¿Qué ha sido de los míticos escenarios de las guerras de la mafia colombiana? Aquí te lo contamos.
La purga que cambió para siempre el Cartel de Medellín, ejecutada en la cárcel La Catedral
El detonante de la guerra abierta contra Pablo Escobar fue el asesinato de sus socios Gerardo «Kiko» Moncada y Fernando Galeano, cometido en el interior de la cárcel de La Catedral durante los primeros días de julio de 1992. En esas mismas fechas, el narcotraficante también intentó atraer hasta la prisión a Fidel y Carlos Castaño con la intención de eliminarlos, aunque ambos hermanos decidieron no acudir a la cita y lograron evitar el atentado.
Tras conocerse los asesinatos, el Gobierno colombiano ordenó una operación militar para recuperar el control de La Catedral y proceder al traslado de Escobar a otro centro penitenciario. La intervención provocó un motín protagonizado por hombres leales al jefe del Cartel de Medellín y el secuestro de dos funcionarios públicos. Finalmente, pese a que el recinto estaba custodiado por efectivos de la IV Brigada del Ejército, Pablo Escobar consiguió escapar de la prisión el 22 de julio de 1992.

Durante los primeros días de julio de 1992, la organización criminal dirigida por Pablo Escobar vivía una de las mayores crisis de su historia. El capo permanecía recluido en La Catedral, la prisión que él mismo había diseñado y que, lejos de funcionar como un penal convencional, se había convertido en un auténtico centro de mando desde el que seguía controlando buena parte del negocio del narcotráfico.
Aquel aparente equilibrio escondía una profunda desconfianza. Escobar sospechaba que algunos de sus principales socios estaban aprovechando su encierro para fortalecer sus propias estructuras económicas y reducir la dependencia del jefe del cartel. Entre los nombres que despertaban mayores recelos figuraban Fernando Galeano y Gerardo «Kiko» Moncada, dos hombres que durante años habían administrado enormes fortunas y algunas de las rutas internacionales más rentables. Las sospechas comenzaron a consolidarse cuando apareció una caleta con millones de dólares cuya existencia coincidía con dinero que Escobar llevaba tiempo buscando. Aquella circunstancia reforzó la idea de que parte de su organización le estaba ocultando recursos mientras negociaba operaciones por cuenta propia.
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Los informes que llegaban a La Catedral tampoco contribuían a tranquilizar al narcotraficante. Según distintas versiones, Galeano y Moncada mantenían contactos independientes con organizaciones mexicanas e incluso se hablaba de acercamientos al Cartel de Cali para garantizar la continuidad de determinados corredores internacionales si el liderazgo de Escobar terminaba debilitándose.
Mientras tanto, en Medellín se desarrollaba una compleja operación para reunir a administradores, contadores y hombres de confianza de ambos socios. Muchos fueron trasladados bajo engaños o mediante amenazas hasta distintas casas de seguridad controladas por los hombres de Mario Castaño Molina, conocido como «El Chopo», uno de los sicarios más temidos de la organización. Entre los retenidos predominaba la incertidumbre. Nadie sabía exactamente qué estaba ocurriendo, aunque todos intuían que se preparaba una depuración interna de enormes dimensiones. Las jornadas transcurrían entre interrogatorios, amenazas y presiones para entregar información financiera, escrituras de propiedades y documentación empresarial relacionada con el patrimonio de los Moncada y los Galeano.
Paralelamente, uno de los hombres considerados imprescindibles para el futuro del cartel era esperado con impaciencia en el aeropuerto de Rionegro. Se trataba de Toto, un ingeniero que había terminado gestionando una de las rutas internacionales más valiosas de la organización, conocida como La Fania. Tras abandonar años antes Antioquia por motivos de seguridad, Toto había participado en proyectos empresariales legales antes de regresar al entorno de los Moncada gracias a la financiación que estos aportaron para rescatar una explotación minera en dificultades. Desde entonces se convirtió en una figura clave para mantener abiertas las conexiones internacionales del cartel. Nada más aterrizar fue conducido hasta una de las viviendas utilizadas por los hombres de Escobar. Allí comprobó que varios administradores de confianza permanecían retenidos bajo vigilancia armada. El ambiente era tenso y cualquier muestra de nerviosismo era respondida con violencia por los sicarios. Poco después, fue trasladado a La Catedral. El ascenso hasta la prisión permitía comprobar el sofisticado sistema de seguridad instalado por Escobar. Todo el recorrido estaba controlado mediante puestos de vigilancia, comunicaciones por radio y controles escalonados que permitían conocer con varios minutos de antelación cualquier movimiento de vehículos o personas hacia el complejo penitenciario.
La cárcel funcionaba como una auténtica fortaleza. Además de los lujos que tantas veces habían descrito los medios de comunicación, existía una compleja infraestructura tecnológica formada por teléfonos celulares, radioteléfonos, fax, computadores y una extensa red de comunicaciones que permitía al cartel seguir operando con absoluta normalidad. Cuando Toto llegó al chalé principal, Escobar quiso justificar personalmente las decisiones que acababa de tomar. El narcotraficante insistía en que la organización se encontraba inmersa en una guerra permanente contra el Estado y contra el Cartel de Cali, por lo que no podía tolerar divisiones internas ni actos que interpretara como una traición. Su objetivo era reorganizar inmediatamente el control de las rutas internacionales de la droga y garantizar que La Fania volviera a quedar bajo su autoridad directa. Para ello necesitaba la colaboración de quienes hasta entonces habían trabajado para Galeano y Moncada. Mientras tanto, el patrimonio de ambos socios comenzaba a cambiar de manos. Contadores y representantes legales fueron presionados para firmar escrituras, poderes y documentos destinados a transferir empresas, fincas, apartamentos y sociedades mercantiles a personas designadas por Escobar. La operación continuó con el secuestro de William Moncada, localizado en las oficinas de una empresa constructora de Medellín. Un grupo de hombres armados, que simulaban pertenecer a organismos oficiales de investigación, irrumpió en las instalaciones y se lo llevó por la fuerza antes de que pudiera organizar cualquier resistencia.
Este h.p. está muy triste porque se le fue el patrón
Este h.p. está muy triste porque se le fue el patrón (…), si querés te vas a hacerle compañía maricón , blasfemó uno de los sicarios de El Chopo mientras golpeaba al contador Reyes .
La reacción de Toto fue instintiva: Este trabajador gana cien mil pesos, pero lo van a necesitar si quieren información sobre William.
Luego, dirigiéndose a Guillermo Zuluaga, Toto bajó el tono y balbuceó: No lo dejés matar… .
Mario Castaño, El Chopo , medió entonces. Subí Toto . Y sentáte .
Estaba instalado en un silla, en el mezzanine de la cabaña, y tenía entre las piernas su Smith & Wesson.
Los bandidos dimos un golpe de Estado, Toto. Matamos a esos h.p. de Kiko Moncada y Fernando Galeano porque ellos nos estaban traicionando y nos querían esclavizar. Nosotros le explicamos a El Patrón lo que íbamos a hacer y él nos autorizó porque nosotros habíamos hecho un compromiso con ellos: que nosotros guerriábamos en contra de la extradición y que el patrón se metía en la cárcel, pero que ellos nos colaboraban con el negocio…
Usted sabe que nosotros manejamos más de diez mil bandidos, que manejamos a todos los combos, que nadie se nos mete porque nosotros lo barremos. Usted sabe, Toto, que nosotros nos hemos metido con esos h.p. del Gobierno… y con la ley, y yo lo que quiero saber es si usted va a colaborar con esa ruta o no .
La respuesta de Toto tranquilizó a Mario Castaño y, sin titubear, este tomó el celular y telefoneó a Pablo Escobar.
Patrón, Toto dice que va a colaborar y que si Usted quiere, él administra la ruta o la entrega o lo que usted diga .
La satisfacción de Escobar no asombró a Toto , pero sí puso fin a la expectativa de Emilio y a su temor.
Nos vamos para La Catedral, nos vamos ya, ordenó Mario Castaño, El Chopo , y empezó a señalar a los contadores.
Solo J tendría que permanecer allí. Se había salvado de ser asesinado porque el número telefónico de William Moncada no estaba en su libreta, pero desde el incidente, El Chopo lo tenía entre ojos.
Usted se queda gafufo porque usted no ha querido colaborar y yo voy a hacer que lo lleven a otro sitio… Va a ver, sentenció El Chopo, y salió.
Pablo Escobar recibió primero a Toto . Estaba en su chalet y portaba su metra, su pistola, su beeper y su radio portátil. Era un recibimiento semejante a aquel que había hecho a Fernando Galeano y a Gerardo Kiko Moncada, pero esta vez solo deseaba hablar.
Yo te voy a explicar qué es lo que pasa para que entendás que a mí me tocó autorizar lo de Gerardo Kiko y lo de Fernando Galeano, porque si no se me hacía una rebelión de los bandidos. Vos sabés que yo estoy peleando la extradición y la guerra con los caleños y que lo único que nos garantiza la seguridad aquí son los bandidos y que son ellos los que están poniendo los muertos y enfrentando a la ley.
Además, añadió Escobar, la permanencia aquí cuesta mucho dinero y le pescaron una llamada a Kiko con los del Cali y por eso yo tuve que autorizar todo esto….
Yo sólo quiero que te pongás de acuerdo con El Chopo y administren la ruta… La Fania era mi ruta y sabés que se la entregué a Gustavo (se refiere a Gustavo Gaviria, muerto), y él se la entregó a Kiko .
La instrucción siguiente fue más tajante: Dile a Tacho en México que yo voy a volver a manejar La Fania y que los cinco millones de dólares que le debe a Kiko quedan subrogados a mi nombre.
La muerte de Kiko y Fernando fue una cosa fortuita, dijo Escobar, tras escuchar a cada contador en una breve presentación.
Todo empezó por una caleta. Fernando asesinó a familiares y amigos de unos bandidos por esa caleta y se negó a dar siquiera tres millones dólares.
Esa plata se estaba pudriendo, ¿y qué? Nunca les han preocupado los trabajadores. Cualquiera de estos trabajadores, dijo Escobar refiriéndose a El Chopo y a otros sicarios presentes en la estancia, tiene dos mil o tres mil millones de pesos. Eso sí es compartir… Yo quiero hablar después con cada uno y darle sus instrucciones, pero lo importante es que colaboren. Todo está confiscado para la guerra. El miércoles decidiremos… .
No puedo devolver los cadáveres de Fernando Galeano y Gerardo Kiko Moncada porque han sido incinerados, dijo Escobar a Toto en la reunión del miércoles 8 de julio en La Catedral.
Tengo a William Moncada y a Mario Galeano, pero no los puedo devolver vivos. Dile a Rafael Galeano que envíe veinte millones de dólares y que puede quedarse a vivir tranquilo aquí en Medellín .
El Chopo intervino entonces: Cada uno de esos cadáveres vale diez millones de dólares, Patrón… Que no los den.
Pero Escobar dio la espalda y salió: Coordina la devolución de esos cadáveres, Mario…
Durante los siguientes días, las negociaciones fueron inútiles. Familiares e intermediarios intentaron encontrar una salida, pero la decisión ya estaba tomada desde La Catedral. La prioridad consistía en eliminar cualquier posibilidad de que la estructura económica construida por los Moncada y los Galeano escapara al control del jefe del Cartel de Medellín. Finalmente comenzaron a aparecer los cadáveres en distintos puntos de Antioquia. Algunos fueron abandonados dentro de vehículos y otros presentaban signos evidentes de haber sido incendiados para dificultar su identificación. La violencia del mensaje no dejaba lugar a interpretaciones: Escobar acababa de ejecutar la mayor purga interna de toda su organización. Aquellos asesinatos provocaron un terremoto dentro del cartel. Antiguos aliados rompieron definitivamente con el capo y comenzaron a colaborar con quienes perseguían su captura. De aquella ruptura surgiría poco después Los Pepes, la organización clandestina que desempeñaría un papel decisivo en la persecución de Escobar hasta su muerte en diciembre de 1993.
Con el paso de los años, muchas de las propiedades acumuladas por los clanes Galeano y Moncada permanecieron ocultas tras complejas redes de testaferros. Solo décadas después las autoridades colombianas lograron recuperar parte de esos bienes, entre ellos varias mansiones, terrenos y establecimientos comerciales que todavía conservaban el rastro del dinero generado por el Cartel de Medellín. Más de treinta años después de aquella sangrienta purga, los asesinatos cometidos en La Catedral siguen siendo considerados uno de los episodios que precipitaron el derrumbe definitivo del imperio criminal construido por Pablo Escobar. Lo que comenzó como un ajuste de cuentas interno terminó desatando una cadena de acontecimientos que acabó con la fuga del capo, la desintegración de su organización y el final de una de las etapas más violentas de la historia del narcotráfico colombiano.
Una de las propiedades ligadas a los narcos asesinados por Escobar en La Catedral saldrá a subasta
El 3 de julio de 1992 marcó un antes y un después en la historia del Cartel de Medellín. Aquella noche, Fernando Galeano y Gerardo «Kiko» Moncada acudieron a La Catedral, la prisión construida por Pablo Escobar en las montañas de Envigado, convencidos de que iban a responder a las sospechas que el capo tenía sobre ellos. Ninguno de los dos volvió a salir con vida. Escobar había convertido aquella cárcel en un auténtico cuartel general desde el que seguía controlando su organización criminal. Allí citó a quienes eran dos de sus hombres de mayor confianza para interrogarlos personalmente. Estaba convencido de que le habían ocultado dinero y de que habían comenzado a actuar por su cuenta mientras él permanecía recluido.
Las acusaciones tenían su origen en el hallazgo de una caleta enterrada en un terreno de Rionegro. Un campesino aseguró haber encontrado una importante suma de dinero y el efectivo terminó en manos de uno de los lugartenientes de Escobar. El dinero pertenecía al clan formado por Galeano y Moncada y la cantidad coincidía con una pérdida que el propio Escobar había denunciado tiempo atrás. Para el jefe del cartel aquello bastó para concluir que sus socios le estaban robando. Durante el interrogatorio, ambos negaron haber traicionado al capo. Sin embargo, Escobar ya había recibido información de que sus antiguos aliados estaban desarrollando operaciones independientes mientras él seguía en prisión. También sospechaba que habían iniciado contactos con los hermanos Rodríguez Orejuela, líderes del Cartel de Cali, para negociar el control de parte del negocio del narcotráfico en Estados Unidos, especialmente en Los Ángeles.
A esas sospechas se sumó el descontento de Judy Moncada, esposa de Gerardo Moncada, quien había criticado el elevado «impuesto de guerra» que Escobar exigía a sus propios socios por utilizar las rutas del narcotráfico pese a encontrarse encarcelado. Ese cúmulo de circunstancias terminó convenciendo al líder del Cartel de Medellín de que debía eliminarlos.
Escobar habría golpeado personalmente a Fernando Galeano con un taco de billar hasta causarle la muerte
La ejecución fue especialmente brutal. Según distintos testimonios e investigaciones posteriores, Escobar habría golpeado personalmente a Fernando Galeano con un taco de billar hasta causarle la muerte. Gerardo Moncada fue asesinado por hombres de confianza del capo. Después, los cuerpos fueron desmembrados y sus restos incinerados en un horno con el propósito de impedir que pudieran ser encontrados. Aquellos asesinatos desencadenaron una crisis que acabó provocando la caída definitiva del propio Escobar. Cuando el Gobierno colombiano tuvo conocimiento de lo sucedido dentro de La Catedral decidió intervenir la prisión y trasladar al narcotraficante a un penal ordinario. La operación derivó en un enfrentamiento dentro del recinto. Durante el caos, los hombres de Escobar retuvieron a varios funcionarios y el capo aprovechó una salida oculta tras un muro falso para escapar el 22 de julio de 1992.
La muerte de Galeano y Moncada también rompió definitivamente la unidad del Cartel de Medellín. Diego Murillo Bejarano, responsable de la seguridad de Escobar, abandonó la organización, al igual que Jaime Mendoza, cuñado de Moncada. A ellos se unió Judy Moncada, decidida a vengar el asesinato de su marido.
De esa alianza surgiría posteriormente Los Pepes, una organización integrada por antiguos miembros del cartel, enemigos de Escobar y grupos armados que contó con el respaldo del Cartel de Cali y de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá. Diversas investigaciones también han señalado la existencia de colaboración indirecta con organismos estadounidenses como la DEA y la CIA durante la persecución contra el narcotraficante.
La búsqueda se prolongó durante diecisiete meses y concluyó el 2 de diciembre de 1993, cuando Pablo Escobar murió abatido sobre el tejado de una vivienda del barrio Los Olivos, en Medellín. Aunque más de tres décadas han transcurrido desde aquellos hechos, buena parte del patrimonio acumulado por los clanes Galeano y Moncada continúa siendo objeto de investigaciones judiciales. Según las autoridades colombianas, numerosos inmuebles permanecieron durante años en manos de testaferros gracias a maniobras legales irregulares y a la participación de funcionarios corruptos.
Entre los bienes recientemente recuperados por la Sociedad de Activos Especiales (SAE) figura una mansión de unos 400 metros cuadrados situada en Itagüí. El inmueble había sido adquirido mediante escritura pública en septiembre del año 2000 por Rafael José Galeano Berrío por un precio de apenas 2,5 millones de pesos colombianos, una cifra considerada irrisoria por las autoridades. También fue recuperado un parqueadero urbano en Medellín comprado por la misma persona en 1989.
Las investigaciones señalan que la posesión de esos bienes figuraba a nombre de Dolly Victoria Álvarez Ríos, conocida como «La Patrona», viuda de Gerardo Moncada. Los organismos judiciales la identifican como presunta testaferro de organizaciones vinculadas tanto al Cartel de Medellín como al de Cali. Su nombre también aparece relacionado con un gran terreno ubicado en el sector de Los Arenales, en Cartagena, que, según las pesquisas, habría sido utilizado por la organización de Escobar para ocultar personas secuestradas durante los años ochenta. La presidenta de la SAE, Amelia Pérez Parra, anunció que los inmuebles recuperados serán incorporados al proceso de comercialización de la entidad. El dinero obtenido con su venta se destinará a programas de inversión social y a iniciativas dirigidas a combatir las estructuras del crimen organizado. Treinta años después de la sangrienta noche en La Catedral, el legado económico del narcotráfico continúa generando consecuencias judiciales. Aunque sus antiguos propietarios murieron hace décadas, muchas de sus propiedades siguieron circulando entre testaferros y sociedades interpuestas antes de regresar finalmente al control del Estado colombiano.
La Catedral: de prisión de lujo de Pablo Escobar a refugio para ancianos sin recursos
La historia de La Catedral es una de las más singulares de Colombia. El recinto, construido expresamente para albergar al narcotraficante Pablo Escobar tras su entrega voluntaria en 1991, terminó décadas después convertido en un hogar destinado a personas mayores sin recursos económicos.
Escobar aceptó ingresar en aquella peculiar prisión el 19 de junio de 1991, después de alcanzar un acuerdo con el entonces presidente César Gaviria. A cambio de entregarse, el Gobierno colombiano suspendía la posibilidad de extraditarlo a Estados Unidos, una de las principales exigencias del líder del cartel de Medellín. Sin embargo, La Catedral distaba mucho de ser una cárcel convencional. Situada en una zona montañosa del municipio de Envigado, muy cerca de Medellín, el complejo disponía de habitaciones de gran comodidad, gimnasio, salas de recreo, una cascada natural y hasta un campo de fútbol. El acceso de familiares, amigos y colaboradores era prácticamente libre, lo que permitió a Escobar continuar dirigiendo buena parte de su organización criminal desde el interior del recinto.
Además de mantener el control sobre sus negocios ilícitos, las investigaciones posteriores revelaron que en aquel lugar también se celebraban fiestas con alcohol, drogas y prostitutas, e incluso se cometieron asesinatos ordenados por el propio capo. Cuando estos hechos salieron a la luz, el Gobierno decidió trasladarlo a un centro penitenciario ordinario. La operación nunca llegó a completarse. Avisado de los planes para su traslado, Escobar escapó de La Catedral durante la noche del 21 de julio de 1992, protagonizando una de las fugas más sonadas de la historia de Colombia y dejando en evidencia al Estado. Tras su huida, el complejo quedó completamente abandonado. Durante meses, numerosos vecinos acudieron convencidos de que el narcotraficante había escondido allí una inmensa fortuna. La construcción fue saqueada de forma sistemática y muchas de sus estructuras desaparecieron piedra a piedra. Con el paso del tiempo, las ruinas se transformaron en un destino habitual para turistas y curiosos, además de seguidores del propio Escobar que visitaban el lugar atraídos por su leyenda.
Se celebraban fiestas con alcohol, drogas y prostitutas, e incluso se cometieron asesinatos
El rumbo de La Catedral cambió por completo en 2007, cuando una pequeña comunidad de monjes benedictinos se instaló entre los restos del antiguo penal. Su objetivo era transformar un espacio asociado a la violencia y al crimen en un lugar dedicado a la oración, la reflexión y la reconciliación.
Los religiosos levantaron una capilla, una residencia para la comunidad, una cafetería y una biblioteca destinada a niños de familias con pocos recursos. También crearon un espacio de memoria en homenaje a algunas de las principales víctimas del narcotráfico, entre ellas el ministro Rodrigo Lara Bonilla, el candidato presidencial Luis Carlos Galán y el periodista Guillermo Cano, todos asesinados por orden del cartel de Medellín. En el exterior colocaron un gran panel con fotografías de Pablo Escobar acompañado de un mensaje que invita a no olvidar el pasado para evitar que la historia vuelva a repetirse. Los visitantes que llegan hasta allí son animados a recordar y rezar por quienes perdieron la vida durante aquellos años de violencia. La transformación culminó con un proyecto social impulsado por los propios benedictinos: convertir el antiguo penal en un centro de atención para ancianos sin recursos de Envigado. La iniciativa nació con la intención de ofrecer alojamiento y cuidados gratuitos a personas mayores en situación de vulnerabilidad, mientras varios miembros de la comunidad religiosa recibían formación sanitaria para atenderlas.
Pablo Escobar murió abatido por las fuerzas de seguridad colombianas en diciembre de 1993, apenas un año y medio después de su fuga. Aun así, su figura continúa marcando la memoria colectiva del país, especialmente en Medellín. Paradójicamente, el lugar que simbolizó uno de los mayores privilegios concedidos al narcotraficante más poderoso de Colombia ha acabado convertido en un espacio dedicado a la solidaridad, la memoria y la atención a quienes más lo necesitan.
La casa de los horrores: Montecasino en el barrio del Poblado de Medellín
Durante casi una década, la alianza entre el Cartel de Medellín y el clan de los hermanos Castaño sembró el terror en Colombia. Según las investigaciones de las autoridades, esa asociación criminal dejó un balance que podría superar las siete mil víctimas mortales. Buena parte de las decisiones que condujeron a algunos de los episodios más sangrientos del país se tomaban en Montecasino, la mansión de Fidel Castaño situada en pleno barrio El Poblado, uno de los sectores más exclusivos de Medellín.
Popeye recordó que durante aquellos años entraban en Montecasino con absoluta normalidad. «Acá entrábamos cuando éramos amigos; cuando ya éramos enemigos, ya no», explicó. Al ser preguntado por quiénes formaban parte de aquel círculo, respondió: «Los Castaño, Pablo Escobar, Rodríguez Gacha, Fernando Galeano, Gerardo Moncada… aquí se hicieron reuniones de los Extraditables; aquí había cumbres del narcotráfico».
Al referirse a la ruptura entre Escobar y los Castaño, fue tajante: «La amistad duró desde los años setenta hasta 1990. Cuando matan a Bernardo Jaramillo Ossa, ahí se acabó la amistad». También precisó que él acudió a Montecasino «desde el 85 o el 86 hasta el 90» y que las reuniones se celebraban siempre con discreción: «Entrábamos de noche y salíamos de madrugada».
Hasta esa residencia acudían con frecuencia Pablo Escobar y varios de sus hombres de confianza. En sus salones se celebraban reuniones en las que se decidían magnicidios, atentados con explosivos, secuestros, asesinatos, torturas y otras acciones criminales que marcaron una de las etapas más violentas de la historia colombiana.
John Jairo Velásquez Vásquez, alias «Popeye», antiguo jefe de sicarios del Cartel de Medellín
El reportaje recorre la propiedad junto a John Jairo Velásquez Vásquez, alias «Popeye», antiguo jefe de sicarios del Cartel de Medellín. Mientras camina por las diferentes dependencias de la casa, la describe como el gran centro de operaciones del hampa durante los años ochenta y principios de los noventa.
De acuerdo con Juan Camilo Morales, coordinador de la Unidad para las Víctimas, Montecasino fue mucho más que una residencia de lujo. En ese lugar se planificaron delitos de enorme repercusión para el país y también se cometieron graves violaciones de los derechos humanos. Entre aquellas paredes, asegura, se produjeron torturas, asesinatos y otras actuaciones criminales que tuvieron un profundo impacto en la sociedad colombiana.
Detrás de sus jardines, protegidos por espesos árboles, y de unos salones construidos con mármol blanco y grandes ventanales, se habrían organizado miles de crímenes. Las investigaciones sostienen que desde aquella mansión se preparó el atentado contra el vuelo 203 de Avianca en 1989, se impulsó la campaña de exterminio contra la Unión Patriótica y comenzaron a gestarse las bases de la organización conocida como Los Pepes, integrada por los enemigos de Pablo Escobar.
Bajo los altos techos de la vivienda, iluminados en aquella época por enormes lámparas de cristal, se reunían con frecuencia Fidel Castaño, Pablo Escobar, Gonzalo Rodríguez Gacha y otros destacados integrantes del narcotráfico colombiano. Según los testimonios recogidos, todos ellos participaron en la construcción de una estructura criminal que, durante buena parte de los años ochenta y comienzos de los noventa, impuso una auténtica dictadura del terror.
Popeye fue una de las pocas personas que asistió a muchas de aquellas reuniones. Gracias a ello asegura haber presenciado cómo se ordenó el asesinato de José Santacruz Londoño, uno de los principales jefes del Cartel de Cali, después de su fuga de la cárcel La Picota. Según su versión, Carlos Castaño lo acogió en Medellín y, posteriormente, habría sido asesinado cerca de la propia mansión, aunque las autoridades nunca lograron encontrar el cuerpo ni obtener pruebas balísticas concluyentes.
El atentado contra el avión de Avianca: la bomba utilizada salió preparada desde Montecasino
El antiguo sicario también afirma que dentro de Montecasino existían espacios destinados a las torturas y que allí se impartían órdenes para ejecutar asesinatos por decisión directa de los principales jefes de la organización. En su relato menciona que desde esa casa se planificaron los homicidios de Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro Leongómez, además del atentado contra el avión de Avianca, asegurando que la bomba utilizada en aquel ataque salió preparada desde la propia residencia.
Montecasino pertenecía a Fidel Castaño Gil, el mayor de los hermanos Castaño y uno de los fundadores de las futuras Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá. Durante aquellos años, los Castaño mantuvieron una estrecha relación con Pablo Escobar, Gonzalo Rodríguez Gacha y otros narcotraficantes, convirtiendo la mansión en un punto habitual de encuentro para dirigentes del narcotráfico y de las organizaciones paramilitares.
Para Popeye, regresar décadas después a aquella vivienda tenía un significado especial. Recordó que había conseguido sobrevivir a quienes fueron primero sus aliados y después sus enemigos, recorriendo nuevamente unos pasillos por los que había transitado cuando la casa era el principal escenario de las reuniones entre los grandes capos del narcotráfico colombiano.
Montecasino había pertenecido inicialmente al empresario antioqueño William Halaby. Sin embargo, a comienzos de la década de 1980 la adquirió Fidel Castaño y, desde ese momento, la propiedad dejó de ser una exclusiva residencia para convertirse en el principal punto de encuentro de los grandes jefes del narcotráfico y de los grupos paramilitares. En sus salones comenzaron a celebrarse reuniones en las que se decidían operaciones criminales de enorme trascendencia para Colombia.
Popeye recorrió nuevamente aquellos espacios sin mostrar el menor gesto de incomodidad mientras recordaba cómo accedía a la finca durante los años en que Pablo Escobar y los hermanos Castaño mantenían una estrecha alianza. Al preguntarle si entraban sin dificultad, respondió: «Acá entrábamos cuando éramos amigos; cuando ya éramos enemigos, ya no».
Cuando el periodista quiso saber quiénes formaban parte de aquella alianza criminal, Popeye contestó sin vacilar: «Los Castaño, Pablo Escobar, Rodríguez Gacha… Fernando Galeano, Gerardo Moncada… y muchos narcotraficantes. Aquí se hicieron reuniones de Los Extraditables. Aquí había cumbres del narcotráfico».
El antiguo jefe de sicarios explicó que el salón principal era el lugar donde narcotraficantes y paramilitares se reunían para decidir el destino de sus enemigos. Allí, sentados alrededor de una mesa, resolvían quién debía morir, qué atentados debían ejecutarse y cuáles serían los siguientes movimientos de las organizaciones criminales.
Desde esa estancia partía una escalera de caracol que conducía a las habitaciones principales. Mientras ascendía por ella, Popeye recordó que Pablo Escobar dejó de visitar Montecasino tras los asesinatos de Carlos Pizarro Leongómez y Bernardo Jaramillo Ossa. Aun así, reconoció que los protagonistas de aquellas reuniones continuaban siendo prácticamente los mismos. «Sí, claro; sino que cuando ya fuimos enemigos, ya no», afirmó.
Preguntado por la duración de la amistad entre Escobar y los hermanos Castaño, respondió: «La amistad duró desde los años setenta hasta el año 1990. Cuando matan a Bernardo Jaramillo Ossa, ahí se acabó la amistad». También precisó el tiempo durante el que él acudió a la mansión: «Yo estuve viniendo acá desde el 85 o el 86 hasta el 90».
Popeye añadió que aquellas reuniones se desarrollaban siempre con la máxima discreción. «Entrábamos de noche y salíamos de madrugada», recordó, describiendo la rutina que seguían para evitar llamar la atención de las autoridades o de personas ajenas a la organización.
Aquí estuvieron gente de la CIA, gente de la DEA… nosotros sabíamos que estaban aquí
Según su testimonio, cuando nació la organización Los Pepes existió incluso la posibilidad de que Pablo Escobar se apoderara de la mansión con un numeroso grupo de hombres armados. «Esta casa iba a ser tomada por Pablo Escobar… quería meterse él mismo acá con doscientos o trescientos sicarios, pero a lo último se abortó el plan», explicó.
Tras la ruptura definitiva entre ambos bandos, Montecasino cambió de función. La residencia dejó de ser el lugar donde se reunían antiguos aliados para convertirse en el cuartel general desde el que comenzó a organizarse la ofensiva contra el jefe del Cartel de Medellín. Popeye fue tajante cuando el periodista le preguntó por el nacimiento de Los Pepes: «Éste fue el cuartel general de Los Pepes».
Al insistir sobre quiénes participaron en aquellas primeras reuniones, respondió: «Se reunieron Fidel, Carlos Castaño, el Cartel de Cali; los cuatro de Cali vinieron a esta casa… mandaron emisarios». Incluso afirmó que por la finca pasaron agentes estadounidenses, aunque evitó identificar a las personas concretas. «Aquí estuvieron gente de la CIA, gente de la DEA… nosotros sabíamos que estaban aquí», aseguró.
El acceso principal permanecía protegido por grandes rejas, aunque durante los años de mayor actividad existían diferentes entradas y salidas que permitían entrar por un lado de la propiedad y abandonarla por otro sin ser vistos. El largo camino rodeado de árboles conducía hasta la vivienda principal, una construcción que pretendía imitar algunos elementos arquitectónicos de la Casa de Nariño y cuya imponente fachada ocultaba uno de los principales centros de operaciones del crimen organizado colombiano.
Hacienda Nápoles: la gran finca de Pablo Escobar, convertida en un gran parque turístico
La Hacienda Nápoles, situada en el municipio antioqueño de Puerto Triunfo, fue durante los años ochenta una de las propiedades más emblemáticas de Pablo Escobar y un reflejo de la inmensa fortuna que acumuló gracias al narcotráfico. Lo que en su día fue el centro de un imperio criminal es hoy un parque temático y de conservación de fauna que recibe a cientos de miles de visitantes cada año. Con una extensión cercana a las 1.600 hectáreas, la finca reunía lujos difíciles de imaginar para la época. Escobar mandó construir una pista de aterrizaje para aviones y helicópteros, varias piscinas, decenas de lagos artificiales, carreteras interiores y espacios destinados al ocio. Uno de sus mayores caprichos fue levantar un enorme zoológico privado con especies procedentes de distintos continentes.
Según relata Victoria Henao, viuda del narcotraficante, la adquisición de los terrenos comenzó en 1979. Primero compró la Hacienda Valledupar y posteriormente incorporó la finca Nápoles junto con otras propiedades colindantes, formando un inmenso complejo rural. El nombre de la hacienda tampoco fue casual. Escobar eligió «Nápoles» como un homenaje a Al Capone, el célebre mafioso estadounidense de origen italiano al que admiraba. Su fascinación por los animales exóticos nació después de visitar otra gran hacienda colombiana que contaba con un importante zoológico privado.
Un zoológico sin precedentes en Colombia
El recinto llegó a albergar más de 1.500 animales procedentes de diferentes países. Elefantes, cebras, avestruces, antílopes, aves exóticas y otras muchas especies convivían en un espacio que el propio Escobar abría ocasionalmente al público sin cobrar entrada.
Entre todos ellos, los hipopótamos se convirtieron en su mayor obsesión. El narcotraficante deseaba tener estos animales desde niño y finalmente consiguió importar cuatro ejemplares. Con el paso de las décadas, esos cuatro hipopótamos se reprodujeron hasta formar una población salvaje que hoy supera el centenar de individuos y constituye uno de los mayores problemas medioambientales de Colombia.
No todos los animales consiguieron adaptarse al clima colombiano. Algunas especies, como las jirafas, murieron poco después de llegar debido a las dificultades para aclimatarse. Las adquisiciones de fauna se realizaron principalmente a través del International Wildlife Park, en Estados Unidos. Durante los largos traslados, varios ejemplares llegaron enfermos o incluso fallecieron antes de alcanzar la hacienda.
Fiestas, lujo y personajes famosos La Hacienda Nápoles también fue escenario de espectaculares celebraciones organizadas por Escobar. En ellas coincidían narcotraficantes, empresarios, políticos y numerosas figuras del espectáculo. Con el paso de los años han salido a la luz relatos sobre actuaciones musicales celebradas en la finca. Entre los artistas cuya presencia ha sido mencionada en diferentes testimonios figuran Juan Gabriel, José Luis Perales, Marco Antonio Solís, Héctor Lavoe y Julio Iglesias, algunos de los cuales reconocieron haber actuado para el capo.
Del imperio del narcotráfico a un parque familiar. Tras la muerte de Pablo Escobar en 1993, el Estado colombiano tomó posesión de la propiedad e inició un profundo proceso de transformación. El antiguo refugio del jefe del cartel de Medellín acabó convertido en el Parque Temático Hacienda Nápoles, un complejo orientado al turismo familiar y a la conservación de la naturaleza. Gran parte de las edificaciones originales desaparecieron con el tiempo. La residencia principal fue demolida y muchos elementos vinculados directamente al narcotraficante fueron retirados para evitar que el lugar se convirtiera en un espacio de exaltación de su figura. Buena parte de aquella historia solo puede conocerse hoy a través del museo instalado dentro del parque, donde se conservan fotografías, documentos y material audiovisual.
La famosa avioneta situada durante años en la entrada de la finca continúa expuesta
La famosa avioneta situada durante años en la entrada de la finca continúa expuesta, aunque trasladada a otra zona del complejo. En la actualidad, Hacienda Nápoles combina la conservación animal con una amplia oferta turística. El parque cuenta con hoteles, restaurantes, piscinas, zonas acuáticas y múltiples recorridos naturales. El antiguo zoológico privado ha evolucionado hacia un espacio dedicado a la protección de distintas especies. Entre sus instalaciones destacan áreas para elefantes, cebras, avestruces, suricatos, chigüiros, primates, reptiles y animales amazónicos. Paradójicamente, ahora también alberga grandes felinos como leones, tigres y jaguares, animales que Escobar nunca quiso mantener en cautividad.
Pese a ello, los hipopótamos continúan siendo el principal reclamo para muchos visitantes. Algunos ejemplares viven dentro del parque mientras otros permanecen libres en los alrededores, formando parte de una población que sigue siendo objeto de debate por su impacto ecológico.
Cada año, más de medio millón de personas recorren las instalaciones. Aunque muchos llegan atraídos por la historia de Pablo Escobar, el objetivo del parque es ofrecer una experiencia centrada en la naturaleza, la educación ambiental y el ocio familiar, dejando en un segundo plano el oscuro pasado de uno de los lugares más conocidos del narcotráfico colombiano.
La finca Manuela: la mansión que Pablo Escobar dedicó a su hija y que hoy es un escenario turístico
Entre las numerosas propiedades que llegó a adquirir Pablo Escobar durante el auge del cartel de Medellín, una de las más conocidas fue la finca Manuela, una lujosa residencia bautizada con el nombre de su hija. El narcotraficante invirtió parte de la enorme fortuna obtenida mediante el tráfico de cocaína en levantar mansiones, haciendas y extensos terrenos repartidos por distintos puntos de Colombia. La finca ocupaba unas ocho hectáreas y destacaba por sus amplios jardines, instalaciones recreativas y el elevado nivel de lujo que caracterizaba muchas de las propiedades del jefe del cartel de Medellín. Durante años fue uno de sus refugios privados y un símbolo del poder económico que había alcanzado.
Sin embargo, el destino de la mansión cambió radicalmente en 1993. Ese año fue atacada y destruida por Los Pepes («Perseguidos por Pablo Escobar»), un grupo armado integrado por enemigos del narcotraficante y respaldado por sectores vinculados al cartel de Cali, que mantenían una guerra abierta contra la organización de Escobar. Tras la muerte del capo, la propiedad pasó a manos del Estado colombiano, que con el paso de los años decidió darle un uso completamente distinto al que tuvo durante la época del narcotráfico. Actualmente, los restos de la antigua mansión forman parte de una propuesta turística en la que los visitantes pueden recorrer el lugar y participar en diferentes actividades recreativas. Una de las más populares es la práctica de paintball, aprovechando las ruinas del complejo como escenario de juego. De este modo, un espacio que en su día representó el lujo y el poder de uno de los criminales más notorios del siglo XX ha terminado convertido en un enclave de ocio, muy alejado de la función que tuvo cuando pertenecía a Pablo Escobar.





























