El catedrático Vicent Josep Escartí, profesor de Literatura Medieval y Moderna en la Universitat de València, ha reconstruido una visión amplia y documentada de la gran epidemia de peste que golpeó València a mediados del siglo XVII. Tras haber traducido y editado anteriormente los testimonios del dominico y médico Francesc Gavaldà, Escartí presenta ahora un texto inédito: el dietario del jesuita Vicent Arcaina, una crónica que permite entender la magnitud humana, social y económica de aquella catástrofe. Según el investigador, la peste supuso un auténtico colapso no solo demográfico, sino también psicológico y financiero para la ciudad.
Brotes anteriores que habían arrasado otras localidades del antiguo Reino de Valencia
El relato de Arcaina sitúa el inicio del brote en el barrio de Ruzafa y apunta a un origen exterior, vinculado al norte de África y, en concreto, a Argel. El jesuita describe la incertidumbre que reinaba entre las autoridades sanitarias y civiles, divididas entre la necesidad de frenar el contagio y el temor a paralizar por completo la actividad económica. El cierre de las puertas de la ciudad, una medida habitual ante este tipo de epidemias, significaba aislar Valencia y asumir graves pérdidas materiales en un contexto ya muy frágil y de subsistencia. Esto no era una decisión fácil y por esto se tardaba demasiado en ser asumida como la única salida, lo que resultaba en un daño peor que el económico o político: los contagios se multiplicaban y la ciudad se convertía en foco de extensión de la peste mientras los vecinos seguían expuestos.
La epidemia se desarrolló entre octubre de 1647 y la primavera de 1648 y fue la más devastadora que había sufrido la ciudad hasta ese momento, superando incluso brotes anteriores que habían arrasado otras localidades del antiguo Reino de Valencia. Tras cebarse con la capital, la enfermedad se propagó hacia Barcelona y otros territorios de la Corona de Aragón. Las primeras muertes se detectaron a comienzos del verano y, en pocos meses, la peste ya afectaba a todos los barrios.
La edición de la crónica de Arcaina, impulsada por el Ayuntamiento de Valencia, dialoga con el texto de Gavaldà y lo complementa. Mientras el dominico pone el acento en la actuación de las instituciones municipales, el jesuita subraya el papel asistencial y comunitario desempeñado por la Compañía de Jesús, así como las noticias que llegaban desde pueblos de l’Horta, el Camp de Morvedre o Castelló de la Plana, ofreciendo una mirada más amplia que va más allá de la capital.
Escartí también ha reconstruido la trayectoria vital de Arcaina, docente de gramática, filosofía y teología, y explica que su texto adopta la forma de un dietario muy cercano a las llamadas “cartas anuales” que los jesuitas enviaban a sus superiores. En él se detallan los primeros meses de la epidemia y la organización de la respuesta sanitaria, incluida la habilitación de nuevos espacios de enterramiento ante la imposibilidad de asumir el volumen de fallecidos. Las escenas que describen ambos cronistas resultan estremecedoras: personas muriendo en las calles y familias que evitaban reconocer a los difuntos para no provocar el cierre forzoso de sus viviendas.
Las pestes posteriores ya no alcanzarían el grado de devastación que sufrió Valencia
El trabajo de Escartí con estas fuentes coincidió en el tiempo con los meses más duros del confinamiento de 2020, lo que le permitió detectar paralelismos evidentes entre ambas crisis. El miedo al desabastecimiento, las dificultades para enterrar a los muertos o el impacto emocional de las imágenes colectivas recuerdan, salvando las distancias, a las vividas recientemente en lugares como Italia o Madrid, escenas que, según el investigador, ya estaban presentes en los textos del siglo XVII, aunque en el caso último se trataba de una verdadera pandemia que sí arrasó el territorio por donde pasaba.
Las crónicas de la peste de 1647 también reflejan gestos de solidaridad, con poblaciones cercanas que enviaron alimentos y ayuda a la ciudad confinada. Para Escartí, uno de los aspectos más valiosos del testimonio de Arcaina es su voluntad explícita de dejar memoria para futuras epidemias, como una advertencia escrita desde la experiencia directa. Afortunadamente, concluye el catedrático, las pestes posteriores ya no alcanzarían el grado de devastación que sufrió València en aquel episodio extremo de su historia.























