«Yo estuve trabajando para Los Zetas, carnal, desde los 15 años. Empecé primero como todos, como ayudante y mandadero. Todo eso va de la mano de los problemas familiares, de la vida que uno lleva cuando es niño. Empiezas a buscar una salida, dónde encontrarte, dónde te acepten, y yo le encontré en el crimen. Ahí fue donde empecé, primero como chalán, como ayudante, haciendo los mandados: ve para allá, ve para acá, tráeme esto y tráeme lo otro.

«Yo estuve trabajando para Los Zetas desde los 15 años»
Fue por un camarada que ya estaba trabajando adentro. Él ya tenía cierta posición y me contacté con ese vato después de mucho tiempo. Me jaló con ellos y nos fuimos para Monterrey. Allí empezamos fuerte y me pegué mucho con él. Me convertí en su hombre de confianza, en su mano derecha. Traíamos el control de dos o tres ciudades, aunque no voy a decir exactamente cuáles. Desde los 15 hasta los 18 años estuve trabajando allí. Poco a poco fui subiendo, te acomodaban con uno, te conocía otro y te ibas con otro. También ayudaba mucho que me veía joven, porque me veía otro comandante y decía: “¿Qué onda con ese huerco? Mándemelo para acá, yo lo quiero para que ande conmigo”. Así es como uno se fue colando con los comandantes».

«Nos reventaron la casa de seguridad cuando tenía 18 años»
«Cuando cumplí los 18 años ya llevaba un tiempecito ahí y nos reventaron los guachos la casa de seguridad que teníamos. Estábamos dormidos, en una casona bien mamalona. Eran puros soldados, pero iban en carros particulares. Dos o tres vatos vestidos con ropa deportiva se metieron al cantón con un mazo, tumbaron el portón y entraron. Tratamos de escapar por las ventanas, pero ya estábamos rodeados todos. Nos encincharon y nos quitaron unos millones de pesos, un chingo de droga y armas. Caímos cinco o seis, incluido mi comandante.
De ahí nos llevaron al campo militar de Monterrey y nos tuvieron un día y medio. Un día y medio de pura vergüiza. Los que nos están escuchando y conocen el campo militar saben qué pasa allí. Ya entrando al campo militar sabes que valió madre, porque es una tortura para interrogarte. Lo que quieren es que les cuentes una historia, que les digas algo a huevo. Allí es donde tienes que saber qué historia les vas a aventar a los vatos».
«La llegada de la prensa nos tranquilizó»
«Nosotros nos aventamos unas historias de película. No puedes poner a nadie porque, en cuanto sepan que los pusiste, te matan. Esa información que quieren es para llegar a otras personas y también para que des una declaración en el Ministerio. Te meten terror y uno ya viene maleado desde chamaco en la calle, ya sabes qué decir.
Nos decían que nos iban a matar, que nos iban a llevar con la contra y que nos iban a cortar la cabeza. Pero lo que nos hizo un paro fue que llegó la prensa. Llegaron los de Milenio y todos esos cuando nos detuvieron en la casa de seguridad. Eso nos tranquilizó un poco, porque ya sabíamos que nos habían visto las cámaras y que no nos podían matar tan fácilmente. De una vergüiza no nos íbamos a librar, eso lo sabíamos, pero sí pensábamos que no nos iban a desaparecer».
La llegada al penal de Apodaca y el poder del comandante Araña

«En la PGR ya nos estaban esperando»
«Nos llevaron a la PGR y allí estuvimos 48 horas. Pero la PGR ya estaba controlada, jalaba con nosotros. Cuando llegamos nos dieron teléfono y todo el pedo. Me acuerdo de que el encargado nos dio línea con un vato que estaba más arriba que nosotros, más arriba que mi jefe. Nos dijo: “No se preocupen de nada, todo bien, no va a pasar nada. Ahorita los van a echar para el penal y allí ya los están esperando”. Y así mero fue.
Nos llevaron al penal de Apodaca, en Nuevo León. Cuando llegamos, nos recibieron los celadores. Pasamos el proceso normal: las fotografías, los tatuajes, las fotos de perfil y el registro de ingreso. Después entramos a un lugar al que le decían las canchitas. Allí ya nos estaba esperando un comandante. Nos recibió muy bien, nos dio ropa, tenis, dinero, comida y teléfonos. Así empezó nuestra vida dentro del penal».
«Llegó el comandante Araña y agarró todo el penal»
«Después llegó el comandante Araña. A ese hombre lo habían llevado antes a la SIEDO por las investigaciones que tenía encima y de repente nos lo encontramos allí en el penal. Nos dijo que no nos preocupáramos, que él iba a agarrar todo el penal.
En ese tiempo estaba el comandante Flaco, que era uno de los principales de todo Nuevo León. Fue él quien le dio el poder al comandante Araña para hacer y deshacer. Araña ya había estado preso, había tirado cana como población normal, había estado en el Topo y en Cadereyta. Pero cuando llegó a Apodaca ya no llegó como un interno cualquiera. Llegó siendo la mera autoridad.
Ahí empezó lo bueno. Me empezaron a jalar con él, primero poco a poco, más o menos como escolta. Siempre había alguien que me veía y decía: “¿Qué onda con ese huerco? Tráiganmelo para acá”. Así fue como me fui acercando a aquel hombre».
«Apodaca y el Topo Chico eran de él»
«El penal de Apodaca lo controlaban Los Zetas. El Topo Chico también era de él. Toda la calle, la mayor parte de lo que se hacía fuera, eran trabajos que dirigía aquel hombre. Él decidía quién sí y quién no. Apodaca y el Topo eran prácticamente suyos. Cadereyta nunca se pudo controlar al cien por cien, pero los otros dos centros sí.
El viejo quería tener el control al cien por cien. Era muy especial con sus cosas, con la comida y con todo. Para él no había términos medios: era negro, blanco o gris. Todo tenía que hacerse como él decía».
Los episodios más violentos dentro del penal

«Les dijo que había una tregua y después echó gasolina en la celda»
«Había unos 14 o 15 del Cártel del Golfo que estaban encerrados en una celda. En aquel tiempo estaba muy caliente el asunto entre Los Zetas y el Golfo. Un día el comandante les dijo que había una tregua, que ya estaba todo tranquilo, que no se preocuparan. Les ofreció comida, teléfonos, hamburguesas y cocas. Los estuvo tratando bien para que se confiaran.
Después regresamos con gasolina. Aquel hombre estaba bien loco, bien marihuano. Echó la gasolina dentro de la celda y alguien aventó un cerillo. Aquello explotó y abrió un agujero en la pared de la presión. Los que estaban dentro murieron y los que intentaban salirse por el hoyote los regresábamos pinchándolos con varillas del futbolín. En las noticias se habló de cuatro heridos, pero yo te estoy diciendo que allí murieron los que estaban encerrados. Eran unos 14 o 15 muertos a la verga».
«No fue una explosión, güey».
«Fueron 14 muertos a la verga. Se murieron a la verga todos».
«La momia, el bate y la secadora»
«Había distintas formas de torturar a la gente. Una de ellas era la momia. Te tapaban la boca y los ojos con cinta, te ponían una especie de plástico o cinta sobre la nariz y te dejaban sin poder moverte. Después te golpeaban en el estómago con un bate muy pesado, de esos que tenían cemento dentro. Era una vergüiza. La persona no podía respirar y acababa gritando y diciendo nombres.
También estaba la secadora industrial de la lavandería. Metían allí a la gente y la sometían a un calor terrible. Había quien salía achicharrado. Todo achicharrado. Y había muchos que no salían vivos porque sabían demasiado. Otra cosa que hacían era levantar las uñas con agujas gruesas, de las que se utilizan para coser balones. Te metían la aguja en los dedos y después te golpeaban la mano contra el suelo. Era una forma de hacerte hablar. Allí hablabas porque hablabas».
«La carnicería: cuerpos congelados y desmembrados»

«Había una carnicería dentro del penal. Allí se preparaba la comida, pero también se utilizaba para hacer cosas que no te puedes imaginar. A algunas personas las amarraban de pies y manos, las envolvían en plástico y las metían en el congelador. Estaban desnudas y envueltas en plástico. Después, cuando tocaba sacarlas, las llevaban a la sierra y las cortaban en pedazos.
Yo vi cómo cortaban a dos personas. El vato empezó a cortar y sacaba puros pedacitos, puros cuadros. Parecía carne de puerco. Después echaban los trozos en un tambo azul de unos 200 litros. Aquel hombre tenía un rancho con un chiquero de puercos a unos kilómetros del penal. La carne se la llevaban para los marranos. ¿Cuándo ibas a encontrar los cuerpos si los puercos ya se los habían tragado?
«Yo cuando vi esa madre, güey, que ya los estaban haciendo como si fueran tripitas, carnitas, a la verga, a la verga».
Yo calculo que fueron unas 50 o 60 personas. Algunos eran gente que agarrábamos fuera, otros eran personas que llevaban detenidas al penal. Había gente del Golfo, de Sinaloa, de los Beltranes y de otros grupos. Lo que no estuviera con él era contra él. Siempre decía eso: lo que no estuviera con él era contra y estaba contra él».
«Querían que una muerte pareciera natural»
«Una vez llegó un vato y tenían que darle baja. Ya habían dado la orden desde fuera. Pero el problema era que no querían colgarlo ni quemarlo ni hacer nada que se notara. Querían que pareciera una muerte natural porque el director del penal estaba pidiendo que se hiciera así, para que las cámaras pudieran demostrar que había muerto de esa manera.
Entonces le mandaron hablar al hombre y le dijeron que si quería ir a correr un rato. El vato estaba en una celda y le dijeron que lo iban a poner a correr. Prepararon una jeringa de cinco mililitros, pero con puro aire. Le dilataron la vena y le metieron el aire. Después lo pusieron a trotar en la cancha de fútbol. Le dijeron que no se parara, que siguiera corriendo.
El director tenía que encender las cámaras. El comandante le mandó decir que las prendiera, que ya tenía al hombre corriendo. Nosotros estábamos comiendo unos bollos y tomando unos hielitos. El hombre dio un par de vueltas por la cancha y, de repente, se cayó. Mandaron llamar al médico. Cuando llegó, hizo la señal de que ya estaba muerto. Aquello era lo que querían: que en las cámaras pareciera que se había desplomado mientras corría».
«El director también estaba con nosotros»
«El director estaba con nosotros al 1000%. Él sabía que tenía que jalar. Allí era sí o sí. Si no hacía lo que le decían, también le podía tocar. Aquel hombre le daba órdenes y el director las cumplía. Le pagaban muy bien. Creo que le daban unos 250.000 pesos por semana.
Los celadores también recibían dinero. Un celador que hacía un paro podía ganar bastante más de lo que cobraba oficialmente. Aquel hombre les decía que no se metieran en sus asuntos, que tenían televisión, ventiladores, DVD, sillones y todas las comodidades en sus oficinas. Que cuando llegaran al penal lo vieran como un lugar para descansar y que no se metieran en lo que él hacía. Si había un problema, solo tenían que avisar cuando él se lo ordenara».
Los negocios que funcionaban dentro de Apodaca

«Los penales siempre han sido las mejores plazas»
«El mayor ingreso era el vicio. Una piedrita o un pase te costaba 120 o 150 pesos. Imagínate cuánto sacabas con un kilo. También había marihuana, cerveza y cigarros. Otro negocio eran las conyugales. Si querías meter a tu mujer, pagabas. Podías meter a tu esposa, a una amiga o a quien quisieras. Había cuartos pequeños y otros mejor equipados, con televisión, ventilador y colchones buenos.
Las conyugales costaban dinero. Podías entrar por unas horas o pagar para quedarte más tiempo. Había gente que pasaba allí días con su esposa, con su amante o incluso con sus hijos. Todo se podía hacer, siempre que pagaras.
También entraban grupos musicales, comediantes y mujeres que contrataban para las fiestas. Cada domingo había celebraciones y en diciembre las posadas eran muy grandes. Aquel hombre mandaba preparar comida para todo el penal. Había música colombiana, vallenato, grupos en directo y espectáculos. Lo que querías dentro del penal lo podías conseguir pagando».
«Yo ganaba más dentro del penal que en la calle»
«Por semana me ganaba unos 25 o 30 mil pesos de todo lo que hacía. De ahí se levantó la casita y un carrito. Como nunca usé drogas, nunca tomé y no tenía esos vicios, mandaba el dinero para fuera. Aquel hombre juntaba unos diez o doce millones de pesos libres por semana. Se movía muchísimo dinero. Dentro teníamos internet, teléfonos, pantallas, aire acondicionado, comida y cocineros propios. No necesitabas gastar dinero. Si acaso te comprabas una playera, unas gafas o algo de ropa. Aquel hombre tenía ropa de marca, pero no era de llevar joyas. Usaba sus tenis Converse, pantalones cortos de militar y camisetas ajustadas».
La fuga y el enfrentamiento entre grupos en medio de una drogadicción masiva y organizada a base de pastillas

«El comandante Araña planeó su salida»
«Siempre hubo una rencilla entre los Zetas de Nuevo León y los de Nuevo Laredo. Los de Laredo no querían ser mandados por el comandante Lazcano. Aquello venía de tiempo atrás. El comandante Araña tenía problemas con ellos y, por coraje, empezó a planear una fuga.
En los talleres había una bodega y allí cavaron un túnel. Pero el túnel también servía para distraer. Querían que todo el mundo pensara que la fuga iba a hacerse por allí. Mientras tanto, el comandante empezó a juntar a su gente. El día de la fuga llegó vestido de negro, con una chamarra y rodilleras. Nos reunió y nos dio una bolsa enorme de pastillas. Nos dijo que él se iba a llevar a algunos hombres y que nosotros nos quedaríamos dentro para impedir que los de Laredo se hicieran con el control».
«Cortaron las cercas y salieron por una puerta»
«Eran como la una de la mañana. Nosotros estábamos en contacto con él por teléfono. Se fueron por el Delta, pasaron por el ambulatorio y llegaron a los patios donde se lavaba la ropa. Allí cortaron unas cercas de malla. Después llegaron a otra cerca que dividía el perímetro del penal. Cortaron también aquella y llegaron a un garitón de la esquina, donde había una puerta.
Amagaron al celador, echaron cuerdas y bajaron. Por el lado de la calle ya los estaban esperando las camionetas. Cuando llegaron fuera nos avisaron de que estaban todos fuera, aunque algunos se habían caído y se habían roto las piernas. Después de aquello el penal quedó en una situación muy complicada. Había grupos enfrentados y todos querían controlar el lugar».
«El comandante Araña murió durante una reunión»
«Después me contaron cómo murió el comandante Araña. Había una reunión con gente de otros grupos. Él sabía que lo querían matar porque no se dejaba mandar. En un momento dijo: “Yo sé que estos putos me quieren matar, pero no les voy a dar el gusto de que me maten ellos. Yo me voy a matar yo solo. Porque yo sí tengo huevos”. Sacó una pistola corta, se la metió en la boca y se disparó delante de sus hombres.
Los demás escucharon el disparo y salieron corriendo, pensando que alguien lo había matado. Pero les dijeron que se había disparado él mismo. Así fue como murió aquel hombre. Después se fueron sucediendo otros mandos dentro del penal. Primero estuvo Chavelo, luego Liebre y después otros comandantes».
Los últimos años de este ex Zeta dentro del penal

«Me quedé trabajando con ellos más de un año»
«Yo seguí trabajando dentro del penal después de la fuga. Me quedé más de un año. Siempre tuve un puesto bueno, también cuando cambiaban las administraciones. Me gané el respeto y mantuve una relación buena con los que iban llegando. Siempre hubo respeto y una amistad. Yo seguía haciendo lo mismo que había hecho antes».
«Dentro del penal había gente que se convertía en criminal»
«Había personas que llegaban al penal por cualquier cosa. Había médicos, licenciados, abogados y gente que nunca había estado metida en esos asuntos. Algunos llegaban por problemas familiares, por accidentes o por delitos que no tenían que ver con el crimen organizado. Pero dentro empezaban a relacionarse con aquella gente y algunos acababan metidos en cosas que nunca habían hecho fuera.
Había quien decía que lo que estaba aprendiendo dentro no lo habría aprendido en ningún otro sitio. Algunos salían pensando que eran grandes capos, aunque antes de entrar no fueran nadie en ese mundo. Dentro se podían volver todavía más peligrosos. Yo vi a gente que llegó tranquila y después estaba metida en asesinatos y en todo tipo de actividades».
«Me quitaron la mayor parte de los delitos»
«Nos gastamos una lana en abogados para que nos fueran quitando delitos. Poco a poco nos fueron quitando cargos y nos quedó una cosa mucho menor de lo que nos tocaba. A mí me quedó un delito y, como era primerizo, pude salir con un beneficio.
El día que me tocó salir llegó la actuaria y me llamó. Yo ya sabía que era mi libertad, pero me hice el que no sabía nada. Tenía el corazón a mil. Ya quería irme porque aquello era una bomba de tiempo. Cualquier día te podía tocar y no valías nada dentro.
Me dijo que firmara y que ya me iba. Firmé la libertad y me preguntaron si quería volver a la celda para recoger mis cosas. Les dije que no. Que se metieran mis pertenencias por donde quisieran, pero que yo no regresaba para atrás. Ya había firmado y no iba a volver a entrar».
«Salí con miedo de que me estuvieran esperando fuera»
«Cuando sales, te vuelven a hacer el procedimiento: las huellas digitales, las fotografías y todo lo demás. Después te suben a una camioneta y te sacan del penal. Yo ya conocía aquellas camionetas porque había salido muchas veces en ellas.
Tenía miedo de que alguien me pusiera el dedo con la contra. Mucha gente había salido y después la habían levantado. Algunos no volvían a contestar el teléfono y a los dos o tres días aparecían muertos fuera del penal. Yo tenía una persona trabajando fuera que me ayudaba con las cosas de dentro. Le avisé y fue a recogerme.
Cuando salí, el celador me dijo: “Hasta aquí llegó mi ayuda. Dios te bendiga. En cuanto pongas un pie fuera del portón, dejas de ser responsabilidad nuestra”. Imagínate. Todavía te meten esa psicología justo cuando estás saliendo.
Me subí al coche y le dije que le diera. Avanzamos unos 200 metros y le dije que diera la vuelta en U. Seguimos unos kilómetros y le volví a decir que diera otra vuelta. Yo miraba hacia atrás y hacia los lados porque sentía que nos estaban siguiendo. Cuando vi que ya no había ninguna luz detrás de nosotros, le dije que pisara el acelerador y nos fuimos».
Su vida después del crimen y su inolvidable paso por la cárcel de Apodaca

«Me fui a Estados Unidos para ahorrar y retirarme»
«Yo ya no volví a trabajar en eso. Lo que se hizo ya se hizo y lo que se vivió ya se vivió. Para mí pasó de moda. Yo creo que aquello lo hice porque estaba más morro, por los problemas de casa y por todo lo que había vivido. Cuando eres adolescente todavía no piensas bien las cosas.
La mayoría de los que conocí tenían problemas familiares o carencias económicas. Muchos teníamos un problema parecido. Yo tenía 14 o 15 años y todavía era manipulable. A los 16 ya estaba haciendo cosas que no debía. La carencia económica te hace soñar con tener una troca, andar con mujeres y llevar una vida que ves en los corridos. Escuchas esas canciones, ves cómo se presenta aquel mundo y piensas que quieres vivir igual.
Después, cuando creces, te das cuenta de todo lo que has hecho y de los problemas en los que te has metido. Yo me fui a Estados Unidos para ahorrar y retirarme. Dije que, cuando pasara aquello, me retiraría, y así fue. Actualmente estoy pensionado. Nunca tuve vicios y siempre intenté invertir el dinero. Si ganaba un peso, intentaba convertirlo en dos. Aprendí a mover el dinero y a hacer negocios».
«Lo primero que hice al salir fue entrar en un OXXO»
«Cuando salí no me fui directamente a casa. Le dije a la persona que me recogió que me llevara a un OXXO. Te lo juro, parecía que estaba en una juguetería o en un Liverpool. Veía las botellas, las patatas, las cocas y todo lo que había. Podías comprar lo que quisieras, pero cuando acabas de salir de allí te llama la atención poder entrar en una tienda sin esconderte.
Me compré una Tecate bien fría. Yo nunca he sido de beber, nunca me ha gustado, pero me compré una. También compré unos cigarros y una Coca-Cola Light. Lo primero que me tomé fue la Tecate, subido al coche, como celebrando que había salido. Después nos fuimos a un hotel. No quería poner en riesgo a mi familia porque no sabía qué podía pasar».
«Esta vida solamente te deja dos cosas: la cárcel o la muerte»
«Yo pienso que la gente que ve el podcast no tiene que creer que vivir así está chingón. La verdad es que no está chingón. Me tengo que andar escondiendo para salir en tus vídeos. Yo quisiera salir normal, sin máscaras y sin tener que taparme la cara, pero cuando has andado de malandro ya no puedes hacerlo. Eso no se olvida.
El consejo para la banda es que se lleve la fiesta en paz y que vea las historias que contamos. Que no crea que esta vida es como la pintan. Esta vida, la neta, nada más te deja dos cosas: la cárcel o la muerte. No hay más. Si eres inteligente, te retiras y te llevas la fiesta en paz. Pero si le sigues, vas a acabar en la cárcel o muerto. Nunca te van a dar un diploma, nunca te van a dar nada. Ahí solamente hay cárcel o muerte».
























