Hoy veremos ejemplos históricos del trato dado a los prisioneros de guerra en la Historia, que casi siempre ha dejado mucho que desear.
En la imagen: guerreros mayas marchando a la guerra con todo el armamento y la panoplia típica de sus ejércitos.

Los prisioneros de guerra en las culturas precolombinas
Esta notable escultura tallada en madera fue preservada durante siglos bajo capas de guano en la Isla Macabi, frente a la costa de La Libertad, en Perú.

Procedencia: Isla Macabi, La Libertad, Perú.
Fuente técnica: C. Pardo y J. Cooper, Perú: un viaje en el tiempo, British Museum (2021).
Créditos de imagen: © The Trustees of the British Museum. Publicado con fines educativos e informativos.
Se trata de una de las evidencias más impactantes del complejo sistema ritual de la cultura Moche. La pieza muestra a un prisionero completamente desnudo con una cuerda alrededor del cuello, un elemento que sugiere su condición de cautivo. Su origen queda insinuado en un detalle característico del peinado: una marca en forma de “V” invertida, rasgo asociado a guerreros procedentes del altiplano andino que habrían sido capturados durante enfrentamientos.
A pesar de que el personaje porta un tocado que podría indicar cierto rango o prestigio previo, su desnudez y su actitud corporal reflejan la pérdida de estatus que acompañaba a la derrota. La escultura no solo cumplía una función representativa, sino que también actuaba como vasija escultórica. Fue descubierta junto a otras piezas comparables que representaban oficiales y figuras míticas, lo que refuerza la idea de que las islas situadas frente al valle de Chicama funcionaban como espacios rituales o depósitos con profundo significado simbólico en tiempos prehispánicos.

Este relieve maya, conocido como Presentación de cautivos ante un gobernante, es una obra tallada en piedra caliza que pertenece al periodo Clásico Tardío, alrededor del año 785 d.C.
La escena representa un episodio de gran relevancia política y militar en la zona del río Usumacinta, situada en lo que hoy es Chiapas, México.
En el panel aparecen cinco personajes. En la parte superior izquierda se distingue al gobernante de Yaxchilán, identificado como Itzamnaaj Bʼalam III, sentado sobre un trono dentro de un espacio palaciego, sugerido por las cortinas decorativas que enmarcan la escena. Frente a él, a la derecha, se sitúa su sajal o comandante militar, Aj Chak Maax, quien presenta a los prisioneros.
En la parte inferior izquierda se observan tres cautivos atados. Se cree que podrían haber sido escribas, debido a los tocados con nudos hun (símbolo asociado al libro) y al conjunto de varillas que porta el individuo situado al frente, elementos característicos de este oficio. En la sociedad maya, capturar escribas tenía un valor simbólico importante, ya que eran responsables de registrar los logros de sus gobernantes; tras su captura, era habitual inutilizar sus manos rompiéndoles los dedos. La inscripción glífica recoge la fecha del 23 de agosto de 783 d.C. y relata tanto la captura de un personaje noble como una ceremonia de autosacrificio ritual llevada a cabo tres días más tarde bajo la supervisión del gobernante.
Este relieve resulta especialmente singular porque incluye la firma del artista, visible en un panel vertical formado por cuatro glifos bajo el brazo extendido del sajal. Las piezas firmadas son extremadamente poco frecuentes en el arte maya, lo que sugiere que esta obra tenía un valor destacado en su contexto original. En su origen, el relieve estuvo policromado con colores intensos; aún se conservan restos de pigmentos rojos, tonos amarillo-anaranjados y el característico azul maya. Es probable que formara parte de un dintel colocado sobre una entrada o de un panel decorativo en el interior de un edificio.
Prisioneros de guerra asirios
Este tipo de relieves formaba parte de los programas decorativos de los palacios reales y cumplía una función propagandística, mostrando el poder militar del rey asirio y las consecuencias de sus campañas. Las representaciones de cautivos, familias desplazadas y ciudades sometidas eran frecuentes en estos paneles, que narraban visualmente las victorias y la dominación ejercida por el imperio sobre sus territorios. El propio Israel sufrió este proceso de ocupación militar, sometimiento y hasta desplazamiento masivo de judíos lejos de su país, siendo sustituidos allí por poblaciones de otras zonas del Imperio de Asiria. Samaría o Galilea fueron provincias vaciadas y repobladas por los asirios, lo que explica en buena parte muchos detalles importantes del Evangelio.
Bajorrelieve tallado en alabastro que representa a dos mujeres y un niño convertidos en prisioneros tras la conquista de su ciudad por el ejército asirio. La escena corresponde a un detalle del Panel 5 (parte inferior), ubicado en la Sala B del Palacio Noroeste de Nimrud, en el actual territorio de Irak. La obra pertenece al período del Imperio neoasirio y se fecha aproximadamente entre los años 865 y 860 a. C.
Colección: British Museum
©️ Fotografía: Osama Shukir Muhammed Amin
Txikia-Artis

Los cántabros fueron vencidos varias veces y exterminados por negarse a someterse

Los cántabros derrotados por los romanos, como otros pueblos que sufrieron el rodillo imperialista del Senado y el Pueblo de Roma, fueron sometidos a esclavitud y en gran parte desplazados muy lejos de su tierra, pero en cierto momento de su sometimiento se sublevaron coordinadamente en diversos lugares del Imperio y mataron a sus amos, regresando a Cantabria por todos los caminos para encender allí una guerra que los vencedores creían terminada para siempre.
Por su parte, los íberos y, en particular, los cántabros, no se quedaban cortos a la hora de derramar la sangre de sus cautivos, a los que sacrificaban a sus dioses de la guerra junto a algunos caballos, tanto para congraciarse con tales entes superiores como para atemorizar al enemigo.

El espantoso destino que les esperaba a los cristianos derrotados en las aceifas cordobesas
Del espantoso destino que les esperaba a los cristianos derrotados en las aceifas cordobesas de los siglos VIII-IX-X y de épocas posteriores, nos informan con claridad las fuentes islámicas, que pese a su triunfalismo propagandístico abultando posiblemente las cifras de odiados politeístas aniquilados, están describiendo unos hechos auténticos que se repitieron en el tiempo:
El alfaquí Ibn al-Kardabūs refiere en su “Historia de Al-Andalus” que tras la derrota de Alfonso VI en Sagrajas (1086) “los musulmanes se apresuraron a cortar cabezas de los politeístas y construyeron con ellas los alminares que hay en los patios de las aljamas y desde lo más alto de ellos los almuédanos tres días llevaron a cabo la llamada a la oración”.

Tales crueldades eran celebradas por los cronistas musulmanes y fueron habituales desde los tiempos de las campañas de los ejércitos cordobeses contra el Reino de Asturias y los núcleos de resistencia norteños más orientales. En el “Dikr bilad al-Andalus” (p. 120/p. 154) se afirma que en la brutal incursión contra Álava en el 839 “el imán, Abd al-Rahman b. al-Hakam realizó una incursión por tierras cristianas en la que hizo una gran matanza; las cabezas cortadas fueron apiladas y era tan grande su número que un jinete montado no podía ver a otro que se hubiera colocado del otro lado”.
En la aceifa de ʿUbayd Allah, general del emir al-Hakam I, que en 811/12 atacó Barcelona: “Terminado el combate, ʿUbayd Allah ordenó plantar en tierra una larga pica, en torno a la cual fueron colocadas las cabezas de los infieles hasta alzarse por encima y ocultar su punta, sin poderse conocer dónde estaba en medio de las cabezas apiladas en su derredor hasta asentarse sobre el suelo; luego ordenó a los almuédanos subir a la cima de tal colina para llamar a la oración desde encima. Fue una campaña memorable, asistida por el favor divino, enormemente demoledora para los infieles, en la veste de cuya gloria se pavoneó el islam por largo tiempo” (Muqtabis II/1, f. 102r/p. 52).
Tras la batalla de Guadacelete (Toledo, junio de 854), en la que el emir Muhammad derrotó al conde asturiano Gatón, enviado por Ordoño I en apoyo de los toledanos sublevados contra Córdoba, “quedan sobre el campo de batalla y en los alrededores ocho mil cabezas, que amontonan y que, por su yuxtaposición, formaron una elevada colina con la cual los musulmanes proclamaron la grandeza y la unidad de Dios, alabaron al Señor y le dieron testimonio de su fe. El emir Muhammad mandó la mayor parte de las cabezas a Córdoba, a la costa y también a la costa africana. El número total de enemigos desaparecidos a consecuencia de estos hechos, que tuvieron lugar en muharram (junio) ascendió a 20.000” (Bayan, II, p. 95).

El historiador Ibn Idari cuenta que, en la batalla de la Hoz de la Morcuera (Miranda de Ebro, 8 y 9 de agosto de 865), ʿAbd al-Raḥmān ibn Muḥammad inflingió una auténtica carnicería en las fuerzas del conde Rodrigo: “Alá concedió a los musulmanes un insigne favor al permitirles obtener esta brillante e importante victoria; ¡alabado sea el Señor de los mundos! Después de la batalla se reunieron veinte mil cuatrocientos noventa y dos cabezas” (al-Bayan al-Mughrib).
En el resumen del relato de la batalla de Muez (suroeste de Pamplona, 26 julio 920), en la que las fuerzas del leonés Ordoño II y del navarro Sancho Garcés sufrieron un tremendo desastre ante el emir ʿAbd al-Rahman, al-Razi refiere que al-Nāsir “De las cabezas de infieles logradas en las batallas citadas mandó a Córdoba por delante tan gran número que las acémilas no pudieron llevar todas y fueron izadas en estacas en torno a la ciudad” (Muqtabis V, p. 110/p. 133).
Un texto de Isa Ibn Ahmad al-Razi (Anales palatinos del califa de Córdoba al-Hakam II) relata el triunfo de Galib, visir del califa al-Hakam II en la expedición de marzo del año 971 contra los politeístas norteños, a los que llama en un pasaje anterior “tiranos gallegos”: “Llegaron asimismo noticias del ejército, refiriendo un encuentro habido entre centinelas musulmanas y politeístas a la orilla del Duero el sábado 7 de ramadán […] Trabado entre ellos violento combate a esta parte del río, se enardecieron los musulmanes, que, no obstante ser menos en número, les hicieron frente y pelearon con ellos largo rato, hasta dar cuenta de ellos y vencerlos. La noticia de este conato llegó al visir general Galib cuando estaba en su cuartel y, pareciéndole mal, cabalgó al punto con los hombres que estaban prestos y llegó al campo de batalla. Con ello, Dios hizo temblar la tierra para los politeístas, que huyeron para cruzar el río, mientras las espadas cumplían su oficio en los cuellos y en las espaldas de los infieles. Sufrieron recia matanza, pues no pudo escapar más que el que se dio prisa en tirarse al río, y dejaron tendidos en el campo, sólo de sus condes, cerca de veinte hombres, a quienes les fueron cercenadas las cabezas y de quienes se cogieron cumplidas lorigas, cascos protectores, almófares defensivos y armamentos completos, todo lo cual fue botín de guerra para los musulmanes. El partido de los infieles se retiró cubierto de ignominia”.
Los anteriores ejemplos, lejos de ser casos aislados, aparecen recurrentemente en las crónicas musulmanas de Al-Andalus: hay cantidad de testimonios de decapitaciones y de crucifixiones, y no sólo referidos a las campañas contra los politeístas norteños, sino también a la propia población musulmana insurrecta ajusticiada (generalmente muladíes hispanovisigodos islamizados de las clases populares, y rivales de los emires pertenecientes a la propia oligarquía oriental), o a las persecuciones contra los cristianos mozárabes que vivían en el Emirato de Córdoba. Recomendable al respecto el trabajo de Cristina de La Puente “Cabezas cortadas: símbolos de poder y terror. Al-Andalus ss. II/VIII-IV/X”, así como el de Maribel Fierro titulado “El castigo de los herejes y su relación con las formas de poder político y religioso en Al-Andalus (ss.II/VIII-VII/XIII)”, sobre los duros castigos públicos impuestos por los gobernantes de Al-Andalus a quienes fueron vistos como una amenaza para su poder y su status.
La decapitación también era utilizada por los cristianos, tanto como castigo para reos de algún delito así como arma de terror psicológico en la guerra, pero no a los niveles masivos del emirato cordobés y luego del califato. Sobre ello puede consultarse el estudio de M. Rodríguez García, “Cabezas cortadas en Castilla y Leon, 1100-1350”.
Otros horrores eran los de sacar los ojos al condenado, de los que los monarcas cristianos se sirvieron en alguna ocasión para castigar a usurpadores y rebeldes, pero hoy va de cabezas cortadas de enemigos. Una práctica sangrienta que nos testimonia la crueldad del terror psicológico de la “guerra santa” que los ejércitos cordobeses desencadenaron contra las tierras de los “politeístas” cristianos. Nada que ver con esa Arcadia feliz donde supuestamente habrían convivido armoniosamente las tres comunidades religiosas peninsulares, según nos predican los propagandistas de la “alianza de civilizaciones”.

Un jefe enemigo reconoció el coraje de los defensores del Santuario de Santa María de la Cabeza
Hoy hace 87 años, a las 15.30 horas de la tarde, sucumbió el santuario de la Virgen de la Cabeza, reducto de la España Nacional durante casi 9 meses de durísimo asedio por parte de las fuerzas del Frente Popular. Fue defendido briosa y valerosamente por unos 200 miembros del Benemerito Instituto de la Comandancia de Jaén hasta casi el último hombre y sólo se rindió una vez caído el jefe de la posición, el capitán D. Santiago Cortes.
El enemigo empleó en el asalto final dos brigadas reforzadas. Frente a este ingente despliegue de medios del enemigo, en las trincheras de los guardias, apenas 70 hombres famélicos y heridos, pero dispuestos a vender cara su piel. El Teniente Coronel enemigo, el comunista Antonio Cordón, en su informe, hizo mención a que hubo que asaltar los parapetos del enemigo para ocupar la posición. Y una vez reunidos los prisioneros en la lonja del santuario, el comandante Cartón les dijo: «Sois unos valientes como el jefe que os mandaba. Con 200 como vosotros llegaba yo a Burgos«.
Para que aquel heroico hecho de armas, protagonizado por la Guardia Civil, no se olvide, mantengámoslo en la memoria, auténtica memoria histórica, y recemos una plegaria por los caidos. Siempre en nuestra memoria.
¡Viva España! ¡Viva la Guardia Civil! ¡Viva la Virgen de la Cabeza!





























