Maniatado y conducido por los hombres del Mayordomo, a través de esas dehesas donde toda su vida había cazado y galopado, Eugenio no se hacía muchas ilusiones sobre su destino: el viejo molino al que su enemigo solía llevar a sus presas o tal vez algún otro escondrijo, aunque al cabo daba igual. Tenía tantas causas pendientes con el Mayordomo de su Patrón que lo único claro, al final, era que no le esperaban caricias, aunque el propio el Mayordomo era consciente de la aventura de incertidumbre en la que él mismo se había embarcado. No en vano, Eugenio le escuchó decir esto a sus hombres, apenas le hubo arrestado:
Hay que sacarlo de la Casa cuanto antes, no sea que los batidores y el resto del servicio se empiecen a revolver demasiado. Que lo último que quiere el Patrón es escuchar de ninguna controversia en su corral y mucho menos cuando él no está presente. Y tampoco podemos esperar a que se haga de día y que pueda enterarse ese cabrón de Liberato de alguna manera, pues vendría a emboscarnos por los caminos con todo lo que tiene y más. Así que lo mejor será partir ahora mismo, en esta hora de lobos en que nadie que no camine a cuatro patas nos pueda acechar.
Y fue una jugada hábil, desde luego, cuando nadie en la Casa pudo oponerse en ese momento, por mucho que Serena sí hiciera cuanto estuvo en su mano por evitar que lo sacaran de allí y más aún en plena noche, aunque la acusación que pesaba sobre los amantes bastaba para que ellos mismos se vieran impedidos en su defensa. Y eso que tampoco Mayordomo las tendría todas consigo, claro, lo que se notaba bastante por más que intentara aparentar seguridad. De hecho, en el momento de abandonar la Casa con Eugenio maniatado, Serena se arrimó a él para advertirle una última vez más.
Si te atreves a hacerle daño, te lo juro: te acusaré ante mi hermano de haberme violado. Después de todo, por lo que sé, no sería la primera vez que Eugenio te para los pies en alguna tropelía de ésas. Y mi hermano lo sabe muy bien.
Insensible a sus advertencias, o al menos en lo aparente, el Mayordomo le dio la espalda y siguió adelante con su arresto, así y todo, por mucho que no iba a dejar de atender esa peligrosa amenaza de su Señora. Y es que la pena reservada para un inferior, como al cabo era Mayordomo, si forzara a una mujer de su clase, no consistía en otra cosa que en una remesa mortal de azotes. Un castigo físico improbable para Mayordomo, por la confianza que le tenía su Señor, aunque la cosa cambiaba si la víctima era una ciudadana honorable. Y mucho más si se trataba de Serena, claro, porque el castigo sería entonces la peor de las muertes posibles, sin importar quién fuera el autor.
Ya responderé yo ante el Señor, le había replicado Mayordomo. ¡Y ya veremos quién ha hecho qué cosas a sus espaldas! Pero será el Señor quien juzgue y castigue, Señora, no yo.
Porque era de esperar que nunca se atrevería a tomarse la justicia por su mano, no con Eugenio, hasta que Víctor regresara por donde vino. Y por mucho que le odiara, no era menos cierto que también le temía, resultaba obvio, cuando Mayordomo nunca pudo doblegarle y mucho menos por las malas.
¡Me las vas a pagar todas juntas, pedazo de cabrón! ¿Te acuerdas de nuestra pelea en la cocina, hace años? Nuestras varias peleas, más bien, por tu estúpida manía de hacerte el héroe del servicio… ¡Pues ahora pienso darte lo que no he podido en esas veces y de regreso, que lo sepas, lo voy a celebrar con quien tú ya sabes! Con Ana o con la misma Señora, ¿por qué no? Porque merece que lo siembren, ese campo[1], y yo estoy más cerca de ella que tú y ahora mucho más. Después de todo, si va a acusarme de haberla violado, piénsalo: de perdidos al río…
Varios de sus esbirros le rieron la gracia mientras que Eugenio fingió indiferencia ante sus burlas y amenazas. Sabía que Mayordomo le temía, en el fondo, por más que se las diera de bravucón. De hecho, Eugenio pensaba que de todo el servicio de la Casa sólo a él le respetaba, entre otras cosas, por la protección que Serena le otorgaba y por su forma de ser con todos, sin hacer nunca abuso de su propia posición de privilegio. Y Víctor le debía la vida, además, por mucho que se hubiera saltado alguna norma.
No hace falta que me lleves tan lejos para una pelea conmigo, le respondió. ¿No mentabas la que tuvimos en la cocina de la Casa? ¿Por qué no acabarla ahora? Tú desátame y bájate del caballo, que ya verás… ¡Seguro que te puede el miedo!
Eugenio no esperaba que su provocación tuviera resultado. Porque una pelea en esas soledades, en una penumbra total, le pondría en bandeja una huida en la que no sería nada fácil que lo siguieran. ¡Sería tan sencillo dejarles atrás!
No caeré en tus trampas, Cazador: ¡tú estás en la mía! Y esta vez, te lo aseguro, ni tu amante Señora te va a poder salvar. Tu culo es mío, compañero, y no dejaré que te me escurras…
¿Estás seguro? Tócame y te las verás con el Patrón, así que tú mismo.
Como en aquella ocasión de la cocina, cuando estuvieron a punto de matarse. Era una noche en que Mayordomo venía borracho y como siempre, por ser quien era, alguien tenía que aguantarle. Porque mientras el Señor reinaba en su salón, rodeado de otros patricios y de sus amantes, Mayordomo hacía lo propio en sus cocinas y talleres. En sus poblados dispersos por la comarca, donde era el amo de la retaguardia del Señor y hacía uso y abuso de su posición. Y la ayudante de la cocinera, Ana, era una de sus tantas debilidades, pero Eugenio se había propuesto proteger a esa muchacha. Mantenerla lejos de la violencia y la lujuria tan típicas de la casa, aunque fuera una tarea casi imposible. Y si ni siquiera respetaban a las casadas, mujeres hechas y derechas que se podían hacer valer de alguna manera, ¿qué piedad podían esperar las jovencitas y solteras?
Yo no pude salvar a mi madre, pero a lo mejor sí puedo salvarla a ella, se había propuesto. Y lo había conseguido, por el momento, aunque era una verdadera lucha contra el tiempo. Contra los diversos poderes que reinaban en esa Casa, aparte del propio Señor, que rara vez dejaba escapar una presa.
Ha ido a la despensa y ya debiera estar de vuelta, dijo una cocinera, en aquella ocasión, cuando Eugenio preguntó por la muchacha. Pero lo dijo con una expresión preocupada que, a él, buen rastreador como era, no le agradó nada. Por si fuera poco, además, un murmullo apagado provenía de allí y Cazador se acercó, como siempre, con la cautela propia de su oficio.
¡Déjame, por favor!
Te dejaré, no te preocupes. Si yo sólo te quiero para un rato, perra, ¡estate quieta! ¡No te hagas la estrecha conmigo, anda, que todos sabemos que no es para tanto tu estrechez!
¿Qué hay, Mayordomo! ¿Manoseando a las siervas del Señor? Eso está muy feo, dijo Eugenio, al tiempo que le apuntaba con el dedo y mientras la muchacha se escabullía a toda prisa.
¿Quién te ha llamado, Cazador? ¡Siempre apareces cuando menos se te espera!
De eso trata mi cometido, ya lo sabes. De llegar sin aviso. Es una cualidad necesaria para matar alimañas, añadió, mientras acariciaba el pomo de su puñal.
Las alimañas son mi cometido, no el tuyo. Lo tuyo son los ciervos y jabalíes, pero tú no te conformas con poco. Ambicionas otras presas, bien lo sé, y ante todo las que no están a tu alcance.
¡Y qué te importan a ti mis ambiciones, me pregunto! ¿Acaso las conoces?
Te crees intocable porque tienes amigos poderosos, pero no te confíes. Y no creas las promesas de una mujer: su palabra vale bien poco y en la Casa, al final, no pintan nada.
Yo creo lo que me da la gana.
El mundo no se ha hecho a tu voluntad, Cazador. Ten cuidado con eso, no sea que tu libre albedrío acabe contigo en una cruz. Y conmigo poniéndote los clavos.
¿Y quién te ha dicho que quiera vivir para siempre, necio? ¿Acaso envidias la suerte de un loco?
A mí no me engañas: tú no tienes mucho de loco ni de empleado. ¿Crees que no sé lo que pretendes? Andas de aquí para allá, ocupado en tus quehaceres y sin hacer mucho caso de nadie. Recibes regalos y honores, pones tus lazos por ahí y acechas a tus presas en silencio, pero no nos engañas a todos.
Yo sirvo a mis señores y lo hago bien. ¿Qué tienes tú que decir?
Digo que tienes de siervo lo que yo de bodeguero, pues no tienes ningún ánimo de servir a nadie. ¡A lo mejor es que esperas una vida mejor, como esos cristianos!
Yo no espero nada. Esperar es de necios.
Cualquiera lo diría, respondió el Mayordomo, con una sonrisa de bribón. No te ofendas por lo que voy a decir, pero se diría que tienes un buen plan con la Señora.
Eugenio no esperó más afrentas y entonces, sin mediar otra palabra, le propinó un puñetazo en el mentón. Y Mayordomo trastabilló, no muy acostumbrado a que le respondieran, pero se repuso enseguida y avanzó contra él con su daga y su mucha mayor corpulencia. Y dispuesto a no dar un paso atrás, sin embargo, Eugenio recapacitó, y esquivó ese ataque, mientras que Mayordomo le animaba a llegar hasta el final. Daga en mano, era su brazo más ágil que el de su oponente, pero Eugenio no subestimaba la fortaleza hercúlea de ese bruto. Y no hacía tanto que Mayordomo había desnucado a un colono, Gratio, por una riña sin importancia, aunque era obvio que si le hacía daño a él la historia sería distinta.Y fue entonces que, desanimado por los testigos que tenía alrededor, Mayordomo bajó su arma primero, justo cuando Víctor y otros empleados aparecieron por allí y se interpusieron.
¿Qué está pasando aquí?
Pero Eugenio continuaba la discusión donde la dejaron, más animado por la presencia de Víctor.
¡Si vuelves a insultarla, te saco las tripas aquí mismo! ¡Y de poco te va a servir tu gente ni tu mazmorra! ¡No hay tanta diferencia entre destripar a un jabalí o a un cerdo cebado como tú!
Tranquilo, Cazador, que no voy a hacerte daño. De momento. Sé que estás bien guardado tras las faldas de tu dueña, dijo el Mayordomo, que se enfundó el puñal con una sonrisa. ¡Tan solo ten cuidado, compañero, no sea que caigas en tus propios lazos!
Es inútil que trates de amedrentarme: soy más libre de lo que a ti te gustaría. Y si quieres responder, si tienes algo más que decirme, es la hora de hacerlo. ¡Afuera hay mucho campo para batirse!
Eugenio estaba tan crecido que ignoraba hasta la presencia de Víctor, una falta inconcebible en el servicio, aunque se tratase de dos privilegiados como ellos, pero el Señor no estaba dispuesto a tolerarlo.
¡Vale ya, os digo! ¡Eugenio! ¿Qué es esta riña tabernera? ¿Y encima de todo en mi presencia?
No era nada, Señor. Creo que Mayordomo ya se iba, ¿no es cierto?
Y así hizo el otro, en efecto, sin duda agradecido de que no le hubiera acusado. Pues, aunque no fuera un delito grave para él, dado el rango que ostentaba, no dejaba de haber interrumpido el trabajo de otros y hasta había intentado violar a una moza de la Casa. Y por más que fueran mujeres[2], y al cabo de una categoría inferior, el trabajo allí era sagrado. Y el Señor no aprobaba esos comportamientos tan abusivos y menos por parte de quien debía asegurar el orden entre esas paredes.
No quiero ver puñales fuera de sus vainas, dijo el Señor. No en esta Casa, ¿entendido? Si queréis pelea, ya sabéis dónde encontrarla: salid al campo y buscad a los bagaudas. ¡Ellos os la darán!
Y no estaría de más que así fuera esa noche, claro, en lo que respectaba a esos malditos verdugos del Patrón, cuando a esa hora se lo llevaban preso a quién sabía dónde.
Benditos bagaudas, pensaba Eugenio, en su actual situación de cautivo, camino de quién sabía cuál cárcel o tormento. ¿No podría aparecer Liberato, para bien, por una sola vez en su vida, y poner en fuga a estos perros? Hoy no me importaría que corriese la sangre, aunque fuera con gente de la Casa, con tal de salir de ésta y escapar de este cabrón…
Los caballos conocían bien su ruta, a pesar de las sombras, y ayudaba a ello la luna llena que alumbraba la tierra. El silencio en torno era total, salvo algún relincho aislado y el ruido de sus cascos sobre el sendero. Y fuera de esto, no se oía más ruido que el del Nubis[3], saltando entre las peñas de su lecho. Iban hacia el Norte, eso estaba claro, y el caso era que el camino empezaba a parecerle familiar, puesto que marchaban derechos a la morada de otro de sus grandes amigos: la Casa de Cornelio, también ausente por la guerra, pero que bien les podía servir como prisión.
¡Es increíble cómo cambia nuestra suerte! Hace un momento estaba en el paraíso y ahora, aquí me hallo, pensaba. De paseo nocturno con estos mendrugos, en el frío de la madrugada y en tierra de lobos. Y sólo Dios sabe lo que me espera todavía…
Como en un sueño funesto, en medio de las tinieblas, los lobos en efecto les saludaban, con sus no tan lejanos aullidos desde las colinas. Como si pudieran entender que la sangre iba a ser derramada y que habría parte para ellos en el festín. Como si fueran ellos mismos, también, bagaudas que merodeaban los límites de las haciendas y de los pastos.
¿Los oyes, Cazador? Son tus amigos, los lobos de la estepa, pero pronto roerán tus huesos. Vas a lamentar haberte cruzado en mi camino, como tantas veces te advertí. Pero ahora tendrás tiempo para pensar, tú tranquilo, mientras llega tu maldita hora.
[1] Esta frase es de un poema de Ovidio y, a continuación, Mayordomo hace ver que por su superior rango está más cerca de aspirar a la hermana de su Señor.
[2] Digo esto desde el punto de vista de la intensa mentalidad patriarcal de la época.
[3] Homenaje a Galdós en su centenario, pues esa frase es suya, aunque no se refiere al Nubis (Carrión) sino al Urola: de su obra Zumalacárregui.

*La madre de Serena, Víctor, Flavia y Cesaro. La esposa del General Asturio y Señora de la Casa, que gobernaba sentada a la derecha de su marido. Varias de estas fotos pertenecen al archivo fotográfico de la Diputación de Palencia cedidas para la divulgación cultural del yacimiento *
[1] Esta frase es de un poema de Ovidio y, a continuación, Mayordomo hace ver que por su superior rango está más cerca de aspirar a la hermana de su Señor.
[2] Digo esto desde el punto de vista de la intensa mentalidad patriarcal de la época.
[3] Homenaje a Galdós en su centenario, pues esa frase es suya, aunque no se refiere al Nubis (Carrión) sino al Urola: de su obra Zumalacárregui.































