Gustaba de montar a sus criadas. Ahora será él montado.
Quien nada tenga, que nada tema.
Víctor se echó a reír ante esa amenaza, pintada en la pared de sus establos, justo enfrente de la fachada de la Casa. El Señor apenas venía de dormir con sus concubinas, dos a la vez, como era su costumbre de privilegiado. Y nada parecía turbar su ánimo tras semejante terapia de relajación y descanso, mucho menos cuando lo rodeaban siempre sus guardias armados.
Tratan de amedrentarme, ¿no es cierto? ¿De verdad creen que es tan fácil? ¡Ya veremos quién monta a quién! De momento, a mí no me han montado nunca.
Guárdate, Señor, que siempre hay una primera vez para todo, dijo Mayordomo. Y esta casa está llena de enemigos, de traidores que comen de tu mano, pero que te odian. Recuerda que los bárbaros siempre necesitan de traidores que les abran las puertas[1].
Para ti, todos son enemigos. ¿No te parece? ¡Pero si no fueras tan cruel, joder, a lo mejor no nos tendrían tanto rencor! Y no creas que no se me oculta la verdad: que esta advertencia va dirigida a mí es obvio, pero también que lo hayan escrito en los establos. Porque a mí me recuerda a eso que decía mi padre sobre los hijos ilegítimos: “que haya nacido en noble establo no quiere decir que sea un purasangre”.
Liberato, claro, resolvió Mayordomo. Pero eso sí lo tenía claro. ¿Quién si no? Lo que está claro es que no han venido de Palencia a escribirte esto.
Pues sí. No hay nada más terco en esta vida que un bastardo que se cree con derecho a heredar.
Si esa rata sigue suelta por ahí, merodeando y vigilándonos a todas horas, no vamos a poder dormir tranquilos en la vida. Está claro que así seguirá hasta que le demos caza de una vez.
Lo dices como si fuera tan fácil cazarlo, pero creo que poco hemos conseguido hasta ahora con respecto a ese cabrón. No con tus métodos, desde luego.
Pero, Señor… Tampoco creo que sea todo culpa mía cuando yo he querido aplicar más mano dura y no se me ha dejado.
Se refería a todas las ocasiones en que pudo haber machacado de verdad a sus detenidos. Por ejemplo, cuando un bandolero de Liberato, enredado con una mujer de los contornos, cayó en su propia trampa de miel cuando la gente de Mayordomo le esperaba en las vecindades de ese caserío. Por fortuna para ese cautivo, Eugenio se enteró del asunto e intercedió ante Víctor, para que le perdonase la vida a cambio de convencer a ese joven enemigo para que les diera aviso de cualquier acción de las bagaudas contra la Casa. También se le permitió visitar con discreción a su amiga y hasta se le dio una paga por sus servicios, aunque eso no le libró de ser torturado durante largas horas por Mayordomo hasta su liberación. Que así era como el brutal capataz se enteraba de todo lo que sucedía en los dominios de su Señor y en los alrededores, aunque Víctor sabía que no podía abusar de esos métodos si no quería tensar demasiado la cuerda con criados y enemigos.
Supongo que hablas de ese esbirro de Liberato al que agarramos, hace algún tiempo, pero olvídate. Esas decisiones se toman en el momento y en esa ocasión se consideró que era mejor dejarlo vivir y soltarlo. Y se hizo para que pudiera mantenernos más informados, como así ha sido.
Yo no estoy tan seguro de nada. Es más: creo que el único que está informado de verdad y que sabe lo que pasa en todas partes es Cazador, que fue quien insistió para salvarlo de la hoguera, replicó Mayordomo. De labios de ese mismo prisionero arranqué la confesión de que ese pájaro está como mínimo en los dos bandos. ¡Por eso se muestra tan compasivo con sus compañeros de bandolería, cómo no! Hasta me llegó a asegurar que Liberato les insiste mucho a sus hombres en no dañar nunca al Cazador. Más claro, el agua…
Pero, tú, ¿qué pretendes? ¿Que les mande ejecutar a su querido hermano en cuanto lo encuentren por ahí? ¡Olvida por un momento tus odios viscerales y recuerda de esta guerra es entre nosotros y ellos, por favor! ¡No entre esos dos! Además, aunque te cueste reconocerlo, nos viene muy bien tener al hermano de ese desgraciado entre nosotros.
Pero, Patrón, las pérdidas que estamos sufriendo no dejan de crecer. ¡Algo tenemos que hacer!
Bueno. Aprendí de mi padre que en toda guerra hay daños y lo único que hay que procurar es que sean los menos posibles. Y nos guste o no que nos roben, por ahora, los daños que me causa esa alimaña son asumibles. Y son menores que en otras haciendas de la comarca, como sabes, lo que pienso que es gracias a Eugenio. Además, para qué negarlo, uno de los más beneficiados de ese trato de favor eres tú mismo, puesto que no te buscan tanto como sería de esperar cuando te odian más que a nadie.
Me temen, más bien, Señor, porque saben que conmigo a tu diestra tienen poco que hacer. Y ya me ocupo yo de protegerte a ti y a toda la Casa, empezando por mí mismo. La verdad es que no creo que le deba la vida al Cazador.
Era evidente que nada podía odiar más Mayordomo que escuchar las alabanzas que su propio jefe le otorgaba a su peor enemigo en la Casa, pero a Víctor le venía muy bien esta rivalidad. Porque como Patrón que era no se fiaba de nadie.
Antes de pensar en echarle el lazo a esos cabrones, Patrón, pienso que podríamos empezar por vigilar mejor quién duerme en la Casa.
¿Podrías hablar más claro, por favor? ¿A quién quieres llevar ahora a tu mazmorra?
No me fío de Cazador. Él es el peor de todos, aunque finja ser un corderito. El más peligroso. Al fin y al cabo, está igual de cerca del jefe de los bandoleros que de ti.
Eugenio no tiene la culpa de lo que haga su hermano, respondió Víctor. Es un empleado bueno y fiel. Lo que pasa es que tú le odias desde hace tiempo, no sé por qué, pero sabes bien que yo le debo mucho.
Y él a ti. A esta Casa, en la que nunca le ha faltado de nada y siempre se le consintió todo. Pero todo el mundo sabe que las peores traiciones vienen, a menudo, de quienes más nos deben.
Víctor meneó la cabeza.
¡Le debo mi vida, joder! ¿Cómo quieres que desconfíe de él y nada más que por tu absurda rivalidad? Olvídate de eso.
Señor: que le debas la vida no quiere decir que cierres los ojos a muchas cosas que todo el mundo puede ver. Él sabe que le estás agradecido y que le tienes confianza y en esta certeza es que basa él su osadía. Tu deferencia hacia él ha dado alas a su ambición, la cual lleva a cabo sin prisas, pero con un camino muy claro.
¿Qué quieres decir?
Quiero decir que en la otra jornada cazó algo más que un jabalí, mi Señor.
¡Habla claro de una puta vez!
No es fácil decir esto, pero tampoco puedo ocultártelo por más tiempo. Patrón: todo el mundo sabe que Cazador va a toda hora detrás de la Señora y… Bueno… Creo que podría decirse que ya se cobró su pieza.
Hablas con gran seguridad, Mayordomo, pero la acusación es grave. Demasiado como para no estar fundada. Y te recuerdo que estás hablando de mi hermana.
Yo lo he visto.
Ah, ¿sí? Y, ¿qué has visto? ¿Acaso dudas de la virtud de Serena?
¡No, Señor, jamás se me ocurriría! La Señora se merece todo el respeto y la confianza que pones en ella, pero creo que hasta la virtud más fuerte puede ser vencida con promesas. Por muy beata que sea, al final, la Señora es una mujer de carne y hueso y está más que en edad de casarse. ¿Es que no se puede hablar claro? Toda la Casa sabe que no está enamorada de Cornelio ni de ningún patricio. A quien quiere ella es al Cazador.
Víctor rechinó sus dientes. No sabía si enfadarse por la acusación a tan válido lugarteniente o a su hermana, pero él también se temía esa posible traición debido a la relación furtiva que los dos mantenían. Después de todo, ella aspiraba a convertir la Casa en una especie de iglesia benéfica en la que cualquiera pudiera hacer lo que le diera la gana y Cazador era otro subversivo que veía por sus ojos. ¿Cómo no imaginarse la fiesta que serían capaces de hacer esos dos si cualquier día de ésos cerrase los ojos para ir a abonar el huerto, como pasó con todos los anteriores patrones, dejando la Casa entera en tales manos?
Puede que tengas algo de razón en todo eso, reconoció, a sabiendas de que Serena y Eugenio tenían motivos de sobra para no echarlo tanto de menos si un día faltase. Se empieza por dejar que monten el caballo de uno y acaban montando a tu hermana y a quien haga falta. Eso está claro. Lo que sea con tal de salirse cada cual con la suya. Y esos dos tienen demasiadas cosas en común.
Y no sólo es eso. También está el asunto de sus padres. Hay cosas que no se olvidan, Señor.
A Víctor le invadieron la mente, de pronto, imágenes fugaces de una joven y hermosa mujer. Una morena exótica, de rizosa cabellera negra, que tenía por dueño a su autoritario progenitor: su padre, claro, el General Asturio. Y había otro hombre de por medio, el también fallecido padre de Eugenio, quien pagó muy caro el hacerle la competencia a un alguien y tratar de recuperarla. Pero Víctor meneó la cabeza.
Eso pasó hace mucho tiempo. Los pecados de mi padre no habrán de perseguirme a mí, ¿no es cierto? ¡Bastante tengo con los míos!
El General Asturio fue un gran Señor, pero tienes que intentar ver todo esto desde el rencor de Eugenio. Ya sabes que corre por ahí ese rumor estúpido de que tu padre mató al suyo.
Sí, lo sé. Y tal vez no sea tan estúpido ese rumor, por lo que tengo entendido, pero lo importante aquí no es eso. Mi padre está muerto, ¿no es verdad? Pues descanse en paz. Y entonces, ¿crees que piensa aún en vengarse? ¡Eso sería como si yo me vengara de él por lo que me hace el cabrón de su hermano!
De tal palo, tal astilla, mi Señor, o al menos eso se dice. Y si el padre de Cazador era un rebelde, mucho más lo es su medio hermano. Y entre uno y otro, Patrón, está el hijo y el hermanastro de ambos: Cazador. Te lo digo porque su nombre siempre sale los interrogatorios que les hacemos a los bagaudas y siempre en el mismo sentido: Liberato cuenta con su hermanastro para facilitar su regreso y gobernar la Casa con él y Serena. Ése es el plan. Un plan en el que tú, por supuesto, sobras.
Víctor suspiró, a sabiendas de que todo eso tenía mucho sentido. Y lo peor era que el más encarnizado enemigo de la Casa, su hermanastro Liberato, también era hermanastro de Eugenio. Y éste nunca había renegado de su hermano, aunque les ayudase a perseguir a esos rebeldes, pero el Señor le necesitaba también por eso: como una especie de espía o embajador, a caballo entre esos dos mundos irreconciliables, aunque no había que fiarse de nadie. Y también por eso no terminaba de cortar de raíz los furtivos devaneos entre Eugenio y Serena, consciente de que era más interesante no enfrentarse a esos dos ni cortar, de cuajo, sus esperanzas amorosas, aunque era un engaño que no podía durar toda la vida.
Tienes razón en eso. No hay que confiarse, por muy leal que Eugenio sea, y aquí hay mucho en juego. En las bagaudas abundan los antiguos siervos y no pocos amos han caído en sus manos por traiciones parecidas. Y todo eso, como te puedes imaginar, lo tengo muy presente, pero le vigilaremos de cerca.
El Señor contempló un momento su hacienda, ahora desde lo alto de una de sus cuatro imponentes torres. La Casa era un auténtico castillo y casi una pequeña ciudad de provincias, por sus extraordinarias proporciones. Y la visión de los contornos desde arriba era perfecta, por lo inmenso de esa llanura, que a él por entero correspondía visualizar. Un cuadro extenso en el que sólo muy a lo lejos podían otearse, entre unas colinas boscosas, los principios de la hacienda de Cornelio, ese amistoso reino vecino, aunque hubiera por el medio unos campos que estaban en disputa entre ambos. Pero los señores siempre encuentran la manera de arreglarse, aunque sea de momento, siempre de acuerdo en mantener a raya a sus vasallos. Y, en especial, a los peores de éstos, que eran los bagaudas: pastores y campesinos que, huidos al monte por despecho, desafiaban su poder y patrimonio. Y se ocultaban, en especial, en las no lejanas montañas del Norte. Seguras guaridas a las que acudían, sobre todo, cuando los propios colonos les advertían que la gente de sus señores marchaba contra ellos.
Todo lo hemos hecho bien, como era correcto, desde que mis ancestros levantaron esta Casa, decía Víctor. Y eligieron el sitio ideal, cerca de la carretera, aunque no tanto como para atraer la codicia de otros bandidos. De los malos viajeros y las tropas, que son más comunes que los bagaudas. Y edificaron cerca de un río, también, como es el fértil Nubis[2], pero no tanto que sus crecidas amenazaran la Casa. Y en un valle abierto, con horizontes amplios, pero resguardado del calor y las ventiscas. Todo en un delicado equilibrio, como recomiendan los sabios. Mis antepasados levantaron su mansión como los antiguos reyes construían sus tumbas, ocultas por cualquier sitio para mantenerlas a salvo de saqueadores por toda la Eternidad. Un hermoso sueño, sí, pero fútil sueño al fin.
Tus antepasados lo hicieron bien y ahora nosotros estamos en la misma senda. Lo único que sobra aquí son las bagaudas, pero ya los castraremos a todos, dijo el Mayordomo. Y se volvió a sus hombres, desde la atalaya, con su autoritario tono habitual. ¿A qué esperáis para borrar esas sandeces, bonitos? ¡Si no hay pintura, joder, echad cal encima!
Ocurrió entonces que una mujer mayor que pasaba, al ver la amenaza escrita en la pared, se entretuvo en intentar leerla, aunque era improbable que pudiera. En los fértiles Campos Palentinos, fuera de las ciudades, la mayoría de la población balbuceaba un latín mestizo, que mezclaba muchas palabras de su dialecto nativo. Una lengua bárbara, semejante a la de vascones o cántabros, cuando al cabo eran pueblos parientes.
Cuando el amo duerme, comentó, el siervo pasa la noche en vela.
Ten cuidado, mujer, clamó el Mayordomo. ¡No sea que la pases tú en vela, en la calle, junto a los perros!
Para lo que se avecina, Patrón, a lo mejor sí es bueno estar afuera, aunque se pase frío.
En este punto, Víctor sintió que había llegado al límite de su paciencia.
¿A qué te refieres, mujer? ¡Habla claro, anda, que no está el horno para bollos!
Pues eso mismo te digo, Patrón: que en toda la comarca se tiene por seguro que habrá guerra y tal vez, Dios no lo quiera, esa anarquía que traen siempre estas cosas. Y la Casa es un premio demasiado grande para que ningún enemigo pueda fijarse en otra cosa.
¿Y de verdad te piensas que necesito las opiniones de una optimista si no te he llamado? ¡Muy bien, tú lo has querido! ¡Echadla de aquí, a esta agorera! Y dejad que pruebe la libertad, si tanto la quiere, dijo Víctor. Aquí no se admiten adivinaciones sin preguntar y de poco nos aprovecha una boca tan inútil en esta Casa. ¡Fuera con ella!
Dicho y hecho, los mozos tomaron a la mujer en vilo y la sacaron de malas maneras, afuera de la huerta, pero Serena no tardó en aparecer. Porque ella siempre aparecía tras los excesos de furia de su hermano, como antes hizo en los tiempos de su no menos autoritario padre. Y la envió a una de tantas aldeas de los contornos, con algo de comida, para que fuera mejor acogida por los colonos y con la orden de alojarla por allí. Como hacía la Señora con tantos menesterosos y proscritos, cada día más abundantes por los campos. Y Eugenio vio el espectáculo desde lejos, ocupado en una ronda de vigilancia. Pero no era habitual que Víctor se comportase así, pues tenía una merecida fama de clemente, si bien los ánimos en la Casa andaban revueltos. Y no por esas travesuras, como la pintada, no. Pues las noticias que llegaban por los caminos, sobre los avances del Usurpador en las vecinas Galias, eran para echarse a temblar. Y las bagaudas se aprovechaban del pánico que se irradiaba desde la frontera para atraer a más descontentos hacia ellos, que engrosaran sus filas y les abrieran las puertas de todas las haciendas. De hecho, Eugenio sospechaba que Víctor le mantenía allí, aparte de por cazador, como comodín frente a lo que pudiera pasar. Un seguro de vida último para el caso de que las cosas fueran tan mal, en algún momento, que el Patrón pudiera hasta caer en manos de Liberato. Un hermanastro que compartían ambos, Señor y vasallo, pero que sólo estaba unido de verdad a Eugenio. Y unido en la distancia, claro, porque la cabeza de Liberato tenía un precio muy alto, de tal modo que sus visitas a la hacienda eran tan furtivas como fugaces.
Este hermano mío nunca entendió que la gente se queja de gusto, pensaba Eugenio. Si de verdad les dolieran las ofensas, o la miseria en que viven a veces, se harían respetar más y no se dejarían pisotear.
Él mismo lo había comprobado en sus carnes: lo sometidos y temerosos que eran. En una ocasión, por ejemplo, fue a quejarse al Patrón en nombre de más servidores de la Casa, por las bajas raciones que recibían en un año de más carestía, aunque a él mismo no le faltase de nada, pero se encontró con que en el último momento todos le desertaron en el camino hasta dejarle solo. Y con tal decepción por su parte que hasta el propio Víctor se echó a reír en su cara.
¿Ves lo que te digo siempre? Tienes que reconocer que la mayoría de éstos no son para irse a una guerra con ellos, ¿o no? Pero dice mucho de ti que te atrevas a dar la cara, así que no te preocupes. A mí me vale con que aprendas la lección: no se puede uno fiar de estos alborotadores, así que no vuelvas a jugártela por cosas que no valen la pena. Y sobre el tema de las raciones que me comentas, a ver: ¿qué quieres que yo haga? ¿Es que no conoces la despensa como yo y sabes que estamos justitos? ¿Qué será mejor, me pregunto, repartirlo todo esta semana y luego silbar hasta el invierno?
*Los malos tratos a los sometidos eran la costumbre y el derecho de los potentados, desde los propietarios de villas rústicas hasta el propio Emperador.*
A esa misma hora, mientras Mayordomo y Víctor comentaban sus preocupaciones, Eugenio buscaba el rastro de ese proscrito que se había atrevido a acercarse a la Casa. Porque podía ser un criado descontento, en pleno ataque de celos contra su Patrón, quien dejara ahí escrita esa amenaza, pero también podía haber sido un bagauda merodeador. Tal vez un compañero de su hermano, que habría escrito eso para amedrentar a los dueños de la Casa y ganarse simpatías entre el servicio. Un empeño no tan sencillo cuando aún regía esa vieja ley romana según la cual, si un propietario moría asesinado en su casa, aunque apareciera el culpable, todo el servicio sería a un tiempo acusado y ejecutado. Y no hacía falta que sobrevivieran herederos ni parientes, no, para cumplir tan fiera norma, sino que todos los demás potentados acudirían enseguida, de todas partes, para asegurarse de que se llevaba a cabo ese castigo ejemplar. Y vendrían a la cabeza de sus séquitos de hombres armados, desde sus haciendas, para vengar sin tardanza a uno de su clase. Para que cundiera el terror del ejemplo entre todas las servidumbres y forajidos y a nadie se le olvidase que los inferiores no debían levantarse contra ningún alguien.
Lo mismo que hicieron con mi padre, claro: ajusticiar a uno para hacer ejemplo frente a los demás.
Era muy poco lo que Eugenio sabía de su progenitor, al que perdió de mala manera cuando era tan pequeño, pero sí tenía claras dos cosas: una era su desesperado amor por su madre y él mismo y la otra, su valor a toda prueba, que demostró sin discusión al acudir a la Casa él solo para rescatarlos. Un empeño a vida o muerte que puso en práctica en cuanto supo de su paradero y que, al fin, descubierto a tiempo por el astuto Asturio, lo llevó a encontrarse de frente con quien se había apropiado de su familia por la fuerza en una campaña. Uno de tantos secuestros como ocurrían todos los días, en todos los rincones de esa frontera inquieta en la que todos vivían y coexistían, pero muchas veces sin querer mezclarse entre sí si no era, claro estaba, mediante ese tipo de incursiones y hasta capturas. Un país fronterizo donde campaban a sus anchas las bagaudas y los bárbaros de las montañas del Norte, pero también la gente de Asturio y otros caudillos romanos, quienes se arrogaban la potestad de defender a los ciudadanos decentes del Imperio que sufrían las agresiones de esos salvajes. Una protección que a veces se revelaba, para los indefensos lugareños de la tierra de nadie, mucho peor que la enfermedad que se pretendía erradicar. Pero a nadie se le había ocurrido aún ir a Roma a contarle al César lo que sus propios lugartenientes hacían a otros romanos, también, fuera de todo Derecho, y en cualquier caso le hubiera parecido muy bien cualquier cosa. Pues como el propio Asturio reconocía sin tapujos:
Mientras el oro y la plata sigan llegando a Tarragona, para embarcar en los barcos del César, tengo su permiso para descuartizar a su propio hijo si se interpone en mi camino.
¿Quién en el mundo iba a pararle los pies? Asturio tenía plena potestad del César para quemar ciudades enteras ante la menor sospecha de rebelión, entre el Pirineo y Finisterre, como otros antes que él ya demostraron, hacía tiempo, al destruir Julióbriga hasta los cimientos: un escarmiento duro que sirvió a los impenitentes cántabros para recordar quiénes mandaban, fuera de sus apartados montes, antes de que esos abnegados hijos bastardos de Roma volvieran a reconstruirlo todo como si nada. Como hicieron en Cartago sus antepasados. Porque Asturio y sus compinches no dudaban en esclavizar a todos los sospechosos sobre la marcha, fueran culpables o no, como Eugenio escuchó que había ocurrido en su día con su madre.
Pero ella no era de aquí, sino que vino de África. Siempre me contó eso, razonaba Eugenio, en sus infinitas charlas con el Viejo Cazador. Un veterano criado de la Casa que se ocupó de enseñarle todos los secretos de su oficio y también, buen conocedor de todos aquellos entresijos domésticos, de informarle un poco sobre un pasado doloroso y falto de piezas.
Ella ya había sido raptada antes, claro, pues ni siquiera pertenecía a este país. Sus Lares estaban tan lejos de nosotros como el sol cuando alguien la traería desde África hasta aquí, tan cerca del Mar donde el mundo se termina, pero fue muy poco lo que a mí me contó. Tan solo me dijo que consiguió escapar de la hacienda donde la tenían y que se consiguió evadir, ayudada por tu padre, en una de tantas fugas de esclavos como ya había por entonces. Pero ya sabes que Asturio conseguía recuperar a muchos de esos fugitivos y también hacía otros cautivos por el camino, si era necesario, para repartirlos luego por diferentes lugares a cambio de su sal. Y tu padre volvió a por ella y a por ti, pues juntos os trajeron a la Casa, pero vio que era imposible llevaros con él por las buenas y entonces se le ocurrió otra manera de acercarse sin hacer tanto ruido: trató de ganarse la confianza del servicio y hasta del Patrón, cuando era un hombre muy hábil, pero Asturio tenía ojos y oídos por todas partes y les sorprendió cuando ya se preparaban para huir contigo. Y lo que vino después, me parece, por desgracia no hace falta contártelo.
Lo recuerdo demasiado bien, confirmó Eugenio, para quien nada de ese oscuro pasado era digerible. No sólo porque eran sus padres y padecieron, en sus carnes, la barbarie de esa casta de tiranos, sino porque él mismo había quedado en la Casa como el único recuerdo de tan triste historia. Porque la otra parte restante de ese triste rompecabezas era un medio hermano suyo que andaba perdido, por los montes cercanos, desde hacía demasiado tiempo, y que nadie pensaba en serio que pudiera regresar jamás si no era para volver a salir, en el acto, pero con los pies por delante.
La madre de Eugenio y Liberato siempre fue la gran mujer en la vida del Viejo General, como éste siempre demostró, incluso educando a los hijos de su favorita como si fueran los suyos propios. Incluso con una venganza brutal, cuando se enteró de su presunta traición con el que era de verdad su marido. Una represalia en la que él murió sin contemplaciones, pero en la que su madre también tuvo que pagar la cuenta por lo que a ella misma le tocaba. Y hubo un día en que ella también murió y entonces, para sus dos privilegiados hijos, la vida dio otro giro definitivo en el cual seguían inmersos, aunque cada uno de distinta manera. Eugenio siguió en la Casa como si nada hubiera pasado, entre comillas, mientras que la suerte de Liberato fue mucho más traumática cuando no dejaba de ser un consentido de Asturio y mantuvo sus atribuciones de heredero hasta que también el General falleció. Toda una complicada historia de familia que terminó así, con el dueño y Señor de todo bajo la tierra, pero Liberato no se quedó mucho tiempo para ver qué pasaba con él a continuación y marchó. Se echó al monte junto a otros descontentos con los Próculos y otras casas reinantes cercanas y empezó un pulso con tales potentados que todavía duraba. De ahí que la gente de los contornos murmurase que mientras Víctor era el Patrón de la Vega, con capital en la Casa, en los montes al Norte era su hermanastro Liberato quien gobernaba.
Siempre que muere el patriarca, pensaba el Cazador, los herederos empiezan a conspirar por ocupar cada uno ese vacío.
A Eugenio no se le ocultaba que, aunque pocas cosas habían cambiado en la Casa desde la muerte del viejo General, la repentina falta de una figura tan autoritaria había causado la aparición o subida de nuevos tiranos dispuestos a imitarlo. Tal vez peores que el difunto, en todo caso trataban de rivalizar con él y entre sí por ser los más temidos y respetados de los contornos, aunque Víctor sabía cuidarse muy bien de confiar en un único sostén para su ambicionado trono. Y Eugenio tenía claro que ni Mayordomo ni Cornelio ni él mismo merecerían nunca la confianza absoluta de un auténtico superviviente como el Patrón, que había aprendido de sus mayores el fino arte de la manipulación. De la suspicacia como forma de vida.
¡Salve, Eugenio!
El Cazador se puso en guardia ante ese montaraz, que saltó por delante en el sendero, pero se relajó al ver que era un hombre de su hermano. Muy ufano de burlar a los guardias y hasta a él mismo, el gran Cazador, cuando tendría su buena práctica en esquivar al enemigo.
¡Tienes que decirle a tu Señor que cambie de guardias, amigo, porque es demasiado sencillo burlarles!
Ya he visto el letrero que has dejado en el establo. ¿Te crees muy gracioso? ¿Es que no ves que si te agarran los guardeses lo vas a pasar peor que mal? Te digo que entonces más te valdría matarte, o hacerte matar, porque te torturarían y encima saldría mi nombre otra vez a la palestra. Eso seguro.
No se puede ganar la guerra sin pelear y por esto he venido. Porque necesitamos de alguna ayuda desde dentro.
No me interesa eso que dices ni tampoco quiero saberlo.
¡Ya me imagino! No es por nada, Eugenio, pero se ve que algunos prosperáis mientras otros peleamos por lo que es justo.
Ah, ¿sí? ¿Le llamas pelear a robar, incluso a los más pobres colonos? No intentéis pasar por santos conmigo: en un cortijo grande, el más tonto se muere de hambre.
Mira, no he venido para ofenderte, pero si hay algo seguro es que tu plan con la Señora no tiene futuro. ¿Ves? Ahora sí me escuchas.
El mensajero de su hermano tenía razón en eso. Si las cosas seguían su curso normal, como hasta entonces, su sueño de tener a Serena no pasaría de eso: una quimera irrealizable, además de peligrosa, porque Víctor jamás lo permitiría. Y la única salida que les quedaba, por tanto, no era otra que escapar, fugarse de la Casa con todo lo que esto conllevaba, lo que pintaba más arriesgado que ir a la mismísima guerra. Porque Víctor no toleraría una humillación semejante en su propia Casa, con su propia hermana, sino que lanzaría a los caminos a toda su gente y se convertiría en su enemigo de por vida. Y para esto contaba con primos, amigos y hasta hermanos, como Cesaro, repartidos por toda España y en posiciones de poder e influencia. Con mucha gente a su cargo que les podían buscar por cielo y tierra y hacerles la vida imposible.
Malo o bueno, Víctor es mi Señor. Y es el hermano de Serena.
¡Pero el plan de Liberato no tiene por qué acabar en sangre, Eugenio, piénsalo! Ni siquiera tienes que comprometerte. Nos basta con que nos señales el lugar donde vas a tender tus redes en la próxima cacería. Y que te lleves lejos a tus batidores, en un rodeo que nos dé tiempo a nosotros para actuar y así poder capturar a todos esos potentados juntos. A partir de ahí, podríamos pedir un rescate por ellos, ¿entiendes? O una tregua que permita a los compañeros regresar a sus aldeas, una verdadera amnistía para ellos, pero aquí nadie ha hablado de matar a nadie.
Ya veo. Y dime una cosa: ¿de verdad crees que podéis hacer todo eso y sin sangre?
Si tú nos ayudas, se puede hacer cualquier cosa. Incluso envenenar a Mayordomo y sus hombres, lo que allanaría aún más nuestros planes. Y los tuyos para empezar.
No sé si bebéis más de la cuenta, pero se diría que habéis secado las cepas de toda Palencia. Esos hombres que dices son también mis compañeros, al fin, así como Víctor es mi Señor. Y respecto a Mayordomo, ¿qué quieres? Es el primero que está deseando acusarme de algo como esto que propones. Y yo siempre he ido de frente.
¡Vamos, Eugenio! El único pecado de tu hermano es haber alzado la voz. Haberse negado a que le dieran por el culo como a cualquier esclavo y ser un donnadie cuando tiene tanto derecho como cualquiera de tus señores a disfrutar de esa Casa. Pero en vez de compartir con él nada quisieron reducirlo a una bestia de carga más, sin dignidad ni derecho. Porque los verdaderos esclavos son ésos que repiten las monsergas de sus amos y nos llaman esclavos a nosotros, los que sí tenemos el coraje de tomar una espada. Pero en la bagauda creemos que es preferible morir como un hombre a vivir como un perro.
Era el viejo lema de Liberato, que unía a su valor una gran inteligencia y cultura, forjada en el corazón mismo de la Casa: dones de los dioses con los que encandilaba a sus seguidores y a toda la gente, en especial, en el inculto campo donde tanta necesidad había.
Entiendo vuestras razones, amigo, pero no las comparto.
Eso no hace falta que lo digas. ¡Si uno mira cómo vives, se diría que eres más terrateniente que nadie! Y tal vez el honor se transmita por vía paterna, después de todo, porque Liberato nunca aceptaría una espada de quienes mataron a sus propios…
Eugenio no toleró esa acusación, sino que enganchó al bagauda por el cuello.
¡Repite eso y te mato! ¿Me oyes? ¡Si vuelves a molestarme, lo último que ha de preocuparte es que te agarren los de Mayordomo, porque yo mismo te sacaré las tripas!
¿Qué está pasando ahí? ¿Quién es ese hombre, Eugenio?
Era el Señor, ni más ni menos, que cabalgaba a escasa distancia de la Casa. Y, por fortuna, pensó Eugenio, ni Mayordomo ni sus hombres le acompañaban ya.
¡Es un viajero perdido, Señor, que me ha preguntado por la carretera! Está por allí, le indicó al bagauda, y espero que tengas un buen viaje de vuelta.
¡Si no tiene trabajo, mejor, que aquí hay una azada para él! ¡Díselo, anda, que nos hacen falta brazos para la temporada!
Pero antes de que el otro se pasara de listo y aceptase, a lo mejor, Eugenio contestó por él.
¡No, mi Señor! ¡Te agradece la propuesta, pero tiene un largo camino que andar!
El Señor volvió grupas y ese hombre respiró aliviado. El mismo que hacía escasos momentos se inflaba como un gallo de pelea, pero que no era, ni mucho menos, ajeno a las consecuencias de dejarse agarrar por ningún potentado.
Gracias, Eugenio. Y perdóname por lo que dije antes, por favor: claro que se ve a la legua de quién eres hermano.
¿Bromeas? Yo le enseñé todo a ese desagradecido, ¿me oyes? Todo. Y ahora vuelve con él y dile que se vaya a otra parte, porque no podré salvarle si lo apresan. Y dile, también,añadió, en una pausa de duda… Bueno, no hace falta. Él ya sabe.
El bagauda se perdió por donde vino, entre la intrincada maleza del bosque, y Eugenio regresó a la Casa como si nada. Y eso que no le gustaba la idea de que por una de esas entrevistas, aunque fueran involuntarias, alguien se enterase de que se veía a escondidas con la gente de su hermano. Que la confianza que habían puesto en él los señores, con los cuales se había criado, era el centro mismo de su existencia. El eje de su vida, con la Casa como símbolo de esa unión y de esa única realidad que jamás conoció. Ese único amor que lo era en todos los aspectos, puesto que también Serena era parte de ese mundo que contenía el viejo edificio.
Que el Señor de esta hacienda no persiga a los ladrones le dijo, al encontrársela a continuación, porque tiene aquí a una moza que roba los corazones. ¿Cómo fue tu día?
No muy bien.
Es por esa mujer, ¿verdad? ¿La que acaba de echar tu hermano? Pero a buen seguro ya la habrás instalado en otra parte.
No, no es eso. Quieren casarme con Cornelio, Eugenio, como sospechaba, y ahora van muy en serio. Porque a lo mejor piensan que debo ser sorda o tonta, pero en esta Casa hasta las paredes tienen oídos.
Ya veo. Tu cara lo decía todo, respondió él, que le secó una lágrima con los dedos. Tranquila, mujer, ¡fuerza! Que ya pensaremos en algo. No hay un camino fácil desde la tierra a las estrellas[3].
Mi último deseo se ha cumplido, por lo menos: que fueras liberado y que tú, al menos, puedas hacer tu voluntad y tu vida, con lo que mi sacrificio no habría sido tan estéril. Porque uno de los dos podrá elegir su Destino y me alegra que seas tú. Con todo lo que has sufrido, desde muy niño, te lo mereces más que nadie.
Los dos podemos, Serena. Y lo haremos. Confía en mí.
Claro que confío, pero no se trata de eso. Sólo te pido que, sea lo que sea lo que vayas a hacer, tan solo no te demores. Cualquier día de éstos, a lo mejor sin más aviso, Cornelio vendrá a buscarme y se acabó: la boda se celebraría aquí mismo y va a ser en cosa de días.
Eso es lo que ellos creen y no han de pensar lo contrario. ¿De acuerdo? Huiremos juntos si hace falta, pero es necesario engañarles. Pues a mí no me costaría nada, si quisiera, y nadie podría seguirme, pero es más difícil que podamos hacerlo los dos sin que nos pillen. Por eso tú disimula, entretanto, finge que no pasa nada, que ya veremos lo que se puede hacer antes de que nos pille el toro.
Pues está al caer que me lo cuente, pienso, pero me haré la tonta y fingiré resignación. Mi hermano sabe que odio la idea de casarme y más con Cornelio, ¿sabes? Lo que le aprieta es la urgencia de arreglar sus asuntos cuanto antes por esa amenaza que tenemos encima con la guerra, a la que es muy posible que tengan que marchar todos ellos con su gente. ¡Qué mala suerte haber nacido mujer! Ellos pueden hacer lo que gusten en todo momento, atropellar la decencia de cualquiera hembra que se les cruce, pero luego una tiene que ser una vestal[4] o mejor una diosa de madera, que ni sienta ni padezca. Y a poder ser, claro, que esté calladita, que estaré más guapa. Calladita y obediente.
Eugenio asintió, complacido de su determinado valor. En cierta manera le recordaba mucho a Liberato, a la que le unía un padre en común, porque Serena no aceptaba ese orden establecido. Aunque fuera la misma hermana del Señor.
Otro gallo cantaría si hubieras nacido hombre. Hubieras sido un magnífico Patrón.
No digas eso. Lo que me salva es el hecho de ser mujer, a lo mejor. De lo contrario, pienso que sería igual que ellos.
Sí. Mejor así, sonrió él, que tomó sus mejillas entre las manos. Si fueras un hombre, yo no te amaría tanto.
Afrontaremos el destino juntos, ¿verdad? Y que sea lo que Él quiera, pero nos va a hacer falta ayuda. Si esos dos se lo han propuesto, no lo dudes: lo harán. Antes o después, pero lo harán. Están acostumbrados a hacer y deshacer cuanto les da la gana en estas tierras. Y yo no estoy a extramuros de su patrimonio.
Ambos se abrazaron sin importarles tanto que los vieran. Después de todo, como bien decía su hermano hacía un momento, no estaba el horno para bollos y era el momento de pelear o resignarse a la derrota. Ya no era más tiempo para disimulos.
Te lo juro: si me pone la mano encima ese cerdo soy capaz de asesinarle. Le clavo un cuchillo en el vientre y se acabó. En sus mismas partes innobles, que siempre tiene tan calientes al parecer. Y que sea lo que Dios quiera.
¡Vaya con la cristiana ejemplar! Pero, mira, no hagas nada de lo que te puedas arrepentir, pues entonces lo arruinarías todo. Y todo lo que hemos sufrido hasta ahora y lo que hemos esperado ha de tener un sentido. Y piensa que nunca se ha ganado una batalla sin sangre.
Pero no es él quien debe hacerme la sangre, en todo caso, sino tú[5]. Y después de eso, corazón, ya me daría igual todo. Hasta morirme.
Ese día, Víctor llegó a la sala de baños, como tantas anochecidas, una vez que ya todos los criados se habían ido a la cama y ni falta hacía evacuarlos de allí para que nadie le molestase. Y eso que esta vez, cosa rara, acudía a los baños solo y no en compañía de una o varias de sus amantes.
Hoy deseo estar tranquilo, ¿de acuerdo? Que nadie moleste y trae algo de vino, le ordenó al sirviente de turno.
En ese momento de soledad, agradeció como nunca un baño con contraste de agua fría, tibia y caliente, el cual vendría seguido de un masaje de manos expertas. Y la guinda del pastel era introducirse en el reducido caldario en forma de trébol, en el que tantas veces se bañaba, solo o en compañía de algún amigo o amante, pero nunca más que eso. Porque ahí dentro no cabían muchos más. Y ése era el relax supremo después de una larguísima jornada de aguantar a todo tipo de gente y al fin, como bien decía su padre, lo peor eran los aduladores. Por eso el Viejo General siempre se rodeó de soldados como él, gente franca y acostumbrada a la vida dura, a ganarse las cosas con el sudor de la frente y a acatar órdenes con la misma estoicidad con que podían darlas a otros. Gente de fiar, al fin, que se dejarían degollar vivos antes que atreverse a desobedecer una orden o a traicionar a un camarada.
¿Se os ha acabado la leña o qué? ¡Este maldito caldario parece el maldito Mar de Cantabria en invierno! ¿A qué estáis esperando para calentar el agua?
El silencio resultante le extrañó muchísimo y se asomó a la abertura estrecha, que daba lugar a esa pequeña piscina, con capacidad para tres personas y su peculiar forma de trébol de tres hojas. Y lo que se encontró de frente fue a Cornelio acompañado del Mayordomo, una visión inesperada, los dos con gesto sardónico y una pose desafiante que no le hizo ninguna gracia.
Hasta el último criado se niega a obedecer a quien no tiene palabra ni sabe mantenerla, dijo Cornelio. ¿Se refería tal vez a su pactado matrimonio con Serena, sobre el que tantas dudas tuvo siempre, o al desacuerdo que mantenían sobre esos campos fronterizos que ambos reclamaban para sí?
¿De qué estás hablando? ¿Qué hacéis los dos ahí plantados, mirándome?
Es el Patrón quien nos ha enviado. Nuestro nuevo Patrón, Víctor, que es también el tuyo.
¿Estáis de broma o qué es esto? ¿Desde cuándo hay aquí otro Patrón que no sea yo? ¿Por qué no habláis claro de una puta vez los dos?
Apenas había acabado de hablar cuando una tercera figura se recortó ante él, en medio de la penumbra de esos baños, a medias iluminados por lámparas que los criados se ocupaban de alimentar. Un hombre apuesto, fornido y de ensortijada melena, que más parecía un griego de la Iliada o un cartaginés antes que un palentino de esa España tan profunda.
¡Liberato! ¿Qué haces tú aquí? ¿Qué clase de broma pesada es ésta?
¿Éste es el recibimiento que se merece un hermano tuyo después de tantos años? ¿Cómo no vas a sentir fría el agua si eres tú mismo quien tiene helado el corazón?
¿Qué hacemos, Patrón? ¡No podemos quedarnos aquí plantados toda la vida o alguien del servicio podría revolverse!
Adelante pues, Cornelio, dijo Liberato. Empieza tú y demostrad los dos vuestra lealtad al nuevo César. ¡Dadle a este señor un baño más caliente, ya que tanto se queja!
Dicho y hecho, Cornelio y Mayordomo se acercaron al caldario donde se encontraba Víctor, desnudo y desarmado, con sendas espadas que no tardarían en usar contra él. Y Víctor trató en vano de refugiarse en su propio caldario particular, a modo de cueva en la que esos dos traidores no podrían desenvolverse con facilidad, aunque no se le ocultaba que esas afiladas hojas llegarían a cualquier rincón de su privada salita de baño.
¡Dios santo!
Empapado en sudor se despertó, por fin, de tan oscura pesadilla, aunque apenas turbó un poco el sueño de las dos mujeres con las que se acostaba.
Toda una alegoría de lo que puede importarle a alguien en esta casa, fuera de Serena y no muchos más, lo que le pueda pasar a su Patrón.
Envuelto en un pesado capote, se acercó al estrecho ventanuco que dominaba una amplia extensión de terreno en esa vega circundante, hermosa y fértil, que apenas bostezaba bajo los más tibios primeros rayos de sol.
Me gustaría saber si mis criados tienen estas pesadillas tan horribles. ¡Y luego dicen envidiar la suerte de su Patrón o del César! ¡Si supieran que soy yo quien envidio la tranquilidad en la que la mayoría de ellos duermen, cada noche, así como viven también por el día, sin grandes preocupaciones ni amenazas! ¿Quiénes son ellos, afortunados entre los mortales, para temer nada ni a nadie cuando nadie son?
Desde esa misma atalaya, su padre y los antepasados de su madre, que fueron los antiguos patronos de esa Casa, se habían recreado por muchos años en el poder que amasaron ellos mismos y el que heredaron de otros. Un horizonte en el que enemigos feroces, como los inquietos vecinos cántabros, siempre dispuestos a la rebelión y al saqueo, esperaban siempre su oportunidad para tomar desprevenidos a los romanos y atacar en cualquier momento, aunque ahora era otro tipo de amenazas lo que preocupaba al presente Señor.
Si alguien puede derrotar a los romanos, decía siempre su padre, son otros romanos, que llegarán por esa misma carretera que yo he recorrido mil veces. Un peligro que no debéis olvidar nunca, les recordaba, consciente de que las guerras civiles son mucho más destructivas para un imperio que cualquier ataque de un enemigo exterior.
[1] La frase original de Carrero Blanco era que los comunistas, como los bárbaros, necesitan de traidores que les abran las puertas. Una frase que se refiere, en concreto, a este periodo de caída del Imperio.
[2] El Carrión, fecundo río.
[3] Non est ad astra mollis e terris via. Séneca.
[4] Monja romana al servicio de Vesta.
[5] Se refiere a desvirgarla.

*Liberato era hermanastro de Eugenio, por parte de madre, pero también de Víctor y Serena: porque era hijo ilegítimo del General Asturio con la madre de Eugenio. Huyó de la Casa hacía tiempo y rondaba la finca de Víctor y otros señores, para incitarles a la rebelión. Liberato es un nombre que tiene su origen en la palabra “liberto”, o esclavo liberado. Pero Liberato no era su nombre real de cuna, sino un mote que la madre de Serena le había puesto en una señal de desprecio. Pues entendía que había nacido esclavo y que la predilección de su marido por la madre de ellos lo había liberado. Pero el interesado no se mostró nunca ofendido por semejante alias y, con el tiempo, supo utilizarlo en su favor para ganarse la simpatía de la mayoría humilde, muchos de los cuales eran auténticos libertos.*






























