Se puede decir así de claro y así de alto porque hay pruebas más que suficiente para demostrar históricamente que Teodosio Ruiz González, alias el Piloto, hermano de mi tatarabuela Cecilia, fue el hombre más fuerte y más bravo y también el verdadero iniciador de las artes marciales en Santander. Y vamos a referir aquí algunas de sus principales batallas campales en las que se acabó coronando con el tiroteo más famoso en toda la historia de Santander, al más puro estilo del Salvaje Oeste y justo al lado del Ayuntamiento.

Para empezar, era alabado por su impresionante cuerpo erguido de atleta, con dos brazos como mazas, que lo hacía digno de la admiración tanto de mujeres y niños como de otros hombres, que desearían tener esa genética y esa fortaleza física que saltaba a la vista con sólo verle pasear por la calle.
El propio poeta y periodista Pick, quien fue también Capitán de la Marina Mercante como este héroe del que estamos hablando, se quedaba embelesado mirando a su ídolo pasar al lado suyo y extrañaba, muchos años después, esa presencia viril tan impresionante paseándose por las calles de la ciudad.


Su más mortal enemigo apareció al final de sus días, cuando pensaba que había ya triunfado sobre el hampa y la corrupción de Santander y se había hecho ya el dueño de todo. Nada más lejos de la realidad. Su nuevo enemigo no sabía pelear a brazo partido, que era a lo que Teodosio estaba acostumbrado, pero en cambio sabía desenfundar la pistola y disparar con la velocidad de una serpiente caribeña como era.
Sobrevivió a machetazos, puñaladas y emboscadas de macarras y serenos armados
Y es que al fin, como cualquier campeón, tuvo su época de grandeza y sus tiempos de decadencia total, también, hacia el final de sus días, cuando Pick nos lo describe en una defensa numantina de su puesto de macho alfa indiscutible de Santander, cuando sus enemigos se unieron para acabar con él y su leyenda:
¡Y para acabar en aquello, toda una vida de desplantes y de aventuras temerarias! ¡Aquella engarrá con un negro en la Habana, al que arrojó al mar después de haberle arrebatado su cuchillo! ¡Y aquella pelea homérica con los serenos de Bilbao! ¡Y el duelo constante con los valientes de Santander!… ¡Y con la puñalada que le dieron una noche a la salida de «América», y que no fue mortal por haberle recibido la tapa de su grueso reloj, que quedó atravesada como si fuese talco!
Y esto no era más que un resumen de todas sus hazañas, de sus mejores tiempos, que conocieron muy bien entre el Caribe y Bilbao, aunque en su terruño de origen fue especialmente valorado por su temerario valor. Como decía Pick:
Teodosio era un verdadero atleta, en la plenitud entonces de su juventud briosa y mal orientada. Aunque era un marino experto, y que ocupó muy dignamente su puesto, a bordo de diferentes buques, se había hecho su reputación en otros aspectos de la vida. Era valiente hasta la temeridad, algo dado a la matonería, aunque conservaba siempre, en medio de los mayores extravíos, la nobleza de su corazón; ambicioso y gastador hasta la prodigalidad; amado y codiciado por las mujeres. Le acompañaba siempre una leyenda de escándalo, de audacia, de valor romancesco.


De él se contaban lances que parecían arrancados de la novela de aventuras. Un desafío famoso, que tuvo en la Habana con un negro ciclópeo. Sus cotidianas refriegas con policías, con bravoneles, con guapos de garito y de lupanar. En clase se contaba siempre alguna aventura suya que era subrayada con murmullos de admiración.
Teodosio empezó pronto con las brocas tabernarias en las que destrozaban los garitos, ya con 17 años, arrasando en una pelea a dobles una taberna en Boo de Piélagos. A partir de entonces, su nombre vino siempre vinculado a palizas e insultos contra la corrupta fuerza policial de Santander, a la que no respetaba porque no se lo merecían. Una lucha a muerte que desde adolescente hasta la tumba llevó a rajatabla, sin que nunca pudieran con él. En la imagen, vemos una ilustración de su famoso periódico, El Descuaje, que representa a unos simpáticos polizontes atracando a un transeúnte en uno de sus famosos registros:

Hoy he creído ver la sombra de Teodosio, «el piloto», pasar junto a mí
El poeta Pick lo extrañó toda la vida, como quien echa en falta esos girones de una juventud idealizada en la que perdemos algo más que lo vivido. Porque perdemos todo lo que hemos amado y admirado y, en este caso, nuestro gran poeta y periodista había perdido a su ídolo:
Hoy, viendo todos aquellos viejos paredones en escombros, he creído ver la sombra de Teodosio, «el piloto», pasar junto a mí. Como le vi muchas veces; con su cuerpo atlético erguido; con su cara cortada por un negro mostacho; una gorra inglesa de marino sobre el pelo peinado con patillas y tufos; una gruesa cachaba colgando del brazo en horquilla. Y al lado y detrás, la guardia de sus fieles: Antoniuco Lastra; el Cabuérnigo; Gelasio… Ninguno de ellos vive hoy…
No vivían ya, para la época en la que Pick tuvo este ataque de nostalgia, porque fueron tan machos que se consumieron entre trifulcas en las que iban dejando su vida a puros golpes. Como salió a relucir en un juicio, dicho por otro de los hombres más fuertes de Santander, Jacinto Bolado, empeñado en medirse a tortas con Teodosio cada dos por tres:
Cuenta un suceso ocurrido en una casa de juego de la Cuesta del Hospital donde sacó Teodosio un estoque.
Pero es que él mismo vio y sufrió ese estoque cuando atacó, esa noche de locura, a un Teodosio al que creerían indefenso, solo y tal vez borracho, con otros dos matones más, saliendo derrotados los tres. Porque de pronto, y tal vez sin que ninguno de ellos se lo esperase, el héroe máximo de la ciudad desenvainó un estoque y resulta que lo sabía usar.
La lucha de tres mosqueteros contra Teodosio Ruiz dejó el casino destrozado
Como decíamos, tres personajes de la peor ralea posible, de los cuales sólo Jacinto Bolado tiene algunas buenas referencias de algún tipo, atacaron una madrugada a Teodosio mientras éste se encontraba en un casino de la Cuesta del Hospital, obligándolo a defenderse a vida o muerte con su bastón estoque:
Anteayer tuvo lugar el juicio oral de la causa procedente del Juzgado de Instrucción de esta capital, seguida contra Teodosio Ruiz González, Mateo José Incera, Jacinto Bolado y Manuel Cima (éste en rebeldía), porque a las dos de la madrugada del 7 de julio del año último y con ocasión de entrar los procesados Mateo Incera, Jacinto Bolado y Manuel Cima, en el Casino Liberal de esta capital, tuvieron una cuestión con el también procesado Teodosio Ruiz y, viniéndose a las manos, el Teodosio, con un bastón de estoque, causó una lesión a Manuel Cima, que tardó en curarse hasta el mes de julio, y al Incera otra, que curó el 15 de citado mes; entre todos los procesados causaron daños en el local por la rotura de botellas, vasos y muebles, tasados en 25 pesetas. El señor Fiscal, que en sus conclusiones provisionales había calificado los hechos como constitutivos de dos delitos de lesiones, de autor de ellas al Teodosio, con la circunstancia atenuante 4.ª del artículo 9.º, y un delito de daños del que eran autores los cuatro procesados y para quienes pedía las penas correspondientes, en el acto del juicio y en vista de las pruebas en el mismo practicadas, modificó aquéllas, solicitando la absolución de Teodosio Ruiz por haber obrado en defensa propia y la de todos los procesados por no existir el delito de daños.
No en vano estaba la juventud santanderina completamente eclipsada por el brillo de su máximo héroe: gran marino, conquistador de cualquier mujer que saliera al paso, era por encima de todo un valiente que no tenía ningún temor a la muerte, tal y como nos lo describe Pick:
Acompañarle a tomar café alguna vez, en el «América» o en el «Brillante», los dos cafés de la gente de pelo en pecho, o presenciar alguna de sus broncas, para luego referirlas con pelos y señales, se consideraba en la asamblea estudiantil, como la mayor hombrada posible. Dos o tres habían entre nosotros que habían alcanzado ya el singular favor, y que hasta merecían la amistad algo desdeñosa del héroe. Ellos han muerto ya, antes de haber logrado ser hombres de veras. Nosotros más pusilánimes, más irresolutos, les envidiábamos en silencio.
Hay que ver al hombre sano, de nobles sentimientos, que se bate en Cuba por la bandera española
Lamentablemente, este atleta nato aprendió en los barcos y seguramente antes el vicio de beber demasiado y, como le dijo una vez a un mafioso que no probaba el alcohol, con una carcajada fanfarrona:
—Pues hace mal. Yo sin «cognac» soy hombre muerto.


Este vicio de beber y de acostarse con tantas mujeres acabaron con él más que las mismas broncas, que acabaron pasando a un nivel muy peligroso cuando su peor enemigo jamás conocido apareció por Santander armado con una Browning que sabía usar muy bien.
Pero al igual que pasa con todos los humanos, empezando por los propios héroes, son nuestros propios pecados los que acaban con nosotros, tal y como reconocían sus amigos en su obituario, aun sin especificar el tipo de enfermedad contagiosa que adquirió en sus viajes de marino:
Más tarde aparece de primer oficial en el Hércules, desde Bilbao á la Argentina, hasta que una enfermedad atraída en tan difícil y penosa carrera, le obligó á quedarse en tierra sin lograr volver más á su querida labor de navegante montañés.

Pero aun enfermo y con su salud muy combatida ya por esta maldita enfermedad era una persona que no dejaba de estar literalmente rodeado de peligrosos enemigos y en un ambiente nefasto del cual su abogado y amigo Bengoa intentaba desvincularlo de alguna manera:
Teodosio Ruiz era camorrista cuando estaba embriagado, pero ¿se metió alguna vez con las personas decentes? No. Esas camorras las promovía en las casas donde se jugaba ilegalmente. Teodosio Ruiz, con su comportamiento, combatiendo á los policías prevaricadores y el juego, hizo un bien moral á la población. No hay que ver al Teodosio borracho. Hay que ver al hombre sano, de nobles sentimientos, que se bate en Cuba por la bandera española, al marino honrado.
Los enemigos de Teodosio: desde macarras y delincuentes a policías y políticos corruptos
Como decía el poeta cubano José Martí, quien por cierto murió en batalla contra sus propios hermanos españoles en Cuba:
Triste es no tener amigos, pero más triste debe ser no tener enemigos…, porque el que enemigo no tenga, es señal que no tiene: ni talento que haga sombra, ni carácter que impresione, ni valor temido, ni honra de la que murmuren, ni bienes que se codicien, ni cosa buena que se envidie.
Y ahora veamos cómo eran los enemigos de Teodosio.

Primero de todo, no nos olvidemos de un negro ciclópeo, armado de un machete y miembro de la secta brutal de los ñáñigos, con el que salió desafiado en La Habana porque había insultado al a bandera española en su presencia. Pelearon a muerte y Teodosio no sólo lo desarmó, sino que luego lo arrojó al mar como si fuera un saco de patatas. Así de fuerte y valiente era.
Telesforo Bustillo, vecino de Arredondo. Propuesto por la representación de Teodosio Ruiz. Dice, contestando al señor Bengoa, que estando en Cuba presenció en un café una cuestión que tuvo Teodosio con unos ñáñigos en defensa de la bandera española, y al siguiente día se batió con uno de ellos.
En la foto, mi amigo Dúplex, boxeador y experto en fitness, que representó a este temible guerrero afrocubano en un corto que hicimos sobre Teodosio.


Como se ve en este recorte de prensa, los peores blancos de Cuba empezaron a formar parte de esta secta vudú, aunque los negros puros de la isla nunca se fiaron de ellos del todo y no les mostraron nunca sus verdaderos secretos.
La habilidad con las armas blancas de Teodosio tal vez viniera de la brutal guerra cuerpo a cuerpo contra los insurgentes cubanos, en la cual brillaban constantemente sables y machetes y bayonetas. Como decía José Martí:
Nadie salió ileso del sable del español.
La calle, al salir el sol, era un reguero de sesos.

En pocas palabras: Teodosio pudo traer del violento frente cubano esa destreza tropical que él mostraba con las armas blancas, gracias a las cuales podía contrarrestar una superioridad enemiga de macarras atacándolo a la vez. Así lo demostró en el casino de la Cuesta del Hospital o en Bilbao, otra noche gloriosa, luchando en una pelea homérica contra un montón de serenos.
Y pasamos a Santander, donde tuvieron lugar muchas de sus aventuras conocidas y donde no faltaban mafiosos y tipos duros, capaces de hacer cualquier cosa para defender y acrecentar su honor de machos.
Sus enemigos más mortales en Santander: el Comisario y dos forzudos republicanos
El Comisario de Santander, Narciso Tomás, era un personaje polémico donde los hubiese. Famoso por ser un forzudo, campeón de pulsos, maltrataba a los detenidos a latigazos y palos en sus cuarteles parapoliciales, desde los cuales dominaba el hampa de Santander y toda su provincia. Era un auténtico desalmado que no dudaba en doblegar a sus enemigos por medio de corruptelas y fuerza bruta, pero con Teodosio tocó hueso y llegó a verse exiliado de la ciudad a fuerza de denuncias por corrupción que el héroe y sus amigos conseguían demostrar siempre. Incluso llegó a verse acusado de ser el mayor comisionista del juego ilegal, de los robos más escandalosos de la provincia y hasta de ser el peor proxeneta de la brutal trata de blancas de la época, que involucraba a menores de edad en gran número.
Jenaro Galdós era un tablajero de Campogiro, en las afueras de Santander, que con su amigo callealtero Jacinto Bolado, compañero de Vanguardia Republicana, se dedicaban a dar palizas a sus contrarios políticos, antes de las elecciones, para aterrorizarles. Y lo hacían a puros palazos. Y no se fueron al otro barrio de vacío, cuando les tocó, sino que a Jenaro le tocó sufrir un tiro en la jeta cuando un paisano de Soba al que maltrató volvió más tarde a su encuentro con una pistola, pero este bravo guerrero logró salir con vida de esta locura de forma milagrosa.
Junto a su inseparable Jacinto Bolado formó siempre parte de esa banda de matones republicanos y llegaron a formar un negocio de crianza de gallos de pelea en Santander. Además de esto, Jacinto Bolado tenía una taberna en la Calle Alta desde la que ejercía su influencia de macho alfa del barrio.

Al referirnos a las luchas que sostuvo Teodosio «el Piloto», hablábamos de los «matones» que con él contendían, y entre ellos, citábamos a Jenaro Galdós, figura conocidísima en el Santander de aquellos años. Era un hombre de unas fuerzas hercúleas, valiente hasta la temeridad y corazón generoso y bueno. Honrado trabajador, vivió toda la vida esclavo de su familia y de sus deberes. Sus luchas con Teodosio y con otros valientes de su tiempo, las sostuvo por hombría y con nobleza, pero sin apelar nunca a procedimientos «matonescos».
Y el apodado Moradadillas debía de ser otro bicho de cuidado, botero de profesión y un luchador urbano que se atrevía a pelear mano a mano con un excelente luchador como Teodosio. Se pegaban en plena calle mientras la gente los miraba y comentaba, como no podía ser de otra manera, en esos tiempos en que Santander no dejaba de ser un pueblo grande.
Teodosio robaba a los tramposos del juego y les insultaba en la cárcel
Pero éstos eran enemigos a los que Teodosio respetaría y, de hecho, según Jacinto Bolado, al final se guardaban ese respeto entre ellos como machos alfa. Otro asunto eran los mugrosos como el Colindres o el personajillo de Martín Aguiar, quien se hizo famoso en su día por haber intentado matar a tiros a su exnovia, en pleno centro de Santander, aunque fallando porque era corto de vista (una de las balas llegó a aterrizar sobre el mostrador de un negocio después de atravesar el escaparate). Poco antes, la había preguntado: ¿Has vivido ya bastante? Pues te voy á matar. Un ludópata y un fracasado que intentaba ser un alguien en esa sociedad de tipos duros, pero que se encontró con el desprecio absoluto de un macarra como Teodosio, que no perdonaba esos aires de matón en nadie y mucho menos en quien no podía serlo. Y como dijo Martinillo en un juicio, sobre Teodosio:

A Martín Aguiar, después de guardarle toda clase de consideraciones, le había robado en la casa de juego y que luego en la cárcel le insultó.
Porque despreciaba a este tipo de morralla humana y no se lo callaba. Por esto lo adoraba Santander. Y lo mismo se podía decir de Manuel Cima o José Incera, quienes intentaron apalizar al héroe popular en un casino una madrugada, junto a Jacinto Bolado, y por poco no salen con los pies por delante cuando Teodosio desenvainó ese estoque que llevaba oculto en un bastón.
Yo, Teodosio «el Piloto», estoy dispuesto a acabar con toda la granujería de Santander

Era un tipo con unos testículos tan grandes que al hombre más peligroso de España, como le he bautizado, alias el Martinillo, le dijo lo siguiente el día que lo conoció, con un amplio gesto entre enfado y despectivo. Y alzó sus brazos de atleta por encima de su cabeza, fingiendo asombro, y acabó dejándolos caer sobre el mármol del velador, como dos mazas.
Pues para que me conozca bien, le voy a decir cómo soy. No haga usted caso de lo que le digan por las tabernas cuatro gallinas, que en cuanto me ven se esconden bajo siete estados de tierra. Yo, Teodosio «el Piloto», estoy dispuesto a acabar con toda la granujería de Santander. ¿A usted le extraña? Pues así es. He vivido mucho y no me asusta nada. Me emborracho como el primero, y donde haya una «gachí» que merezca la pena, allí estoy yo. No me importa que se juegue, aunque sea a los pitos. Pero lo que no quiero es que cuatro granujas vivan de las mujeres, del juego y de los borrachos, sin dar la cara y presumiendo además de personas decentes. ¿Usted lee «El Descuaje»?
El Descuaje era el periódico que Teodosio fundó, para sacudir con la tinta de la prensa a los impresentables que se estaban lucrando con todos los negocios turbios y el vicio en Santander. Pero luego hablaremos de eso porque primero toca comentar la increíble violencia urbana de estos casuals del siglo XIX.

Se acometían a botellazos y a palos, se abrían algunas cabezas y asustaban a la población
El poeta Pick nos cuenta esos tiempos inolvidables de machos santanderinos que se paseaban por unas calles que en buena parte ni existen y se acometían con la máxima violencia, cada dos por tres, mientras el pueblo los admiraba en directo y sin atreverse ni a opinar:
Por los tres templos de Baco discurría, en los años maravillosos de principios de siglo, Teodosio, «el piloto». Era el personaje más importante de la ciudad. Cuando pasaba por la calle, le miraban y le seguían absortos los niños. Teodosio Ruiz, hijo de una de las familias mejor acomodadas del pueblo, era un señorito flamenco y valiente. Marino de profesión, navegaba en las rutas de América. Cuando estaba en el puerto, la calle de Colón era el teatro principal de sus exhibiciones y de sus hazañas. Frecuentaba los tres cafetines, pero singularmente «La Sacristía», donde tenía su corte y su guardia negra de señoritos que se habían echado a la vida como algunas mujeres: Antoniuco Lastra, hijo de un viejo capitán de la Compañía Trasatlántica; Gelasio González; el Cabuérnigo, y otros muchos. Allí iban también los matones y bravoneles populares, que alardeaban de enfrentarse con él y no tenerle miedo: el botero Mordadillas; el tablajero Jenaro Galdós, y muchos más. Allí chocaban violentamente unos y otros muchas noches. Se acometían a botellazos y a palos; se abrían algunas cabezas, y al día siguiente comentaba asustada la timorata población:
—¡Buena la que se armó anoche en el «Kines»! ¡Teodosio y Mordadillas, «mano a mano»…!
Aquí se ve también la impronta que dejan en hombres y mujeres los héroes de su niñez y juventud. Una huella imborrable en las mentes y corazones de personas que se están forjando y que necesitan tener referentes para su crecimiento personal.
Era el auténtico Conan santanderino. Un tipo fuerte y valiente hasta la temeridad que también era inteligente y podía desenvolverse en superioridad de condiciones tanto en una pelea física como en el pulso ha habido o muerte que le echó a todas las autoridades de Santander a la vez en los primeros años del siglo XX.
La propia prensa oficial cantaba sus gestas:
Teodosio Ruiz era popularísimo y no necesita presentación. Su historia era conocidísima en Santander y todos recuerdan los detalles de su vida aventurera y azarosa.

Sus hazañas en Santander eran comentadísimas y no era para menos por su capacidad para triunfar en las condiciones más surrealistas y frente a los peligros más mortales. Inclusive tenía la suerte de los superhéroes, porque estuvo muy cerca de que lo mandasen a criar malvas en numerosas ocasiones. Y al final siempre eran otros los que se iban al hospital y casi que con los pies por delante después de haber batallado con semejante avatar de la lucha libre y armada.
Fundó un periódico para chantajear a los corruptos y mafiosos

Ahora vamos a referirnos a Jesús Amber o «El Descuaje», instrumento al servicio de Teodosio, «el Piloto», en aquella pintoresca lucha entablada por la flamenguería de Santander contra el hampa exótica que vino de fuera, capitaneada por el Martinillo, y protegida por la Policía, para enseñorearse de la ciudad.
Cuando los puñetazos y bastonazos y sablazos y hasta los duelos a tiros en El Sardinero no bastaron, para enfrentarse al poder corrupto de una forma eficaz, Teodosio Ruiz González y sus Caballeros del Santo Sepulcro encontraron una manera de golpear a tan todopoderoso enemigo: con una imprenta que pusiera en negro sobre blanco todas las injusticias y burradas que estaban haciéndose en Santander delante de todo el mundo, pero que nadie se atrevía a denunciar por miedo precisamente a esa mafia muy bien organizada: hasta la trata de menores que, como he investigado personalmente, era una realidad continua y sin solución en el vicioso y opulento Santander de la belle époque de los vapores y las traineras.

«El Descuaje» y de «Don Preciso» eran libelos que Teodosio y su banda publicaban en Santander con fines de chantaje y escándalo. Tuvieron una difusión extraordinaria en el pueblo. Los sábados por la noche, que es cuando se ponían a la venta, una compacta muchedumbre obstruía los accesos de la calle de Colón, donde, como hemos dicho, estaba enclavada «La Sacristía», la popular taberna en que Teodosio había establecido su cuartel general. De allí salían los vendedores, que a los pocos pasos eran materialmente cercados por el público, que les arrebataba los ejemplares de las manos. Cuando se oía el pregón: «¡El Descuaje! ¡El Descuaje!», la gente dejaba sus casas, sus ocupaciones, y salía a la caza del codiciado número. Pocos papeles públicos han logrado en nuestro pueblo semejante popularidad.
¡Y pobres de los matoncitos que el Comisario Narciso Tomás enviaba a reprimir el reparto popular y manual de estos periódicos! Cuando salía Teodosio en persona con su corte de hombres rudos, estos malandrines no se atrevían ni a asomarse, porque salían siempre trasquilados.

La Policía cómplice. Los ladrones y los agentes. ¡Todos a presidio! El autor de esta pieza, es seguramente, aunque no la firma, Teodosio «el Piloto». Dice, entre otras cosas: Tenemos en nuestro poder una noticia, una denuncia espantosa, una denuncia auténtica y de tal gravedad y trascendencia, que seguramente ha de alarmar a los espíritus que sólo de lejos contemplan nuestra obra de moralidad y saneamiento. Se trata de una declaración inspirada desde la cárcel de Santander con motivo de un reciente robo de alhajas, con la complicidad evidentísima de un guardia de la secreta llamado Primitivo San Juan. Nosotros hemos ido, pruebas en mano, al despacho del señor gobernador, y no estaba en el Gobierno civil a la hora en que nosotros llegábamos. El cuerpo del delito de complicidad está en nuestro poder; en ese documento infame, el agente Primitivo cita en el café Brillante, vestido de paisano, a los interesados, para ponerse de acuerdo acerca de las declaraciones falsas que han de dar ante la justicia, y en ese documento está su firma de puño y letra…
De hecho, el tal Primitivo tuvo que renunciar a su cargo después de esta denuncia tan bien armada que expuso a todo el Cuerpo de Policía Municipal de Santander al ridículo y la vergüenza. Y hay que recordar que por aquel entonces reinaba en Santander un comisario de este cuerpo de policía municipal que era un personaje brutal que no dudaba en utilizar los métodos más violentos para salirse con la suya y mantener un orden corrupto que se defendía a base de jarabe de palo. Pero este señor tan fuerte y tirano no podía con Teodosio, como nos recuerda Pick:
El inspector don Narciso no reaccionaba contra esta campaña, por ninguno de los medios normales y dignos. Sobornaba o atemorizaba a los impresores para que el libelo no apareciese. Organizaba partidas de matachines que iban a esperar la salida de cada número en las proximidades de la calle de Colón, a fin de arrebatar los ejemplares por la violencia. Pero cuando esto ocurría, era el propio Teodosio, acompañado de toda la banda, quien salía con los periódicos bajo el brazo, desafiando a los emboscados, con su pregón. No se atrevían a acometerle. Y al número siguiente, «El Descuaje» daba noticia de la hazaña, y ello le servía para insistir en sus ataques virulentos.Tal fue la atmósfera en que se gestó el drama del «Huerto del Francés».

Y es que las detenciones no funcionaban cuando el pueblo santanderino sabía perfectamente lo que se estaba cociendo y que cualquiera que atacase a la corrupta Policía de esos días y al Gobernador no podía considerarse como otra cosa que como un héroe:
Anoche fueron detenidos por varios agentes del cuerpo de seguridad don Teodosio Ruiz, director de El Descuaje, don Joaquín Miera y don Luis Blanco. Como El Descuaje viene haciendo una dura campaña contra determinados funcionarios, fueron muchos los comentarios que anoche se hicieron sobre la detención del director de aquel periódico, que algunos suponían encaminada a conseguir fines que en nada se relacionan con la seguridad pública.
Desafíos a tiro limpio en el Sardinero
Como nos cuenta Pick, sin embargo, una vez derrotada la mafia política y policial de Santander, a la que el pueblo despreciaba porque los sabían fariseos y metidos en todos los negocios más turbios, Teodosio tuvo que enfrentarse a su peor pesadilla: el mafioso cubano Martinillo, que venía precedido por su fama de guerrillero en Cuba, al servicio de España, en tan cruel guerra civil, así como por su verdadera reputación de pistolero con sangre en sus manos. Un mafioso cuyo objetivo era, bajo la protección del Gobierno y del Cuerpo de Policía corruptos, desplazar a Teodosio como Padrino bueno de Santander.
Todo hubiera ido bien —es un decir— de no haber caído en nuestro pueblo «el Martinillo». Pero con su llegada, vió Teodosio, con asombro primero y con indignación después, que se le iban cerrando todas las puertas, que hasta entonces se le habían abierto dóciles y asustadas. Ya era un problema entrar en una casa de mala nota y arrojar los muebles por los balcones, como había hecho muchas veces, en las barbas de los agentes de la autoridad. Porque en alguna de aquellas casas podía hallarse «el Martinillo» y el sainete entonces derivaba hacia la tragedia. Lo mismo sucedía en las casas de juego.

Hemos querido poner en parangón el Santander de los garitos y las tabernas populares, con este otro Santander brillante y fastuoso, en que también reinaba la locura. Éste era el pueblo a que Diego Martín Veloz llegaba para enfrentarse con Teodosio Ruiz, el hombre que no había tenido miedo a nadie, según proclamaba la voz popular.
Desde su tertulia de «La Sacristía», el Piloto, cuando le hablaron por primera vez del recién llegado, comentó displicente:
—¡Ése no sabe a dónde viene! ¡Yo se lo enseñaré…!
Y su corte habitual —Gelasio, Ramón «el Manta», Emilio «el Cégato», Jesús Amber, Jesús González, Joaquín, «el Cabuérnigo» y «el Cioltas»— rieron, aprobando.
—¡Ya se iría enterando aquel «chalao» de quién era Teodosio y de lo que era Santander…!
Pero Martinillo no era un matón de café con leche, como le definía públicamente Teodosio para reírse de él, sino un gatillero despiadado que acostumbraba a sacar su pistola en el momento adecuado y que muchas veces, según las malas lenguas, madrugaba a sus enemigos con la táctica guarra de disparar el arma sin sacarla del bolsillo. A través de la propia tela del pantalón.

Incapaz de aguantarse las ganas de seguir siendo el más valiente de Santander, aunque no era tanto de armas de fuego como de puños y armas blancas, cuando el Martinillo le desafió a puras pistolas él recogió el guante enseguida, para gozo y espanto del pueblo entero. Y todo Santander se encontró de pronto inmerso en una auténtica historia del Lejano Oeste, desarrollada en lo que pronto sería el balneario favorito de las cortes de media Europa: El Sardinero de Santander, que por entonces se encontraba en el extrarradio. El propio Jacinto Bolado, enemigo acérrimo de Teodosio, confirmaba en un juicio que tanto él como Martinillo le desafiaron varias veces, tanto a tortazo limpio como a tiros, en el caso del tan peligroso mafioso cubano:
Adrián Monar dijo á Martín que Teodosio iba la noche de autos con Jacinto Bolado y otros, desafiado, y aquél salió en su busca. Bolado tuvo una cuestión con Teodosio en La Sacristía. Jacinto Bolado dice á preguntas del señor Bengoa (abogado de Teodosio) que, como todo el mundo sabe, Martín vino a Santander a ser matón de las casas de juego. A Teodosio le daba por combatir todo cuanto fuera antilegal. Confirma que Martín y Teodosio fueron desafiados al Sardinero, pero los amigos de uno y otro procuraron que no se encontrasen.
Pero esta paz tensa, llena de desafíos mortales a tiros, no podía durar demasiado. Y cuando Martinillo y el Comisario Narciso Tomás y otros malandrines le secaron el tema de las cuotas que le daban de comer, a él y a los suyos, y que le pagan en cada garito de juego o prostitución o alcohol, Teodosio se vio en una situación desesperada:
Aquello era una declaración de guerra en toda regla. Aquellos tahures y aquellas empresarias de amor, venían a decirle que él ya no pintaba nada, y que no querían nada con él. Y no sólo era la negativa de auxilios lo que le indignaba, sino aquel menosprecio, aquella mofa que se hacía de su valor.
—¡Acabarán por correrme los chicos! —pensaba entonces tristemente.
El pueblo lloró su fin en romances y coplas, como se hace con los toreros y demás héroes
Y en vez de intentar desanimarlo, parece ser, sus incondicionales le incitaban a terminar con aquella pesadilla:
—¡Ese cubano se ha creído que va a ser el amo de Santander!
—¡No hay vergüenza en el pueblo si se le deja!

Teodosio Ruiz, el león santanderino, y «Martinillo», el jaguar cubano, son los dos protagonistas de estos hechos que alcanzaron una resonancia nacional, y casi pudiéramos decir que histórica.
Pick.
La noche del suceso, Teodosio estaba borracho de odio y de vino, que había bebido sin tasa, como si quisiese ahogar la amargura que le consumía. Despidió a sus amigos a primera hora:
—¡Dejarme, que tengo que hacer…!
—¡Vas a ir sólo…!
—¡Solito!
Todos lo entendieron, y le dejaron ir.
—¡Yo creo que le busca…!
—¡Debía haberlo hecho antes…!
Cercano a estos cafetines, casi encima de Rucabado, y en uno de los edificios que se han derribado también estaba el famoso «Martinillo», su «Huerto del francés» para explotar el juego. Allí fue a buscarle Teodosio, y allí se acometieron uno y otro a tiros como dos fieras. Es uno de los sucesos más resonantes de la historia de Santander. Teodosio quedó muerto, y el pueblo lloró su fin en romances y coplas, como se hace con los toreros y demás héroes. Y aquí termina el romance de la vida y muerte de Teodosio «el Piloto», el hombre más fuerte y más bravo que, al decir del pueblo, ha habido en Santander…

La lucha contra el hampa exótica que vino de fuera, capitaneada por el Martinillo, y protegida por la Policía
Los dos matones

Tanto Diego Martín Veloz como Teodosio Ruiz eran conocidísimos en Santander. Ruiz era capitán de la marina mercante y hubiera sido un excelente marino de no abandonar la carrera para hacer gala de su guapeza y matonismo y venir a acabar, como acaban siempre esos desgraciados que pretenden monopolizar el valor y que van por las calles perdonando la vida a todos aquellos que pasan por su lado.
Sus amigos, compañeros infatigables en su lucha de David contra Goliat, le dedicaron un epíteto maravilloso cuando falleció, en acto de heroísmo, en el mismo periódico valeroso del que fue director y alma mater:
Era bueno, todo el pueblo de Santander lo sabe
Era bueno, todo el pueblo de Santander lo sabe; todo el pueblo, que ha sentido con indignación la pérdida de aquella vida asesinada con menos dignidad y valentía que su corazón y su arrojo, mil veces probado. Aparece en el retrato en compañía de sus adorables sobrinitos a los que él quería tanto; vedle el gesto animoso y galán como él era, siempre afable y cariñoso con los suyos, gesto que no se alteraba nunca, sino en presencia de una injusticia.

El pueblo de Santander pide justicia para estas víctimas sacrificadas; justicia para quien siempre la pidió desde este periódico, moralidad para que así, con el ejemplo del castigo á los culpables, Santander se vea libre de juegadores profesionales, pillos de oficio, gente vagabunda, policías inmorales, bárbaros encanallados, y cuanto hasta ahora ha constituido el hampa vergonzosa de nuestro pueblo. Creemos sinceramente que el activo é inteligente juez del Oeste, señor Muñoz, se habrá percatado de este sentimiento general, unánime, y esperamos que sabrá reflejar en el proceso esta popular y justa acusación de todo Santander.
La Redacción.
Continuaba en el barco y en el extranjero sus prácticas violentas que tanta nombradía le habían dado en Santander

El último barco en que anduvo fue el «Hércules», de la matrícula de Bilbao. Allí tuvo por capitán a un marino ilustre, el venerable don Fernando Gutiérrez Cueto, de una noble familia de escritores, que ahora vive retirado en Cabezón de la Sal. Teodosio iba de primer oficial, y continuaba en el barco y en el extranjero sus prácticas violentas que tanta nombradía le habían dado en Santander. Naturalmente, chocó con don Fernando, que era un carácter íntegro. Teodosio se desembarcó, y volvió de nuevo a nuestro pueblo, lanzándose ya de lleno a la vida agitada del valiente, que tiene que hacer uso de su valor para vivir.
Sin embargo, cuando se encontró con que tenía delante a una entente de corruptos y mafiosos locales que un nuevo Padrino del hampa, venido de Cuba para sustituirle y anularle, Teodosio optó por comprarse una Browning y prepararse para lo peor. Y lo peor vino, por desgracia, pero también para gloria eterna de un verdadero héroe y justiciero popular.

























