En un nuevo episodio de La Grieta Podcast, el abogado penalista José Luis Gutiérrez Aranguren analiza en profundidad uno de los casos más mediáticos y controvertidos de la historia reciente en España: el asesinato de Asunta Basterra. Con una trayectoria marcada por procedimientos complejos, Aranguren fue el defensor de Rosario Porto, madre de la menor y condenada por su muerte. En esta entrevista, el letrado ofrece una visión crítica del proceso judicial y sostiene que se cometieron graves errores desde el inicio de la investigación, pero va más lejos con afirmaciones brutales que no ayudan a creer en el Sistema Judicial de España.

“No había ninguna prueba de cargo, sino sólo presunciones. Se condenó en base a pruebas indiciarias. Esto fue un cúmulo de errores (por ser moderado con las palabras)”.
“Si yo hubiera tenido la mínima evidencia de quién era culpable, lo habría dicho.”
“La cárcel no reinserta. La cárcel es castigo y ésa es su función. La haces, la pagas.”
“No tengo pruebas, pero alguien de la casa filtró información. Esto fue el combustible para las intoxicaciones en la prensa y la contaminación del jurado y el público. Fue una maniobra interesada”
“Para mí era un caso fácil desde el punto de vista de la defensa. De los más fáciles que nunca tuve”.
“Las pruebas de descargo existen en el caso Asunta. Lo que no existen son pruebas de cargo y no se podía condenar.”
“Yo agoté todas las instancias. Cuanto más subía en la escala judicial, más decepción me llevaba.”
“Nunca cambió su versión.”
(refiriéndose a Rosario Porto)
“Hay gente inocente que ha sido condenada.”
“Lo de sabios y honestos es rectificar.”

Un caso que, según el abogado, nació viciado
Aranguren define el procedimiento como “un cúmulo de errores”. Según explica, desde el primer momento se orientó la investigación hacia una única hipótesis: la culpabilidad de los padres. A su juicio, cualquier dato que no encajara en esa narrativa fue descartado o minimizado.
El abogado insiste en que no existieron pruebas de cargo sólidas, sino interpretaciones, inferencias y lo que denomina “falsos positivos”. Señala que se tergiversaron versiones oficiales, se vulneró el secreto de sumario y se generó una presión mediática que, en su opinión, contaminó el ambiente previo al juicio con jurado.
Para Aranguren, la trascendencia mediática fue determinante. El caso alcanzó dimensión internacional y, según relata, resultaba prácticamente imposible encontrar en Santiago a alguien que no tuviera una opinión formada y antes siquiera de iniciarse el juicio: «por encima de la Ley del Jurado que obliga a que exista jurado en un asesinato existe el derecho constitucional de juicio justo y yo advertí desde el principio que Rosario Porto no iba a tenerlo«.
Las dudas sobre las pruebas
Uno de los puntos más relevantes de la entrevista es la crítica a la valoración de las pruebas. El abogado afirma que demostró que el recorrido temporal atribuido a Rosario Porto para trasladar el cuerpo era materialmente imposible. Según su versión, no existía tiempo suficiente para realizar el trayecto, depositar el cadáver y limpiar cualquier vestigio.
También cuestiona la interpretación de elementos como las llamadas “cuerdas naranjas”, que, según él, pasaron de ser un objeto común en la zona rural gallega a convertirse en pieza clave sin una acreditación pericial concluyente que confirmara que fueran las mismas encontradas en el domicilio.
Otro punto controvertido fue el consumo de lorazepam. Aranguren sostiene que, con la cantidad señalada por los informes, la menor debería haber fallecido en cuestión de minutos o haber estado en estado precomatoso, pero existen testimonios que sitúan a la niña viva horas después del momento en que, según la acusación, ya habría sido asesinada.
Asimismo, expone contradicciones en declaraciones de testigos, dudas sobre análisis forenses y lo que considera irregularidades en la cadena de custodia de determinadas pruebas biológicas.
La figura del jurado y la contaminación mediática
En La Grieta Podcast, Aranguren reflexiona ampliamente sobre el funcionamiento del jurado popular en España. Defiende la institución en abstracto, pero considera que en este caso concreto el jurado estaba condicionado por la presión social y mediática previa. Afirma que intentó sin éxito evitar que el procedimiento se celebrara ante jurado, argumentando que resultaba imposible garantizar imparcialidad en un entorno donde la opinión pública ya había señalado culpables.
También se muestra crítico con el sistema de deliberación y con la posible influencia técnica en la redacción del veredicto, aunque reconoce no disponer de pruebas para afirmarlo de forma categórica.

Rosario Porto y el cambio de versión
El abogado sostiene que Rosario Porto nunca cambió su testimonio en lo esencial. Reconoce que existió una omisión inicial —no mencionar que había pasado por una gasolinera— pero atribuye ese detalle al estado emocional extremo que atravesaba en el momento de la declaración. Según Aranguren, la posterior condena y el traslado penitenciario agravaron la situación psicológica de su clienta. Afirma que solicitó en varias ocasiones autorización para visitarla, temiendo un desenlace fatal, y critica la gestión del protocolo antisuicidio tras su muerte en prisión.
Las anécdotas que marcaron la defensa de Rosario Porto, según José Luis Gutiérrez Aranguren
Más allá del análisis técnico del procedimiento, lo que realmente impacta de la entrevista de José Luis Gutiérrez Aranguren en La Grieta Podcast son las anécdotas concretas que relata. No son simples recuerdos: él las presenta como momentos clave que, en su opinión, evidencian fallos graves en la investigación y en el juicio.
Una de las escenas que más enfatiza el abogado es la existencia de una grabación de seguridad de una entidad bancaria cercana al domicilio de Alfonso Basterra. Según el relato oficial, Asunta ya habría ingerido una cantidad de lorazepam que, de acuerdo con los informes periciales, debería haberle provocado la muerte en minutos o, como mínimo, un estado precomatoso.
Sin embargo, Aranguren explica que existe una imagen captada por una cámara en la que la menor aparece saliendo del domicilio y caminando con normalidad horas después. Para él, esa grabación desmontaba la tesis cronológica de la acusación. Lo que más le sorprendió, cuenta, no fue la existencia de la imagen, sino que su relevancia no tuviera el peso determinante que, a su juicio, debía tener.

El testigo que cambió su versión y la razones que aporta el abogado de Rosario Porto
Otra anécdota que detalla es la del hombre que acudió voluntariamente a comisaría tras leer en prensa la noticia de la desaparición. En su primera declaración, afirmó haber visto a la niña en la tarde del crimen en un punto concreto de Santiago.
Pero cuando llegó el juicio, ese mismo testigo cambió radicalmente su versión y aseguró que no estaba seguro de que fuera Asunta. Aranguren relata cómo pidió que declararan los policías que habían recogido la primera manifestación, y estos confirmaron que el hombre había asegurado “sin ningún género de dudas” que era la menor.
Para el abogado, ese giro fue revelador. No tanto por el cambio en sí, sino por el contexto en que se produjo.
El “hombre del semen” y la llamada previa
Una de las anécdotas más delicadas que expone tiene que ver con la aparición de restos biológicos que, en un primer momento, apuntaban a un tercero investigado por agresión sexual. Según Aranguren, este individuo declaró que la Guardia Civil lo avisó previamente de que iban a tomarle declaración en Madrid.
En el juicio, el propio investigado reconoció que fue advertido con antelación para que preparase una coartada. Para el abogado, ese detalle abría interrogantes sobre la espontaneidad y fiabilidad de la coartada posterior, que incluía una supuesta cena en un restaurante y la recogida de un traje de novio. El dueño del restaurante, según el relato en el podcast, declaró no recordar haberle servido esa noche y añadió que él no trabajaba en horario de cenas. El empleado del comercio tampoco confirmó con rotundidad la entrega del traje.
El policía que sabía el veredicto antes de salir
Entre las historias que más le marcaron personalmente está una vivida en su primer juicio con jurado. Mientras esperaba en el pasillo antes de la lectura del veredicto, un policía de paisano le comentó que “estaban a punto de salir”.
Aranguren recuerda haberse preguntado cómo podía saberlo si las deliberaciones se realizaban en una sala cerrada. No lo presenta como prueba de nada, pero sí como una experiencia que le hizo reflexionar sobre los contactos y filtraciones en determinados procedimientos.
Otra escena significativa tuvo lugar en la presentación de un libro en A Coruña. Dos hombres se le acercaron y, tras pedirle disculpas por interrumpirlo, uno de ellos —según cuenta— se identificó como comisario de policía. El mensaje fue directo: “Lo que se hizo con su cliente no tiene perdón de Dios”. Aranguren subraya que aquella frase le impactó profundamente, sobre todo porque venía de alguien con experiencia en investigaciones penales y que, además, afirmó tener buena relación con el juez instructor.
Las cuerdas naranjas que desaparecieron y el problema del hallazgo del cadáver
En el juicio se habló mucho de unas cuerdas naranjas utilizadas para atar el cuerpo. Según la versión que circulaba en los primeros días, eran habituales en el rural gallego, especialmente en la zona de Teo. Sin embargo, explica el abogado, cuando solicitó que se investigara su procedencia, la respuesta fue que ese tipo concreto no se comercializaba en España.
Lo que le resultó llamativo fue el cambio de narrativa: de objeto común a elemento casi imposible de rastrear. En sala, los técnicos reconocieron que no podían afirmar con certeza que las cuerdas halladas en el domicilio fueran exactamente las mismas que las encontradas en el cuerpo.
También recuerda la reconstrucción realizada en el lugar donde apareció el cadáver. En el sumario inicial se afirmaba que el cuerpo era perfectamente visible gracias a la luna llena. Sin embargo, cuando se recrearon las condiciones ante los medios, se presentó un escenario de oscuridad casi total.
Para Aranguren, ese contraste en ambas situaciones, tan importantes, ejemplifica cómo, según su percepción, determinados elementos se reinterpretaron a lo largo del proceso. Y siempre en una única dirección.
El protocolo antisuicidio de Rosario Porto se incumplió de forma surrealista
La muerte de Rosario Porto en prisión es otra de las anécdotas que menciona con tono especialmente crítico. Señala que estaba bajo protocolo antisuicidio y que, aun así, disponía de un cinturón con el que se quitó la vida. Además, afirma que nunca recibió efectos personales ni posibles escritos que, en su opinión, podrían haber existido. No aporta pruebas concluyentes, claro, porque no estaba allí cuando pasaron las cosas, pero deja clara su convicción de que quedaron aspectos sin aclarar que son muy graves.
Estas anécdotas, narradas con detalle por José Luis Gutiérrez Aranguren en La Grieta Podcast, no solo forman parte de su memoria profesional, sino que constituyen la base emocional y argumental de su defensa pública del caso. Más allá de la sentencia firme, el abogado mantiene que hubo elementos que, como mínimo, merecían una valoración distinta.
El jurado que ya tenía opinión antes de empezar
Cuenta que en uno de sus primeros juicios con jurado popular llegó a la conclusión de que parte del jurado entraba en sala con una idea prácticamente formada. No porque hubiera mala fe, sino porque el caso había sido ampliamente tratado en prensa local durante meses.
Recuerda especialmente el momento de las miradas en sala. Dice que como abogado aprendes a leer gestos, microexpresiones, atención real o desconexión. Y en ese juicio notó que algunos miembros del jurado reaccionaban emocionalmente a ciertos detalles antes incluso de que se practicara la prueba completa. Esa experiencia le hizo cuestionarse hasta qué punto el jurado popular es verdaderamente impermeable a la presión ambiental.
En la conversación mantenida en La Grieta Podcast, el abogado penalista José Luis Gutiérrez Aranguren no solo expone argumentos jurídicos, sino que intercala una serie de anécdotas concretas que, más allá del caso Rosario Porto, dibujan su trayectoria y su visión crítica del sistema judicial español.
Una de las más llamativas es la relacionada con su primer juicio con jurado. Relata cómo, tras finalizar las deliberaciones, estaba esperando en un pasillo cuando un policía de paisano le dijo que el veredicto estaba a punto de salir. Lo que le inquietó no fue el resultado, sino cómo aquel agente podía saberlo si, en teoría, el jurado debía estar aislado. Ese episodio le reforzó la sospecha de que el sistema de jurado en España no garantiza el aislamiento real que sí existe, por ejemplo, en Estados Unidos, donde los miembros del jurado permanecen incomunicados durante todo el proceso deliberativo.
Un comisario confesó que el crimen tuvo lugar en Santiago y no en la pista donde apareció el cuerpo
Otra anécdota especialmente significativa es la conversación privada con un comisario de policía tras la presentación de un libro en A Coruña. Dos personas se acercaron a él para expresarle que lo ocurrido con su clienta, Rosario Porto, “no tenía perdón de Dios”. Una de ellas resultó ser comisario y, según relata Aranguren, le confesó que el crimen tuvo lugar en Santiago y no en la pista donde apareció el cuerpo, insinuando que la investigación oficial pudo haber seguido una dirección equivocada desde el principio. El abogado presenta esta conversación como una confirmación informal de sus propias sospechas.
Más allá del caso concreto, la entrevista deriva hacia una reflexión amplia sobre el sistema judicial español. Aranguren denuncia falta de medios, excesiva carga de trabajo para los jueces y una preocupante presión por la celeridad en las resoluciones. Defiende que la justicia es una actividad humana imperfecta y reconoce que existen condenas erróneas, aunque estadísticamente sean pocas. Sin embargo, insiste en que “no debería existir ninguna”.
En relación con otras leyes polémicas, como la reforma del “solo sí es sí” o la normativa sobre violencia de género, el abogado sostiene que el verdadero problema en los delitos sexuales no es tanto la redacción legal como la dificultad probatoria inherente a este tipo de casos. Al ser preguntado qué cambiaría si pudiera volver atrás, Aranguren reconoce que quizá fue demasiado correcto en su exposición ante el jurado y que confió en exceso en la fuerza técnica de sus argumentos. Mantiene, no obstante, su convicción de que no existían pruebas suficientes para condenar a su clienta y concluye con una afirmación contundente: ojalá algún día se conozca toda la verdad sobre lo ocurrido.
La entrevista en La Grieta Podcast deja una reflexión inquietante sobre los límites de la justicia, el peso de la opinión pública y la complejidad de los procesos penales mediáticos. Una conversación incómoda, extensa y profundamente crítica que reabre interrogantes sobre un caso que, oficialmente, está cerrado.
El “hombre del semen”, un individuo cuyo ADN apareció en la camiseta de la víctima
Como hemos dicho, se describe el episodio del llamado “hombre del semen”, un individuo cuyo ADN apareció en la camiseta de la víctima. Según cuenta, este hombre habría sido avisado por miembros de la Guardia Civil antes de que fueran a tomarle declaración en Madrid, lo que le permitió preparar una coartada. Aranguren explica que solicitó la declaración del dueño del restaurante donde supuestamente cenó el sospechoso y de empleados del establecimiento donde afirmó haber recogido un traje. Ambas versiones, según el abogado, no confirmaron la coartada. Además, añade que la fotografía que supuestamente acreditaba su presencia en Madrid no tenía metadatos que demostraran que hubiera sido tomada el mismo día en que se subió a redes sociales.
Otra anécdota técnica pero impactante es la que relata sobre una prueba de ADN en un caso distinto, anterior al de Asunta. Sus clientes negaban haber cometido una violación y aceptaron someterse a una prueba de paternidad tras quedar embarazada la denunciante. El resultado arrojó un 99,99% de coincidencia. Sin embargo, Aranguren acudió al catedrático Ángel Carracedo, quien —según su relato— le aseguró que la prueba estaba mal hecha y manipulada y que no tenía validez científica: «son alumnos míos. Menuda golfería«. El abogado utiliza este ejemplo para subrayar que incluso pruebas aparentemente irrefutables pueden ser defectuosas.
En otro momento menciona una experiencia en el juzgado de Cangas, cuando defendía a Sinaí Jiménez. Relata que el juez los hacía esperar durante horas antes de cada sesión. En una ocasión le llamó “mal educado” en sala y le dijo que lo denunciaría ante el Tribunal Superior. El episodio refleja el tono de confrontación que, según él, puede existir entre defensa y juzgado cuando se perciben irregularidades. No hay que callarse cuando los encargados de hacer justicia actúan de forma despótica y falta de consideración, incluso contra otros propios profesionales del Derecho, como los abogados.
Algunos funcionarios la tenían “cruzada” porque no soportaban su nivel cultural
También recuerda un episodio en prisión relacionado con Rosario Porto. El entonces director del centro penitenciario de Teixeiro le habría advertido de que algunos funcionarios la tenían “cruzada” porque no soportaban su nivel cultural y que en prisión a veces se ejerce la autoridad de forma arbitraria para demostrar quién manda. Aranguren explica que siempre agradeció la franqueza de aquel director, a quien felicita cada Navidad.
Estas anécdotas, todas narradas por el propio José Luis Gutiérrez Aranguren en la entrevista, funcionan como piezas complementarias a su discurso principal: su desconfianza en determinadas dinámicas procesales, su crítica al uso de pruebas indiciarias mal fundamentadas y su defensa de la presunción de inocencia incluso en casos de máxima presión mediática.
Un atraco a una gasolinera en el que uno de los acusados nunca entró en el establecimiento, pero fue «identificado»
Incluso se cuenta un ejemplo práctico que solía explicar a un magistrado del Tribunal Supremo para ilustrar cómo pueden producirse errores judiciales. Describe un atraco a una gasolinera en el que uno de los acusados nunca entró en el establecimiento, sino que esperaba a 300 metros en el coche. Sin embargo, la acusación lo situaba dentro del local. Para Aranguren, ese tipo de matices pueden perderse si el juez no profundiza en los detalles que el abogado conoce porque su cliente se los ha contado íntegramente.
























