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Home Cultura

¿Por qué no dejas de buscar excusas y sales afuera a batirte como un hombre?

by Redacción
07/20/2026
in Cultura, Historia, Humor, Los cuatro naufragios del Capitán, Santander, Sucesos
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La viuda del Machichaco, el muelle y la venganza mejicana
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¡»Piloto»! ¡Jenaro Galdós está fuera y dice que salgas, que quiere decirte no sé qué por lo del otro día en la plaza de toros! ¡Y que sepas que viene acompañado del botero, ya sabes! ¡El matón del «Mordadillas»!

Pues diles a esos dos cenutrios que se vayan a dar una vuelta en el bote por la Bahía y me dejen en paz, contesté, con una tranquilidad que contrastaba bastante con la alarma del mensajero. Y con mi típica sonrisa burlona de sobrado, que siempre me acompañaba en los momentos de mayor peligro, hice reír como de costumbre a mis parroquianos. ¡Y a ver si dejan algo de vino sin tomar para pasar mejor las merluzas que pesquen, hombre, que no se lo beban todo a deshora! ¡Que luego se ponen muy pesados!

Pero ocurrió que las carcajadas de la concurrencia sirvieron de invitación para que ese archienemigo callejero mío se metiera en el garito, más enfadado que una mona y acompañado de otro viejo conocido del capitán: ni más ni menos que el botero Mordadillas, que era otro pendenciero de los pocos que había en Santander capaces de medirse a guantazos con este servidor y, por tanto, con quien hiciera falta. La verdad es que el solo hecho de que tuvieran los santos huevos de meterse en nuestra taberna sin encomendarse a Dios ni al Diablo ya decía mucho del valor de esos dos. No en vano, al igual que los más duros de nosotros, Jenaro siempre vivió en el filo de la navaja. Y empezó muy jovencito en esto de pasar por el calabozo y la Casa de Socorro, siendo una de sus mayores aventuras el recibir un disparo de revólver, que casi lo mata, tras una cuestión con otro joven, oriundo del Valle de Soba, que permaneció durante un tiempo proscrito antes de ir a parar a prisión.

¿Qué pasa, Piloto? ¿Por qué no dejas de buscar excusas y sales afuera a batirte como un hombre?

Porque no soy un hombre, le respondí, como siempre, sin inquietarme, mientras clavaba mis ojos en esos dos oponentes. Esos dos temerarios que habían cometido la osadía de entrar en mi santuario sin permiso y con tan malos modos. Desde que me licencié de la mar y fui designado santo patrón de esta ciudad, amigo Jenaro, dejé de ser hombre para convertirme en una especie de semidiós. Como pasaba con los emperadores romanos cuando se morían, no sé si me entiendes.

Fue una respuesta tan inesperada y era tan serio mi gesto al decir esto que la concurrencia no pudo evitar de nuevo una carcajada generalizada, la cual reverberó en el interior del pequeño establecimiento. Y esos dos ignorantes se sintieron heridos en su orgullo por doble motivo: tanto por mi tranquilidad al decir tales cosas como por unas alusiones históricas burlescas que ni siquiera podían entender. Y fue muy obvio para cualquiera que ambos rufianes, con toda su fuerza y su valor, se sintieron de pronto pequeños ante la superior inteligencia de su odiado y a la vez, aunque no lo reconocerían ni bajo torturas, tan admirado oponente. Un súper hombre capaz de humillar a quien se me pusiera por delante, ya fuera en el plano cultural y de la inteligencia como en el de la más descarnada violencia, que era capaz de ejercer como el peor rufián del mundo.

Déjate de chistes o, mejor dicho, sal conmigo afuera y así me cuentas cómo te has estado burlado de mí el otro día, en la plaza de toros, sin que yo me enterase de nada. ¿No es cierto, cabronazo? Pero te juro por la gloria de mi madre que de haberme dado cuenta hubieras salido más desjarretado que el toro que mató «Lagartijo». ¡Hubieras salido de la plaza con los pies por delante!

Sin embargo, yo persistía en mi actitud de ignorar al adversario y bebía mi cerveza en la barra, sin inmutarme y sin cambiar el semblante, tranquilo y sonriente. Como si no fuera conmigo la cosa.

¿No dices nada, «Piloto»? ¿O es que te comió la lengua el gato?

¿Y qué quieres que diga si lo dices tú todo? Pero yo nunca me burlaría de un gran poeta como tú, Jenaro. Al contrario. Lo que dije que en la plaza de toros fue que todos tenemos que aprender mucho de ti. De tu talento para los versos, que no va reñido con tu habilidad como tablajero. Ni como político, por supuesto.

Esto último venía del no lejano episodio en el cual Jenaro, con otros matones del Partido Republicano, habían apalizado sin miramientos a unos cuantos oponentes suyos, antes de unas elecciones, lo cual le valió otra temporada más en el calabozo. Y el nuevo coro de risas fue menor esta vez, conforme los testigos se daban cuenta de que Jenaro, con su corpulencia de obrero manual hercúleo y su cara de malo, había llegado a su límite de aguante: el odio más africano asomaba a sus ojos, pequeños y brillantes, bajo los cuales se endurecía un rostro de pícaro violento, enmarcado por ese cuello de mastín que no podía hincharse más. Una verdadera batalla campal estaba a punto de empezar y todo por una broma que tuvo lugar en la corrida de a beneficencia, qué tontería, a colación de unos versos simplones que el peleón carnicero había dedicado a la presidencia y a todos los presentes en la plaza. Una espontaneidad que a mí me valió para reírme de este adversario recurrente que tenía y que no advirtió entonces la ofensa, aunque pronto le debieron informar de que media plaza había coreado las carcajadas a lágrima viva del Piloto, pues pedí con guasa infinita a la concurrencia que no se burlaran de Jenaro. Que estaban ante un maestro de poesía extraordinario del que todos tenían que aprender, aun pasando por alto que fuera un analfabeto total. La humillación más pública estaba servida y con ella, como era de esperar, el presente encontronazo.

¡Ya te digo yo que vas a tener que aprender mucho de mí, Piloto! ¡Sobre todo, en cuanto tengas los santos huevos de asomar por esa puerta, porque te voy a enseñar a respetar! ¡Te pienso dar tan fuerte que te voy a destrozar, graciosete! ¡Y da gracias de que hoy venga sin cuchillos, porque si tengo que demostrar a todo Santander lo buen tablajero que soy, ya que tanto te ríes, iba a ser sacándote las tripas en donde tú quieras! ¡Aquí mismo o delante del ayuntamiento!

Ahí sí que dejé por un momento su sonrisa y mi semblante confiado y cambié todo eso por esa mirada de hielo que solía intimidar al más pintado.

¡Muy bien, hombre, ya veo que hoy te dieron cuerda! Pero, dime una cosa: ¿tenías que traerte un escolta para decirme todo eso?

¡Miren a éste! Mordadillas sólo vino conmigo por si a algún monaguillo de esta sacristía tuya se le ocurría entrometerse entre nosotros dos, como ya ha ocurrido alguna vez. Pero si tanto miedo tienes de salir afuera a batirte, borrachín, también puedes pedirme perdón en la calle y yo lo dejaría correr. Lo que pasa es que tiene que ser de rodillas.

Vale, hombre, sí, ¡tú sigue en tu mundo, que ahí estás bien! Y sabes de sobra que puedes venir con tu amiguito y con quien te salga de los cojones. En realidad, no es mala idea, porque lo mismo entiende él que en cuanto acabe contigo va a ser el primero que caiga.

Y posé la jarra en la mesa, sin aspavientos, pero con tal fuerza bestial que me quedé con el asa en la mano, estallando el vaso en mil pedazos y sobresaltando a los que me flanqueaban, que no se esperaban semejante explosión de un gesto tan sutil.

¡Vamos, pues, caballeros! Que se nos hace tarde.

¡Adelante!

¡No, no, vos primero, ya que tanta prisa tienes! ¿O quieres que te saque yo?

Dicho y hecho, los tres toros de lidia salimos a la calle, ya a guantazo limpio y medio descamisados, seguidos por los parroquianos que se encontraban en ese momento en la Sacristía. Rodeados a su vez por un tropel de gente que ya se había allí congregado, como era habitual, para presenciar ese extraordinario duelo al que no acababan de acostumbrarse. Uno de tantos que ocurrían cada dos por tres, a menudo con el sonoro acompañamiento acústico de sillas y botellas que se partían sobre algún contendiente o inocente. Y el pueblo de Santander nunca se cansaba de presenciar estas cosas. Con unos golpazos tremendos que no se hicieron esperar, incluso antes de que sombreros y relojes fueran depositados en las manos de los correspondientes escuderos, como era la vieja costumbre entre caballeros. Y es que esta vez ni siquiera se delimitó, ni en un principio, quiénes eran los dos púgiles que iban a medirse a tortazo limpio en plena calle, para gozo y emoción del gentío, sino que pronto se emparejaron los dos invitados conmigo y con el Cabuérnigo, mi valeroso y fortísimo amigo, que llegó a la Sacristía a toda prisa y en cuanto tuvo noticia de que esos dos adversarios habían puesto rumbo a su cuartel general. Una afrenta que no se podía consentir y, de hecho, la propia Policía se tomó un tiempo de respeto hasta empezar a intervenir en un espectáculo que a ellos también les interesaba un montón. Y se limitaban a contener al público y a los amigos de los luchadores, eso sí, mientras miraban de reojo a los contendientes, pero al final sólo ellos podían interrumpir el combate para evitar que la cosa fuera a mayores y acabase habiendo algún muerto. Porque los ánimos llegaban muy arriba en estos lances de honor y masculinidad exacerbada y lo de llegar a empuñar armas blancas, cuando uno de éstos se encontraba más ebrio de alcohol y sangre de lo normal, no era ninguna situación extraordinaria.

¡Bueno, bueno, ya está bien, señores! ¡Menos huevos, basta, que se amarilla el pan! ¡Meted al Piloto en su bar y a darle su jarabe, vamos, que nosotros nos llevamos a estos dos y en paz! ¡No me obligueis a llevaros detenidos otra vez, me cago en la puta, que tenéis a juez aburrido ya! ¿Y de quién es toda esta sangre?

Al contrario de lo que pudiera parecer, y para sorpresa de no pocos de los asistentes, tengo que reconocerlo, esa sangre era la mía. Un mar de gotas gruesas de tinto que habían sido arrancadas del que escribe, a chuletones y puñetazos, por los bestiales puños de Jenaro Galdós. Un torrente verdadero de sangre como no habría visto el tablajero ese ni en la matanza más cruda de lechones y que había llegado a empapar mi camisa hasta hacer desaparecer, casi por completo, el color blanco de la misma por la parte de la botonera.

Llevadlo a la Casa de Socorro, dijo un agente, el de más alto rango de los presentes, una vez finalizada esa lucha y separados los contendientes. ¡Este maldito loco no va a parar hasta que lo maten!

Los vencedores marcharon entusiasmados de su triunfo, pregonando por todo Santander que acababan de derribar a un dios vivo en plena calle. A mí, en cambio, me tuvieron que rescatar del mismo suelo de adoquines, medio desmayado ya. Y fui llevado en volandas a la Casa de Socorro después de tapar como pudieron la hemorragia incontenible que salía de mis rotas narices.

Esto tiene que parar ya, comentaba un afligido compañero de batallas como era Joaquín, quien veía por mis ojos y no podía soportar esa decadencia que ahora se reflejaba en mi sangre derramada. Hay que convencerlo para que deje de intentar ganar en los combates hasta después de muerto como el Cid. Ese polizonte llevaba razón: ¡un día de estos lo van a matar!

Pues que me maten, respondía yo, con un hilo de voz y medio atragantado por la sangre que me caía por la garganta a borbotones. Qué importa ya, dime, si no me queda mucho de todos modos…

No digas eso, insistía Joaquín. Para escribir el periódico y sacudirles con tinta fresca no necesitamos estos despliegues de heroísmo callejero, Teodosio. Tú mismo nos lo dices siempre: qu hace más daño a la pluma que la espada. ¡Pero luego te empeñas en seguir siendo el Dartañán de toda la vida y no puede ser, amigo, que tienes que cuidarte!

¡Para ti es fácil decirlo porque tú no te estás pudriendo por dentro! Y lo peor es que ahora tendré que aguantar las mismas simplezas del matasanos que me atienda, ya verás.

No me equivocaba. Apenas llegué a la Casa de Socorro y me atendió uno de esos médicos veteranos, que tan bien me conocían después de años de llenarles la consulta de heridos, constató enseguida que Joaquín tenía más razón que un santo y que no podía seguir dedicándome a los duelos taberneros, como había hecho desde que tenía uso de razón.

Pero, ¿es que no será usted cuenta de la gravedad de su estado? Su nariz, para empezar, no es que se la hayan roto a golpes sin más: es que usted la acabará perdiendo de todas maneras si persiste en no cuidarse y pretender que puede seguir siendo el campeón de boxeo de Santander.

¡Dejese de historias, doctor, que todos sabemos que acabaré perdiendo la nariz y también la vida de todas formas! Esta enfermedad innombrable se caracteriza por eso, ¿no es cierto? Muchos son los que pierden la nariz antes de irse con San Pedro.

Mi propia hermana Vicenta apareció por la Casa de Socorro para rogarme por enésima vez que dejase de ser yo mismo al final. Y la verdad era que la solución que me ofrecía resultaría muy tentadora para cualquiera que no fuera un auténtico adicto a la juerga y las emociones fuertes.

¿Por qué no nos vamos una temporada a Viñamoñico y así te olvidas un poco de toda esta gente y de este ambiente del que siempre te rodeas? Allí podrías descansar y recuperarte y les das también un descanso a estos amigos tuyos, que la verdad es que Dios los cría y el viento los arremolina, añadió, mientras los tres fieles camaradas que me flanqueaban me devolvían una mirada llena de resignación. El propio Cabuérnigo mostraba también en su rostro los efectos de haberse tenido que pelear con su contendiente y también con el mío, claro, toda vez que fui derribado y el pobre hombre tuvo que defenderme.

Tu hermana tiene razón, insistió Joaquín. Si quieres, yo podría acompañarte, aunque sólo sea por una temporada. Pero lo más importante es que sigas las instrucciones de los médicos y te dediques al reposo y a estar tranquilo o te vas a poner mucho peor.

¡Por supuesto que me voy a poner mucho peor, nos ha jodido! ¿Es que no ves que me estoy muriendo ya? Aunque estos matasanos no se atrevan a decírmelo, yo sí que te lo puedo explicar: me quedan cuatro días y da igual si es en este puerto o en el pueblo de mi puñetera familia, porque me voy a morir igual. Me voy a ir a criar malvas igual. ¿Lo entiendes o no?

Por supuesto que lo entendía. Lo entendía demasiado bien. Era mi mejor amigo y no en vano estalló en un sollozo incontenible, al escuchar de nuevo la sentencia de muerte, con su correspondiente purgatorio de decadencia física y psíquica, que pesaba sobre la cabeza de su admirado héroe. Una conmovedora muestra de dolor que fue imitada en el acto por mi hermana.

¿Para esto habéis venido vosotros dos? ¿Para adelantarme el velatorio de cuerpo presente? ¡Por Dios bendito! ¡Yo os digo que la muerte no me preocupa y que es un trámite que pienso afrontar como tantas veces, qué cojones! ¡He estado tantas veces con un pie en el estribo que verdaderamente se puede decir que he estado más muerto que vivo!

Inasequible al desaliento y fiel a mis viejas costumbres de condotiero, que se busca la vida a su manera, a pesar de mi reciente derrota reemprendí cuanto antes la faceta más importante de todo empresario que se precie y que es facturar a los clientes. Que lo que no puede ser es que los mafiosos de tres al cuarto estén extorsionando y cobrando todo tipo de impuestos revolucionarios al personal y que un honrado marino y periodista como yo tenga que estar pasando estrecheces.

Es por ello que lo primero que hice al salir de mi convalecencia de escasas horas fue hacer mi ronda habitual de cobrador de esos negocios que no deberían existir y que no tienen ni el más mínimo pudor a la hora de aprovecharse de las debilidades del personal. Una ruta que incluía, como es lógico, los peores garitos en los que sablean de todas las maneras posibles a todo incauto que aparece por allí en la creencia de que están entrando en la cueva de Alibaba, aunque sin considerar que los cuarenta ladrones también tendrían que estar por allí, tal vez esperándole a él mismo. Y es que ya se dice en Santander que siempre entra otro tonto por Cuatro Caminos, pero no eran precisamente estos malandrines los que estaban dispuestos a ser ellos esos tontos toda la vida y pagar a nadie cuando, según ellos mismos decían, les costaba muchísimo sacarles los cuartos a sus víctimas. Así me pasó, por ejemplo, en uno de estos clubs a los que acudía con cierta regularidad a buscar lo mío, pero para encontrarme esta vez con una negativa rotunda del dueño, lo que me hizo recelar bastante.

Si vienes a cobrar, Piloto, te digo que no puedo estar manteniendo a todos los que aparecéis por aquí cada dos por tres con la misma historia. Esto es un local que da lo que da y si tengo que compartir ese margen con todos los que queréis tener plato en la mesa pues mejor cierro y mira, si lo quieres, pues te traspaso el negocio a ti y hemos terminado. Así luego me cuentas lo bien que te ha ido y lo rico que te has hecho, ¿no te parece?

A mí lo que me parece es que o te has tomado más vinos de la cuenta con tus parroquianos o me quieres tomar el pelo. ¿De verdad se te pasa por la cabeza que me puedo llegar a creer que no estás sacando un auténtico dineral con toda la jarcia que te viene por aquí y esos tapetes clandestinos que tienes siempre a mano? ¿De verdad me vas a venir con cuentos a mí, que ya tengo bigote?

El gerente del club se puso un poco nervioso y no era para menos. porque conocía de sobra mi manera de reaccionar cuando no me salía con la mía cuanto antes, pero tengo que reconocer que el tipo fue muy inteligente y me puso enseguida la pelota en mi tejado.

Mira lo que te digo: yo no voy a discutir contigo nada porque no tiene sentido y además es que yo ya quiero dejar esto y te lo digo de verdad. Ni mi salud ni mis ánimos me permiten ya seguir aguantando este tipo de cosas y si de verdad te crees que un negocio de estos da para hacerse uno millonario pues vuelvo y te repito que es tu oportunidad para demostrarlo, puesto que yo he fracasado. Te lo traspaso y se acabó, ¿qué te parece? Si tienes el dinero para comprarlo, te lo digo, te lo traspaso ahora mismo y te lo quedas tú.

Aquélla era una respuesta que no me esperaba y que no me dejaba mucho margen para hacer otra cosa que dar un golpe en la mesa, de pura impotencia, que como de costumbre sobresaltó a toda la barra y a ese señor en particular, pero es que yo tampoco estaba dispuesto a dejarme chulear.

¿Por quién cojones me has tomado? ¿Por un tabernero trilero como tú, dispuesto a tumbar la viga a costa de todos esos desgraciados a los que les dais el pego cada día, delante de todo el mundo, sin que la corrupta policía de esta ciudad haga nada al respecto? ¡Yo soy capitán de la Marina Mercante y he estado en más follones y he pasado más tormentas que todos vosotros juntos, holgazanes! ¡Y te vas a enterar porque pienso hacer un reportaje en mi periódico con todo lujo de detalles sobre todas las actividades a las que os dedicáis aquí para que hasta ese cabronazo corrupto de Narciso Tomás, al que yo mismo mandé derecho al exilio, se entere de que Teodosio Ruiz el Piloto no ha parado ni parará nunca en sus denuncias contra gentuza como vosotros!

Y acompañaba el discurso con mi habitual repertorio de gestos amenazadores, cada vez más volcado sobre esa estrecha barra de bar que nos separaba, pero es que el tipo aguantaba con estoicismo el chaparrón y como allí nadie se movía, ni para adelante ni para atrás, pues decidí cobrarme esa impotencia con un gesto simbólico. Y en el camino hacia la puerta agarré un par de botellas de vino que me llevé por las buenas, de las mesas donde cenaba el personal, sin que nadie se atreviera a mover ni un dedo ni a decir nada.

¡Con Dios, tabernero! ¡Ya volveré otro día y seguimos hablando de lo pobrecito que eres! ¡Me voy a anunciar en el periódico una colecta para organizar una corrida de la beneficencia para un pobre de solemnidad y trilero como tú!

Y por no andar más de la cuenta y fatigarme, puesto que esta enfermedad me arranca a grandes tragos la virilidad y las energías, decidí hacer otra visita de cortesía en otro negocio próximo. Y me adentré en un portal de la calle Colón donde el trasiego constante de señores que no eran vecinos ya anunciaba una actividad sospechosa, por mucho que la meretriz que allí atendía se hiciera la tonta conmigo.

¿Qué quieres ahora, «Piloto»? No tengo tiempo para atender a nadie ahora, chulo, que tengo el guiso en el fogón.

Di que sí, «Gallega», que ya sé yo el fogón que tienes tú siempre encendido en este tugurio. Y ahora sólo te falta decirme que estás regentando una posada para peregrinos. Pero yo sólo he venido a una cosa y la podemos solucionar muy rápido.

¡Y tan rápido! ¿Qué te has creído? ¡Pues lo único que me falta a mí es que vengas a decirme que tengo una casa de putas, cuando ya lo sabe todo el mundo en Santander lo que tengo! Y aprovecho para decirte que las putas estamos para cobrar y no para estar regalando el dinero de cualquier manera cuando se te ocurre a ti venir con el cepillo. Que bastante desgracia ya es que estemos vendiendo el chocho como para que encima de todo lo regalemos, ¿me entiendes?

Lo que entiendo es que para ser puta o jefa de putas no hace falta ser una raquera. ¿Es que no te enseñaron educación tus padres?

¡Lo que me enseñaron o no mis padres no es asunto tuyo y en todo caso lo que aprendí en la vida fue a ganarme el pan por mí misma y no a estar pidiendo dinero a los demás todo el santo día como hacen otros! Y antes de que empieces con tus amenazas y con tus numeritos de grosero impresentable te voy a decir una cosa: no te pienso dar un duro más en mi vida y te adelanto que ya tengo quien me proteja y no eres tú. ¿Te enteras?

Me enteraba muy bien de que se refería a Martinillo, esa maldita serpiente, pero yo no me daba por vencido porque sabía que el reloj jugaba en contra de ella. Porque todo el tiempo que yo estuviera en la puerta, como un buque semihundido que bloquea el paso a una dársena, el flujo de clientes que alimentaba a esa vieja zorra se vería interrumpido. Y yo no tenía nada que perder más allá de un numerito más con los flamencos de la Policía corrupta o con el Martinillo, claro estaba, si es que le compensaba acudir en defensa de su protegida.

¿Estás segura de que no vamos a colaborar? Porque yo no tengo prisa por marcharme, ya sabes: me gusta estar aquí, de charla en la escalera contigo.

Su mirada de póker no me hacía olvidar esa última ocasión en que se atrevió a darme un no por respuesta. Porque mi respuesta inmediata fue entrar como un elefante en una chatarrería y empezar a hacer el cometido que no realizaba la sección de Higiene del Ayuntamiento, eso sí, sólo que a mi manera.

¿Qué vas a hacer si no coopero esta vez?

¿Quieres que te recuerde lo que pasó la vez anterior? Haré ni más ni menos que el trabajo que Dios quiere que haga: una inspección en condiciones en esta pocilga inhumana que tienes aquí montada con esas pobres mujerzuelas. Y dime: ¿sigues teniendo menores a disposición de los granujas de tus clientes?

Ella torció el gesto como si le hubiera dado una patada en el estómago y trató de cerrarme la puerta en las narices, pero mi bota se lo impedía todo el tiempo.

Hacemos lo que tú quieras. Pero te aseguro que voy a hacer que te cierren este lupanar infecto en el que explotas a estas pobres mujeres a cambio de cuatro pesetas.

¡Pues ya estás tardando! ¡Corre y hazme toda la publicidad que puedas con tu periódico, por favor, que a lo mejor todavía queda algún despistado en Santander que no se ha enterado de que aquí hay una casa de putas!

Las risas de las chicas que asistían a esta escena en número creciente, por detrás de su meretriz, excitaron mi furia sobremanera, pues no estaba yo muy acostumbrado a que este tipo de elementas ni nadie se cachondeasen de servidor en su puñetera cara.

Pues lo importante no es que se enteren, amiga, que ya lo sabe todo quisqui lo que eres. Lo que hace falta es convencer a toda la ciudad de que hay que cerrarte de una vez por todas este pozo de sordidez que tienes aquí montado. Que esto es una ciudad decente y los vecinos están hasta el gorro de ver desfilar por aquí a tanto desconocido. ¡Y hay que ver cómo tienes a esas pobres chicas!

¡Te vuelvo a decir que no me importa lo que hagas o digas porque en Santander nos conocemos todos y ya todo el mundo sabe de qué pie cojeas y que tú no puedes ser defensor de ninguna moralidad, Piloto, porque es que da risa sólo pensarlo! ¡Es como si yo me pusiera a ser, no sé, la presidenta de la Cofradía de las santas vírgenes consagradas de Puertochico! ¡Es que el chiste se cuenta solo, corazón! Y te repito que no necesito que vengas por aquí para nada y que no eres admitido porque tú tampoco eres vecino de esta comunidad y no pintas nada aquí. ¿Estamos?

¡Eso es lo que tú te crees! Porque a mí nada me impide entrar en cualquier momento en este cuchitril y ponerlo todo patas arriba, como casi te ocurrió alguna vez por pasarte de lista conmigo. ¿No te acuerdas de cómo voló algún mueble por la ventana y luego dejaron de venir los señores por miedo al escándalo o a algo peor? ¡Y luego ya puedes ir a ponerme una denuncia donde quieras, a ver si te hace caso alguien, por haber saneado esta casa de putas de mal gusto que tienes! Porque eso sí que sería un buen chiste.

Un creciente rumor de muchachas a espaldas de la meretriz, que se notaba que estaba destinado a interrumpir tan amable diálogo, me anunció que de nuevo me cerrarían la puerta sin ver una sola peseta de otro tugurio de mala muerte. Y mi expresión de furia contenida no debió de sentirse tanto cuando esta impresentable todavía se atrevió a darme una última bofetada.

No vengas más por aquí, Piloto, te lo digo en serio. Y de perdida te digo que cambies de vida, muchacho, porque creo que salta a la vista que no te conviene nada.

Esto último era obvio que lo decía por mi rostro desfigurado, a medias por la sífilis y la golpiza del día anterior. Y todavía trató de cerrarme una vez más la puerta, con esa sonrisa sardónica suya que, sin embargo, se transformó en una mueca cuando yo me adelanté y bloqueé ese movimiento con la punta del pie, haciendo el amago de penetrar una vez más en su vestíbulo. En ese corredor colmado del aire contenido y cargado de cualquier lupanar donde las mujeres se hacinaban y los sucesivos hombrones no dejaban de acudir a desfogarse. Pero ella no se dejó intimidar y se volvió a sus compañeras en una jugada que también se notaba ensayada.

¡Dad una voz por la ventana y que venga «Martinillo», rápido! ¡A estas horas suele estar en el Club de Billares y no tarda ni un minuto en llegar!

Martinillo, claro. ¡Cómo no! Ese bandido estaba haciendo el agosto a costa de mi declive y por eso no me hacían caso en ningún lado. Porque se sabían respaldados por un mafioso que tenía sus propios tratos con la policía y con los verdaderos mafiosos del Ayuntamiento y la Gobernación, que eran los auténticos padrinos de toda esta banda de forajidos. Un entramado muy bien montado que contaba además con la complicidad imprescindible de los juzgados, como ya demostraron en su día al meterme un cañonazo tremendo en mi línea de flotación económica. Y ahora pretendían asfixiarme todavía más con su astuta maniobra de cerrarme de golpe el grifo de mis cuotas. Un auténtico asedio a la ciudadela en el que reinaba, como capo y verdadero núcleo de toda esta red corrupta, el cabronazo perdonavidas de Martinillo, que se había mantenido ocupado desde que arribó a Santander, alternando en fondas y restaurantes con todos esos malandrines que se sentían perseguidos por mis Caballeros del Santo Sepulcro.

Adiós, «Piloto». Te pido que no vuelvas más por aquí.

Eso es lo que tú te crees, fulana. ¡Mañana estoy de vuelta y más te vale que tengas a mano lo mío!

Pero marché, al fin, una vez más, mentalizado de que mi rival estaba ya muy adelantado en posiciones que ya tenía tomadas y bien defendidas. Porque él sabía que yo sabía que me respondería con fuego a cualquier agresión física por mi parte y que si no tenía los cojones de matarlo, que era lo único que se podía hacer para parar a un sujeto así, al igual que les dejó claro a los Cívicos del Casino del Sardinero, nadie le iba a detener en su camino. Es decir: o me rendía y le dejaba el camino libre para ser el verdadero chulo de Santander, con derecho a cobrar en todas partes y a excluir a los demás golfos y barateros y a mí mismo, o me decidía a usar la Browning contra un tipo tan bragado en todo tipo de combates a tiro limpio.

Es una batalla imposible de ganar, pues aunque lograse matar a un tirador tan experto luego me quedaría la cárcel, con una enfermedad como la mía, de la que ya no saldría sino con los pies por delante. Hay que reconocer que es el único rival que me ha salido al paso con la inteligencia y el valor suficientes para plantarme cara. ¿Será que al final tendré que amoldarme a lo que este personaje quiera y aceptar mi sitio en un contubernio organizado por él?

Pero enseguida regresaba a mi Sacristía con mis adeptos y al calor de unos tragos, sobre el tapete donde echábamos la partida, desechaba unos pensamientos pesimistas que de ninguna manera debía compartir con mis tropas. Hacer tal cosa sólo serviría para desmoralizarles del todo y tenía que recordarme a mí mismo que un líder no se puede permitir el lujo de compartir con sus soldados sus debilidades.

Me siento como cuando perdí la virginidad a los catorce años, con una criada de la casa. Aunque me dé vergüenza reconocerlo, fue en unas vacaciones del Seminario. ¡Madre mía! Menuda bofetada me pegó mi viejo cuando nos pilló! La verdad es que fue la única vez que me sacudió en la cara, que yo recuerde, pero os aseguro que todavía es el día que me acuerdo de aquello.

Todos rieron la ocurrencia, pues la verdad es que era un episodio muy bien traído si uno consideraba las bofetadas que me habían sacudido en tan pocas horas de derrotas encadenadas. ¿Sería el fin del imperio de Teodosio? Por su parte, el burro de Cabuérnigo, a pesar de haber cobrado lo suyo y lo mío en la última reyerta, se mantenía frío y resignado como buen espartano.

¿Y qué te esperabas que hiciera tu padre, eh? ¿Que se pusiera a dar palmas mientras le dabas candela a la moza en su santa casa? ¡Si es que los señoritos sois así de… No sé…! ¡De señoritos! Porque nosotros, en el pueblo, nos cogíamos a todo lo que se movía, pero lo hacíamos en la cuadra, joder, sin molestar a nadie. Y te cuento que hubo un día en que fui yo el que vi a mi viejo dándole para el pelo a una vecina en el pajar y le dije que se lo iba a contar a mi madre, ante lo cual él me contestó: «¡ni se te ocurra, cabrón, que te mato!»

El ambiente de risas y despreocupación entre amigos, aun con mi sangre derramada en la misma puerta de nuestro garito, se interrumpió de súbito cuando Antonio Lastra, Antoniuco, se puso de pronto muy serio y me clavó su mirada de tiburón.

Pues ahora que tocamos este tema, Piloto, hay una cosa que quería comentarte y espero que no te moleste, pero es que creo que es de tu interés.

Mi alarma fue a más, pues no era para nada habitual en este compañero de aventuras, tosco y con el que mantenía una total confianza de camaradas, una introducción con tanta delicadeza antes de empezar a contar cualquier cosa.

¡Dispara, cabrón, que ya sabes que no me gusta dar tanta vuelta!

Pues mira. Ha llegado a mis oídos por una fuente de muchísima confianza que Martinillo no es que se esté reuniendo solamente con la peor gentuza, que ya todos conocemos, sino que el propio Conde de Mansilla le ha tirado algún tiento. El otro día han estado de comida los dos señores.

¿Cómo dices? Pero, ¿cómo es posible que un caballero tan respetable si abaje al lodo para tratar sobre nada con semejante culebra?

Pues eso mismo nos estábamos preguntando nosotros mismos, intentó explicar Joaquín, pero fue interrumpido en el acto por un Antoniuco Lastra que no necesitaba andarse con requiebros para contarme las verdades del barquero.

Te lo pregunto, «Piloto», y quiero que me digas la verdad: ¿tú has tenido algún affaire, digamos, con la Condesa?

¿Cómo dices?

¡Que si te la has follado, bramó Cabuérnigo! ¿Te has follado a la Condesa, sí o no? ¡Confiesa!

Fue tan brusco el interrogatorio de esos dos animales que la verdad es que me lo tomé mal y, por un momento, hasta se me olvidó que ese amigo era el mismo que escasas horas antes había puesto su jeta para que se la partieran por mí.

¡No te consiento que hables así de una dama en mi presencia y menos de la Condesa! ¿Estás borracho o qué te pasa? ¡Retira lo que has dicho ahora mismo!

Los demás se metieron a separarnos, aunque no hacía ninguna falta al final, mientras que dos clientes ajenos a nuestra Hermandad del Santo Sepulcro se apresuraron en salir, cuanto antes, de esa taberna de pelo en pecho, porque temerían que acabaríamos más pronto que tarde en una de las tan habituales batallas campales de Santander.

¡Pues te lo vuelvo a decir porque nos salpica a todos lo que hagas o dejes de hacer con esa señora! ¿No te das cuenta? ¡Estamos hablando de la aristocracia, joder, y no de cualquier señorito del Paseo de Pereda!

¿Cómo te atreves a decirme esto? ¡No tienes ningún derecho a meterte en mis asuntos propios ni mucho menos a poner en duda la reputación de una señora de la cabeza a los pies! ¡De mí puedes decir lo que quieras, pero de ella no te lo permito!

«Cabuérnigo» tiene razón, intervino Antoniuco. No es por meternos en tu vida ni en tus líos personales, «Piloto», pero este tema de la Condesa puede ser delicado, aunque sea mentira. Nosotros ya sabemos que te llevas muy bien con ella y es lógico porque es una gran mujer que se preocupa mucho por los demás y es una flamenca, que se ha llegado incluso a enfrentar al propio Narciso Tomás. Pero ahora estamos hablando de otra cosa. ¡Su marido es poderosísimo y su venganza podría ser tremenda si llega a sospechar siquiera que tienes cualquier tipo de historia con su mujer! Y nosotros estamos en el barco contigo, sí, pero de todas formas nos preocupamos por ti. Por lo que te pueda pasar.

Todos volvieron a sentarse salvo yo, que me quedé en pie con un pensamiento clavado en lo más profundo de mi embriagada inteligencia. Antoniuco era ya un hombre maduro como yo, pero al igual que el resto de nuestra cofradía de veteranos nunca había abandonado esa actitud beligerante que, en épocas pasadas, lo llevó a estar involucrado en casos tan graves como el conocido como el crimen de la Alameda, en el cual un joven de nuestra edad resultó apuñalado y muerto en esta gran avenida de Santander. Y a pesar de las cicatrices de la vida todavía conservaba una buena parte de su atractivo físico, que junto a su espíritu indomable de macarra le habían granjeado siempre muchas simpatías y también las atenciones de un montón de mujeres.

¿Estás seguro de que el Conde de Mansilla se ha reunido con ese cabronazo?

Te lo juro. Ten en cuenta que esto es Santander y que hasta las paredes más inocentes tienen ojos y oídos. De hecho, la persona que me lo ha contado me hizo prometer que no le diría a nadie de dónde me venía este chivatazo, pero es que estamos hablando de alguien que se quedó extrañadísimo al ver sentados en la misma mesa a dos personajes tan diferentes. ¡Y estaban tan campantes los dos, vaya, que parecían entenderse e maravilla!

Y no es para menos, contesté, sin poder disimular mi preocupación ante semejante perspectiva que se abría de pronto, con semejante maridaje entre dos señores que en efecto no tenían nada que ver.

Esto no tiene ningún sentido, reconocí. La Condesa de Mansilla fue siempre el máximo flagelo del sinvergüenza de Narciso Tomás hasta que nosotros empezamos a sacudirle por nuestra cuenta. Ella ha sido la verdadera voz de tantas mujeres a las que nadie hacía ni puñetero caso hasta que apareció ella. ¿Y ahora resulta que su marido está hablando de nada con semejante mafioso?

Te vuelvo a decir que nosotros no queremos meternos en tu vida, insistía Antoniuco, pero es que realmente hay una especie de rumor en el ambiente de que tú y la Condesa os entendéis muy bien. Que sois muy amigos y esas cosas. Y eso se puede llegar a entender muy mal si eres un marido que quieres a tu mujer y sientes que a lo mejor te están tomando el pelo. Yo mismo no soy ningún santo y tú lo sabes, pero te aseguro que si escucho que mi mujer toma el café de cada dos por tres con un señor que encima de todo tiene la fama que tú tienes, pues…

Te entiendo, te entiendo, no hace falta que sigas por ahí, pero la Condesa es una verdadera señora y una cristiana ejemplar…

¡Déjame hablar, cojones, que siempre te crees que lo sabes todo! ¡Y a lo mejor eres muy leído y tienes toda esa cultura de señorito que nosotros ni entendemos, pero yo sí sé lo que es ser un marido, cosa que tú no has sido nunca, y lo que puedo llegar a hacerle a cualquiera si llego a sospechar siquiera cualquier cosa! ¡Vamos! ¡Le pego una puñalada o un tiro o le doy con lo que sea a ese cabrón que se me ponga por delante, se llame Teodosio o se llame Martinillo o se llame el hijo de su p*** madre! ¿Me entiendes ahora? Y el Conde a lo mejor no es un señorito flamenco como tú, que te enfrentas con cualquiera y eres más guapo que el pescador más cabrón de la Calle Alta, pero tiene algo que ninguno de nosotros podremos tener nunca y es dinero para enterrarnos a todos.

Piénsalo, Teodosio, recapacita, me decía Joaquín, por su parte, siempre más conciliador. A un personaje como el Conde de Mansilla no le cuesta nada pagar a «Martinillo» para que te monte una encerrona en cualquier momento y tienes que reconocer que los dos saldrían limpios de polvo y paja con la Justicia tan miserable que tenemos. Mucho más cuando vuelves solo a tu casa cada noche, atravesando toda la ciudad cuando no hay ni un alma y en esas condiciones… Para el Conde, soltarle un poquito de dinero a ese buscavidas para que te metan dos tiros en cualquier momento no supone ningún esfuerzo. La verdad es que te expones demasiado, amigo, te lo digo como lo siento.

De acuerdo, de acuerdo, tenéis razón. Y os pido perdón por alterarme, pero es que yo adoro a la Condesa. Os lo digo como lo siento. La tengo en un pedestal y sí, la quiero y ojalá hubiera encontrado a una mujer como ella en la vida, pero eso no quiere decir que se me ocurriría perjudicarla de ninguna manera, aunque fuera sin querer, siquiera poniendo en entredicho lo más mínimo su reputación. No sé… Tal vez debería hablar con ella y saber de primera mano lo que está pasando…

Pero esta respuesta no agradó a Antoniuco, que golpeó la mesa con el puño y derramó sobre Joaquín una botella entera.

¡De eso nada, joder! ¡Cierra esa puerta de una puta vez y aléjate de ella! ¿Estás loco? El Conde de Mansilla es uno de los tíos más influyentes del país entero y está compadreando con tu peor enemigo, ¿no te das cuenta?

¡Ya te dije que sí, que teníais razón seguramente, pero no se te ocurra decirme lo que puedo o no puedo hacer en tu vida! ¿Te enteras? Y ahora, señores, con su permiso o sin él, este marino se retira a su camarote. ¡Hasta mañana si Dios quiere! Y ya que estáis tan preocupados por mi seguridad, o porque camine solo a estas horas por ahí, os recuerdo que en realidad no voy tan solo.

Y mostré sonriente la pistola que llevaba siempre conmigo en la chaqueta, desde que empezó esta locura de guerra contra el hampa santanderino, antes de dar media vuelta y perderme en la oscuridad de la noche y las calles ya vacías. Y aunque me preocupaba de verdad esa más que probable entente entre el Conde y Martinillo, que apuntalaba todavía más el trono de ese desalmado en mi amada ciudad, otros pensamientos no menos desgarradores se apoderaban de mi mente.

Si Dios supiera de verdad cuánto te quiero, amor mío, no permitiría que estuviéramos separados ni un solo día más. ¿Será que el Conde también se ha dado cuenta y por eso corteja a ese canalla? Pero eso no tiene por qué ser así, tampoco, por más que parezca improbable semejante coincidencia. El Conde tiene muchos intereses en la provincia y en el mismo Santander, negocios y asuntos de todo tipo, y tampoco puede permanecer al margen de un personaje que no deja de ser el auténtico jefe del hampa local, se quiera o no. ¿No será, más bien, que necesita algunos favores inconfesables de «Martinillo» o, sencillamente, lo que pretende es llevarse bien con una pieza fundamental para las fuerzas vivas de la ciudad? Lo que más me gustaría es preguntarte a ti directamente, mi amor, pues con lo lista que eres a ti nada se te escapa, aunque cualquier excusa en el mundo me resultaría buena para volver a verte. Para llegar a saber, siquiera, si tú también piensas en mí siquiera un poco, aunque sé de sobra que no puede ser de otro modo. Te quiero, amor mío, y ojalá que Dios mismo te lo hiciera llegar, adonde quiera que estés, pues no me preocupa tanto el pensamiento de la muerte como la perspectiva de que el Conde te aleje de mí para siempre.

Fue aquél un pensamiento tan desgarrador que una lágrima emergió de pronto, como si una botella se hubiera descorchado a medias ante la incontenible presión interior. ¿Quién lo hubiera dicho? ¡Eso sí que ya era el fin del invencible Teodosio, acosado por los peores hampones de Santander y conquistado, parecía mentira, por una sencilla mujer! Ese ángel rodeado de opulencia, de servidores y personalidades, que sin embargo resplandecía por sí misma. Por el amor y la valentía y la pureza de una mujer que tampoco dejaba de ser eso, una mujer de carne y hueso, que sentía y padecía, y de la cual era lógico enamorarse. Y así me ocurrió tan pronto la tuve delante, sin gente de por medio y en un encuentro personal, cuando ella misma se dignó a recibirme en su propia casa.

Señor Ruiz: la Condesa le espera en el salón.

Yo me quité el sombrero y pasé a la espaciosa estancia, decorada con gusto y sin las estridencias de boato que suelen acumular los miembros de la nobleza. Y la verdad es que no era habitual que una señora de semejante alcurnia se dignase a recibir en su propia residencia a casi nadie, pero el sencillo palacio se había convertido en una auténtica oficina para la defensa de la mujer. De hecho, era vox populi que la Condesa contrataba para su servicio a cuantas mujeres perdidas podía y que de seguido, en su afán de ser la salvadora más completa, no paraba hasta encontrarles un esposo.

Antes de nada, quería agradecerle sus generosos donativos, acerté a decir, a pesar del cúmulo de sensaciones que me embargaban al estar de pronto tan cerca de esa gran mujer. Y también quería decirle lo mucho que le admiro por la obra que lleva a usted adelante con esas pobres mujeres.

La verdad es que dije esto con un poco de prevención, pues acababa de reconocer a una de las muchachas que atendían la mansión y que no era otra que una de tantas pobres muchachas a las que tanto proxeneta había reducido a esa vergüenza de la trata. Que aunque me alegraba por ella, era bastante obvio que podía llegar a contarle a su señora la deplorable conducta que el beneficiario de sus donaciones había mantenido y seguía manteniendo en tantos años de ser un cabeza loca.

Como dijo Nuestro Señor Jesucristo, Capitán, la mies es mucha y son pocos los jornaleros. Y déjeme decirle que no creo que sea la única que admira tanto el trabajo valiente que realizan ustedes al denunciar todas estas injusticias. Nadie se había atrevido hasta ahora.

Todo el mundo sabe lo que está ocurriendo, pero nadie hace nada, afirmé, mientras me acomodaba en una silla a escasa distancia de mi anfitriona. Y mucho menos nuestros supuestos colegas de la prensa oficial, que están más que subvencionados por esos mafiosos.

Y así empezó esta primera reunión con la mayor benefactora que tenía hasta el momento nuestro clandestino periódico. En un clima de intimidad y confianza en el que esta presidenta de la Junta de la trata de blancas me describía con pelos y señales o, mejor dicho, me confirmaba y completaba, todo el panorama de abusos y penurias en el que tantas pobres mujeres estaban inmersas por pobreza y muchas veces también por las coacciones brutales de sinvergüenzas tan impresionantes como el ya ex comisario de Santander. Y compartimos mucha información y también impresiones y hasta algunas alabanzas mutuas sobre el trabajo que en favor de esta causa hacía la Junta de trata de blancas y también el propio Descuaje.

Lamento mucho que ese pulso judicial que usted al final le ganó a Narciso Tomás le haya costado semejante ruina económica, me decía la Condesa, siempre muy bien informada de todo lo que atañía a ese mundo de proxenetismo y, en especial, a su mayor exponente posible en Santander, como era tan desgraciado ex comisario. Y le aseguro es que me encantaría aportar mucho más, pero le confieso que mi esposo tiene ciertas reservas sobre entrometerse en un entramado tan peligroso y que afecta a la propia policía.

Y lo entiendo. Es que ea misma sentencia y su corolario son para enmarcar, reconocí, satisfecho de que mi amada aristócrata reconociera mis triunfos y mi valor. Por un lado reconocen que no difamé a ese sinvergüenza y lo destinan fuera de Santander y por otro me imponen a mí un multazo y mi propio exilio de la villa de Santoña. Es que son así de bajos y ni disimulan.

El único momento en el que no estuvimos solos fue cuando una de las sirvientas nos trajo la merienda y tengo que reconocer que nunca en mi vida me he sentido tan a gusto en compañía de nadie. Porque el bizcocho y los croissants estaban deliciosos, pero yo no podía dejar de pensar en otra cosa que no fuera en levantar ese faldón y empezar a comerme el mejor dulce posible, que era ella misma.

Querida Condesa: no puedo no decirle lo que siento cuando estoy con usted, empecé a decir, a sabiendas de que no se podía interpretar de muchas formas este mensaje. Y los ojos de ella parecieron abrirse de pronto hasta el máximo posible mientras se sentía que la estancia misma se llenaba de expectación. Tengo que confesarle que a veces no me siento tan bien cuando estoy a su lado.

Mi gesto compungido no era falso y ella pareció preocuparse de verdad por lo que me pudiera haber causado. ¿Sería que de verdad se preocupaba por mí?

Si he hecho o dicho algo que le ha molestado, señor Ruiz, le ruego que me perdone, pero no tengo ni idea de qué ha podido ser.

Es que no es por usted, mi señora, sino por mí. Le tengo que reconocer que estar en presencia de una persona como usted, con tantas virtudes, me hace sentir pequeño en ese sentido. Porque supongo que estará usted al corriente, y no la quiero engañar para nada, sobre todo lo que se puede llegar a decir de mí.

Ella pareció tranquilizarse de pronto y hasta sonrió ante semejante confesión. Por de pronto, pareció que la niña atraviesa que habitaba dentro de la aristócrata quisiera salir a jugar conmigo y ser nada más que la persona normal y corriente que era, claro estaba, si es que alguien tan extraordinario como ella podía considerarse como normal.

No debería preocuparnos tanto lo que dicen o piensan de nosotros. Lo único que de verdad importa es lo que piensa Dios de cada uno, ¿no le parece?

Para serle del todo sincero, también me importa lo que piense usted de mí.

Bueno. Yo no soy tan importante, respondió, con una carcajada. Y tampoco soy nadie para juzgar ni para siquiera opinar sobre usted ni sobre nadie, pero ya que me invita a decir lo que pienso le confieso que la labor de ustedes es encomiable. Usted ha mostrado mucho valor en defender a estas mujeres y en sacar a la calle un tema que desgraciadamente es un auténtico tabú. Y eso le honra muchísimo.

Nuestros ojos se engancharon un momento en ese aire contenido que mediaba entre los dos. Como si fuera uno de tantos enfrentamientos violentos en los que antes que nada tienes que medir el valor o el miedo que puede asomar a los ojos de tu oponente. Pero yo necesitaba saber más. Necesitaba oír más de ella y saber a ciencia cierta lo que pensaba de mí.

La verdad es que en todas estas ocasiones estuve pensando si acaso venir a verla era la mejor idea. Usted es una mujer muy respetable y todo el mundo la escucha y la admira mientras que yo… Le confieso que en algún momento llegué a pensar que a lo mejor estaba poniendo en compromiso su reputación al venir siquiera a su casa a hablar con usted de ningún tema.

Bueno, Capitán, usted es marino y sabe que en un barco uno tiene que trabajar y convivir con compañeros que son todos diferentes. No hay ninguno cortado por el mismo patrón que el de al lado, pero eso no quiere decir que la misión que tenemos no sea la misma. Una misión que tenemos que vivir con pasión y sin mirar a las consecuencias, ¿no le parece? Como hace usted.

Ese paralelismo con la vida de los marinos acabo de conquistar mi corazón, puesto que yo jamás he olvidado ni olvidaré nunca mis amados barcos y a mis compañeros del alma, muchos de los cuales perdí por el camino.

Como decíamos cuando estábamos embarcados, lo que pasa en el barco se queda en el barco, acerté a decir, sin pensar en cómo se entenderían semejantes ocurrencias.

Me da la impresión de que usted guarda demasiadas cosas en su barco personal, ¿no es cierto? Le puedo preguntar una cosa? Pero es que en realidad no me atrevo.

La Condesa estaba sonrojada y hasta se empezó a reír, tal vez de sí misma, mientras yo me animé en la esperanza de que a lo mejor sí sentía algo por mí después de todo.

Usted me puede decir lo que quiera, mi señora. ¿Cómo podría negarme a nada ante la mejor patrocinadora de nuestro periódico?

¿De verdad? ¿Así que sólo tengo ciertos privilegios por mis donativos? ¡Qué decepción!

Ahora sí que los dos estábamos riendo y tan campantes, aunque la verdad era que me costó bastante que la Condesa acabase de tener la suficiente confianza como para preguntarme algo que en verdad era complicado de expresar para ella.

Bueno. Creo que no le voy a sorprender si le digo que sigo desde el principio todos los números que habéis publicado de ese semanario tan divertido que hacéis.

No esperaba menos de una dama tan cristiana como vos, señora Condesa. ¡Después de todo, es un periódico que se escribe en una sacristía!

Es usted muy gracioso, de verdad. Pero hablando en serio, capitán, y ahora que me habéis dado esta confianza de preguntarme mi opinión sobre usted y lo que se dice por ahí, yo siempre me he preguntado si no será que esta preocupación vuestra por estas mujeres se puede deber a un intento de expiar algunas culpas tal vez. ¿Puede ser?

Si es verdad lo que se dice, el que peca y reza empata, y puede ser que tenga usted algo de razón en eso, aunque la verdad es que sencillamente me indigna que semejantes injusticias ocurran ante los ojos de todo el mundo y nadie haga nada. Y por eso es tan importante que una mujer como usted, con tanta influencia y tan admirada por el pueblo, rompa más de una lanza por estas angelitas. Y sin perjuicio de que la más alta angelita sea usted.

Un silencio tenso y lleno de emoción, al menos por mi parte, siguió a esta auténtica declaración, mientras que la Condesa parecía sentirse un tanto incómoda de pronto. ¿Sería porque había tocado hueso con mis palabras?

Capitán: yo le agradezco mucho sus palabras, pero si alguien es admirado por el pueblo de Santander es usted. ¿Quién sino usted se ha enfrentado a estos granujas en todos los niveles en los que abusan de estas angelitas, como usted bien las llama?

En ese momento, me di cuenta de que en realidad no me importaba para nada ni aumentaba en nada la soberbia en mi soberbio carácter el hecho de estar recibiendo alabanzas y cumplidos constantes por parte de tanta gente. Pero lo que no me esperaba para nada era la importancia que sí que le daba a una sola palabra favorable que saliera de esa boca que tanto deseaba, aunque estuviera tan prohibida.

No piense tanto en lo que digan los demás de usted. Eso aquí y ahora, capitán, entre nosotros, no importa. Como le digo, vamos en el mismo barco. Pero creo que todo marino que se precie debería tener alguien que le espere cuando vuelve al puerto, ¿no le parece? Tal vez sea eso lo que a usted le falta para estar más tranquilo con su conciencia y para estar más tranquilo en general y ser más feliz.

Yo bajé la cabeza ante su propuesta, pues en realidad me dolía reconocer que mi tiempo de ser un buen partido para nadie se había acabado para siempre el día que recibí la sentencia de muerte de esta maldita enfermedad.

Tal vez el problema sea que usted es muy exigente, Capitán, pero yo podría presentarle a un montón de buenas mocitas que estarían encantadas de conocerle y ser cortejadas por usted. ¿Por qué no? No es bueno que el hombre esté solo.

Lo que no es bueno es que yo esté sin usted, pensé, casi a punto de decirlo en voz alta y sin tantos ambages. Pero en vez de eso la apuñalé con mi mirada y sentí que en verdad se daba cuenta de lo que me estaba pasando por la mente y por el corazón.

La que yo quiero no está siquiera en mano de Dios dármela o, en todo caso, sólo está en su mano.

Nuestras miradas quedaron como abrazadas por unos interminables segundos antes de que ella bajase el rostro, un tanto turbada, y adoptarse un gesto bastante triste que la hacía aún más preciosa y deseable.

Volviendo al tema de la trata, señor Ruiz, que es el que aquí nos ocupa, tenemos que reconocer que las cosas están más o menos igual que antes de la marcha del famoso comisario. En realidad, le digo que es casi imposible atender a tantas mujeres cuando están medio secuestradas por esos desaprensivos y no dejan de llegar nuevos contingentes de ingenuas para reemplazar a las que de alguna manera consiguen salir de esta condena. Y son cada vez más chiquitas jóvenes y también más chiquitos los que acaban en las garras de estos granujas sin corazón. Pero sé de sobra que esos angelitos tienen en usted a su mayor valedor y yo le quiero decir que confío mucho en usted y en sus Caballeros del Santo Sepulcro, a los cuales me gustaría que pudiera saludar de mi parte.

Y dijo esto mientras deslizaba un sobre sobre la delicada mesita, que nos separaba a los dos, en un movimiento que yo aproveché para poner enseguida mi mano sobre la suya, sin importarme para nada el sobre en cuestión, aunque supiera por adelantado que habría un buen fajo de billetes en su interior.

La mejor contribución es usted misma, señora Condesa. Su pasión y su forma de ser. Su marido es muy afortunado.

Y ya debe estar por venir, respondió ella, un poco titubeante, mientras retiraba su mano y dejaba que la mía cayera sin más sobre el donativo más generoso que jamás habíamos recibido hasta ese momento. Muchas gracias por todo lo que hace, Capitán. No tenga duda de que Dios no dejará sin paga a quien eso de ni siquiera un vasito de agua a estos pobrecitos suyos.

Lo mismo digo, señora Condesa. Muchas gracias por todo y, en especial, por el café. Hacía mucho que no tomaba uno tan rico, desde que dejé de ir a América tal vez, si bien lo mejor es la compañía.

Ella me despidió con los ojos brillantes y una sonrisa de enigma mientras yo caminaba hacia atrás, en dirección hacia la puerta, tratando de no desvestirla con los ojos una vez más antes de marchar. Ya fuera me esperaba mi caballo y no se me ocultó que una cortina de ese salón se movía para mostrarme por última vez a esa preciosa mujer mientras me decía adiós con la mano y yo la correspondía tocando el ala de mi sombrero. Y así reemprendí el camino de vuelta a Santander, entre la esperanza más absurda y la inevitable resignación de pisar de nuevo el suelo, bajar de mi castillo en el aire y darme cuenta de que todo un océano de impedimentos se interponía entre mi sueño y la puñetera realidad.

Y ya no era sólo la circunstancia, como si fuera poco de por sí, de que fuera tan piadosa y estuviera casada, y ni más ni menos que con un aristócrata tan rico. ¿Cómo reaccionaría ella, si es que no lo sabía ya, ante la realidad incontestable y tan pública de que la maldita sífilis me tenía carcomido y sentenciado? Y ahí sí que varias lágrimas juntas bajaron de pronto por mi mejilla al considerar que había consumido mi vida entera sin haber logrado esa felicidad que todo hombre busca encontrar el amor de su vida y formar un hogar juntos. ¿Tal vez si nos hubiéramos encontrado antes hubiera sido todo diferente? Lo que estaba claro es que teníamos mucho en común y la causa de esas angelitas, como las llamábamos, era uno de esos potentes vínculos entre los dos.

Es una batalla perdida, me confesó un día, cuando ya nos habíamos reunido dos o tres veces, pues la pobre se sentía abatida ante tantas dificultades. A nadie le importa lo que hacemos ni lo que tienen que pasar esas pobres.

No desfallezca, señora Condesa, que nada es imposible, le contesté, mientras ponía mi mano sobre la suya en un gesto que en otra persona podría pasar por inocente, pero ella misma se sintió invadida sin querer. Lo siento, no pretendía…

No se preocupe usted, señor Ruiz, que está bien. Es usted un caballero.

La verdad es que nunca, hasta ese momento, me había preocupado en absoluto toda esa parafernalia de la fama. Esa obsesión con un concepto de reputación que tantas veces escarnecí, tanto en carne propia como en los demás y, por supuesto, empezando por tantas mujeres que al final, ahora me doy cuenta, sentían un profundo amor y admiración por mí. Y pienso que sobra decir que a todas ellas las decepcioné, aunque a unas más que a otras, conforme mis atenciones levantaron en ellas distintos grados de expectativas.

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