
Vinalium Quart
Tienda de vinos y licores en Valencia
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La Peste Negra en la Valencia Medieval
A mediados del siglo XIV, diez jóvenes optaron por aislarse voluntariamente —lo que hoy llamaríamos un confinamiento— en una pequeña localidad apartada de la Toscana, no lejos de Florencia, con la intención de huir de la devastadora peste bubónica que se propagaba por Europa. Para sobrellevar el encierro, pasaron varios días relatándose historias de todo tipo. De ese planteamiento parte una de las grandes obras de la literatura universal: el Decamerón, escrito por Giovanni Boccaccio, también toscano, natural de la modesta pero ilustre villa de Certaldo, próxima a Siena, y testigo directo de los efectos de la plaga.

La violencia de la epidemia fue tal que el propio Decamerón deja constancia de escenas estremecedoras, describiendo cómo hombres fuertes, mujeres hermosas y jóvenes sanos, que por la mañana compartían mesa con familiares y amigos, al anochecer ya habían pasado a engrosar el mundo de los enfermos y muertos. Una imagen literaria tan poderosa como cruda, que resume el impacto psicológico y humano de aquella catástrofe.

El cine también ha sabido recoger el eco de aquella tragedia histórica. Películas como Paseo por el amor y la muerte, de John Huston, o El séptimo sello, de Ingmar Bergman, han utilizado la peste como telón de fondo para reflexionar sobre la vida, la fe y la muerte, dejando algunas de las representaciones más memorables de la Edad Media, marcada por la enfermedad más contagiosa y conocida pandemia del mundo.

Se estima que entre una cuarta parte y la mitad de la población europea pereció en pocos años
La Peste Negra es, paradójicamente, una de las pandemias mejor conocidas de la Antigüedad y la Edad Media, mucho más que otras epidemias que sacudieron con dureza a las sociedades de su tiempo. Entre ellas se cuentan las bíblicas plagas de Egipto del segundo milenio antes de nuestra era, la epidemia que asoló Atenas en el 429 a. C. y precipitó el declive de su hegemonía, la llamada peste Antonina —probablemente viruela o sarampión— descrita por Galeno en los años 164 y 165, que contribuyó a la decadencia del Imperio romano, o la peste de Justiniano, iniciada en el 541, que allanó el camino hacia la larga etapa medieval.
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La Peste Negra fue una variante especialmente letal de la peste bubónica o inguinal, causada por la bacteria Yersinia pestis. Su transmisión se producía a través de la sangre, mediante las pulgas que parasitaban a las ratas y que, al cambiar de huésped, infectaban también a los humanos. No hace falta entrar en demasiados detalles médicos: el propio término “inguinal” basta para hacerse una idea de la gravedad del cuadro clínico. Las cifras de mortalidad siguen siendo objeto de debate, pero todos los cálculos coinciden en su carácter devastador. Se estima que entre una cuarta parte y la mitad de la población europea pereció en pocos años. En un continente que rondaba los 80 millones de habitantes, eso supone imaginar entre 20 y 40 millones de muertos. La amplitud de esta horquilla refleja, además, que las discusiones estadísticas no son un invento moderno, aunque hoy nos resulten especialmente familiares.
La epidemia se extendió por toda Europa desde Italia, o más concretamente a través de los circuitos comerciales italianos. Génova, uno de los grandes puertos del Mediterráneo, desempeñó un papel clave en esa expansión. Desde los siglos XII y XIII, los genoveses habían tejido una vasta red mercantil en el Mediterráneo oriental y el mar Negro, lo que facilitó tanto el comercio como la difusión involuntaria de la enfermedad. Sin duda que otras colonias de mercaderes mediterráneos como los propios catalanes, que solían extenderse por los mismos puertos que sus colegas italianos, contribuyeron igualmente al desarrollo de la epidemia, que viajaba más rápido en las galeras de la época que en los pesados carros que tardaban semanas en llegar a ninguna parte.

Barcos genoveses huyeron hacia el Mediterráneo occidental llevando consigo ratas, pulgas y bacterias
El origen último del brote no está del todo claro, aunque las primeras noticias sitúan la peste ya muy activa en Asia Central, en regiones que hoy corresponderían a Kazajistán y Uzbekistán. Las grandes rutas de comunicación, en especial la Ruta de la Seda —que no llegaba a Valencia, sino que concluía en Constantinopla—, actuaron como canales de transmisión. En 1347, la peste causaba estragos entre los territorios de la Horda de Oro, heredera del imperio mongol de Gengis Kan. El salto decisivo a Europa se produjo tras el asedio, en 1346, de la ciudad de Caffa, principal enclave genovés en Crimea.
Durante aquel asedio, los atacantes comenzaron a morir sin comprender la causa y recurrieron a arrojar los cadáveres de contagiados al interior de la ciudad, en un episodio que algunos han interpretado como un temprano antecedente de la guerra biológica. Fuera por esta práctica o por la entrada de ratas infectadas desde el campamento, o por ambas cosas a la vez, la peste negra se propagó dentro de Caffa. Desde allí, barcos genoveses huyeron hacia el Mediterráneo occidental llevando consigo, sin saberlo, ratas, pulgas y bacterias. Cuando uno de esos navíos llegó a Messina, en Sicilia, gran parte de la tripulación ya estaba infectada, y desde ese punto la epidemia se difundió rápidamente por puertos y rutas comerciales.
Ni siquiera las rivalidades políticas sirvieron de barrera. Aunque la República de Génova mantenía una dura competencia con la Corona de Aragón, la peste no distinguía entre aliados y enemigos. El Reino y la ciudad de Valencia pronto se vieron afectados. El Dietari del Capellà, citado por Sanchis Guarner en La ciutat de València, relata que en 1348 la mortandad fue tan grande que hubo días en los que morían mil personas en la ciudad, y apenas se daba abasto para enterrarlas.

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El rey Pedro el Ceremonioso llegó a creer que la Peste Negra había acabado con el 75 % de sus súbditos
El rey Pedro el Ceremonioso llegó a creer que la Peste Negra había acabado con el 75 % de sus súbditos, una cifra seguramente exagerada, pero reveladora del impacto percibido. La afección no fue uniforme en todos los territorios de la Corona. Cataluña y el Reino de Mallorca, con economías muy dependientes del comercio, sufrieron un declive más profundo y duradero. Aragón, de base agraria, y el Reino de Valencia, con una economía más diversificada y reciente, se recuperaron antes. De hecho, tras la epidemia, la hegemonía dentro de la Corona pasó de Cataluña a Valencia, sentando las bases del Siglo de Oro valenciano del siglo XV.
En Valencia se conserva además un hallazgo arqueológico directamente vinculado a la epidemia. En un pozo de ladrillo de una vivienda próxima a l’Almoina, la antigua Casa de la Caridad, apareció un conjunto excepcional de vajilla doméstica completa: utensilios de cocina, piezas de mesa y cerámicas de lujo decoradas en verde sobre blanco, propias de los talleres de Paterna. Algunas, como un plato con un león rampante, destacan por su extraordinaria calidad. Datadas a mediados del siglo XIV, estas piezas parecen haber sido desechadas deliberadamente por considerarse contaminadas, lo que explica por qué objetos valiosos fueron arrojados al pozo. Una selección de este conjunto se expone hoy en el Centro Arqueológico de l’Almoina.
Como ocurre en todas las grandes crisis, también entonces circularon rumores y falsedades sobre el origen de la plaga. Junto a las interpretaciones moralizantes que veían en la peste un castigo divino, cobró fuerza la acusación contra los judíos, a quienes se responsabilizó del supuesto envenenamiento de las aguas. Este señalamiento se sumó a una larga tradición de prejuicios y provocó un recrudecimiento del antisemitismo.
Las consecuencias fueron trágicas. A lo largo del siglo XIV se produjeron numerosos pogromos, con asaltos a barrios judíos y matanzas indiscriminadas. En Valencia, las excavaciones arqueológicas han sacado a la luz restos humanos asociados a estos episodios, recordándonos que la arqueología es una herramienta esencial para reconstruir el pasado, incluso cuando se trata de sus capítulos más oscuros.
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La Peste en Valencia en el siglo XVII
El catedrático Vicent Josep Escartí, profesor de Literatura Medieval y Moderna en la Universitat de València, ha reconstruido una visión amplia y documentada de la gran epidemia de peste que golpeó València a mediados del siglo XVII. Tras haber traducido y editado anteriormente los testimonios del dominico y médico Francesc Gavaldà, Escartí presenta ahora un texto inédito: el dietario del jesuita Vicent Arcaina, una crónica que permite entender la magnitud humana, social y económica de aquella catástrofe. Según el investigador, la peste supuso un auténtico colapso no solo demográfico, sino también psicológico y financiero para la ciudad.
Valencia era y sigue siendo una ciudad de presencia de la fe cristiana por todas sus calles y alrededores. La persistencia en la fe de San Vicente Mártir, incluso frente a las peores torturas, fue siempre un ejemplo a seguir por generaciones de esforzados y resignados valencianos, hasta en los tiempos de peste y guerra.

Brotes anteriores que habían arrasado otras localidades del antiguo Reino de Valencia
El relato de Arcaina sitúa el inicio del brote en el barrio de Ruzafa y apunta a un origen exterior, vinculado al norte de África y, en concreto, a Argel. El jesuita describe la incertidumbre que reinaba entre las autoridades sanitarias y civiles, divididas entre la necesidad de frenar el contagio y el temor a paralizar por completo la actividad económica. El cierre de las puertas de la ciudad, una medida habitual ante este tipo de epidemias, significaba aislar Valencia y asumir graves pérdidas materiales en un contexto ya muy frágil y de subsistencia. Esto no era una decisión fácil y por esto se tardaba demasiado en ser asumida como la única salida, lo que resultaba en un daño peor que el económico o político: los contagios se multiplicaban y la ciudad se convertía en foco de extensión de la peste mientras los vecinos seguían expuestos.

Algo parecido sucedió por estas mismas épocas con la peste en Santander, cuando un barco maldito penetró de forma absurda y temeraria en el puerto norteño sin restricciones de ningún tipo y se desató la terrible Peste Atlántica.
La epidemia se desarrolló entre octubre de 1647 y la primavera de 1648 y fue la más devastadora que había sufrido la ciudad hasta ese momento, superando incluso brotes anteriores que habían arrasado otras localidades del antiguo Reino de Valencia. Tras cebarse con la capital, la enfermedad se propagó hacia Barcelona y otros territorios de la Corona de Aragón. Las primeras muertes se detectaron a comienzos del verano y, en pocos meses, la peste ya afectaba a todos los barrios.
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La edición de la crónica de Arcaina, impulsada por el Ayuntamiento de Valencia, dialoga con el texto de Gavaldà y lo complementa. Mientras el dominico pone el acento en la actuación de las instituciones municipales, el jesuita subraya el papel asistencial y comunitario desempeñado por la Compañía de Jesús, así como las noticias que llegaban desde pueblos de l’Horta, el Camp de Morvedre o Castelló de la Plana, ofreciendo una mirada más amplia que va más allá de la capital.
Escartí también ha reconstruido la trayectoria vital de Arcaina, docente de gramática, filosofía y teología, y explica que su texto adopta la forma de un dietario muy cercano a las llamadas “cartas anuales” que los jesuitas enviaban a sus superiores. En él se detallan los primeros meses de la epidemia y la organización de la respuesta sanitaria, incluida la habilitación de nuevos espacios de enterramiento ante la imposibilidad de asumir el volumen de fallecidos. Las escenas que describen ambos cronistas resultan estremecedoras: personas muriendo en las calles y familias que evitaban reconocer a los difuntos para no provocar el cierre forzoso de sus viviendas.
Las pestes posteriores ya no alcanzarían el grado de devastación que sufrió Valencia
El trabajo de Escartí con estas fuentes coincidió en el tiempo con los meses más duros del confinamiento de 2020, lo que le permitió detectar paralelismos evidentes entre ambas crisis. El miedo al desabastecimiento, las dificultades para enterrar a los muertos o el impacto emocional de las imágenes colectivas recuerdan, salvando las distancias, a las vividas recientemente en lugares como Italia o Madrid, escenas que, según el investigador, ya estaban presentes en los textos del siglo XVII, aunque en el caso último se trataba de una verdadera pandemia que sí arrasó el territorio por donde pasaba.
Las crónicas de la peste de 1647 también reflejan gestos de solidaridad, con poblaciones cercanas que enviaron alimentos y ayuda a la ciudad confinada. Para Escartí, uno de los aspectos más valiosos del testimonio de Arcaina es su voluntad explícita de dejar memoria para futuras epidemias, como una advertencia escrita desde la experiencia directa. Afortunadamente, concluye el catedrático, las pestes posteriores ya no alcanzarían el grado de devastación que sufrió València en aquel episodio extremo de su historia.

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