Por Miguel de Cervera.
Investigar un posible asesinato ya es un reto en sí mismo, pero intentar resolverlo cuando han transcurrido miles de años desde que ocurrió, parece directamente imposible. Y sin embargo, eso es lo que nos plantean unos restos humanos hallados en Cantabria: un cráneo con signos evidentes de violencia, perteneciente a un joven de la Edad del Cobre, mucho antes de que Homero relatara la guerra de Troya y cuando Europa apenas daba sus primeros pasos en la civilización. Nos encontramos, por tanto, ante un misterio de “la noche de los tiempos”. Una civilización europea que vivió sus primeras guerras modernas, digamos, con grandes ejércitos implicados y armamento muy avanzado para la época. Con fosas comunes en las que los supervivientes o sus servidores enterraron en melé a los que no tuvieron la suerte de salir vivos de la batalla.

El caso comienza con el descubrimiento de un cráneo que muestra un hundimiento brutal, una herida que habla de un ataque directo. Lo sorprendente es que este individuo consiguió sobrevivir a la agresión y vivió lo suficiente como para que el hueso cicatrizara antes de morir, aunque muy probablemente tuvo una existencia precaria debido a esta presión en su cerebro en ese tiempo, más bien corto, que todavía le quedaba de vida.
El hallazgo de restos humanos en una cueva en Solórzano
Los restos pertenecen a un varón de entre 25 y 30 años que vivió en el tránsito del Calcolítico a la Edad del Cobre. El esqueleto apareció en una cueva del municipio de Solórzano, muy cerca de Laredo, en condiciones de conservación excelentes. Algunos de los huesos presentan huellas de fuego, aunque los expertos consideran que esto no implica que el cadáver fuera quemado, sino que probablemente se deba a hogueras posteriores realizadas en la cueva por pastores u otros visitantes.
Quiero aprovechar estas líneas para rendir homenaje a quienes contribuyeron a abrir el camino en estas exploraciones: mi profesor Peter Smith, del grupo de expedicionarios británicos que recorrieron el valle de Matienzo y alrededores, y también al espeleólogo inglés Ellis Gilles Barker, fallecido hace 36 años en un accidente durante uno de estos trabajos científicos.
Una lesión mortal que no lo mató
El estado del cráneo es tan bueno que permite conocer no sólo la salud dental del joven, sino también estudiar con detalle la herida: un hundimiento claro en la parte superior de la cabeza. Los médicos y arqueólogos que lo han analizado coinciden en que este tipo de traumatismos suelen causar daños irreversibles: convulsiones epilépticas, alteraciones motoras y graves secuelas neurológicas debidas a la presión sobre la corteza cerebral. Es decir: sobreviviría, sí, pero con las secuelas de por vida que además, casi al 100%, no le ayudarían a gozar de una vida tan larga.
La forma de la herida sugiere el impacto de un arma contundente. Nuestros ancestros vivían en un mundo violento, donde las disputas a menudo terminaban con golpes de hachas, mazas o lanzas. Lo extraordinario es que este hombre no murió en el acto: el hueso muestra una cicatrización casi completa, lo que significa que sobrevivió meses o incluso años tras el ataque. En una época sin medicina ni cirugía, resistir un golpe así fue una proeza, pero nadie que tenga un mínimo de conocimientos de Medicina apostaría nada por la salud a medio plazo de este pobre hombre.

Paralelismos con otros hallazgos de batallas campales en la Prehistoria ibérica
Esto no es un caso aislado. En un dolmen de Navarra apareció otro cráneo con una fractura severa en el que también hubo supervivencia. Lo mismo se observó en restos medievales hallados en Álava, en la iglesia de San Roque en Acevedo. El ejemplo de Solórzano encaja en esa misma línea: testimonios de una violencia frecuente en las sociedades prehistóricas. Con escaramuzas que serían mucho más comunes que los grandes enfrentamientos a nivel regional, en cuanto a la Península o la propia Europa se refiere, entre mayores o menores masas de hombres armados con todo tipo de lanzas, porras y hasta proyectiles arrojadizos.

Como vemos en este detalle de la ilustración maravillosa de Amaia Torres Piñeiro, sobre estas batallas prehistóricas en el Norte, el aspecto que debieron ofrecer los conflictos de estos rudos antepasados nuestros se debería parecer bastante a una batalla campal seria entre hooligans, con la diferencia de que aquí nadie pararía la lucha ni llamaría a la Policía. La pelea era a muerte y las fosas comunes colmadas de restos de hombres jóvenes, a veces rodeados de lo que parecen ser civiles, avalan esta tesis de guerras totales entre clanes que seguramente eran más que eso.
La zona montuosa en torno a conocidos puertos turísticos de Laredo o Santoña ofrecía numerosas cuevas habitables o utilizables como sepulturas. Aún hoy algunas se emplean como fresqueras o refugio de ganado. El valle de Solórzano y Hazas de Cesto, fértil y bien regado, proporcionaba pastos, caza y pesca. Sin embargo, los recursos nunca eran abundantes en estos tiempos y esa escasez pudo haber sido el motivo de enfrentamientos, como el que acabó marcando el destino de este joven. Recordemos que esta zona y todo el Norte en general, incluso después de haberse introducido aquí los cultivos americanos como las patatas o el maíz, fueron territorios de muchísima emigración hacia América y otros lugares, en tiempos muy recientes, precisamente por esta escasez de comida y de todo.
¿Estamos ante conflictos constantes, en estas épocas tan pasadas, basados en conflictos económicos por el control de los valles fértiles?
Los británicos que exploraron Matienzo localizaron otra cavidad cercana, con restos de oso y otros animales, a la que llamaron Pit Nut Cave. Muy próximas se encuentran las cuevas funerarias de Moros de Hazas y Hoyo de la Ribera, donde se descubrieron ajuares como dientes de jabalí. Todo ello muestra que estas comunidades usaban las cuevas como espacios funerarios protegidos, fáciles de sellar contra depredadores.
En la imagen, un oso cavernario procedente de esta zona oriental de la región montañesa, desde siempre dotada de tantas cuevas.

Descripción del cráneo de la Cueva de los Tornos

El cráneo de Solórzano conserva seis dientes en sus alvéolos (14, 15, 16, 17, 27 y 28), mientras que otros fueron hallados sueltos en la cavidad. Todos presentan un desgaste intenso, indicio de una dieta dura y abrasiva. Aunque la cara sufrió fracturas tras la muerte, pudo ser reconstruida.
En la foto, otro cráneo masacrado en otro conflicto prehistórico en Europa, en este caso de la batalla campal «internacional» del Valle de Tollense, en Alemania.
Las medidas craneales son de 182 mm de longitud máxima y 135 mm de anchura, con un índice de 74,17, lo que define una morfología dolicocéfala (alargada). El entorno donde apareció —una ladera inclinada hacia el noreste, dentro del valle de Solórzano— es hoy un paisaje transformado por la agricultura: prados de siega en el fondo y eucaliptales en las cotas más altas. Pero en estas épocas pasadas, como es lógico, la agricultura y ganadería serían mucho más importantes en medio de una economía de subsistencia en la que predominaba una violencia continua y latente: la aristocracia guerrera pelearía a menudo en guerras entre clanes, más o menos masivas, mientras mantenían su poder tiránico sobre la mayoría social de semi-esclavos que trabajaban el campo o las minas para ellos y los servían.
Flechas clavadas en huesos: testimonios físicos de la innovación militar que supuso el poder arrojar proyectiles precisos y mortales. De nuevo estamos ante un resto humano de la batalla medieval de Tollense.

Una época marcada por la violencia
Las pruebas acumuladas en la arqueología cántabra y vasca dejan claro que la prehistoria no fue una edad idílica, como a menudo se nos quiere vender desde el relato oficial. Más allá del arte rupestre y la domesticación de animales existía un contexto de choques armados constantes. Las comunidades vivían bajo la amenaza de agresiones de otros clanes vecinos e incluso otras poblaciones más lejanas, que de vez en cuando migraban hacia otros territorios con el propósito de conquistar y colonizar. Por eso es que los habitantes de la Península comenzaron a agruparse en castros fortificados, buscando seguridad en el número y en las elevaciones del terreno.
El Museo Arqueológico de Cantabria conserva una gran colección de armas antiguas procedentes de Matienzo y alrededores, prueba de que la violencia estructurada era parte esencial de la vida. La lucha cuerpo a cuerpo y la guerra organizada son tan antiguas como la cooperación humana y esta violencia siempre establece las normas de convivencia, ahora mismo con otros estilos y formas, pero en estas épocas pasadas se utilizaba la agresión física de la forma más cotidiana y más natural.
Evidencias de conflicto prehistórico a gran escala
Un reciente estudio publicado en la revista Scientific Reports revela que parte de las marcas presentes en los restos óseos de más de 300 individuos hallados en el yacimiento de San Juan ante Portam Latinam, en Laguardia (Álava), fechado en torno a hace 5.000 años, podrían corresponder a víctimas de un periodo de enfrentamientos bélicos. Este episodio habría tenido lugar más de un milenio antes del que hasta ahora se consideraba el conflicto de gran escala más antiguo documentado en Europa.
La investigación, encabezada por Teresa Fernández Crespo, especialista de la Universidad de Valladolid, pone de manifiesto que la elevada proporción de varones afectados, junto con la cantidad significativa de huesos con señales de violencia, apuntan a que aquellas lesiones no fueron fruto de accidentes aislados, sino de una etapa de enfrentamientos que pudo prolongarse durante varios meses. En el proyecto colaboraron también la Universidad de Aix-Marsella (Francia), la Universidad de Cantabria, la Universidad del País Vasco y la Universidad de Oxford (Reino Unido).
Ilustraciones: Amaia Torres Piñeiro.
Comisariado: Teresa Fernández Crespo y Javier Ordoño Daubagna
Exposición: “Huesos y paradigmas rotos” del museo arqueológico de Álava, BIBAT.


Un hallazgo en el País Vasco ha revolucionado nuestra visión de este periodo. En Laguardia (Álava), en el yacimiento de San Juan ante Portam Latinam, se recuperaron restos de 338 individuos con abundantes señales de violencia. La investigación dirigida por Teresa Fernández Crespo (Universidad de Valladolid) y publicada en Scientific Reports determinó que un 23,1 % de los cuerpos tenía fracturas y un 10,1 % heridas mortales sin cicatrizar.
La mayoría de los caídos en el combate eran varones jóvenes y junto a ellos se recuperaron 52 puntas de flecha, 36 de ellas con impacto. Todo indica que no se trató de un episodio aislado, sino de un conflicto prolongado en el tiempo, posiblemente meses de combates. Este descubrimiento adelanta en más de un milenio el inicio de la guerra organizada en Europa, situándola en torno a hace 5.000 años, en pleno Neolítico final.


Además, restos hallados en cuevas cercanas muestran heridas antiguas y recientes, lo que implica que algunos combatientes participaron en múltiples batallas antes de morir. Europa, por tanto, conoció guerras extensas mucho antes de lo que se creía: la Prehistoria no fue tan ajena a la violencia humana contra otros humanos y se desvanece el relato de sociedades armónicas que siempre intentaban colaborar.
Poca igualdad a la hora de ir a combatir y morir reventado
La realidad es de una fuerte competencia por el territorio y una jerarquización de la sociedad a base de violencia, en la cual una aristocracia muy bien armada tenía todas las de ganar. En el mismo yacimiento se recuperaron, además, 52 puntas de flecha talladas en sílex, de las cuales, según estudios previos, 36 mostraban claros indicios de haber sido utilizadas en combate. Los investigadores determinaron que un 23,1 % de los individuos analizados presentaba traumatismos óseos, y que un 10,1 % sufría heridas que no llegaron a cicatrizar. Estos valores resultan notablemente más altos que los registrados de manera habitual para comunidades del Neolítico, en las que las estimaciones oscilan entre un 7-17 % y un 2-5 %, respectivamente.
Asimismo, se constató que el 74,1 % de las heridas recientes y el 70 % de las que mostraban señales de cicatrización afectaban a varones adolescentes o adultos. Esta sobrerrepresentación masculina contrasta con lo documentado en otros enclaves neolíticos europeos interpretados como escenarios de masacre, donde las diferencias por sexo no eran tan marcadas como en este yacimiento. En todo caso, como pasa en todos los conflictos, los hombres serían protagonistas de las agresiones físicas como tales y las mujeres de las violaciones.
Una Prehistoria no tan idílica como nos han contado
El joven de Solórzano murió hace miles de años, pero su cráneo conserva la memoria de una agresión brutal y de una supervivencia asombrosa. Su historia se entrelaza con la de otros hallazgos que demuestran que la prehistoria fue tan violenta como fascinante, un tiempo donde la vida pendía de un hilo y la guerra pudo haber comenzado mucho antes de lo que creíamos.
Cantabria y el País Vasco nos ofrecen hoy, a través de sus cuevas, no sólo testigos mudos de la dureza de aquella época, sino también ventanas honestas a un pasado que, aunque remoto, sigue hablándonos con fuerza sobre la fragilidad y la locura de la naturaleza humana. Y en los mismos campos en los que ahora vivimos o turisteamos o paseamos sin más.
Ilustraciones: Amaia Torres Piñeiro.
Comisariado: Teresa Fernández Crespo y Javier Ordoño Daubagna
Exposición: “Huesos y paradigmas rotos” del museo arqueológico de Álava, BIBAT.


¿Cuántos de estos soldados prehistóricos estaban allí, realmente, porque querían estar combatiendo a esos enemigos, y no obligados por otros guerreros más fuertes que los implicaban en sus proyectos bélicos? El número asombroso de muertos, para la época, parece indicar que se trataba de conflictos masivos en los que civiles de la época se verían obligados a participar a las órdenes de los profesionales de la guerra de entonces, que eran los que ejercían el mando.
El elevado porcentaje de heridas que lograron cicatrizar en estas batallas indica que la confrontación no fue un episodio puntual, sino que se mantuvo durante un periodo prolongado, posiblemente de varios meses. Los investigadores señalan que, aunque no es posible determinar con certeza las causas de la disputa, existen diversas hipótesis. Entre ellas, destacan las tensiones sociales y culturales que pudieron surgir entre comunidades distintas que habitaban la región en los últimos momentos del Neolítico.
“Hasta ahora no se había documentado en Europa un caso del Neolítico con tantos individuos implicados en un episodio violento. La violencia ha estado presente desde los inicios de la humanidad, pero en este caso observamos un número muy elevado de participantes —en su mayoría hombres— y una duración prolongada del enfrentamiento. Esto representa un cambio significativo, tanto en la intensidad como en la forma de ejercer la violencia entre grupos”, señala Fernández Crespo.
El Sistema de los Cuatro Valles y la Bóveda Astral
La comarca de Matienzo no sólo guarda testimonios de violencia, también joyas geológicas de enorme valor. En el Sistema de los Cuatro Valles, que se extiende bajo Matienzo, Riaño, Llueva y Secadura, se encuentra la majestuosa Bóveda Astral o Astradome: una cavidad de 30 metros de diámetro y 101 metros de altura.

Fue explorada en 1975 por la expedición británica M.U.S.S., que recorrió más de 7.000 metros de galerías. Tres años después, con ayuda de un globo de helio, midieron la altura exacta de la cúpula. El acceso más sencillo es hoy la entrada artificial Giant Panda, que sustituye al antiguo paso por la Cueva de la Hoyuca.
El recorrido hacia la Bóveda atraviesa galerías inundadas, meandros estrechos y pasos bajos, hasta desembocar en una sala monumental cuya acústica es sobrecogedora. El eco en ese espacio natural transmite una sensación difícil de describir y convierte al Astradome en una experiencia única para los espeleólogos.