Durante miles de años, los habitantes del Paleolítico dejaron un impresionante legado en la cueva de Altamira, plasmando en sus paredes una profunda conexión con la naturaleza de la Edad del Hielo. Pero ahora surge una pregunta con más fuerza que nunca: ¿Será que un asturiano descubrió las Cuevas de Altamira en Cantabria y no los antepasados de la familia Botín?
Un tesoro prehistórico: ¿cómo era la vida de los hombres de Altamira?
Quienes visitan Altamira hoy en día pueden admirar una fiel reproducción del famoso techo de los Policromos, elaborado con las mismas técnicas que usaron sus creadores originales.
Según la versión oficial, hoy tan discutida, fue Marcelino Sanz de Sautuola quien descubrió las pinturas en 1879. Y muchos académicos de la época se mostraron incrédulos. En 1880, los profesores Francisco Quiroga y Rafael Torres, tras ver las representaciones, rechazaron la idea de que un pueblo primitivo pudiera haberlas realizado. Sin embargo, a medida que se encontraron otras obras similares en cuevas francesas durante la década de 1890, la comunidad científica tuvo que aceptar su autenticidad. Actualmente, Altamira es un emblema del patrimonio mundial y sus bisontes han trascendido fronteras, convirtiéndose en una representación icónica del arte prehistórico y de los primeros Homo sapiens. Pero la pregunta sigue mientras Ana Patricia Botín saca pecho del presunto descubrimiento de su tatarabuelo.
¿Los mejores artistas de la Humanidad fueron redescubiertos por un asturiano?
Modesto Cubillas es, probablemente, el descubridor olvidado de la Cueva de Altamira. Cada aniversario del descubrimiento de la Cueva de Altamira reaviva el debate sobre quién fue realmente su descubridor. Recientemente, Ana Botín, presidenta del Banco Santander, conmemoró en redes sociales el hallazgo atribuyéndolo a su tatarabuelo, Marcelino Sanz de Sautuola. Sin embargo, hay una figura clave que la historia suele dejar en segundo plano: Modesto Cubillas.
Según el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira fue en 1868 cuando Cubillas, un tejero asturiano, encontró accidentalmente la cueva al rescatar a un perro atrapado en su interior. Sin darle demasiada importancia, informó a Sanz de Sautuola, para quien trabajaba. Aunque el propietario local exploró la cueva por primera vez en 1875, fue en 1879 cuando su hija María descubrió las famosas pinturas rupestres de bisontes en el techo.

A pesar de que Cubillas fue el primero en acceder a la cueva, su papel en el hallazgo ha sido minimizado. Las menciones oficiales y turísticas destacan a Sanz de Sautuola como el descubridor e incluso el Museo Nacional de Altamira se encuentra en una calle que lleva su nombre. Mientras tanto, los descendientes de Cubillas han reivindicado su legado con documentos inéditos y relatos familiares que podrían arrojar más luz sobre esta historia. El reconocimiento de Modesto Cubillas sigue siendo un tema pendiente en la historia de Altamira. Aunque su hallazgo no tuvo repercusión en su momento, su papel en el descubrimiento de uno de los mayores tesoros del arte rupestre merece ser recordado.
En la foto, el oso pardo cantábrico que conocieron nuestros ancestros y que convivió con el desaparecido oso de las cavernas.
La Cueva de Altamira
Con 270 metros de extensión, la cueva alberga una serie de galerías en cuyo interior se encuentran figuras de animales y signos grabados o pintados. Cerca de su entrada, se halla el célebre conjunto de bisontes policromos. Hace aproximadamente 15.500 años, un derrumbe bloqueó la entrada, manteniéndola oculta hasta su redescubrimiento en el siglo XIX.
Situada cerca de Santillana del Mar, Altamira domina un paisaje actualmente cubierto de prados y bosques dispersos. Sin embargo, en el Paleolítico Superior, el entorno era muy distinto: un clima más frío y húmedo favorecía la presencia de grandes praderas donde convivían especies como el mamut, el uro y el reno, además de animales que aún persisten en el ecosistema, tales como ciervos, caballos y cabras. Los habitantes de la cueva se dedicaban a la caza, la recolección y la pesca, fabricando herramientas de sílex, hueso y asta, algunas con particularidades únicas, como los omoplatos de ciervo grabadas con figuras de ciervas durante el Magdaleniense.
En la foto, una réplica de un león cavernario, que fue el gran súper depredador en la Europa de la Glaciación.

Arte subterráneo prehistórico
Hace más de 35.000 años, alguien trazó con los dedos un símbolo rojo en el techo de los Policromos, mucho antes de que los bisontes fueran pintados en Altamira. Paralelamente, en otros lugares del mundo, el arte florecía: en Alemania, se tallaban figuras de marfil; en Francia, la cueva de Chauvet albergaba imágenes de leones; en Indonesia, aparecían representaciones de animales y manos en tonos ocres.
En Altamira, los artistas prehistóricos emplearon diversas técnicas a lo largo de los milenios. Durante los períodos Gravetiense y Solutrense (entre 22.000 y 26.000 años atrás), se pintaron manos y puntos y luego, más tarde, caballos en tonos rojizos. Algunos de estos equinos parecen enfrentarse en un combate ritual. En los sectores más profundos de la cueva, se encuentran signos enigmáticos, como un conjunto de óvalos compartimentados y una gran figura roja con líneas entrecruzadas. Debido a la disposición del espacio, estas marcas sólo pueden ser observadas por una o dos personas a la vez, lo que sugiere un posible uso ritual o simbólico.
La Era de los bisontes de Altamira
Durante el Magdaleniense (hace entre 20.000 y 15.500 años), la cueva se llenó de grabados de ciervos en plena época de berrea. También se representaron signos ovales y las misteriosas «máscaras», donde se utilizaron los relieves de la roca para dibujar rasgos faciales con carbón.
Finalmente, el techo de la cueva fue ocupado por los icónicos bisontes policromos. Los artistas aprovecharon las irregularidades de la roca para dar volumen a las figuras, utilizando carbón y óxido de hierro para obtener tonos negros y rojizos. Las filtraciones de agua sobre la pintura dieron lugar a efectos visuales únicos, que hoy dotan a las imágenes de un aspecto policromado. Junto a los bisontes, aparecen caballos y una cierva con el vientre abultado, lo que sugiere una posible representación de la fertilidad. La disposición de los animales podría simbolizar ciclos de reproducción, rituales o creencias sobre la vida y la naturaleza.
El significado del arte rupestre en Cantabria
Las pinturas de Altamira revelan una notable destreza técnica y un profundo conocimiento del mundo animal. Su estilo naturalista refleja la importancia que estas especies tenían para las comunidades del Paleolítico. Sin embargo, junto a estas figuras realistas, también aparecen signos abstractos cuyo significado aún es un misterio. El arte rupestre, además de ser una forma de expresión, pudo haber tenido un papel espiritual. Se ha planteado que algunos de sus creadores actuaban como mediadores entre su comunidad y el mundo natural, de manera similar a los chamanes de otras culturas.
Aunque el significado exacto de estas imágenes se ha perdido con el tiempo, su presencia en distintas regiones de Europa sugiere la existencia de una tradición oral compartida. Con la llegada del Holoceno y el cambio climático, el arte rupestre dejó de ser relevante para las nuevas formas de vida, y las cuevas que durante milenios fueron escenario de mitos y rituales, quedaron en el olvido. Hoy, gracias a la investigación y la conservación, Altamira sigue contándonos la historia de los primeros artistas de la humanidad.
¿Clonar a los bisontes de las cuevas de Altamira?

Un grupo de científicos de Rusia y Corea del Sur ha propuesto clonar un bisonte extinto, cuyos restos momificados fueron descubiertos en el permafrost de Siberia. Sin embargo, la comunidad científica se muestra escéptica sobre la viabilidad de este ambicioso proyecto: ¿Clonar a los bisontes de las cuevas de Altamira?
Un hallazgo sorprendente: bisontes europeos congelados en Siberia
En el verano de 2022, investigadores rusos encontraron en la región de Verjoyansk, Rusia, un bisonte momificado en un estado de conservación excepcional. El espécimen fue trasladado al Laboratorio del Museo del Mamut en la Universidad Federal del Noreste en Yakutsk, donde se le realizó una necropsia para extraer muestras de su piel, músculos, grasa, huesos, lana, cuernos e incluso su cerebro.
Se cree que este bisonte, cuya especie exacta aún es desconocida, vivió hace aproximadamente 8.000 a 9.000 años, una época en la que coexistió con otras especies extintas de la megafauna del Holoceno temprano. Se ha determinado que el ejemplar era un juvenil de entre 1 y 2 años en el momento de su muerte.
¿Es posible clonar al bisonte extinto?
El nivel de conservación del tejido ha llevado a los científicos a especular sobre la posibilidad de clonar la especie. Hwang Woo Suk, un antiguo experto en clonación de Corea del Sur y colaborador del equipo ruso, ha sugerido que este espécimen podría utilizarse para devolver a la vida a un bisonte extinto, como parte de los esfuerzos en la llamada «desextinción».
Sin embargo, esta posibilidad ha sido recibida con escepticismo por parte de expertos en genética. Love Dalén, paleogenetista de la Universidad de Estocolmo, ha señalado que, aunque los tejidos parecen estar excepcionalmente bien conservados, el ADN en su interior es probablemente demasiado fragmentado para ser utilizado en la clonación. Dalén explica que la clonación requiere cromosomas intactos, y en los especímenes antiguos, estos suelen estar divididos en millones de fragmentos. Según él, encontrar un cromosoma completo en un animal extinto de hace miles de años es menos probable que lanzar una moneda al aire y que salga cara mil veces seguidas.
Alternativas a la clonación: la secuenciación genética
Aunque la clonación directa de este bisonte parece improbable, Dalén sugiere una alternativa más viable: secuenciar la mayor parte de su genoma y combinarlo con el ADN de otros bisontes extintos, así como con especies vivas como el bisonte americano (Bison bison) y el bisonte europeo o wisent (Bison bonasus).
Este método sería extremadamente complicado, pero la probabilidad de éxito es significativamente mayor que intentar una clonación directa. Una estrategia similar se está llevando a cabo con el mamut lanudo, donde los investigadores buscan integrar su ADN en células de elefante asiático para recrear una versión moderna del extinto gigante lanudo.
El bisonte en la historia y su relación con otras especies
El bisonte descubierto en Siberia no pertenece al conocido Bison priscus o bisonte estepario, sino a una especie aún no identificada. Se cree que animales similares vivieron en la región del noreste de Asia, incluyendo Mongolia, China y Corea, durante el Holoceno, coexistiendo con otras especies de la megafauna como el elefante asiático primitivo (Palaeoloxodon).
Los bisontes han jugado un papel crucial en los ecosistemas de pastizales y han sido objeto de domesticación y cría por el ser humano durante generaciones. Proyectos como el de la Fundación Tauros han trabajado para recrear el extinto uro (Bos primigenius) mediante el cruce selectivo de razas bovinas modernas. Del mismo modo, la reproducción asistida y la hibridación entre bisontes actuales podrían llevar a la reintroducción de una versión del bisonte extinto.
En la imagen, un elefante prehistórico se enfrenta a cazadores humanos.

El futuro de la desextinción
La idea de traer de vuelta especies extintas mediante biotecnología ha captado la imaginación del público y los científicos por igual. Empresas como Colossal Biosciences están invirtiendo en proyectos para revivir especies como el mamut lanudo, utilizando avances en edición genética como CRISPR.
Si bien la clonación de un bisonte extinto aún parece inalcanzable, los avances en la genética podrían permitir que una versión híbrida de este animal camine nuevamente sobre la Tierra en el futuro. Sin embargo, antes de que eso ocurra, los científicos deben clasificar y nombrar oficialmente a esta nueva especie de bisonte. Mientras tanto, los investigadores continúan explorando el permafrost siberiano en busca de otros restos congelados que puedan proporcionar información clave sobre la megafauna del pasado y, quién sabe, quizás algún día permitan traerla de vuelta.