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LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA OLMEDA – IX. Un armero lleno de lanzas y malos augurios

by Redacción
01/04/2026
in Arte, Cultura, Historia, Los ultimos dias de la Olmeda
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LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA OLMEDA – V. El salón del trono
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Teléfono: 656 33 28 27

Víctor, por favor: te ruego que no te marches.

El potentado se quedó muy sorprendido ante esa súbita súplica de su favorita, que nunca hasta ahora le había mostrado mucho más que su acostumbrada apatía.

¿De pronto te preocupas por mí? ¿O más bien temes que te pase algo si yo no estoy aquí para protegerte?

No, no es eso, respondió ella, con la cabeza baja, antes de volver a subir sus ojos llorosos. No te lo había dicho antes porque no estaba segura, pero estoy esperando un hijo de ti.

¿De verdad?

¿Crees que te mentiría con algo así?

No. Creo que no mientes nunca y eso es una de las cosas que me gustan más de ti.

Pues ya lo sabes. ¿No querías ser padre otra vez? Pues si todo va bien lo tendrás en pocos meses, claro, si es que vuelves.

¿Cómo no iba a volver? Volveré y ahora con más ganas que nunca, respondió Víctor, mucho más que contento, aunque no sin un poco de prevención. Y es que para qué alegrarse tanto, razonaba, si antes de que llegara ese momento tan dulce podían pasar tantas cosas. Se podía morir él, se podía morir esa criatura e incluso se podía morir la misma madre con el fruto de sus entrañas en su vientre.

Sé lo que estás pensando y no vas mal encaminado, dijo ella. Pueden pasar muchas cosas si los dioses lo permiten. Y no quiero asustarte, pero tengo una intuición de que si te marchas ahora no vas a volver más. No vivo.

No digas esas cosas. Volveré antes de lo que piensas y hasta entonces lo que tienes que hacer es descansar todo lo que puedas. Serena se ocupará de ti.

Ella se marchó de allí con esa expresión triste, como derrotada por no haberle podido convencer, y Víctor sintió como nunca que demasiada gente pesaba sobre sus espaldas. ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Abandonar a sus parientes y sus deberes como Patrón, desertando de una campaña en la que se jugaban todo en la que todos debían aportar, empezando por la vida? ¿Quedarse para proteger su hacienda a toda costa y no abandonar a la que iba a ser la madre de su nuevo hijo?

Al sucesor, síguele: el porqué, yo me lo sé. Así rezaba el lema de la Casa.

Y ahora toca seguir a nuestro César, se lamentaba Víctor, aunque sea hacia la muerte.

Confía en los dioses, Patrón, dijo Eugenio. Tengo la corazonada de que regresarás, pero hay que confiar en ellos.

Sí, es lo único que nos queda, ¿no es cierto? ¡Ay, la debilidad! Mi padre tuvo que tomar este mismo camino cientos de veces y nunca le oí quejarse, decía el Señor, que contemplaba con resignación esa cercana carretera secundaria. Una cañada a la sombra de los olmos que conducía a la verdadera ruta oficial, pavimentada de verdad y llena de millas por recorrer, la cual le conduciría en poco tiempo hacia un destino azaroso. Un destino que bien podría ser la muerte y hasta perderlo todo, si salían derrotados, incluso después de expirar. ¿Qué te pareció Legión[1], por cierto?

Eugenio acababa de volver de su misión en esa gran ciudad militar, bendecida por su posición estratégica, donde su Señor planeaba refugiarse con su familia si todo salía mal. Y se había asegurado en persona de que su compañero de viaje, otro hombre de confianza de Víctor, se establecía en una casa de emergencia, que pudiera servirles a todos como refugio si la cosa se torcía demasiado.

En Legión caben muchas casas como ésta, Patrón, pero ninguna casa hay ni parecida en toda la ciudad, respondió, con orgullo de pertenencia. Y eso que venía encantado de lo que había visto en Legión, esa gran urbe, colmada de cosas que ver y hacer y de oportunidades para un joven de sus cualidades, aunque él se sentía atado a esa Casa y, en concreto, a la bella reina del palacio. Pero eso no lo podía manifestar, por supuesto, aunque acababa de enterarse de que encontraba soltera a Serena por un suspiro. Por esa astucia característica de los Próculos que ella había heredado, más que nadie, y que sabía utilizar.

Eso pienso yo también: no hay muchos lugares como esta Casa en el mundo, lo dicen todos los que nos visitan. Y aunque no te lo creas, Eugenio, si hay algo que pienso es en lo mucho que me quedaba por vivir aquí. En estos campos que tanto he querido. Porque Roma o España no significan tanto para mí, al final, como la patria auténtica que es para mí la Casa.

El empleado no podía estar más de acuerdo con su Patrón, con quien compartía ese edificio inmenso y magnífico: una Casa que era lo más parecido al verdadero país de todos ellos, rebosante de los rastros de esas almas que habían habitado en ella. De sus pensamientos eternos. Porque esas cuatro paredes recias, intercaladas de muchos otros tabiques más finos, guardaban celosamente muchos secretos que ni siquiera ningún Señor llegó nunca a conocer del todo. Tampoco sus sirvientes, claro estaba, salvo en el caso de los propios interesados. Encuentros furtivos entre amantes, por ejemplo, que a veces no eran siempre del mismo escalón social. Que aprovechaban cualquier circunstancia y rincón para hacer realidad sus pasiones, muy a menudo prohibidas. Negocios que se realizaban también a espaldas del Señor de la finca, en forma de comisiones y favores no declarados. Y, en fin, todo un universo de conversaciones secretas, amoríos, corruptelas, complots domésticos y muchas otras situaciones. Y los favores sexuales por esto o lo otro, por ejemplo, se daban con una asiduidad cotidiana, como contaba Marcial:  Dime de qué comes…

Te invitan a cenar, Febo, todos los maricones.

A quien le da de comer su picha no es, creo yo, trigo limpio.

Cosas que pasaban desapercibidas para la mayoría, pero existían. Y Eugenio era sin duda una de las personas más informadas de todo lo que sucedía en la Casa y sus alrededores, lo que le llevaba a valorar mejor las ventajas y contras de ambos mundos: el de los de abajo y el de los de arriba.

“Vive mejor el siervo que el Señor”, dijo Víctor, de pronto. Tanto él como Eugenio el Cazador se habían criado con esas divertidas poesías de Marcial, que tanta gracia les hacían. Esas ocurrentes rimas que contaban las verdades de Roma y su mundo.

¿Cuáles son los problemas del señor y cuáles las ventajas del esclavo?

No los sabes, Cóndilo, tú, que te quejas de llevar mucho tiempo de esclavo.

Tu esterilla sin ningún valor te proporciona sueños sin preocupaciones mientras Gayo, fíjate, se acuesta sobre plumas sin pegar ojo.

Con las primeras luces, Gayo saluda tiritando a innumerables señores. Y en cambio tú, Cóndilo, ni a tu dueño saludas.

“Lo que me debes, Gayo, devuélvemelo”, le dice Febo y, desde el otro lado, también Cínamo. Esto, Cóndilo, no te lo dice nadie a ti.

¿Tienes miedo al verdugo? La podagra y la quiragra[2] tienen a Gayo hecho trizas y preferiría sufrir mil azotes.

O el hecho de no vomitar por la mañana ni lamer coños, Cóndilo[3], ¿no lo prefieres a ser tres veces tu propio Gayo?

Eugenio se echó a reír. En verdad, no era tan envidiable la suerte de los potentados, si uno consideraba tantas desventajas, y él conocía muy bien cómo eran las diferencias entre ellos y los humildes. Pues la Casa era ese imperio cerrado a cuyos secretos Eugenio tenía acceso, por ser uno de los escasos puentes de verdad entre los que mandaban y los mandados. En verdad se podía decir que era un auténtico privilegiado en ese sentido, querido por casi todo el servicio, a la vez que compañero de juegos en su infancia de los señores que mandaban allí. Y era también su confidente en la adultez, además de ser lo más parecido a un guardaespaldas y, en el caso de Serena, mucho más que un amigo. Pero esto sí que era una espada de doble filo. Y como pasaba con casi todas las otras riquezas de la Casa, patrimonio exclusivo de los señores, se cumplía con su querida Patrona aquello de que se mira, pero no se toca, aunque Eugenio se empeñará en tocar. Y esto a pesar de que le aconsejaran lo contrario sus más fieles compañeros y amigos, preocupados por las consecuencias de tanto roce y cariño, porque su aura de invencibilidad podía convertirse en su peor enemigo. Y podía pasar que un buen día, a pesar de sus excelentes credenciales, su Señor llegara a pensar que ya había sobrepasado esa línea que no se podía cruzar.

Nunca te avisarán cuando llegue ese momento. La primera noticia que podrías tener de que alguien se ha enfadado contigo es un porrazo de ya sabes quién, pero tú verás. Es tu cabeza y no la mía, le decía, de vez en cuanto, más de un veterano sirviente. Gente que le apreciaba por su carácter accesible y su justicia, pero que a menudo también buscaban ciertos favores especiales de él. De una persona que gozaba del especial favor de los dueños de todo.

La verdad era que muchas de esas conversaciones un tanto íntimas se producían, de hecho, con Eugenio como protagonista, a menudo con los propios miembros de esa casta dirigente. La misma que en esos días de confusión, ante la perspectiva de toda una guerra en el horizonte, parecía conmoverse como un pastel fresco de varios pisos. Y en quien más se notaba este temor era en Víctor, cómo no, sobre cuyas espaldas reposaba todo el peso de la Casa y sus gentes. Y en esa hora más que nunca, claro, con ese desafío de muerte que tenían por delante. Él, en particular. Una circunstancia que, unida al peso que el poder había cargado sobre sus hombros, lo habían vuelto más humano y razonable que en sus tiempos mozos. Y poco quedaba ya de aquel chico malcriado y engreído que Eugenio conoció, con una vena un tanto cruel, con quien su amigo el Cazador se había criado en esa Casa, eso sí, en un plano de abismal desigualdad.

Por su forma de ser era conocido como el hombre de piedra, aunque no era ni mucho menos un desalmado. Víctor era el heredero de un verdadero cacique y se desempeñaba como un buen terrateniente, un experto granjero que sabía explotar muy bien los recursos e industrias de la Casa. Una administración que ejercía mucho mejor que su padre, quien aportaba más riquezas de las afueras de sus dominios que del propio territorio que administraba: premios diversos por sus servicios, botines de guerra y otros rendimientos que merecía con su espada. Y eso que en esa casa era sabido que aportó la dote al matrimonio fue ella, así como esas privilegiadas relaciones que permitieron a Asturio ascender hasta las estrellas, pero tampoco el General ocultaba su pasado humilde de soldado y hasta hacía gala de ello:

Los que han nacido en cuna de púrpura y nunca han deseado nada no saben lo que es la felicidad de vivir. Lo mismo que no pueden conocer el valor de la tierra los que no han entregado nunca su vida a merced de un caballo arrojado a la batalla[4]. Uno extraña más el calor del hogar cuando ha conocido por semanas la lumbre del campamento. Y la cama también se hace más placentera después de haberse uno acostado en una tienda por tantas noches.

¿Estaría su hijo a la altura de los desafíos que se aproximaban a la Casa? Los días de vino y rosas parecían agotarse a cada hora conforme los peligros cercaban al Patrón.

Eugenio, mira: llevas mucho tiempo en esta Casa, pero hay cosas que hasta tú no puedes saber. Que ni siquiera a ti te hemos contado. Y apostaría mi cuello a que ni alguien tan listo como tú se ha dado cuenta de cuál es el mayor secreto que guarda esta Casa. ¿Sabes cuál es?

Se me ocurren muchas cosas, Patrón, pero creo que sé por dónde vas. La Casa es lo más valioso que posees, ¿no es cierto? Por eso te agobia esta situación. Por la posibilidad de perderla.

Así es, amigo, pero con un matiz importante. La Casa no es que sea la más valioso que tengo. La Casa es lo único que tenemos, al final, pues todo lo demás va unido a ella. ¿Entiendes lo que te quiero decir? Ya sé que sí. Con la Casa, lo tenemos todo. Sin la Casa, no tenemos nada. Por eso estoy tan preocupado y daría lo que fuera por defender esto poco que tengo, en realidad, pero no sé qué más se puede hacer.

Todos estamos contigo en eso, Patrón, o casi todos, puesto que siempre hay ratas que abandonan la casa cuando las cosas van mal. Pero yo no soy de ésos y como yo hay muchos otros.

Lo sé. Por eso te cuento estas cosas, que a nadie más le confío. Porque tienes la inteligencia para entenderlas y la lealtad para hacerlas cumplir. Como podrás comprender, en estos momentos pienso más que nunca en mi padre. ¿Qué haría él? Supongo que no podría obrar muchos milagros, pero era un hombre con más cojones que yo. Eso lo reconozco. Y tú, dime, ¿qué opinas de mi padre? Mejor dicho: ¿qué pensabas de él?

Yo no viví esa época, apenas, respondió Eugenio, consciente de que la pregunta podía encerrar alguna de esas trampas, habituales en el Patrón. Vuestro padre para mí era un jefe y nada más, supongo, aunque no tengo recuerdos de haber recibido tantas órdenes suyas, digamos, directas. Yo era muy joven y había mucha más gente entre él y yo como para que tu padre pudiera fijarse incluso en mí. Contigo, por supuesto, las cosas son diferentes. En todos los sentidos.

Pues espero que sea para mejor, rio Víctor, aunque esta vez Eugenio no pudo seguirle en la carcajada. Lo sucedido con su madre pesaba mucho en su ánimo y era una herida que nunca se iba a cerrar, eso estaba claro. Tan claro como lo debía tener su Patrón, que vivió todo aquello y no era ningún estúpido. Y sin embargo, a pesar de todo, estaba claro que confiaba mucho en su Cazador.

Debemos atacarles antes de que ellos nos ataquen a nosotros. Eso decía siempre mi padre, Eugenio: debemos golpearles antes de que ellos nos golpeen. ¿Está claro o no? Pega rápido, pega fuerte, pega primero.

Víctor vivía obsesionado con emular la figura de su progenitor, pero por fortuna no se le parecía tanto. No tan lejos quedaban los tiempos en que Asturio volvía de sus expediciones y se encerraba, con sus leales, en los espaciosos baños de la Casa, arramblando por el camino con cuantas mozas y mozos encontraban. Y allí dentro celebraban auténticas bacanales, pasatiempo principal de esa casta de guerreros, obsesionados con disfrutar el momento presente ante la brevedad de la vida. ¡Cuánto más de esa vida peligrosa que ellos llevaban, siempre en el filo de una navaja!

Ahora le entiendo un poco mejor, decía Víctor, mientras paseaba con Eugenio por la huerta. Un vergel ahora desierto, por expresa orden suya, salvo por la segura presencia de su lugarteniente, que caminaba a su lado igual que su sombra. Unas sombras que se alargaban muchísimo, en esa última hora de luz, tanto a los pies de los árboles como pegadas estaban a los perfiles de la Casa. Un paisaje que el Señor se resistía a abandonar, aunque era obvio que sólo un milagro podría librarle de marchar a la guerra.

Cuando ya no esté, si algo voy a echar en falta es a esta puñetera Casa. Y no te creas que todo han sido a recuerdos agradables. Tú sabes mejor que nadie que no ha sido así, reconoció, y la imagen de Flavia se recortó ante los ojos de Eugenio por un momento. Como si pudiera verla ahí sentada, mirándole con esa sonrisa pícara tan suya. Una herida profunda que tenían en común los dos, al final, empleado y Patrón, cuando era en verdad como una hermana para Eugenio. Ella sí y sin lugar a dudas, a diferencia de los sentimientos que guardaba de siempre por Serena. Y por un momento, de hecho, Eugenio sintió como nunca que Víctor no tenía mucha gente con quién hablar. No al nivel que él ocupaba y con la inteligencia y el carácter que él tenía, por cierto, bastante distinto al de su padre. Y la simplicidad rayana en la estupidez de muchos de esos nobles amigos, patricios de los contornos que frecuentaban la Casa, hacía tiempo que le tenían convencido de esta solitaria realidad de Víctor. Al fin y al cabo, como decía Séneca: por muy elevado que la fortuna haya puesto a un hombre, siempre necesita un amigo. Y cuanto más elevado se encuentre esa persona, rodeada de aduladores, con más razón sentirá esa necesidad.Porque ya decía Epícteto que los cuervos arrancan los ojos a los muertos cuando ya no les hacen falta, pero los aduladores destruyen las almas de los vivos al cegarles los ojos.

No hay mucho más que podamos hacer, resolvió Eugenio, decidido a ser él esos ojos y oídos que su Patrón precisaba.

¿Cómo dices?

Por un momento frío, que se hizo muy largo, la mente de Víctor parecía haber estado en algún país lejano. Un país llamado preocupación.

Quiero decir que estamos haciendo lo correcto. Que estás haciendo lo correcto. ¿Qué más se te puede pedir en estos tiempos confusos que nos ha tocado vivir? No creo que mucho.

Así es, afirmó Víctor, con el escaso alivio del que sabe que las palabras no van a solucionar nada. Pero Eugenio intuyó que se había sentido comprendido y eso, en un momento de tanta incertidumbre, ya era mucho.

Si te sirve de algo, Patrón, hay un cuento de Epícteto que nos contó nuestro profesor, hace tanto tiempo. Seguramente te acordarás, porque luego estuvimos haciendo bromas sobre ello. Era sobre ese atleta al que un dictador quiso castrar, porque se había enamorado de él y quería que le sirviera como eunuco. Pero él se negaba, claro, tanto a una cosa como a la otra. Y se le puso en el trance de elegir entre ser libre o servir a tal tirano de esa manera infamante, a él, que había sido un gran campeón de Olimpia.

Sí, me quiero acordar de aquello, pero cuéntamelo tú. Se te dan muy bien los cuentos.

¿No recuerdas como murió ese pobre hombre? Y la discusión que tuviste con el maestro.

Recuerdo que eligió morir, sí, con dos cojones, antes que ser esclavo[5]. Y nunca mejor dicho lo de con dos cojones, dijo Víctor. Una elección que le tocaba hacer ahora a él, desde luego: huir con lo que pudiera llevarse o pelear, con riesgo de perder hasta la vida. Ser un Señor hasta el final, aun a costa de morir tal vez como tal, o quitarse de en medio y renunciar a la herencia de sus ancestros. Y ahí estaban los dos, separados por un mar de jerarquía y, sin embargo, más parecidos de lo que pudiera parecer: filósofos cazadores y amantes de la vida y de las juergas, pero estoicos de raza en el fondo. Capaces de bromear en las circunstancias más adversas que ahora más que nunca, para el Patrón, se presentaban con toda su crudeza. Y Eugenio se sorprendió de no envidiar más la suerte de su superior, si es que alguna vez la había deseado para sí. Que ya decía Epícteto que para juzgar si un hombre es libre, no te pares a mirar sus dignidades, porque pasa más bien lo contrario: más esclavo es cuando más elevado cargo desempeña. Y ahora las sombras se alargaban sobre el campo y estaba claro que la reunión había terminado, por lo que Cazador se dispuso a marchar, aunque Víctor aún le retuvo un momento.

¿Sabes una cosa, Eugenio? No sé si tienes en cuenta que podría forzarte a que fueras mi eunuco. Y me pregunto qué elegirías entonces, pues, si la muerte o la castración. Y que yo te diera por el culo, por supuesto.

Esta vez, el fiel empleado sí le imitó en la carcajada, que sumada a la de Víctor hizo retumbar las paredes.

Dicen que por detrás duele bastante, pero, no sé, supongo que tengo que decirte que elegiría la muerte. ¡Para que no haya tentaciones raras entre nosotros!

Por su parte, Serena colaboraba en el esfuerzo de la guerra, propio de los hombres, desde una retaguardia no menos importante. ¡Había tanto que hacer por todos lados! Por aquellos días, la Casa se había colmado de una multitud insólita de familias de los colonos de los contornos que irían pronto a luchar junto a sus patronos. Y el Mayordomo y sus hombres parecían campar a sus anchas entre ese gentío, en el cual no habría muchas voces discordantes, ya que la gran mayoría de los hombres útiles para la guerra marcharían a esa lejana batalla a la que estos capataces no habían sido convocados, ya que alguien tendría que defender la Casa en ausencia de Víctor.

El campo va a quedar muy desguarnecido con nuestra marcha, le reconoció Víctor, pero en la Casa estaréis seguros.

Sí, claro, seguro que sí. Yo tampoco puedo pensar en nadie mejor que Mayordomo para esa tarea.

¡Vamos, Serena, no seas tan negativa! ¿De acuerdo? ¡Si lo prefieres, puedes subirte tú a mi caballo mañana y marchar a esa maldita guerra de los cojones! Sólo intento que todo salga bien…

¿Y acaso yo no? ¿Quién se quedará a cargo de todo esto mientras vosotros estáis fuera? ¿Crees de verdad que ese impresentable puede estar a cargo de nada?

Serena le dio la espalda, ella también, en el momento en que el llanto se estrangulaba en su garganta. Eran demasiadas emociones concentradas en un momento y, por encima de todo lo demás, estaba el miedo, tanto por los que se iban como por los que quedaría allí, en la incertidumbre de no saber lo que iba a pasar. Y el hecho de que su hermano no valorase todo lo que hacía por él era lo último que le faltaba por sufrir.

Está claro que sólo yo voy a poder ponerle frenos a esta mala bestia y su guardia pretoriana, pensaba la Señora, no sin razón. Y es que nunca había pasado en la historia de esa casa que ningún varón de la familia quedase al cuidado del patrimonio familiar y de su propia gente, que dejaban atrás, cuando tenían que ausentarse por cualquier asunto.

Nunca como hasta ahora había extrañado a mi padre, pensó la rica heredera. Y es que si algo tenía claro era que en vida de su padre no hubo hombre capaz de poner en ningún peligro esa retaguardia. Esa Casa que era lo único que el Viejo General amaba de verdad.

Menos mal que estás tú, le dijo a Eugenio. Sólo de pensar que me iba a quedar sola a cogobernar esta Casa con ese animal de bellota me daba algo…

Yo también pienso que no va a ser fácil, pero es lo que tu hermano ha decidido y es él quien manda. Y no te preocupes tanto. Entre todos, mantendremos en el yugo a ese buey.

Ésa sería la última noche de tranquilidad en la Casa, parecía mentira. Después de generaciones de historia ininterrumpida, más o menos pacífica, los dioses parecieron haber señalado el final de toda una era. Y les había tocado a ellos vivir ese increíble momento, tal vez el último, con los mismísimos bárbaros a las puertas de Roma y de la propia Casa. Porque los vientos de guerra en el Este no amainaron, por desgracia, y al día siguiente hubo noticias irremediables: el ejército de los terratenientes hispanos de encontraba ya en Lacóbriga[6], a muy escasas millas de la Casa, dispuestos a reemprender la marcha al día siguiente con cada vez mayores fuerzas. Con milicias procedentes de lugares tan lejanos como Mérida o Córdoba, en el lejano Sur de España, ese esfuerzo era la apuesta personal de los teodosianos y así era que acudían tropas por todos los caminos. Levas armadas de unos terratenientes que habían unido fuerzas, por una vez, para enfrentarse al común enemigo. Porque las tropas de verdad no podían moverlas de donde estaban, ya cercadas de los bárbaros del Norte, cuando además protegían las tan valiosas minas. Y al día siguiente, las propias fuerzas de la Casa se unirían a ese esfuerzo titánico, rumbo todos al lejano Valle del Ebro. Pues sería allí donde encontrarían al ejército del hijo del Usurpador, formado sobre todo por bárbaros, a los cuales iban a oponer sus armados colonos. ¿Una lucha desigual?

En número, es seguro que les ganamos, además de que peleamos en nuestra tierra, decía Cornelio, sin duda confortado por la cantidad de compañeros a los que iban a unirse en ese esfuerzo común. Y aparentaba estar demasiado tranquilo para el desafío que se presentaba, pensaba Eugenio, puesto que el número nada asegura en una guerra.De hecho, el armero de la Casa, siempre repleto para equipar a toda la hacienda, en caso de emergencia, había quedado casi vacío.

Esperemos que no haya necesidad de usarlo, comentó Eugenio, que pensaba en cómo se podrían defender allí durante la ausencia del Señor. Porque todas esas armas se habían repartido entre sus milicias de colonos, alojadas por esa noche en la Casa. Una combativa multitud a la que el Señor lisonjeaba, en esas últimas horas de comodidades, siempre generoso con sus valientes. Pero pocos guerreros quedarían en la hacienda tras su marcha y menos armas aún, lo que confirmaba ese dicho de Séneca:

Cuando se está en medio de las adversidades, ya es tarde para ser cauto.

Para algo tenemos un herrero, dijo Víctor. Hace tiempo que le he mandado trabajar sólo en armas y así ha de seguir: las herramientas, por el momento, tendrán que esperar. Y la ausencia del Patrón no ha de servir para que nadie se tome vacaciones, ¿está claro? Estamos en guerra desde el primero hasta el último y ahí seguiremos, hasta el último cuarto de hora. Así que ocupaos de que la gente haga su instrucción, más incluso que del trabajo, por si vinieran mal dadas. Para eso tenemos los soldados que envió Cesaro y no para que se acomoden en los baños sin hacer nada. El peligro es real.

Así se hará, dijo el Mayordomo, que completaba ese triunvirato en ausencia del Señor.

Era la última noche de Víctor, de tantos colonos de la tierra, antes de partir hacia el peligro. Y Cornelio había acudido para celebrar juntos ese viaje en común, tan azaroso, y compensar la incertidumbre con una buena fiesta. Una suerte de orgía romana que hiciera justicia al lema de la Casa:

Beber, cazar, jugar y reír: ¡esto es vivir!

Y se hacía constante referencia al espíritu de Aquiles, cuyo intento de escaquearse de la Guerra de Troya fuera desarmado por la astucia de Ulises. Porque el gran héroe no podía dejar de ser quien era y al ver un escudo en el suelo se abalanzó sobre él y lo alzó, triunfante, tal y como se veía en el hermoso mosaico.

¡Quién lo diría, Víctor! Tantos años de guerra con los bagaudas y resulta que ahora nos toca, también, pelear esta guerra por el César. Pero yo no pienso dejar que el Usurpador me robe la alegría de esta noche, ¿no te parece?

Víctor asintió, aun con una sonrisa a medias. Porque el ambiente de duda que se cernía sobre todos, no sólo los que partían, era difícil de ignorar. Por más que Cornelio se empeñase, con sus brindis y sus chanzas. Y es que si perdían la guerra, como sabían muy bien, podrían perder mucho más que la vida: se quedarían sin sus casas, sin sus haciendas, reducidos de pronto a una práctica indigencia.

¡Alzo mi copa por tu padre, Víctor, el glorioso General Asturio! ¡Para que su espíritu nos acompañe esta noche! Porque también tu padre sabía gozar de los placeres de la vida y ser generoso con su gente, lo mismo que tú.

El terror de hombres y mujeres en sus campañas y en su casa era Asturio, para la gente de su tiempo, un igual para Aquiles, con quien mandó retratarse en su mosaico, aunque Víctor consideraba que tampoco había que idealizarlo hasta un extremo. Después de todo, su padre había dejado a su espalda una herencia un poco complicada, en especial con ese hijo bastardo con el que Eugenio compartía progenitora.

No debió ser tan magnánimo en hacer hijos, pensaba Víctor. Que a mí me ha tocado lidiar con su revuelta estirpe, la legítima y la otra, de la que aún queda algún vástago suelto. Y ahora me encuentro con un pie en el estribo mientras ese desgraciado sigue rondando mi Casa, ¡ay! ¡Con razón se dice que no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy! Un mal pequeño se convierte en uno grande si se descuida[7].

Pero a modo de entretenimiento y de motivación, también, ante el escenario que tenían por delante, un anciano servidor relataba a los presentes antiguas hazañas. Las bienandanzas de ese conquistador de la Casa que fue Generalísimo, en el Norte de España, de un gran César también pasado: Asturio el Grande y Teodosio el Coloso, como habría que llamarlos, pues a la hora de la verdad se echaban en falta hombres de hierro como ellos. Pero no eran relatos que agradasen a Serena, desde luego, ni mucho menos a Eugenio, ese compendio de feroces campañas contra astures, cántabros y bagaudas en general. Bárbaros no lejanos de la Casa a los que Asturio machacó sin piedad, aunque se decía que él mismo tenía mucho de cántabro, al igual que el propio Eugenio, cuyo padre procedía de esas montañas.

Hubo un tiempo en que la mitad de los empleados de la casa eran esclavos de sus campañas, relataba ese anciano criado. Pero eran tantos que marchaba a venderlos enseguida a Legión o a Palencia, o allá donde hubiera un mercado de esclavos. ¡Y con razón decía a los lugareños, en los lugares por donde marchaba con su ejército, que no le culpasen a él de nada, sino a los avariciosos tratantes de esclavos de Galicia o Asturias! De toda la Provincia[8], al final, pues acudían a comprar hasta de los sitios más lejanos. Y eran esos rapaces los que exigían de continuo, más que protección, campañas de castigo que trajeran a sus mercados un torrente de nuevos esclavos montañeses. Y nadie como tu padre, Víctor, para hacer ese botín y en tales cantidades. Pródigo como era, en cambio, muchas veces se gastaba el dinero de las ventas allí mismo, entre juerga y juerga, o traía consigo alguna otra adquisición.

Víctor pidió moderación a su servidor, pues era de todos sabida la historia: que la madre de Eugenio era una de estas esclavas, recuperada por su padre después de fugarse, cuando su origen no era ni siquiera español. No en vano, Asturio le debía ese alias a sus constantes guerras en el Norte, donde defendió con gran éxito las minas y ciudades del César, pero por allí también tenían acceso a los mercados de esclavos más exóticos de España. Un guerrero nato que no dejaba la violencia en la puerta, cada vez que regresaba a la Casa, y los padres de Eugenio eran la prueba no viviente de aquello.

Mi padre no quiso someterse, pensaba Eugenio, no menos orgulloso de su propio progenitor. No consintió el ceder a otro su mujer, por muy esclava que fuera de su Amo. Y ella pagó, también, después de un tiempo, y ahora aquí estoy yo. ¡En una tesitura parecida a la de mi padre, parece mentira, incapaz de liberar a mi amada de esta Casa, aunque en este caso se trate de la hija de los dueños! Como si los litigios pasaran de padres a hijos, lo mismo que las herencias o el color de los ojos.

Con vuestro permiso, dijo Serena, tampoco muy cómoda con la conversación. Saldré un momento a tomar el aire.

Serena nunca se acostumbraría a ese mundo de los hombres o, mejor dicho, a los despiadados hombres que lo gobernaban. Porque a Eugenio sí le hizo un gesto cómplice, aunque autoritario, como Señora suya que era, para indicarle que la acompañase afuera, si bien éste se cuadró primero ante Víctor.

Con tu permiso, Señor.

Adelante.

Y ambos salieron de la estancia, no sin que Víctor le hiciera una seña a su Mayordomo, con su propio ojo, para que enviara a alguien a vigilarles, más que nada por su propia seguridad, aunque a Cornelio no se le escapaba del todo la realidad.

¿No temes que un día te la rapte? No lo digo en broma y menos aún por ser quién es su hermano, ya me entiendes.

No, Cornelio. Eugenio no hará eso.

¿Cómo estás tan seguro?

Para empezar, porque es un hombre que va de frente y es leal a esta Casa. Y ante todo porque sabe que, si lo hace, se convertirá en mi enemigo. Y sabe que a mí no me gustan los enemigos y mucho menos tan cerca.

*Mosaicos figurativos de la Casa, que tuvo más de 1.500 metros cuadrados de suelo de mosaicos, sin contar los del piso superior (que se han perdido).*

Era una obscura y tormentosa noche[9], la más corta del año, aunque se hizo eterna para la gente de la Casa. Y en la mañana de la despedida, por fin, las tropas de ambos señores formaron en el camino. Doscientos de hombres de a pie y unos treinta de a caballo, aunque costaba encontrar entre sus filas guerreros de verdad. Soldados profesionales como los que Eugenio había visto a docenas, por todas partes, en su reciente visita a Legión. Y es que aquí, por el contrario, la mayoría eran simples labriegos de los contornos, aunque valientes, pero sin apenas experiencia militar. Colonos de la tierra acostumbrados a sufrir, para empezar, a manos de los mismos que ahora les pedían hasta la vida a cambio de casi nada. Hombres duros, sí, pero inexpertos si se les comparaba con las entrenadas tropas del hijo del Usurpador. Soldados de verdad que se acercaban a ellos, a los Campos de Palencia, por esa misma carretera de la Galia. Y la tragedia se mascaba en el ambiente, aunque mitigada, eso sí, por la orquesta marcial que acompaña a todas estas ocasiones. Y Eugenio se preguntaba hasta qué punto tendrían informados, a esos peones, sobre la clase de enemigo al que se iban a enfrentar. En el camino hacia Legión se había enterado de muchas cosas, como la categoría del verdadero ejército que se les oponía: bárbaros en su mayoría y acostumbrados a luchar, en verdaderas batallas, además de que eran saqueadores profesionales.

Quiera Dios que volváis vencedores y, sobre todo lo demás, enteros, dijo Serena.

Amén, respondió Cornelio. Porque si regreso y me falta un ojo, o una oreja, tendrás otra excusa para decirle a tu hermano que no me quieres.

Todos rieron el comentario, pero no el propio Cornelio, que asumía con resignación ese nuevo aplazo en su planeada boda. Y ahora se veía ya armado para la guerra y tal vez para la muerte, por mucho que su orondo aspecto no se correspondiera con su atuendo de Centurión.

A este cabrón no estaría de más que le faltase algún pedazo de tocino, pensaba Eugenio, aunque la gravedad de la amenaza común limaba bastante cualquiera aspereza. En especial cuando van camino de un cementerio, porque marchan a la guerra y apenas saben luchar. ¡Qué distinto es pelear de banquetear, Cornelio! Espero que te guste la diferencia. Y no te preocupes por tu novia, majete, que pase lo que pase no la vas a ver en tu casa si regresas.

Esta cacería será diferente, comentaba el potentado, de nuevo en presencia de las tropas. ¡Tenemos que limpiar Palencia y España entera!

Ellos nunca conocieron Roma ni tenían muchas ganas de visitarla, más que nada por la lejanía, luego si la invocaban era por el César. Por ese remoto Emperador que era tan español como ellos, pero iban a la guerra por España y gritando el nombre sagrado de su Patria.

¡Enseñaremos a esos siervos de Honorio a respetar lo que no es suyo! Y respecto a vosotros, añadió Víctor, al dirigirse a Mayordomo y la furtiva pareja:cuidad de la Casa en mi ausencia.

Y volvió grupas, junto a sus hombres, para encabezar una comitiva que marchaba a reunirse con sus camaradas teodosianos en la carretera hacia la Galia. Porque la Casa había sido levantada no lejos de esa carretera principal, pero sí con la distancia suficiente como para no atraer la atención de los viajeros. En especial, de los posibles ejércitos que pasaran por allí, precisamente, para evitar sus potenciales tropelías y saqueos. Y así comenzó ese último desfile hacia lo incierto, siempre hacia el Este, rumbo a los Pirineos, donde les esperaba el hijo del Usurpador.

Nunca dejarás de sorprenderme, Víctor. ¿Dejarás el corral en manos de dos gallos de pelea, que a lo mejor se terminan matando entre sí? Y a una Serena de por medio que, no te ofendas por lo que voy a decir, pero… Por debajo de esa apariencia de puritana, que no es menos cierta, tiene el trasfondo de auténtica víbora de tu padre…

¡Pues mejor! Cuanto peor se toleren, más se vigilarán entre ellos, ¿no crees? Como Señor que soy, no puedo fiarme de nadie. Tú lo sabes bien. Y recuerda por qué mi padre encargó representar a Ulises junto a Aquiles, en su salón: porque tenemos que combinar la astucia con la fortaleza y el valor. Un lema que deberíamos practicar si queremos sobrevivir a la guerra y a la vida misma.

Sí, así es. La prudencia y la astucia, antes que nada. Antes incluso que el valor. Como tu padre decía, dejarlo todo dispuesto siempre para la guerra. Para lo que pueda venir. Porque tiempo habrá de salir a los caminos y jugársela, como en una tirada de dados, y a veces hay que apostarlo todo. Como estamos haciendo ahora.

Pues que sepas que visité las Fuentes Tamáricas, al fin, y no quieras saber el presagio…

Te dije que no fueras, Cornelio. ¿De qué te sirve consultar si vas a sobrevivir o no, al final, cuando ir a la guerra es inevitable? Yo al menos pienso que es mejor saber lo menos posible. Y que sea lo que quieran los dioses.

Sí, es cierto, pero las Fuentes están tan próximas a mi Casa que no pude resistirme. Y, cómo no, las hallé secas. Secas como están mis huesos bajo este sol. ¡Y ya sabes lo que eso significa[10]! Pero, piénsalo: si hubieras ido conmigo, las hubieras encontrado igual, así que el presagio vale también para ti.

¿Por qué no te vas al carajo con tus presagios? Yo pienso volver de esta guerra y ya hice mis votos a los dioses por ello, así que preocúpate por ti. ¡Aún me quedan días de vino y rosas!


[1] Recordemos que se trata de la actual León.

[2] Formas de gota que afectaba, en especial, a las castas adineradas de la sociedad, por su acceso a la carne y a todos los excesos.

[3] Este comentario se refiere a que los ricos se hartaban tanto en las comidas que vomitaban luego para purgarse, cosa impensable en los más numerosos humildes. Y lo que viene a continuación tiene que ver con la capacidad de los ricos para hartarse del sexo también, lo que según Marcial no compensaba la parte negativa de ser rico como Gayo.

[4] Adaptación propia de una frase de El Conde de Montecristo.

[5] Esto se aclara un poco más adelante y con todo detalle y es una historia que merece la pena leer.

[6] Mi querido pueblo, Carrión de los Condes, que se haya en medio de esta antigua Vía Legión – Burdigala (León – Burdeos). La misma ruta por la que hoy pasa el Camino Francés hacia Santiago de Compostela.

[7] Esta pequeña reflexión se encontraba escrita en los muros de Pompeya.

[8] La Provincia Tarraconense, una de las más ricas de todo el Imperio, abarcaba prácticamente todo el Norte de España y Portugal y también una porción enorme del Centro y Levante. En este comentario quiero, además, poner de relieve que los más enconados enemigos de esos galaicos y astures rebeldes serían sin duda sus propios paisanos, los que vivían en las zonas fértiles bajo el amparo de Roma. Casi todas las guerras han sido siempre civiles, con el vecino de al lado, incluso en episodios internacionales como la Conquista de América o la II Guerra Mundial.

[9] Homenaje a Edward Bulwer Lytton, autor de Los últimos días de Pompeya. Era una de sus frases más repetitivas.

[10] Una suerte de Oráculo de Delfos palentino que, según Plinio el Viejo, podía presagiar la muerte de quien fuera a visitarlas. Porque la intermitencia irregular del brote de las aguas de estas fuentes tenía el don de profetizar la pronta muerte de todo aquel que, al visitar por primera vez la fuente, la encuentre en su fase seca. De hecho, así le ocurrió a un Gobernador de la Provincia, como el mismo Plinio contaba: es de mal agüero intentar verlas cuando no corren, como le sucedió poco ha al legado Larcio Licinio, quien, después de su pretura, fue a verlas cuando no corrían, y murió a los siete días. Se encuentran en la actual Velilla del Río Carrión, ya en los inicios de la Montaña Palentina.

*El General Asturio era el antiguo Señor de la Casa, padre de Víctor y Serena. Adquirió el sobrenombre de Asturio por sus duras campañas contra cántabros y astures, que amenazaban las minas del César. Su gobierno de la Casa también fue brutal, y de hecho era el presunto asesino de los padres de Eugenio. En la realidad, aunque es misteriosa, existe una evidencia arqueológica de la Casa donde se puede leer “Asturius” y que adjunto en la foto: un bocado de caballo de bronce que es casi el único fragmento que se ha conservado, en toda La Olmeda, de una posible identidad de alguno de sus posibles moradores o visitantes. ¿Sería el caudillo guerrero posterior apodado Asturio, tan famoso? Un personaje del mismo siglo de este relato, aunque suponemos que un poco posterior a los eventos aquí narrados. Varias de estas fotos pertenecen al archivo fotográfico de la Diputación de Palencia cedidas para la divulgación cultural del yacimiento.*

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