¡Piloto! Jenaro Galdós está fuera y dice que salgas, que quiere decirte no sé qué por lo del otro día en la plaza de toros! ¡Y que sepas que viene acompañado del botero, ya sabes! ¡El matón del Mordadillas!
Pues diles a esos dos cenutrios que se vayan a tejer sus botas de vino a su cuadra y que me dejen en paz, contestó Teodosio, con una tranquilidad que contrastaba bastante con la alarma del mensajero. Y con su típica sonrisa burlona de sobrado, que siempre lo acompañaba en los momentos de mayor peligro, hizo reír como de costumbre a sus parroquianos. ¡Y a ver si dejan algo de vino sin tomar para poderlo meter dentro de esas botas, hombre, que no se lo beban todo ellos solos! ¡Que luego se ponen muy pesados!
Pero ocurrió que las carcajadas de la concurrencia sirvieron de invitación para que ese archienemigo callejero de Teodosio se metiera en el garito más enfadado que una mona y acompañado de otro viejo conocido del capitán: ni más ni menos que el botero Mordadillas, que era otro pendenciero de los pocos que había en Santander capaces de medirse a guantazos con el veterano capitán.
¿Qué pasa, Piloto? ¿Por qué no dejas de buscar excusas y sales afuera a batirte como un hombre?
Porque no soy un hombre, le respondió Teodosio, como siempre, sin inquietarse, mientras clavaba sus vivos ojos en esos dos oponentes. Esos dos temerarios que habían cometido la osadía de entrar en su santuario sin permiso y con tan malos modos. Desde que me licencié de la mar y fui designado santo patrón de esta ciudad, amigo Jenaro, dejé de ser hombre para convertirme en una especie de semidiós. Como pasaba con los emperadores romanos cuando se morían, no sé si me entiendes.
Fue una respuesta tan inesperada y era tan serio su gesto al decir esto que la concurrencia no pudo evitar de nuevo una carcajada generalizada, la cual reverberó en el interior del pequeño establecimiento. Y esos dos ignorantes se sintieron heridos en su orgullo por doble motivo: tanto por su tranquilidad al decir tales cosas como por unas alusiones históricas burlescas que ni siquiera podían entender.
Déjate de chistes o, mejor dicho, sal conmigo afuera y me cuentas cómo te has estado burlado de mí el otro día, en la plaza de toros, sin que yo me enterase de nada. ¿No es cierto, cabronazo? Pero te juro por la gloria de mi madre que de haberme dado cuenta hubieras salido más desjarretado que el toro que mató Lagartijo. ¡Hubieras salido de la plaza con los pies por delante!
Sin embargo, por su parte, Teodosio persistía en su actitud de ignorar a su adversario y bebía su cerveza en la barra, sin inmutarse y sin cambiar su semblante tranquilo y sonriente. Como si no fuera con él la cosa.
¿No dices nada, Piloto? ¿O es que te comió la lengua el gato?
¿Y qué quieres que diga? Yo nunca me burlaría de un gran poeta como tú, Jenaro. Al contrario. Lo que dije que en la plaza de toros fue que todos tenemos que aprender mucho de ti. De tu talento para los versos, que no va reñido con tu habilidad como tablajero.
El nuevo coro de risas fue menor esta vez, conforme los testigos se daban cuenta de que Jenaro había llegado a su límite de aguante y una verdadera batalla campal estaba a punto de empezar. Y es que la broma venía por unos versos que el peleón tablajero había dedicado a la presidencia y a todos los presentes en la plaza, los cuales sorprendieron a Teodosio y le valieron para reírse de este adversario recurrente que tenía, calificándolo como un maestro de poesía del que todos tenían que aprender, aun pasando por alto que fuera analfabeto.
¡Ya te digo yo que vas a tener que aprender mucho de mí, Piloto! ¡Sobre todo, en cuanto tengas los santos huevos de asomar por esa puerta, porque te voy a enseñar a respetar! ¡Te pienso dar tan fuerte que te voy a destrozar, graciosete! ¡Y da gracias de que hoy venga sin cuchillos, porque si tengo que demostrar a todo Santander lo buen tablajero que soy, ya que tanto te ríes, iba a ser sacándote las tripas en donde tú quieras! ¡Aquí mismo o delante del ayuntamiento!
Ahí sí que Teodosio dejó por un momento su sonrisa y su semblante confiado y lo cambió todo por esa mirada de hielo que solía intimidar al más pintado.
¡Muy bien, hombre, ya veo que hoy te dieron cuerda! Pero, dime una cosa, ¿tenías que traerte un escolta para decirme todo eso?
¡Miren a éste! Mordadillas sólo vino conmigo por si a algún monaguillo de esta sacristía tuya se le ocurría entrometerse entre nosotros dos, como ya ha ocurrido alguna vez!
¡Vale, hombre, sí, tú tranquilo, que ya sabes que puedes venir con quien te salga de los cojones! En realidad, es buena idea, porque lo mismo entiende él que en cuanto acabe contigo va a ser el primero que caiga.
Y posó la jarra en la mesa con tanta fuerza que se quedó con el asa en la mano, estallando el vaso en mil pedazos y sobresaltando a los que le flanqueaban.
Vamos, pues, caballeros.
¡Adelante!
¡No, no, vos primero, ya que tanta prisa tienes! ¿O quieres que te saque yo?
Dicho y hecho, los tres toros de lidia salieron a la calle, ya a guantazo limpio, seguidos por los parroquianos que ya estaban en la Sacristía. Rodeados a su vez por un tropel de gente que ya se estaba allí congregando, como era costumbre, para presenciar ese extraordinario duelo al que no acababan de acostumbrarse. Uno de tantos que ocurrían cada dos por tres, a menudo con acompañamiento acústico de sillas y botellas que se partían sobre algún contendiente o inocente, y es que el pueblo de Santander nunca se cansaba de presenciar estas cosas. Y los golpazos no se hicieron esperar, incluso antes de que sombreros y relojes fueran depositados en las manos de los correspondientes escuderos, como era la costumbre entre caballeros. Y es que está vez ni siquiera se delimitó, ni en un principio, quiénes eran los dos púgiles que iban a medirse a tortazo limpio en plena calle, por lo que pronto se emparejaron los dos invitados con Teodosio y el Cabuérnigo, quien llegó a la Sacristía a toda prisa y en cuanto tuvo noticia de que esos dos adversarios habían puesto rumbo a su cuartel general. Una afrenta que no se podía consentir y, de hecho, la propia Policía se tomó un tiempo de respeto hasta intervenir en un espectáculo que a ellos también les interesaba un montón, pero que sólo ellos podían interrumpir para evitar que la cosa fuera a mayores y acabase habiendo algún muerto.
¡Bueno, bueno, ya está bien, señores! ¡Menos huevos, basta, que se amarilla el pan! ¡Meted al Piloto en su bar y dadle su jarabe, vamos, que nosotros nos llevamos a estos dos y en paz! ¡No me obligueis a llevaros detenidos otra vez, me cago en la puta, que tenéis a juez aburrido ya!


























