Víctor nunca ocupó el sitio de su padre en la mesa, en las comidas, como si algo de eso formara de verdad parte de esa superstición que persistía en la Casa sobre un hipotético regreso de la tumba del Viejo General. No en vano, su propio primogénito le había prometido a un agonizante Asturio que todo seguiría igual tras su muerte, lo que tal vez Víctor quería representar de esta manera ritual, pues él era el primero que temía las consecuencias de engañar a su padre y sabía lo difícil que era eso. ¿Lo seguía temiendo, también, cuando el indomable General ya había pasado a ser parte de la tierra? Era un recuerdo imborrable lo difícil que resultaba esquivar esos ojos paternos, de un azul feroz, que escudriñaban hasta el último resquicio del alma del que los recibía sobre sí, demasiado acostumbrados a sonsacar del semblante del otro lo que precisara saber.
Su padre podría haber llegado mucho más lejos gracias a sus dotes de liderazgo. A su carisma de soldado de toda la vida. Gracias a esa fuerza que le permitía dormir toda la noche sobre una cama de piedra, aunque este superviviente nato disfrutaba siendo nada más que el emperador del Norte. ¿Para qué llegar más lejos? Sabía muy bien que mientras el oro y el hierro de Asturias y Galicia llegasen a Roma, tan esperados como el propio trigo de Egipto, nadie le disputaría el mejor oficio de todo el Imperio. Como le había dicho un poeta ambulante en una ocasión, durante una fiesta que se celebraba en la Casa:
En tanto te tema el astur, te respete el cántabro y te rehuya el vascón serás, oh General, mientras los dioses te den vida, el rey del Septentrión, a quien sólo el propio César podría compararse.
Pero Asturio hizo tronar la estancia con una carcajada de las suyas, insensible del todo a los halagos como lo podía ser ante amenazas o insultos, que muy pocos se atrevieron a dedicarle en vida.
Creo que si consideras un poco las lindes de cada uno te darás cuenta de que yo no puedo compararme con el César ni quiero, que aquí tengo por mío cuanto abarca esta bendita finca y las que pueda tener regadas por ahí y cuyos límites ni me importan. Y no quiero más, ¿para qué? Pretender ampliar tierras y servidores es buscarse problemas adrede, pues luego hay que saber gobernar y mantener todo eso, mientras que recibir honorarios y rentas de tus aparceros es la cosa más cómoda del mundo. Y mira una cosa: si necesito algo, ya sé a dónde tengo que ir a buscarlo. Más allá de esta frontera que tenemos enfrente, en los dominios de esos cántabros del demonio, o de sus compadres astures o vascones, hay mucho botín que reclamar a costa de tales enemigos.
Víctor había heredado de su padre ese sentido práctico, aunque no tanto la sangre fría o, como decían algunos, la mala sangre que capacitaba a Asturio para ser tan duro. Y así intentaba aleccionar a Víctor:
¿Quieres saber cómo se domina a las gentes? Infunde entre ellos el temor y promételes que, si se portan bien, les darás una recompensa que para ti tal vez sea insignificante, pero que a ellos les parezca como la última cantimplora en el desierto. Y con los más influyentes de entre ellos no tengas reparos en invertir tu dinero y estimular sus rivalidades: ¿por qué crees que cántabros o astures no se rebelan más a menudo? Porque compramos a sus caudillos y hacemos tratos con ellos y sacamos partido de sus discusiones internas, haciendo que todos ellos se unan contra los que nos resultan más contrarios. Y no te olvides de tener siempre ojos y oídos que te sirvan a ti, entre propios y extraños, para estar bien enterado de todo lo que se hace y se deja de hacer. Que así es como funciona el mundo, compañero, por lo que ya ves que no es necesario que prestes tanta atención a ese filósofo que según tú lo sabe todo: esto que te he dicho es todo lo que tienes que saber y lo demás es palabrería, pues, ¿quién quiere contar las cosas con tantos requiebros sino el que quiere hablar como un amanerado?
No poco preocupado por la perspectiva de la guerra, Víctor terminó de comer antes de tiempo, sin apetito para comer tanto en esos días. Y envidió como nunca la posición de su hermana, en su tranquilo papel de sostén suyo y benefactora de los pobres, aunque fuera a costa de dilapidar lo que a él tanto le costaba recaudar.
Serena: si sigues repartiendo nuestra despensa entre todos los menesterosos, te lo aseguro, cuando apriete el invierno no tendremos ni para los de casa.
En realidad, hermano, lo hago por ti. Piensa que el verdadero Señor no te dejará sin paga si no les falta un vasito de agua a estos pequeñuelos suyos.
¿El verdadero Señor? ¡El verdadero Señor eres tú, me parece! ¡A ver si ese Señor vuestro me llena la despensa al mismo ritmo en que tú me la vacías! Y tú, Eugenio, ¿qué piensas de todo esto? ¡Seguro que toda esta caridad con la Casa de tu Señor te parece de maravilla! ¿No es cierto?
Eugenio se quedó ahí clavado, sin saber bien qué decir. En determinados momentos, cuando estaba decepcionado o nervioso por algo, su actual Señor le recordaba bastante en sus estallidos al anterior. Casi volvía a sentir esa inquietud que le causaba Asturio en sus días de gloria.
¡Está bien! Vamos a ver a quién sirves de verdad, Cazador. ¿Te quedas con mi hermana repartiendo mi despensa o te vienes conmigo a cazar indeseables?
Haré lo que tú me ordenes, respondió el aludido, ahora sí sin dudar.
Buena respuesta. ¡Tú siempre tan diplomático! ¡Ea, vámonos pues!
Apenas se habían alejado un poco de los muros de la Casa, seguidos por el habitual cortejo de guardias, rumbo a los montes donde anidaban los bagaudas, el Señor relajó un poco su ceño fruncido.
Tú que tienes estudios, Cazador: ¿por qué crees que me molesta tanto la excesiva caridad de mi hermana? ¿Crees de verdad que es por el pan que dilapida en todos esos inútiles?
No, Señor. Creo que hay otras razones.
¡Por supuesto que las hay! ¿Qué te parece si el cabrón de Liberato o cualquiera otro enemigo no me está enviando, día tras día, espías que vengan a mendigar a mi casa para enterarse de cosas? ¡Pero mi hermana es demasiado ingenua para discurrir nada de esto!
Son cosas de mujeres, respondió Eugenio, en un afán de quitarle hierro a esa posibilidad. Aunque Serena es mucho más fuerte y más hombre que muchos. Y sobre ese espionaje que comentas, la verdad, creo que les sobran fuentes de información a esos bagaudas: piensa en todos los colonos nuestros que entran y salen a diario de la finca. De la propia Casa. Con esos ojos y oídos tienen más que suficiente para saber demasiadas cosas, ¿no crees?
No lo sé. Ojalá Serena hubiera nacido varón, ¿no te parece? De esta manera, ya que era ella la favorita de mi padre, se hubiera podido enfrentar a esta locura que tengo entre manos y yo sólo tendría que acatar las órdenes en vez de pensarlas también. ¡En fin! Esto es como agarrar a un lobo por las orejas.
El Viejo General nunca ocultó su orgullo por la niña de sus ojos, en el sentido de que era la más parecida a él, pues Serena mostraba ese carácter indómito y ese disciplinado coraje de soldado que habían caracterizado a su estoico padre toda su vida. El verdadero origen de esa fortuna familiar y personal que él había creado con sus manos, a punta de espada, a base de mucho batallar y de no dejarse pisar por nadie. Ni siquiera por los acaudalados pretendientes de su acomodada esposa, que era la verdadera iniciadora de aquella economía por su dote: rivales al trono del corazón de tan rica heredera a los que desplazó con decisión, con la misma audacia con la que machacaba a los cántabros rebeldes o limpiaba de forajidos los caminos de Vasconia.
Esta niña sí que ha salido de mis huevos, comentaba, en ocasiones, a sus más cercanos servidores, sin poder disimular sus sentimientos hacia su favorita. Y esto a pesar de los constantes enfrentamientos que ambos mantenían por su forma de gobernar la Casa.
Y por esto es también de justicia reconocer que con Flavia tengo el descanso que merezco, añadía, a continuación, pues su benjamina siempre se lanzaba a sus brazos cada vez que lo veía aparecer por el horizonte de la finca. ¡Así de sencilla es la ingenuidad! Porque la menor de sus hijas no lo juzgaba como carnicero de bárbaros, mercader de esclavos o flagelo de rebeldes domésticos. Para Flavia, su padre era poco menos que la representación de ese otro Señor, mucho más poderoso y etéreo, en el que tanto creía, y disculpaba cualquier pecado de su padre por evidente o escandaloso que fuera. Y como nadie se atrevía a comentar en voz alta esas flaquezas del Viejo Patrón, por muy dolorosas o bestiales que fueran, su bendita hija podía seguir colgada de una falsedad en la que sólo ella parecía poder vivir sin que la realidad molestase para nada su sueño.
Su ingenuidad era su principal virtud, comentaba Serena. Por esto era amada por todos y no cabía en su alma un resquicio para la crítica o el desprecio por nadie, ni siquiera para las malas obras de nuestro padre. Por desgracia, su puro corazón no estaba preparado para la verdad tan cruda del mundo, de esta misma Casa y de su mismo padre. Y al darse cuenta de esa verdad no pudo soportarlo.
El día que encontraron su cuerpo sin vida en el jardín, con nada ocultos signos de habérsela quitado ella misma, fue sin duda la jornada más triste que se recordaba en la Casa. Ni siquiera otras desgracias que involucraron a más víctimas, como las hambrunas que debilitaban los cuerpos o determinados incidentes, que de cuando en cuando se daban, arrancaron tan sentidas lágrimas del pueblo y sus señores. Y hasta las desgracias más conmocionantes y recientes, como fueron las muertes de los padres de Eugenio, no resultaron más indignantes y tristes. ¿Sería por ese tema tan truculento que Flavia se quitó de en medio, incapaz de soportar semejante desafuero paterno? Ella era la niña de los ojos de su padre, para empezar, pero adoraba a Eugenio y a Liberato y la verdad de lo ocurrido le rompió el alma. Una víctima de su propia realidad a la que todo el pueblo llano sentía como una hija o hermana y fue como tal que la despidieron.
Por el contrario, el pragmático Víctor nunca gozó de ninguna estima por parte del patriarca, que lo juzgaba falto de valor en el sentido militar de la palabra. De valor para el mando, más que nada. Y la realidad era que el heredero varón se consideraba a sí mismo como un conservador de lo que había y, en todo caso, aspiraba a mantener y aumentar la hacienda familiar por medio de una mejor administración agrícola y política. No por medio de campañas de saqueo en la frontera o de intimidaciones, como había hecho Asturio en sus días. Y así fue que los hombres de armas que acompañaban siempre a su padre a todas partes y lo seguían, como fieles lugartenientes, empezaron a dejarse ver menos por la Casa cuando Víctor tomó las riendas y les hizo saber que con él había unas normas diferentes. Que ya no podían entrar por allí como las hordas germánicas que eran y tomar a las mujeres de sus empleados y encerrarse con ellas en los baños ni celebrar orgías, en general, en las que las bodegas de su progenitor eran saqueadas por el propio Asturio y semejante cuadrilla de esbirros. Eso sí, diplomático como siempre, sin embargo, Víctor les daba hospitalaria posada cada vez que esos veteranos daban en pasar por allí. Y a menudo les compraba los esclavos que traían de sus correrías por la frontera, aunque fuera por un precio mayor del habitual, con tal de no contrariar a esos veteranos de su padre, que a menudo consideraban esa Casa como si fuera sus propios Penates.
Tratadlos como a invitados de honor, ordenaba entonces a su camarilla. Pero vigilad, también, que no cometan excesos de ninguna clase, porque Mayordomo y su gente tienen manga ancha para ocuparse de ellos si se sobrepasan.
De hecho, en una de esas ocasiones en que estas viejas glorias acudieron a la Casa, con el propósito de dar rienda suelta a sus más bajos instintos, como solían hacer en vida de su padre, aunque con el respeto absoluto que éste les inspiraba, Víctor reaccionó con esa autoridad que ellos creían que a él en cambio le faltaba.
Si se piensan que por haber sido unos mandados de mi padre pueden hacer lo que les dé la gana en esta Casa, como si fuéramos sus putas sin paga, están equivocados, resolvió, a sabiendas de que se jugaba mucho más que su prestigio si no defendía a sus propios criados de esa invasión forastera. Decidles que bastante es que los tratemos como a invitados, pero que deben comportarse como tales o se les cobrará la estancia completa y luego los saco enseguida a la calle.
La juerga de esos huéspedes, por el contrario, no amainó ni mucho menos con esto, pues las advertencias del Sumiller y otros subalternos del Patrón fueron tomadas como una provocación. Un desaire que aumentaba en sus mentes embrutecidas por los efectos del abundante alcohol ingerido. Y cuando se cerró para ellos el grifo de la cerveza y el vino, como era de esperar en una soldadesca sin capitán, se les ocurrió que podían terminar su juerga echando mano de las criadas, a las que pretendían forzar en las alcobas del piso de arriba o en los baños. Pero cuando Víctor se enteró de esto, como era lógico, la cólera y el miedo le invadieron por partes iguales, si bien no dejó que le temblase el pulso.
¿Qué se han creído estos borrachos? ¿Qué voy a dejarme irrespetar en mi propia casa? Si me descuido, por qué no, esta gentuza es capaz de desflorar hasta a mi hermana y en mi propio cuarto. ¡Pues ahora verán que sí que soy hijo de Asturio, ya que tanto lo echan de menos!
Para entonces, como era también de esperar, Víctor en persona se armó de pies a cabeza junto a la gente del Mayordomo, a los que se unieron también los cazadores de Eugenio y muchos más empleados de la Casa, escandalizados ante el nivel de desafueros que estaban sufriendo todos.
Vamos a enseñarles a estos desgraciados las normas de esta casa, ¿de acuerdo? Así verán que aquí también conocemos la ley de la frontera, sentenció el Patrón, decidido a hacer un escarmiento definitivo y de una vez por todas con esos salvajes. Pero antes de nada aseguraos de que todas las puertas queden abiertas, para que estos cenutrios puedan escapar con facilidad si quieren, que querrán. ¿Estamos?
Dicho y hecho, docenas de defensores de la Casa cayeron sobre esos brutos, en mitad de su orgía, con tal sorpresa y resolución que no hubo apenas un trozo de mosaico o pared, entre el salón y la puerta principal de la Casa, que no se tiñera con la sangre de tan indeseados huéspedes. Y si pensaban que por haber sido soldados del Viejo General los perdonarían sus fechorías, la verdad, quedaron muy decepcionados con el trato recibido, pues la paliza que se llevaron fue comentada por muchos años en la comarca. Incluso hubo un par de veteranos a los que se dio caza en los baños, atrapados como estaban en ese laberinto de pasillos que ya no recordaban, tal vez, o del que no fueron capaces de escapar con la rapidez adecuada. Dos pobres infelices, al fin, que terminaron cosidos a cuchilladas sobre el propio mosaico de esas termas privadas, en las que tantas veces disfrutaron de celebraciones militares que el Viejo General había presidido en sus regresos. Y así fue que el resto de esa tropa salió de allí más rápido que habían entrado, con la ropa hecha girones o medio desnudos y babeando sangre, aunque todavía tenían que agradecerle a Víctor que el hijo de su General les salvara de un linchamiento más definitivo. Porque la Casa entera quería que todos ellos salieran de allí con los pies por delante.
Querido hermano, le escribiría a Cesaro enseguida, para adelantarse a las historias que los supervivientes de esa paliza pudieran contar por ahí y, en concreto, a otros camaradas del Ejército: tal vez puede llegar a tus oídos, y a los de tus compañeros y superiores, la noticia falsa de que en la Casa hemos maltratado a algunos veteranos de nuestro padre, pero ten por seguro que aquí jamás se cometería una infamia semejante. Lo único cierto de todo eso es que tuvimos que expulsar de aquí a una banda de indeseables que se propasaron con el servicio y faltaron al respeto a la memoria de su General y a mí mismo. Y hasta llegaron a matarse a puñaladas, cosa increíble, en los mismos baños de nuestra Casa, mintió, para cambiar a su favor aquella media verdad de los dos muertos en las termas.
Tan feo asunto y su resolución demostraban, una vez más, cuán importante resultaba llevarse bien con los antiguos compañeros y mandados de su padre. Un tema fundamental para los intereses de la Casa, por mucho que el nuevo Patrón no quisiera involucrarse en los asuntos militares, feliz de administrar su reino al margen de los líos del Estado.
Para lidiar con los temas militares tenemos a Cesaro, solía recordarles a todos, consciente de que el Ejército era un bien necesario para todos, pero también una fuente de problemas cuando sus jefes siempre andaban faltos de víveres, hombres o sobornos. Desde que falta mi padre, el Ejército se ha convertido para nosotros en una esposa un tanto pesada, a la que hay que tratar bien y mantener, pero a poder ser desde lejitos.
Para muchos, esta indiferencia de Víctor hacia la guerra y las fronteras marcó el inicio del declive de la poderosa Casa de los Próculos, ya que el mercadeo de esclavos cautivados en las campañas era el negocio que aportaba a su padre más dinero contante y sonante. El que más favores le permitía cobrarse de otros magnates y funcionarios varios, a los que agasajaba con este tributo humano tan requerido. Pero la hermana del nuevo Patrón era la primera que estaba contenta con este cambio a mejor, aunque ese trasfondo de abusos siguiera presente por todas partes. Y es que al menos, se consolaba, las formas sí eran distintas con Víctor. Y Eugenio estaba de acuerdo con su forma de ver las cosas, lo cual era un refuerzo importante por la influencia que esos dos tenían sobre el servicio. Pero el gobierno de la Casa exigía mucho más que administrar una hacienda gigantesca y los dioses recordaban ya a los españoles, como al resto de los romanos de ese tiempo, que no es misión suya nuestra seguridad: lo es su venganza.
Y así llegó un día en que los refuerzos enviados por su hermano, pagados a precio de oro por Víctor, llegaron por fin a la Casa. Una comitiva de jinetes armados que aparecieron en el camino, entre las brumas de esa tarde, convocados desde la cercana frontera de Cantabria. Y estaba claro que no era el pequeño ejército que el Señor esperaba, aunque su sentido de lo práctico le hiciera mirar el vaso medio lleno.
¿Cómo fue el viaje? Bienvenidos a los Campos Palentinos y bienvenidos a mi casa.
Los recién llegados desmontaron y su jefe se adelantó, para saludarle con aire marcial. Que siendo pocos, por lo menos, lo que enviaba su hermano eran soldados de verdad. Y fieles a él, por supuesto.
¡Encargaos de los caballos y dad de comer a estos hombres! Que no les falte de nada, ordenó Víctor. Son gente de mi hermano y han hecho un largo camino desde el Norte. Venid por aquí, amigos, que Eugenio os guiará a los baños. Os veré a la hora de cenar.
Y le hizo un gesto a su mensajero, que venía entre los soldados, y que le acompañó al despacho mientras la tropa seguía su camino hacia los baños. Pero el corto trayecto entre la entrada y esa oficina se le hizo eterno, al Señor de la Casa, pues su enfado era imposible de disimular cuando cerró la puerta. Y quedó a solas con ese hombre de confianza, su emisario principal, que se sentó a la mesa ante él.
He de suponer que no sois la avanzadilla de ningún ejército, ¿no es cierto? ¿Esto es todo lo que puede mandarme mi hermano o acaso tú no le informaste bien de lo que necesitamos?
Tú lo has dicho, Señor. Tu hermano no puede enviar ninguna ayuda fuera de estos soldados que has visto. Mira que las cosas tampoco están nada fáciles allá arriba, como comprederás. ¡Si nada es seguro por aquí, imagínate, esas bárbaras montañas lo son mucho menos! A fin de cuentas, su cuartel es lo que es y no da para más… Es poca gente lo que tienen.
¿Y acaso le importa más su condenado cuartel, a ese descastado, que la mismísima Casa de sus padres y sus hermanos? ¡Esos hombres que traes apenas bastan para escoltar a un pastor de aquí a Lacóbriga! ¡Joder! ¿Es que se le ha olvidado la fortuna que llevo gastada para auparle y mantenerle en su puesto?
Su hombre de confianza se encogió de hombros.
Señor: si me permites opinar, creo que no ha tenido elección. Recibió con pesar tu petición de refuerzos, aunque dijo que la esperaba hace tiempo. En el Ejército son menos ajenos que nadie a cómo andan las cosas, pero por eso mismo no puede moverse de donde está. Las minas de Cantabria están a su espalda y si queda algo de romano, entre las Montañas y el Mar, es Julióbriga y la solitaria Cohorte de tu hermano. Todo lo demás en derredor no es sino un hatajo de salvajes que no reconocen ninguna autoridad, sino que esperan que los romanos nos demos la vuelta para apuñalarnos por la espalda. ¡Y hasta donde sé, mi Señor, todavía puede ser que lo hagan, así que cuidado con los cántabros también! Por eso tu hermano precisa hasta del último hombre y los que te envía son a costa de un gran esfuerzo por su parte. Después de todo, no son suyos, sino del César. Y tiene por encima al Prefecto.
¡Sí, pero el último dinero que le di era para sobornar a ese señor! ¿O dime para qué era, si no? En fin… Menos es nada, supongo. Y esos hombres: ¿qué saben ellos de por qué están aquí?
No mucho, en verdad, aunque sí se lo imaginan. Saben que eres hermano de su Tribuno y se suponen a qué les ha mandado acá. Pero no hay tanta diferencia entre unas bagaudas u otras y tampoco están descontentos, ¿cómo podrían? Visto el lujo de esta casa, te lo aseguro: no echarán en falta el estoico cuartel del que vienen ni a los bárbaros que allá les rodean por todas partes. Porque Julióbriga no es Legión, que se diga, ni Césaraugusta…
Bárbaros, nunca faltan, pero haremos que estos señores se sientan como en casa. Y fue una jugada muy hábil el enviarles con sus familias, desde luego: eso ayudará bastante, pues de este modo no echarán a correr si la cosa se pone fea. Que sean pocos, sí, pero que al menos que se mantengan fieles cuando haga falta.
Conociendo a tu hermano, Señor, nadie espera que contradigan una orden suya. ¡Si se les ocurre desertar y se los encuentra, qué te voy a contar! Envidiarían la suerte de esos cántabros que Cesaro crucifica cada dos por tres.
Su mensajero llevaba razón, pero el hecho era que seguían siendo pocos soldados para cuidar una hacienda tan grande. Y es que ni siquiera se fiaba de lo que tenía en Casa, sus hombres de toda la vida, pues uno nunca sabe lo que puede pasar cuando llega la temida hora de la derrota. El sálvese quien pueda de la anarquía, siempre tan temida por los que mandan. Por los que tienen mucho que perder. ¿Y si se volvían todos contra él y si le traicionaban, para robarle y abandonarle? Las noticias que llegaban por los caminos eran peores cada día: rumores cada vez más ciertos de que un gran derrumbe se avecinaba, en la defensa de los Pirineos, si no se había producido ya, por lo que se esperaba que ejércitos enemigos pudieran cruzar esa barrera en cualquier momento. Ejércitos formados por bárbaros, además, con todo lo que eso conllevaba.
¿Qué se comenta por ahí fuera de nuestro tema?
Nada bueno, Señor. Lo último que se escuchaba era que el hijo del Usurpador ha cruzado los Pirineos con un gran ejército y han arrestado a los dos hermanos[1], a los que han enviado cautivos a la Galia. Y no se sabe qué ha sido de ellos. Y este ejército invasor, al parecer… Es impresionante. Tienen un gran contingente de mercenarios germanos y han venido para quedarse porque, además, a Usurpador le urge la prisa por derrotarnos: tiene miedo de que los teodosianos le hagamos una pinza y que le cerremos entre las fuerzas del César en Italia y las nuestras, desde los Pirineos, por lo que está muy dispuesto a golpearnos él primero. De ahí su prisa por avanzar.
Sí que son malas nuevas, sí. ¡Esperemos que no se confirmen! Porque si el Usurpador consigue entrar en Pamplona, se acabó. Lo íbamos a tener más que complicado para echarlo de España.
Así es. Si cae Pamplona, que es nuestro gran baluarte en el Norte, nada les impediría invadir toda España. El César estaría acabado, al menos en España, y desde luego que nosotros con él. Antes que él, de hecho.
A Víctor no le hacía falta consultar el mapa de España que presidía ese despacho: una vez cruzados los Pirineos, y una vez que Pamplona cayera, el enemigo tardaría muy pocas jornadas en presentarse por allí. Los Campos Palentinos se encontraban a mitad de camino para ir a todas partes y la Casa sería uno de sus premios más golosos.
¿Qué opina mi hermano? ¿Te ha mandado algún recado al respecto, sobre lo que he de hacer?
Lo que ya sabíamos, Señor: es preciso perseverar en la gran alianza de todos los teodosianos y de los que no lo son, también, pues si entra el Usurpador con su hueste de bárbaros… Todos pagaremos las consecuencias. Y el Ejército no está en condiciones de ayudarnos: si se alejan de sus cuarteles en el Norte, astures y cántabros se rebelarían en el acto. Y tendríamos guerra por delante, con Usurpador, y con estos salvajes por la espalda. Y las bagaudas bajarán de todos sus montes para saquearnos, por supuesto: los Campos Palentinos son la presa mayor de todos y todos tienen puestos sus ojos en nosotros.
¡Qué bien! El Usurpador con sus bárbaros por el Este… Los cántabros y astures por el Norte… Y de remate, cómo no, las bagaudas de nuestro propio territorio… Nunca había echado tanto en falta a mi padre.
Y la peor amenaza es el Usurpador, por supuesto.
Sí, lo sé. Pero estamos movilizando un gran ejército privado, entre todos los señores de España, con cuantos soldados podamos reunir de aquí y allá. Pues los teodosianos iremos al frente, cómo no. Y si salimos vencidos, al final, no será porque no lo hayamos intentado.
Ir a la guerra se le antojaba a Víctor, rico y calculador como era, como un suplicio en el que además podía perderlo todo. Él no era del talante de acción y batalla de su padre, el glorioso General Asturio, que siempre estaba dispuesto a resolver a su favor cualquier reto. Y ni siquiera de la cuerda de su hermano menor, Oficial del Ejército y acostumbrado, como su buen padre, a guerrear de continuo contra los bárbaros. Al contrario que ellos, lo más parecido a una batalla que había vivido Víctor en muchos años eran las cacerías humanas contra las bagaudas, que no dejaban de ser lo que eran. Nunca había servido en el Ejército y su padre, que lo tachaba de flojo, no dudaba en abroncarlo ante toda la Casa.
Eres débil y todo es culpa de tu madre, porque ese preceptor tuyo te está haciendo débil y amanerado. ¡Tanto leer sólo sirve para eso, pero en la próxima campaña te vendrás conmigo! ¿Te queda claro? Prefiero que te mate un cántabro antes que permitir que te sigas ablandando como un maricón. ¡Ya está bien de tanta permisividad, me cago en ti! ¡Yo mismo me ocuparé de azotarte como al último de mis soldados hasta que aprendas a ser un hombre!
Y así fue cómo Asturio se lo llevó a varias campañas, a lo largo y ancho de la carretera de Legión, y fue así que Víctor pudo probarse como soldado y matar a su primer hombre en combate. Porque era cierto que una cosa era matar a un enemigo en la guerra y otra distinta era hacerlo a sangre fría y en tu propia casa, como ya había ordenado hacer a otros, pero Asturio se mostró exultante con este hecho tan importante para él, que demostraba que su hijo ya estaba listo para la vida y una vida de patrones. Y celebró esta hazaña con la tropa, en el corazón de Cantabria, como si hubieran capturado el botín más suculento. Todo ello mientras descargaban la ansiedad de la batalla con las cautivas, a las que harían a la fuerza nuevas familias: nuevas remesas de servidores para trabajar a destajo en sus tierras y no para destruirlas, como solían hacer esas tribus salvajes, que habitaban en tales territorios montuosos, si no se les imponía un castigo ejemplar.
¡Es hora de enseñar a esta gentuza a respetar a los romanos y al César y hay que empezar por sus mujeres! Hay que domar bien a las bestias para que sean dóciles y, en especial, si son de raza montañesa. ¡Ahora tendrán hijos que nos serán leales a nosotros!
Así se lo explicaba Asturio a sus hijos, pues Cesaro sí era más aficionado que Víctor a acompañar a su padre en estas salidas.Que al viejo General no le importaba que sus hijas se hubieran hecho cristianas, pues hasta lo veía conveniente de cara a la mayoría conversa del personal. Pero otra cosa eran ellos, desde luego, sus hijos varones destinados a regir con mano de hierro esa casa, puesto que a ellos no se les consentían debilidades de ningún tipo.
El que conduce no debe mostrar sus flaquezas, se recordó Víctor. Menos con la guerra que ya tenían en marcha y que no había empezado bien, luego tampoco le entusiasmaba la idea de que su diligente mensajero contase por la Casa lo comentado: ese hombre sabía demasiado y aquello era la huerta de los rumores. Y decía Séneca con razón que, si quieres que tu secreto sea guardado, guárdalo tú mismo. Pues, aunque se fiaba mucho de ese empleado de confianza, y de ahí que le delegarse tan delicadas misiones, un líder no puede permitirse el lujo de correr riesgos innecesarios. Y habría otra solución que no pasara por matar al mensajero.
Ahora tengo otro encargo para ti. Ya sé que estás cansado, pero se trata de un viaje mucho más corto y tranquilo. Es una bobada después del que acabas de hacer y luego podrás reponerte cuanto quieras, sin ninguna prisa por hacer nada. La cuestión es ésta: irás ahora mismo a Legión[2] y con los dineros que te voy a dar quiero que prepares una casa espaciosa, adentro de las murallas, para alojarnos allí si llega el momento. Lo único que habrás de hacer es esperar y eso harás, pase lo que pase. Y no importa qué noticias de los Campos lleguen hasta allí, porque tú me esperarás. ¿Has entendido?
Así lo haré, Señor.
Muy bien. Aquí tienes lo necesario para alquilar una buena casa y sustentarte, sin necesidad de trabajar, hasta que recibas nuevas órdenes. Y tu madre nos acompañará cuando vayamos a tu encuentro, si fuera el caso. No debes preocuparte por eso.
Pero sí de jugármela, con la fortuna que te voy a confiar, pensó Víctor, si es que quieres volver a verla. Y con este último pensamiento, entregó un dinero a su empleado y le despidió, con un afectuoso apretón de manos.
No te asustes de lo que veas en la ciudad, amigo. Ya sabes lo que le pasó a Tucio, ¿no?
Tucio, un muerto de hambre[3], se dirigía a Roma procedente de España.
Le llegaron las habladurías sobre las espórtulas.
Se volvió desde el puente Milvio.
Su hombre de confianza se echó a reír. Algo había visto de eso, en sus misiones fuera de la Casa, y sabía a qué se refería su Señor: siempre había bolsillos corruptos que rellenar por todas partes, luego era mejor no atraer demasiado la atención de los funcionarios. Aves rapaces donde las hubiera y siempre dados a hacer negocios, eso sí, con el dinero de los demás.
He visto ya demasiada corrupción como para asustarme, mi Señor, no te preocupes. Seré discreto.
Lo sé. Buen viaje.
El mensajero marchó y el Mayordomo pasó entonces a esa salita, cuyo tamaño no representaba la importancia de un despacho como aquél, con su biblioteca repleta de tesoritos familiares. Grandes decisiones se tomaban ahí con frecuencia y más aún en esos tiempos revueltos.
Acompáñale a los baños y asegúrate de que no habla con nadie que no sean los soldados. No tengo ganas de que este agonías se desahogue con el servicio y me revuelva el gallinero, como comprenderás. Y envíame a Cazador, anda, que tengo que hablar con él.
Víctor mató la espera en la contemplación de sus libros, un callado pero importante caudal de la casa. Páginas llenas de historias, sobre la Casa y un Imperio inabarcable. Ése que siempre parecía a punto de romperse y morir, repartido entre bárbaros y tiranos, pero que en el último momento siempre se salvaba. ¿Volvería a ser así?
Sólo los romanos pueden vender a los romanos. ¡Ése es nuestro sino! Al final, han hecho suyo eso que se decía sobre los antiguos españoles: “cuando no tienen un enemigo afuera, lo buscan en casa”.
Como pasaba siempre, hacía falta nuevos héroes. Nuevos generales, hombres de Estado, que salvasen la situación. Como Teodosio o su propio padre, el General Asturio. Y por allí andaban sus memorias, escritas a última hora por encargo de su progenitor. Pues se dio cuenta de que el mosaico no podía contar toda su historia, claro, sino sólo reflejar su grandeza.
Y, ¿qué diría sobre mí mismo, se preguntó Víctor, si un día me decido a escribir mi parte? Pocas páginas va a tener eso: banqueteó, cazó y folló cuanto pudo, como un oso en sus montañas, antes de que le llegase la hora. ¡Ni siquiera pudo derrotar a la bagauda de los contornos, mientras que su padre peleó con todos los bárbaros del Norte a la vez y los humilló siempre! ¿Será esta guerra la ocasión de enmendar eso?
Eugenio llamó a la puerta y le extrajo, de golpe, de tan profundos pensamientos. Era su criado de más confianza, junto al Mayordomo, en los cuales delegaba grandes responsabilidades. Más que nada porque ninguno de ambos podría soñar con una vida semejante, fuera de la Casa, aunque en el caso de Eugenio se unía el haber crecido juntos. Toda una vida de fidelidad mutua que le convertía en su verdadero Patroclo[4], pero sin sexo. Eso que con mucho gusto sí le daría Serena y Eugenio a ella, cómo no, si él levantase un momento la mano.
Eugenio: tengo un problema. Voy a la guerra y he reservado demasiado vino bueno en mis bodegas, por tantos años, que no pienso dejar atrás para que cualquiera se pueda aprovechar si no vuelvo. ¿Qué podemos hacer?
No lo sé, pero espero que no me ordenes bebérmelo todo contigo en esta noche, Señor. ¡Es demasiado para los dos!
Pues ya sabes lo que decía Marcial:
“No es amigo quien no sirve para una juerga.
Abstemio y sobrio es Apro. ¿A mí, qué?
Así elogio yo al esclavo, no al amigo”.
Eso también es cierto, pero hay que guardar mucho más vino para tu retorno. Para celebrar lo bien que va a ir todo, ¿no crees?
¡Los dioses te oigan! He bebido un poco esta tarde, amigo, perdóname, y se me ha soltado la lengua poética. De hecho, quería preguntarte algo:
Pudiendo uno acostarse con Gala por dos monedas de oro y más que acostarse, si se añade otro tanto.
¿Por qué a ti, Esquilo, te cobra diez? Por chuparla no cobra Gala tanto.
¿Por qué, entonces?
Por callar, terminó Eugenio, puesto que conocía también ese otro viejo poema de Marcial. También el silencio se paga, en efecto. Pero ya sabes que yo me lo callo todo, Patrón, como si fuera la puta más veterana.
Lo sé. Por eso no me supone ningún problema reconocerte que se avecinan días difíciles. Y sabes que cuento contigo para las más altas responsabilidades. Verás: es casi seguro que tendré que ausentarme unos días y llevarme conmigo a muchos hombres. Demasiados. En mi ausencia, junto a Mayordomo, te encargarás de todo y cuando digo todo me refiero… Sabes lo que está Casa significa para mí, así como lo que contiene. Y en especial, está mi hermana…
Esto último lo dijo de tal manera que se notaba que era un lazo, pero Eugenio era un trampero experimentado y lo ignoró.
No vayas, Señor. Recuerda a Epícteto: “puedes ser invencible si nunca emprendes combate de cuyo regreso no estés seguro y te lanzas sólo cuando sepas que está en tu mano la victoria”. ¿Qué se te ha perdido a ti en las guerras de otros?
Pero debo ir, hombre, ¿no ves que no hay alternativa? Recuerda que nos estamos defendiendo y nada menos que de todo un César, al final, aunque lo sea por usurpación. Y sólo podemos hacerlo unidos o resignarnos a caer separados, uno tras otro. Además, por si fuera poco, esas tropas bárbaras que trae consigo tendrán un ansia de botín desenfrenado. ¡Pobres de nosotros, si perdemos! Toda España será arrasada y en esta Casa, como te puedes imaginar, seremos de los primeros en recibir visitas.
No quiero ponerme en lo peor, pero, ¿quién defenderá la Casa si fracasáis?
Tú lo harás.
¿Yo? Te recuerdo que soy cazador, no Julio César. Y entiendo que llevarás contigo a los mejores.
Si algo invitaba a confiar en Eugenio era su desprecio de cargos, dinero u honores, pero es que además siempre decía lo que pensaba. Un más que extraño atrevimiento en una Casa tan jerarquizada, donde todo giraba en torno a su Señor, pero Víctor estaba muy necesitado de esas cualidades.
Es por esto que confío en ti para esta tarea. No puedo pensar en nadie mejor para ejercer el mando en mi ausencia, o si algo malo pasara, ¡qué te voy a contar! Y seré tan franco como eres tú conmigo: estoy convencido de que se avecina un gran desastre y necesito disponer de una retaguardia confiable. Por esto mi hermana quedará a cargo de la Casa y tú serás su brazo armado. Por su parte, Mayordomo te ayudará a mantener el orden.
No se esperaba ningún gesto de desacuerdo en Eugenio, disciplinado como era, aunque Víctor conocía de sobra sus diferencias con el Mayordomo, pero resultaba obvio que de eso se trataba: divide y vencerás. De hecho, así se lo confesó, sin ambages, en ese aleccionamiento acelerado.
Nuestros guardias cobran bien: en eso se basa su lealtad. Con nosotros, tienen Casa y paga aseguradas y, con respecto a los colonos, tienen tierra que trabajar y una buena protección. Pero no debemos permitir nunca que estén todos unidos, Eugenio, si no es en torno a nosotros. ¿De acuerdo? Es la primera cosa que todo Señor o Mayordomo debe aprender: el arte de la división. Porque es la única manera de que los mandados obedezcan.
Lo sé, Señor. Me he fijado en cómo lo hacías: Mayordomo es el perro feroz, tú el justiciero y Serena, cómo no, la abogada de los pobres.
Así es, rió Víctor, sorprendido de escuchar de otro esa trama tan obvia. Pero no quiero que te llames a engaño: delego en ti porque gozas de mi entera confianza, aunque espero que me seas leal hasta extremos que no se esperan ni del mejor perro guardián. No sé si entiendes lo que te digo.
Lo entiendo, Señor. Pero sabes que soy de esta Casa hasta la muerte.
¿De verdad? Y dime, ¿qué harías si un día agarramos a tu hermanito? Porque sabes que tarde o temprano eso pasará y lo que haremos con él, si cae esa breva.
Es una buena pregunta, Señor. Yo también me lo he preguntado muchas veces. Lo que está claro es que él se lo está buscando, eso lo tengo claro, aunque yo sí te imploraría por su vida.
Es una buena respuesta, como siempre. Por lo menos, eres sincero.
Sabes que soy de tu Casa hasta la muerte, repitió Cazador, mientras Víctor lo taladraba con la mirada.
Demasiado eres, diría yo, pero espero que consigas vencer a las tentaciones. Después de todo, ése es el ideal de los cristianos, ¿no es cierto? Te lo digo porque ya mi hermana te habrá dado sus buenas catequesis, como intenta a diario conmigo.
¡Cómo no, Patrón! Eso siempre.
Claro que sí. Ya sabes que un buen Señor tiene ojos por doquiera y que soy como el Dios de mi hermana, al final, porque uno se entera de todo, aunque no esté presente en todas partes. Que lo estoy. Por eso te digo lo mismo que le decía a mi difunta esposa, que la tierra le sea leve: ¿verdad que no vas a traicionarme mientras estoy ausente?
Eso jamás, Patrón. Puedes marchar tranquilo. Además, tendrás mucho que pensar en estos días.
Hablando de tentaciones, Eugenio, aún no me dijiste qué mujer quieres por premio. La mejor forma de no caer en una tentación, como sabrás, es caer en otra. Y no me dejas ser agradecido contigo.
La que yo quiero no me la darías nunca, me parece. Y si no puedo tener la que yo quiero no te pediré ninguna otra. ¿Para qué?
Los ojos de ambos se enfrentaron por un momento en un duelo difícil en el que ambos sabían que era imposible, para un simple servidor, tenerlo todo.
Aunque no lo creas, he estado pensando en ti. En tu futuro. Y otra manera que se me ocurre de agradecerte todo lo que haces y de valorarte es enviar al Mayordomo a la casa de Cornelio, ya que tanto necesita de sus servicios, y ascender a otro capataz para que te ayude con los hombres y puedas tener la fiesta en paz. ¿Qué te parecería eso?
Pues me parece que no sólo yo, sino que la hacienda entera tendría esa fiesta en paz y aprenderían a estimarte mucho más, pero ésa es una decisión que sólo tú puedes tomar.
No hay tanto en el mundo que yo pueda decidir, Eugenio. Cuanto más rico y libre es un hombre, se diría, más atado está por las circunstancias. Pero piensa en lo que te he dicho y si te puedo satisfacer con eso, que yo pienso que sí.
Pues yo pienso que no, Patrón. Quiero lo que quiero y nada más, insistió Eugenio, aun a sabiendas de que no iba a mover una montaña con su tenacidad. Y no soy el único de los que se sientan a tu diestra que quiere eso mismo.
Lo sé. Y por eso me duele el doble no poder complaceros a los dos, pero piensa una cosa que también es válida para mí en primer lugar. Y para ti y para mi hermana. Porque tengo sobre mi cabeza una espada de Damocles con esta guerra que se nos viene encima y te digo que pueden pasar muchas cosas en poco tiempo. También en lo que a ti respecta. ¿No te acuerdas del chiste del caballo del emperador que contaba a mi padre? Pues era sobre un condenado a muerte que estaba esperando en la fila su turno para ser ejecutado y no se le ocurrió otra cosa, cuando iban a confirmarle la sentencia, que decirle al emperador que si le respetaba la vida un año haría volar su caballo. Y el emperador se lo concedió, divertido y porque sabía que lo iba a matar igual. Entonces, al volver a su calabozo y pasar junto a otros condenados, que habían escuchado esta alocada propuesta, uno de ellos lo llamó aparte y le dijo: “¿cómo se te ocurre prometerle eso al emperador? ¿Estás loco o qué te pasa?” Pero ese otro condenado, sin inmutarse, le contestó: “mira lo que te digo: es que en un año pueden pasar muchas cosas. En un año se puede morir el emperador, en un año me puedo morir yo y, en último término, si no hay más remedio, pues se hace volar a ese hijo puta de caballo”.
Los dos rieron con ganas, olvidada por un momento esa tensión por el tema de Serena, aunque era obvio que ambos mantenían sus preocupaciones. Y el joven Patrón se atusó el cabello, tan serio como era de esperar, aunque siempre sin mostrar debilidades. Porque un conductor no puede tenerlas, no delante de sus hombres, aunque gozaran de tanta confianza como en el caso de Eugenio.
¿Qué te puedo decir? Ir a la guerra es mucho más que aceptar el riesgo de morir, ¿no te parece? Más bien, es aceptar la propia muerte. Ahora entiendo a Aquiles cuando se escondió en ese harén de la isla aquélla, suspiró.
Pues no quiero ser agorero, Señor, pero mira cómo acabó. Porque puede ser tentador ir a la guerra, sobre todo, cuando uno tiene algo que defender. Pero piensa que Aquiles fue engañado, también, al soplar sus compañeros esas trompetas de combate y arrojar Ulises ese escudo, por delante de él, para que lo empuñase y él mismo se delatara. Porque no se puede escapar de uno mismo y de lo que es uno mismo. Pero tú no eres un hombre de guerra, Patrón, como yo tampoco lo soy. Y, así pues, ¿por qué no te quitas de en medio y mandas a otro al frente de tu gente? Al más capacitado de tus guardias, por ejemplo, que para eso los tienes.
La trampa ideada por Ulises, en efecto, consiguió que el gran héroe saliese del harén del rey aquél. Que se diera a conocer como quien era, al igual que pasaba ahora con Víctor, por la irresistible tentación de ser lo que uno es de verdad: Aquiles era un guerrero y Víctor, lejos de parecérsele tanto, no dejaba de ser todo un Patrón. Ése era el problema.
Olvídate, Eugenio: mis compadres teodosianos jamás permitirían que ninguno de nosotros nos ausentáramos. Ni en el lecho de muerte nos dejarían, aunque tampoco yo dejaría que partieran sin mí. Porque somos un clan, ¿entiendes? Y eso significa que cuando vamos a la guerra, por nuestro César y por nosotros mismos, pues vamos todos a una. De lo contrario, además, ellos mismos podrían ocupar nuestras tierras como si fueran del enemigo. Como escarmiento para los demás. Así es como funcionan las cosas. ¡Incluso podrían llevaros a todos como cautivos y repartirse la Casa entera como botín, empezando por mi hermana!
Los ojos de Víctor brillaban al contarle todo esto. Estaba claro que el hombre sabía lo que hacía y que nadie le obligaba, a la fuerza, salvo su propio sentido del honor y del deber. De su propia supervivencia como miembro de una casta privilegiada, sí, pero que se atenía también a normas ineludibles. Esa responsabilidad que lo había atado a la Casa desde muy joven, marcado desde niño para gobernarla y, por tanto, apenas se aventuró por sí mismo tan lejos por esos caminos que transitó tanto su padre. Pero es que Víctor no era proclive a arriesgar tanto el pellejo y ahora se cumplía a rajatabla lo que decía el Filósofo[5]: necesitamos la vida entera para aprender a vivir y también, cosa sorprendente, para aprender a morir.
Está bien, Cazador: ¿hay algo más que quieras decirme?
Víctor le taladró con esos ojos suyos, verdes cuales piedras del río, pero no tan redondeados e inocentes. Porque eran incisivos como lanzas de bronce que el óxido ha tocado, con su verdor, aunque fueran aún capaces de matar.
Sí, Señor. Sí hay algo. Porque temo que traman algo contra ti y otros potentados, en la próxima cacería, aunque lo pueden intentar en cualquier momento. Y habría que prevenir a Cornelio en primer lugar, para que no se exponga tanto en sus venidas, sino que venga menos hasta aquí o con una escolta mayor.
¿Más grande aún? Víctor se echó a reír, a sabiendas de que ese informe favorecía al propio Eugenio. Eso sería como decirle a Cornelio que no venga más, puesto que trae un verdadero ejército consigo, pero gracias por la información. Y sé que es en vano preguntarte por tu fuente.
Eugenio se encogió de hombros.
Las cosas me llegan porque la gente se fía de mí, Patrón. Porque me ven entre vosotros y el servicio, por más que mi lealtad sea sólo tuya.
Lo sé y no te preocupes, que no te voy a preguntar más sobre quién te ha informado mientras me sigas contando a mí las cosas. Y, por cierto: tengo otra misión para ti, para que entretengas la espera hasta mi ausencia: quiero que vayas a Legión y lleves allí un dinero, que no te ocultaré que es una pequeña fortuna, pero es que no pienso jugármelo todo a esta Casa. ¿Comprendes? Irás con mi mensajero a Legión y depositaréis este dinero en un banco, pero ni siquiera él debe saber lo que lleváis. Recuerda el lema de esta Casa: en esta vida no puedes fiarte de nadie, sino sólo del sucesor.
Pero tú sí confías en mí.
¡Pues claro! Y porque no me queda más remedio, ¿no crees? ¿En quién si no? Te he confiado mi vida, la de mi hermana y hasta la Casa entera. Y, además, es por ella que sé que volverás. Porque la amas, ¿no es cierto?
Eugenio se puso en guardia una vez más. Tanta sinceridad por ambas partes le exponía a caer en los hábiles lazos de Víctor, pero nadie sabía de trampas como el Cazador: hacerse el tonto equivaldría a perder de golpe toda esa confianza que le otorgaban.
Por supuesto que sí, Señor. La quiero más que a mi propia vida.
¿Lo ves? Sólo un hombre de fiar se atrevería a ser tan honesto y, de todos modos, de nada te serviría negarlo. Pero ahora que voy a estar fuera tanto tiempo podría asaltarte la tentación de hacer demasiado caso a mi hermana, ¿no te parece? Tan solo recuerda siempre que el Señor aquí soy yo, por más que todos la llaméis Señora. Y ahora una última pregunta, Cazador: ¿has pensado en fugarte con ella?
Los ojos de Víctor le taladraron, pero Eugenio respiró tranquilo. No había hecho nada tan malo. Todavía. Y si algo había prohibido era mentir.
Pocas cosas hay que se te puedan ocultar entre estas paredes, Señor. Y yo la quiero, tú lo sabes, pero tampoco creo que haya que incendiar Italia para llegar a Roma.
Bueno. Aníbal no pudo tomar Roma y fue el mejor General que ha dado España, dijo el Señor, sin duda complacido con su honestidad. Y ahora, ve a los baños, anda, que ahí verás a tu compañero de viaje. Ya es hora de que conozcas mundo, ¿no crees?
Eugenio no estaba tan convencido de nada. ¿Y si aquella misión no fuera sino un truco de su astuto Patrón para alejarlo de la Casa el tiempo preciso para casar a su hermana con Cornelio? Mientras pensaba esta posibilidad, recibió en sus manos un cofre lleno de joyas y adornos valiosos, que Víctor había recopilado durante años. Era un compendio de toda la Casa y de un Imperio, ahora en peligro, cuando había ahí objetos de medio Mundo. Y algunos tan caros como los cimientos de la propia Casa, atesorados por la familia en el transcurso de generaciones. Compras de joyas a capricho, de tan ricos señores, y premios que el propio César y las ciudades del Norte les había hecho llegar, por su lealtad demostrada a esas provincias, a la propia Dinastía y a la Patria. Y algunos de esos objetos fueron entregados por el mismo Teodosio en persona o su tan débil hijo, que era el César oficial actual, por ahora, al que de todos modos apoyaban frente a Usurpador.
¿Recuerdas cuando nuestro preceptor nos contaba lo que sucedió en Pompeya? ¿Cómo imaginábamos lo que debió ser aquello?
Claro, respondió Eugenio. ¿Cómo no recordarlo?
Pues creo que ahora sé lo que se siente, rió, con esa carcajada que a Eugenio le resultaba tan contagiosa. Y un detalle curioso, por si no te acuerdas: fueron los pobres los que salvaron el pellejo, más que nada, mientras que los ricos y sus esclavos murieron. ¿Sabes por qué?
Eugenio lo pensó un momento, antes de contestar, aunque la solución era bastante evidente.
Porque a los ricos les costaba más escapar, supongo. Dejarlo todo atrás. Y retuvieron consigo a los esclavos, que se quedaron por fidelidad mientras los pobres, en cambio, no tenían tanto que perder.
Víctor asintió y Eugenio se dio la vuelta, listo para abandonar el despacho. Y ya estaba con un pie en el dintel cuando Víctor le soltó, de perdida, uno de sus habituales venablos.
Tienes un futuro prometedor en esta Casa, Eugenio. No lo jodas por una mujer.
Eugenio marchó, dispuesto como siempre a hacer cumplir las órdenes recibidas, aunque rumiaba que todo aquello no fuera una estratagema para poder casar a Serena en esos días y obligarlo a aceptar hechos consumados. Ni siquiera podría despedirse de su amada, por el mismo secreto al que obligaba ese encargo tan furtivo, pero las reuniones en la Casa no habían terminado. Y antes de cenar con los soldados de su hermano quedaba pendiente otro tema. Esta vez, con su hermana. Y no era una conversación agradable, aunque sí necesaria para el futuro de la Casa. Y es que ya lo decían los criados, por los corredores:
¿Me preguntas, Fabulo, por qué no tiene esposa el Señor?
Porque tiene hermana[6].
Que nadie mejor que ella para cogobernar ese pequeño reino, que precisaba también de una cara amable y justiciera. Pero ahora Víctor la necesitaba de nuevo, desde otra perspectiva, para unirse a Cornelio y fortalecer los cimientos de la Casa en una alianza vecinal entre potentados. Y a poder ser para poner, de paso, en la propia Casa de Cornelio, un huevo de cuco que ampliase un día el poder familiar de su linaje. Todo esto aunque ella estaba más interesada en otros menesteres que nada tenían que ver con el poder, ni con la Casa, ni con siquiera nada de lo que es ordinario en esta vida en la tierra. En ese momento, por ejemplo, enfrascada se encontraba en la lectura de los hechos de los mártires, que le servían para darse ánimos y enseñar con más autoridad a cuantos quisieran escucharla.
¡Oh, inveterado olvido de la antigüedad callada! Esto mismo se nos envidia, y se extingue la misma fama, leía, rodeada de algunos servidores, que descansaban junto a ella en el patio. El blasfemo perseguidor nos arrebató hace tiempo las Actas para que los siglos no esparcieran en los oídos de los venideros, con sus lenguas dulces, el orden, el tiempo y el modo indicado del martirio. El ceñudo tirano urgía con la espada la libre creencia que, manteniéndose firme e íntegra en el amor de Cristo, solicitaba los azotes, las segures y las uñas de doble gancho. La cárcel oprime con duras cadenas los cuellos amarrados, el verdugo atormenta por toda la plaza, la acusación corre como si fuera verdad, la voz verídica se condena. La virtud herida golpeó el triste suelo con la espada y, arrojada sobre las tristes piras, absorbió las llamas con su aliento. Dulce cosa parece a los santos el ser quemados. Dulce el ser atravesados por el hierro.
Los servidores y forasteros que escuchaban a Serena, mientras leía esos testimonios de los valientes cristianos mártires, se maravillaban de que pudieran ser dulces tales castigos. Y es que esos pobrecitos pertenecían, en su mayoría, a una casta mayoritaria de parias, que no conocían otra vida que el duro trabajo y el temor a ser castigados. ¡No digamos de una forma tan barbárica, sólo reservada a los que cometían las faltas intolerables!
Sucedió entonces que el cruel emperador del mundo ordenó que todos los cristianos se llegaran a los altares a sacrificar a los negros ídolos y dejaran a Cristo. Pero los soldados que quiso Cristo para sí, Emeterio y Celedonio, no habían llevado antes una vida desconocedora del duro trabajo: el valor, en la guerra acostumbrado y en las armas, luchaba ahora en pugnas sagradas. “Oh, tribunos: quitadnos los collares de oro, premios de honrosas heridas, que ya nos solicitan las gloriosas condecoraciones de los ángeles. Allí Cristo dirige las blanquísimas cohortes y, reinando desde su alto trono, condena a los infames dioses y a vosotros, que tenéis por tales los monstruos más grotescos”. Y en ésas estaban cuando el anillo de Emeterio, símbolo de fe, se elevó por las nubes en tanto el pañuelo que al cuello llevaba prendido Celedonio le es arrebatado, también, para perderse en las alturas. Y esto lo vio la multitud que estaba presente y lo vio también el verdugo. Un hombre vacilante que contuvo su mano y palideció de pavor, pero que, con todo, descargó el golpe para que no faltase la gloria.
Varios presentes elevaron un clamor ingenuo y admirado de emoción, ante el espectáculo que debió suponer semejante alarde de fe y de testículos. Un ejemplo demasiado cercano en el tiempo y el espacio cuando esos dos santos, legionarios del César, habían sido ejecutados en la cercana Calahorra, no hacía tantas generaciones, por lo que su recuerdo aún permanecía en esas gentes con toda intensidad. Sobre todo, en esa carretera mágica, la que unía Galicia con la Galia y por la cual parecían transitar tantos sueños como caminantes. Y su éxtasis era tal que no pocos de ellos se asustaron al ver llegar, de pronto, a Mayordomo, que hizo un gesto a la Señora para que se acercase. Para que fuera a reunirse con su hermano, en el próximo despacho, con lo que esa catequesis improvisada tocó de pronto a su fin. Y ella entregó el libro del Peristephanon[7], del coetáneo Prudencio, a otro hermano de fe, que a duras penas pudo proseguir la lectura donde la dejó: las enseñanzas de Serena se limitaban, al cabo, a muy pocos empleados y por muy escasas horas, por lo que el avance de éstos era lento en todo. No así el ímpetu de su hermano a la hora de tramar, de espaldas a ella, el futuro de ese palacio y de su reina, aunque fuera a costa de su misma libertad y de su amor.
Serena: quería decirte que ya está acordado lo tuyo con Cornelio. Serás su esposa y el matrimonio se celebrará en estos días. Ya sabes que tenemos una guerra pendiente y es mejor atar las cosas cuanto antes.
Víctor no esperó a que su hermana reaccionase, sino que planteó cuanto antes sus razones. El deber hacia la Casa y hasta la Patria, sí, razones que ella entendía, pero que no podía aceptar en su carne. En someterse a un hombre que no fuera el que ella había elegido.
Siempre he respetado tu decisión sobre mantenerte soltera en tu juventud, pero el tiempo pasa y es tu hora de dar un paso adelante. Que tu familia te necesita, igual que exige de mí: ya sabes que me tocará ir a la guerra junto a Cornelio, porque aquí todos tenemos que bregar. Desde el último colono a los que mandamos, que somos los primeros que tenemos que dar ejemplo.
Supongo que es mi deber, razonó ella, con gesto resignado.Y se hizo un silencio que retumbaba, en la reducida sala, como fuertes serían los latidos de ese corazón, pero Víctor sabía que nunca las tenía todas consigo en lo referente a Serena. Al igual que su padre, de quien fue tan consentida, su corajuda hermana acostumbraba a salirse con la suya sí o sí. Y al igual que su amante imposible, Cazador, solía sortear con habilidad todas las trampas que le salían a su paso.
Vivimos tiempos difíciles y no debemos llamarnos a engaño: se avecinan peores, me temo, dijo Víctor, con tono lúgubre. Las fronteras ya no son seguras y las bagaudas campan a sus anchas, luego es cuestión de tiempo que ocurra una catástrofe. Y cuando llegue esa hora, hermanita, los llamados ricos nos contaremos entre las primeras presas. ¿Entiendes? Vivimos tiempos peligrosos.
¿Tú crees?
Si estuviera aquí Cesaro, él mismo te lo diría: ni el César ni el Ejército protegen ya a su pueblo. Sólo contamos con nuestras propias fuerzas y sólo en nuestros iguales podemos confiar, explicó Víctor. Por eso es necesario que afiancemos nuestros lazos con otras casas, con otras familias de posición. Y los Cornelios no son extraños para nosotros. Navegamos en un mismo barco y es vital que estemos más unidos que nunca, como unidas están nuestras haciendas.
Sí, hermano. Entiendo que no hay otro remedio.
Ojalá lo hubiera, hermanita. Así y todo, sólo accedo porque sé que estarás bien. Cornelio te tratará como a una reina y, si así no fuese, tú me lo harás saber.
Por lo menos, la Casa de Cornelio no queda lejos, dijo ella, que se secó las lágrimas con resignación. Pero os voy a extrañar, así y todo.
Puedes llevarte a los sirvientes que desees, ¿de acuerdo? Ellos servirán como dote. Después de todo, la idea de casarse ha salido de él, así que no hará falta que esos servidores nuestros sean numerosos[8].
Para no estar sola me basta con uno. Ya sabes quién.
Víctor resopló, poco convencido, pero tampoco le agradaba la idea de oponerse a su hermana.
No te ofendas por esto que voy a decir, hermana, pero algo me dice que permitir tal cosa sería un error. Un error muy grave.
Eso es que no me conoces, replicó ella, ofendida por la insinuación. Eugenio es mi amigo y le necesito. Además, temo por su seguridad si se quedase contigo. Ese Mayordomo tuyo se la tiene jurada, lo sabes tan bien como yo. Y marcho sola a una casa que es extraña para mí. Será un gran consuelo tenerle a mi lado y también me dará confianza. Él haría cualquier cosa por mi bienestar. Por mi protección. Siempre lo ha demostrado. Además, ya que le diste la libertad, creo que debería ser él quien elija.
Víctor sonrió ahora. Como buen cazador, guardaba siempre más flechas y no dudaba en usarlas.
En eso tienes razón: le di la libertad. Pero para que fuera mi primer Mayordomo, por encima de todos. Y se quedará conmigo, espero, y me ayudará a gobernar la Casa. Así evitamos las tentaciones, ¿no crees? Y no le cederé a tu prometido un sabueso de tanta valía, que excede el valor de una docena de buenos colonos. Eso ni pensarlo.
La cuestión es que tú ganes siempre, pensó ella. Aun a costa de la felicidad de todos, los que te rodeamos y te servimos con lealtad.
Víctor bajó la cabeza y acusó, con su gesto agrio, ese golpe certero que merecía y que debía aceptar.
Sé que no es la mejor de las noticias para ti, pero has de reconocer que tiempo has tenido de conocer a otros herederos de nuestra clase y no te ha dado la gana de enamorarte de ninguno.
Porque ya conozco al que quiero y no necesito más. Quiero a ése o a ninguno, pensó Serena, que se mantuvo en un silencio obstinado: pues si esperas que voy a decir nada cuando lo tienes todo pensado, hermanito, lo llevas claro. Prefiero que avances tú mismo por tu propia senda, la que has decidido con Cornelio, mientras yo espero la ocasión de zafarme de vosotros y daros una buena sorpresa.
Mi corazón no es de piedra, dijo Víctor, que pareció captar ese lógico y silencioso reproche. Si por mí fuera, ninguno de los dos saldríais de aquí. Y si decidiera acompañarte, aun a costa de su futuro y de su vida… Lo sentiría por él. Porque sabes tan bien como yo que si Cornelio os sorprendiera en algo… Indebido… Por ser mi hermana, claro, digo yo que a ti nada te pasaría, pero la cosa sería distinta con él. Luego dudo mucho que corra menos peligro contigo, si te digo la verdad, que con Mayordomo. Y sería una pena, estarás conmigo, porque no es fácil encontrar a un buen hombre como él, confesó, en un arranque de interesada sinceridad.
Serena asintió en silencio, el rostro frío como una piedra, y a Víctor le pareció estar de nuevo ante su padre. El temible General Asturio, terror de bagaudas y otros bárbaros, pero también de sus propios criados y hasta de sus hijos.
Escucha, Víctor. Yo aceptaré lo que me toque por la Casa y todo eso, pero hay algo que no entiendo. Tú mismo has dicho que se avecinan tiempos difíciles y, entonces, ¿qué mayor razón para no atar las cosas demasiado pronto? Si luego tus planes salieran mal, Dios no lo quiera, y os vierais vencidos en la guerra, ¿qué te aportaría ser cuñado de otro derrotado como tú? ¿Has pensado en eso?
Víctor encajó como pudo ese argumento, tan certero. Era el estilo de su hermana, siempre calculadora. Siempre tan diplomática. Y no le faltaba razón.
Y, entonces, ¿qué propones? ¿Esperar a nuestro retorno?
Claro. ¿Por qué no? De esta manera, si no saliera bien esta guerra, cosa que puede suceder, mi mano podría ser un seguro para ti. Una forma de diplomacia si vienen mal dadas, puesto que no tienes hijos legítimos que casar con nadie. Piénsalo.
Víctor se echó a reír, de pronto, rendido ante el ingenio de su hermana. Y se notaba también en esto que ese arreglado matrimonio, por más que lo intentara vender, no le convencía ni a él mismo. Por afecto a ella y acaso al propio Eugenio, a quien respetaba y debía su vida. Y, además, no creía que ese casamiento fuera a prosperar jamás: no conociendo a su hermana.
Con razón eres hija de tu padre. ¡Menudo estratega se ha perdido el Imperio! Y te digo que tienes toda la razón. Le diré a Cornelio que habrá de esperar, de acuerdo, que así celebraremos la boda sin las angustias que tenemos ahora. Es una gran idea, Serena. Y una que también te conviene, lo sé, de cara a esos planes locos que tienes en tu cabeza. Pero tampoco has de hacerte ilusiones: volveré de esta guerra y cumpliré lo prometido y, si no, Cesaro mismo lo hará en mi lugar. Que no hay ocasión para acechos de cazadores en esta Casa, Serena, ya lo sabes.
De nuevo no entiendo lo que dices. Yo quiero que vuelvas cuanto antes, claro que sí, vivo y victorioso. ¡Me ofende que pienses lo contrario!
Lo sé. Y tú sabes que no pensaba eso, en realidad. Pero también sé que sueñas tus sueños y me parece muy bien, si bien no todo en la vida está en nuestra mano. Y a ti te ha tocado en suerte una vida de reina: sólo casarse debes y ya, luego no hay razón para amarguras. Además, ya sabes que tengo un campo en litigio con Cornelio, así que con esto pienso solucionar esa vieja cuenta. Es más: si el día de mañana enviudases, toda su Casa sería tuya por entero. Nuestra.
No me tientan las posesiones materiales.
Lo sé. Pero vivimos de ellas, reconócelo. Nuestra gente. Y mi deber es cuidar de esta Casa y el tuyo ayudarme, ya lo sabes, atando en corto a este cabestro de Cornelio. Le necesitamos.
Para atar a ese cerdo descerebrado no necesito casarme con él, resolvió Serena, imbuida de una súbita fortaleza y de esperanza. La misma que acababa de recordar en esos soldados mártires, decididos hasta el final por una causa, pero no abundaban los temples como ése, que ella creía poseer. Los hombres sois demasiado simples, hermano.
*Cornelio era el Señor de otra hacienda vecina, situada en el actual pueblo de Cervatos de la Cueza. Pretendía a Serena abiertamente y Víctor quería casarles, para fortalecer su posición, tanto en los Campos Palentinos como en el Clan Teodosiano, al cual todos ellos pertenecían. En la imagen, una escena de caza del mosaico de la Villa de Salar, Granada. Y es que todos estos potentados se entretenían en cacerías, banquetes y desenfreno en los placeres en general. Su única obligación era participar en sus deberes políticos y militares de su clan, lo que cobró un gran realismo cuando fuerzas enemigas cruzaron los Pirineos.*

*Cornelio era el Señor de otra hacienda vecina, situada en el actual pueblo de Cervatos de la Cueza. Pretendía a Serena abiertamente y Víctor quería casarles, para fortalecer su posición, tanto en los Campos Palentinos como en el Clan Teodosiano, al cual todos ellos pertenecían. En la imagen, mosaico de la Villa de Salar, Granada.*
[1] Dídimo y Veriniano: dos jóvenes hermanos emparentados con el César de entonces, Honorio, a quien apoyaban en un sitio fundamental. Los Pirineos. Y defendieron esos pasos montañosos con fuerzas privadas, ante la debilidad de las tropas imperiales en España, formando un tapón que impedía la entrada en la Península del Usurpador (el General Constantino) y su hijo. Pero esta última resistencia no sólo del César, sino de los romanos frente a los pueblos germánicos, fue derrotada al fin en el 410 d.C. Y estos dos hermanos resultaron ejecutados por el hijo del Usurpador, que los mató en Arlés (Galia) y penetró en España con su ejército, formado más que nada por bárbaros.
[2] La ciudad de León, que como Lyon o Viena (Vindobona) debe su nombre a un campamento legionario.
[3] Triste desengaño, de Marcial de Bilbilis. Las espórtulas eran honorarios de funcionarios judiciales, que debían ser demasiado altas en Roma y de ahí la broma de Marcial.
[4] El mejor amigo de Aquiles, cuya muerte a manos de los troyanos encendió a éste y le empujó a retomar las armas, a pesar de su proverbial trifulca con el caudillo de todos los griegos: Agamenón. Se ha especulado mucho sobre si esa amistad tan apasionado no ocultaría algo más, entre Aquiles y Patroclo, pero lo cierto es que Homero les presenta a ambos durmiendo con mujeres. La cuestión es que otros autores, como Esquilo, especularon a posteriori con este tema, y muchos romanos creerían esas segundas versiones, igual que son asumidas en la actualidad. En la película Troya (2004), sin embargo, se les presenta como primos.
[5] Séneca.
[6] Versos de Marcial, con un pequeño cambio: en vez de el Señor es Temisón.
[7] Libro de las coronas de los mártires, famosa colección de 14 hermosos himnos a algunos mártires, entre los cuales destacan varios de los españoles. El propio Prudencio llegó también a santo en esta época de consolidación del cristianismo, como religión principal del Imperio, que había sufrido algunos intentos paganos por parte incluso de uno de los últimos césares.
[8] Aquí se pone de manifiesto la diferencia en el superior valor de las posesiones físicas por encima de las personas en esta época.
en, después de su pretura, fue a verlas cuando no corrían, y murió a los siete días. Se encuentran en la actual Velilla del Río Carrión, ya en los inicios de la Montaña Palentina.






























