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LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA OLMEDA – XVII. El difícil camino hacia la Eternidad

by Redacción
01/04/2026
in Arte, Cultura, Historia, Los ultimos dias de la Olmeda
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LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA OLMEDA – XVII. El difícil camino hacia la Eternidad
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Teléfono: 656 33 28 27

El verdadero lema de los Próculos, que coronaba las dos puertas principales, resultaba en esos días más confuso que nunca.

Al sucesor, síguele. El porqué, yo me lo sé.

Pero, ¿quién era ahora el sucesor? ¿Liberato? ¿Cesaro? Había incluso quien creía que Serena y Eugenio tomarían las riendas, puesto que la mayoría prefería pensar que los bagaudas no permanecerían mucho tiempo por allí. Y eso que enterrado Víctor, quien ya un poco antes fue desposeído de todo, el servicio de la Casa procuraba comentar lo menos posible cuanto pasaba. Y era poco lo que hablaban en voz alta, desde luego, resignados a lo que había y temerosos de lo que pudiera venir aún, rodeados todo el día por los bagaudas. Y trabajaban más duro que nunca, para agradar a sus actuales señores, con más miedo del que jamás sintieron primero, incluso en tiempos del Viejo General. Porque si los bagaudas no se habían portado tan mal, según algunos, era porque asumían que la matanza pudo ser mucho mayor, embriagados como habían estado todo el tiempo hasta que las reservas de vino y cerveza se agotaron. Y el personal procuraba no dar excusas para excitar su furia, incluso cuando tomaban lo que no era suyo y abusaban mucho de su poder, incluso sobre los cuerpos ajenos. Y ahí estaba la pobre de Ana, sin ir más lejos, que se veía convertida ahora en concubina para uno de esos bagaudas. Y Eugenio intentaba evitar su mirada, como si quemara, porque le avergonzaba no ser capaz de liberarla, aunque sabía que no era esto lo que a ella más le dolía al final.

Por fin lo conseguiste y me alegro. De verdad. Porque te la mereces. Y te deseo que seas feliz con ella, le dijo, aun con lágrimas en los ojos, en un momento en que Eugenio no pudo rehuirla. Y deja de pensar tanto, ¿vale? Que tampoco puedes salvarme siempre.

Ojalá pudiera, respondió él, que se sintió como el más cobarde de toda la Casa, todo ello mientras la gente se refería a él como Patrón o jefe. Pero era cierto eso de que no se puede servir a dos señores, como tampoco se puede a dos señoras. Y había más deserciones en la vida aparte de ausentarse de un combate. A éstos sólo les interesa beber y follarse a todo el mundo, se decía, aunque ahora que se había acabado el alcohol era de esperar que se centrasen todavía más en lo segundo, enganchados como estaban a esa buena vida de patricios sin serlo. Y como ya lo razonaba Marcial en su poema: Todo se lo lleva la coima[1].

Siendo como eres pobre para tus amistades, Lupo, no lo eres para tu amiga y sólo tu verga no tiene queja de ti.

Ella, la adúltera, engorda con coños de harina candeal, mientras tu convidado come harina negra.

Vinos setinos que encenderían las nieves se filtran para la querida, pero nosotros bebemos el negro veneno de una tinaja corsa.

Te has comprado una noche, no entera, con las fincas paternas. Pero tu aparcero, abandonado, labra campos que no son suyos.

Resplandece la adúltera, reluciente de perlas eritreas. Mientras tú te la tiras, tu cliente es llevado preso por deudas.

A la prostituta se le regala una litera llevada a hombros por ocho sirios, pero tu amigo será la carga desnuda de un escaño.

Anda ahora, Cibeles, y mutila a los pobres maricones[2]. ¡Ésta, ésta era la verga digna de tu cuchillo!

¡Ay! Si sólo pudiera salvar la Casa, se dijo Eugenio, aun a sabiendas de que eso era, también, poco menos que imposible. Porque si ése era el hogar seguro y conocido que todos tenían, mejor o peor, la situación no había mejorado tanto sin un Próculo al mando de todo. Y, sin embargo, estaban todos en manos de auténticos desharrapados, por más que se dieran a sí mismos el timbre de libertadores. Y era enojoso ver cómo se comportaban los libertadores, con sus mismos iguales, pues pretendían ser todos señores sin haberlo aprendido nunca. Pero, ¿qué no les tocaría aún sufrir, en especial a los más humildes, a manos de nuevas oleadas de bandidos? Eugenio nunca había visto tan claro, por tan pavorosas desgracias del Pueblo Romano, que no es misión de los dioses nuestra seguridad: lo es su venganza[3].

Pero la política es el arte de prometer hasta meter y al igual que Víctor, el verdadero sucesor, su no menos hijo Liberato había heredado de su progenitor en común ese raro don para la política. Para convencer a propios y extraños de que sus órdenes eran más bien consejos por su bienestar, y que no había nunca nada que debatir si el paternal Patrón ya había considerado todo por ellos. Por lo tanto, en todo caso, desobedecer sería no sólo un delito: era también y siempre una decisión absurda, ilógica y contraproducente. Por el contrario, el trasfondo social que uno y otro hermanastro ofrecían a sus siempre inferiores paisanos era diferente: Víctor defendía el orden de estamentos de toda la vida y sin ocultar que existían esos estamentos, esas castas inamovibles, mientras que el también hermanastro de Eugenio predicaba una libertad y solidaridad ideales, pero que ahora se demostraban más que falsas. Dos caras iguales de una misma falsa moneda de tiranía, pero el encantador Liberato no dejaba de recordarles su utopía revanchista a todos:

Por primera vez no serán otros los que morirán desangrados, sino que les toca a los ricos pagar la cuenta de tantos años de abusos y explotación. ¡Por primera vez se cumplirá en esta tierra la legítima ley ancestral del ojo por ojo y diente por diente!

Una ley que habían dejado de aplicar con los aristócratas para cebarse del todo, desde un principio, con los más humildes servidores, a los cuales los bagaudas habían hecho siempre sufrir en primer lugar. Y Eugenio no era el único en llegar a la conclusión de que habían salido del fuego, en todo caso, para caer en las más ardientes brasas.

¿Será posible que tengamos que extrañar las pasadas injusticias, a manos de señores rapaces y severos? ¡Quién iba a decirnos que hasta el viejo Asturio sería puesto en un altar, pero estos alacranes de mi hermano pueden conseguir lo que se propongan!

Las historias de dolor de la Casa no habían tenido fin, por generaciones, pero todo parecía empeorar con la guerra y con la anarquía que la guerra trae siempre aparejada. Y, así y todo, impulsado por la nobleza ingenua de su corazón, Eugenio se negaba a extrañar los días pasados, que no habían sido faltos de abusos y tristezas. Porque el propio Liberato no dejaba de ser una copia exacta de su general padre, encerrándose en las partes nobles de la Casa para llevar a cabo orgías con su tropa. Todo a costa de un servicio dócil que siempre estaba a disposición de quien pudiera explotarlos a gusto.

En una ocasión, por ejemplo, había unas mujeres que se ofrecieron para trabajar un día suelto por su jornal. Y venían tan desesperadas que ni el capataz del cultivo tuvo el poco corazón de despedirlas sin nada, pero lo que nadie imaginaba fue lo que vino a continuación. Eugenio servía ese día de ayudante para este capataz y observó que una de esas jornaleras se apartaba del resto y se metía como para la maleza, por lo que él pensó que se quería escaquear del trabajo y la siguió. Nada más lejos de la realidad. Y es que ya antes de apartar las ramas, tras el rastro de esta mujer, Cazador escuchó los berridos de un recién nacido, por lo que al llegarse al sitio en concreto tan solo comprobó que esa forastera había dado a luz sin encomendarse a nadie. Ella sola y con la única ayuda de un pequeño cuchillo con el que ya se aprestaba a separar al niño de sus entrañas.

¡Dios mío!

El Cazador no podía dar crédito a lo que había visto y llamó enseguida a otras mujeres en su ayuda. Y se apresuró en darle el día libre y pagado a esta mujer, después de ser atendida por el médico de la Casa e incluso con el regalo de una hogaza de pan entera, lo cual motivó un pequeño cabreo en el Sumiller. Porque consideraba que había sido demasiado generoso con ella.

Gracias a ti, desde ahora, toda la mujer que esté preñada en las cercanías vendrá aquí a hacer lo mismo, razonaba. Habrá que estar pendiente, para que no vuelva a pasar. ¡Salvajes! ¿Cómo son capaces de hacer estas cosas?

¿En el campo? Parecía mentira que ese hombre no conociera la realidad de tantos paisanos de la comarca y la tremenda hambre que pasaban. Y peor era la necesidad de los forasteros cuanto más lejana era su procedencia respecto a los fértiles campos palentinos, por los cuales muchos daban en caer, atraídos por la fecundidad de tales cultivos. No en vano, cántabros y astures bajaban muy a menudo de sus montes, en búsqueda de cualquier cosa que echarse a la boca, aunque tuvieran que hacer cualquier cosa para conseguirlo. Y la puerta de la Casa era testigo mudo de muchas de estas tragedias, pues a menudo eran puros niños lo que venían. Carne fresca en todas sus posibles manifestaciones, para deleite de señores y servicio, y mayor era la vesania cuanto menor era el rango del sirviente. Por esto Eugenio pensaba que la puerta misma y las paredes del vestíbulo no lloraban porque eran de madera y de piedra, o tal vez porque ya estaban más que acostumbradas a presenciar tanto drama y abuso. Como decía Ovidio en sus Súplicas a un portero inconmovible:

A vosotras, crueles jambas,

Con vuestro umbral severo y a vosotros,

Duros leños, adiós,

Puerta, que también eres una esclava.

Tampoco la puerta era capaz de hacer mucho más cuando no había mucho que se pudiera hacer, en realidad, para alimentar a tanta gente que no tenían ese sustento palentino del cereal. Y la puerta era la auténtica frontera, pues hasta los esclavos de la Casa tenían ciertos derechos, adquiridos por antigüedad, que los recién llegados ni soñar podían. Pero así y todo, tales refugiados del hambre seguían viniendo, en mayor número cuanto menores eran los frutos de unas cosechas que en ningún caso eran suyas, pero siempre son los pobres los que mayor golpe se llevan cuando aparece la hambruna. Y a menudo pasaban a convertirse en servidores de los propios servidores de la Casa, con lo que recibían de éstos su manutención a cambio de consentir el ser explotados y, demasiadas veces, desde la más tierna infancia.

Todos los días caía un pelo nuevo a la olla. La Casa ejercía una atracción demasiado fuerte sobre los villorios de alrededor y afuera de esos muros abrigados y seguros y ese arte, comodidades y baños con calor, sólo cabañas de adobe había. Pero, ¿sería mejor si no hubiera Casa a la que acudir? Eugenio no se engañaba sobre la respuesta. Porque antes esa puerta era como la entrada al paraíso, aunque fuera falso para tantos, mientras que ahora se antojaba como la verdadera puerta de una cárcel, en la que hasta los señores estaban secuestrados dentro de su mismo hogar.

¿Qué va a ser de la Casa, Liberato? Escuché lo que hicisteis con la de Cornelio y sería una pena que ésta siguiera tal suerte, para empezar, por los mosaicos que atesora. Y la biblioteca es una joya que debería servir a más gente, a más niños como fuimos nosotros, y tú sabes que no hay mayor patrimonio en esta mansión. Por esto me apena hasta vender los volúmenes, aunque sabes que valen su sal, pero es que son nuestra gran maravilla.

¿Me ves cara de loco o qué? Lo que no sabes es que ordené a mis hombres proteger a toda costa la biblioteca, antes siquiera de poner el pie aquí. Y también sé que, si me asomo a cualquier mercado con semejante mercancía, acompañado de estos “literatos” que me siguen, tardarían media hora en agarrarnos por haber robado los libros. Pero, tranquilo, hombre, que no voy a quemar nada. ¡Yo no, claro, aunque no respondo por los demás! Porque la mitad de estos bagaudas míos son bandoleros sin nada que perder y con mucho odio a todo lo que les recuerde a los señoritos, ¿me entiendes?

Te entiendo, sí, porque les veo funcionar, pero espero que no la tomen nunca contra la Casa, como hicisteis hace unos días con la de Cornelio, y eso que también era una maravilla.

Le tienes cariño a esta vieja mole, ¿no es cierto? ¡Te entiendo en eso, hombre, para qué te voy a engañar! Yo también guardo buenos recuerdos de aquí, ya lo sabes, y no deja de ser curioso. Lo mejor y lo peor de nuestra vida se encuentra en esta Casa entremezclado, ¿no es cierto?

No es sólo eso. Es por todo. Esta Casa ha sido el hogar de nuestra gente, siempre lo fue y la verdad es que pensaba que siempre lo sería. Por esto me cuesta pensar que todo eso se ha acabado. Y, además, es… Tan bella. No he visto nada igual ni creo que lo haya en ninguna parte. ¡Hay más que arte entre estos muros, hermano, hay magia! Y yo no he viajado mucho por el mundo, tú lo sabes, porque apenas abandoné nunca los límites de esta hacienda, pero he conocido tantas cosas aquí… ¡Ríete de mí, si quieres, pero es lo que pienso!

¿Como podría reírme? ¡Si casi me haces llorar, quién lo diría! Y nadie voy a destruirla, tranquilo. Nadie lo hará, claro, si yo puedo evitarlo. Pero si el oro no aparece, te lo advierto: no respondo de mí ni mucho menos de mis compañeros. En estos días he conseguido aplacar un tanto sus ansias de botín, gracias a los baños y al merecido descanso que estamos disfrutando, pero más pronto que tarde habrá que levantar el ancla y largarse a cualquier otro sitio. Un sitio al que nadie nos pueda ir a buscar, luego entiendo que habrá de ser lejitos. Porque entiendo que echar raíces aquí sería una locura, aunque bien pensado también os podemos proteger de lo que está por venir. ¿Qué opinas tú de eso?

¡Qué podía decir! Eugenio sabía bien que detrás de la estela de su hermano había otros bandidos que también podían venir y por la misma carretera principal de las Galias. Sobre todo, las temibles fuerzas del Usurpador, acampadas al borde de esa misma ruta que abrazaba el Norte de España. Fuerzas que avanzaban cada vez más cercanas a ellos, pesadas por la impedimenta de todo gran ejército, pero inexorables como una gangrena que se propaga después de una herida ponzoñosa. Y en un momento Eugenio creyó adivinar, por pura intuición, las verdaderas intenciones de su hermano. Porque ya no se trataba de saquear, sino que ahora le tentaba la idea de quedarse. Recuperar una Casa que también sentía suya, pero, ¿tanto habían cambiado de verdad las cosas? No hacía tanto que por allí banqueteaban Víctor y Cornelio, como si nada malo fuera nunca a suceder, y de pronto ambos yacían enterrados. Toda una lección de humildad que, sin embargo, su peor enemigo se resistía a creer, vanidoso como le correspondía, por ser un verdadero vástago de Asturio.

No lo sé, hermano. Tal vez deberías considerar lo que ha sido de esos potentados amigos tuyos, que eran los amos de toda esta comarca, antes de tomar una decisión que podrías pagar muy cara.

Bueno, supongo que te refieres a Víctor, porque de Cornelio nada se sabe, ¿no es cierto?

En ese momento, Eugenio temió haber dado un traspiés, al dar por supuesto el destino final de ese enemigo suyo, si bien su hermanastro parecía no haberse dado cuenta de ese detalle.

¡Me pregunto dónde andará ese zopenco! Me hubiera encantado ponerle la guinda a este pastel, echándoselo de comer a los cerdos, aunque no era yo el más interesado: no pocos de sus servidores se nos han unido sobre la marcha, como has visto, y le querían ajustar en primer lugar las cuentas. ¡Y qué te voy a contar a ti, cuando quiso quitarte la moza! ¡Supongo que a esta hora ya andará por Palencia, por lo menos, bien lejos de aquí y donde nadie pueda reconocerle!

Supongo que sí, respondió Eugenio, poco animado a confesarle lo que había ocurrido con su rival. Porque no se terminaba de fiar del todo en su hermano y en que no pudiera usar este secreto, si le hacía partícipe de él, para cualquier posible añagaza en el futuro, aunque lo más peligroso sería que le arrancasen ese tabú por medio de torturas si le agarraban. Y es que Liberato estaba convencido de que él también compartía su visceral odio por todo lo que significase esa casta de potentados con la que, sin embargo, ambos hermanos se habían criado. Una relación de amor y odio, de protección y malos tratos recibidos, muchas veces por partes iguales, en una curiosa dependencia que había durado generaciones en esa casa. Tampoco creo que regrese, ¿no es cierto? No sé si los Próculos podrán rehacerse de su derrota, pero yo no creo que Cornelio sea nunca capaz de conseguirlo.

La carcajada de Liberato, imprevista y estruendosa, le sobresaltó entonces como un golpe a traición.

¡Sí, claro, y ahora seguro que me vas a decir que se perdió caminando por el monte! O tal vez se fue a buscar posada en una de tantas aldeas donde guardan tan buenos recuerdos de él. ¡Venga ya! ¿Acaso crees que no escuché las palabras de tu amigo el Mayordomo? ¿De verdad creíste que podías engañar a tu hermano?

La mirada cómplice de su astuto hermanastro le acabó de disuadir de seguir con el disimulo por más tiempo. En efecto, esa estocada de gracia que le dio a Mayordomo, según él, para ahorrarle más tormentos a manos de los bagaudas, podría aparecer como un acto de misericordia último con un enemigo derrotado, para la mayoría de los testigos, pero no tanto para un Liberato acostumbrado a todo tipo de maniobras para sobrevivir.

¡Dime la verdad, anda! Matasteis juntos a Cornelio y por eso luego tú le diste silencio total a Mayordomo, ¿no es cierto? Para que no traicionase tu secreto delante de la beata de mi hermana. ¿A que sí? Sólo esa historia podría explicar la ausencia de uno y cómo acortaste la agonía del otro, como a ti te gusta decir. ¡Vaya con mi hermano, el santo varón! ¿Has pasado demasiado tiempo con los Próculos o me lo parece a mí?

¡No tiene gracia! ¡Era un momento muy complicado y la presencia de Cornelio lo complicaba todo muchísimo más! ¿Qué crees que hubiera pasado si él se hubiera puesto al mando de la Casa, tal y como pretendía? ¿De verdad era tan alocado pensar que si se ponían de acuerdo estos dos no me iban a quitar de en medio, en cualquier instante, aprovechando la confusión? Y, además de todo, se hubiera planteado en esas puertas mucha más resistencia que la que tuvisteis conmigo, lo que hubiera significado más sangre para ambas partes. Y todo para nada.

¡Te digo que no te tienes que disculpar de nada ni explicar nada! ¡Pues claro que, como mínimo, hubieran intentado quitarte de en medio, aprovechando esa anarquía! ¡Y el pretexto lo tenían asegurado de antemano por ser nosotros hermanos! Esos dos tenían mucha experiencia en degollar criados y colonos como si fueran corderos, pero tú te adelantaste a estos cerdos y lo hiciste muy bien. Lo que hiciste fue verdadera justicia divina y nada más. ¡Lo único que me sorprende es que Mayordomo fuera tan ingenuo de creer que tú ibas a protegerlo de verdad y que nosotros le íbamos a perdonar sus faltas! ¿Tanto le daba al vino para pensar semejante locura?

Yo creo que estas dos malas bestias no tenían otro refugio mejor al que acogerse cuando sabían perfectamente que por todas partes les querían ajustar las cuentas. Por esto se la jugaron a la Casa como quien se agarra a un clavo ardiendo. Pero lo que más creo es que, cuanto más te apegas a ciertos lujos y privilegios, más te cuesta salir corriendo cuando toca hacerlo y sin mirar atrás. Y ése fue su error.

Así es. Por eso les dejamos ese mensaje a todos los de la Casa escrito en la cuadra, hace no tanto: “el que nada tenga, que nada tema”. Nuestra lucha es contra los que se han enriquecido en tantos años de abusar de los humildes y no contra nadie más.

Eugenio no pudo evitar una sonrisa sardónica cuando los primeros que se habían encumbrado, a punta de espada, sobre el esfuerzo de los demás, eran su hermano y esa corte de aventureros desharrapados. Porque el complejo entramado de alianzas matrimoniales y de parentelas de todo tipo parecía haberse venido abajo, de un solo golpe, cuando la flor y nata de los teodosianos y sus mejores fuerzas resultaron aniquilados batalla. ¿De verdad no quedaban suficientes terratenientes en España como para volver a instaurar el orden establecido, en esa época de anarquía total, en los fértiles Campos Palentinos? Costaba creer que esa gente tan poderosa, conectada con el mismísimo César de Roma, fuera a abandonar para siempre una de las regiones más prósperas y estratégicas del Imperio. ¿Cómo harían llegar a Roma el fruto de las minas asturianas y gallegas sino por esa gran carretera del Norte[4], ahora convertida en campo de batalla?

Lo de Mayordomo me lo está cobrando Dios, hermano, ese Dios de Serena que todo lo ve y al que nada se le puede ocultar, al parecer. Pues, aunque viva y duerma con ella, igual que si fuéramos ya esposos, lo cierto es que no puedo ni tocarla sin que se ponga a llorar y a reprocharme. Y ella insiste en que es por su hermano, al que debe guardar luto, pero sé que en gran parte es por haber hecho lo que hice… Pues aunque Serena fuera la mayor enemiga de Mayordomo, que lo era, ella nunca hubiera hecho tal cosa ni tampoco lo habría permitido…

No me tienes que decir nada. Sé cómo es mi hermana, pero esto te pasa por no haberme contado primero lo que ocurrió, ya que yo te hubiera tapado y me hubiera ocupado de ese elemento sin exponerte a ti a nada.

Puede que tengas razón, pero era un momento de mucha tensión y ahora pienso que me equivoqué, no lo sé, aunque el caso es que ella me rechaza y no es porque sí. La verdad es que soy un asesino y ya nada puedo recriminarles a esos dos, o a esos tres si contamos a Víctor, cuando tanto me parezco a lo que digo aborrecer.

Pues no lo pienses tanto. Lo que Serena debería considerar, y todo el mundo en la comarca, es que gracias a ti se han salvado muchas vidas. Y más se hubiera logrado si te hubieran hecho algo de caso, empezando por tu Patrón, cuando tú siempre le recomendaste prudencia. ¡Ya hablaré yo con Serena! Al fin y al cabo, soy su único hermano presente y a falta de padre a mí me corresponde conceder su mano.

Tienes razón. En esta anarquía súbita estamos olvidando las buenas maneras de toda la vida. ¡En fin! Ya sabes que estoy encantado de tu regreso, hermano, y no te molestes por lo que voy a decir, pero… Sabes que, si te quedas mucho tiempo por aquí, podrías tener dificultades. En realidad, todos las tendremos si todos nos quedamos… Porque la gente del Usurpador seguirá avanzando, por esta misma carretera, y no tardarán en visitarnos. Y tu verdadera fuerza está en que puedes atacar y retirarte, pero no dispones de un ejército de veras como para atrincherarte aquí y reclamar esta tierra. Para serte franco, yo le había propuesto a Víctor dejar la Casa entera a merced del primero que llegara, tanto a ellos como a vosotros. Abandonarla, sí, aunque fuera duro para todos. Porque es imposible defenderla.

¿La dejarías para siempre?

Eugenio suspiró, resignado a la impotencia.

Por supuesto. Porque no se me ocurre cómo podría recuperarla después, si alguien más fuerte se apodera de ella. Y no creas que no me duele dejarla atrás… Con gusto la daría por perdida si supiera que alguien la fuera a cuidar y, sobre todo, que alguien se ocupara de la gente a nuestro cargo.

Pues hubiera sido una buena idea que se marchara, claro, él sí, pero ya ves cómo son estos ricos. Seguro que fue idea de Víctor lo de quedarse aquí y resistir hasta el fin, ¿no es cierto? ¡Pobre viejo avaro! Es lo malo de tener una fortuna, supongo, que te esclaviza hasta el punto de pedirte la vida por ella. ¿No recuerdas lo que dijo nuestro maestro sobre los potentados que murieron en Pompeya, atados a sus casas y sus tesoros, mientras que los pobres tuvieron tiempo de sobra de escapar?

¡Olvídate de Víctor, Liberato, qué te importa ya! ¿No ves que está muerto? Y te aseguro que no era el mismo malcriado insoportable que conociste, cuando dejaste la Casa hace tanto tiempo, pero en todo caso es historia pasada. Por una vez, los potentados mordieron el polvo, ¿no era eso lo que querías? Y si además se te antoja la Casa, quédatela, ¿a quién le importa ya? ¡Visto lo visto, será de quien pueda y quiera defenderla! Y piensa que la gente del Usurpador vendrá por aquí, más pronto que tarde, para ajustar cuentas con todos sus enemigos…

Su hermano se echó a reír.

¿Y quién te ha dicho que no he pactado ya con ellos, como el resto de bagaudas, para envolver a estos cerdos por la espalda? ¡Mira que no somos la única bagauda que ha bajado del monte ni ésta es la única villa que ha sido tomada, por todos los Campos Palentinos, pero también en otras provincias! Por eso te digo que los Próculos están acabados y, con ellos, toda esa lacra de intocables teodosianos. Aunque tú no me acabes de creer. ¡Es la hora de la libertad para tantos parias de la tierra, hermano, tras tantas generaciones de opresión!

Sólo entonces se dio cuenta Eugenio de hasta qué punto habían menospreciado a esos bandoleros. Tantos años de tiranía terrateniente habían cosechado su fruto y también los proscritos se habían unido, en una especie de frente común, para hacer realidad su sueño de despojar a los ricos y apoderarse ellos de todo. La venganza de los desheredados se revelaba más completa y organizada de lo que parecía, pues se habían repartido el territorio y habían descendido de sus montes, todos a una, para un golpe definitivo contra sus enemigos. En perfecta coordinación con las fuerzas militares de Usurpador, quien por su parte había derrotado a esos mismos enemigos comunes en batalla campal.

Las cosas han cambiado, pero verás que no para mal: nadie va a haceros daño si nosotros estamos aquí, ¿de acuerdo? Y la cuestión es que si queréis nuestra protección habréis de pagar por ella, hermano. Hasta la última alhaja. Considera que no os hace falta dinero, tal y como estáis, y en cambio a mí sí me toca pagar a esta gente.

Está bien. Déjalo en mis manos, anda, que si queda algo de valor yo me enteraré. No hace falta emplear ninguna violencia. Y piensa, sobre todo, en el hermano que te falta, en Cesaro, que se encuentra al Norte con un ejército a su cargo. Y nada te librará de su furia si se entera de que hicisteis daño a sus hermanos. Porque, bueno… Creo que de momento podría darse por satisfecho, si no vais más lejos: después de todo, habéis respetado a su hermana y Víctor se iba a morir de todos modos.

El gesto ausente de su hermano, al recordarle a ese Próculo un tanto lejano, pero real, le reveló que no menospreciaba para nada ese peligro. Sin duda que no. Y eso que Liberato era un auténtico estoico, capaz de dormir en una cama de piedra, que hacía muy reales esas palabras de Marcial:

Fácil cosa es despreciar la vida cuando las dificultades nos rodean. Sólo se porta valientemente aquél que sabe ser desgraciado.

Y si algo había demostrado su hermano, con esa vida de forajido que llevó durante tanto tiempo, era su capacidad de ser desgraciado y vivir como tal. Tanto que parecía más asustado de volver a una vida común que de ser perseguido sin cesar, como una alimaña, en los montes apartados donde había habitado por años.

Yo estoy hecho para la vida dura. Cuando me va bien, me asusto[5], le confesó, en uno de esos momentos. Y Eugenio se sintió más identificado que nunca con su hermano, por esa pesada incertidumbre que se cernía sobre la Casa y España entera.

Mientras los dos hermanos se entretenían en cazar y reconocer el terreno en torno, para intentar adelantarse a cualquier novedad que pudiera llegar hasta su apartado mundo, en la Casa el trabajo seguía como siempre. Más duro que de costumbre, a decir verdad, cuando los bagaudas pretendían ahora vivir de esos otros paisanos suyos, gente humilde a la que decían haber liberado, y sólo Serena parecía ostentar la autoridad necesaria para ponerles freno a esos dictadores con aires dictador. Porque los días pasaron y las brasas del saqueo se apagaban, poco a poco, conforme los de la Casa se acomodaban a los recién llegados, lo cual no era tan sencillo. Y también pasaba al revés, desde luego, cuando también esos bagaudas ansiaban un poco de paz y sosiego. Pero este milagro sucedió poco a poco y para mejor o, al menos, no para el suplicio sin fin que Eugenio había imaginado. Pues la vida seguía, así y todo, para la inmensa mayoría de los supervivientes de la Casa, a los que se habían unido un tropel de refugiados de los contornos. Todos ellos confiados en que Eugenio y Serena obtendrían cierta protección y buen trato, con los bagaudas de Liberato, que representaban lo malo conocido y que acaso eran preferibles a lo peor por conocer. Y resultaba curioso cómo esa vida apenas había cambiado en la Casa, en la comarca entera, tras la aparente caída de los Próculos y la definitiva ruina de Cornelio. Y lo cierto era que, a Serena, aunque nunca lo hubiera imaginado, tampoco le había afectado tanto este ocaso. Ni siquiera la muerte prematura de su hermano, al que consideraba ahora a salvo de los pecados que le habían esclavizado en su vida. Y era llamativo contemplar cómo los mortales se adaptan a lo que hay y que se respiraba igual con un Próculo legítimo en el trono que sin él, por más que Liberato pretendiera ser heredero de la Casa por derecho. Porque la verdad era que la había tomado a la fuerza, como hicieron los suyos con tantas de sus mujeres, y Serena podía llamarse afortunada de haberse evitado ese trago. Sólo su parentesco con Liberato la había salvado o, mejor dicho, el de éste con su esposo, que ya lo era, después de tantas pruebas y sinsabores.

No te sientas culpable de haber ganado algo con esto, Señora, o de no haber perdido tanto, le dijo la gobernanta. Era de las veteranas de la Casa y, por tanto, gozaba de mucha autoridad entre las mujeres, aparte de por lo que era su cargo de por sí. Eugenio y tú fuisteis valientes al resistiros a estos bagaudas, ¡vaya que sí! Eso no lo hubiera hecho cualquiera, pero poco más se podía hacer cuando es imposible evitar ciertas cosas…

Pero Serena no sacaba pecho por lo conseguido, aunque supiera bien que la invasión bagauda no fue tan horrible como había imaginado.

Nada de eso fue suficiente para evitaros tanto a todos y, en especial, a los que se están llevando la peor parte. Y por más rabia que le tuviera a Mayordomo y a algunos de sus hombres, que eran peores que él, no me parece bien que hayan pagado con sangre ni mucho menos lo que hizo Eugenio… Eso es lo que peor llevo de todo esto…

¡Pero, vamos a ver! ¿Y qué pretendías? ¿Que asistiéramos todos al espectáculo de ver cómo le hacían pedazos en el salón principal, como si fuera una matanza de piezas de caza, cuando estaba tan claro que en todo caso no le iban a dejar vivir? ¡Lo único que hizo Eugenio fue librarnos a todos y, sobre todo, al mismo Mayordomo, de tener que sufrir semejante bestialidad!

Vale, sí, puede que tengas razón, pero es que no me quito de la mente esa imagen. Siempre escuché hablar a todo el mundo de lo buen cazador que es, pero otra cosa muy diferente fue haberlo visto matar a un hombre delante de todos como si nada. ¡No lo comprendo! ¿Sabes una cosa? No dejo de pensar que de tanto pedirle al Cielo una sola oportunidad, para Eugenio y para mí, nos la haya dado al final, pero en forma de tormenta. Porque en verdad hacía falta una tormenta para que pudiéramos acabar juntos, aunque ahora mismo ya no le veo como antes. Es como si se me hubiera caído una venda de los ojos que, de todas maneras, yo me resisto del todo a quitar. ¿Será que Dios me envió esa señal para que me apartase de él? Por esto te digo que yo no siento que haya ganado tanto, sino que he perdido casi todo y a mi hermano para empezar. Y lo peor de todo es que no estoy tranquila por el porvenir si todo ese cambio tenía que empezar así, con estos crímenes y este no saber.

¡Pero Eugenio no tiene la culpa de nada de eso! ¡Tú disfruta de los frutos, mujer! ¿Qué más se puede decir? ¡Las tormentas también traen sus cosas buenas!

No sé si tanto como para compensar lo malo, reconoció Serena, cuando el saqueo de esos bandidos había traído a la Casa la ley de la frontera, que no es otra que la del más fuerte. Y todo ese corolario de robos, asesinatos y violaciones, que su guerrero padre conociera tan bien, les había llegado ahora a ellos desde las violentas fronteras. Porque no existe ese mundo seguro, inalcanzable, donde poner a salvo nuestros tesoros y familias. Y por más guardias armados que se pongan en las puertas, si el Destino lo quiere, éstas serán forzadas y aquéllos derrotados. O sobornados para que abandonen a sus señores y se unan a los de afuera, como tantos hicieron por puro miedo o conveniencia. ¡Y los hombres de Mayordomo fueron los primeros en largarse de allí a toda prisa, abandonando la Casa que juraron defender hasta el final, y ni siquiera a su jefe esperaron! Pero otros muchos no tuvieron ninguna oportunidad y, de hecho, en el cementerio de la Casa había una nueva hilera de tumbas recientes, siendo una de ellas la de Víctor. Testigos mudos de que ese brutal saqueo había tenido lugar, aunque ahora todos disimulasen por miedo, como si nada de eso hubiera pasado.

Eso que dices es mucho pensar, Señora: ¿que por haber pedido lo que es justo Dios fuera a castigar a los demás? ¿Incluso a inocentes de por medio? No, Él no es así y lo sabes. Él no es Júpiter ni Diana ni ninguno de esos dioses crueles en los que creían nuestros padres. En la vida, las cosas ocurren sin más y a menudo no dependen tanto de uno mismo.

Lo sé. Mira, si no, las cosas que mi padre hizo con tantos, dijo Serena. A Eugenio, para empezar. A sus padres.

Bueno. Sobre ese asunto hay algo que no sabes, como tampoco tu marido, porque nadie se ha atrevido hasta hoy a contarlo. No en vida de tus padres y de tu hermano, que en paz descanse. Pero creo que es bueno que se sepa y que tú, en particular, conozcas por fin este asunto.

Puedes hablar, dijo Serena, siempre sedienta de conocer la verdad. Y te aseguro que quedará entre nosotras.

No es eso lo que me preocupa, sino el daño que tú has sufrido por estas historias, que en nada tienen que ver contigo, y el que puedes recibir aún. Pues aunque muchos creéis que fue vuestro padre quien mató a la madre de Eugenio, por la supuesta traición que le hizo, tengo que decirte que no es cierto. ¡Tu padre jamás hubiera matado a su hermosa amante, de la cual estaba tan enamorado!

¿De veras? Pues mira que me alegra mucho escuchar eso. ¿Por qué no querías contármelo?

Pues porque no es tan fácil, corazón, ya que fue vuestra madre quien lo hizo. Y la razón no es difícil de entender: lo hizo por celos. ¡Cosa distinta es lo del padre del muchacho, desde luego, pues son cosas de hombres y ellos arreglan así sus problemas! Pero lo otro… ¡Fue un asunto entre mujeres, vaya, que más de lo mismo! Y se usó a dos criados para hacerlo, claro. Y a uno de ellos no hace falta que te lo nombre.

Qué horror, lamentó Serena, con lágrimas en sus ojos verdosos, cuando la verdad era que ambas versiones de la historia eran tan creíbles como dolorosas. Y su madre siempre fue una mujer fría, demasiado pegada al molde de las señoras de su alcurnia. A su manera, tan despiadada como su esposo, que era el flagelo de bárbaros y servidores por igual. Y pensar que Eugenio estuvo a punto de seguir ese camino y terminar de la misma manera… ¿No bastaba con haberle dejado huérfano sin razón?

No basta a quienes creen que todo está permitido para mantener lo que tienen o acrecentarlo. Y aún no he terminado de contarte. Porque es un rumor muy extendido que tu madre, para evitar que Liberato o Eugenio heredasen, mandó envenenar de seguido a tu padre. Y son cosas que a lo mejor habrás oído por ahí, de modo furtivo, en los pasillos de esta Casa, pero que nadie se habrá atrevido a desvelarte.

Algo había escuchado, sí, aunque una no quiere creerse esos rumores. Pero esto que cuentas explicaría algunas cosas, como la repentina muerte de mi padre. No mucho después de la de esa pobre mujer, la madre de Eugenio y Liberato. ¡Qué horror!

Pues ya ves. Tu padre estaba muy enamorado de ella y pretendía desposarla. Repudiar a tu madre y reconocer a esos dos como hijos suyos. Y entonces, de haber ocurrido esto, la historia de esta Casa hubiera sido muy diferente, pero tu madre no era ninguna tonta. Que la Señora toleraba como podía las faltas de Asturio, qué iba a hacer al respecto, pero todo fue demasiado lejos con el asunto de la madre de Eugenio y Liberato. Y cuando el Patrón la sentó en la mesa con el resto de comensales, relegándola a ella a una posición humillante en su propia casa, se sintió más que amenazada. Pues tanto ella misma como el futuro de sus hijos estaba en juego, como herederos de todo esto, y ya sabes que una mujer herida es como una serpiente que espera su momento para morder y envenenar. En especial si la herencia de sus polluelos se ve comprometida y, no lo olvidemos, la Casa y los orígenes de toda la fortuna familiar provenían de ella. No de Asturio, que no era más que un oficial ascendido desde abajo y a base de muchos méritos.

Serena asintió, a sabiendas de que algo de eso sí debía ser verdad, pues aún recordaba las confidencias que su ultrajada madre les hacía a sus hijos sobre estas cosas.

Luego fue ella quien la mató, ¿no es cierto? Mi madre…

Y tu padre se la envainó, claro, hombre práctico como era, aunque todos sabemos lo que tuvo que sufrir con aquello, pero de alguna manera consiguió ocultarlo todo. Porque le convenía, a él también, tener la fiesta en paz con vuestra madre: después de todo, la Casa y todas sus fincas eran la dote de ella. Pues la fortuna inicial vino por vuestra madre, que además tenía una parentela igual de rica y poderosa. Por eso tu padre no se atrevió a otra cosa que a repudiarla, ya ves, él que era tan temido por todos, pero también te digo que yo no creo que el propio Asturio muriese envenenado, ¿sabes? Él estaba al corriente de todo en esta Casa y una víbora no puede morir por veneno alguno… Quiero decir que, bueno… Lo de víbora lo digo por su inteligencia, ¿de acuerdo? Porque era un hombre muy precavido. Pero yo creo que murió porque le llegó la hora, nada más, que tampoco eran tan joven el hombre y se daba mucho a todos los excesos.

Y mi hermana supo algo de esto, ¿no es cierto? Flavia.

Alguien se lo contaría, sí, eso pienso, aunque no sé si toda la historia completa o una parte. Ya sabes que ella miraba por los ojos de vuestro padre y aquello fue un golpe muy duro para todos. De ahí que a Asturio se le viera llorar cuando volvió a casa y supo lo ocurrido con Flavia. Porque no era ningún tonto y se dio cuenta enseguida de lo que había pasado. De que había perdido a dos de sus grandes amores por no haber sido prudente. Por haber expuesto su retaguardia, que era su Casa, a los peligros de su propio libre albedrío.

Y supongo que mi madre también sufriría, claro, por lo de Flavia. Porque ella había sido la causante última de todo esto al cometer semejante barbaridad con su rival. ¡Dios santo! La versión que me cuentas es mucho peor que la que yo ya me temía, pero lo cierto es que explica muchas cosas…

Serena contuvo a duras penas el llanto, en un intento de que no se desbordase por sus mejillas, aunque había creído que sus ojos ya quedaron secos tras lo vivido. Tres muertes violentas y relacionadas y sus dos padres metidos hasta el fondo en toda esa tragedia griega, la cual no dejaba de ser familiar. Un corolario de venganza y muerte que terminó con Flavia de forma física, pues su corazón roto no pudo soportar la brutalidad paterna sobre tantos inocentes, pero tal vez tampoco la de su madre.

Ahora entiendo mejor la rebeldía de Liberato, aunque está claro que él y Eugenio se equivocaban al sospechar de mi padre. Pero, ¿a quién aprovecha ser tan cruel y llevar esa vida que han llevado, mis dos padres, y que no es otra es el verdadero infierno en la tierra? Sólo pensando en poseer, en acumular y vivir bien, y siempre dispuestos para quitarse de en medio a quien fuera, cuando se interponían en su camino. Si te digo la verdad, me alegra que estén muertos, pero por ellos: porque así han descansado, lo mismo que Víctor. La verdad es que no sabían ni lo que hacían y por eso creo que Dios los perdonará.

Y el último de ellos, en efecto, su propio hermano, que hacía no tanto gobernara esa Casa con mano de hierro. Y ahora descansaba junto a ella, para toda la Eternidad, enterrado como uno más de sus colonos.

Sin ningún ajuar en su tumba, pensaba Serena, que tenía que recordarse a sí misma que había muerto como cristiano. Que sólo su alma subiría al Cielo, por mucho que la fuerza de la costumbre pesaba, parecía mentira, sobre todo, en ese último adiós. Y sólo el saqueo total de la Casa había impedido que se cumpliera su voluntad de ser enterrado como su padre, con todo el ajuar de un gran Señor, aunque no sin encomendarse a Dios Padre. Para ser ese pagano redomado que fue toda su vida, aunque sólo para lo que le interesaba, al final se encomendó a quien era su última esperanza.

Eugenio también reflexionaba, por su parte, más que nunca tras la debacle del Señor y de su Casa completa. Y no tenía claro que nada de lo ocurrido fuera un desenlace tan definitivo. Porque los Próculos y sus parientes, teodosianos todos, seguían vivos en su mayoría. Si no los amos, sí los hijos de éstos, que conservarían aún sus haciendas y poder, aunque expectantes todos del avance de Usurpador. ¿Negociarían con el invasor a cambio de mantener sus propiedades intactas? Después de todo, seguían siendo mucha gente y demasiado tenaces como para que Usurpador pretendiera doblegarles por la fuerza en su totalidad. Y ganase quien ganase, al fin, esa guerra civil no terminada, estaba claro que los vencedores aún precisaban del apoyo de los teodosianos para hacer nada en España. Para mantener el orden por doquiera y gestionar las minas, los puertos y todo lo demás. Y ahí estaba Cesaro, por ejemplo, cuya Cohorte no había participado en la batalla. ¿Se habría enterado ya de lo ocurrido? ¿Volverían los Próculos a recuperar lo que era suyo? Por el momento, ni Eugenio ni su hermano parecían agobiarse demasiado con esa posibilidad. Y los verdaderos bagaudas que llevaban años en el monte habían perdido el honrado hábito del trabajo pacífico, si es que alguna vez lo tuvieron, y sin ningún disimulo se planteaban quedarse para largo y vivir, hasta donde pudieran, a costa del sudor de todos ellos. Pero esto era una buena señal desde un comienzo, claro, porque ningún brazo les sobraba y por supuesto que ninguna vagina. Pero la mayoría de ellos se habían reencontrado con su anterior vida de pastores y labriegos, que sin duda también extrañaban, y se habían reestablecido en sus viejas huertas y praderíos con sus familias, o bien ocupaban ahora nuevas tierras sin reclamar en compañía de nuevas esposas. ¿A quién le iban a pedir permiso para nada si los patronos de toda la vida habían sido erradicados? Y algunos de ellos, incluso, si no eran ya cristianos de por sí, habían cedido ante las prédicas de Serena y se habían bautizado.

¿Estaban en un nuevo comienzo para la Casa y la comarca como tal? Por lo que se refería a Eugenio, sin cuñados a la vista y ante la repentina viudedad de Serena, desde luego que así era. Y en compañía de su hermano perdido regresaba a la Casa ese día, después de pasar la mañana entera al acecho de lo que encontrasen. Cuernos o colmillos, daba igual, cuando lucen parecido. Y arrastraban a su espalda un trineo en el que yacía un venado, de muy imponente corona, que Eugenio había abatido a pie firme con su lanza. Pues el verano se agotaba y había que aprovechar esos últimos días, largos y despejados, que ofrecían una visión excelente de la campiña. Y al fin llegaron a la vista de la Casa, con el último sol de la tarde, que se desparramaba como una caricia por las colinas.

No has perdido habilidad con los años, hermano, sino al contrario. Está claro que has mejorado tu arte. ¡Con justicia te llaman Cazador!

Tal vez sean los cuentos de nuestra madre, ¿recuerdas? Cuando nos relataba aquellas historias sobre las fieras de África…

Sí, claro… Cómo olvidarlo, dijo Liberato, el feroz bagauda, con un inesperado tono melancólico. ¿Sería el fin de Liberato el bandolero tal y como lo conocieron? Lo que estaba claro era que la vida de granjero resultaba mucho más cómoda y placentera, tanto para él como para sus hombres. ¿Sabes una cosa? He pensado sobre lo que dijiste y tienes razón: no puedo esperar milagros si me quedo aquí, acuartelado con mi minúsculo ejército. Tarde o temprano, alguien vendrá a por nosotros y he estado pensando que… Ese dinero que dijiste, lo que fuiste a depositar en Legión: ¿crees que aún podremos ir a buscarlo? Tú y yo junto a Serena. Y nadie más.

La verdad, aquello sonaba tentador. Era una pequeña fortuna y serviría muy bien para empezar esa nueva vida, aunque tendría que ser lejos de todo lo conocido o, por lo menos, así sería en el caso de Liberato.

Nuestra misión como bagaudas ya ha sido cumplida de sobra, razonaba Liberato. ¿Qué más nos queda por hacer si ya no quedan patronos a los que combatir? Aquí cada cual ha tomado un trozo de tierra para su familia y vivirán como bien puedan, sin nadie que los asfixie para pagarse sus lujos, por lo que poco o nada pintamos desde ahora.

¿Y qué hay de la defensa del territorio? Alguien tendrá que unir a la gente y armarlos si vienen mal dadas, ¿no te parece?

¡Pues que se arreglen ellos! Quédate tú al cargo, si te parece, o que asuma el mando quien ellos crean mejor, pero tienes razón en lo que dices: ni yo ni los más fieles de mi compañía deberíamos permanecer mucho más tiempo por aquí, por si las moscas. Y seguir unidos después de lo ocurrido sería más de lo mismo, porque con más facilidad nos darían caza, así que esto ya es un sálvese quien pueda. ¿No crees? Por eso había pensado en ir a buscar lo nuestro a Legión y cambiar de aires para siempre.

Allí está el dinero, desde luego, confirmó Eugenio. Las joyas de la Casa o, mejor dicho, lo que Víctor no vendió ya en estos años de guerra y ruina constante. Es un tesoro considerable, en verdad, si sale a repartir entre tres.

¿Entre tres? ¡Pero tú no eres hijo de Asturio, hermanito! Tocamos a dos cabezas con Serena, cabronazo, en el reparto de esa herencia. ¡Tanto tiempo has pasado con esta gente que te has convertido en un hombre avaricioso!

Los dos rieron bajo los fresnos que bordeaban el camino. La vida era hermosa ahora que nadie parecía fiscalizar nada ni había patronos y esbirros metiéndose en la vida de los demás. Y Eugenio no tenía que disimular ni esperar nada de nadie ya, sino ser lo que nada más que por méritos le correspondía: marido de su mujer y dueño de su propio Destino. Dueño de la propia casa en que vivía y donde se crió, junto al resto de sus habitantes. La auténtica libertad que les había llegado, a Serena y a él, parecía mentira, de entre las cenizas y el furor de la guerra. De la derrota de los Próculos y el saqueo mismo de la Casa, a manos de unos auténticos advenedizos. Pero el hecho de que el caudillo de esa bagauda fuera Liberato, que fuera hijo del antiguo Señor, y que su hermanastro fuese el marido de la Dueña, le daba a lo ocurrido un cierto aire de legitimidad. Como si nada hubiera cambiado, en cierto modo, pese a que sí había cambiado todo.

Mis hombres se están acomodando y no me gusta, reconocía Liberato. Ya han hecho hasta sus familias con las mujeres que han tomado, aquí y allá, pero pienso que nada de esto puede durar. Tienes razón en eso, ¿sabes? Debo marchar cuanto antes o me arriesgo a que mi cabeza acabe en una pica.

Y yo también, no te olvides. Se oye por los caminos que las tropas del Usurpador, pese a su victoria, no han recibido aún su salario. Y no creo que sus jefes puedan pagarles de ninguna manera cuando España entera ha perdido ya tanto. Y entonces, cualquier día, sus generales nos soltarán a esos bestias por aquí, para que cobren a gusto a nuestra costa. Y les va a dar igual que tú seas Liberato o que yo sea Cazador, porque saquearán la Casa y las haciendas sin piedad. O lo que quede de todo eso, claro.

¿Saqueado por bandidos? Liberato se echó a reír, aunque no podía ser tan ingenuo de no haber considerado ese peligro. ¡No me hice bagauda para sufrir tal cosa! Y esa gente nos debe mucho, a los bagaudas, porque estamos impidiendo que los teodosianos se recuperen de la derrota cuando ya ni retaguardia tienen, ¿no te parece?

Ahora que lo dices, Liberato, es algo que siempre quise preguntarte. ¿Por qué lo hiciste? Me refiero a tu marcha, porque en la Casa hubieras tenido una vida regalada, igual que yo, y no creo que lo hicieras por venganza. Porque Víctor era entonces era muy joven y poco o nada tendría que ver con aquello…

No lo sé, hermano, supongo que fue mi orgullo. Para no ser esclavo de nadie, por mucho que fuese en una jaula de oro, ni mucho menos de ese cabrón. Además, ¿cómo separar los crímenes de su padre de los de sus hijos cuando todos estaban metidos en todo? Pero todos mis hombres te dirán lo mismo, si les preguntas. Y en su mayoría eran libres, colonos arruinados como tantos, pero en su día tomaron un camino diferente. Porque prefirieron vivir libremente, aun con el nombre de esclavos, que ser esclavos manteniendo sólo el nombre de libres[6].

Como mi padre, dijo Eugenio, cuando era un secreto a voces. Por esto el Señor lo mató y de mala manera, además, por no consentirse como rivales. Y el autor de esa vileza, parecía mentira, no era otro que el padre de su propio hermanastro. Un lío familiar que se había enquistado desde hacía tiempo y que acababa de eclosionar, como un auténtico vendaval, con Liberato como líder del saqueo de esa Casa.

Así es, Eugenio. Tu padre tuvo los huevos de alzar una lanza y morir, antes que vivir deshonrado. No como esos cobardes de la Casa, que han llevado una vida de gusanos por no tener los cojones de empuñar una espada. Eso es ser bagauda: ¡ser libre de verdad, joder, aunque nos cueste la vida!

Libertad: es una palabra que usas con demasiada alegría, pienso, pero creo que olvidas las lecciones de Séneca que aprendimos juntos:

¿Quieres saber que es libertad? No ser esclavo de ninguna cosa, de ninguna necesidad, de ningún azar.

Reducir la fortuna a términos de equidad.

Todo eso queda muy bien si uno quiere ser filósofo, replicó Liberato, pero esas frases tan bonitas no llenan las tripas de nuestros paisanos. Del colono que se mata a trabajar para que otros se lo coman todo y sólo patadas le devuelvan.

Te compadeces del cartaginés y tratas a patadas a los tuyos[7], pensó Eugenio, que rememoraba los crueles abusos de la bagauda por doquier. Y no sólo en esos días de furia, posteriores a su entrada triunfal en las haciendas. No sólo cuando se habían servido caliente su venganza, al fin, sino que era así de toda la puñetera vida. ¿De verdad no consideraban sus propios delitos contra su propio pueblo y sólo veían, como aparentaban, lo que el Próculo de turno hubiera hecho o dejado de hacer?

Los nuevos conquistadores estaban demasiado aferrados a unas comodidades que la mayoría de ellos nunca había probado antes. La novedad de poder dormir en un colchón de plumas o de tener sirvientes que calentasen el agua con la que te ibas a bañar resultaba más inmovilizante que la más pesada de las cadenas. Pero también con esto perdían esa eficacia de bandoleros que golpean y se marchan y que nunca pasan demasiadas noches en un sitio ni mucho menos tan expuestos como se encontraban ahora. Y esto preocupaba a Eugenio, en especial, por lo que le tocaba a su hermano, aunque en general rechazaba como nunca el derramamiento de más sangre y mucho más después de los últimos acontecimientos.

Yo creo que subestimas lo que puede hacer Cesaro en cuanto se entere de lo que ha pasado. Sabes tan bien como yo que no dudará ni un momento en coger un caballo y venir aquí con cuantos hombres pueda reunir.

Pero Liberato negaba con la cabeza, sonriente y seguro de sus planes.

Cesaro ya tiene bastante con esos cántabros, porque me parece que te estás olvidando del peligro más cercano y más fuerte en estos momentos y son esas tribus, que no dejan de ser como una enorme bagauda con muchas bocas que alimentar a sus espaldas. Y no creo que tarden mucho en bajar de esos montes después de arrasar ese campamento de mi hermanito en Juliobriga o simplemente pasar de largo ante su escasa guarnición. Y aunque no lo hagan al final, como me aseguraron que intentarían en todo caso, la sola posibilidad de que esos montañeses inician una rebelión en serio es más que suficiente para que Cesaro no se mueva de donde está y por largo tiempo.

¿A no ser que los cántabros los echen de allí, no te parece? Porque entonces no tendrán otro sitio mejor al que ir, Cesaro y toda su compañía, que no sea esta casa. Y te puedes imaginar lo que harán con vosotros apenas aparezcan por aquí, con esos cientos de jinetes y soldados de a pie.

Pues yo creo que vienen cosas más importantes para hacer ahora mismo y en las ocuparse. Tanto él como el resto de soldaditos que hayan sobrevivido a esa batalla. Además, si lo piensas bien, ¿qué se me puede reprochar? Tanto la batalla como el propio Víctor ya estaban más que perdidos cuando yo aparecí por aquí. Y al rematar el legado de Cornelio para siempre, tú y yo, los Próculos ya no tenemos rivales ni mojones entre esta Casa y las montañas. Y yo ya me he acostumbrado a vivir con muy poco, así que si tengo que volver a mis montes pues volveré. Si me deja vivir en paz en la parte que era de Cornelio, fíjate lo que te digo, me quedo ahí tan tranquilo y le aseguro que ningún bárbaro ni vagauda lo va a molestar en su hacienda mientras yo pueda montar un caballo. Después de todo, yo nunca discutí con él y era un mocoso cuando faltó nuestro padre y yo me largué de la Casa. Y nos guste o no, y a mí me da lo mismo, no dejamos de ser familia.

Estás loco. Creo que no tienes ni idea de lo que estás diciendo. Cesaro es mucho más despiadado de lo que Víctor te pudiera parecer y se toma muy en serio los asuntos de esta Casa, aunque no viva en ella. No en vano le mandaba refuerzos a su hermano para ayudarle siempre que le fue posible.

Te vuelvo a decir que nosotros somos un problema menor para ellos comparado con los cántabros y astures o con las bagaudas verdaderas que hay en Vasconia. Ya sabes que aquí, en los Campos Palentinos, nuestra gente tiene pan y hasta vino de vez en cuando y con eso se bastan y se sobran, por muy sometidos que sepan que están. Por eso no se rebelan y no lo harán nunca mientras puedan comer más o menos de las migajas de los terratenientes.

Eugenio apenas podía creer que su hermano fuera tan ingenuo. Y es que era esa fertilidad y esa riqueza de las tierras que pisaban lo que más atraería la atención del ejército y los terratenientes y no tanto las montañas que tan solo vigilaban para evitar que esos bárbaros bajaran a saquearlo todo como hacían sus antepasados.

Allá tú, hermano. Lo único bueno que tenemos los empleados de toda la vida es que somos tan necesarios como poco sospechosos para nadie. Pero no pienses que yo podré salvarte, ni Serena tampoco, y si Cesaro aparece por aquí como un loco en busca de venganza. Os llevará a todos por delante en cuanto caiga por aquí.

A mí me preocupan más los vencedores de esta guerra, en todo caso, por mucho que les hayamos beneficiado todos los bagaudas de este lado de los Pirineos. No confío en el agradecimiento ni en la alianza de nadie, pero mucho menos confío en que los teodosianos puedan volver a ser lo que eran. Esa gente está acabada, hermanito. Y nadie los va a devolver a la vida.

Sólo entonces se fijó Eugenio en que su hermano tenía en su cuello un colgante con la figura del pescador de hombres, Jesucristo. ¿Cómo se le había podido pasar por alto este detalle todo el tiempo?

No te olvides de que soy hermano de la mayor beata que hay en los Campos Palentinos, que es tu esposa. Además de todo, si algo he aprendido en estos años es que hay que estar con los más fuertes. Con los que van a ganar seguro. Y los cristianos ya hace tiempo que somos mayoría por todas partes.

Eugenio apenas podía acostumbrarse a la paradoja de su situación actual. Por un lado, podía despertarse cada mañana junto a Serena en vez de estar resignado a lo imposible, pero por otro había que darse cuenta de la gravedad de todo lo que estaban viviendo. El aspecto en general de la Casa ya acusaba tantos días de monarquía tras el triunfo de los revolucionarios de Liberato y parecía como si toda confianza en el porvenir se hubiera desvanecido con el derrocamiento de la dinastía de los Próculos. Y es que nadie recordaba ningún pasado en el que ellos no estuvieran al mando, pero mucho menos nadie podía aventurar cómo iba a ser el porvenir a las órdenes de unos insurrectos que se habían apoderado de toda esa herencia por la fuerza. Pero la verdadera riqueza de la Casa era la mano de obra que albergaba y que había que saber gobernar. Que aunque el Liberato conociera bien toda esa forma de funcionar tan compleja, porque se había criado entre los amos del corral, no parecía tener muchas ganas de imponerse y de recordar a todo el mundo va los mismos aristócratas abusivos a los que acababa de deponer. Y todo esto se traducía en que cada bandolero hacía de su capa un sayo y se dedicaba a dar órdenes por su cuenta a cualquier criado o colono que pillaran por camino. Y de esta manera, como era de esperar, la minoría que aún aguantaba estos abusos se vio sobrecargada de afrentas y trabajos y no tardaría también en desertar, con lo que la casa quedaría por entero desatendida y esos bandoleros ya no verían tan interesante el vivir en ella. ¿Hasta cuándo duraría esa ensoñación?

Ya no tan lejos, la Casa se recortaba en el horizonte de un camino flanqueado de bosque frondoso. Era el paraje que los Próculos consagraron a Diana hacía tantos años, en los inicios de la dinastía, y estaba prohibido cazar nada entre esos árboles.

Hogar, dulce hogar, dijo Liberato, poco acostumbrado a ese retorno a las comodidades que le volvía a proporcionar esa mole blanca de la Casa, rodeada de una extensa llanura diáfana, lo que permitía a sus moradores otear en derredor. Y entonces, un súbito presentimiento abordó a Cazador. Una inexplicable turbación que su hermano notó enseguida.

¿Qué has olido, sabueso? ¿Presa o lobo?

Me huele a lobo, más bien. ¿No piensas lo mismo que yo?

¿Demasiado silencio tal vez?

¿Te das cuenta? No hay nadie trabajando ni se ve a nadie por ninguna parte. No es normal.

Por eso te preguntaba, hermano, que yo también me había fijado. Acércate tú y echa un vistazo, anda, que al cabo eres el Jefe de la Casa y yo nada más que un forajido.

Eugenio obedeció enseguida, más que nada preocupado por Serena y los demás, pero apenas se había adelantado un poco cuando escuchó un estruendo de caballos a su derecha: un buen golpe de jinetes que emergió de la arboleda próxima, las lanzas en ristre, y que provocó el instantáneo temor en Eugenio. Eran soldados de caballería, sin duda, pero, ¿qué soldados? ¿A quién servían? En otro tiempo, su llegada a la Casa fue siempre bien recibida, pero las cosas habían cambiado con una guerra perdida y un saqueo barbárico de por medio. Y entonces, por un momento, Eugenio dudó entre buscar la huida en el bosque o seguir su camino hacia la Casa, pues le daba tiempo de sobra para ambas cosas, pero una voz autoritaria le sacó de dudas.

¡A éste, no le toquéis, que es de la Casa! ¡Id por el otro!

¡Era Cesaro, claro, el hermano menor de Serena! Pero los jinetes de éste pasaron a su lado y continuaron su marcha, derechos como flechas hacia Liberato. ¿Qué debía hacer? Por mucho que quisiera, resultaba imposible ayudar a su hermanastro contra tantos. Y a su frente, al término de una reducida llanura, las puertas de la Casa estaban abiertas. ¿Sería una trampa? ¿Qué habría sido de la gente de Liberato? Tanto si habían muerto o huido era lo mismo, porque Eugenio no iba a echarles de menos y eran Serena y la gente de la Casa lo que a él le preocupaba más. Por esto no lo pensó ni un instante y cabalgó hacia las puertas abiertas, que traspasó con precaución para encontrarse todo revuelto y de nuevo, por enésima vez, esos ricos suelos fregados con sangre, porque vio enseguida que muchos bagaudas iban a quedarse por allí para siempre. En la misma Casa que saquearon con tanta alegría y de la cual unos cuantos habían desertado, en su día, para seguir a Liberato en su cruzada. Una aventura que había terminado en desastre, por fin, después de lo que habían considerado un triunfo definitivo.

¡Soy de la Casa! ¡Soy Cazador!

Pero los hombres de Cesaro que había en la Casa, entremezclados con los guardas recién liberados y sus compañeros, que consiguieron huir cuando los bagaudas tomaron el palacio, tampoco repararon mucho en él. Y Víctor se fijó en que alguno de ellos venía herido cuando se veía a las claras que, antes de caer prisioneros de Cesaro, como buenos bandoleros que eran, los bagaudas de su hermano se habían defendido como bien pudieron, aunque era obvio que esa venganza brutal les había caído por sorpresa. Varios de ellos yacían ya apilados, en un rincón, y Eugenio supuso que el resto habrían escapado a toda prisa. Y el aire contenido de esa sala, que no era otra que el propio salón principal, olía a terror y a la sangre derramada hacía escasos instantes. Por si fuera poco, el rostro de un joven bagauda, antiguo trabajador de la Casa, parecía mirarlo con fijeza desde el suelo donde estaba tirado.

Madre mía… ¡Qué desastre!

Si bien no era la primera vez que se encontraba ante hombres asesinados, con toda esa violencia que asolaba la vida en el campo, la visión de tanta sangre le provocó una náusea incontenible. Y sin poder evitarlo, aunque estaba muy inquieto por Serena, regó el suelo ensangrentado con su propio vómito.

¡Serena! ¡Serena!

Por fortuna, al oír sus gritos, Serena descendió las escaleras y se lanzó a los esperados brazos de su esposo, que apenas se había repuesto de esa impresión, casi al borde del desmayo.

No te preocupes, Eugenio: mi hermano lo sabe todo. Los guardas de Mayordomo que escaparon de Liberato intentaron contarle infamias de ti, decían que les entregaste la Casa sin luchar, pero los soldados que acaban de liberar le han contado la verdad y yo también. Y ahora sabe que soy tu mujer y que defendiste la Casa en su ausencia, así que todo está bien contigo.

Pues menuda defensa… Sólo espero que ésta sea la última calamidad, dijo él, mientras echaba un nuevo vistazo asqueado a ese escenario de combates. Sólo vine a ver si estabais todos bien, pero ahora he de ir afuera, pues temo que hayan agarrado a mi hermano.

¡No! No te entrometas en eso, por favor: ¡podrían matarte si lo haces! ¡Cesaro no quiere ni oír hablar de Liberato, olvídate! ¡Lo único que quiere es matarlo!

Hacía no tanto que Víctor mandaba en la Casa y ahora Liberato iba a ser el siguiente Patrón en morir, se diría, después de años de soñar ese poder que por poco tiempo ostentó. ¿Cómo podían cambiar tanto las cosas en tan pocos días? Y en verdad era este último un episodio que ya estaba por terminar, por supuesto, cuando Cesaro había venido de vuelta con su gente. Y a través de las abiertas puertas, con gran desolación, Eugenio observó que traían preso a su peor enemigo, casi a rastras y cubierto del polvo de la derrota. Un hermanastro sin fortuna que le dedicó a Eugenio una sonrisa sardónica al pasar junto a él.

¿Te he dicho ya que eres mi hermano predilecto?

Eugenio sabía que no habría juicio que valiera con Cesaro, que ya traía alguna herida en el cuerpo por haberse resistido. Y la rapidez con que el último de los Próculos había acudido desde el Norte, donde su presencia sería tan necesaria, hablaba muy bien de la ira en que cabalgaba, avisado a toda prisa por los desertores guardas del Mayordomo. Y no era para menos su furia, claro, si uno se ponía en sus zapatos.

Cesaro, por favor: no irás a matarle, ¿verdad?

¡Eso no es asunto tuyo, Cazador, y no importa el trato que tengas con mi hermana! El Señor aquí era Víctor y habrá delegado en ti, supongo, pero es obvio que sólo hasta que yo pudiera hacerme cargo. Y este delincuente es cosa mía, ¿de acuerdo? Todos los forajidos lo son, como comprenderás. ¡Y no voy a consentir que la Casa de mi Padre se convierta en el prostíbulo de cualquiera ladronzuelo ni mucho menos que se veje a mis hermanos ni a mis criados!

Al verlo todo perdido, fue Serena quien dio un paso al frente.

Te lo ruego, hermano, escucha a Eugenio. ¡Ha sido gracias a él que la cosa no pasó a mayores! ¡A pesar de lo que digan esos embusteros del Mayordomo, que fueron quienes nos dejaron tirados en esa hora tan difícil, él fue el único que se enfrentó a estos criminales cuando entraron a saco!

Al escuchar esto, esos aludidos chivatos, que en verdad fallaron a los suyos cuando más los necesitaban, debieron estremecerse de miedo y vergüenza. Porque aparte de todo Cesaro podía, como oficial que era, mandarlos azotar hasta la muerte, en presencia de todo el mundo, como justo castigo por deserción.

¿De verdad vas a confiar en la palabra de esos cobardes y matar a Liberato cuando fue gracias a él que pudimos salvarnos? Fue por él que se evitaron muchas muertes, incluso de los propios soldados que nos enviaste para ayudarnos en la defensa. ¿No ves que estamos todos bien, a pesar de todo?

Unos rehenes que asentían, recién liberados por sus camaradas de su prisión, porque estaban satisfechos de haber vivido para contarlo, pero Cesaro ni oír quería sobre arreglos con su enemigo. No con ese enemigo.

Lo sé, Serena. Y también sé que habéis hecho lo que os ha dado la gana todo este tiempo, aprovechando este desconcierto. Porque basta que uno se dé la espalda, o que le vuelvan la cara los dioses una hora, para que la propia gente de uno le vuelva la Casa del revés, pero no pasa nada. Eso sí, cosa distinta es este elemento, como comprenderás. Porque no tenía que haber forzado las puertas, ni haberse adueñado de la Casa, ni mucho menos haberle puesto la mano encima a nadie. ¡Cuánto menos a nuestro hermano, a quien se atrevió a torturar en nuestro propio salón!

Eugenio tragó saliva. ¡Cuán cierto era eso de que todo se paga en la vida y que las malas formas, aunque no pasen de eso, le quitan la razón a un santo!

Cesaro, por favor: yo no sé si soy un héroe, porque pienso que me falta valor para eso, pero lo cierto es que pude haberme marchado y no lo hice. Eso está claro. Me quedé junto a mis patrones hasta el final y nadie podrá decir que no he estado a las duras y las maduras.

Si, ya sé que has estado en todo. Incluso te ha dado tiempo a convertirte en mi cuñado sin encomendarte a nadie, pero te digo que eso ya no importa. Si mis hermanos te han dado tanta confianza y en medio de tantas desgracias por algo será y, además, aunque quisiera, tampoco puedo castigarte mucho más. Porque tu querido hermano ya va a recibir lo suyo y eso es algo que nada tiene que ver contigo. ¿De acuerdo? Confórmate con que no lo crucifique al borde del camino después de azotarlo como es debido, pues es lo que traía pensado hacer, pero es mi deber hacer cumplir la Ley.

Es tan hermano mío cómo tuyo.

¡Basta ya! ¡Silencio! ¡Y mucho cuidado con aleccionarme!

Su reacción fue tan furiosa que el propio Eugenio se echó hacia atrás, como si fuera a golpearlo con la espada. Y es que Cesaro apenas podía contener su ira, aunque estaba claro que su deseo era canalizarla hacia los verdaderos responsables de lo ocurrido.

¿Hermano mío este rufián? ¡Lo que me faltaba! Que haya nacido en noble establo…

No le convierte en purasangre, sí, lo sé. ¡Ya lo decía vuestro padre! Pero el caso es que ya no hay ningún motivo para matarle, pienso, luego, ¿por qué mancharte las manos con su sangre?

¿Quieres que te haga una lista? Te vuelvo a decir que ese granuja no sólo ha maltratado a mi hermano y a nuestra gente, usurpando la Casa entera a las malas, sino que ya mucho antes esperábamos agarrarle, lo sabes bien, cuando su cuenta está repleta de desmanes contra nosotros. ¡Por mucho menos he crucificado a aldeas enteras en Cantabria! Y si no se respeta la Ley todos lo pagaremos, luego siempre será preferible que paguen quienes las deben y no otros.

Serena se echó a llorar y Eugenio sabía bien que insistir podía ser peligroso. Y es que Liberato no tenía ni derecho a juicio, en realidad, como bandolero que era, ni mucho menos cuando el juez era parte también. Porque no resultaba difícil ponerse en la piel de Cesaro, pero Liberato era también su medio hermano. El medio hermano de ambos, en verdad, aunque el más joven de los Próculos abominase de él mientras que Eugenio lo adoraba.

Te pido compasión, le propuso entonces, en actitud orante y de rodillas. Yo salvé a tu hermano de morir, incluso torturado por estos bestias… He cuidado de tu Casa como si fuera mía…

¡La decisión está tomada! Ella es tu recompensa, así que confórmate con la que tienes. Y ya no eres más Cazador. Ahora eres mi Mayordomo y has de ser el primero de todos, pero empezando por aceptar las normas. Pues los que mandamos, como sabes, debemos dar ejemplo. Y no hay excepciones que valgan.

Tu gente valoraría que fueras misericordioso, Señor, aparte de justiciero.

¿Acaso se puede hacer justicia siendo blando? ¿Desde cuándo es de ley que los propietarios seamos esclavos de nuestros propios esclavos y en nuestras propias haciendas? Las cosas son como son, Mayordomo: no hay más que hablar. Y conste que te agradezco los servicios prestados, en verdad, pero a esta serpiente no queda otra que aplastarla, ¿está claro? Así que despídete de él.

Y salió de la estancia y de la Casa, seguido de sus hombres, así como de un maniatado Liberato, pero no sin antes escuchar una última vez a Serena, que aún se atrevió a seguirlo por el corredor.

¡Bueno o malo, lleva nuestra sangre! ¡Piénsalo! ¿Acaso no temes la ira de los Manes y Penates[8], Cesaro? ¿Qué se vuelvan contra ti y contra la Casa misma por derramar tu propia sangre?

Aquello era un último, pero inteligente intento por parte de Serena, puesto que los Próculos eran conocidos por su superstición, aunque Cesaro no dudó demasiado tiempo.

Eres muy astuta, hermanita, pero temo más la ira de esos antepasados si no se le hace justicia a Víctor en primer lugar. A todo el servicio de la Casa, al fin, que han pagado también estas fechorías. ¡Que explique él a los Manes todo esto, mejor, ya que hacia ellos va!

Y con estas últimas palabras les dio la espalda, listo para presidir la ejecución, y al cinto llevaba la espada que fue de su hermano y padre. Esa arma sagrada para él que Liberato se había apropiado y que venía de arrebatarle. Y también la gente de la Casa salió con ellos, cuando eran requeridos como testigos, pero los verdugos no se alejaron demasiado de allí. Y unas voces de horror anunciaron que la condena había sido satisfecha sobre la marcha, eso sí, sin recurrir al más cruel recurso del ahorcamiento o la cruz: traspasado por cualquiera de los hombres de Cesaro. Un detalle de consideración hacia Eugenio, sin duda, y no tanto hacia el odiado Liberato. Y estuvo claro que tampoco dejarían su cadáver expuesto, como advertencia a propios y extraños, aunque Cesaro sí le dedicó una alocución al servicio sobre el tema.

¿Habéis visto todos? ¡Esto es lo que les espera a quienes muerdan la mano que les da de comer! ¡Y los que creísteis que estábamos acabados, que los Próculos no volveríamos por lo nuestro, ya comprobáis que estabais confundidos! ¡Por lo que a mí respecta, volveré las veces que haga falta y pienso empalar a quien haga falta con tal de que haya orden! ¿Entendido? ¡Y para ello cuento con la colaboración de todos vosotros, los últimos de mis leales! ¡Y sobre las tierras de Cornelio, por cierto, las reclamo para mi familia, puesto que no habrán de estar tampoco sin Señor!

Pero, Patrón, ahora que te marchas, ¿qué vamos a hacer si vienen por aquí los de Usurpador o los cántabros o cualquier enemigo?

Los resistiréis como bien podáis hasta que yo reaparezca, si es posible, y en todo caso haréis lo que Eugenio y mi hermana os ordenen. Los de Usurpador no durarán mucho por España, pienso, y os aseguro que los cántabros no se moverán de donde están. Y no os olvidéis de desde el Norte os contemplo y os protejo, todos los días, y estaré bien informado de cuanto suceda por aquí. Y sobre estos espartacos de pacotilla, no creáis que van a sobrevivir al resto, añadió, al referirse a los bagaudas que acaban de capturar, y que presenciaban la escena maniatados.¡Los crucificaré a todos sobre las mismas ruinas de la Casa de Cornelio, para que a nadie se le olvide que los servidores no deben rebelarse jamás contra sus patronos!

Por su parte, adentro de la Casa, Eugenio estaba desolado. Habían sido demasiadas emociones y cambios, en tan poco tiempo, y el caso es que se había salido al fin con la suya: el superviviente Cazador era libre y tenía a Serena, pero el costo de todo eso había sido elevado.

Perdóname, madre, por no haber podido salvarlo…

Torrentes de lágrimas descendían por sus mejillas al recordar cómo crió a ese descarriado, su hermano pequeño, a quien al cabo no faltaron razones para su rebeldía. Pero con él se cumplía esa sentencia de Séneca: la ira es un ácido que puede hacer más daño al recipiente en la que se almacena que en cualquier cosa sobre la que se vierte. Y se dolía por su madre, sobre todo, que ya había perdido a su esposo de esa misma manera. Y ella misma siguió tan triste suerte, no mucho después, dejando a su espalda a dos criaturas tan tiernas, con un Liberato que apenas era un adolescente.

Ojalá puedas perdonarle, Eugenio. Es la vida que ha llevado desde muy crío, que ha hecho de piedra su corazón. Y tantos años entre esos bárbaros de cántabros, que son más paganos que el Demonio…

Sé que es el camino que Liberato eligió, también… Y él lo asumía, pero… ¡Era mi hermano!

Las lágrimas brotaban de sus ojos, incontenibles como ríos recrecidos por la nieve, mientras pensaba en lo injusto del Destino. Que Cesaro le hubiera infligido a él el mismo dolor que el suyo, al ver a su propio hermano enterrado, por más que fuera justa la condena según sus términos. Y es que los bagaudas no podían esperar otro tratamiento, por parte de la Ley, si caían en manos de ésta, pero Eugenio se sentía un miserable por haberlo permitido.

Soy un cobarde… Pude haberlo defendido, razonaba, aun a sabiendas de que era imposible enfrentarse a tantos soldados y guardas como ocupaban la Casa.

No te hubieran dado ocasión, replicó ella, con iguales lágrimas y pesar. Y es que no se dolía sólo por él, sino que Liberato era al cabo su hermanastro. Otro hijo de su padre que acababa de morir, después de una cruda batalla, y otra estrella de la Casa que se apagaba. Aunque fuera una tan difícil de interpretar.

¡Por favor, Eugenio, perdona a mi hermano! Desde chiquillo no le han enseñado otra cosa que el oficio de ser cruel, ¿comprendes? Da gracias a Dios de que tu camino haya sido diferente, puesto que él vive en las tinieblas… Pero tú has tenido luz y has llevado una vida buena, en cambio, en paz con Dios y con los demás. ¿Crees que podrás perdonarlo?

Lo primero será enterrarlo, dijo Eugenio, que meneó la cabeza con pesar. Perdóname tú, madre querida… Espero que entiendas que hice cuanto pude.

En ese momento, como si no hubiera reparado en ello hasta entonces, Eugenio comprobó como nunca que la Casa presentaba un tristísimo aspecto. No tanto por los destrozos puntuales de los bagaudas, o como resultado de la lucha contra ellos, sino que era el ambiente de la misma Casa lo que había cambiado. Como ocurre con una flor que se marchita, pero que aguanta el tirón todavía, con toda la dignidad de la que es capaz. En la cumbre de su tallo y aún con todas sus hojas, pero a punto de venirse abajo.

Éramos felices y no lo sabíamos, musitó, al razonar lo vanas que fueron hasta entonces sus preocupaciones. Y, en especial, la tiranía de Víctor o de su padre, por más daño que le hubieran causado, porque nada era peor en el mundo que esa anarquía y esa incertidumbre. Esa muerte y terror que ahora les rodeaban y que se había cebado en todos, propios y enemigos, como cuando se desploma un tejado sobre los moradores de una casa y mueren juntos todos, los servidores con sus amos. Porque Dios ha querido que al final, ricos y esclavos, todos muramos por igual, aplastados bajo las vigas y techumbre cuando nuestra casa se viene abajo.

Considera lo que hemos sido y lo que somos[9]:

¿Dónde están esos amigos queridos?

¿Dónde esos rostros amados?

Éramos una multitud.

Ahora estamos casi solos.

Señora: el Señor va a partir de nuevo y quiere despedirse de ti, anunció un criado. Y es que era obvio que el nuevo Mayordomo, después de lo ocurrido, no tendría ánimos para ir también a su encuentro. De hecho, al salir Serena al camino, el cadáver de Liberato aún permanecía en el suelo, apenas cubierto con su propia capa. No era un espectáculo agradable y Serena pasó junto a él, sin querer, con un sentido sollozo que no pudo ahogar.

Llevadlo al cementerio, ordenó, pero esos criados se volvieron hacia Cesaro.

De ninguna manera. ¡Mi hermano se revolvería en su tumba! Metedlo en un carro y lo lleváis al cementerio de la aldea más próxima y lo enterráis allí, ¿entendido? ¡Lejos de la Casa a la que tanto odió, por supuesto, no vaya a ser que nos traiga mal fario! Y luego volved al trabajo en buena hora.

¡No, Cesaro, la carne no se revuelve! ¡Es el alma todo lo que ha quedado de él, como de Víctor! Y ya están los dos con el Padre.

¿Estaría allí en verdad? Serena tenía sus dudas cuando, al fin y al cabo, ambos llevaron una vida tan disipada. De hecho, ni su padre ni otros paganos compartían cementerio con los cristianos, que se enterraban ahora en un predio aparte, sólo para ellos y bendecido para tal fin. Y empezaban a ser una gran mayoría en el camposanto, como ya lo eran en la propia Casa.

Además, siguió Serena, algunos de esos bandidos que matasteis se habían convertido. Yo misma les bauticé, por lo que reclaman una morada santa.

¡Joder! ¡Al final, hermanita, me vas a convencer de que hice mal en echar a esos perros de aquí! Y yo, tonto de mí, que venía a liberarte… ¡Cómo cambian las tornas!

Todo cambia, Cesaro. Mira a nuestro hermano, si no: se convirtió en su última hora y ahora descansa en la Casa del Señor, que es la única que dura por siempre. Y mucha gente que estaba en la bagauda ahora cultivan sus campos en paz, con sus familias, y no se dedican a hacer daño a nadie. ¿Qué hay de malo en nada de esto?

Su hermano resopló como un buey, cansado de sus catequesis. Era obvio que le preocupaba más lo material, lo inmediato de los que aún vivían, y Serena comprendía su turbación como líder. Los peligros acechaban aún para todos y lo que pudiera quedar de la bagauda de Liberato, que andaría repartida por toda la comarca, no era el menor de todos. Y entretanto, los empleados de la Casa que esperaban una orden, al comprender quién ganó el debate, cargaron el cadáver y lo empezaron a llevar hacia el cementerio. El cementerio propio de la Casa, situado en la misma pradera, a escasas yardas de sus muros.

Debo marchar, Serena, aunque no quiero hacerlo. Bastante licencia ha sido venir acá, aunque mi Prefecto sabía que no tenía otra salida sino dejarme. Pero ahora no tengo más excusa ni tampoco quiero entretenerme más por aquí: después de todo, este perro era hermano de Cazador… Que no tiene culpa ninguna de nada, por cierto…

Y él lo entiende, de verdad, aunque cabía ser misericordiosos… Pero ahora el daño ya está hecho y, bueno… Que Dios lo tenga en su Gloria…

¿Dios? ¿Qué Dios? ¡Él no salvó a nuestros hermanos, que murieron cuando tenían edad de vivir! Ni tampoco salvó a nuestra gente, los que murieron cuando estos bárbaros forzaron la Casa y cuanto en ella había. ¡Ay, en cambio, si hubiera estado yo! ¡No entiendo yo esa ceguera tuya, la verdad, con un Dios que parece que sólo te salva cuando ya es demasiado tarde!

¿Qué quieres que te diga? La tuya sí que es una causa perdida. Si los romanos quisieran defenderse, como decía nuestro padre, no tendrían enemigos. Pero se diría que prefieren morir separados antes que vivir juntos, luego: ¿qué sentido tiene dejarte matar allá, en esas montañas tan lejos de casa? ¿No se supone que la guerra ha terminado? Nosotros te necesitamos aquí.

No voy a desertar, Serena. Si todos hiciéramos lo mismo, los bárbaros camparían a sus anchas por todas partes, como pasa desde hace años en las Galias, pero ahora toca hacerse fuertes. Resistir en todas partes y cumplir cada uno con su deber. Y no me resignaré a una vida de forajido, perseguido por campos y selvas como si fuéramos otros los bandidos. Yo he nacido para otra cosa, ¿entiendes? Tengo derecho a algo mejor, como mis padres. Y tú también.

No sé… Lo único que tengo claro es que habremos de empezar de la nada. Una nueva raíz, sí, aunque la cuestión es dónde.

Cesaro había heredado de su padre el gusto por la milicia y el mando militar, pero no tanto el talento político innato del viejo Asturio, que le hizo ascender en la escala social desde lo más bajo hasta el infinito. Hasta poder codearse con la aristocracia a la que no pertenecía y acabar casándose con una de las mujeres más ricas de España, apropiándose más tarde de toda autoridad en esa casa y añadiendo muchas más tierras y posesiones por todas partes: los regalos y pagos que el César y otros potentados y gobernantes le hacían a cambio de su efectiva protección.

Mi remedio para el desorden y el bandidaje no es tan difícil de aplicar: lo único que se debe hacer es agarrar a esos cabrones y clavarlos, uno por uno, en una cruz a cada milla del camino. Sólo así aprenderán a respetar lo que no es suyo. Sólo así comprenderán que los siervos nunca deben rebelarse contra sus señores.

Pero eran otros tiempos, también, cuando la palabra del César se cumplía y se hacía cumplir. ¡Qué diferencia con esa anarquía total en la que malvivían! Hasta se extrañaban los tiempos duros de tajante disciplina con Asturio. Una leyenda de autoridad y venganza que recorría caminos y traspasaba fronteras, mucho más feroz que el más feroz de los cántabros. Un pueblo contra el que mostraba especial inquina, nadie sabía por qué, pero es que era poco lo que se conocía del pasado de tan notorio General. Todo era oscuridad antes de su ascenso fulgurante en el Ejército y ahora su hijo, que ya nació patricio[10], se preguntaría cómo sería eso de bajar a la oscuridad de su familia paterna. Ese no tener nada ni esperar nada, qué cosas tiene la vida, tras haber bebido siempre en copas de plata. Y lo mismo suspiraba Serena, aunque en su caso más preocupada por el destino de toda esa gente que por ninguna otra cosa.

Va a ser difícil conservar la Casa en medio de tanta anarquía.

El ojo derecho de Asturio meneó la cabeza. Estaba claro que no creía en el milagro de una vida como la anterior, segura y próspera, o al menos no en la Casa. No por una larga temporada.

¡Al carajo con la Casa! Si el César no ha podido detener a esos advenedizos, ni lo dudes: vosotros no podréis. ¿Por qué no venís conmigo al Norte? Julióbriga no deja de ser como esto, al final, sólo que más protegida e inaccesible. Porque aquí, en cambio, estáis al borde de la carretera más principal. Es demasiado peligroso, ¿no te parece? Sobre todo, cuando el ejército de Usurpador se encuentra en esta misma ruta. Y ese traidor nos odia a muerte, a los teodosianos, por mantenernos tan leales a nuestro César. De hecho, ya antes de bajar con mis hombres, me preparaba para partir y llevaros conmigo, aun antes de saber de este saqueo. Porque temía y temo aún que esa gente, la tropa del Usurpador, se ponga en marcha hacia aquí, que lo harán en cuanto puedan.

Otro saqueo, pero peor… ¿No es cierto?

Sí, y esta vez no habría excepciones para nadie, sino al revés. Lo que quieren es acabar con nosotros, con todos los teodosianos, luego serías la primera en probar su furia. Podrías acabar como concubina de esos perros, piénsalo. Pero Julióbriga es seguro por ahora: allí aún nos queda mi Cohorte, aunque todo en derredor sean salvajes, pero muchos lugareños nos apoyan.

No sé si me acostumbraría a vivir en Cantabria. He oído que allí todos sois paganos, y así es que el incesto o los abortos son frecuentes entre ellos[11].

Julióbriga es tan romano como pueda ser esto, Serena, ¡olvídate de la religión! Si queréis venir, mis hombres y yo os ayudaremos a empacar. Incluso podríamos ir a Legión y recuperar nuestras joyas, que allá en el Norte son una auténtica fortuna. ¡Podríamos vivir como reyes!

¿Y los cántabros? ¿Qué hay de ellos? ¿No hay peligro de que se puedan rebelar, ahora que os han dejado solos en la defensa de esa frontera?

No te preocupes por eso. Queda mucho tiempo para la recogida del grano y hemos pactado con ellos y vamos a hacerles entrega de un tercio de la cosecha de este año.

¿Un tercio de la cosecha? ¡Pero eso es muchísimo!

Pues sí, Eugenio, ¿qué quieres? ¿Acaso es preferible que acudan ellos mismos a buscarla, con una espada en la mano? Y, de todos modos, habrá que ver lo que sucede si Usurpador se hace fuerte en España y todo cambia. Por esto os digo que no os acomodéis demasiado por aquí, por ahora, si podemos estar más a salvo todos en Julióbriga. Y la Casa no se va a mover de aquí, sino que pueden cuidarla los nuestros hasta que volvamos.

Sonaba tentador, en el fondo, por la seguridad que le daban su hermano y sus hombres. Verdaderos soldados romanos y fieles de verdad, como habían demostrado esos valientes que defendieron la Casa frente a la bagauda mientras tantos guardas del Mayordomo emprendían la huida. Los mismos desertores que ahora regresaban, sí, envalentonados por los refuerzos que Cesaro traía consigo y los cuales fueron a buscar hasta Cantabria. Pero si había algo claro era que habían perdido la guerra, más allá de toda esperanza de pronta recuperación, luego esas fuerzas de Usurpador se pondrían en camino tarde o temprano hacia allí. Y era cuestión de días que aparecieran por esas fértiles tierras y el tiempo en que estaban, cálido aún, acompañaba a la rápida marcha de ese ejército.

No lo sé. Lo hablaré con Eugenio, a ver qué piensa él. Estoy muy confundida ahora mismo…

Si lo piensas mejor, envíame a alguien por el camino y os esperaremos. Y si os animáis más adelante, ya sabes dónde me encuentro, pero no lo penséis demasiado. Los bárbaros no van a esperar, vengan de donde vengan. Y aún queda tiempo para el invierno y, por tanto, para más ataques. Además de que este invierno, con tantos saqueos por todas partes, va a ser más largo que nunca.

Mi Tribuno, perdón por interrumpir, dijo un soldado, que se acercó a ellos a través de la huerta en la que paseaban. Hay un asunto un tanto extraño que tal vez deberías conocer.

Habla, pues, ¿no ves que estoy con mi hermana? No hay secretos entre nosotros.

Pues mira: le descubrimos un rico anillo a un bagauda prisionero y nos ha confesado que se lo quitaron de la bota a tu Mayordomo, pero aquí pone “Cornelio” y dicen aquí que ése es el nombre de un potentado que era amigo de vuestra familia.

Así es. Y eso sólo puede significar que se lo arrancaron, claro, después de matarlo, pues ningún potentado de la tierra cedería semejante cosa por las buenas. Y es que nada se sabe del tal Cornelio y justo desde que estos bárbaros se apoderaron de mi casa.

¡Eso te iba a decir! Porque estos prisioneros dicen que, después de que agarraron al Mayordomo, por el campo de atrás de la Casa, se ha levantado un buen pestazo a muerto por toda esa parte. Y un guarda de Mayordomo nos acaba de confesar que, poco antes de que estos mugrosos de Liberato se presentaran por aquí, vieron salir a su jefe con ese patricio, Cornelio, y marcharon los dos solos como si fueran al encuentro de alguien. Y si algo aseguran todos los presentes es que, desde entonces, ya no se le ha vuelto a ver más a ese patricio ni se sabe nada de él.

Pues si muge y tiene cuernos es vaca, ¿no te parece? ¡Ya se resolvió el misterio de Cornelio! Y se volvió a su hermana con gesto triunfante, contento de dar por cerrada una cuestión tan misteriosa. Y se puso en el acto ese anillo que le autorizaba aún más, si cabe, para reclamar su derecho sobre las tierras de su anterior propietario. La cuestión es por qué Mayordomo iba a matarlo, eso es lo que no tiene sentido, puesto que dudo mucho que mi hermano se lo hubiera ordenado. Y tampoco podemos preguntarle a Liberato por este asunto, claro, aunque poco me importa al final. El muerto al hoyo y el vivo al bollo y ahora mismo, por pura lógica, todas las tierras al Norte de las nuestras nos pertenecen también, puesto que han quedado sin Señor.

En ese momento, Serena se estremeció y se cruzó de brazos, como si acabara de recibir una estocada en el vientre, puesto que acababa de comprender ese pequeño rompecabezas mejor que nadie, aunque se abstuvo de manifestar nada a quienes la rodeaban. Porque sólo había una persona en el mundo que hubiera podido darle esa orden al Mayordomo, en realidad, en tales momentos de confusión como vivieron. Pero siquiera insinuar que Eugenio podría haber tenido algo que ver, como en verdad sospechaba, podría conllevar nuevas represalias por parte de un Oficial y potentado, su hermano, que en ningún caso podía tolerar que unos inferiores sociales matasen a uno de su clase con impunidad.

Enterrad como es debido a ese pobre hombre, ordenó, a los servidores que ya se acercaban para recibir sus indicaciones. Pero tampoco lo saquéis de donde está, ¿de acuerdo? Más bien echadle más tierra encima y señalad el lugar con un mínimo de dignidad, eso sí, pero no revolvamos mucho más el asunto, que no es nada saludable mover de sitio un cuerpo a medio descomponer y lo último que nos falta aquí es enfermarnos. Y dejad claro a todo el servicio que ese cadáver ya ha sido despojado, por favor. ¡No sea que luego vengan los típicos aventureros a buscar el tesoro del Faraón y violen la tumba de nuestro amigo!

Y así diciendo, Cesaro volvió grupas y fue a reunirse con sus hombres, los cuales le esperaban ya en el sendero. Una nutrida comitiva cuando los guardas del Mayordomo y no pocos colonos eligieron irse con él, cuando en Julióbriga toda mano de obra leal era poca y se fiaban más de Cesaro, con quien compartían esa mentalidad descarnada de guerreros, antes que animarse a servir a una Serena que parecía vivir en una nube. Y, en cambio, para sorpresa de Cesaro, casi todos los soldados que le prestó a Víctor en su día le pidieron quedarse en la Casa, a la que habían tomado cariño, bautizados como estaban y dispuestos a defender a su nueva Señora. Pero los demás tomarían el duro camino hacia el Norte, a través también de las huérfanas tierras que hasta hace poco fueron de Cornelio, para incorporarse a la carretera que conducía a Julióbriga. Una pequeña ciudad que era un rayo de luz romana en medio de esa barbarie cántabra, pero ante todo un hogar, aunque fuera lejano y rodeado de enemigos. Muy apartado de esa Casa que fuera la suya, donde nació y se crió, pero de la cual debía despedirse de nuevo. Y lo hizo en alta voz, como Capitán que era, para que le oyeran también quienes anduvieran por los contornos.

¡Yo soy Cesaro Próculo, vuestro Señor! ¡Soy el hijo del General Asturio! ¿Me oís? ¡El dueño de esta Casa, que fuera de mis padres y que fue de mis ancestros primero! ¿Me oís bien todos? ¡A mí montes y ríos me conocen[12]! ¡Porque ésta es mi tierra y no tengo otra, Casa mía! ¡Tus venados y tu río me recuerdan y ellos saben que volveré! ¡Adiós, Casa de mis padres! ¡Adiós, hermana[13]!

Su vozarrón reverberó contra las paredes de la Casa, que parecieron despedirle a su manera. Con su silencio de toda la vida. Y al frente de sus jinetes marchó al paso, por fin, seguidos de una hilera de gente a pie y de los propios bagaudas cautivos, a los que poca vida les quedaba ya. Pues iban camino de ser crucificados en el mismo solar donde se levantaba el palacio de Cornelio, que ellos incendiaron hacía poco y que Cesaro reclamaba ahora, como legítima propiedad, por no conocerse otros herederos.  Y su silueta se perdió entre los olmos que flanqueaban el camino, igual que pasó con tantos viajeros que recalaron por allí, cada uno con su historia y sus razones: comerciantes y vagabundos y emigrantes cántabros, o astures, que bajaban de sus montes en busca de un porvenir, pero todos dejaron su impronta en esa Casa y a lo mejor se propusieron volver, como ahora Cesaro, cuando el Señor de la Casa siempre regresa a su hacienda. Así había sido hasta entonces y en esos momentos, sin embargo, a juzgar por la despedida de su hermano, se diría que esta vez tal vez no sería igual. Que acaso él mismo intuía que no iba a volver nunca más. A pesar de su promesa, aullada a los cuatro vientos, pero que él mismo sabría improbable. Y dejó a su espalda una estela de polvo y a Serena, clavada al borde del camino, con una honda tristeza por todo. Por sus perdidos hermanos y lo que otro acababa de hacer, a su propia sangre y en su propia Casa, antes de desaparecer de nuevo por esa senda. Y se apenaba también por la posibilidad de nunca más verle, cuando Cesaro era el único hermano que le quedaba y el menor de todos, a pesar de esa madurez y esa crueldad de la que era capaz. Y lloraba también por el porvenir incierto que se abatía sobre todos, desde el Este, en forma de bárbaros aún más despiadados que los mismos cántabros.

*El Invierno, representado en el mosaico junto a las otras estaciones, era entonces una época de muchas privaciones. Todos los trabajos se detenían entonces, hasta la guerra. Y a los lados del rostro invernal, junto a ánades reales, contemplamos dos hermosos retratos de una chica y un joven, de los más preciosos de todo el mosaico.*


[1] Mujer que convive con un hombre sin estar casados entre sí

[2] En memoria de Atis, los sacerdotes de Cibeles, llamados galos, se sometían a la castración ritual.

[3] Esta última frase es de Tácito.

[4] La que hoy en día se corresponde con el Camino Francés de Santiago.

[5] Frase de Popeye, lugarteniente de Pablo Escobar.

[6] Salviano de Marsella los describía así, aunque los bagaudas serían gente de muy diversa procedencia. También esclavos fugados y bárbaros sin civilizar, por el área geográfica donde actuaban, pero una cosa sí es cierta en su historia: cuando esos hombres tomaron las armas, y se rebelaron contra el orden establecido, se convirtieron en potenciales prisioneros de guerra y, por tanto, en potenciales esclavos de sus captores.

[7] Verso del hispano Marcial sobre la doble moral.

[8] Las deidades más domésticas de los romanos, que representaban a los espíritus de los difuntos familiares y los de la propia casa.

[9] El lamento de Petrarca al describir los horrores de la Peste Negra.

[10] Lo que se quiere decir aquí es que nació rico y en un hogar 100% romano.

[11] Ésa era la opinión de San Emiliano, que vivió próximo a ellos y profetizó la Conquista de Cantabria por los godos, casi doscientos años después del tiempo de este relato.

[12] Homenaje a Galdós en su centenario, pues en su obra Zumalacárregui éste habla así de Guipúzcoa: sólo diré que montes y ríos me conocen a mí.

[13] Homenaje a Alas Clarín por Cordera.

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