a uno de cuyos párrafos daba la buena nueva de las desavenencias entre el enemigo, al que Dios confunda, y de la agitación producida por la rebelión de los condes Banu Gómez y Ansúrez contra su rey, el tirano Ramiro, hijo de Ordoño, en apoyo de su hermano Alfonso, con cuyo motivo habían atacado el llano de la capital leonesa, matando a cuantos súbditos suyos hallaron y pillando cuantos depósitos suyos alcanzaron. El bárbaro Ramiro había sacado contra ellos a su amigo y comandante de sus fuerzas, el conde Flayn, con un gran ejército, con el que se enfrentó a los condes, quienes le infligieron tremenda derrota, matándole 300 hombres, entre ellos su hermano mediano y su yerno, mas algunos hombres de Ramiro. Ello produjo gran pesar y distanciamiento, continuando la lucha y los ataques, con lo que la gente del llano se recogió en ciudades y fortalezas y muchos no pudieron recoger las cosechas.
Según relata el propio Ibn Hayyan, la acción puso de manifiesto la considerable influencia de la familia de Diego Muñoz y su capacidad de atacar a moros y leoneses por igual. Unidos a los Ansúrez, probablemente bajo el mando de Fernando Ansúrez, las fuerzas rebeldes asolaron la llanura leonesa, causando la muerte de unos trescientos hombres, entre ellos parte de la guarnición que Ramiro II había dejado en la zona. Es posible que el monarca se encontrara entonces en Asturias, ocupado en sofocar la sublevación de los hijos de Fruela II. Y es evidente que el daño en su retaguardia causado por los castellanos debió de ponerle de los nervios.
El objetivo de esta revuelta condal era devolver el trono a Alfonso IV, pero la intentona fracasó y quedó en una advertencia muy seria a Ramiro II: no podía seguir ignorando las pretensiones de sus principales vasallos, los condes de la frontera castellana, que constituían una espada de doble filo que lo mismo le servía para pelear con Al Ándalus que para recibir golpes por la espalda. Ese mismo año, Ramiro II ordenó cegar a su hermano Alfonso y apresó a los tres hijos de Fruela —Alfonso, Ramiro y Ordoño—, quienes sufrieron el mismo destino.
El perro Fernán González se había apoyado en su rey, el tirano Ramiro
Diego tuvo que volver a la obediencia a su rey leonés pronto, pues solamente dos años más tarde, en 934, le vemos yendo junto con su rey Ramiro a la urgente llamada de auxilio del Conde de Castilla, Fernán González. Y acuden todos juntos contra las tropas de Abd al-Rahman III, que asolaban Castilla en esos momentos, en una cruzada fronteriza que acabó con la derrota de los musulmanes en la Batalla de Osma.
Como afirman las crónicas andalusíes, siempre siguiendo el estilo del insulto tan presente en su literatura contra sus enemigos:
El perro Fernán González se había apoyado en su rey, el tirano Ramiro, hijo de Ordoño, pidiéndole que viniera a defenderle en su auxilio y ayuda, a lo que accedió Ramiro con gran despliegue de infieles, uniéndosele los Banu Gómez y otros cristianos notables…
De nuevo queda claro que leoneses y castellanos deben vivir juntos o morir separados y que sus fuerzas, sin unirse en alianza, a lo mejor sí servían para destrozar la frontera andalusí y apoderarse de tierras, pero no para detener una decidida ofensiva de las fuerzas imperiales del Califa. Estamos hablando de un duelo en la cumbre entre dos grandes emperadores, como son Ramiro II de León y Abderramán III, que iba a culminar en uno de los choques más importantes de toda la Reconquista.
Esto será un momento decisivo para los siguientes años de luchas fronterizas, en los cuales los Condes de Carrión y los de Castilla tienen mucho que ganar si Al Ándalus sale derrotada y pueden seguir apoderándose de sus territorios, aunque siempre tienen el problema de que Ramiro II no se fía de ellos y ha colocado a sus más fieles capitanes como condes en los «condados tapón» de Monzón y Cea. Esto será un motivo de disputas muy fuertes de estos condes tan poderosos con su monarca, ya que semejante movimiento por parte del Rey de León les cortaba de cuajo sus posibles rutas de expansión por tierras del Duero, pero de momento tienen algo mucho más importante en qué pensar: las ansias conquistadoras y saqueadoras de los generales de Abderramán III de Córdoba.
Los castellanos y leoneses acuden junto a sus aliados navarros a la Batalla de Simancas
Poco después, en 939, los castellanos y leoneses acuden junto a sus aliados navarros a Simancas, una de las más importantes batallas de esta etapa de la Reconquista y un triunfo rotundo cristiano, que desanimará a Abderramán III a volver a dirigir las tropas en adelante, pues casi termina muerto. El Conde de Carrión y Saldaña sin duda vino también, pues no es lógico plantearse que se quedaría fuera de semejante coalición, pues su rey Ramiro II y sus aliados se hubieran vengado de él y el problema cordobés era común a todos ellos.
Vinieron los cordobeses a Simancas con su nefandísimo rey Abderramán y todo su ejército y acamparon allí, encontrando en el lugar al rey Ramiro y sus condes, congregados con sus huestes, es decir, Fernán González, Ansur Fernández y gran muchedumbre de combatientes.
Anales Castellanos Primeros.
En los tratados que vienen a continuación estaban involucrados los condes de Carrión y Saldaña, lo que demuestra su importancia:
Todo concluyó excelentemente, poniéndose fin a la guerra entre las dos comunidades desde Santarén a Huesca, pues Ramiro asoció en el tratado al señor de Pamplona, Sancho hijo de García, a Fernán González, conde de Castilla, a los Banu Gómez y Banu Ansur, y otros importantes condes leoneses.
Pero las rebeliones castellanas de los condes no tardaron en reaparecer en el horizonte, siendo encerrados estos dos importantes caudillos en sendas prisiones. Pero, contrariamente a lo que había hecho con otros rebeldes, el enérgico Ramiro II no les cegó ni los debió maltratar tanto, puesto que en realidad los necesitaba y, de hecho, en cosa de un año los puso en libertad, después de exigirles la renovación de su juramento de lealtad.
Fernán González y Diego Muñoz planearon rebelarse contra su señor el rey Ramiro e incluso prepararon la guerra. Pero este rey, como varón fuerte y enérgico que era, los apresó y los encerró en la cárcel cargados de hierros, a uno en León, al otro en Gordón. Pasado mucho tiempo, habiendo dado su juramento al rey, salieron de la prisión.
Crónica de Sampiro.
García Fernández, el de las Manos Blancas: el verdadero Aragorn castellano
En esta época de héroes y villanos absolutos, pero con personajes que se adaptaban también a las circunstancias, tal vez como los propios Condes de Carrión, existían también nobles que eran caudillos patriotas y dedicaban sus adiestrados esfuerzos militares a la causa de defender su país frente a las agresiones exteriores. Este era el caso del hijo del primer conde independiente de Castilla, Fernán González, cuyo nombre fue famoso en el norte de la meseta al ser el único capaz de plantarle cara constantemente a Almanzor. Este héroe popular se llamaba García Fernández, apodado como el de las manos blancas.
La gesta de su tiempo y de todo el Medievo nos le pinta como el Conde de las manos bellas, pero, en realidad, fue un gran guerrero fronterizo a la altura de su tiempo, tan complicado. Un líder guerrero que supo luchar sin desalentarse contra el mejor capitán de su tiempo, Almanzor, y que fue uno de los mayores genios de la guerra en toda la Edad Media europea. Fue un gran capitán que apareció en el momento más delicado para los cristianos y para la existencia misma de lo que eran sus débiles reinos, en un momento en el que estaban creciendo pero en el que estuvieron a punto de desaparecer. Cuando todos los demás intentaban mantenerse a la defensiva o incluso vivir arrodillados, ante el alfanje de Almanzor, García Fernández fue ese héroe necesario en el momento de máxima crisis. A lo mejor ha pasado de puntillas por la historia de España, pero es un personaje a la altura del Cid o Robert the Bruce, el rey de Braveheart que se enfrentó al temible Enrique I.
Un penique de plata de Eduardo I el Zanquilargo, conocido por ser el rey tirano de Inglaterra en Braveheart.
Lo sacamos a colación aquí como un perfecto gran tirano medieval que puede compararse en muchas cosas a Almanzor, quien de forma incomprensible todavía no tiene película propia. Así podemos entender mejor cómo manipulaba a los condes de Barcelona o de Castilla y cómo el héroe solitario, García Fernández, se queda solo intentando unir a los cristianos, al más puro estilo de Robert the Bruce o William Wallace.
Esta moneda, acuñada a mano en la Casa de la Moneda de la Torre de Londres en 1279, presenta un retrato del rey con unos ojos saltones bastante inquietantes. En la Edad Media, esta moneda habría bastado para comprar un galón de cerveza.
Y fue tan respetado por el propio Almanzor que, cuando hirieron a García Fernández en una escaramuza, de las docenas que habría tenido a lo largo de su azarosa vida, su poderoso archienemigo permitió que fuera atendido esa agonía y en su cadáver fuera enterrado según el reto cristiano sin ninguna molestia. Una rara cortesía que no se estilaba demasiado en un tiempo en que las cabezas enemigas solían acabar clavadas en una pica. Pero Almanzor sí que dio algunas muestras de esta compasión, siempre por respeto al valor demostrado por el enemigo, como en ese legendario encuentro con un fraile que no abandonó la vigilancia de la tumba de Santiago Apóstol, sino que permaneció a su lado hasta el final cuando las tropas de Al Ándalus entraron en la ciudad de Compostela. Y dice el relato popular que por respeto a ese valeroso religioso no saqueó la tumba del apóstol como sin duda hubiera hecho, emprendiendo a continuación el camino de regreso a Córdoba con las campanas de la catedral (eso sí) a las espaldas de los cautivos cristianos a los que acababa de esclavizar. Las campanas de la Catedral de Santiago serían convertidas en cientos de lámparas para la Gran Mezquita de Córdoba.
Una afrenta, ésta última, que los cristianos jamás olvidarían. Y se dice que después de tomar Córdoba, muchos siglos después, el rey de Castilla mandaría fundir las lámparas de la Gran Mezquita de Córdoba y forjar, de nuevo, campanas catedralicias, que fueron también devueltas a su lugar original sobre el lomo de prisioneros andalusíes.
Este conde conoció la época de relativa paz que antecedió la dictadura militar y las agresiones constantes de Almanzor contra los estados cristianos de España. En un primer momento, como hacía en el resto de eres cristianos como los navarros, o los catalanes y aragoneses, también García Fernández envió delegaciones diplomáticas en el nombre de la paz y la concordia. Pero era una paz y armonía que favorecían a Al Ándalus, un imperio que se conformaba con lo que ya habían perdido a manos de los cristianos del Norte, regresaba sobre todo detener el avance constante de esos reconquistadores. Sin embargo, la delegación diplomática del castellano Conde, García Fernández, El de las Manos Blancas, tenía el doble fin de espiar la Corte califal y ver si era posible aprovecharse de tanta paz para empezar ellos mismos la guerra. Y algo debieron notar estos delegados diplomáticos, en esa corte del todopoderoso Califa, que a su regreso animó a este gran líder castellano a iniciar de inmediato las hostilidades y atacar y saquear las zonas de Guadalajara y Soria.
Todos los caudillos del Norte envían sin cesar sus embajadores al califa y los castellanos deciden atacar
Cuando García asumió el gobierno del condado, el reino de León mantenía una situación de paz con el califa Al-Hakam, en plena etapa de esplendor del Califato de Córdoba, que ejercía una especie de supremacía pacífica sobre los territorios cristianos de la Península. Aquellos fueron años marcados por la diplomacia, un contexto favorable que se prolongó durante los primeros compases de su mandato. García mostró disposición a conservar buenas relaciones con los demás reinos cristianos, y especialmente con León, bajo cuya autoridad teórica se encontraba. En cuanto a Córdoba, en un primer momento se limitó a observar sin intervenir.
«En un momento en que los caudillos del Norte, desde Barcelona hasta Galicia, envían sin cesar sus embajadores al califa, implorando su favor y su amistad; los suyos llegan también, en el verano de 971, juntamente con los de la reina Elvira, o los del conde de Monzón, que olvidando antiguos encuentros, se ha hecho ahora amigo de la casa de Lara. En 974 entran juntos de nuevo en el palacio de Zahara los enviados de García Fernández y de Fernando Ansúrez II. Tienen, ante todo, la misión de observar el desenvolvimiento de la política cordobesa, y alguna noticia agradable debieron de comunicar, que decidió al conde castellano a romper con aquellas recepciones diplomáticas y aquella rivalidad de adulación ante el califa con una audaz expedición en el verano de 974…»
Menéndez Pidal.
Debido a estas buenas noticias, tan prometedoras para el crecimiento de sus condados, en el año 974 García Fernández rompió aquella calma al saquear las tierras de Soria y Guadalajara. Para esta ofensiva se alió con los monarcas de Pamplona y León, así como con los Banu Gómez de Saldaña, y emprendió un ataque decidido contra la fortaleza de Gormaz, enclave estratégico que se alzaba como una amenaza constante para Castilla. Este primer intento fracasó debido a la intervención del prestigioso general cordobés Teman Ghalib, recién regresado victorioso de África.
En la imagen, el Rey de León, que no siempre aprobaba ni mucho menos las audaces iniciativas de sus condes más poderosos y rebeldes.
En la primavera de 978, García acudió a León con la esperanza de obtener refuerzos, aunque la corte leonesa rehusó comprometerse. Pese a ello, aquel mismo verano logró que Gormaz capitulara y continuó su ofensiva hacia Almazán, Baraona y Atienza. La llegada del invierno lo obligó a retirarse, pero lo hizo cargado con un considerable botín, parte del cual donó al infantazgo de Covarrubias, institución dirigida por su hija Urraca como abadesa y señora.
Fernán González acude como salvador de los leoneses, que son abandonados por su rey
De muchas de las campañas de Almanzor apenas dejaron testimonio los cronistas musulmanes, probablemente porque carecieron de grandes éxitos militares. Y es que ahí estaría siempre García Fernández con sus mesnadas de inagotables guerreros castellanos que, con una constancia notable, lograron frenar el avance enemigo y resistieron en solitario mientras otros caudillos cristianos preferían llevar la fiesta en paz con el tirano conquistador de Córdoba. Bermudo II de León había llegado a un acuerdo con los invasores, Sancho Abarca de Pamplona había aceptado someterse y Borrell había sufrido el saqueo e incendio de Barcelona sin poder o querer hacer nada al respecto.
Pero García Fernández no perdía la fe y no se resignaba a ese derrotismo. Consciente de que resultaba imposible mantener bajo su control las posiciones más alejadas de sus tierras, en el año 984 tomó la decisión de replegarse hasta Sepúlveda, abandonando así Atienza a su suerte. Ambas plazas caerían de todas formas, poco después, tras la captura de Simancas, que fue precisamente el sitio en el que los cristianos humillaron años antes a Abderramán III.
Más tarde, en 987, tras una aceifa que arrasó León, Bermudo II se retiró a Galicia. En ese momento, García cruzó el río Cea con la intención de asumir el papel de protector de aquellas tierras, que habían quedado sin la defensa de su legítimo monarca.
Los condes de Carrión y su política más cambiante en cuanto a sus lealtades
La guerra con los moros era entonces tan continua que los caballeros entablaban los caballos en sus propias cámaras, y las damas mismas se encargaban de cuidarlos, con el fin de dar un respiro a los guerreros. Para engañar a su marido, la condesa mantenía su caballo muy gordo y reluciente, pero echándole salvado en vez de cebada, y de ésta manera cuando el conde tuvo que salir de campaña, el caballo desfalleció y cayó en tierra, dando ocasión a que fuese herido y preso en Piedra Salada, de donde fue llevado camino de Medinaceli.
Ramón Menéndez Pidal. La leyenda de la condesa traidora, Madrid, 1934.
Así se cantaba y se contaba la muerte del conde en la segunda mitad del siglo XIII. Según la Crónica najerense, Almanzor envía a su esposa Ava un insidioso mensaje con palabras de amor. Una carta en la que pregunta si no le gustaría más ser reina mora, en la tranquilidad del corazón de Andalucía, antes que condesa de un territorio devastado por la guerra.
Entretanto, los condes de Carrión parecen haber llevado una política mucho más cambiante en cuanto a sus lealtades se refiere, completamente enfrascados en su independencia castellana contra su subordinación a León. Tanto es así que uno de los capítulos más dramáticos en la historia de este linaje de los Condes de Carrión y Saldaña ocurre cuando uno de estos poderosos condes es ejecutado junto al hijo de Almanzor en Córdoba: un califa que se parecía tanto a su abuelo navarro, Sancho, que los cristianos lo llamaban Abderramán Sanchuelo.
Un final más que paradójico si tenemos en cuenta que otros condes castellanos estaban peleando hasta la muerte contra Almanzor y hubieran recibido el ataque también de su hijo cuando fue apresado y muerto.
Diego Muñoz, y los Condes de Carrión y Saldaña en general, fueron aliados incondicionales de Fernán González y de los Condes de Castilla, en sus rebeliones contra los reyes de León. Todo ello, quizás, para servir a sus propios intereses de acaparar más tierras en detrimento del condado instituido por el rey leonés al sur de sus tierras, el condado de Monzón, de la familia de los Ansúrez, que les privaba del deseado crecimiento hacia el Sur. Como es lógico, ese condado de Monzón será rival de estos más poderosos condes de la Tierra de Campos, castellanos como ellos, y apoyará al Rey de León en sus esfuerzos por someter a estos rebeldes.
Uno de los lugares más mitológicos dentro de la Reconquista es la fortaleza de Gormaz, auténtica punta de lanza clavada en el corazón del reino castellano y objeto de muchísimos asedios y tomas y retomas por parte de unos y otros. La formidable fortaleza alto medieval se consolidaba como uno de los grandes baluartes fronterizos de los que era necesario poseer si se quería tener esperanzas a corto y largo plazo. También Medinaceli fue durante siglos una importante base militar andalusí, desde la cual se atacaban distintos territorios cristianos, y a la cual fue llevado cautivo el legendario conde castellano García Fernández.
Observemos la doble puerta principal, estrecha pese a ser una puerta de carros, para ponérselo difícil a un ataque enemigo que pretendiera pasar por aquí.
Los Condes de Carrión parieron una beata con mucha devoción popular: Santa Tigridia de Oña
Tigridia Sánchez fue la quinta descendiente del conde de Castilla, Sancho García, y de su esposa, Urraca Gómez. Aunque no existe un registro preciso de su nacimiento, los historiadores estiman que debió de ocurrir hacia el año 990. Su nombre, inusual tanto en su época como en la actualidad, guarda relación con una planta conocida como Lilium lancifolium o “lirio del tigre”. Es probable que lo recibiera en recuerdo de su abuela materna, también llamada Tigridia, quien estuvo casada con Diego Gómez, conde de Saldaña.
En la imagen, una representación bastante evocadora de cómo pudo lucir una mujer noble mozárabe de la época.
En 1011, Sancho y Urraca fundaron el monasterio de San Salvador de Oña. Originalmente, este complejo monástico estaba dividido en dos áreas independientes: una destinada a los monjes y otra a las monjas. Tigridia fue nombrada primera abadesa de la comunidad femenina, cargo que desempeñó hasta su muerte en 1033, convirtiéndose también en la última en ocuparlo, ya que la rama de monjas dejó de existir. Los condes dotaron al monasterio con alrededor de 120 propiedades de su patrimonio, y durante el gobierno de la abadesa, la institución creció gracias a adquisiciones, donaciones y prohijamientos.
Tras su fallecimiento, Tigridia fue sepultada en el propio monasterio, junto a sus padres. Aunque no existe documentación que confirme un proceso oficial de beatificación o canonización, su figura adquirió gran veneración en la comarca de La Bureba, donde pasó a ser conocida como “Santa Tigridia”. Su festividad se conmemora cada 22 de noviembre. Ese mismo año, con la muerte de la abadesa, su cuñado, el conde de Castilla Sancho III de Pamplona, decidió poner fin a la comunidad mixta del monasterio y entregó su administración a la orden benedictina.
Se trajeron las reliquias del patrono de Carrión, San Zoilo, desde Córdona
Es casi imposible saber si las razones para llegar a santa en estas condiciones podían ser otras que las fabulosas donaciones y la fundación misma del monasterio en el que esta devota mujer fue colocada como abadesa desde un principio. Era realmente una beata que destacó por su santidad o se trataba de otra campañas de propaganda de unos Condes que querían parecer como genios políticos y militares a los que Dios respaldaba al 200% para proteger a su Pueblo? Lo que está claro es que la religión era un factor de poder y también de devoción importantísimo en esta época y así fue como los Condes de Carrión se trajeron de su no distante Córdoba, en cuanto a su relación tan estrecha con el poder califal, las reliquias del patrono de Carrión San Zoilo, quien fue un verdadero santo perteneciente también a una elevadísima clase social en la Córdoba romana a quien la persecución de Diocleciano le supuso una muerte terrible por no renunciar a su fe.
Y es que en esta época de economía de subsistencia y de tanto sometimiento y castas sociales era importantísimo eso de pertenecer a una clase social u otra, siendo San Zoilo o los propios condes de Carrión elementos de la más elevada casta, tanto en lo económico como en las influencias que tenían en la sociedad. Y es que santidad y alta posición no tienen por qué ir por caminos distintos y, de hecho, pese a su enigmática relación con el poder cordobés, que eran musulmanes puristas, los Condes de Carrión nunca renunciaron a su fe católica y siguieron manteniendo y defendiendo su religión como también defendían su terruño y su propia nación castellana. Algo no tan extraño si tenemos en cuenta que el propio Almanzor tenía abundantes tropas cristianas entre sus potentes ejércitos. Seguramente eran incluso necesarias dichas fuerzas en un contexto en el que el origen islámico de los soldados podía producir diferencias notables entre las distintas etnias.
El Conde de Carrión y Saldaña resultó arrestado y decapitado junto a su aliado, el hijo de Almanzor
Esto quiere decir que los cristianos y los moros estaban muy relacionados entre sí, en el ámbito de sus respectivas élites. Como ha pasado toda la vida con la gente poderosa que ha querido fraguar alianzas para mantener y aumentar su riqueza y poder, incluso pactando y aliándose con sus enemigos naturales y contra sus aliados naturales. Sin embargo, en esa ocasión, el Conde de Carrión y Saldaña resultó arrestado y decapitado junto a su aliado, el hijo de Almanzor. ¿Cómo es posible esto?
Esta anécdota es solamente el final de una relación entre Almanzor y su familia con la familia de los Condes de Carrión y Saldaña. Una historia de alianzas y traiciones constantes en la cual unos y otros se utilizaban en su propio provecho estatal y dinástico. Por ejemplo, en cierta ocasión, las numerosas tropas de Almanzor pasaron por las tierras de los Condes de Carrión y Saldaña sin ser molestados, en su camino hacia la capital del reino de León, como indicativo de que había un entendimiento como mínimo entre las dos partes. No olvidemos que los Condes de Carrión fueron muy hostiles, por temporadas, con sus señores naturales, los reyes de León, frente a los cuales llegaron a liderar un movimiento independentista castellano que culminó con la separación de Castilla de León. Y uno de estos condes palentinos llegó a usurpar por un breve tiempo la autoridad leonesa mientras Bermudo II era perseguido y exiliado por Almanzor, aunque siempre volvía la reconciliación entre ambas partes y la concordia, por el bien común de defender la España cristiana de tan grave amenaza.
En otra ocasión, como solía suceder, los Condes de Carrión y Saldaña se decidieron directamente por su bando natural y lucharon, junto a sus compatriotas castellanos, leoneses y navarros, en la terrible batalla de Cervera. Un encuentro en el que empezaron ganando y que cerca estuvo de terminar en la primera y única derrota de Almanzor, que sin embargo logró dominar la situación gracias a su astucia y con el apoyo de sus dos hijos. Los cristianos fueron barridos del campo de batalla y perseguidos, inclusive por el mismo hijo de Almanzor, junto al cual caería luego ajusticiado el Conde de Carrión que murió a las puertas de Córdoba un tiempo después y del que ya hemos hablado. Es realmente una historia impresionante que nos habla muy bien de cómo pueden cambiar las tornas en la frontera, siempre peleando por la propia supervivencia.
Los castigos contra los Condes de Carrión desde ambos lados de la frontera
Tanto cambiar de bando traía como consecuencia, para los Condes de Carrión y Saldaña, el castigo de una y otra parte. El rey de León se vengó en alguna ocasión de sus vasallos, atacando las tierras de estos condes, como era de esperar por no haberle prestado ayuda en el momento más necesario. Y llegó a llevárselos encadenados, como vimos, aunque luego siempre se acababa reconciliando con ellos. Por el interés te quiero, Andrés. Incluso después de haber sido expulsado el Rey Bermudo II de León, en una de las crisis más extraordinarias de los cristianos de la Reconquista, por estas tropas de Almanzor, que apoyaban los Condes de Carrión en momentos concretos.
En otra ocasión, Carrión sufrió el saqueo por parte de las tropas de Al Ándalus dirigidas por los de Almanzor. Es lo malo de encontrarte entre unos y otros y no poder contentar a todos. Y es también una prueba más de que estos condes no eran sino poderosos nobles que podían ser necesarios, en todo momento, para unos y otros, pero que al final podían sufrir también la venganza de unos y otros si no cumplían con lo que cada bando esperaba de ellos.
Además, por mucho que pactasen unos y otros, como ocurre con los traicioneros nobles escoceses en Braveheart, el enemigo común siempre acababa siendo Al Ándalus y los reinos cristianos como tales, para cristianos y andalusíes como tales, por lo que en momentos de grandeza o declive siempre se acababan uniendo los bandos en torno a sus respectivos emperadores: los reyes de Castilla y León por un lado y los califas cordobeses por otro.
Las tumbas de los Condes de Carrión y Saldaña se pueden visitar en el Monasterio de San Zoilo
Las tumbas de los Condes de Carrión y Saldaña se pueden visitar en el Monasterio de San Zoilo, impresionante hito del Camino de Santiago que demuestra la riqueza y el poder de estos Condes aventureros. Unos caudillos en toda regla que llegaron a recorrerse España entera en sus viajes políticos y militares y se trajeron de Córdoba, en un momento dado, las reliquias preciadas del mártir adolescente San Zoilo, que es hoy el patrono de esta importante ciudad castellana hoy venida a menos. Las importantes telas que trajeron también consigo estos Condes provienen de lugares tan remotos como Irán, por entonces el Imperio Persa. También es curiosa la anécdota que se expresa en el himno de Carrión sobre la iglesia de Nuestra Señora de Belén, que fue un castillo de los moros reconvertido en templo cristiano tras la reconquista de la población.
La epopeya guerrera de Carrión no terminó nunca. Ya los vacceos que habían vivido en Palencia y que lucharon contra Roma durante siglos fueron el pueblo que más tiempo resistió esta conquista extranjera. Y los líos dinásticos y las batallas continuaron durante toda la Edad Media, antes y después de Almanzor. En la Guerra Civil, como decía mi abuelo, los campos quedaron vacíos de hombres cuando todos fueron a luchar al frente inmediatamente para defender la unidad de España y terminar cuanto antes con la grave persecución religiosa y antipatriótica del gobierno del Frente Popular. Un testimonio del patriotismo de esta heroica ciudad que presume de ser patria de ilustres poetas y también de valerosos comuneros. Y como dice el himno de Carrión, con orgullo y honor sin mancilla lancemos el grito de ¡Viva Carrión!
Hay que pensar que los famosos abderramanes de Al Andalus, los grandes califas del principio de este periodo de la Reconquista, solían ser rubios o pelirrojos y con ojos azules, por su abundante sangre vascona, debido a que las favoritas del harén de estos emperadores solían ser de origen norteño. De hecho, el poderoso califa Abderramán III acostumbraba a aterrorizar a sus súbditos con esa mirada de ojos claros, pero se teñía la barba de negro para parecer más moro de lo que realmente era. Por aquel entonces, los más débiles cristianos estaban casi siempre a la defensiva, esperando que se produjeron milagro y Alá empezase a separar a los moros entre sí, para que se peleasen entre ellos y los del Norte pudieran avanzar o al menos sobrevivir. Una vida muy dura la de estos pobres cristianos del norte de España de esta época, que los convirtió en excelentes guerreros, siempre dispuestos a alquilar su espada si esto podía mejorar la situación de ellos mismos y de sus súbditos. Ser noble en esa época equivalía a ser guerrero. No te podías quedar escondido en una torre o palacio si querías mantener tus derechos y poder defender a tus vasallos en esa frontera tan caliente, siempre regada con sangre.
Los toros de Carrión y el Tributo de las Cien Doncellas
En este contexto de debilidad cristiana, aunque de aquí salieran muchos de los mejores guerreros de la época, se enmarca la anécdota del tributo de las cien doncellas y en concreto el rescate las mismas por parte de unos toros en Carrión. Una curiosa leyenda que tal vez tenga un trasfondo real de algún tipo o que puede ser también pura propaganda del Reino de León contra su propio rey Mauregato, para acusarlo públicamente de ser un monigote de los moritos. Un mal monarca, tal vez, tan horrible como el que tenemos ahora, si hemos de creer que también Mauregato entregaba a las doncellas cristianos para que fueran desfloradas por los moros. En eso consistía el tributo de las cien doncellas, que debían ser recogidas por todos los estados cristianos, viendo Carrión uno de los principales lugares tributarios, pero al pasar por aquí la triste comitiva de las cautivas salieron unos toros salvajes y atacaron a los moros, obligándolos a huir y liberando a las chicas. No está mal para las feministas animalistas si los malos no fueran los que eran.
La aparición de Almanzor en la Reconquista se enmarca en un momento en el que los cristianos ya están saqueando el Madrid medieval en aceifas muy serias que pretendían llegar hasta Toledo y reconquistarlo. Estamos hablando del rey de León Ramiro II el Grande, un gran general que fue prácticamente invicto y que puso en ridículo durante toda su vida al vanidoso califa Abderramán III, sobre todo, en la importantísima victoria que obtuvo sobre él en Simancas. Un líder carismático que supo unir las voluntades de todos los pueblos cristianos de la España de la época, pero que a su muerte tuvo una serie de descendientes y sucesores que no aprovecharon la excelente situación en la que él había dejado el reino.
El verdadero man que resuelve: el villano cristiano que luchó en la frontera española por su nación y su propia libertad, consiguiendo victorias increíbles que se ganaban año tras año.
Fotograma del popular juego de estrategia medieval: Age of Empires 2.
Al emperador leonés no le gustaba que estos nobles hicieran lo que les daba la gana
Por si fuera poco, las ansias separatistas de los condes castellanos y gallegos aparecieron con toda su fuerza en su reinado, aunque este enérgico monarca consiguió someterlos a todos y hasta encadenarlos en un calabozo. En especial, las crónicas recuerdan a dos líderes castellanos en particular: el burgalés Conde Fernán González y el palentino Conde Gómez, que extendía sus dominios desde Carrión a Saldaña y Liébana al Norte y, hacia el Sur por un gran territorio sin límites en el horizonte.
Éste último fue liberado pronto, tal vez por sus dotes de intrigante total, pero tampoco Fernán González tardó en ser perdonado por el rey a cambio de olvidarse de sus sueños independentistas castellanos. Estos condes eran hombres intrépidos de frontera y querían llevar a cabo su propia diplomacia, inclusive atacando a los moros cuando su rey leónes había firmado pactos con ellos. Y es que la guerra era por entonces un negocio inigualable, probablemente más que ahora, mientras que el saqueo constituía la paga habitual de las tropas. Los castellanos y gallegos no querían ser el escudo oriental y occidental de los leoneses sin gestionar, ellos mismos, su propia estrategia de defensa y depredación contra Al Ándalus. Es muy probable que vieran en el fortalecimiento y tranquilidad de los andalusíes una amenaza directa y necesitaban gestionar cada vez más expediciones y conquistar más tierras para mantener y aumentar el poder que ya tenían y seguramente el rey de León, que dirigía la Reconquista con una visión más amplia, les suponía un freno a esa vocación expansionista y una autoridad superior que realmente no necesitaban.
El Monasterio de San Zoilo fue siempre el centro espiritual soñado y mantenido por los Condes de Carrión y Saldaña, en el que depositaron las preciosas reliquias del adolescente martirizado por los romanos en Córdoba.
Al emperador leonés no le gustaba que estos nobles hicieran lo que les daba la gana mientras él se dedicaba a derrotar, de forma estratégica, al poderosísimo imperio califal. Y lo hacía con los limitados recursos con que contaba. Sin embargo, pese a verse derrotados y encarcelados, los aventureros condes castellanos siguieron haciendo de las suyas antes y después de ser escarmentados por su rey. Y resulta bastante evidente que entraron en tratos secretos con Córdoba, pues las tropas califales se concentraron en atacar más la zona leonesa y gallega y portuguesa hasta Asturias, mientras que dejaban tranquila la zona oriental castellana de este reino cristiano. Esto sólo se puede explicar por un conveniente tratado de paz entre Castilla y los cordobeses.
Los Condes de Carrión y Saldaña originarios recibieron el nombre fronterizo de Banu Gómez. Banu es una palabra del árabe mestizo castellano que viene de Beni, «hijos de», igual que los apellidos terminados en ez significan «hijo de».
Los procesos independentistas de Galicia y Castilla debilitaron al reino leonés
Los procesos independentistas de Galicia y Castilla debilitaron mucho al reino leonés, que carecía ahora de un líder como Ramiro II. Sus sucesores consiguieron algunos éxitos militares contra Córdoba, mientras intentaban mantener el puzle cristiano unido, pero las expediciones de saqueo de Al Ándalus se volvieron cada vez más frecuentes y terribles hasta que llegó la espada de Almanzor y terminaron de arrasar todos los centros políticos y culturales de los territorios cristianos. León fue destruido varias veces, Barcelona fue saqueada y vaciada y todas las fronteras quedó absolutamente desguazada y ocupada por las tropas califales. Santiago de Compostela, centro religioso sin igual en el occidente de Europa, fue también ocupado y destruido, llevándose los moros las campanas de la catedral según la leyenda. Campanas con las que se hicieron luego miles de lamparillas para la Gran Mezquita cordobesa y que luego, en tiempos de Fernando III el Santo, serían vueltas a fundir para volver a hacer campanas que fueron transportadas de nuevo hacia Santiago de Compostela. Humillantes viajes para uno y otro lado que se hicieron siempre cargando las campanas sobre los hombros de los prisioneros según el relato de esos tiempos.
Por aquel entonces, Reyes y Condes eran más que todo líderes militares que se entrenaban frecuentemente con las armas y mantenían a su disposición ejércitos permanentes que eran llamados mesnadas. Esas tropas especializadas y profesionales eran el núcleo de los ejércitos reales y condales que constituían el músculo militar de los reinos cristianos, siendo un modo de funcionar muy parecido el que había en el bando opuesto de Al Ándalus.
Enormes contingentes humanos cruzaron la frontera en uno u otro sentido
Muchas veces pasaba que estos caudillos militares tenían problemas para pagar a su gente o para sujetar sus ansias de botín. En esos momentos era cuando se planificaban la mayoría de los ataques contra los enemigos para incursionar en territorio hostil y saquear a mansalva. Estos ataques tenían el nombre de aceifas, mientras que las maniobras de defensa del territorio se llamaban apellido. Existió todo un diccionario de palabras muy bonitas para decidir los conceptos militares en una época de tanta guerra continua entre dos mundos irreconciliables, que aprovechaban cualquier ocasión para atacarse mutuamente.
El dominio de los castillos era una cuestión de vida o muerte para defender estos territorios y lanzar ataques, desde estas bases fortificadas, contra el enemigo. Un buen ejemplo lo tenemos en el intento de Ramiro II de León de tomar Toledo, después de haber saqueado Madrid, pero este eficaz emperador tuvo que abandonar su idea final de recuperar la capital de los godos al considerar que Al Ándalus amenazaba su logística desde fortificaciones muy bien situadas en esa zona. Fue entonces cuando tomó la decisión de desmantelar completamente las fortificaciones de Madrid y abandonar la zona, llevándose toda la población consigo.
Hay varios componentes muy importantes en la forma de guerrear de la Reconquista. Contrariamente a lo que venían a hacer los aventureros europeos en España, cuando venían a hacer sus cruzadas, en nuestro país no se solía matar al enemigo porque sí. Y a la costumbre internacional de cambiar a los presos ilustres, normalmente guerreros profesionales, por rescates que podían ser millonarios, se incorporaba también otra costumbre que consistía en respetar la vida del que se rendía a cambio del compromiso de trabajar para los nuevos amos. Esto incluía a mujeres y niños y a todo el mundo, pues enormes contingentes humanos cruzaron la frontera en uno u otro sentido según la guerra iba bien para unos u otros.
La frontera como oportunidad para esa casta guerrera de aumentar sus tierras y apareceros
Los dos imperios se observaban constantemente en una guerra que no fue fría en ningún momento, prácticamente, de los 800 años que duró la Reconquista. Sin duda alguna la guerra más larga de la historia y una prueba fehaciente de que el pueblo español siempre sintió que la dominación que les había venido desde el norte de África era extranjera y que había que recuperar lo perdido por los tatarabuelos de los tatarabuelos de sus tatarabuelos. Las treguas que unos y otros pedían y se concedían estaban cuidadosamente calculadas en base a un análisis mutuo que hacían los adelantados de las fronteras, de uno y otro bando, y en el que se tenían en cuenta un montón de factores.
El número de fuerzas que podían juntar los enemigos o tu propia nación en un momento dado y en una zona concreta para atacar o defender y también las fuerzas que podían tener en todo el frente como tal, que era muy extenso y estaba lleno de fortificaciones por todas partes.
Las posibles crisis dinásticas o rebeliones que podía tener el cada uno de los contendientes dentro de sus fronteras y que podían impedirle defenderse correctamente y mucho menos atacar, convirtiéndolo en un adversario débil.
Lógicamente, estos factores podían verse reforzados por la participación de aliados en uno y otro bando que aumentasen la potencia de cristianos o andalusíes.
Por si fuera poco, muchas veces pasaba que la propia movilización de fuerzas para atacar al enemigo arruinaba financieramente al monarca que levantaba ese ejército. El esfuerzo de guerra se llevaba una parte importantísima de los impuestos y lastraba gravemente la economía, como le ocurrió al propio Almanzor, que a pesar de sus victorias se veía obligado a seguir atacando al enemigo constantemente para seguir financiando sus campañas con botín y esclavos.
En la imagen, un artesano medieval acuña moneda. Una figura de la puerta de la iglesia de Santiago de Carrión de los Condes, sin duda una de las más bellas iglesias de todo el Camino de Santiago.
Nadie pensaría que en esta constante guerra caliente entre Al Andalus y los reinos cristianos hubiera nadie tan sumamente loco para querer vivir en la frontera con su familia, justo en el campo de batalla en el que cada año había saqueos y batallas por todas partes. Sin embargo, la realidad era que constantemente había personas capaces de irse a vivir a la frontera con tal de perder de vista a los señores feudales y monarcas que les exprimían a impuestos. Hasta tal punto llegaba la ruina y el maltrato que los propios ciudadanos sufrían en su propio país que preferían jugársela en esa frontera antes que seguir soportando la rutina de abusos y de pobreza que vivirían en el interior, más seguro tal vez, pero sin ningún tipo de horizonte para personas humildes que ni siquiera tenían tierras propias.
La frontera también era una oportunidad para esa casta guerrera que podría aumentar sus tierras y el número de sus apareceros para que trabajasen en ellas a cambio de un alquiler. Por lo tanto, la guerra constante en la frontera era una oportunidad para prácticamente todo el mundo en ambos bandos. Era la ocasión para gestionar bien unas tierras y a unos hombres que había que proteger a toda costa mientras se sacaba el máximo provecho de todo eso.
La política de tierra quemada de la Reconquista: si no eres mía, no serás de nadie
Por ejemplo, cuando Almanzor conquistó Barcelona y arrasó la ciudad, consciente de que no podría mantenerla mucho tiempo, se llevó a la población cautiva y al final sólo regresaron los más notables, previo pago de elevadas sumas de dinero que demostraban la pujanza económica de la ciudad condal. Sin embargo, el resto de los prisioneros probablemente no volvería en la mayoría de los casos a su ciudad ni a Cataluña, puesto que los moros solían conducir a sus prisioneros hacia el interior del país y con destino a los grandes mercados de esclavos, que se encontraban lejísimos de esa disputada frontera.
Esta mano de obra extra servía fundamentalmente para cultivar la tierra a cambio de impuestos. No todos terminaban siendo puros esclavos, por tanto, sino que se los daba a tierra a cambio de que la trabajasen y entregasen un impuesto por ella. Si se convertían a la religión predominante en el territorio, por otra parte, los impuestos bajaban considerablemente. De lo contrario, si querían seguir siendo cristianos en un país musulmán o viceversa, siempre serían tratados por el Estado correspondiente como ciudadanos de segunda.
Cuando era posible, por supuesto, en vez de saquear el territorio y llevarse a los cautivos, los atacantes se quedaban con las ciudades y tierras en las que estaban incursionando. Pero el avance era difícil porque el enemigo contraatacaba siempre y hubo fortalezas y ciudades que cambiaron de manos un montón de veces durante toda la Reconquista, aunque el proceso fue siempre a favor de los cristianos durante todo este periodo tan largo. Solamente en periodos muy concretos y con grandes estrategas como Almanzor pudieron los de Al Ándalus detener, de verdad, el insolente avance de unos cristianos pobres que se dejaba matar en la frontera por un poco de tierra. Pero la tendencia siempre fue a la larga favorable a los menos unidos y empobrecidos cristianos, que al fin lograron unirse cada vez más mientras el castillo de naipes andalusí se derrumbaba poco a poco como un castillo de arena.
Los grandes nobles que llevaban a cabo estas campañas de avance, por su parte, eran más que administradores de la agricultura local. Estos caudillos eran, ante todo, jefes de bandas guerreras que necesitaban complementar los tributos de la tierra con los resultados prometedores de una buena campaña militar.
Pasar la frontera suponía tener que vivir sobre el terreno enemigo, de lo que se podía robar
Las campañas de ataque eran muy duras y sobre todo para un ejército grande como era el califal, tal y como demuestran algunas de las grandes derrotas andalusíes en la Reconquista y no solamente la de Covadonga. El tener que vivir sobre el terreno enemigo, de lo que se podía robar, o tener que cuidar de vagones con víveres en un trayecto tan largo, por unas carreteras que no estaban tan cuidadas como el Imperio Romano, no era ninguna tarea fácil.
A menudo pasaba que los defensores practicaban la política de tierra quemada para que el enemigo que avanzaba no pudiera encontrarse nada útil para su ejército y toda la tierra de nadie en torno al Duero se convirtió en un inmenso desierto de recursos y hombres. También era muy cansado para las tropas el estar caminando durante tantos días seguidos y combatiendo y durmiendo de cualquier manera, lo que explica que a menudo esas fuerzas invasoras tenían que retirarse después de haber conseguido algún resultado y cuanto antes mejor.
Los reinos cristianos son un principio no podían medirse con el poder unificado de todo el califato, por lo que a menudo recurrían a desgastar al enemigo con tácticas de guerrilla o incluso a renunciar a cualquier tipo de batalla campal y esperar a que esas tropas invasoras hubieran saqueado y destruido todo lo que pudieran para luego aguardar su retirada en algún lugar de paso estratégico y allí organizar la batalla como ellos querían y con más igualdad.
Tras esta batalla penosa ocurrió el intercambio de rehenes que supuso que el obispo de Tuy no pudiera apagar su rescate y su sobrino quedase como rehén de Abderramán III en la corte cordobesa. Así ocurrió que el califa se enamoró perdidamente del muchacho y le ofreció lo que él quisiera con tal de poder ser amado por quien era prácticamente un adolescente, pero ocurrió que la determinación cristiana y varonil de San Pelayo le llevó a enfrentarse a esas pretensiones tremendas de Abderramán y cabrearlo hasta el extremo de que el califa ordenó son más brutal como represalia por su negativa. Y es que estos emperadores no estaban acostumbrados a que nadie les dijera que no a ninguna cosa que se les ocurriera.
Había diferentes términos para diferentes tipos de guerra en la Reconquista. La mayoría de los conflictos eran pequeñas batallas y escaramuzas que rara vez pasaban a la historia salvo que en una de ellas se vieran implicados personajes importantes, como cuando fue capturado por Almanzor García Fernández, segundo rey de Castilla después de la independencia lograda con su padre, Fernán González. Al tratarse de otro gran caudillo militar, además de Jefe de Estado, esta captura y muerte de un gran líder sí que pasó a las crónicas de ambos bandos como un gran evento decisivo, pero normalmente hubo un montón de enfrentamientos armados fronterizos de poca categoría que eran importantes en su conjunto y que no recibieron tanta atención como las grandes batallas.
Las aceifas eran los ataques rápidos que uno y otro bando efectuaban contra la frontera enemiga
Las aceifas eran los ataques rápidos que uno y otro bando efectuaban contra la frontera enemiga con el objetivo de saquear lo máximo que se pudiera. El apellido era la defensa organizada cuando ocurrían esos ataques.
En este juego de tronos ibérico de la Reconquista era súper importante mantener controlado el ámbito de los nobles propios que te apoyaban si querías durar como rey o Conde o lo que fuera. Todo el mundo jugaba sus cartas y resultaba de vital importancia que las campañas militares salieran bien para mantener contento al personal y poder repartir algún botín y no solamente los gastos, pero cuando ocurrían las derrotas también era tiempo de sacar los cuchillos para aliados y vasallos y ganar más dependencia a costa de un rey debilitado. Es por ello que todo el mundo también intentaba afianzar los vínculos con otras casas reales inmobiliarias y esto se hacía lógicamente por medio del matrimonio y de las prebendas.
Los matrimonios de conveniencia también podían unir a los dos bandos irreconciliables de alguna manera. Tanto Al Ándalus como León influían de alguna manera, con sus respectivos condados y emires, en la política del enemigo. Y a menudo pasaba que se intentaba comprar la paz mostrar su misión ofreciendo a los herederos propios como maridos o mujeres de los contrarios. Así ocurrió que, por ejemplo, Aberraman Sanchuelo, hijo de Almanzor y proclamado califa del Al-Andalus unido, era nieto de un rey de Pamplona que estaba sometido en la práctica a él y recibía su homenaje igual que el resto de generales o visires. Porque el rey de León y el de Córdoba eran en realidad emperadores con mucha gente importante a su servicio.
También eran muy importantes las figuras de los ricos hombres de la frontera, que seguramente eran buenos gestores fronterizos que habían conseguido hacer negocios con la guerra y que podían pagar mesnadas bastante numerosas que eran muy valoradas por los reyes y condes. Estos adalides cobraban por sus servicios armados de alguna manera y en todo caso les interesaba conservar sus tierras y ampliarlas en lo posible a costa de los odiados moros.
Una porción pequeña de los hombres en edad militar estaba en las mesnadas y el resto eran peones
Solamente una porción muy pequeña de los hombres en edad militar estaba integrada en las mesnadas permanentes de los señores feudales y reyes, ya que eran tiempos de escasísima productividad agraria y nadie se podía permitir el lujo de mantener tropas a tiempo completo entrenando o guerreando cuando era tan necesario labrar la tierra y cuidar de los ganados. El 95% de los hombres útiles para la guerra estaban casi todo el tiempo empeñados en tareas económicas de algún tipo, casi todos ellos en granjas, pero tenían que acudir inmediatamente cuando sus señores feudales los reclamaban para las campañas.
Para hacer frente al peligro andalusí, que se cernía todo el tiempo sobre sus fronteras, García Fernández amplió la base social y militar del condado con sus famosas ordenanzas sobre los caballeros villanos de Castrojeriz, equiparando a los caballeros villanos con los infanzones que ya venían ennoblecidos de antes. Y es que todos aquellos campesinos castellanos que pudieran aportar un caballo para la guerra serían considerados en el acto como nobles de segunda categoría.
Es el primer documento en que se iguala a los caballeros villanos, el primer indicio de su existencia, aunque la institución puede considerarse anterior. Los condes necesitaban apoyarse para defender la tierra frente al moro, para consolidar su nueva situación ante el rey y para compensar la hostilidad de los ricoshombres de linaje, que no habían visto con buenos ojos su encumbramiento, en una nueva clase privilegiada surgida de las entrañas del terruño. Su aparición debió ser lenta. Tal vez de un servicio extraordinario o de un acto de heroísmo. En Castrojeriz vemos ya la institución en pleno desarrollo, y hay que admitir que se encontraría implantada en todas las villas condales.
Como es lógico, no todos los guerreros valían igual en el campo de batalla ni mucho menos. Los escuderos y caballeros cobraban más porque eran los guerreros más permanentes, armados o diestros, capaces por sí mismos de darle la vuelta a la tortilla en un combate a muerte contra el enemigo, mientras que los peones sin información militar ni equipo constituían la infantería arrasa con menor valor militar y con menor salario y derecho a reparto en el botín. Y la gente no era desechable en ningún caso, ya que todo hombre era necesario para una cosa o la otra e incluso los prisioneros eran de alguna forma utilizados para tareas productivas, siendo obligados a trabajar la tierra a cambio de mayores tributos que los demás. Y los nobles o caballeros eran retenidos hasta que el enemigo pudiera pagar un rescate por ellos. Pero nada se desperdiciaba y no se mataba porque sí.
Las ocasiones en que cristianos o moros cometían masacres con los enemigos tampoco se daban sin una razón de peso. Una de esas razones podría ser infundir temor en el enemigo, para que no se volvieran a resistir y se ablandasen psicológicamente. También se podía exagerar el tamaño de la carnicería con fines propagandísticos, como pudo pasar con la masacre de monjes de San Pedro de Cardeña por parte de Abderramán III. Porque este tipo de actos atroces hacían que las campañas militares tuvieran más respaldo por parte de la población y no se discutiera tanto la recluta forzosa o los tributos especiales para pagar estas campañas.
Una complicada coexistencia pacífica entre los distintos grupos étnicos de Al Ándalus
Hay otro factor importantísimo de profunda inestabilidad en Al Ándalus. Una complicada coexistencia pacífica entre los distintos grupos étnicos de guerreros de Al Ándalus. Un puzzle de poder y diferencias étnicas que va a estallar del todo tras el periodo bastante tranquilo de Almanzor, que llevaba el saqueo y la guerra de los territorios cristianos, mientras que en su retaguardia mantenía la unidad y la paz con mano de hierro. Pero todo esto se acabó cuando su segundo sucesor, su hijo Abderramán Sanchuelo, cometió una serie de errores políticos graves que llevaron al límite una situación de inestabilidad étnica entre los diferentes grandes grupos de guerreros de bereberes, árabes verdaderos y eslavos. Contingentes de verdaderos mercenarios que no parecían tener una gran relación con la mayoría española andalusí, a la que estaban realmente sometidos. Y la pretensión de uno de los hijos de Almanzor de sustituir al Califa Omeya, que no era más que una figura decorativa, fue la gota que colmó el vaso en esta desunión entre los verdaderos dueños del imperio del Al Ándalus y con la propia población local andalusí.
El Conde de Carrión y Saldaña fue de los pocos que no abandonó al recién nombrado Califa después de que éste hubiera destronado al que ejercía, en la larga y mítica dinastía Omeya, esa categoría dinástica: la familia del sustituido y humillado Califa Omeya reaccionó de inmediato y tomó el palacio califal para instaurar a su propio nuevo pretendiente al trono. Sus tropas populares eran inexpertas, en su mayoría, pero leales a los Omeya y muy numerosos. Y no tardaron en arrestar y ejecutar brutalmente a Abderramán Sanchuelo y a su aliado, el Conde de Carrión y Saldaña. El hijo de Almanzor pagó caro su error de haberse creído Califa y fue crucificado en la puerta de Córdoba, capital del imperio que vio cómo estas fuerzas de los Omeyas destronados exterminaban a toda velocidad cualquier vestigio del poder del difunto Almanzor. Muy pronto arrasaron el conjunto palaciego de Zahara y persiguieron brutalmente a las tropas que había sido la flor y nata de Almanzor, en especial las africanas, mientras que sus mujeres eran vendidas como esclavas. Estaba claro que una venganza política y étnica estaba en curso cuando los destronados Omeya, descendientes de los grandes califas de Damasco, lideraron a una mayoría popular descontenta de Al Ándalus contra los mercenarios de la usurpadora familia de Almanzor.
Estas tropas del norte de África no tardaron en reaccionar por todas partes y hasta en buscar alianzas en otros aliados cristianos como el Conde de Castilla, Sancho García, que era hijo del héroe García Fernández, apodado de las manos blancas. Y la misma puerta en la que habían crucificado al hijo de Almanzor no tardaría en ser de nuevo batida por los triunfantes bereberes, con los cuales entró Sancho García con sus tropas castellanas para saquear la ciudad todos juntos. Y el improvisado ejército de ciudadanos inexpertos de los Omeya poco pudo hacer para impedírselo.
Empezaba lo que iba a ser una larga y cruel guerra que terminaría por completo con el Califato de Córdoba y de la cual se aprovecharían mucho los Estados cristianos del Norte, que continuaron avanzando hasta que llegaron los almorávides contra los cuales se tuvo que enfrentar el Cid. Pero esto ya es otra historia.
Líderes aventureros que no se quedaban en su palacio a ver pasar la vida
En estos tiempos de guerra continua entre potencias, la guerra más larga de la Historia, salpicada además de conflictos civiles constantes entre los propios cristianos y moros, surge un espíritu y una vida cotidiana de fronteras que dan lugar a personajes como los Condes de Carrión y Saldaña. Auténticos líderes aventureros que no se quedaban en su palacio a ver pasar la vida. No se podían quedar. Su modus vivendi debía ser a caballo y siempre revisando los propios dominios, procurando lo necesario para su defensa y atacando los de los demás en cualquier momento, conscientes de que esto debilitaba a esos otros potentados a los que podían arrebatar sus terruños.
Es un estereotipo muy alejado del que vemos a veces en las películas, con ese noble o rey que se pasa la vida holgazaneando en un salón, rodeado de cortesanos que le hacen la pelota. La corte de los reyes de León es un buen ejemplo de cómo funcionaba el cotarro de verdad en este verdadero Juego de Tronos histórico. Un rey o noble que no daba resultados en el campo de batalla tenía muchos puntos para ser sustituido cuanto antes por otro soberano, en especial después de un gran desastre como los varios que sufrieron los castellanoleoneses tras la muerte de su poderoso, rey Ramiro II.
El mártir adolescente de Córdoba, Zoilo, siendo asesinado por los romanos de su época. Es el patrón de Carrión y sus restos fueron traídos a Palencia por estos Condes aventureros y devotos.
¿Por qué los reyes castellano leoneses se enfadaban cuando sus vasallos emprendían la guerra por su cuenta?
Las incursiones de saqueo de los caudillos castellanos contra Al Ándalus no siempre eran bien recibidas por los reyes de León. Esta actitud ya había sido censurada por Ramiro II en los tiempos del padre de García Fernández, cuando el también mítico Fernán González se saltó la tregua que tenía pactada con Córdoba para atacar la frontera y devastarla.
Y lo mismo sucedería años más tarde con el Cid, que de nuevo se saltó las treguas de su rey para atacar por la zona del centro de la Meseta. ¿Por qué los reyes castellano leoneses prohibían y se enfadaban, a menudo, cuando sus vasallos emprendían la guerra por su cuenta? Porque los reyes tenían que velar por la paz y la seguridad de todos los súbditos y cobraban en tranquilidad y en dinerito calentito cada tregua que hacían con los moros o con cualquiera. Pero los vasallos de frontera como los Condes de Castilla y de Carrión, que eran los principales caudillos castellanos, sacaban demasiado provecho de estas campañas de saqueo y no estaban dispuestos a dejarse de tener en su ímpetu reconquistador cuando tenían todo que ganar en la frontera: querían crecer a costa de los moros, poder enriquecer a sus tropas y a un mismo tiempo debilitar al enemigo andalusí, que se volvía cada vez más débil conforme sus campañas de saqueo progresaban y se iban consolidando los avances de la Reconquista.
A un mismo tiempo, a los condes castellanos también les interesaba sacudirse un poco la autoridad de sus leoneses monarcas, igual que a los califas de Córdoba les interesaba mantener a raya a sus propios señores feudales y rivales al trono.
Por esto fue que se entendieron también desde el principio en una relación de amor y odio que dependía de las circunstancias feudales de cada uno. Y así pasó que los Condes de Carrión y Saldaña, por ejemplo, pelearon a muerte junto a su rey leonés y los demás cristianos en la batalla de Cervera, pero poco después podían estar acompañando al califa en sus guerras internas contra sus rivales. Tal fue el caso del conde de Carrión que murió ejecutado junto a su aliado y jefe, el califa Abderramán Sanchuelo, cuando juntos emprendieron una desastrosa marcha sobre Córdoba para sofocar una rebelión total.
Los verdaderos enemigos son los que tienes a tu lado en la corte y compiten contigo
Un califa Abderramán Sanchuelo al que llamaban así, precisamente, por parecerse de mucho a su abuelo, el Rey Sancho de Navarra. Y el propio Almanzor tenía más sangre española que árabe o bereber. Es por ello que todos estos personajes, aunque tuvieran algo de sangre extranjera, fueron criados y vivieron y lucharon en un país que se llama España. Y por ello eran todos españoles. Y muchas veces entendían mejor con el presunto enemigo del otro lado de la frontera, que en realidad era un oponente, pues los verdaderos enemigos son los que tienes a tu lado en la corte y que compiten contigo por el poder y los premios.
Resulta muy probable, de hecho, que todos estos condes de frontera vistieran incluso a la manera morisca. De hecho, el estilo mozárabe y mudéjar es una muestra muy importante de la influencia que la atractiva cultura morisca ejerció sobre estos guerreros profesionales y labriegos, que sobre la marcha iban desarrollando una cultura propia hispánica que bebía, sobre todo, de Francia y Europa, pero que era por sí misma apegada a lo que tenían más cerca en la propia frontera. El mismo nombre de la familia de los Condes de Carrión, los Banu Gómez, ya nos habla de una influencia importante hasta en el lenguaje. El propio seudónimo de Rodrigo Díaz de Vivar, personaje de la época siguiente, proviene de la palabra Sidi, que en árabe significa Señor. Por tanto, Mío Cid significa mi Señor en este castellano-árabe mestizo de esta frontera tan legendaria.
Por el constante contacto con esta gran civilización del centro y sur de España que fue Al Ándalus. Por el poder industrial textil que tenían por aquel entonces los asiáticos, y Al Ándalus era una potencia que surgía de la superpotencia que era el califato de Damasco. Con un contacto total con otras potencias europeas, africanas y mediterráneas en general. Y el mundo de los Condes de Carrión y sus compañeros cristianos no es que fuera tan limitado, al final, y por eso también se explica que explotasen tanto el Camino de Santiago. Porque ellos también necesitaban comerciar y estar conectados con un mundo del que habían quedado aislados desde el principio de la Reconquista y en el núcleo cántabro asturiano del reino de Oviedo.
Pero, inevitablemente, estos cristianos herederos de un reino godo venidos a menos se sabían inferiores en recursos, y también a nivel cultural, aunque hicieron desde el principio esfuerzos denodados por equilibrar la balanza y al final lograron superar con creces no sólo a Al Ándalus, sino a todas las demás civilizaciones, consiguiendo Castilla y León ser el corazón maravilloso de un imperio en el que no se ponía el sol.
¿Cómo se luchaba en la Reconquista?
¿Cómo se combatía en esa época? Ya España era un país de guerra ligera y de guerrillas con caballería e infantería de tipo ligero, con una forma de pelear ágil y desembarazada que poco tenía que ver con lo que ya se estaba haciendo en el norte de Europa con una caballería e infantería cada vez más acorazados. La forma de luchar de los tercios, en realidad, no difiere tanto de esta tradición ibérica de luchar con poca carga encima y con armas ligeras. Una forma de guerrear que en realidad era parecida a la que ya se estaba usando, también, en el norte de África, cuando el bereber Tarik cruzó el Estrecho de Gibraltar y se presentó en nuestras costas para reclamar Al Ándalus como tierra del Islam.
El ejército godo contra el que se enfrentaron tenía una forma de pelear muy parecida a la de los árabes, aunque tal vez con menos protagonismo de los arcos, pero ante todo era un ejército profesional de mercenarios entusiastas. Y en el lado contrario, por desgracia para los godos, aunque eran muchos más, estaban larvados por la desunión congénita y kamikaze que les caracterizaba. Y al final perdieron porque un ala de ese ejército, el clan de Vitiza, se volvió contra sus enemigos rodriguistas y atacaron al ejército real, uniéndose en plena batalla a los invasores africanos. Pero tanto uno como otro ejército ya contaban de por sí con formas de combatir y tácticas muy parecidas, basadas en la velocidad y en la agilidad.
Unas tácticas que siguieron funcionando en la Reconquista. Y es que a pesar de que los nobles y sus séquitos de mercenarios profesionales, que eran el verdadero núcleo de estos ejércitos, sí contaban con cotas de malla y otras protecciones que no eran fáciles de obtener, la masa crítica de estas fuerzas era caballería ligera apoyada por grandes contingentes de infantería igualmente ligera. Es por ello que, ante la necesidad de vida o muerte de unirse todos o desaparecer, los líderes cristianos de todos los reinos procuraron siempre democratizar este arte de la guerra y ennoblecer a sus soldados para motivarles en la campaña y que pelearan hasta el último aliento.
Los Condes de Carrión y Castilla como factores clave en el lento declive de Al Ándalus
Algo parecido sucedería en la zona de Al Ándalus, en lo que a la frontera se refiere, siempre es la gente que está en la raya la que más tiene que ganar o perder. Y ahí se sitúa la leyenda de los Condes de Carrión, Saldaña y Liébana, pero también de otros señores feudales castellanos como Fernando González y otros héroes.
Los califas y emires ponían también buen cuidado en cuidar y dominar a su gente en la frontera con los cristianos, lógicamente, con la diferencia de que esos cristianos tenían más hambre de crecer y muchas más simpatías en el otro bando, por esa gran mayoría cristiana mozárabe que vivía bajo la bota de los emires, lo que también permitió con más facilidad el avance y colonización continuos que se pueden observar en toda la Reconquista.
La mentalidad de pasar a la defensiva en todo momento y no tener una figura fuerte como Almanzor, o siquiera un califa más o menos decente, fueron factores extremadamente negativos en el declive de lo que fue un gran imperio hispánico y magrebí. La falta de un apoyo popular masivo al Estado, como sí ocurría en el Norte, y la existencia de tantos grupos étnicos separados, compitiendo por Córdoba y otras plazas, llevó a la muerte al imperio de Al Ándalus.