El hallazgo de restos de animales y del alca gigante en las Termas Romanas de Gijón
Las actuales Termas Romanas de Campo Valdés, uno de los espacios arqueológicos más visitados de Gijón, no solo han permitido conocer cómo era la vida cotidiana durante la época romana, sino que también han ofrecido una valiosa información sobre la fauna que habitó o pasó por la costa cantábrica hace siglos. Entre los descubrimientos más llamativos realizados durante las excavaciones arqueológicas destacan los restos de numerosos animales, entre ellos los de una especie extinguida que suele llamar especialmente la atención por su aspecto: el alca gigante, un ave marina incapaz de volar que a menudo es comparada con los pingüinos actuales.
Las excavaciones desarrolladas en el entorno de las termas sacaron a la luz miles de restos óseos que permiten reconstruir parte de la alimentación y de las actividades de los habitantes de la antigua Gigia, nombre con el que se conocía el asentamiento romano situado en la actual ciudad de Gijón. Los arqueólogos encontraron huesos pertenecientes a mamíferos domésticos como vacas, ovejas, cabras y cerdos, además de restos de peces, mariscos y diversas aves que formaban parte de la dieta habitual de la población.
Sin embargo, entre todos estos hallazgos apareció un descubrimiento especialmente singular: varios restos atribuidos al alca gigante (Pinguinus impennis). Esta especie, extinguida definitivamente en el siglo XIX, habitó durante miles de años las costas del Atlántico Norte. Su presencia en el registro arqueológico de Gijón constituye una evidencia de que estas aves frecuentaban las aguas cantábricas o llegaban hasta ellas en determinados periodos.
El alca gigante era un ave extraordinaria. Aunque popularmente se la compara con un pingüino debido a su aspecto físico, no estaba emparentada con ellos. Alcanzaba cerca de un metro de altura, presentaba un plumaje negro en la parte superior y blanco en el vientre, y poseía alas muy reducidas que utilizaba para impulsarse bajo el agua. Era una nadadora excepcional y obtenía su alimento principalmente capturando peces. Su incapacidad para volar la convertía en una presa relativamente fácil para los seres humanos cuando se encontraba en tierra.
Los restos encontrados en el yacimiento gijonés han permitido a los investigadores profundizar en la relación entre las comunidades humanas y la fauna marina de la costa cantábrica durante la Antigüedad. Aunque no se puede determinar con absoluta certeza cómo llegaron esos huesos hasta el lugar, una de las hipótesis más aceptadas es que los ejemplares fueron capturados y consumidos por los habitantes de la zona, del mismo modo que ocurría con otras especies aprovechadas para la alimentación.
La presencia del alca gigante en el norte de la Península Ibérica resulta especialmente relevante porque ayuda a comprender mejor la distribución geográfica histórica de esta especie. Durante mucho tiempo se consideró que sus principales áreas de reproducción se localizaban en regiones más septentrionales, como Islandia, Groenlandia o las costas de Canadá. Sin embargo, diversos hallazgos arqueológicos en la cornisa cantábrica han demostrado que su presencia era más amplia de lo que inicialmente se pensaba.
Junto a los restos del alca gigante, los arqueólogos identificaron huesos de otras aves marinas, peces de diferentes tamaños y numerosas especies de moluscos. Todo ello refleja la enorme importancia que tuvo el mar para los habitantes de la antigua Gigia. La proximidad de la costa facilitaba el acceso a una fuente constante de recursos alimenticios, lo que contribuyó al desarrollo y prosperidad del asentamiento romano.
Las Termas Romanas de Campo Valdés constituyen hoy un magnífico ejemplo de cómo un yacimiento arqueológico puede aportar información mucho más allá de la arquitectura o de los objetos fabricados por el ser humano.
Gracias al estudio de los restos biológicos recuperados durante las excavaciones, es posible reconstruir ecosistemas desaparecidos, conocer hábitos alimentarios antiguos y descubrir especies que formaron parte del paisaje natural hace cientos o incluso miles de años.
El caso del alca gigante resulta especialmente evocador porque conecta el patrimonio arqueológico con la historia de la biodiversidad. Esta ave desapareció para siempre en 1844, cuando fueron abatidos los últimos ejemplares conocidos en Islandia. Su extinción se produjo principalmente debido a la intensa presión humana, que aprovechó durante siglos sus huevos, carne y plumas. Por ello, cada hallazgo arqueológico relacionado con la especie adquiere un valor científico excepcional.
Quienes visitan hoy las Termas Romanas de Gijón suelen centrarse en los restos de las instalaciones termales y en la historia de la presencia romana en Asturias. Sin embargo, bajo ese mismo suelo aparecieron también testimonios de un mundo natural desaparecido, incluyendo los vestigios de una de las aves más fascinantes de Europa. Los huesos del alca gigante y de otras especies encontradas en el yacimiento recuerdan que la arqueología no solo permite descubrir cómo vivían nuestros antepasados, sino también conocer los animales que compartieron con ellos el territorio y cuya historia quedó enterrada durante siglos bajo las calles de la ciudad.
Cómo era la vida en la Gijón romana: el día a día de los habitantes de la antigua Gigia
Los hallazgos arqueológicos realizados en las actuales Termas Romanas de Campo Valdés no solo han permitido conocer qué animales formaban parte del entorno de la antigua ciudad, incluyendo especies tan sorprendentes como el alca gigante, sino también reconstruir cómo era la vida cotidiana de quienes habitaron la Gijón romana. Conocida entonces como Gigia, esta población costera se convirtió en un importante enclave del litoral cantábrico y desempeñó un papel destacado dentro de las rutas comerciales del norte de Hispania.
Aunque la ciudad romana era mucho más pequeña que la Gijón actual, su ubicación resultaba estratégica. Situada junto al mar y protegida por una pequeña península, permitía controlar el tráfico marítimo de la zona y facilitaba el intercambio de mercancías con otros puertos del Imperio. Desde allí llegaban productos procedentes de lugares muy alejados, mientras que los recursos de la región podían distribuirse hacia otros territorios.
La vida diaria de los habitantes de Gigia estaba estrechamente vinculada al mar. La pesca constituía una actividad fundamental para la economía local y proporcionaba una parte importante de la alimentación. Los pescadores salían a faenar en embarcaciones relativamente sencillas y capturaban diversas especies que posteriormente eran consumidas por la población o comercializadas. Los mariscos y moluscos también ocupaban un lugar destacado en la dieta, como demuestran los numerosos restos encontrados durante las excavaciones arqueológicas.
La alimentación de los habitantes de la ciudad era bastante variada para los estándares de la época. Además del pescado y los productos del mar, consumían carne de vacuno, cerdo, oveja y cabra. Los cereales constituían otro elemento básico de la dieta y se utilizaban para elaborar pan y otros alimentos. El vino, muy apreciado por los romanos, llegaba en ocasiones desde otras regiones del Imperio, mientras que el aceite de oliva era considerado un producto esencial tanto para la cocina como para otros usos domésticos.
Las viviendas reflejaban las diferencias sociales existentes dentro de la comunidad. Las familias más acomodadas podían permitirse casas construidas con materiales de mayor calidad, algunas decoradas con pinturas murales o pavimentos elaborados. En cambio, los sectores más modestos residían en construcciones sencillas adaptadas a las necesidades cotidianas. A pesar de estas diferencias, la influencia de la cultura romana estaba presente en todos los ámbitos de la vida urbana.
Uno de los lugares más importantes para los habitantes de Gigia eran precisamente las termas. Lejos de ser simples instalaciones destinadas al baño, constituían auténticos centros de reunión social. Allí se acudía para asearse, relajarse, conversar, cerrar acuerdos comerciales e intercambiar noticias. Las termas desempeñaban una función semejante a la que hoy podrían tener determinados espacios públicos donde las personas se encuentran y comparten parte de su vida cotidiana.
Las calles de la ciudad eran escenarios llenos de actividad. Artesanos, comerciantes, pescadores y agricultores contribuían al funcionamiento económico del asentamiento. En los mercados podían encontrarse productos locales junto a mercancías procedentes de otros puntos de Hispania e incluso de regiones más lejanas del Imperio Romano. Esta circulación de bienes favorecía el contacto con nuevas costumbres y reforzaba la integración de Gigia en una extensa red comercial.
La religión ocupaba también un lugar destacado en la vida de la población. Los habitantes rendían culto a diferentes divinidades romanas, aunque muchas tradiciones indígenas prerromanas continuaron presentes durante generaciones. Este fenómeno de mezcla cultural fue habitual en numerosas regiones del Imperio y permitió que las creencias locales convivieran con los nuevos cultos introducidos por Roma.
La presencia militar, aunque no tan intensa como en otras zonas fronterizas del Imperio, también formaba parte de la realidad de la ciudad. Las comunicaciones marítimas y terrestres debían mantenerse seguras para garantizar el comercio y la estabilidad de la región. La administración romana contribuyó además al desarrollo de infraestructuras que facilitaron la integración del territorio en la organización imperial.
Los niños crecían aprendiendo los oficios familiares y participando desde edades tempranas en las tareas cotidianas. La educación formal estaba reservada principalmente a las familias con mayores recursos, aunque el contacto continuo con comerciantes, artesanos y funcionarios permitía la transmisión constante de conocimientos prácticos. La familia constituía el núcleo fundamental de la sociedad y organizaba buena parte de la actividad económica y social.
Durante siglos, la antigua Gigia mantuvo una actividad constante vinculada al comercio, la pesca y la explotación de los recursos del entorno. Los restos arqueológicos recuperados en diferentes puntos de Gijón muestran una comunidad plenamente integrada en el mundo romano, pero que al mismo tiempo conservó características propias derivadas de su ubicación en la costa cantábrica.
Hoy, cuando los visitantes recorren las Termas Romanas de Campo Valdés o contemplan los vestigios conservados de aquella época, resulta posible imaginar el bullicio de las calles, las conversaciones en los mercados, el ir y venir de los barcos en la costa y la actividad diaria de cientos de personas que vivieron hace casi dos mil años. Gracias a la arqueología, la antigua Gigia ha dejado de ser únicamente un nombre mencionado en documentos históricos para convertirse en una ciudad cuya vida cotidiana puede reconstruirse cada vez con mayor detalle, permitiendo comprender mejor los orígenes de la actual Gijón y el legado que Roma dejó en el norte de la península ibérica.
La Villa Romana de Veranes: la gran residencia de lujo que muestra el esplendor de la Gijón romana
Cuando se habla del pasado romano de Gijón, la mayoría de las personas piensa inmediatamente en las Termas Romanas de Campo Valdés y en el antiguo puerto de Gigia. Sin embargo, a apenas unos kilómetros del centro de la ciudad se encuentra otro de los yacimientos arqueológicos más importantes del norte de España: la Villa Romana de Veranes. Este extraordinario complejo rural permite comprender cómo vivían las familias más poderosas de la región durante los últimos siglos del Imperio romano y constituye uno de los mejores ejemplos de villa romana conservados en Asturias.
Situada en el actual barrio de Veranes, a unos doce kilómetros del casco urbano de Gijón, la villa ocupaba una posición privilegiada sobre una ladera desde la que dominaba el territorio agrícola que la rodeaba. Los investigadores consideran que perteneció a un rico propietario, posiblemente llamado Veranius, del que habría derivado el nombre del lugar. El conjunto alcanzó su mayor esplendor entre los siglos IV y V d. C., cuando fue ampliado y embellecido para convertirse en una auténtica residencia señorial.
La Villa de Veranes no era únicamente una vivienda. Se trataba del centro de una gran explotación agrícola desde la que se administraban cultivos, ganado y numerosas actividades económicas. Como ocurría en otras villas romanas, el complejo estaba dividido en dos grandes áreas: la pars urbana, destinada a la residencia del propietario y su familia, y la pars rustica, donde se desarrollaban las labores agrícolas y vivían parte de los trabajadores encargados del mantenimiento de la finca.
Uno de los aspectos que más sorprenden a quienes visitan el yacimiento es el refinamiento de algunas de sus estancias. Las excavaciones han sacado a la luz un elegante salón de representación decorado con un mosaico polícromo, además de un comedor, habitaciones privadas, patios porticados, cocinas, dependencias de servicio e incluso unas termas privadas. Todo ello refleja el elevado nivel económico alcanzado por sus propietarios y el deseo de mostrar su prestigio siguiendo las costumbres de las élites romanas.
Las campañas arqueológicas también han recuperado numerosos objetos de la vida cotidiana que ayudan a reconstruir cómo era el día a día en la villa. Han aparecido monedas, cerámicas, herramientas agrícolas, utensilios domésticos, elementos de escritura, piezas de adorno personal, hebillas, agujas, llaves y objetos relacionados con el comercio. Gracias a estos materiales se sabe que la finca mantenía relaciones comerciales con otras regiones del Imperio y que sus habitantes disfrutaban de un elevado nivel de bienestar para la época.
Uno de los aspectos más interesantes de Veranes es que su historia no terminó con la desaparición del Imperio romano. Tras el abandono progresivo de la residencia, parte del edificio fue reutilizado durante la Alta Edad Media y llegó a levantarse una iglesia sobre algunas de sus estructuras. También se documentó una necrópolis medieval, lo que demuestra que el lugar continuó siendo un espacio importante durante varios siglos después del final de la dominación romana.
Las excavaciones arqueológicas, iniciadas hace más de un siglo y desarrolladas de forma sistemática durante décadas, han permitido recuperar una parte muy significativa del complejo. En la actualidad, el yacimiento cuenta con un museo y un centro de interpretación donde los visitantes pueden conocer cómo era la villa en su momento de máximo esplendor mediante piezas originales, paneles explicativos y recreaciones virtuales.
La Villa Romana de Veranes complementa perfectamente la visita a las Termas Romanas de Campo Valdés.
Mientras estas muestran la vida urbana de la antigua Gigia, Veranes permite descubrir cómo vivían las familias más acomodadas en el entorno rural, cómo administraban sus propiedades y de qué manera organizaban la producción agrícola que abastecía tanto a la ciudad como a otros mercados del norte de Hispania.
Gracias a este excepcional conjunto arqueológico, hoy es posible recorrer habitaciones que hace más de mil seiscientos años estuvieron decoradas con mosaicos, observar las estancias donde se celebraban banquetes, conocer las termas privadas de una gran residencia romana y comprender el enorme desarrollo económico que alcanzó el territorio de Gijón durante el Bajo Imperio. La Villa Romana de Veranes constituye, sin duda, una de las mejores ventanas para viajar al pasado romano de Asturias y entender la importancia que tuvo esta región dentro de la historia de Hispania.
Cinco piezas del Museo del Ferrocarril de Gijón que merece la pena detenerse a observar
El Museo del Ferrocarril de Asturias no es un lugar donde simplemente se exponen trenes antiguos. Muchas de las máquinas que conserva trabajaron realmente en minas, puertos y fábricas asturianas, y algunas son prácticamente únicas. Si se visita el museo con tiempo, hay varias piezas que merecen una parada.
Una de ellas es la locomotora de vapor Varela de Montes, construida en 1881 por el fabricante alemán Richard Hartmann. Es una de las locomotoras más antiguas conservadas en Asturias y perteneció a la Compañía del Norte antes de incorporarse a RENFE. Tiene una configuración 030, es decir, tres ejes motores sin ruedas guía, un diseño pensado para ofrecer mucha fuerza de tracción a baja velocidad.
Muy distinta es la locomotora Santa Bárbara nº 111, fabricada en 1907 por la empresa alemana Arnold Jung. No transportaba viajeros, sino carbón dentro de explotaciones mineras. Su reducido tamaño permitía circular por trazados muy cerrados y pendientes pronunciadas, algo habitual en las cuencas mineras asturianas. A pesar de sus dimensiones, podía mover varios vagones cargados de mineral.
Otra pieza interesante es la locomotora SIA nº 1, construida en Inglaterra en 1916 por Vulcan Iron Works para la Sociedad Ibérica del Nitrógeno. Es un ejemplo de cómo muchas grandes industrias tenían su propio ferrocarril interno para mover materias primas entre hornos, almacenes y muelles de carga, sin depender de la red ferroviaria nacional.
Entre las locomotoras más modernas destaca una FEVE Serie 1000, construida por Alstom en 1965. Estas máquinas fueron durante décadas una imagen habitual de las líneas de vía estrecha del norte de España. Alcanzaban velocidades cercanas a los 80 km/h y sustituyeron progresivamente a las locomotoras de vapor en numerosos servicios de viajeros.
El museo también conserva un antiguo vagón de Correos de FEVE. En su interior se clasificaban cartas y paquetes mientras el tren estaba en marcha. Los funcionarios de Correos trabajaban durante el trayecto para que la correspondencia pudiera repartirse nada más llegar a la estación de destino, un sistema que estuvo funcionando durante décadas.
Una parte muy interesante del recorrido son las grúas de vapor, utilizadas para recolocar locomotoras descarriladas o mover cargas muy pesadas en talleres y estaciones. Funcionaban con el mismo principio que una locomotora de vapor: una caldera generaba la presión necesaria para accionar todos los mecanismos de elevación.
Mucha gente pasa de largo por la colección de señales ferroviarias, pero es una de las mejores del museo. Se pueden ver antiguos discos mecánicos, agujas manuales, enclavamientos y semáforos que funcionaban mediante cables y palancas. Antes de que existieran los sistemas electrónicos, el movimiento de un brazo metálico era la orden que indicaba al maquinista si podía continuar o debía detener el tren.
Otro espacio que suele sorprender es el dedicado a los ferrocarriles mineros. Asturias llegó a tener cientos de kilómetros de pequeñas líneas privadas que conectaban pozos mineros con lavaderos, cargaderos y puertos. Muchas utilizaban un ancho de vía diferente al de RENFE, por lo que el museo expone vagonetas, locomotoras y material específico de esas explotaciones industriales.
Además de las locomotoras, el museo conserva más de dos mil piezas relacionadas con el mundo ferroviario: relojes sincronizados con la hora oficial, telégrafos, teléfonos de bloque, máquinas para picar billetes, placas de fabricantes, herramientas de taller y uniformes originales de distintas compañías. Son objetos que permiten entender cómo funcionaba una estación antes de la llegada de la informática.























