De toda la vida dijeron los pasiegos a los niños recién nacidos en su comunidad de supervivencia de toda la vida: ¡la vida que te espera! Y también se ha dicho siempre que cuando parían a una nueva criatura la tiraban a la pared para ver si se agarraba y, por tanto, merecía la pena criarla.
Aunque esto último aparezca una barbaridad, en realidad estábamos hablando de algo que está en la evolución de las comunidades humanas igual que lo está en los animales: para qué vamos a gastar recursos y tiempo en criar a personas que desde su propio nacimiento se puede constatar que tienen problemas y van a suponer una merma y un lastre para una comunidad que ya tiene bastante con salida adelante con los miembros útiles del grupo. Es una mentalidad espartana de supervivencia que tiene una lógica brutal, pero necesaria para que un grupo pueda salir adelante en un entorno hostil.
Hoy en día, incluso, en sociedades tan avanzadas como en la nuestra en las que sobran los recursos los niños son ya rechazados en el claustro materno y se les mata antes de su nacimiento por distintos motivos absurdos que nada tienen que ver con esa lucha por la supervivencia de nuestros antepasados. Hay veces en que esto se justifica por el trauma de la violación, cuando se produce a continuación un embarazo, pero en la mayoría de los casos es por pura amoralidad e incluso porque se afirma que se han detectado taras en la criatura que viene y que por tanto tenemos que establecer un criterio selectivo en busca de esa perfección absurda en la que se basa nuestra sociedad actual. Una sociedad basada en el hedonismo, la irresponsabilidad y la inmadurez en la toma de decisiones, la falta de moralidad casi absoluta en muchos aspectos importantes de nuestras vidas, y en general el desprecio por lo que toda la vida fue sagrado.
Volviendo al tema de los pasiegos, en su economía de subsistencia por los montes cantábricos, en los que han desarrollado las mejores vacas lecheras del mundo, hay que recordar que nuestros antepasados de todas las épocas las pasaron de todos los colores para sacar adelante a sus familias y, simplemente, sobrevivir en un medio tan hostil como es cualquier economía de supervivencia. Un entorno hostil en el que no está garantizado ni lo más mínimo el sustento ni la propia seguridad.
Uno de los rasgos que nos hace humanos es precisamente rebelarnos contra la lógica inhumana que está en la naturaleza de ignorar a los miembros de la manada que están condenados a no progresar tan rápido como el resto y que pueden suponer un lastre para los demás. Es demasiado común que las propias madres de los animales desechen a sus crías menos adaptadas y en el caso de las aves tenemos abundancia de situaciones en las que el polluelo menos dotado es arrojado por la propia madre fuera del nido. También tenemos situaciones trágicas en las que la madre chimpancé no siente al principio que su hijo esté muerto cuando se da el caso, sino que poco a poco va llegando a esa conclusión conforme constata que esa criatura no se alimenta ni bebe ni reacciona ante sus cuidados. Y así es que después de un periodo de duelo de los más intensos que pueda haber en el reino animal la madre chimpancé abandona a su retoño muerto y sigue con su vida como mejor puede.
Pero estos dos rasgos de lógica animal se rompen con los increíbles destellos de humanidad de los primeros europeos conocidos. Porque nuestros antepasados de Atapuerca cuidaron a sus heridos hasta el último momento, dedicaron eh honras fúnebres a sus caídos y no abandonaron a sus retoños tarados por enfermedades que no podían curar.
Todo esto lo sabemos porque ha quedado registrado en los fósiles. Algo que los propios especialistas de Atapuerca han dado en llamar el amor fosilizado, ya que estamos ante la enfermeras muestras de verdadera humanidad en nuestra especie. Los primeros gestos intrínsecamente humanos que nos diferencian de los animales, que no dejan de ser robots instintivos, con unas muestras de solidaridad y de sentimiento de pertenencia a un grupo muy consciente.
Ya no éramos solamente manadas de individuos desarrollados a partir de un mono que bajó de un árbol, sino seres muy conscientes y muy empáticos y capaces de sentir vínculos muy complejos con nuestros congéneres.
En el caso de Miguelón estamos hablando de un miembro de la tribu a la que pertenecía en la cual debía estar muy considerado porque lo atendieron hasta el último momento con técnicas quirúrgicas muy avanzadas para la época. Intentaron mantenerlo vivo hasta que ya fue imposible por la infección bucal que se lo llevó a la tumba. También sabemos que estos antepasados remotos depositaron cuerpos de una determinada manera para honrar su memoria y que arrojaron objetos tan preciados como ese hacha primitiva que dieron en llamar sus descubridores Excalibur.
Pero los descubrimientos impresionantes no terminan ahí, sino que de la autopsia de uno de estos antepasados surgió la historia de una niña que ya nació con una tara importantísima en su cabeza que la lastró de por vida hasta su fallecimiento con doce años. Esta niña fue bautizada por el grupo de investigadores como Benjamína por la sencilla razón de que su grupo la había tratado con la misma o mayor atención y cariño que al resto de miembros más útiles y sanos de su clan. Es decir: la criaron y la sacaron adelante a pesar de que no le sobraba la comida y de que una chiquilla con esa tara tan importante como la que tenía le suponía un auténtico lastre en el plano económico y hasta de seguridad, ya que podía retrasarles en cualquier momento en que se estuvieran desplazando y esto siempre suponía mayor peligro para todos, si es que la gente de Atapuerca se desplazaba tanto, lo cual es discutible.
También puedo añadir una reflexión desde mi parte y no sé lo que pensarán los investigadores del yacimiento de esto pero mi impresión es que los clanes que habitaban en el complejo de cuevas de Atapuerca eran unos auténticos privilegiados. Contaban con caza abundante, agua muy próxima por todas partes y refugio seguro en esas cavidades. Incluso contaban con una trampa natural en la que los propios animales se despeñaban por sí mismos o con ayuda de una hábil estrategia de grupo. ¿Les ponía en peligro estar en posesión de semejante ciudad rupestre en la que podían gozar de tantas ventajas?
Lo que está claro es que miembros de las distintas generaciones de clanes de Atapuerca practicaron el canibalismo o lo sufrieron, ya que es indudable que hubo una depredación constante entre hombres prehistóricos. ¿Se trataba del resultado de combates por el territorio y por la caza o las cuevas o era por el contrario una aprovechamiento de la carne que no sobraba en ningún momento?
Porque se ha demostrado que la carne es lo que ha desarrollado el cerebro del ser humano a través de las generaciones, lo que contrasta con la manía que tiene el poder ahora mismo de pretender limitarnos la carne y convertirnos a todos en herbívoros absolutos.
Pero en cualquier caso contrasta mucho con las historias de amor anteriores todo este tema del canibalismo o de la antropofagia en general. ¿Por qué a unos muertos los enterraban y a otros se los comían? Parece evidente que el amor que podía surgir entre los miembros de un clan por sus propios lazos familiares y de amistad no se hacía extensivo a otros clanes rivales que podían suponer una competencia y con los cuales estaba permitido el asesinato y el canibalismo. Es más: seguramente estaba bien visto y se hacía con toda tranquilidad como se ha venido haciendo todavía en comunidades humanas primitivas que todavía existen.
Lo más curioso de todo es que los seres más depredados eran precisamente los niños. ¿Era esto así porque son los que menos corren cuando la batalla terminaba y el derrotado tenía que salir pitando? Las crías de cualquier especie animal son siempre las víctimas propiciatorias por excelencia de los carnívoros. Pero parece obvio que homínidos que ya estaban muy desarrollados en sus sentimientos de comunidad y en su propia humanidad no se comían precisamente a sus propios niños. Ni tampoco parece que tuviera mucho sentido que se estuvieran matando entre sí cuando se necesitaban, ya que formaban comunidades complejas en las que los roles estaban repartidos y todo el mundo tenía que aportar a la supervivencia del grupo.
Y lo dejamos aquí porque esto ya es motivo para otro artículo que me gustaría desarrollar a conciencia.


























