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Home Europa del Este

El bisonte que habitó España (el de Altamira) no era el bisonte europeo actual: es una especie desaparecida

by Redacción
09/16/2026
in Europa del Este, Historia, Naturaleza, Prehistoria, Santander, Torrelavega, Uncategorized
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¿Sabías que hubo leones y osos cavernarios en Santander?
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Cuando se habla del bisonte en Europa suele aparecer una confusión importante: el enorme bisonte europeo (Bison bonasus) que conocemos actualmente no fue el bisonte que pobló la Península Ibérica durante la última glaciación. En España existió principalmente el bisonte estepario (Bison priscus), una especie diferente que formó parte de la gran fauna de herbívoros que recorrió Europa durante el Pleistoceno. Sus restos aparecen en numerosos yacimientos ibéricos y su presencia está documentada hasta aproximadamente el final de la última glaciación, mientras que no existe una evidencia sólida que demuestre que alguna de las subespecies históricas del bisonte europeo moderno —como el bisonte de llanura, el caucásico o el de los Cárpatos— viviera en España durante épocas históricas.

Recientemente se ha querido reconocer la importancia de este animal totémico no sólo de Norteamérica, sino también de Eurasia entera, con unas representaciones de bisontes originales que se han repartido por la ciudad de Torrelavega.

La diferencia es especialmente importante porque las representaciones de bisontes en las cuevas del norte de España, con Altamira como ejemplo más famoso, han alimentado durante mucho tiempo la idea de que aquellos animales eran los antepasados directos del bisonte europeo que hoy se encuentra en Polonia, Rumanía u otros lugares de Europa. La realidad es bastante más compleja. Los estudios paleontológicos y genéticos distinguen entre diferentes linajes de bisontes que ocuparon Europa en distintos momentos, y en la Península Ibérica la evidencia correspondiente al Pleistoceno apunta fundamentalmente al bisonte estepario (Bison priscus), no al Bison bonasus moderno.

Fotografía de una representación zoomorfa labrada sobre marfil del entorno de las curvas de Hohle Fels (Alemania). La temática es discutida: puede ser un oso o león de las cavernas. La técnica es tallado/esculpido.

El contexto cultural: Auriñaciense. Cronología: de hace 35.000-40.000 años. En el verano de 2023 se produjo este interesantísimo hallazgo de un fragmento de una de las figuras esculpidas en marfil de la cueva alemana, el cual ha llevado a modificar la hipótesis interpretativa, surgiendo la duda entre los investigadores de si se trata de un león o bien de un oso de las cavernas. ¿O tal vez el autor quiso mantener esa duda en un atrevido dilema abstracto para estar entre una especie y otra? Foto: Ria Litzenberg/Universidad de Tubinga.

Esta otra imagen es mucho más impresionante. Fijaos en el caído: parece ser un chamán que se encuentra a medio camino entre el hombre y el ave. Y el animal que lo derriba es un bisonte, un herbívoro muy capaz de matar a un gran depredador y, por ende, a cualquier ser humano.

El bisonte de España era el bisonte estepario

El protagonista de la historia española es, por tanto, Bison priscus, conocido habitualmente como bisonte estepario. Se trataba de un animal perfectamente adaptado a los ambientes fríos y abiertos que dominaron buena parte de Europa durante las glaciaciones. Su distribución llegó a ser enorme y sus restos se encuentran desde regiones occidentales de Europa hasta Siberia, mientras que en la Península Ibérica también existen numerosos registros fósiles. Una investigación publicada en Conservation Science and Practice señala que, durante el Pleistoceno ibérico, el bisonte estepario aparece identificado en 43 de los 139 yacimientos analizados, una cifra que da una idea de hasta qué punto estuvo presente en este territorio.

Los depredadores y el paisaje en que vivieron los bisones hispanos eran más parecidos a los que podamos encontrar hoy en día en las regiones más salvajes de Eurasia, como los Cárpatos o las zonas boreales o Siberia.

El bisonte estepario no debe confundirse con el enorme bóvido que sobrevivió hasta tiempos recientes en algunos bosques de Europa oriental. Aunque ambos pertenecen al género Bison, forman parte de historias evolutivas diferentes. El Bison priscus estaba especialmente relacionado con los ambientes de estepa y bosque-estepa, mientras que el bisonte europeo (Bison bonasus) terminó especializándose en ambientes boscosos y de bosque montano. Los estudios de ADN antiguo muestran además que la historia de estos animales fue extraordinariamente dinámica: diferentes linajes de bisontes se expandieron, retrocedieron y desaparecieron en Europa como consecuencia de los cambios climáticos y ambientales.

Esto permite entender por qué una imagen como la que acompaña este artículo puede resultar engañosa si se interpreta literalmente. El toro o bisonte que aparece como símbolo de España pertenece a una tradición cultural y política, pero no significa que España fuese el territorio histórico de una de las subespecies modernas del bisonte europeo. De hecho, la evidencia científica disponible indica que no hay pruebas convincentes de la presencia del Bison bonasus en la Península Ibérica durante el Holoceno. Sí existen abundantes restos de bisonte estepario durante el Pleistoceno, pero esa especie desapareció mucho antes de que aparecieran las poblaciones históricas de bisonte europeo que conocemos por las crónicas del centro y este del continente.

En otro artículo te contamos cómo focas y osos podrían tener antepasados en comunes no tan lejanos que se decidieron por cuestiones prácticas de especialización: mientras unos ejemplares se centraban en nadar y bucear en busca de moluscos y otros alimentos marinos, otros congéneres de ese antepasado en común decidieron permanecer en tierra y seguir buscándose la vida como cuadrúpedos depredadores. En ambos casos, estos dos linajes llegaron a mostrar enormes proporciones en algunas subespecies.

Hubo tres subespecies de bisonte europeo de las cuales sobrevive sólo una

Entonces, ¿qué pasó con las tres subespecies del bisonte europeo? La historia que suele contarse del bisonte europeo moderno contempla tres formas o subespecies históricas: el bisonte de llanura (Bison bonasus bonasus), el bisonte del Cáucaso (Bison bonasus caucasicus) y el bisonte de los Cárpatos (Bison bonasus hungarorum). Esta clasificación ha sido utilizada en numerosos trabajos de conservación, aunque conviene señalar que la taxonomía y la historia evolutiva del bisonte europeo son más complejas y que no todos los trabajos científicos modernos utilizan exactamente la misma clasificación de subespecies. Un plan europeo de conservación, por ejemplo, reconoce las dos subespecies más ampliamente aceptadas, B. b. bonasus y B. b. caucasicus, y considera el B. b. hungarorum una tercera subespecie menos reconocida.

La primera de estas formas, el bisonte de llanura, es la que quedó asociada sobre todo a las grandes masas forestales de Europa oriental. Su último gran refugio fue el bosque de Białowieża, en la actual frontera entre Polonia y Bielorrusia. A finales del siglo XIX la situación ya era dramática: las poblaciones europeas habían desaparecido de buena parte de su antigua distribución y únicamente quedaban dos grandes poblaciones silvestres, una en Białowieża y otra en el Cáucaso. El bisonte de Białowieża terminó desapareciendo de la naturaleza en 1919, después de que la Primera Guerra Mundial y la caza intensificaran todavía más su declive. El bisonte de los Cárpatos, Bison bonasus hungarorum, tuvo un destino todavía más temprano. Su área histórica estaba relacionada con los montes Cárpatos, Moldavia y Transilvania, con posibles extensiones hacia territorios de las actuales Ucrania y Hungría. La presión humana sobre sus poblaciones fue aumentando durante siglos y el último ejemplar conocido de esta forma fue abatido en Maramureș en 1852. Desde entonces, esta subespecie se considera extinguida.

Y después estaba el espectacular bisonte del Cáucaso, Bison bonasus caucasicus, que representa quizá uno de los casos más dramáticos de la desaparición de la megafauna europea. Durante el siglo XIX todavía sobrevivía en los bosques y montañas del Cáucaso occidental, pero la expansión humana, la pérdida de hábitat y, sobre todo, la presión de la caza fueron reduciendo progresivamente sus efectivos. En la década de 1860 se calculaba que podía haber alrededor de 2.000 ejemplares; en 1917 la cifra había caído a unos pocos cientos y después de la guerra la situación se volvió todavía más crítica. Los últimos ejemplares fueron perseguidos por cazadores furtivos hasta que los tres últimos bisontes caucásicos murieron en 1927.

España no tuvo al bisonte caucásico ni al de los Cárpatos

Aquí está la cuestión fundamental que conviene dejar clara: ninguna de esas tres subespecies históricas del bisonte europeo puede identificarse como “el bisonte de España”. Ni el bisonte caucásico, ni el de los Cárpatos, ni el bisonte de llanura de Europa oriental constituyen la población histórica autóctona española. Los animales que vivieron en la Península Ibérica durante la Edad del Hielo pertenecían a otros linajes de bisonte, principalmente al bisonte estepario. Los datos disponibles son especialmente reveladores al estudiar el paso del Pleistoceno al Holoceno. En el Pleistoceno ibérico aparecen con frecuencia restos de Bison priscus, junto a los del uro (Bos primigenius). Sin embargo, cuando avanzamos hacia el Holoceno la situación cambia radicalmente. La investigación arqueológica e histórica encuentra evidencias de la supervivencia del uro en la Península hasta épocas relativamente recientes, pero no ocurre lo mismo con el bisonte europeo moderno. Los investigadores señalan que no existe evidencia arqueológica o documental equivalente que demuestre una población histórica de Bison bonasus en Iberia.

Esto también ayuda a explicar otra confusión habitual: bisonte y uro no eran el mismo animal. Ambos eran grandes bóvidos y podían convivir en algunos ecosistemas, pero pertenecían a géneros diferentes. El uro era Bos primigenius, antepasado salvaje del ganado doméstico, mientras que el bisonte estepario era Bison priscus. La Península Ibérica tuvo poblaciones de ambos durante determinados periodos, pero sus historias fueron diferentes y no deben mezclarse.

La megafauna europea fue exterminada en gran parte por los cambios de clima y la acción humana, cuya dependencia de estos grandes herbívoros para su alimentación y abrigo era enorme.

¿Y qué animal aparece en las pinturas de Altamira? La cuestión de las pinturas rupestres añade todavía más interés a esta historia. Durante mucho tiempo se ha asociado automáticamente cualquier representación prehistórica de un bisonte con el bisonte europeo moderno. Sin embargo, las pinturas rupestres fueron realizadas durante un periodo en el que existían diferentes grandes bóvidos, y la identificación zoológica de un animal representado en una pared no puede hacerse simplemente comparándolo con el bisonte que hoy conocemos. En el caso de la Península Ibérica, el registro fósil demuestra que el bisonte estepario sí estuvo presente durante el Pleistoceno. Los estudios paleontológicos encuentran restos de Bison priscus junto a restos de otros grandes herbívoros, y los cambios climáticos fueron modificando progresivamente la composición de estas comunidades. Una investigación reciente sobre la evolución de los bisontes en Eurasia sitúa precisamente las últimas evidencias del bisonte estepario en España y el sur de Francia durante el Último Máximo Glacial.

Por eso, cuando se contempla un bisonte representado en el arte paleolítico español, no debería asumirse automáticamente que estamos ante el Bison bonasus que actualmente pasta en los bosques polacos. El contexto cronológico es esencial. El animal que conocemos hoy como bisonte europeo moderno tiene una historia posterior y una distribución histórica diferente.

El gran error de pensar que el bisonte europeo desapareció de España

Decir que “el bisonte europeo se extinguió en España” puede resultar atractivo como titular, pero científicamente es una afirmación demasiado simplista. Lo que desapareció de la Península Ibérica fue una fauna de grandes mamíferos que incluía al bisonte estepario, y esa desaparición se produjo miles de años antes de las extinciones históricas de las subespecies de Bison bonasus. La diferencia temporal es enorme. Mientras el bisonte caucásico sobrevivió hasta 1927 y el bisonte de llanura desapareció de la naturaleza en 1919, el bisonte estepario llevaba muchísimo tiempo fuera de los ecosistemas ibéricos. La investigación sobre la fauna del Pleistoceno indica que Bison priscus desapareció del registro de Europa occidental hacia el final del Pleistoceno, aunque algunas poblaciones persistieron más tiempo en otras zonas del continente y Eurasia.

Esta diferencia es fundamental porque permite separar dos historias que a menudo se mezclan: la extinción prehistórica del bisonte estepario en España y la extinción histórica del bisonte europeo en Europa oriental y el Cáucaso. Son episodios diferentes, separados por miles de años y protagonizados por linajes diferentes.

Otro animal boreal destinado a la desaparición en España, por el cambio a clima mediterráneo de los últimos años, es el urogallo cantábrico y pirenaico.

¿Podemos decir que el bisonte europeo actual estuvo alguna vez en España?

La respuesta más prudente, a la luz de la evidencia disponible, es no para las poblaciones históricas de Bison bonasus. Una revisión científica publicada en 2024 concluyó que la evidencia paleontológica y biogeográfica disponible no respalda que el bisonte europeo moderno llegara a la Península Ibérica. El mismo trabajo señala que durante el Pleistoceno sí hubo bisonte estepario y uro en Iberia, pero que no existen evidencias equivalentes de Bison bonasus durante el Holoceno.

Además, el debate no está completamente cerrado en todos sus aspectos. Existen investigaciones recientes que han planteado nuevas hipótesis a partir de restos arqueológicos y señales genéticas, pero trabajos publicados posteriormente siguen considerando que esas evidencias no son suficientes para demostrar de manera concluyente que el Bison bonasus moderno formara parte de la fauna histórica de la Península Ibérica. Por tanto, si la pregunta es “¿cuál de los bisontes europeos estuvo en España?”, la respuesta más precisa es que el bisonte que tenemos documentado en la España prehistórica fue principalmente el bisonte estepario, Bison priscus, no una de las tres subespecies históricas del bisonte europeo moderno. Y esta distinción cambia completamente la interpretación de la historia: España no fue el último refugio occidental del bisonte de los Cárpatos, ni del caucásico, ni del bisonte de Białowieża; fue territorio de otra especie de bisonte durante las grandes glaciaciones.

Es una desaparición que forma parte de una transformación mucho mayor. La historia del bisonte es, en realidad, la historia de cómo Europa perdió buena parte de sus grandes herbívoros. Y a los carnívoros gigantescos que los depredaban, por supuesto, que también fueron despareciendo, incluyendo a especies de tigres extintas de Europa Central o de leones que habitaron hasta tiempos recientes en nuestro continente. Los cambios climáticos transformaron los paisajes, los bosques avanzaron o retrocedieron, las estepas desaparecieron de determinadas regiones y, paralelamente, aumentó la presión humana mediante la caza, la agricultura, la tala y la fragmentación de los hábitats. El resultado fue una reducción progresiva del territorio disponible para los grandes bóvidos. El bisonte europeo moderno estuvo a punto de seguir exactamente el mismo camino. A comienzos del siglo XX, la especie quedó prácticamente eliminada de la naturaleza. La desaparición del último ejemplar de Białowieża en 1919 y de los últimos bisontes caucásicos en 1927 convirtió al Bison bonasus en una especie que sobrevivió gracias a los animales mantenidos en cautividad. Quedaban alrededor de medio centenar de ejemplares en zoológicos y colecciones, y a partir de ellos comenzó uno de los programas de recuperación de grandes mamíferos más extraordinarios de Europa.

Y aquí aparece la gran paradoja: el animal que hoy vemos como símbolo del gran bisonte europeo es el superviviente de una extinción que estuvo a punto de ser total, pero no es el mismo bisonte que caminó por la Península Ibérica durante la Edad del Hielo. España tuvo bisontes, sí, pero principalmente pertenecieron al linaje del bisonte estepario; los bisontes europeos históricos que consiguieron sobrevivir hasta el siglo XX quedaron recluidos fundamentalmente en las regiones boscosas de Europa oriental y el Cáucaso. La imagen del bisonte sobre España adquiere así un significado todavía más interesante: detrás de ese animal hay dos historias distintas separadas por miles de años. Una es la del Bison priscus, el bisonte estepario que recorrió la Iberia glacial y desapareció de este territorio al cambiar el clima y los ecosistemas; la otra es la del Bison bonasus, el bisonte europeo que sobrevivió en pequeños refugios del este del continente hasta que la caza y la destrucción de su hábitat lo llevaron al borde de la desaparición durante el siglo XX. Confundir ambos animales supone perder precisamente la parte más fascinante de la historia.

Atapuerca fue escenario de la caza comunal de bisontes hace 400.000 años

Los preneandertales de Gran Dolina se organizaban para acorralar manadas, sacrificar animales y aprovechar su carne, grasa y pieles. Hace aproximadamente 400.000 años, los grupos humanos que habitaban el entorno de Atapuerca ya utilizaban estrategias de caza que requerían coordinación y cooperación entre numerosos individuos. Así lo demuestra el análisis de una concentración de unos 23.000 huesos de bisonte hallados en el nivel TD10.2 de la Gran Dolina, donde los investigadores han identificado evidencias de varios episodios de caza comunal. Los homínidos conducían a las manadas hacia una zona concreta, las acorralaban y sacrificaban a los animales para después procesar sus cuerpos y transportar las partes de mayor aprovechamiento a sus campamentos.

La investigación, publicada en el Journal of Human Evolution y dirigida por el arqueólogo Antonio Rodríguez-Hidalgo, ha permitido interpretar la acumulación de huesos conocida como el «lecho de bisontes» como el resultado de sucesivos eventos de caza. El análisis de los restos muestra una concentración de animales de una misma especie, con una representación anatómica poco habitual y numerosas marcas de corte. Estos datos indican que los homínidos tuvieron acceso directo a las carcasas y desarrollaron un procesamiento sistemático de los animales para obtener carne y grasa, además de seleccionar las partes que podían transportar fuera de la cavidad.

Una estrategia de caza que exigía cooperación

La caza de grandes manadas de bisontes requería una organización colectiva. Los homínidos tenían que conducir a los animales hacia un espacio donde pudieran ser acorralados y sacrificados, lo que implicaba conocer el comportamiento de las presas, anticipar sus movimientos y coordinar las acciones de los participantes. El estudio señala que esta forma de caza demuestra la existencia de capacidades cognitivas, tecnológicas y sociales desarrolladas hace ya 400.000 años, en una época en la que se consideraba que las estrategias de caza comunal estaban vinculadas principalmente a los humanos modernos.

Los investigadores relacionan estas prácticas con los preneandertales cuyos restos se han encontrado en la cercana Sima de los Huesos. Aunque se consideran probables protagonistas de la acumulación de bisontes de Gran Dolina, la atribución directa a un grupo humano concreto debe interpretarse con cautela. La evidencia arqueológica demuestra la existencia de una estrategia de caza colectiva, pero no permite reconstruir todos los detalles de la organización social de quienes la llevaron a cabo.

La cooperación era fundamental para aprovechar una cantidad elevada de presas en un mismo episodio. Algunos participantes podían encargarse de conducir a los animales, mientras otros intervenían en el acorralamiento y el sacrificio. Posteriormente, el procesamiento de los cuerpos requería una distribución de tareas para retirar la carne, la grasa y otros recursos, así como para preparar los elementos que serían trasladados a los campamentos. La localización exacta de estos asentamientos todavía se desconoce, aunque los investigadores consideran probable que estuvieran relativamente cerca del lugar de caza.

Los 23.000 huesos de bisonte de Gran Dolina

El nivel TD10.2 de Gran Dolina conserva una concentración excepcional de restos de bisonte. El conjunto está formado por aproximadamente 23.000 huesos pertenecientes a una especie todavía no identificada con precisión, pero próxima a Bison priscus. El análisis de la composición de los restos y de la representación de las distintas partes del esqueleto ha sido determinante para interpretar el lugar como un espacio de caza y primer procesamiento de las carcasas.

Una de las características más relevantes es el predominio de elementos del esqueleto axial, entre ellos las cabezas, las costillas y las vértebras. Esta distribución resulta poco habitual en los yacimientos prehistóricos, donde las partes del cuerpo pueden aparecer representadas de manera diferente en función del transporte, el procesamiento y el aprovechamiento de los animales. En Gran Dolina, la escasa representación de algunas partes, como las extremidades, podría estar relacionada con la selección de las zonas más nutritivas para su traslado.

Antonio Rodríguez-Hidalgo plantea que, al tratarse de episodios de caza comunal con un número elevado de bisontes sacrificados, los homínidos pudieron escoger las partes más ricas en nutrientes, como las patas, y transportarlas a sus campamentos. Mientras tanto, las zonas axiales de los animales permanecieron en el lugar, donde pudieron quedar expuestas al consumo de carroñeros como lobos e hienas. Esta interpretación encaja con el patrón anatómico identificado en la acumulación, aunque el aprovechamiento de cada parte debe estudiarse a partir de las marcas y del contexto de los restos.

El consumo de las lenguas durante el procesamiento

Entre los restos recuperados en Gran Dolina se han identificado numerosos huesos hioides con marcas de corte. Estos pequeños huesos se encuentran debajo de la lengua y su presencia, junto con las señales de manipulación, aporta información sobre el procesamiento de las cabezas de los bisontes. Los investigadores interpretan estas marcas como evidencia de que los homínidos extraían y consumían las lenguas durante el despiece de los animales.

La lengua podía constituir un recurso alimentario rico en grasa y proteínas, por lo que su aprovechamiento encajaría en una estrategia destinada a obtener el mayor rendimiento posible de las presas. El consumo de esta parte del animal se habría producido durante las primeras fases del procesamiento, cuando los cazadores trabajaban directamente sobre las carcasas en el lugar de sacrificio. Las marcas de corte documentadas en los huesos hioides permiten identificar esta actividad y distinguirla de otros procesos que podrían haber afectado a los restos después de su abandono.

El conjunto de huesos de Gran Dolina presenta, además, una elevada cantidad de marcas de corte producidas por los humanos. La abundancia y la distribución de estas modificaciones indican que los animales fueron procesados de forma intensa, con el objetivo de obtener carne y grasa y preparar los elementos que serían transportados a otros espacios. Los restos constituyen uno de los conjuntos con mayor número de marcas de corte del registro paleolítico, según la investigación publicada.

Un matadero utilizado en diferentes momentos del año

Los investigadores consideran que Gran Dolina no fue utilizada como lugar de caza de manera puntual, sino que acogió varios episodios de captura comunal a lo largo del tiempo. El análisis de los dientes de los bisontes ha permitido identificar dos periodos estacionales relativamente concretos en los que se produjeron las muertes. Estos momentos se sitúan al final de la primavera y al comienzo del otoño, posiblemente relacionados con los desplazamientos y las migraciones de las manadas.

El estudio del desarrollo y desgaste dental de los animales ha sido una de las herramientas utilizadas para establecer la época en la que murieron. La erupción, el reemplazamiento y el desgaste de los dientes proporcionan información sobre la edad y el desarrollo de los individuos, lo que permite realizar inferencias sobre el momento de su muerte. Al combinar estos datos con el patrón de mortalidad de la población, los investigadores han identificado evidencias compatibles con episodios de caza en masa.

El perfil de mortalidad observado se caracteriza por una disminución de la frecuencia de individuos muertos conforme aumenta la edad. Este patrón, conocido como mortalidad catastrófica, puede aparecer cuando se captura una población de animales de distintas edades en un mismo episodio. En combinación con la sincronía estacional y la concentración de restos, los resultados apoyan la interpretación de que las manadas fueron cazadas mediante estrategias comunales.

La selección de las partes más nutritivas

El procesamiento de los bisontes no consistía únicamente en sacrificar a los animales, sino también en seleccionar los recursos que podían ser aprovechados y transportados. Las marcas de corte y la distribución anatómica de los restos indican que los homínidos accedieron a las carcasas de forma inmediata y desarrollaron actividades de despiece orientadas a obtener carne y grasa. La selección de determinadas partes habría permitido maximizar el rendimiento de las presas cuando era necesario trasladar los alimentos fuera del lugar de caza.

La representación predominante de cabezas, costillas y vértebras en el nivel TD10.2 puede relacionarse con esta selección. Las extremidades, que contienen una importante cantidad de carne aprovechable, pudieron ser retiradas y transportadas a los campamentos, mientras que otras partes permanecieron en el lugar. Los restos de Gran Dolina muestran así que los homínidos no procesaban necesariamente cada animal de forma idéntica, sino que podían tomar decisiones relacionadas con el volumen de presas capturadas y con las necesidades de transporte.

El aprovechamiento de las carcasas también incluía la extracción de grasa, un recurso energético importante para las comunidades prehistóricas. Las evidencias de procesamiento intensivo reflejan una explotación sistemática de los animales, aunque las cantidades exactas de carne y grasa obtenidas y la distribución de estos recursos entre los participantes no pueden determinarse directamente a partir de los huesos.

Una estrategia comparable a la caza de bisontes de los paleoindios

Los autores del estudio han comparado la caza comunal de Gran Dolina con estrategias utilizadas por grupos de cazadores de bisontes en otros momentos de la historia. Entre las analogías mencionadas se encuentran los eventos de caza desarrollados por grupos paleoindios en América hace aproximadamente 10.000 años y las prácticas de los pueblos indígenas de las praderas americanas anteriores al siglo XVIII.

Estas comparaciones se basan en la necesidad de coordinar a numerosos individuos para conducir y sacrificar animales grandes, ágiles y potencialmente peligrosos. En este tipo de operaciones, algunos participantes podían actuar como cazadores y otros como bateadores, encargados de dirigir a las presas hacia la zona de captura. La organización exigía conocer el comportamiento de los animales y las características del entorno, además de prever los movimientos necesarios para que el conjunto de la estrategia funcionara.

Las similitudes no significan que los homínidos de Atapuerca utilizaran exactamente las mismas técnicas que los grupos americanos de épocas posteriores. La comparación sirve para analizar los requisitos de cooperación y planificación que comparten diferentes sistemas de caza comunal. La evidencia de Gran Dolina indica que algunas de estas capacidades ya estaban desarrolladas durante el Pleistoceno Medio, mucho antes de las sociedades humanas históricas a las que tradicionalmente se asociaban este tipo de estrategias.

La caza comunal como evidencia de organización social

La captura de manadas completas de bisontes implica una forma de cooperación que va más allá de la acción individual. Los homínidos debían coordinarse para alcanzar un objetivo común, repartir las tareas de captura y procesamiento, y aprovechar los animales antes de que otros depredadores accedieran a las carcasas. La investigación interpreta estas actividades como una muestra de capacidades sociales y cognitivas desarrolladas hace 400.000 años.

El trabajo publicado en el Journal of Human Evolution destaca que la caza comunal de grandes animales requiere la participación de un número elevado de individuos y una planificación eficaz. También plantea que el esfuerzo colectivo para sacrificar varias presas pudo implicar el reparto de la carne entre los participantes, lo que apunta a una organización social compleja. Sin embargo, la forma exacta en la que se distribuían los alimentos y las responsabilidades no puede reconstruirse por completo mediante las evidencias arqueológicas disponibles.

El hallazgo de Gran Dolina modifica el conocimiento sobre la antigüedad de las estrategias de caza cooperativa. Los resultados muestran que los humanos premodernos ya podían desarrollar actividades colectivas de gran escala, utilizando el conocimiento del comportamiento animal y del territorio para conseguir recursos alimentarios. La acumulación de huesos de bisonte constituye una de las principales evidencias de esta conducta en el registro arqueológico del Pleistoceno Medio.

Atapuerca y la evolución de las técnicas de caza

La investigación sobre el nivel TD10.2 de Gran Dolina demuestra que la caza comunal de bisontes ya se practicaba en Atapuerca hace unos 400.000 años. La concentración de miles de huesos, las marcas de corte, la selección anatómica de las partes del cuerpo y la identificación de episodios estacionales de mortalidad permiten interpretar el yacimiento como un lugar de captura y procesamiento de manadas.

Los resultados muestran que los homínidos de la época disponían de capacidades para coordinarse, aprovechar grandes cantidades de alimento y organizar el transporte de los recursos obtenidos. La caza de bisontes no era una actividad improvisada, sino una estrategia que requería conocer el entorno y el comportamiento de las presas. La repetición de estos eventos en diferentes momentos del año sugiere que el lugar fue utilizado de manera recurrente para explotar los desplazamientos de los animales.

El estudio de Gran Dolina aporta información fundamental sobre la evolución de las prácticas de subsistencia y sobre la organización social de los grupos humanos del Pleistoceno Medio. La evidencia de caza comunal demuestra que la cooperación para capturar grandes manadas de bisontes se desarrolló mucho antes de lo que se suponía y que los habitantes de Atapuerca ya utilizaban estrategias complejas para obtener y procesar recursos animales.

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