Agradecimientos a Eduardo Valero García por su artículo. Ignacio María de San Pedro, más conocido como Arcilla o Cristobalia. Si hace unos días rescaté del olvido la trayectoria del pintor y vehemente orador revolucionario Nicanor del Riego Pérez, apodado «el hombre del sombrero de paja», en esta ocasión traigo a la memoria a otro de esos personajes singulares que dejaron huella en el Madrid popular. Esta biografía nace no del azar, sino del interés de D. José Ángel Fernández de la Calle y de los recuerdos que despertó en él aquel texto anterior sobre Nicanor. (José A. Fernández de la Calle es miembro/seguidor del grupo de Facebook de las Jornadas Madrileñas de Novela Histórica.) Fue él quien aportó detalles sobre el talante y la estampa del protagonista que sigue, procedentes de esas historias que viajan «de boca a oído», como acertadamente señaló, además de las anécdotas transmitidas por su hermano. Incluso evocaba haberlo visto por Chamberí, caminando por la calle Eloy Gonzalo. Se suele decir que los borrachos, los locos y los niños no mienten jamás; quizá la vida de este personaje pintoresco confirme el refrán. Que el lector decida tras recorrer su historia.
Ignacio María de San Pedro y Pérez Montes vino al mundo con el siglo XX en San Mamés, pequeña localidad integrada en el municipio cántabro de Polaciones. Era un individuo peculiar, extravagante y excéntrico, dotado de una oratoria persuasiva que desplegaba en prosa rimada, del mismo modo que plasmaba sus ideas por escrito. «Las sílabas de los renglones / no me entretengo en medir. / Sólo tengo que decir / la verdad a borbotones.» Su aspecto parecía salido de una comedia del Siglo de Oro: lucía espesa barba y larga cabellera cayendo sobre los hombros; vestía capa y, hasta el final de sus días, calzó sandalias en cualquier estación del año. Hijo de hidalgos afirmaba ser, y no resulta improbable, pues formación y cierta posición debió de tener en la juventud. Una nota publicada en ABC llegó a insinuar que quizá ejerció como alcalde de Polaciones antes de perder la cordura. «Si antes fui rico, / ahora no lo soy; / pero no cierro el pico. / No tengo dinero / —mi tesoro es mi cabeza—; / pero tengo el talento / que me dio la madre Naturaleza.»
Se autodenominaba «Hispano Sumo Pontífice del Naturismo Universal», título que estampaba en sellos y octavillas. Defendía con fervor el contacto con la naturaleza como fuente de salud y remedio de dolencias. «Antiguamente se comían muchas bellotas, y no había, como hoy, tantos idiotas de células rotas, que encierran sus pies en incómodas botas», recitaba en su rima desaliñada, convencido de las virtudes de frutas, verduras y frutos secos, y del beneficio de caminar con los pies casi desnudos sobre la tierra, de ahí su fidelidad a las sandalias, aunque su imaginación pareciera elevarse a otras alturas. Fernández de la Calle recordaba haberlo visto «en las proximidades del hospitalillo donde se dispensaban recetas homeopáticas al lado de la Glorieta de Quevedo.»
De estatura discreta, su abundancia capilar contribuía a darle un aire aún más singular. No pasaba inadvertido por sus discursos, su atuendo ni sus gestos enfáticos, y menos todavía por las reivindicaciones que acabarían otorgándole el sobrenombre de «Cristobalia». Hombre instruido, ingenuo y reflexivo, ya en la treintena —desde entonces Cristobalia— recorrió distintas ciudades hasta que en 1934 recaló en Madrid. Se alojó en la calle del Pez, 20, segundo, llevando consigo apenas unos enseres y, como tesoro principal, un tubo con el mapa de las Américas y un huevo de madera con el que reproducía la célebre hazaña atribuida a Colón. Porque era un ardiente defensor de la memoria de Cristóbal Colón y emprendió una cruzada que delataba su trastorno mental, que lo tenía. Consideraba una injusticia que las antiguas Indias llevaran el nombre del cosmógrafo Amerigho Vespucci, de quien decía: «Americo Vespucio es un italiano sucio / que hay que cortarle el prepucio.»
Por ello viajó por España, Cuba y África proclamando su protesta y exigiendo que el Nuevo Continente adoptara el nombre de Cristobalia, en homenaje al navegante genovés. «Bautizó gente extranjera / medio mundo de la esfera / con nombre que no tolera / la madre de las Españas. / República por monarquía / hemos cambiado en Ibérica. / Cristobalia, donde América / antes, recio, se imprimía.» Sus discursos solían conducirle al calabozo o al manicomio en numerosas ciudades. Tras combatir en la Guerra del Rif y participar en Annual —poco después, El desastre de Annual— regresó a España. En Valladolid, incomprendido, fue internado en un psiquiátrico; allí comenzó a expresarse sistemáticamente en rimas consonantes y asonantes. Aseguraba haber sido ingresado veintiséis veces, muchas en el Sanatorio del Doctor Esquerdo. En Barcelona lo detuvieron durante un mitin en la playa La Deliciosa, y en Valencia fue arrestado por exhibir su mapa junto a la Virgen del Pilar. «Después que una multitud / de juventud / me aplaudía, / me llevó un policía / a la Comisaría, / y me preguntó el oficio que tenía. / Y, como siempre, contesté sin cobardía / la siguiente poesía: / Soy ingeniero mecánico social / y estoy cambiando / y quitando / la pieza principal / de la máquina gubernamental, / que está funcionando bastante mal.»
Sin embargo, su llegada a Madrid resultó más favorable. Obtuvo uno de sus primeros éxitos en el Café Iruña de la concurrida Gran Vía (Avenida de Eduardo Dato, 8), adonde lo condujo un grupo de isidros santanderinos para hablar de naturaleza y, con permiso del propietario, exponer su causa. Aquellas intervenciones recordaban la carta que en 1936 envió al escritor y periodista Fernando Segura Hoyos (Nostradamus), entonces columnista de El Cantábrico, redactada en la Casa de la Montaña y firmada por él mismo, cuyo extenso contenido comenzaba así: «El amable conserje de esta síntesis montañesa, me facilita papel y sobre para escribirle a usté esta carta. Vine de la Montaña para realizar en España una portentosa hazaña…» y concluía solicitando ayuda económica: «Para publicar mis verdades completas, necesito unos cuantos miles de pesetas. El precio es a voluntad. Muy agradecido.»
Tras la guerra incivil animó tertulias en el renovado Pombo. En 1935 incluso pidió que la avioneta del aviador Ignacio Pombo Alonso-Pesquera llevara el nombre de Cristobalia en su vuelo entre Santander y México. Contra lo que pudiera pensarse, reunió numerosos adeptos; el periodista Antonio Otero Seco comprobó que personalidades como Jacinto Benavente, Rafael Altamira, Ramón Gómez de la Serna, José Mojica, José Gutiérrez Solana, Francisco Vighi, varios periodistas, ministros y la actriz Greta Garbo habían estampado su firma en su álbum de adhesiones.
Su verbo rimado atrajo la atención de Juan Aparicio López, director del diario Pueblo entre 1946 y 1951. Durante un tiempo publicó versos cargados de disparates festivos que, pese a su aparente inocuidad, acabaron ocasionando problemas al director, obligado a prescindir de él por exigencias de censura. En 1947 perdió barba y melena tras un altercado con la policía; el comisario decidió afeitarle para apaciguarlo, y aquel despojo capilar lo mantuvo recluido meses en su pensión. Reapareció en abril de 1948, retomando su prédica por calles, metro y tabernas.
Con el paso de los años modificó su propuesta: América debía llamarse «Isabelia», en honor a Isabel la Católica. Sustituyó el viejo mapa por un grabado con la inscripción ISABELIA y diversas leyendas, entre ellas: «Colombia honra a Colón e Isabelia a Isabel, pues en la nación era más grande que él.» y «Por Castilla y por León Isabelia halló Colón.» Respaldaba la idea con la fundación de la «Sociedad de Damas y Caballeros de Isabel de Castilla y León y de un mundo con vida más sana, santa y sencilla, basada en la lógica o razón», cuyos impresos incluían proclamas como: «El prosista-poeta solicita el apoyo popular y oficial de todo el planeta, para honrar la memoria inmortal de Reina tan genial y fundar en Madrid el Supergobierno mundial.»
El 11 de enero de 1951 un diario zamorano informó de su detención en Santiago de Compostela, reclamado por un juzgado madrileño. No sería la última vez que sus campañas le acarrearan problemas judiciales. En 1972 el periodista Antonio Iglesias Laguna mencionaba en ABC la noticia de su fallecimiento. Sus últimos años transcurrieron entre las calles y el Manicomio de Ciempozuelos, del que salía casi a diario al ser considerado «loco no peligroso». Un vecino, don Manolo Merino, recordaba verlo pasear y cómo los niños lo admiraban. Hacia 1972 ya no salía y apenas reconocía a nadie. Tal vez entonces habría iniciado su cruzada definitiva en otros cielos, empeñado en convencer de que debía decirse «¡Adiós!» pero también «¡Adiosa!», porque para él las mujeres fueron siempre Diosas. Y volvería a la madre Naturaleza, descansando bajo la tierra para alimentar las flores de futuras verbenas.
Éste es mi recuerdo y homenaje a Cristobalia, un loco cuerdo, o quizá lo contrario.






















