Algunos de los crímenes más impactantes ocurridos en España en los últimos años parecen sacados directamente de una película. No sólo por la violencia extrema de los hechos, sino por el paralelismo inquietante con escenas que forman parte del imaginario colectivo del cine. Así lo comentan abogados en Palma de Mallorca al analizar dos casos recientes que han conmocionado a la opinión pública y que recuerdan de forma casi literal a títulos como Instinto básico o Primal Fear. También son delitos que ponen en entredicho esta nueva locura del Estado de no solicitar antecedentes a los extranjeros que pasan las fronteras nacionales, ya que este tipo de crímenes no eran tan frecuentes hace unos años como lo son ahora mismo, por desgracia. Y no existe ninguna justificación en ninguno de ellos como para coger un cuchillo o cualquier arma y matar, incluso con la mayor crueldad imaginable, a otra persona a la que se puede denunciar si ha hecho algo malo.
“Le gustaban los hombres adultos y, cuanto más necesitados, mejor”
Uno de esos sucesos es el asesinato del canónigo de la Catedral de Valencia, Alfonso López Benito, ocurrido en enero de 2024. El sacerdote, de 79 años, fue hallado desnudo y asfixiado en su cama, en una vivienda propiedad del Arzobispado situada en la calle Avellanas, a escasos metros de la Seo y del Palacio Arzobispal. El crimen no sólo sacudió al mundo eclesiástico y católico por la muerte del cura, sino que destapó una doble vida que llevaba años oculta y que resultó clave para entender el contexto de los hechos.

Durante el juicio quedó acreditado que el canónigo mantenía desde hacía tiempo encuentros sexuales con hombres adultos en situación de vulnerabilidad, a los que captaba ofreciéndoles dinero. El conserje del edificio y varios vecinos relataron un continuo trasiego de indigentes, inmigrantes y personas con adicciones que acudían al domicilio del sacerdote.
“Le gustaban los hombres adultos y, cuanto más necesitados, mejor”, declaró el portero, confirmando que aquella conducta era un secreto a voces en el entorno.

Un cocinero peruano que negó en todo momento ser el autor material del crimen
El jurado popular ha considerado culpable al único acusado, Miguel, un cocinero peruano que negó en todo momento ser el autor material del crimen. A pesar de la ausencia de huellas o restos de ADN suyos en la escena, siete de los nueve miembros del jurado estimaron probado que actuó de común acuerdo con otra persona no identificada, lo que le convierte en responsable penal de la muerte. La Fiscalía solicita para él 28 años de prisión por asesinato, robo con violencia y estafa, apoyándose en una valoración conjunta de indicios como el posicionamiento de su teléfono móvil, que lo sitúa en la vivienda en el momento del crimen, y el uso posterior de las tarjetas bancarias de la víctima. Según estos abogados de Palma:
El acusado reconoció que conoció al canónigo en el verano de 2023 y que acudió tanto a su vivienda de Valencia como a un apartamento en El Perelló, aunque negó haber mantenido relaciones sexuales con él. Admitió haber mentido inicialmente por vergüenza y no supo explicar por qué, tras ser bloqueado por la víctima en el móvil, siguió llamándole de forma insistente. También tuvo que dar explicaciones por haber retirado dinero con las tarjetas del sacerdote y por haber suplantado su identidad horas después del hallazgo del cadáver, alegando que lo hizo para “ganar tiempo”.
Instinto básico. La mujer engañó a su novio para participar en un supuesto juego sexual
Paralelamente, otro caso que ha estremecido a la sociedad por su brutalidad es el asesinato de Gerard a manos de su pareja, Arletys Castillo, en Sant Adrià de Besòs. La Audiencia Provincial de Barcelona la condenó a 25 años de prisión por un crimen que, por su puesta en escena, recuerda inevitablemente a Instinto básico. La mujer engañó a su novio para participar en un supuesto juego sexual, lo ató a una silla y, aprovechando su total indefensión, le asestó 118 puñaladas, ensañándose cuando aún estaba con vida, prolongando de forma innecesaria su sufrimiento hasta causarle la muerte por shock hipovolémico.

La psicópata de turno no se parece mucho a Sharon Stone, pero tiene todavía la cara más dura (por no hablar del corazón) que el personaje que encarnaba la rubia actriz en Instinto básico.
Tras el crimen, la condenada intentó desviar la investigación con versiones falsas, primero atribuyendo el asesinato a terceros y después acusando a la víctima de maltratarla para justificar una supuesta legítima defensa. La sentencia, sin embargo, desmonta por completo esta estrategia, al no existir ningún indicio de violencia previa. Desde la perspectiva de abogados en Palma de Mallorca con experiencia en violencia de género, este tipo de denuncias falsas no solo causan un daño irreparable a la persona acusada y a su familia, sino que erosionan la credibilidad de los verdaderos casos de maltrato y pervierten un sistema diseñado para proteger a las víctimas reales.
La truculenta asesina sólo pidió perdón en el último momento, lo que hace suponer que era parte de una estrategia para minimizar su castigo, ya que previamente jugó de manera torticera y no menos criminal con la fama post mortem de su propia víctima, tildándolo de maltratador y de quién sabe qué más.
Hechos injustificados que ponen en entredicho todavía más la no exigencia de antecedentes penales a quienes entran en España
Se especula con posibles infidelidades por parte de la víctima o con la frustración de la asesina al comprobar que su pareja no disponía del patrimonio que ella esperaba, pero en cualquier caso todo es poco para explicar lo inexplicable. La verdad es que uno se queda helado al comprobar la brutalidad de estos hechos injustificados, que ponen en entredicho todavía más la no exigencia de antecedentes penales a quienes entran en España.
La muy zumbada se recreó en el cruel asesinato hasta el punto de que mucha gente ha querido ver justificaciones lógicas en lo ocurrido, pero siempre infundadas.

El entorno de la condenada llegó incluso a promover campañas de recaudación de fondos en redes sociales presentándola como una mujer maltratada, difundiendo rumores falsos sobre la víctima que también fueron descartados durante la investigación. Finalmente, Arletys Castillo aceptó un acuerdo por el que fue condenada a 25 años de prisión, cinco años de libertad vigilada y la inhabilitación absoluta durante el tiempo de encarcelamiento, además de indemnizar a los familiares de la víctima. Pero, claro, como suele pasar, ¿qué medios económicos tendrá esta persona para indemnizar a nadie?

Encima de todo, la muy psicópata se lanzó a pedir dinero en las redes como si fuera ella la víctima. La cara de Michael Douglas aquí lo dice todo.
Ambos casos, analizados desde el punto de vista penal, reflejan una violencia extrema que parece imitar ficciones cinematográficas, pero cuyas consecuencias son devastadoramente reales. Para los juristas, estos crímenes evidencian cómo la planificación, la alevosía, el ensañamiento y las estrategias posteriores de manipulación del relato juegan un papel determinante tanto en la investigación como en la respuesta judicial, dejando tras de sí un profundo debate social y jurídico sobre los límites de la criminalidad más extrema en nuestro país. En estos dos casos, por cierto, con crímenes atípicos que no han sido ejecutados por asesinos autóctonos.
En los grandes crímenes mediáticos, más allá de la violencia de los hechos, hay un elemento que se repite con inquietante frecuencia: la construcción de un relato justificativo por parte de los acusados. Tanto en el asesinato del canónigo de la Catedral de Valencia como en el crimen de Sant Adrià de Besòs, para más escarnio, las explicaciones ofrecidas por los responsables no buscan tanto aclarar lo sucedido como diluir la responsabilidad penal y desplazar el foco hacia terceros o hacia la propia víctima. Es un patrón bien conocido en los tribunales y analizado con frecuencia por abogados en Palma de Mallorca especializados en delitos graves.
Miserables que se aprovechan de las debilidades de los demás para forrarse sin currar
No son pocas personas las que cada día amanecen en España con pocas ganas de ganar su jornal con el sudor de su frente, pero sí con muchísima afición por vivir del cuento lo más que se pueda y hasta de robar, incluso con sangre en sus propias manos. El móvil económico sigue siendo uno de los principales hasta para matar, en una sociedad en la que los psicópatas y las adicciones están muy presentes, además de que tenemos un sistema policial y judicial desbordado por las circunstancias.
La banda del Badoo, en la misma línea que la tal Aryelis de Sant Adriá de Besòs, también se caracterizó por una violencia extrema y una deshumanización total del «viejo vasco», al que llegaron a enterrar vivo como colofón de unos maltratos y torturas impresionantes en Zaragoza.

El asesino del canónigo de Valencia trató de presentarse como un testigo pasivo
En el caso del canónigo, Miguel, único acusado, articuló su defensa sobre una negación parcial del crimen. No negó su presencia en el entorno de la víctima ni su relación previa con él, pero sí rechazó ser el autor material de la muerte. Su justificación se apoyó en la figura de un supuesto segundo implicado, un tal Manuel que nunca ha sido localizado, al que atribuyó la autoría directa del asesinato. De este modo, trató de presentarse como un testigo pasivo de unos hechos que, según su versión, se le fueron de las manos. A ello sumó la ausencia de ADN o huellas en la escena como argumento central para sostener su inocencia, pese a que otros indicios objetivos, como el posicionamiento del móvil y el uso posterior de las tarjetas bancarias de la víctima, desmentían su desvinculación del crimen.
La justificación de Miguel se completó con explicaciones exculpatorias de su conducta posterior, especialmente la retirada de dinero y la suplantación de identidad del canónigo tras el hallazgo del cadáver. Según afirmó, actuó por miedo, confusión o para “ganar tiempo”, intentando minimizar la carga incriminatoria de unos hechos que, para el jurado, evidenciaban conocimiento y participación. Este tipo de relatos fragmentados, en los que se reconoce una parte de la realidad para negar la esencial, suelen ser interpretados por los tribunales como intentos de acomodar la versión personal a las pruebas existentes.
La acusada construyó un relato de legítima defensa basado en supuestos malos tratos previos
En el asesinato de Gerard a manos de Arletys Castillo, la estrategia justificativa fue distinta, pero igualmente reveladora. Aquí no se negó el resultado final, sino que se trató de legitimar la violencia ejercida. La acusada construyó un relato de legítima defensa basado en supuestos malos tratos previos por parte de la víctima. Según su versión, el crimen habría sido una reacción desesperada frente a una situación de abuso continuado. Sin embargo, la investigación policial y la sentencia desmontaron por completo esa justificación, al no existir un solo indicio objetivo que acreditara violencia previa.
La utilización de la condición de víctima como escudo penal fue más allá del procedimiento judicial. El entorno de la condenada impulsó campañas públicas para recaudar fondos y reforzar la imagen de una mujer maltratada, tratando de generar una coartada social paralela a la defensa jurídica. Desde la experiencia de abogados en Palma de Mallorca con trayectoria en violencia de género, este tipo de justificaciones resultan especialmente dañinas, ya que no solo fracasan ante el tribunal cuando no están respaldadas por pruebas, sino que erosionan la credibilidad de los verdaderos casos de maltrato y generan un grave perjuicio social.
Existe planificación, conciencia del daño causado y una voluntad clara de eludir responsabilidades
En ambos delitos, aunque con estrategias distintas, la finalidad de las justificaciones es la misma: reducir la percepción de culpabilidad. En un caso, desplazándola hacia un tercero inexistente o minimizando la participación; en el otro, trasladándola a la propia víctima mediante una acusación falsa. Los tribunales, sin embargo, analizan estas explicaciones a la luz de los hechos objetivos, de la coherencia del relato y de las pruebas periféricas, otorgando especial valor a los comportamientos posteriores al crimen, que suelen revelar más que las palabras pronunciadas en sala.
Estos casos muestran cómo, frente a crímenes de extrema gravedad, las justificaciones rara vez resisten el contraste con la realidad probatoria. Lejos de exonerar, a menudo refuerzan la convicción judicial de que existe planificación, conciencia del daño causado y una voluntad clara de eludir responsabilidades. En ese sentido, la respuesta penal no sólo sanciona el acto violento, sino también la manipulación del relato que pretende justificar lo injustificable.
Otros crímenes de película que superaron a la ficción en España

El asesinato de la presidenta de la Diputación de León en 2014 también nos recordó muchísimo a películas sobre delitos parecidos, superando en gran medida a la ficción.
El crimen de Asunta en Santiago de Compostela, en 2013, también me llevó en mi caso personal a una comparación increíble con la novela de Diez negritos, de Agatha Christie, que ahora ha vivido cambios diversos de título por supuesto racismo.


La muerte de mi antepasado Teodosio Ruiz González, alias el Piloto, en un club de mala muerte de Santander, hace 120 años, también puede superar cualquier historia típica de las películas de cowboys.
Los verdaderos asesinos de Mario Biondo se ocultaron tras una auténtica película de drogas y porno
Lo que esconde la verdad podría ser el título del crimen surrealista de Mario Biondo, en el que las personas de muy alto nivel involucradas fueron tapadas bajo un pesado manto de mentiras y difamaciones contra la víctima.


El relato surrealista de la muerte de Edwin Arrieta también parece esconder algo mucho más turbio y profundo que un crimen pasional, por más dinero que hubiera de por medio en la supuesta pareja. Recientemente entrevistaba al más informado español en Lejano Oriente, Joaquín Campos, aunque mi visión del tema se parece más a lo que esconde el otro presunto descuartizador español en Tailandia. Otro crimen más tapado y que Joaquín ha investigado y divulgado personalmente.























