Cuando se habla del bisonte en Europa suele aparecer una confusión importante: el enorme bisonte europeo (Bison bonasus) que conocemos actualmente no fue el bisonte que pobló la Península Ibérica durante la última glaciación. En España existió principalmente el bisonte estepario (Bison priscus), una especie diferente que formó parte de la gran fauna de herbívoros que recorrió Europa durante el Pleistoceno. Sus restos aparecen en numerosos yacimientos ibéricos y su presencia está documentada hasta aproximadamente el final de la última glaciación, mientras que no existe una evidencia sólida que demuestre que alguna de las subespecies históricas del bisonte europeo moderno —como el bisonte de llanura, el caucásico o el de los Cárpatos— viviera en España durante épocas históricas.

Recientemente se ha querido reconocer la importancia de este animal totémico no sólo de Norteamérica, sino también de Eurasia entera, con unas representaciones de bisontes originales que se han repartido por la ciudad de Torrelavega.

La diferencia es especialmente importante porque las representaciones de bisontes en las cuevas del norte de España, con Altamira como ejemplo más famoso, han alimentado durante mucho tiempo la idea de que aquellos animales eran los antepasados directos del bisonte europeo que hoy se encuentra en Polonia, Rumanía u otros lugares de Europa. La realidad es bastante más compleja. Los estudios paleontológicos y genéticos distinguen entre diferentes linajes de bisontes que ocuparon Europa en distintos momentos, y en la Península Ibérica la evidencia correspondiente al Pleistoceno apunta fundamentalmente al bisonte estepario (Bison priscus), no al Bison bonasus moderno.
El bisonte de España era el bisonte estepario
El protagonista de la historia española es, por tanto, Bison priscus, conocido habitualmente como bisonte estepario. Se trataba de un animal perfectamente adaptado a los ambientes fríos y abiertos que dominaron buena parte de Europa durante las glaciaciones. Su distribución llegó a ser enorme y sus restos se encuentran desde regiones occidentales de Europa hasta Siberia, mientras que en la Península Ibérica también existen numerosos registros fósiles. Una investigación publicada en Conservation Science and Practice señala que, durante el Pleistoceno ibérico, el bisonte estepario aparece identificado en 43 de los 139 yacimientos analizados, una cifra que da una idea de hasta qué punto estuvo presente en este territorio.

Los depredadores y el paisaje en que vivieron los bisones hispanos eran más parecidos a los que podamos encontrar hoy en día en las regiones más salvajes de Eurasia, como los Cárpatos o las zonas boreales o Siberia.

El bisonte estepario no debe confundirse con el enorme bóvido que sobrevivió hasta tiempos recientes en algunos bosques de Europa oriental. Aunque ambos pertenecen al género Bison, forman parte de historias evolutivas diferentes. El Bison priscus estaba especialmente relacionado con los ambientes de estepa y bosque-estepa, mientras que el bisonte europeo (Bison bonasus) terminó especializándose en ambientes boscosos y de bosque montano. Los estudios de ADN antiguo muestran además que la historia de estos animales fue extraordinariamente dinámica: diferentes linajes de bisontes se expandieron, retrocedieron y desaparecieron en Europa como consecuencia de los cambios climáticos y ambientales.

Esto permite entender por qué una imagen como la que acompaña este artículo puede resultar engañosa si se interpreta literalmente. El toro o bisonte que aparece como símbolo de España pertenece a una tradición cultural y política, pero no significa que España fuese el territorio histórico de una de las subespecies modernas del bisonte europeo. De hecho, la evidencia científica disponible indica que no hay pruebas convincentes de la presencia del Bison bonasus en la Península Ibérica durante el Holoceno. Sí existen abundantes restos de bisonte estepario durante el Pleistoceno, pero esa especie desapareció mucho antes de que aparecieran las poblaciones históricas de bisonte europeo que conocemos por las crónicas del centro y este del continente.
En otro artículo te contamos cómo focas y osos podrían tener antepasados en comunes no tan lejanos que se decidieron por cuestiones prácticas de especialización: mientras unos ejemplares se centraban en nadar y bucear en busca de moluscos y otros alimentos marinos, otros congéneres de ese antepasado en común decidieron permanecer en tierra y seguir buscándose la vida como cuadrúpedos depredadores. En ambos casos, estos dos linajes llegaron a mostrar enormes proporciones en algunas subespecies.

Hubo tres subespecies de bisonte europeo de las cuales sobrevive sólo una
Entonces, ¿qué pasó con las tres subespecies del bisonte europeo? La historia que suele contarse del bisonte europeo moderno contempla tres formas o subespecies históricas: el bisonte de llanura (Bison bonasus bonasus), el bisonte del Cáucaso (Bison bonasus caucasicus) y el bisonte de los Cárpatos (Bison bonasus hungarorum). Esta clasificación ha sido utilizada en numerosos trabajos de conservación, aunque conviene señalar que la taxonomía y la historia evolutiva del bisonte europeo son más complejas y que no todos los trabajos científicos modernos utilizan exactamente la misma clasificación de subespecies. Un plan europeo de conservación, por ejemplo, reconoce las dos subespecies más ampliamente aceptadas, B. b. bonasus y B. b. caucasicus, y considera el B. b. hungarorum una tercera subespecie menos reconocida.
La primera de estas formas, el bisonte de llanura, es la que quedó asociada sobre todo a las grandes masas forestales de Europa oriental. Su último gran refugio fue el bosque de Białowieża, en la actual frontera entre Polonia y Bielorrusia. A finales del siglo XIX la situación ya era dramática: las poblaciones europeas habían desaparecido de buena parte de su antigua distribución y únicamente quedaban dos grandes poblaciones silvestres, una en Białowieża y otra en el Cáucaso. El bisonte de Białowieża terminó desapareciendo de la naturaleza en 1919, después de que la Primera Guerra Mundial y la caza intensificaran todavía más su declive. El bisonte de los Cárpatos, Bison bonasus hungarorum, tuvo un destino todavía más temprano. Su área histórica estaba relacionada con los montes Cárpatos, Moldavia y Transilvania, con posibles extensiones hacia territorios de las actuales Ucrania y Hungría. La presión humana sobre sus poblaciones fue aumentando durante siglos y el último ejemplar conocido de esta forma fue abatido en Maramureș en 1852. Desde entonces, esta subespecie se considera extinguida.

Y después estaba el espectacular bisonte del Cáucaso, Bison bonasus caucasicus, que representa quizá uno de los casos más dramáticos de la desaparición de la megafauna europea. Durante el siglo XIX todavía sobrevivía en los bosques y montañas del Cáucaso occidental, pero la expansión humana, la pérdida de hábitat y, sobre todo, la presión de la caza fueron reduciendo progresivamente sus efectivos. En la década de 1860 se calculaba que podía haber alrededor de 2.000 ejemplares; en 1917 la cifra había caído a unos pocos cientos y después de la guerra la situación se volvió todavía más crítica. Los últimos ejemplares fueron perseguidos por cazadores furtivos hasta que los tres últimos bisontes caucásicos murieron en 1927.
España no tuvo al bisonte caucásico ni al de los Cárpatos

Aquí está la cuestión fundamental que conviene dejar clara: ninguna de esas tres subespecies históricas del bisonte europeo puede identificarse como “el bisonte de España”. Ni el bisonte caucásico, ni el de los Cárpatos, ni el bisonte de llanura de Europa oriental constituyen la población histórica autóctona española. Los animales que vivieron en la Península Ibérica durante la Edad del Hielo pertenecían a otros linajes de bisonte, principalmente al bisonte estepario. Los datos disponibles son especialmente reveladores al estudiar el paso del Pleistoceno al Holoceno. En el Pleistoceno ibérico aparecen con frecuencia restos de Bison priscus, junto a los del uro (Bos primigenius). Sin embargo, cuando avanzamos hacia el Holoceno la situación cambia radicalmente. La investigación arqueológica e histórica encuentra evidencias de la supervivencia del uro en la Península hasta épocas relativamente recientes, pero no ocurre lo mismo con el bisonte europeo moderno. Los investigadores señalan que no existe evidencia arqueológica o documental equivalente que demuestre una población histórica de Bison bonasus en Iberia.

Esto también ayuda a explicar otra confusión habitual: bisonte y uro no eran el mismo animal. Ambos eran grandes bóvidos y podían convivir en algunos ecosistemas, pero pertenecían a géneros diferentes. El uro era Bos primigenius, antepasado salvaje del ganado doméstico, mientras que el bisonte estepario era Bison priscus. La Península Ibérica tuvo poblaciones de ambos durante determinados periodos, pero sus historias fueron diferentes y no deben mezclarse.
La megafauna europea fue exterminada en gran parte por los cambios de clima y la acción humana, cuya dependencia de estos grandes herbívoros para su alimentación y abrigo era enorme.

¿Y qué animal aparece en las pinturas de Altamira? La cuestión de las pinturas rupestres añade todavía más interés a esta historia. Durante mucho tiempo se ha asociado automáticamente cualquier representación prehistórica de un bisonte con el bisonte europeo moderno. Sin embargo, las pinturas rupestres fueron realizadas durante un periodo en el que existían diferentes grandes bóvidos, y la identificación zoológica de un animal representado en una pared no puede hacerse simplemente comparándolo con el bisonte que hoy conocemos. En el caso de la Península Ibérica, el registro fósil demuestra que el bisonte estepario sí estuvo presente durante el Pleistoceno. Los estudios paleontológicos encuentran restos de Bison priscus junto a restos de otros grandes herbívoros, y los cambios climáticos fueron modificando progresivamente la composición de estas comunidades. Una investigación reciente sobre la evolución de los bisontes en Eurasia sitúa precisamente las últimas evidencias del bisonte estepario en España y el sur de Francia durante el Último Máximo Glacial.
Por eso, cuando se contempla un bisonte representado en el arte paleolítico español, no debería asumirse automáticamente que estamos ante el Bison bonasus que actualmente pasta en los bosques polacos. El contexto cronológico es esencial. El animal que conocemos hoy como bisonte europeo moderno tiene una historia posterior y una distribución histórica diferente.

El gran error de pensar que el bisonte europeo desapareció de España
Decir que “el bisonte europeo se extinguió en España” puede resultar atractivo como titular, pero científicamente es una afirmación demasiado simplista. Lo que desapareció de la Península Ibérica fue una fauna de grandes mamíferos que incluía al bisonte estepario, y esa desaparición se produjo miles de años antes de las extinciones históricas de las subespecies de Bison bonasus. La diferencia temporal es enorme. Mientras el bisonte caucásico sobrevivió hasta 1927 y el bisonte de llanura desapareció de la naturaleza en 1919, el bisonte estepario llevaba muchísimo tiempo fuera de los ecosistemas ibéricos. La investigación sobre la fauna del Pleistoceno indica que Bison priscus desapareció del registro de Europa occidental hacia el final del Pleistoceno, aunque algunas poblaciones persistieron más tiempo en otras zonas del continente y Eurasia.
Esta diferencia es fundamental porque permite separar dos historias que a menudo se mezclan: la extinción prehistórica del bisonte estepario en España y la extinción histórica del bisonte europeo en Europa oriental y el Cáucaso. Son episodios diferentes, separados por miles de años y protagonizados por linajes diferentes.
Otro animal boreal destinado a la desaparición en España, por el cambio a clima mediterráneo de los últimos años, es el urogallo cantábrico y pirenaico.

¿Podemos decir que el bisonte europeo actual estuvo alguna vez en España?
La respuesta más prudente, a la luz de la evidencia disponible, es no para las poblaciones históricas de Bison bonasus. Una revisión científica publicada en 2024 concluyó que la evidencia paleontológica y biogeográfica disponible no respalda que el bisonte europeo moderno llegara a la Península Ibérica. El mismo trabajo señala que durante el Pleistoceno sí hubo bisonte estepario y uro en Iberia, pero que no existen evidencias equivalentes de Bison bonasus durante el Holoceno.

Además, el debate no está completamente cerrado en todos sus aspectos. Existen investigaciones recientes que han planteado nuevas hipótesis a partir de restos arqueológicos y señales genéticas, pero trabajos publicados posteriormente siguen considerando que esas evidencias no son suficientes para demostrar de manera concluyente que el Bison bonasus moderno formara parte de la fauna histórica de la Península Ibérica. Por tanto, si la pregunta es “¿cuál de los bisontes europeos estuvo en España?”, la respuesta más precisa es que el bisonte que tenemos documentado en la España prehistórica fue principalmente el bisonte estepario, Bison priscus, no una de las tres subespecies históricas del bisonte europeo moderno. Y esta distinción cambia completamente la interpretación de la historia: España no fue el último refugio occidental del bisonte de los Cárpatos, ni del caucásico, ni del bisonte de Białowieża; fue territorio de otra especie de bisonte durante las grandes glaciaciones.
Es una desaparición que forma parte de una transformación mucho mayor. La historia del bisonte es, en realidad, la historia de cómo Europa perdió buena parte de sus grandes herbívoros. Y a los carnívoros gigantescos que los depredaban, por supuesto, que también fueron despareciendo, incluyendo a especies de tigres extintas de Europa Central o de leones que habitaron hasta tiempos recientes en nuestro continente. Los cambios climáticos transformaron los paisajes, los bosques avanzaron o retrocedieron, las estepas desaparecieron de determinadas regiones y, paralelamente, aumentó la presión humana mediante la caza, la agricultura, la tala y la fragmentación de los hábitats. El resultado fue una reducción progresiva del territorio disponible para los grandes bóvidos. El bisonte europeo moderno estuvo a punto de seguir exactamente el mismo camino. A comienzos del siglo XX, la especie quedó prácticamente eliminada de la naturaleza. La desaparición del último ejemplar de Białowieża en 1919 y de los últimos bisontes caucásicos en 1927 convirtió al Bison bonasus en una especie que sobrevivió gracias a los animales mantenidos en cautividad. Quedaban alrededor de medio centenar de ejemplares en zoológicos y colecciones, y a partir de ellos comenzó uno de los programas de recuperación de grandes mamíferos más extraordinarios de Europa.

Y aquí aparece la gran paradoja: el animal que hoy vemos como símbolo del gran bisonte europeo es el superviviente de una extinción que estuvo a punto de ser total, pero no es el mismo bisonte que caminó por la Península Ibérica durante la Edad del Hielo. España tuvo bisontes, sí, pero principalmente pertenecieron al linaje del bisonte estepario; los bisontes europeos históricos que consiguieron sobrevivir hasta el siglo XX quedaron recluidos fundamentalmente en las regiones boscosas de Europa oriental y el Cáucaso. La imagen del bisonte sobre España adquiere así un significado todavía más interesante: detrás de ese animal hay dos historias distintas separadas por miles de años. Una es la del Bison priscus, el bisonte estepario que recorrió la Iberia glacial y desapareció de este territorio al cambiar el clima y los ecosistemas; la otra es la del Bison bonasus, el bisonte europeo que sobrevivió en pequeños refugios del este del continente hasta que la caza y la destrucción de su hábitat lo llevaron al borde de la desaparición durante el siglo XX. Confundir ambos animales supone perder precisamente la parte más fascinante de la historia.


























