Todos sabemos que el soldado desconocido es honrado en todas las grandes capitales del mundo como un homenaje a todos esos héroes anónimos que en el momento cumbre dieron sus vidas por la Patria sin dejar siquiera un testimonio de su identidad. En las Guerras Cántabras, salvo un tal Corocotta del que no se sabe con seguridad si era cántabro (las crónicas lo definen como un bandolero español muy famoso) no hay testimonios de soldados concretos que peleasen con sus nombres y apellidos. Pero lo que sí guardamos de todo ese conflicto es la huella de un gato anónimo que apareció entre los restos de la destrucción de una fortaleza en la que tantos cántabros se refugiaron y terminaron rodeados y asesinados.
Al revisar antiguas fotografías de los materiales recuperados, durante las excavaciones del oppidum cántabro de La Loma, conservados desde hace años en el Museo Arqueológico de Palencia, llama mi atención una pieza especialmente curiosa. Se trata de un fragmento de cerámica realizada a torno y decorada con pintura, perteneciente a la conocida producción celtibérica, cuya cronología se sitúa entre los siglos III y I a. C.
Lo que convierte este hallazgo en algo excepcional es que, antes de que la vasija fuera cocida en el horno y cuando el barro aún permanecía húmedo, un gato que debió de colarse en el taller del alfarero caminó sobre su superficie, dejando impresas las huellas de sus patas para siempre. Siglos después, ese pequeño instante cotidiano quedó inmortalizado en la cerámica.
El fragmento apareció junto a numerosos restos cerámicos similares, además de objetos metálicos y fauna, dentro de los niveles de cenizas asociados a la destrucción del castro, concretamente en el sector situado en la cara interior de la muralla.

La fabricación de esta vasija tuvo lugar, sin duda, antes de la conquista y destrucción del oppidum por las legiones romanas durante las Guerras Cántabras. Este pequeño detalle arqueológico aporta una valiosa evidencia sobre la vida cotidiana de las comunidades prerromanas del norte peninsular, ya que indica que convivían con gatos domésticos, cuya principal función habría sido mantener bajo control las poblaciones de roedores en los asentamientos.
Esta interpretación cobra aún más sentido si se recuerda el relato de Estrabón, quien menciona que el ejército romano destinado en Cantabria sufrió una importante plaga de ratas, agravada por la escasez de trigo. De hecho, se ofrecieron recompensas a los integrantes de la campaña del César por cada rata que consiguieran cazar. Por lo tanto, podemos suponer que la presencia de gatos en estos poblados no sólo habría sido habitual por su compañía, sino también como una solución práctica para proteger las reservas de alimentos frente a este tipo de amenazas que cobraban mucha más importancia en las economías de subsistencia de esos tiempos.
Y seguramente también apreciarían muchísimo, estos antepasados nuestros, la aportación de compañía de estos simpáticos amigos nuestros de cuatro patas, igual que nos pasa hoy.
¡Honor y gloria al gato que dejó su huella en las ruinas del último combate!

























