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LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA OLMEDA – XII. La Casa del enemigo

by Redacción
01/03/2026
in Arte, Cultura, Historia, Los ultimos dias de la Olmeda
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LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA OLMEDA – XII. La Casa del enemigo
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Teléfono: 656 33 28 27

Eugenio: estoy muy decepcionado contigo. ¡Me la has jugado a mis espaldas, joder, mientras yo arriesgaba el pellejo por la Casa! Por todos nosotros. Y a ti te tocó la parte mejor, que era cuidar de todo esto entretanto. Nada más tenías que hacer. Pero, sobre todo lo demás, te encargué que cuidases de mi hermana. Una tarea que te has tomado muy en serio.

Víctor acababa de regresar de la guerra para encontrarse, en su propia Casa, con una verdadera puñalada. Porque estaba claro que lo ocurrido hacía unas noches era una deslealtad hacia él. Y las paredes de las bodegas de Cornelio, llegado junto a él de la batalla, servían ahora de testigo para ese juicio sumario.

Mi Señor, yo…

¡Qué Señor! ¿El que deshonras así, por nada, tan pronto te da la espalda?

Por nada, no. Y no la he deshonrado. Ni tampoco me atrevía a pedírtela, como sabes.

Y harías bien, Eugenio, porque no es para ti. Es de Cornelio y lo sabes, así que él te juzgará. Y determinará tu castigo, también. No yo.

¿Acaso no vas a escucharme? ¿No te he servido todos estos años y he sido guardián de tu Casa en tu ausencia?

¿Con ésas me vienes? ¡Pues mira qué te digo! ¡Merece salir engañado el que, al hacer un beneficio, tenía en cuenta la recompensa[1]! Y conmigo lo tenías todo, pero te advertí: te dije que no lo jodieras por nada que hubiera en la Casa y mucho menos por una mujer, ¿recuerdas? Adiós, Cazador.

Víctor dejó la celda y la puerta se cerró, pero no por mucho tiempo. Apenas se hubo marchado y escuchó alejarse los cascos de su caballo, mientras que la puerta de esa bodega volvió a abrirse otra vez. Y entonces apareció Mayordomo, esta vez, acompañado de la gente de Cornelio y con una sonrisa de triunfo.

Venimos a juzgarte, le soltó, y Eugenio observó que traían garrotes en las manos. ¿Cómo te declaras?

Eugenio se pegó a las frías paredes de la bodega. Y le pareció que mil lobos de los contornos aullaban a la vez, de pronto, en ese reducido espacio del sótano. Porque no hay cosa más horrible, para un cazador, que el verse despojado de sus armas. Sobre todo, cuando el peor enemigo de uno se te encara con un garrote. Y no se veía capaz de controlar el terror que le embargaba, como ya advertían las enseñanzas de Epícteto:

No hay que tener miedo de la pobreza ni del destierro, ni de la cárcel, ni de la muerte. De lo que hay que tener miedo es del propio miedo.

No mucho antes, en la Casa, Serena libraba su propia batalla contra el Mayordomo, que no cejaba en su empeño de mantener preso a Eugenio. Preso y, sobre todo, alejado del alcance de su Dueña, para evitar que los dos pudieran acercarse de nuevo, pero ante todo por el rencor que le tenía a ese rival.

En realidad, deberías agradecérmelo, le había dicho a Serena. Porque todo esto lo hago por ti, Señora, por tu honra. Porque estás prometida con un potentado y él podría mataros a los dos como venganza. Y a Cazador, por su parte, bien podría acusarle de violación, pero no quiero manchar tu honra. Así que deberíais agradecérmelo los dos.

Él no ha violado a nadie ni lo haría jamás y lo sabes. ¡Cree el ladrón que todos son de su condición! Pero si te atreves a ponerle la mano encima, y voy a enterarme si lo haces, te aseguro que lo lamentarás.

Pierde el tiempo mi Señora, replicó el Mayordomo, sin importarles ya a ambos que el servicio los escuchara. Te repito que sólo cumplo las órdenes de mi Señor, así que lo puedes despachar con él a su regreso. Yo sólo soy el Mayordomo y evitaré, aunque sea a tu pesar, que Cornelio y su gente te hagan nada. ¿Es que no sabes que él podría castigarte con dureza, a su regreso? No es ningún delito matar a la mujer de uno si anda puteando por ahí, tú lo sabes, por muy patricia que sea.

Quien quiera su vida la perderá, respondió ella, con un aplomo que lo sorprendió, pero el Mayordomo no entendió lo enigmático del mensaje.

¿Tan poco vale la vida de una mujer como tú, joven y rica? Y en tu caso, por cierto, rica en todos los aspectos, añadió, sin ocultar la lascivia que le inspiraba su súbito poder sobre ella.

Con o sin riquezas todos vamos a ir al mismo lugar, ¿no te parece? Así pues, ¿qué sentido tiene no vivir la vida como uno quiere y no como le dictan otros? Si va a ser de esa manera, la verdad, no pienso cambiar, por mucho látigo que me ofrezcan.

La verdad era que Serena poco podía hacer, por su parte, salvo esperar, cuando los guardias no osarían entrometerse. Y Mayordomo ya se había adelantado, como buen intrigante que era, aparte de visceral y vengativo. Porque Serena sabía bien que en la Casa tenía mano, y podría liberar a Eugenio o cuidar de él, al menos, pero en la Casa de Cornelio carecía de ninguna influencia. Ni siquiera podía ir a visitarle, tampoco, sin la armada escolta de Mayordomo, cuyos hombres no la dejaban de vigilar. Ni a sol ni a sombra.

Respondéis conmigo ante el Señor por lo que pueda suceder, les recordaba su jefe. Y, ante todo, por la vida y la honra de la Señora, así que ya sabéis: si pasa cualquier cosa os violo. Por la boca y por el culo, ¿entendido?

Por su parte, Serena mataba esa angustia como podía, asesorada por la gobernanta de la Casa, que no dudaba de que nadie sino un Patrón podía tomar decisión alguna sobre un empleado tan importante.

Ni por asomo se les ocurriría hacerle daño, Señora. No hay de qué preocuparse.

¿Cómo no me voy a preocupar? Es por mi culpa que ha pasado todo esto. Y encima de todo se ha enterado toda la Casa: mi honra está ahora más que en entredicho y no me duele por mí, sino por lo que le puedan hacer a él por esta causa.

No te preocupes, de verdad, le consolaba la gobernanta. ¿Qué mal has hecho tú? ¡Si toda la Casa sabe que sois un matrimonio, en realidad, por mucho que algunos quieran hacer como si no!

La realidad tozuda era ésa, sí: nunca habían ocultado a nadie la realidad de que se querían tanto. ¿A quién estaban fallando sino a una forma de pensar que se había demostrado errónea, y en la misma Casa, con sus mismos padres?

Siempre he querido preguntarte esto: ¿por qué se casaron mis padres? Es que nunca lo he entendido. ¿Alguna vez se amaron?

Si quieres la verdad, tu padre era un soldado y desposó a tu madre como quien toma una ciudad enemiga. Mirando sólo al botín que va a conseguir. Y una vez que la tuvo asegurada, con toda la dote correspondiente, se dedicó a conquistar otros lugares y por otros motivos diferentes. Más personales. Porque Asturio siempre hizo cuanto quiso, terminó de explicar, con un cierto brillo melancólico en la mirada. ¿Sería que también ella había formado parte de ese cosmos de amoríos de su padre?

En efecto, el viejo General era el Amo y Señor. Y así fue hasta que un día se amaneció casi paralizado y sin previo aviso, además. Con toda la impotencia y el sufrimiento de quien había pasado su vida a lomos de un caballo, siempre echado a los caminos o al esfuerzo del lecho en compañía, pero que de pronto se ve como sin piernas ni brazos. Postrado en la cama cual tronco, sin apenas capacidad de hablar, aun con balbuceos que nada podían expresar. Y tan solo sus ojos podían comunicar tantas cosas, aunque nunca compasión por sí mismo, como tampoco la había sentido jamás por los demás. Como dice el poema: nunca vi a un animal salvaje sentir lástima de sí mismo[2]. Por fortuna para él, sin embargo, la agonía no duró mucho, así como el miedo de todo el mundo en la Casa a una posible reacción por su parte, pues era de temer que el Patrón se levantara de pronto con todas sus fuerzas restablecidas y comenzara a vengarse de todo el mundo. Por todo lo que no habían sido capaces de hacer durante su incapacidad, ya que ni siquiera podía hacerse entender. Y a los pocos días de haberse despertado así de mal, casi muerto, pero consciente de todo, acabó de morirse. Todo ello como colofón de una de sus reconocidas bacanales, en la noche anterior, lo que alimentó esos lógicos rumores de que el viejo General había sido envenenado en mitad de una borrachera. Pero el médico de la Casa, que conocía bien todos los efectos de todas las posibles afecciones de la aristocracia, se mostraba convencido de lo contrario.

No lo creo ni un poco, les dijo, a los allegados, cuando surgió esa nada descartable posibilidad. Por regla general, cualquier veneno te mata o te hace sufrir, si sus efectos se quedan a medias, mientras que vuestro padre no muestra signos de aparente dolor. Ni siquiera de aturdimiento. Por eso os digo que esto es una apoplejía y ya está, no hay nada más. Y esperemos que la agonía no dure mucho, puesto que no hay solución.

Y así fue. Murió al cabo de unos pocos días y no sin antes recuperar, por unas horas previas del desenlace, esa perdida facultad del habla. Como si le hubiera sido concedida una última ocasión para arrepentirse en público y pedir perdón por algo, cosa que no hizo, de lo que Serena sacó la lección de que Dios lo terminó de castigar por bruto, sin darle oportunidad para curarse del todo y acortando su tiempo aún más. Un justo fin, en verdad, por su falta de compasión por los demás. Y por mucho que el Evangelio explicase que los que murieron en la Torre de Siloé, o en la matanza de galileos a manos de Pilatos, no eran más culpables que el resto de gentes de Jerusalén, para ella el pecado era una losa que terminaba aplastando a quienes se empeñasen en malos caminos. Un pensamiento visceral que provenía de su más íntima naturaleza como Próculo que era, ella también, siempre dispuesta a hacer justicia según sus propios términos.

No quisiera vivir la vida de ellos. De mis padres. La vida tiene que ser mucho más que disfrutar de lo material y guardar las apariencias. Mucho más que hacer lo que nos dé la gana cuando nos dé la gana.

La vida tenía que ser libertad, sí. Hacer lo que uno debiera, sí, pero también lo que uno quisiera de verdad. ¡Y qué difícil resulta matar una espera, para los amantes, pero mucho más en esas circunstancias! Y el poema favorito de Serena se hacía realidad, como siempre, aunque esta vez con el dramatismo añadido de ese arresto y acusación. ¿Sería el fin de la historia de ambos, justo cuando parecía que de una vez podía comenzar?

Todo amante es soldado y es Cupido quien posee sus ejércitos[3]. Ático, créeme: todo amante soldado. La edad adecuada para la guerra lo es también para el amor.

¡Cosa fea es un soldado viejo! ¡Cosa fea es el amor de un viejo!

Los años que busca el General, en el soldado fuerte, son los que pide su bella compañera. Los dos hacen vela y en tierra descansan, amante y soldado: uno guarda la puerta de su amiga y el otro, la de su General.

La tarea del soldado es el largo camino. Haz que se vaya lejos la muchacha y hasta el confín del mundo la seguirá su amante valeroso.

Irá contra los montes que le impiden pasar, contra los ríos de caudal redoblado por el aguacero, y aplastará la nieve amontonada. Y si ha de navegar, no pondrá por excusa al Euro[4] desencadenado, ni aguardará que las estrellas le indiquen el momento.

¿Quién sino el soldado o amante soportará los fríos de la noche, o las nieves mezcladas con la lluvia? Se envía a uno a espiar al enemigo mientras que el otro tiene clavados sus ojos, en su rival, igual que si fuera ese enemigo. Aquél asedia poderosas ciudades y éste, el umbral de su amada altiva, pero ambos tumban las puertas.

La sorpresa del enemigo dormido alcanzó a menudo la victoria, y así es que gente indefensa cayó a manos armadas. De este modo, sucumbieron los feroces escuadrones del tracio Reso[5] y de poco servisteis, caballos, a vuestro Señor.

Así también, muchas veces, los amantes se aprovechan del sueño de los maridos y mueven sus armas contra adversarios que duermen. Escapar a las manos de los guardianes y a los ojos de los atalayas constituye el empeño del soldado, pero también del mísero amante.

Marte es dudoso y Venus no es segura. Se alzan los vencidos y en cambio, caen los que parecía que nunca acabarían derrotados.

Calle, pues, quien llamó perezoso al amor, siempre sometido a pruebas. El gran Aquiles se abrasa por su cautiva, Briseida[6], que le acaban de arrebatar. Troyanos: mientras dure su enojo, destrozad a la hueste argiva.

Yo mismo era perezoso y nacido para el indolente ocio. El lecho y la penumbra habían ablandado mi ánimo.

Pero el amor de una bella muchacha despertó a este cobarde, y le ordenaron ganarse el sueldo en su campamento. Desde entonces, me ves ágil y dispuesto a batallas nocturnas.

¡El que no quiera hacerse un vago, que ame!

Serena suspiró, rodeada por sus criadas, que eran sus únicas amigas en ese incierto asedio. En esa Casa convertida en prisión, también, para ella, como lo era ahora la de Cornelio para su amigo.

Olvidaba decir el poeta que no sólo son hombres los soldados en esta cruel guerra, sino que nosotras también luchamos para lograr la victoria. Incluso cuando está tan lejos de alcanzarse como la luna del sol. ¡En verdad que Marte es dudoso y Venus no segura! Desgraciada es la suerte del soldado que debe rendirse a sus enemigos…

*Helena de Troya, cuyo rapto desencadenó la mítica Guerra de la Ilíada, representada con gran belleza en el mosaico conquense de Noheda (Cuenca).*

Eugenio despertó en su prisión, solo y empapado en un sudor que contrastaba con la fresca sequedad de esa bodega, pero al menos no había rastro de ese desgraciado del Mayordomo. Y es que las pesadillas eran lo peor de ese encierro, cuando se acostaba en su jergón, agotado pero incapaz de dormir, aunque por fortuna no lo habían condenado a muerte por orden de Cornelio y ante la apatía de Víctor. Todo aquello había sido un terrible sueño, gracias a Dios, pero de continuo le asaltaban pensamientos tan funestos como éstos, ya en ese trance en que estaba de morir, a lo mejor, incluidos su juicio y ejecución, pues se trataba de pesadillas muy vívidas de las que despertaba con el corazón en la boca. Un cautiverio que no terminaba y cada día, como el anterior, se le hacía tan largo como agobiante. ¿Qué destino le esperaba? ¿Tomarían los señores represalias, también, contra su querida Serena?

Tienes que aprender que con un alguien nadie se mete. Ésta había sido la frase más repetida, en su entorno de prisionero, en esos interminables días, pues los criados de Cornelio estaban muy bien aleccionados y sometidos.

Espero que Víctor valore la verdad de que siempre he sido honesto con él. ¿Qué quiere que haga? ¿Tan malo es que mire por los ojos de Serena? ¿Acaso uno tiene que ser de piedra para ser leal a “un alguien”?

Los únicos compañeros que tenía en su presidio, sujeto de pies y manos en esa celda, eran las arañas y ratones que pululaban por esos sótanos de la Casa de Cornelio. Un calabozo improvisado como los que el Mayordomo utilizaba, con bastante regularidad, para castigar a los empleados díscolos de su propia Casa. Lejos de toda ayuda por parte de parientes y amigos del servicio, a los que a menudo ni siquiera se informaba sobre el destino de tales cautivos. Pero Eugenio era un prisionero de más entidad de lo habitual, desde luego, por la afición que le mostraban sus señores. Y a Mayordomo le iba a costar su esfuerzo convencer al Patrón de cualquier cosa, aunque en este caso se la jugaba contra la ira de dos señores: el suyo propio y Cornelio, que ya era el prometido oficial de Serena, pero al menos tenía la conciencia tranquila. ¿Qué pecado podía haber en el hecho de amar a alguien?

Y, además de todo, ni siquiera la he llegado a desvirgar… Pero porque no me dio tiempo, por supuesto… Y, así y todo, maldita suerte la mía, de una forma o de otra voy a pagar por lo que no he hecho siquiera…

El cazado Cazador se sentó en el suelo, frío y sin un miserable jergón de paja donde tumbarse, aunque daba gracias de no estar metido en una cuadra con toda clase de pulgas o garrapatas. Porque eso ya lo había visto en otros prisioneros, eso y mucho más, puesto que no había ninguna piedad para eso. ¡Era imposible contar los huesos y cráneos rotos, las bofetadas que habían hecho saltar dientes o las múltiples ocasiones en que los gritos de los condenados, en tal o cual presidio de las haciendas, le hicieron estremecerse cuando llegaba a escucharlos! Y la verdad era que no sabía a quién debía tenerle más miedo, si a Cornelio o a su propio Patrón, con quien se había codeado desde niño, ya que los Próculos no bromeaban a la hora de llevar a cabo sus represalias. Pero si algo tenía claro era que Mayordomo estaría siempre de por medio, pasara lo que pasara, y eso era lo que más temía en el mundo y en lo que no podía dejar de pensar.

Y, sin embargo, por encima de toda otra tortura, extraño lo que nunca he tenido y temo perder lo que nunca fue mío.

Incluso se imaginaba a sí mismo triunfante, tras sobrevivir de algún modo a ese encierro, en pleno banquete en la Casa de Víctor. Y rememoraba sus frecuentes intentos de despistaje mientras trataba de arrimarse a Serena, tal y como recomendaba a la chica Ovidio en sus poemas:

No consientas que ligue sus brazos a tu cuello, ni reclines tu linda cabeza sobre su helado cuerpo.

No le dejes que introduzca la mano en tu seno turgente y, sobre todo, evita darle ningún beso, pues,

si se lo das, me declararé a voces tu amante, gritando:

“¡Esos besos son míos!” Y extenderé hacia ti los brazos.

Y mataba esa espera con la vieja costumbre de siempre: escribiendo en la pared, con una piedra, incluso su propio epitafio, para que Serena o cualquiera que se molestase en leer aquello pudiese tener noticia de esos últimos pensamientos. Incluso el propio Víctor, con quien se sentía en buena parte defraudado, a pesar de que tantos intentaran convencerle de que era al contrario.

He vivido mezquinamente durante toda mi existencia y por esto os aconsejo que viváis con más placer que yo. La vida es así: se llega hasta aquí y ni un paso más. Amar, beber, ir a los baños: eso es la verdadera vida. Después, no hay nada más. Yo, por mi parte, no seguí nunca los consejos de ningún filósofo. Tampoco os fieis de los médicos[7]: ellos me han matado.

Pero había también lugar para una venganza y escribió, él también, de seguido y sólo por joder:

¿Quién te aconsejó cortarle la nariz al adúltero?

No es con esa parte, marido, que te han engañado.

¿Qué has hecho, imbécil? Nada ha perdido con ello tu mujer,

Puesto que a salvo está la polla de tu Deífobo.

Has desfigurado, marido, a un desgraciado adúltero.

Y sus facciones mutiladas extrañan narices y orejas,

que antes tenían.

¿Crees que tu venganza, con esto, ha de bastar?

Te equivocas, puesto que ése aún puede darla a mamar[8].

Y para más pistas añadió, de seguido:

Tú sólo tienes tierras y tú sólo, Cornelio, dinero.

Tú sólo tienes monedas de oro, sólo tú vasos de múrrina.

Tú sólo tienes todo esto, pero a tu mujer la tienes conmigo.

Estaba claro que la picardía del servicio siempre ha sido ilimitada y estaba claro que alguien se le había adelantado y dejó escrita, aunque estaba medio borrada, otra curiosa dedicatoria para el Señor de la Casa:

Cuando a tu esclavo le duele el miembro, a ti te duele el culo.

No soy adivino, Cornelio, pero sé a qué te dedicas.

¿Sería verdad? Era sabido por todos que los patronos, a menudo, cansados de poder hacer su santa voluntad todo el día, se aburrían a menudo de lo que era considerado normal y empezaban a buscar entretenimiento en cualquier cosa. Hasta en los propios varones como ellos. Habladurías al fin que recordaban a un poema de Marcial: ¿Qué eres, entonces?

Duermes con jóvenes que la tienen como Príapo[9] y a ti no se te empina, Febo,
lo que se les empina a ellos.

Por favor, Febo, ¿qué quieres que yo me imagine?

Me inclinaría a pensar que eres un afeminado, pero los rumores dicen que no eres
maricón
.

Eugenio atisbó por el ventanuco de su prisión, en busca de aire y algo de sol. Y su mente voló de vuelta a la Casa, donde estaba su hogar, simplemente porque ella estaba allí. Ese recuerdo de Aquiles, que le animaba a pelear hasta el final y ser él mismo, desde el mosaico de la Casa, como cuando al héroe le arrojaron ese escudo por delante y no pudo contenerse. Y era en torno a ese mismo mosaico que el preceptor de los Próculos, cuando eran niños, intentaba abrirles la mente. ¿Te acuerdas, Serena, de sus enseñanzas?

Hubo un tirano en Grecia que se enamoró de un atleta y le quiso castrar, para que le sirviera en su cama como eunuco. Y si no accedía por las buenas, y se dejaba castrar, ese tirano le ejecutaría[10].

El preceptor de la Casa agradaba mucho a Eugenio, en su juventud, porque les hacía pensar con sus dilemas. Y lograba que todos sus alumnos se metieran en el papel, fueran los hijos de los señores o fuera él mismo, que lo era de una esclava. Porque nunca hizo esas distinciones entre ellos.

Fue entonces que se le acercó el hermano del atleta, que era filósofo, y le dijo: «¡ea, hermano! ¿Qué vas a hacer? ¿Amputamos el pene y seguimos yendo al gimnasio?» Y entonces, ese atleta no pudo soportarlo, sino que persistió en su postura y murió. Y ahora, decidme: ¿cómo hizo eso? ¿Como atleta o como filósofo?

En esa propuesta no se trataba sólo de cortar el pene, que ya era bastante, sino de acceder a someterse a otro de la forma más indigna. Y en esa ocasión, los pupilos dieron varias respuestas y él mismo, Eugenio, contestó que murió como filósofo, que había ido hasta el final con sus propias ideas y valores, pero el preceptor negó con la cabeza. 

Como hombre, les indicó.Murió como hombre cuyo nombre fue proclamado en Olimpia y que luchó allí y que en tal tierra pasó su vida, y no yendo a perfumarse a Batón. Otro, en cambio, hasta el cuello se habría dejado cortar, si hubiera podido vivir sin cuello. Eso es la dignidad personal. Eso es la dignidad personal. Tal es su poder para los que acostumbran a tenerla en cuenta en sus decisiones.

¿Se puede vivir sin filosofía? Eugenio creía que no y Serena, no menos apasionada de su religión, estaba en la misma postura. ¿Qué habría sido de ese gran preceptor que compartieron? Algunas de sus enseñanzas, de hecho, podían considerarse subversivas, pero no tanto si uno consideraba a quién iban dirigidas. A los futuros mandamases de la Casa, cada uno en su rango, aunque el propio profesor había sido esclavo y eso se notaba. 

La virtud no está vedada a nadie[11]. Ella abre a todos su santuario e invita a todos: hombres libres, esclavos, reyes y proscritos… Y así un esclavo puede ser justo, valiente o magnánimo. Es un error creer que la condición de esclavo afecta al hombre entero: la mejor parte de su ser queda libre. Porque los cuerpos están sometidos al deseo del dueño, pero el espíritu sólo es dueño de sí mismo: es del todo libre y tiene alas. Y a pesar de la cárcel que lo contiene, su ímpetu, que nada puede cautivar, se eleva y realiza los actos más sublimes. Y al remontarse al infinito, trata con los seres más elevados. Porque es, pues, el cuerpo lo que la Fortuna entrega al dueño. Es el cuerpo lo que él compra y vende. La parte interior no puede ser cedida en propiedad. Todo lo que procede de ella es libre y el dueño no puede mandarle cualquier cosa, ni los esclavos están obligados a obedecer en todas las cosas. Dite a ti mismo que este ser que tú llamas esclavo nace de la misma semilla que tú. Que goza del mismo cielo y respira el mismo aire. Que vive y muere como tú. Porque tú puedes verle libre a él, como él te puede ver a ti esclavo. Y un espíritu derecho, bueno, grande, sólo puede describirse como un dios que se ha hospedado en cuerpo mortal. Y esta alma puede ir a parar al interior de un caballero romano, de un liberto o un esclavo. Y, ¿qué es un caballero romano? ¿Qué un liberto? ¿Qué un esclavo? Nombres surgidos del orgullo o la injusticia. Las cosas que precisamos los hombres son aquéllas sin las cuales se pueden vivir, pero de tal forma que es preferible la muerte: la libertad, la honra y el ser cuerdo.

No era de extrañar que tal preceptor, al fin, denunciado por los propios hijos de Asturio, entre comillas, terminase represaliado en consecuencia por el Patrón. Y es que el propio Víctor se le rebeló, en una ocasión, durante la clase, al preguntarle a este profesor qué haría él si tuviera esclavos.

Son esclavos, pero son hombres, le contestó. Son esclavos, pero viven en tu casa. Son esclavos, pero también humildes amigos.

Una respuesta que se hacía realidad en la relación de casi igualdad que reinaba entre ellos mismos, los hijos de la esclava africana y los de la esposa oficial del Señor.

Hasta el esclavo puede negarse a sujetarle el orinal a su Señor, les recordaba. Y no hacía distinción entre los hijos del Señor o de una esclava. Porque todos somos libres de elegir, así como de asumir las consecuencias. Y a todos nos podría tocar ser esclavos, un buen día, si esta Casa fuera usurpada por bandidos. O por bárbaros. ¿Por qué no? Esas cosas pasan y entonces, Dios no lo quiera, todos comprobaríamos lo que es estar al otro lado de una espada.

Una enseñanza que no había calado en la Casa de los Próculos, pero mucho menos en la de Cornelio, por cierto, cuando allí estaban dispuestos a todo para agradar a su Señor. Incluso a meterse en cuitas ajenas, como era la de Eugenio, ya que se trataba de auténticos siervos. Gente servil por naturaleza, más que por rango social, que tomaba partido incluso en cosas que ni eran de su incumbencia. Problemas que ni siquiera comprendían, aunque les fuera su propia vida en ello.

Hay malas noticias para ti, le anunciaban. Los nuestros han vencido y ese cabrón, el hijo del Usurpador, ya está de vuelta hacia las Galias con el rabo entre las piernas.

¿Y por qué es tan malo para mí eso?¡Si yo lo que quiero es que los nuestros venzan y saquen a esos invasores de España! Y que regrese mi Señor, sobre todo, sano y victorioso, para que pueda devolverme la libertad.

¿La libertad, dices? Lo único que te van a dar es lo que yo mismo voy a aconsejarle a mi Patrón, dijo ese necio, que ocupaba el cargo de Sumiller. Unos buenos varazos y una patada en el culo, eso te darán, pues es lo que te mereces por revoltoso y por cabrón. ¿Qué es eso de acosar a la prometida de un alguien? ¿Te crees por encima de los demás mortales? ¡A mi Patrón se le respeta!

En su profunda desesperación, a sabiendas de que ese pronóstico podía hacerse real, Eugenio invocaba al espíritu de sus padres. Y a su madre en concreto le pedía que llamase a su medio hermano, el verdadero rebelde de la familia, para que acudiese pronto con su gente y lo liberase. Porque no les supondría un gran esfuerzo hacerlo, ahora que la Casa de Cornelio o la del propio Víctor estaban tan desguarnecidas. Ahora que ni siquiera él podía advertirles del peligro, como cazador y centinela que era, siempre atento a las novedades que se podían cocer más allá de los mismos límites de las haciendas. Pero las noticias que llegaban por los caminos no eran muy favorables en ese sentido y sus propios captores le mantenían informado, cómo no, para tratar de aumentar su desesperación, aunque toda novedad traía aparejada sus propias ventajas e inconvenientes.

Se dice que las bagaudas se han unido al hijo del Usurpador, para luchar todos juntos contra los nuestros. ¡Tanto mejor! Ya se ocuparán nuestros generales de aplastar a toda esa escoria junta. ¡Así aprenderán esos rebeldes que los esclavos no deben levantarse contra sus señores!

A Eugenio le hizo gracia cómo esos cabestros hablaban de esclavos en tercera persona, como si ellos mismos no fueran los más serviles de todos. Y con lo de esclavos se referían, cómo no, a las bagaudas que pululaban por todo el Norte, pero también a Usurpador y su hijo, que también se habían levantado en armas contra su Señor y César. Pero es cierto eso de que, en la guerra, como en la vida misma, todo puede cambiar en una hora. Y no tardaron en llegar hasta ellos, por esa misma carretera de las Galias, otras noticias mucho menos halagüeñas. En especial, para esos ufanos esbirros de Mayordomo, que alternaban su presencia entre su Casa y la de Cornelio. Para asegurarse de que sus colegas de la mansión vecina mantenían al preso bajo control.

Aún no está confirmado, oyó comentar, pero se dice por ahí que ha habido otra batalla más grande. Y que esta vez habría ido fatal para los nuestros. Que las tropas de los señores habrían sido destrozadas y ellos mismos capturados en la batalla, ojalá que no, para ser llevados a las Galias como prisioneros.

Quieran los dioses que no sea cierto, respondía otro, del servicio de Cornelio, aterrorizado ante semejante perspectiva. Y en la otra cara de la moneda, para un cautivo como Eugenio, que esperaba la máxima severidad si volvía el dueño de esa Casa, brillaba, sin embargo, una naciente, aunque complicada esperanza.

¿Tenía que temer el regreso de los señores o más bien las consecuencias, para toda esa comarca bajo su dominio, si éstos no volvían o lo hacían despojados de su poder? ¿Qué pasaría entonces si, en la anarquía resultante, tan variados enemigos la tomaban contra todo hijo de vecino? Y, por supuesto, como buen camarada de armas, a Eugenio le preocupaba el destino de esos compañeros suyos. Tantos colonos y servidores de la Casa que habían acompañado a su Señor en la mayor aventura de sus vidas, aunque la mayoría de ellos desprovistos de caballos. De ese medio de escape que a menudo sí salvaba a los ricos de morir en los combates o de ser capturados tras la derrota. ¿Qué habría sido de ellos, también? Era dudoso que muchos de ellos regresaran jamás, pero era difícil aceptarlo. Por de pronto, en toda la comarca de los Campos Palentinos, se diría, nunca hubo tanta paz como entonces, pues ni siquiera los bagaudas hicieron acto de presencia, y esto era lo que más extrañaba a todo el mundo y empezando por Eugenio. ¿Dónde estaría ese desagradecido de su hermanito, Liberato, cuando de verdad lo necesitaba?

Y en una de esas noches tan largas, en las cuales se acostaba sobre un pobre y fino jergón de paja, tirado en el mismo suelo, lo despertó un súbito ruido de voces y caballos junto a la pared, por encima de su cabeza, que daba a la explanada frente a la puerta principal. Y enseguida se pegó a ese lado de la oquedad en la que estaba prisionero, una estancia tipo sótano que estaba excavada por debajo de lo que era el nivel del suelo, por lo que escuchaba muy bien cualquier ruido que viniera del exterior. ¿Qué demonios era todo ese estruendo?

¡Abrid, deprisa, que somos gente de Víctor!

Así clamaban desde el exterior con voz potente y desesperada. Pero otras voces no menos destempladas les respondían desde adentro.

¡No abráis las puertas! ¡Podría ser una trampa!

¿Serían los hombres de su hermano, incluso con Liberato a la cabeza, quienes se encontraban de alguna manera ante esas puertas? Lo seguro era que el estruendo no terminaba, sino que antes que eso fue a mayores y en el clímax de esa violencia y furia se escucharon alaridos desgarradores y estruendo de espadas. ¡Sólo podía ser la bagauda! Y, de hecho, no tardaron en aparecer por el calabozo sus captores, que sin muchas explicaciones se lo llevaron casi en volandas hacia esas puertas principales, que estaban siendo golpeadas cada vez con mayor violencia.

Necesitamos que le digas a tu hermano que se vaya en buena hora o te cortamos el cuello. ¡Tú verás!

Así le advertían mientras afuera de esas puertas arreciaban los golpes, con hachas y lo que parecía un improvisado ariete con un tronco. Y a Eugenio le colocaron un cuchillo enorme en la garganta para que no tuviera dudas a la hora de cumplir esas órdenes.

¡Liberato! ¡Vete de una vez! ¡Tenemos aquí a tu hermano y no queremos hacerle daño, pero tampoco podemos soltarlo sin más! ¡Márchate ahora mismo o morirá él antes que nadie! ¡Díselo tú!

¡Liberato! ¡Soy yo, Eugenio! Vete cuanto antes, por favor, ¡que yo estoy bien aquí!

Casi de inmediato, aunque todavía se escucharon unos cuantos golpes más, la nutrida compañía que asaltaba esas puertas pareció detenerse un momento en su nocturno ataque y se escuchó la voz de su líder en medio de esas tinieblas.

¡Está bien, nos vamos, pero no se os ocurra maltratar a mi hermano si no queréis pagar vosotros las consecuencias! Porque no iré contra Cornelio si le tratáis mal, ya que no es él quien lo ha encerrado, ¡sino contra todo mayordomo que tenga algo que ver con todo esto! ¿Está claro? ¡Y antes de eso quemaré la casa con todos vosotros dentro!

¡Soy el Mayordomo de Cornelio y te doy mi palabra de que así se hará! ¡Y te mandaremos pruebas de ello cuando quieras, pero te pido que no vengas más por aquí con tu gente!

¡Así sea! ¡Adiós, hermanito! ¡Ya me dirás si te tratan bien o no! ¡Hasta pronto!

Y con un gran ruido final de cascos y voces que se alejaban, pero sin atreverse nadie de Cornelio ni a asomarse al exterior, parecía que la batalla por liberar a Eugenio había terminado por el momento, sin haberse conseguido ese resultado, aunque una nueva perspectiva para tratar al detenido parecía comenzar desde entonces.

Gracias, Cazador. En adelante serás nuestro invitado de honor, dijo el Mayordomo de Cornelio. Y ahora, dime: si te instalamos en una habitación del servicio y te damos bien de comer y todo, ¿qué me respondes? ¿Me das tu palabra de que no te vas a intentar escapar?

¿Estás de broma o qué? ¡Palabra de Mayordomo!

Pues ésa no me vale, bromeó el capataz, que al igual que Eugenio ostentaba ese cargo tan mal considerado por todo el mundo. ¡Instaladlo en una habitación para él solo y darle de comer lo que os pida! ¡Ahora mismo! ¡Y pobre del se le ocurra maltratarlo!

Dicho y hecho, Eugenio fue de inmediato trasladado a uno de los mejores cuartos, incluso con un brasero para él solo, lo que se agradecía muchísimo en esas noches veraniegas que no dejaban de ser frescas. Y no sólo eso, sino que el mismo mayordomo apareció por allí enseguida en compañía de dos jóvenes bellezas.

Quería pedirte perdón en lo que a mí respecta por lo del cuchillo de antes, pero tienes que entenderlo. Tu hermano estaba a punto de tumbar las puertas y era una cuestión de vida o muerte.

No te preocupes por eso, que yo entiendo. Y mi hermano también.

Pues para que me entiendas mejor te he traído a estas dos primas mías, bromeó, y en su sonrisa mostraba todos los dientes que le faltaban. Vendrán a verte cuando gustes o se pueden quedar contigo todos los días que quieras estar aquí.

¿Los días que quiera? Eugenio se echó a reír. ¡No sabía que estaba en una posada!

¡Pero es que así era la guerra, aunque estuvieran tan lejos de las auténticas batallas! Hacía un instante estaba con el cuchillo al cuello, a medio camino entre la muerte y su liberación, y ahora se encontraba flanqueado por dos bellas muchachas con las que pudo al fin soltar el lastre de tanto temor y maltrato. Y es que había que aprovechar el momento, claro, no fuera a ser que cualquier día de ésos volviera Cornelio de su aventura y todo cambiara otra vez, con su cabeza tirada en la perrera de tan potente adversario.

Y como recordatorio de que la muerte nos llega a todos como el final, y de lo que podía haber sido de verdad esa noche de cuchillos largos, al día siguiente se abrieron por fin las puertas, con mayores cautelas que nunca, y se pudo comprobar la escabechina que había sucedido en una madrugada de voces y golpes que había sido mucho más que eso. Porque el cuerpo de un guarda de la casa yacía tirado allí mismo, junto a la puerta principal tras la cual no le permitieron refugiarse, por ese tremendo error del Mayordomo de Víctor de haber mandado a nadie a esa casa sin pensar que los bagaudas, por lo excepcional del momento, debían estar más alerta que nunca. Y era el propio Cazador, a quien invitaron a salir para contemplar los restos de la batalla y cómo habían dejado las puertas, quien inspeccionaba esos daños. Porque lo permitieron salir para que le diera el sol y siempre bajo palabra de honor de que no intentaría fugarse ni aunque pudiera.

Este pobre hombre ha muerto por mi causa, comentó Eugenio, con tristeza verdadera, aunque estaba claro que no tenía culpa ninguna de lo sucedido.

Mejor ellos que nosotros, comentaban los de Cornelio. ¿Quién les dijo que recorrer este camino era seguro en la noche? ¿Tan urgente era lo que traían?

El que no anda no te sigue, comentaba ese Mayordomo, el de Cornelio, de pie ante ese caído ante las puertas de Troya.

Pues aquí hubo uno que sí que les ha seguido, dijo Cazador. Mira: el rastro de sangre no miente y aquí hubo uno que se ha ido con un recado para casa, aunque a lo mejor era un bagauda herido en la batalla.

Pues que lo vaya a buscar su Mayordomo, dijo este jefe del servicio doméstico de Cornelio. Porque no sería tan raro que se hubieran llevado a alguno más, incluso, como prisionero a sus escondrijos, tal vez para usarlos como rehenes. Porque unos y otros tenían bastante claro que aquélla era una guerra sin final y que las negociaciones iban a ser siempre inevitables para ambas partes.

Por de pronto, de hecho, Eugenio vivía mejor en la Casa de Cornelio que en la suya propia, donde al cabo tenía que trabajar y sin tantos privilegios de auténtico patricio. Y como no sabía estar sin hacer nada, aprovechó esos días tan largos y raros para enseñar a los niños de esa casa, y también a cuantos adultos podían atender sus lecciones, que siempre eran más que necesarias en una hacienda en la que nada se consideraba que no fuera el trabajo manual puro y duro. De esa manera, no sólo aprovechó ese tiempo de cautiverio para bien, sino que además se ganó el cariño de todos los habitantes de esa casa y, en especial, de los que no le conocían de antes.

Al principio, la noticia de esa derrota de los patricios sólo era un furtivo rumor, si bien crecían los signos de que en verdad así había ocurrido. Y el mejor trato que le procuraban cada día sus captores a Eugenio le hacía pensar que algo sí había cambiado, después de todo. ¿Asumían ya que quizás Víctor o Cornelio no volverían de su guerra, como era de temer o de esperar, según para cada cual? Una pérdida que no sabía si era lógico lamentar tanto, en el caso de Víctor, dadas sus circunstancias, porque su regreso bien podía significar represalias, pero cuya ausencia también podía complicar todavía más su destino. Y así pasó las horas hasta que un buen día, ya de atardecida, escuchó ladridos que le resultaron familiares.

Pero… ¿Qué oigo ahí afuera? ¿No son mis perros eso que suena? ¡Sí! ¡Son las rehalas que yo adiestré para el Señor y que a buen seguro han seguido mi rastro!

Y no venían solos, a juzgar por las voces que sonaban junto a sus ladridos, sino que Eugenio podía escuchar, incluso, algunas que le eran muy conocidas. Y empezó a creer en serio que su encierro había llegado a su fin, ya era hora, si bien lo peor era la incertidumbre total que le asediaba.

Sólo respondo ante tu hermano, decía el Mayordomo de Cornelio. Y, en todo caso, ante mi Patrón. ¿Por qué no viene él mismo a decir lo que debemos hacer? ¿Se sabe algo de él?

Nadie sabe nada de vuestro Patrón, ¿de acuerdo? Pero mientras él no esté, ante mí responderás, pues ese liberto es de mi hermano, le oyó decir a Serena. Y, además, Víctor ya ha llegado a su Casa y lo reclama, así que ya me estás sacando a Cazador de donde lo tengas antes de que te arrepientas. ¿Está claro?

No muy convencidos, pero sometidos a unas órdenes que venían de una alguien, los hombres de Cornelio se presentaron en el cuarto de Eugenio y lo sacaron al exterior enseguida, donde pudo reencontrarse con Serena y sus batidores, aunque el liberado aún no tenía claro lo que pasaba.

¿Cómo te encuentras, Eugenio? ¿Te han maltratado mucho?

Para nada, respondió, con una última mirada de desdén a sus carceleros, que asistían a todo esto con la tensión lógica del momento. Lo cierto es que me han tratado muy bien.

Y sin más pérdida de tiempo, esa comitiva que dirigía Serena, con los batidores que el mismo Eugenio mandaba, emprendió su regreso por la cañada que unía ambas casas. Y no tardaron en cruzarse en el camino con Mayordomo, que venía acompañado de su propia gente, por lo que Eugenio temió una trifulca entre las dos facciones rivales. Un enfrentamiento en que los cazadores tenían las de perder, se suponía, por estar peor armados y entrenados para la guerra, pero ese bruto no parecía tan decidido a perseverar en su atrevimiento. Como solía suceder, a la vista del Patrón enseguida se calmaban sus aires de tirano, aunque seguía crecido en sus razones para haberlos arrestado.

Sólo cumplí las órdenes de Víctor, mi Señor, como otros debieran hacer. Como tú misma debieras, se justificaba, aunque no con mucho éxito.

No necesito tus lecciones, igualado, respondió Serena. Y si quieres acusarle ante tu Señor, o a mí misma, en la Casa lo tienes para impartir su justicia. Pero ninguno habéis de temer nada, añadió, para tranquilizar a los inquietos guardias del Mayordomo. Habéis obrado en cumplimiento de órdenes y por mi parte no habrá castigo para nadie, ¿de acuerdo? Tampoco para ti, le dijo a su jefe, que sin duda no esperaría esa actitud tan dialogante. Y así fue que la batalla de su liberación había terminado, se diría, con la victoria total de Serena, pero, ¿qué iba a pasar ahora? ¿Sería cierto eso de que su hermano estaba en casa? ¿Qué había sido de la guerra? ¿Qué habría sido de Cornelio? Lo que estaba claro era que, por de pronto, el Mayordomo no se fiaba de nada.

Escuchad todos, advirtió. ¡Vosotros veréis lo que hacéis, pero yo no me la jugaría a que volvamos a la Casa sin saber qué va a pasar y que nos echen a todos el lazo! ¿Y si nos obligan a entregar las armas, por ejemplo, ahora que más precisamos de ellas? Por lo tanto, hasta que todo se aclare y sepamos de verdad quién va a mandar aquí, os lo digo, yo no arriesgaré la cabeza por unas órdenes que han sido bien cumplidas. Ni por éstas ni por las pasadas. ¿Quién se viene conmigo?

Y así diciendo, espoleó a su caballo y emprendió la marcha, en dirección hacia la Casa de Cornelio, seguido por algunos de sus más fieles escuderos, si bien Serena consiguió retener a la mayoría.

¡Dejadle ir, compañeros! ¿A dónde se cree que va? ¡Si no quiere volver a la Casa, tanto mejor! ¡A enemigo que huye, puente de plata! Y por la parte que me toca no echaré de menos a ese malcarado. En adelante, Cazador será vuestro jefe, por lo menos, hasta que Víctor no diga lo contrario. ¿De acuerdo? Y no temáis ninguno: mi primera orden es que olvidéis toda rencilla que nos pueda separar. De hecho, yo ya lo he olvidado todo. Porque aquí lo que importa es la Casa y os necesito a todos. ¿Entendido? 

Un murmullo de aprobación fue la respuesta. Porque eso era todo lo que todos ellos querían, la Casa, un ideal que unía a los más fieles a Mayordomo y a los que no. Y continuaron su camino hacia allí sin atreverse Eugenio a preguntar, en una situación tan delicada, qué había pasado en verdad con Víctor. De la batalla y de todo lo que estaba en juego con ella. Porque la mirada de Serena ya decía mucho sobre lo que podía haber pasado y sólo a la vista de los muros de la Casa se la llevó aparte un momento, con un tirón de la brida de su caballo, para avanzar por ese último trecho en soledad y poder hablar sin ser oídos.

Gracias por venir, angelita. Por salvarme de esta mala bestia y sus amigos.

No soy yo quien te ha salvado, sino el Señor. El único Señor.

De acuerdo. En ese caso, dale las gracias de mi parte. Pero ahora, dime de una vez, ¿qué ha sido de tu hermano?

Su vida está en manos de Dios, respondió ella, mientras el llanto contenido asomaba por fin a sus mejillas. Y Eugenio temió por él y se dio cuenta, en ese momento, de que estaba muy lejos de odiar o tan siquiera temer a su Señor.


[1] Séneca.

[2] D.H. Lawrence.

[3] Ovidio.

[4] Un viento.

[5] Relato de la Ilíada: los griegos mataron por sorpresa este príncipe, aliado de los troyanos, junto a sus soldados, aprovechando que dormían al raso. Una parte del libro que me impresionó especialmente, cuando lo leí, siendo adolescente.

[6] Es el drama principal de la película Troya (2004): Aquiles capturó a esta princesa troyana que el Generalísimo de los argivos (griegos), Agamenón, le arrebató por una riña entre ambos. Y ésa fue la causa de la famosa cólera de Aquiles, que se quedó encerrado en su tienda sin que él ni sus hombres combatieran. Y este mal principio de la Guerra fue aprovechado por Héctor y los troyanos, como se dice en el poema, para masacrar a los argivos (griegos) en tanto Aquiles se mantuvo al margen.

[7] En el epitafio original, en Pompeya.

[8] Poema de Marcial, un poco arreglado por mí, pero literal. Ídem el siguiente, donde cambio el nombre del cornudo.

[9] Dios menor rústico de la fertilidad, caracterizado por un enorme pene.

[10] Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II. 1-3.

[11] Séneca.

*Helena de Troya, cuyo rapto desencadenó la mítica Guerra de la Ilíada, representada con gran belleza en el mosaico conquense de Noheda (Cuenca).*


*Madre de Eugenio y Liberato. Originaria de Mauritania Tingitana (que se corresponde en gran parte con el Marruecos actual). Fue comprada por el padre de Víctor y Serena y también asesinada por él, según se comentaba en la Casa. Y antes que eso Liberato fue el hijo de ambos, pero primero tuvo un hijo de otro hombre, que fue Eugenio, también asesinado entre esos muros. En la imagen de la derecha, en el mosaico principal de la Casa, un león de la misma región norteafricana de la que esta mujer procedía. Varias de estas fotos pertenecen al archivo fotográfico de la Diputación de Palencia cedidas para la divulgación cultural del yacimiento.*


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