La Sima del Elefante, uno de los yacimientos más destacados del complejo arqueológico de Atapuerca, ofrece una ventana excepcional al pasado remoto de Europa. Sus diferentes niveles estratigráficos han permitido descubrir restos de animales, herramientas de piedra y evidencias de presencia humana que ayudan a reconstruir cómo era el entorno natural hace cientos de miles de años. A través del estudio de la macrofauna, los sedimentos y los materiales arqueológicos, los investigadores pueden aproximarse a las condiciones ambientales y a la evolución de los ecosistemas que rodearon a los primeros habitantes de este territorio.

En una explicación divulgativa de la Fundación Atapuerca, Rosana, una de sus divulgadoras, realiza un recorrido por los diferentes estratos de la Sima del Elefante, comenzando por los niveles superiores y descendiendo progresivamente hacia las capas más antiguas. El objetivo es mostrar la riqueza paleontológica del yacimiento, explicar cómo se formó su depósito sedimentario y destacar algunos de los hallazgos que han convertido este lugar en una referencia para el estudio de la evolución humana.
¿Qué es la Sima del Elefante y cómo se formó?
Para comprender la importancia de este yacimiento es necesario conocer su estructura geológica. La Sima del Elefante es una cavidad en la que se fueron acumulando sedimentos y restos procedentes del exterior. En términos geológicos, parte de los materiales que encontramos tienen un origen alóctono, es decir, fueron transportados desde otros lugares hasta el interior de la cueva. Este proceso de acumulación permitió conservar diferentes evidencias de la fauna y de las condiciones ambientales de épocas muy antiguas.
La cavidad está formada por roca caliza, cuya estructura define el espacio subterráneo. A lo largo del tiempo, los sedimentos fueron rellenando la cueva hasta alcanzar diferentes fases de colmatación. Los niveles superiores, como el T20 y el T21, están relacionados con esta etapa en la que la cavidad quedó prácticamente cerrada por la acumulación de materiales. El estudio de estas capas permite a los especialistas comprender la evolución de la formación del yacimiento y distinguir los diferentes momentos en los que se depositaron los sedimentos.
La estratigrafía es una de las herramientas fundamentales para interpretar la historia de la Sima del Elefante. Cada nivel puede presentar características diferentes en cuanto al color, la textura y la composición del sedimento. Durante las excavaciones se observan cambios entre capas más amarillentas, con mayor presencia de grava, y otras con características distintas. Estas variaciones no son meramente visuales, sino que pueden aportar información sobre los procesos geológicos y ambientales que se produjeron a lo largo del tiempo.

El nivel T19 y el origen del nombre del yacimiento
Uno de los niveles mencionados durante el recorrido es el T19, una capa en la que se han identificado restos de animales que permiten conocer parte de la fauna que habitaba la zona. Entre los hallazgos destaca un astrágalo de elefante, un hueso situado en la región del tobillo del animal. Este descubrimiento está relacionado con el nombre de la Sima del Elefante, ya que la presencia de restos de este gran mamífero fue especialmente significativa para la identificación del yacimiento.
La fauna localizada en este nivel incluye también restos de bisontes, caballos y ciervos. La presencia conjunta de estas especies puede aportar indicios sobre las características del paisaje y las condiciones ecológicas del entorno. La referencia a espacios abiertos y praderas se relaciona con la interpretación de los animales encontrados, aunque la reconstrucción ambiental debe basarse en el análisis conjunto de los restos paleontológicos, los sedimentos y otras evidencias disponibles. En el T19 también se han localizado carbones. Sin embargo, tal como se explica en la divulgación, estos materiales no se atribuyen necesariamente a una actividad humana. Su origen estaría relacionado con algún incendio producido en el exterior de la cavidad, pero pudo ser causado por un rayo. Este tipo de distinción resulta importante en arqueología, porque la presencia de carbón no demuestra por sí sola que los seres humanos hayan encendido o utilizado fuego en ese lugar. Los investigadores deben estudiar su contexto y sus características para determinar cómo se formó y llegó hasta el yacimiento.
La importancia de las muestras y los estudios científicos
Las excavaciones arqueológicas no se limitan a recuperar huesos o herramientas. En torno a los investigadores se acumulan anotaciones, muestras y registros que permiten realizar estudios complementarios. Cada fragmento de sedimento, cada resto faunístico y cada material recuperado debe documentarse cuidadosamente para comprender su posición dentro de la secuencia estratigráfica.
Entre los análisis que pueden realizarse se encuentran las dataciones, los estudios de polen y otras investigaciones relacionadas con la reconstrucción del medioambiente. El polen fósil, por ejemplo, puede proporcionar información sobre la vegetación que existía en una época determinada, mientras que otros análisis ayudan a conocer la antigüedad de los depósitos o las condiciones en las que se formaron.
La colaboración entre diferentes disciplinas es esencial para interpretar un yacimiento como la Sima del Elefante. La geología, la paleontología, la arqueología y el paleomagnetismo aportan perspectivas complementarias que permiten reconstruir una historia mucho más completa. No basta con identificar una especie animal o una herramienta aislada: es necesario analizar su relación con el resto de los materiales y con el nivel estratigráfico en el que aparece.
El nivel T18: una gran diversidad de animales
Al descender hasta el nivel T18, la divulgación destaca la presencia de una gran variedad de animales. Entre los restos mencionados aparecen erizos, murciélagos, conejos, hienas, zorros, osos cavernarios, panteras, rinocerontes de las estepas, caballos y gamos. Esta diversidad ofrece una oportunidad para estudiar las especies que habitaron el entorno de Atapuerca en diferentes momentos de su historia.

La identificación de tantos animales en un mismo nivel resulta especialmente interesante desde el punto de vista paleontológico. Los restos pueden ayudar a reconstruir las relaciones entre los ecosistemas, los espacios de refugio y las condiciones ambientales. Algunas especies están vinculadas a zonas abiertas, mientras que otras pueden relacionarse con ambientes boscosos, áreas rocosas o espacios próximos al agua.
La presencia de depredadores y herbívoros también permite plantear preguntas sobre el funcionamiento de las comunidades animales. Las hienas, los grandes felinos y los osos cavernarios forman parte de un conjunto faunístico que ayuda a comprender la complejidad de los ecosistemas prehistóricos. No obstante, la interpretación de las relaciones entre las especies requiere estudios específicos sobre los restos, las marcas en los huesos y los procesos de acumulación.
En el mismo recorrido se señala que los niveles T17 y T16 son considerados estériles desde el punto de vista de los restos arqueológicos y paleontológicos que se estaban describiendo. Estos estratos están relacionados con margas procedentes del valle de la Propiedad. La ausencia o escasez de determinados restos en una capa también puede ser significativa, ya que permite diferenciar los distintos momentos de formación del depósito.
El paleomagnetismo y la antigüedad de los estratos
Uno de los elementos científicos más relevantes mencionados durante la explicación es el nivel conocido como Brunhes-Matuyama, relacionado con el paleomagnetismo. Esta disciplina estudia las características del campo magnético terrestre que pueden quedar registradas en determinados materiales geológicos.
A lo largo de la historia de la Tierra, el campo magnético ha experimentado cambios de polaridad. Estos cambios pueden quedar conservados en los minerales magnéticos presentes en los sedimentos, proporcionando una referencia para establecer la antigüedad relativa de determinados depósitos. La transición Brunhes-Matuyama constituye un marcador de gran importancia en los estudios del Cuaternario.
En el contexto de la Sima del Elefante, la identificación de esta referencia paleomagnética ayuda a situar los estratos en una escala temporal. Durante la explicación se señala que, a partir de determinados niveles, se comienzan a localizar restos más antiguos de 780.000 años. Esta cifra está relacionada con la edad aproximada de la transición geomagnética Brunhes-Matuyama, aunque la datación concreta de cada estrato requiere el análisis de las evidencias correspondientes.
El paleomagnetismo no es el único método empleado para conocer la antigüedad de los yacimientos de Atapuerca. Los investigadores combinan diferentes técnicas de datación y análisis geológico para establecer una cronología más precisa. La información obtenida permite comprender cómo se sucedieron las distintas etapas de ocupación, sedimentación y transformación de las cavidades.
El recorrido por la parte central: los niveles T1 a T8
Tras analizar los niveles superiores, el recorrido continúa hacia la parte central de la Sima del Elefante. En esta zona existe un puente construido para facilitar los trabajos de excavación y permitir que los visitantes de las visitas guiadas puedan observar una parte representativa del yacimiento. Desde este punto se pueden apreciar diferentes niveles que contienen una gran cantidad de restos de fauna. La división de los estratos mediante las denominaciones T1, T2, T3 y sucesivas responde al sistema utilizado para identificar las distintas unidades de excavación. Cada nivel puede contener evidencias diferentes y, por ello, el descenso por la secuencia estratigráfica permite conocer una sucesión de ambientes y momentos cronológicos.
Uno de los aspectos más interesantes de esta zona es la variedad de animales y herramientas que aparecen en determinados niveles. La información obtenida de los restos de fauna permite investigar los ambientes naturales, mientras que los utensilios de piedra constituyen evidencias de actividad humana. La interpretación conjunta de ambos tipos de materiales resulta fundamental para reconstruir la relación entre las poblaciones humanas y el medio que habitaban.
El nivel T1: hipopótamos, tortugas y presencia de agua
En el nivel T1 se han encontrado restos de hipopótamos y tortugas, dos tipos de animales que pueden aportar información sobre las condiciones acuáticas existentes en el entorno. La presencia de hipopótamos, en particular, resulta relevante para saber que estamos en espacios con abundante agua y unas condiciones ambientales adecuadas para estos grandes mamíferos.

La identificación de estos animales permite plantear la hipótesis de que el paisaje de la época incluía zonas húmedas o cuerpos de agua de cierta importancia. Sin embargo, para determinar con precisión las características de ese entorno es necesario combinar los restos faunísticos con los datos geológicos y sedimentológicos. Los animales no sólo indican dónde podían vivir, sino que sus restos también pueden haber sido transportados por diferentes procesos naturales.
En este mismo nivel se han identificado herramientas de piedra. La presencia de industria lítica es especialmente importante porque constituye una evidencia de actividad humana. Estos materiales pueden proporcionar información sobre las capacidades técnicas de los grupos humanos que habitaron o frecuentaron el entorno, así como sobre las actividades que realizaron.
El estudio de las herramientas incluye aspectos como la materia prima utilizada, la técnica de fabricación, las huellas de uso y su posición dentro del sedimento. De esta manera, los arqueólogos pueden obtener datos sobre las prácticas tecnológicas de las poblaciones prehistóricas y su relación con el paisaje.
Los hipopótamos llegaron a Europa desde África en tres oleadas durante la Prehistoria
Hace millones de años, los hipopótamos protagonizaron varias migraciones que los llevaron desde África hasta Europa y Asia. Un estudio publicado en la revista científica Quaternary International ha analizado la evolución y dispersión de estos animales durante el Pleistoceno, utilizando, entre otros registros, los fósiles encontrados en la Gran Dolina de Atapuerca. La investigación permite conocer cómo los cambios climáticos y ambientales influyeron en la presencia de estos grandes mamíferos en el continente europeo.
Un viaje desde África hacia Europa
El origen de los hipopótamos se encuentra en África. Hace aproximadamente seis millones de años, estos animales se expandieron hacia el sur de Asia y Europa. Aunque las primeras poblaciones europeas terminaron desapareciendo, el continente volvió a recibir hipopótamos millones de años después, durante distintas etapas del Pleistoceno. Los investigadores han identificado tres migraciones principales, separadas en el tiempo y protagonizadas por especies diferentes. La primera tuvo lugar hace unos dos millones de años, mientras que las siguientes se produjeron hace aproximadamente 1,2 millones de años y entre 300.000 y 100.000 años.
El estudio señala que estas oleadas no fueron necesariamente fruto de una única línea evolutiva. Las características anatómicas de los fósiles permiten distinguir diferentes especies y establecer relaciones entre los linajes que habitaron Europa.
La Gran Dolina de Atapuerca, una pieza clave de la investigación
El yacimiento de la Gran Dolina, en Atapuerca, contiene una importante cantidad de fósiles correspondientes a un periodo que abarca desde el Pleistoceno temprano hasta el medio, aproximadamente entre 1,3 y 0,5 millones de años. La conservación de restos animales de distintas etapas ha permitido a los investigadores estudiar con mayor precisión los cambios que experimentaron las comunidades faunísticas. Jan van der Made, investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y autor del trabajo, destaca que la abundancia de fósiles de la Gran Dolina facilita un ajuste más detallado de la datación de los cambios en la fauna.
La información proporcionada por este yacimiento resulta especialmente valiosa para comprender cómo se modificaron los ecosistemas europeos y qué especies de grandes mamíferos estuvieron presentes en cada momento de la Prehistoria.
La primera migración: Hippopotamus major
La primera de las tres oleadas identificadas de hipopótamos en Europa se produjo hace aproximadamente dos millones de años. En ella participó Hippopotamus major, una especie de hipopótamo que llegó a Europa, pero que terminó extinguiéndose en un periodo relativamente corto. Su presencia demuestra que los desplazamientos de estos animales desde otras regiones hacia el continente europeo se produjeron en diferentes momentos. La llegada de una especie no garantizaba que pudiera establecerse de forma duradera, ya que su supervivencia dependía de las condiciones ambientales y de los recursos disponibles.
La segunda oleada y los fósiles de Atapuerca
Hace aproximadamente 1,2 millones de años se produjo una segunda migración, protagonizada por Hippopotamus tiberinus. Esta especie presentaba características anatómicas particulares, especialmente en la estructura del cráneo. Entre sus rasgos distintivos se encontraban las órbitas oculares y la región occipital, que se caracterizaba por una elevación considerable y por encontrarse muy próximas entre sí. Los investigadores han identificado restos de esta especie en Atapuerca, lo que proporciona evidencias directas de su presencia en la península ibérica durante el Pleistoceno.
La identificación de estos fósiles contribuye a establecer diferencias entre los distintos tipos de hipopótamos que habitaron Europa y permite relacionarlos con sus respectivas líneas evolutivas.
La tercera migración: el hipopótamo más próximo al actual
La tercera oleada migratoria se produjo entre hace 300.000 y 100.000 años. En esta ocasión, la especie que llegó a Europa fue Hippopotamus amphibius, cuyo perfil craneal era más recto, una característica que la aproximaba morfológicamente a los hipopótamos actuales.
La aparición de esta especie representa una fase diferente en la historia evolutiva de los hipopótamos europeos. Las características del cráneo constituyen uno de los elementos utilizados por los paleontólogos para distinguirla de otras especies que habían ocupado el continente en etapas anteriores.
El estudio permite observar que las migraciones no fueron acontecimientos aislados, sino parte de una historia más amplia de expansión geográfica y sustitución de diferentes grupos de hipopótamos a lo largo del tiempo.

El clima transformó los ecosistemas europeos
La investigación también analiza la relación entre los cambios climáticos y las transformaciones de la fauna. Las variaciones ambientales que se produjeron poco antes del final del Pleistoceno temprano modificaron los ecosistemas y contribuyeron a la renovación de las comunidades de grandes mamíferos.
Estos cambios coincidieron con procesos de dispersión humana en Europa. El clima condicionaba la disponibilidad de agua, vegetación y otros recursos, factores que influían en la distribución de los animales y en las posibilidades de ocupación de diferentes territorios. Los investigadores relacionan las transformaciones ambientales con la aparición y desaparición de distintas especies identificadas en la Gran Dolina. El estudio de los fósiles permite así reconstruir la evolución de los ecosistemas y conocer mejor las condiciones en las que vivieron los grandes mamíferos prehistóricos.
Dos linajes evolutivos con trayectorias diferentes
Una de las propuestas principales del trabajo de Jan van der Made es que la primera y la tercera migraciones podrían proceder del linaje evolutivo que conduce hacia la especie actual, mientras que la segunda tendría un origen diferente.
En concreto, los investigadores relacionan la segunda oleada con el linaje de Hippopotamus gorgops, considerado más evolucionado en determinados rasgos anatómicos. Sin embargo, esta línea evolutiva no prosperó hasta el presente.
La comparación entre las distintas especies permite comprender que la historia evolutiva de los hipopótamos europeos no siguió una trayectoria única. Diferentes linajes llegaron al continente en momentos separados, se adaptaron a sus respectivos entornos y, en algunos casos, terminaron desapareciendo.
Una historia marcada por migraciones y extinciones
La presencia de hipopótamos en Europa durante el Pleistoceno demuestra que la distribución actual de las especies es el resultado de una historia mucho más extensa. Los desplazamientos desde África, las variaciones climáticas y las transformaciones de los ecosistemas condicionaron la supervivencia de estos animales a lo largo de cientos de miles de años. Los fósiles de la Gran Dolina de Atapuerca ofrecen una oportunidad excepcional para estudiar estos procesos. Su abundancia y su distribución temporal ayudan a precisar cuándo vivieron las diferentes especies y cómo cambiaron las comunidades faunísticas.
La investigación publicada en Quaternary International plantea que los hipopótamos llegaron a Europa en tres oleadas principales durante el Pleistoceno, vinculadas a diferentes linajes evolutivos. El análisis de sus restos aporta información sobre la evolución de estos mamíferos y sobre los cambios ambientales que transformaron el continente europeo durante la Prehistoria.
La fauna de Atapuerca de hace un millón de años donde convivieron osos, rinocerontes e hipopótamos
En las profundidades de la Gran Dolina, en la sierra de Atapuerca, los investigadores trabajan para reconstruir cómo era el entorno hace aproximadamente un millón de años. Los niveles TD-3 y TD-4 conservan evidencias de una época en la que todavía no se ha encontrado un registro humano significativo, pero sí una extraordinaria diversidad de animales, entre ellos rinocerontes, hipopótamos, ciervos y osos que utilizaban la cueva como refugio para hibernar. Las excavaciones de estos estratos permiten conocer cómo se formó la cavidad, qué condiciones climáticas existían en aquel momento y cómo fue cambiando su función a lo largo del tiempo. El estudio de estos niveles ofrece una perspectiva diferente de Atapuerca, más allá de los hallazgos relacionados con Homo antecessor.
Los niveles más antiguos de Gran Dolina
En la actualidad, el yacimiento cuenta con dos áreas de excavación diferenciadas. En la zona superior se trabaja sobre una superficie de unos 80 metros cuadrados, prácticamente en extensión, donde se encuentra el nivel asociado a Homo antecessor. En la parte inferior, un equipo de ocho investigadores excava cuidadosamente una superficie de aproximadamente 30 metros cuadrados correspondiente a los niveles TD-3 y TD-4.
La coordinadora de estos trabajos, Elena Santos, explica que se trata de los primeros estratos que registran el momento en que la cueva comenzó a abrirse y a recibir materiales procedentes del exterior. Su antigüedad se sitúa cerca del millón de años, lo que los convierte en una fuente fundamental para investigar las primeras etapas de formación de la cavidad.
En estos niveles no se ha documentado una presencia humana clara. Según Santos, los grupos humanos de aquella época probablemente no penetraban habitualmente en el interior de las cuevas, sino que permanecían en las zonas cercanas a la entrada. No obstante, los investigadores señalan que ocasionalmente aparecen pequeños restos óseos con marcas de corte, lo que indica que pudo existir alguna actividad humana puntual. La ausencia de un registro humano abundante no significa que la zona estuviera desprovista de vida. Al contrario, los sedimentos contienen restos de numerosos animales que permiten reconstruir un ecosistema de gran riqueza.

Una fauna diversa con rinocerontes, caballos e hipopótamos
Los trabajos arqueopaleontológicos han permitido identificar en esta zona la presencia de rinocerontes, caballos, bisontes y diferentes especies de cérvidos. Además, en campañas anteriores se recuperaron fósiles de hipopótamo, un hallazgo especialmente relevante para conocer las condiciones ambientales de la época.
También se han localizado restos de los antepasados de la pantera europea y del lobo, lo que amplía la información sobre los grandes carnívoros que habitaban el entorno de Atapuerca hace un millón de años. La coexistencia de tantas especies refleja la existencia de un ecosistema diverso, capaz de proporcionar alimento, refugio y agua a distintos tipos de mamíferos. Esta riqueza natural pudo contribuir a atraer a grupos de homínidos de diferentes especies, cuya presencia se ha documentado en los yacimientos de Atapuerca a lo largo de un periodo que se extiende desde hace 1,3 millones de años hasta la actualidad.
Un paisaje de bosques abiertos, praderas y agua permanente
Uno de los objetivos principales de los investigadores que trabajan en TD-3 es reconstruir el clima y la temperatura que existían cuando se formaron estos niveles de la Gran Dolina. Para ello, analizan los restos de microfauna y otros indicadores ambientales que permiten deducir las características del paisaje.
Los datos disponibles apuntan a un clima templado-cálido y relativamente húmedo. En las zonas más profundas de la cavidad, las condiciones parecen haber sido todavía más húmedas. El entorno habría estado formado por una combinación de bosques abiertos, praderas y áreas con agua permanente. La presencia de hipopótamos constituye una de las evidencias que respaldan la existencia de recursos hídricos estables en las proximidades. Estos animales necesitan acceso habitual al agua, por lo que sus fósiles aportan información relevante sobre las características del ecosistema.
Sin embargo, el equipo científico pretende afinar mucho más la reconstrucción ambiental. Para ello, se prevé utilizar estudios de polen e isótopos, aprovechando que el agua circuló de manera continua por la cavidad durante su formación. Según Elena Santos, estas condiciones permiten realizar análisis que ayuden a determinar la temperatura y las características climáticas de aquel periodo.
El objetivo no es únicamente saber qué animales vivían en Atapuerca, sino comprender con mayor precisión cómo era el paisaje que los rodeaba y qué transformaciones experimentó a lo largo del tiempo.
Ursus dolinensis: los osos que utilizaban la cueva para hibernar
Aunque Gran Dolina es conocida internacionalmente por el descubrimiento de Homo antecessor, el yacimiento también ha permitido identificar una especie de oso propia. Se trata de Ursus dolinensis, un antepasado de los osos de las cavernas.
Los investigadores han recuperado restos correspondientes a entre 30 y 35 individuos de esta especie. Las evidencias apuntan a que estos animales utilizaban la cavidad como lugar de refugio durante la hibernación. El hallazgo es especialmente significativo porque representa la primera población de osos de las cavernas identificada con evidencias de hibernación en este contexto. La utilización de la cueva por parte de los osos demuestra que el espacio subterráneo ya desempeñaba una función importante para la fauna antes de convertirse, cientos de miles de años después, en un lugar de actividad habitual de grupos humanos.
Pero Ursus dolinensis no era el único tipo de oso presente en estos niveles. Los nuevos análisis están aportando información sobre la existencia de otros ejemplares y posibles especies.
La paleoproteómica descubre la presencia de dos tipos de osos
Los estudios de paleoproteómica, que permiten analizar proteínas conservadas en restos fósiles, han proporcionado nuevas pistas sobre la diversidad de osos que habitaban la cueva. El equipo de investigación ha determinado que existían al menos dos tipos de osos, aunque todavía se está trabajando para identificar con precisión sus características y su clasificación. Elena Santos explica que, además de la población de osos de las cavernas que hibernaba en la cavidad, se han encontrado indicios de otros ejemplares de menor tamaño cuya identidad aún no está resuelta.
Desde el punto de vista morfológico, estos osos más pequeños presentan semejanzas con dos especies que, según la información del estudio, todavía no se han localizado en Europa. Por este motivo, los científicos continúan analizando los restos para establecer a qué grupos pertenecían y cuál era su relación evolutiva.
La paleoproteómica se convierte así en una herramienta complementaria a la anatomía tradicional. Mientras que el estudio de los huesos permite identificar características físicas, el análisis de proteínas puede aportar datos adicionales para diferenciar especies y comprender sus relaciones evolutivas.
Los hallazgos más recientes de Atapuerca: cérvidos más grandes que hoy en día
Las campañas de excavación en los niveles inferiores de Gran Dolina han permitido recuperar varios restos de gran interés. Entre los hallazgos destacados se encuentra una mandíbula completa de oso, así como una falange completa perteneciente a un gamo de gran tamaño y restos de un ciervo también de grandes dimensiones. Todos estos fósiles tienen una antigüedad aproximada de un millón de años. Su conservación permite estudiar tanto la anatomía de los animales como las características del conjunto faunístico que habitaba el entorno.
Las piezas completas, como la mandíbula y la falange, son especialmente útiles porque ofrecen información más detallada que los fragmentos aislados. Su análisis puede ayudar a conocer las dimensiones de los animales, sus características anatómicas y su posición dentro de las comunidades faunísticas de la época. Cada campaña de excavación aporta nuevos materiales que se incorporan al conocimiento general del yacimiento. El trabajo minucioso de los investigadores resulta esencial para registrar correctamente la posición de los fósiles y relacionarlos con los estratos en los que fueron encontrados.
Comprender cómo se formó la cueva
Además de estudiar los restos de animales, el equipo de TD-3 trabaja en la reconstrucción geológica de la Gran Dolina. Una de las prioridades consiste en determinar con precisión hasta dónde se extendía el nivel TD-3 en la zona que se está excavando.
Esta cuestión es importante para comprender cómo se formó la cavidad y de qué manera fueron acumulándose los materiales en su interior. Durante miles de años, los restos y sedimentos procedentes del exterior fueron entrando en la cueva y depositándose en diferentes capas.
El análisis de estos procesos permite reconstruir la evolución de la cavidad desde sus primeras fases. También ayuda a explicar cómo un espacio que inicialmente era utilizado por animales pudo transformarse posteriormente en un lugar de actividad humana.
La formación de una cueva no es un proceso estático. Las condiciones geológicas, la circulación del agua, la entrada de sedimentos y la actividad de los animales influyen en la configuración de los niveles arqueológicos y paleontológicos.
De refugio de animales a campamento humano
Uno de los aspectos más interesantes de la investigación es la transformación funcional que experimentó Gran Dolina a lo largo del tiempo. Durante las primeras etapas documentadas en los niveles inferiores, la cueva servía como lugar de hibernación para los osos y como espacio al que entraban distintos animales. Sin embargo, aproximadamente 250.000 años después, la situación había cambiado bastante.

Para entonces, la cavidad ya funcionaba como un campamento activo de grupos de homínidos. Esta actividad humana no fue puntual, sino que continuó durante miles de años, hasta que la cueva terminó de completarse. La comparación entre las primeras fases de ocupación y las posteriores permite observar cómo un mismo espacio natural pudo desempeñar funciones diferentes según las condiciones ambientales y las actividades de los seres vivos que lo utilizaban.
La Gran Dolina conserva, por tanto, una secuencia temporal que conecta la historia geológica de la cueva con la evolución de los ecosistemas y la presencia de los grupos humanos en la sierra de Atapuerca.
Una ventana a la vida de hace un millón de años en Atapuerca
Los niveles TD-3 y TD-4 ofrecen una oportunidad excepcional para estudiar una etapa poco conocida de la historia de Atapuerca. La ausencia de un registro humano abundante contrasta con la gran cantidad de restos animales, que permiten reconstruir un entorno habitado por osos, rinocerontes, hipopótamos, caballos, ciervos y grandes carnívoros.
La investigación combina la excavación arqueopaleontológica con el análisis geológico, la paleoproteómica y los estudios ambientales. Esta metodología permite avanzar en el conocimiento de la fauna, el clima y la formación de la cavidad desde una perspectiva multidisciplinar.
Los trabajos dirigidos en esta zona por Elena Santos buscan precisar cómo era el paisaje cuando comenzó a formarse Gran Dolina y cómo se produjo su transformación a lo largo de cientos de miles de años. Los fósiles recuperados y los análisis en curso ayudarán a completar la historia de uno de los yacimientos prehistóricos más importantes de Europa.
La Atapuerca más desconocida no es un espacio vacío de actividad humana, sino un registro de las primeras etapas de una cueva en la que la fauna desempeñó un papel protagonista. Sus estratos conservan las huellas de un ecosistema cambiante y de la evolución de un lugar que, con el paso del tiempo, acabaría convirtiéndose en un escenario fundamental para estudiar la presencia humana en la Prehistoria.
Los caballos y los ambientes abiertos
A lo largo de los diferentes niveles de la Sima del Elefante aparecen restos de caballos, animales que forman parte de numerosos conjuntos faunísticos del Pleistoceno europeo. Su presencia es de interés para los estudios paleoambientales, ya que determinadas especies de équidos pueden aportar información sobre los espacios abiertos y las condiciones de alimentación disponibles en una región.
Los caballos convivieron con otras especies de grandes herbívoros, como ciervos y bisontes, en distintos paisajes prehistóricos. El análisis de sus restos permite estudiar su tamaño, alimentación, desplazamientos y adaptación a los ambientes de la época. La información se complementa con los datos procedentes de otros animales y de los sedimentos. La reconstrucción del paisaje no depende exclusivamente de una especie. Es la combinación de diferentes indicadores la que permite establecer interpretaciones sobre la existencia de praderas, zonas boscosas, espacios húmedos y otras características ambientales. En este sentido, cada nivel del yacimiento aporta una pieza más al conocimiento del pasado.
El nivel T11 y la presencia del lince
En el nivel T11 se destaca la aparición del lince, otro de los animales que contribuyen a ampliar el conocimiento sobre la diversidad de la fauna de Atapuerca. Este felino forma parte de los ecosistemas europeos desde hace miles de años y su presencia en los depósitos arqueológicos y paleontológicos puede ayudar a estudiar la composición de las comunidades animales. Ahora los linces están repoblando la Península y tenemos que saber que hay de dos tipos en Europa: el mediterráneo ibérico que conocemos más, que está recuperándose de la casi extinción, y el boreal nórdico, mucho más grande y robusto, que hoy podemos ver por ejemplo en Cabárceno:

La identificación de carnívoros como el lince es importante porque permite analizar las características ecológicas de los entornos donde vivían. Dependiendo de la especie y del contexto, estos animales podían ocupar diferentes hábitats y alimentarse de una variedad de presas. Los restos fósiles, junto con la información de otros mamíferos, pueden aportar datos sobre la biodiversidad de la época.
En el mismo nivel se siguen encontrando herramientas de piedra, lo que refuerza el interés arqueológico de la secuencia. La coexistencia de restos animales y materiales líticos ofrece la posibilidad de investigar las condiciones en las que se produjeron las actividades humanas y los procesos que llevaron a la acumulación de los restos.
El primer lince ibérico de la península vivió hace 1,6 millones de años y era más grande que los actuales
El descubrimiento de los restos fósiles de un antiguo lince ibérico en una cueva de Barcelona ha permitido retrasar en medio millón de años la presencia conocida de esta especie en la península ibérica. El ejemplar, que habitó hace entre 1,6 y 1,7 millones de años, ofrece nuevas pistas sobre el origen evolutivo de uno de los felinos más amenazados del mundo y sobre las adaptaciones que le permitieron sobrevivir a los cambios climáticos del Cuaternario.
Un lince más grande y adaptado al frío
El animal estudiado presentaba diferencias físicas respecto a los linces ibéricos actuales. Según la reconstrucción científica, medía entre 10 y 20 centímetros más y podía superar en unos 10 kilos el peso de los ejemplares que viven actualmente en Doñana. También tenía un pelaje más largo, una característica que podría haberle ayudado a soportar las bajas temperaturas de su entorno. Las condiciones climáticas de aquella época eran especialmente rigurosas. El lince habitaba un territorio donde las temperaturas podían mantenerse cerca del punto de congelación, por lo que sus características corporales ofrecen información sobre las adaptaciones de los primeros representantes de la especie.
El hallazgo permite comprender que el lince ibérico no es una especie de aparición reciente, sino el resultado de una historia evolutiva que se remonta a más de un millón y medio de años.
El fósil encontrado en una cueva de Barcelona
Los restos fueron localizados en la cueva de Avenc Marcel, situada en el macizo del Garraf, en Barcelona. El descubrimiento se produjo en 2003 y fue realizado por el científico Manel Llenas, quien identificó parte de un cráneo fosilizado entre los restos de diferentes animales.
En el interior de la cueva se conservaban huesos de caballos, cabras, ciervos, mamuts lanudos, zorros y lobos. Entre este conjunto de fauna apareció el fragmento craneal atribuido a Lynx pardinus, el nombre científico del lince ibérico.
Los análisis posteriores determinaron que los restos pertenecían a un ejemplar que vivió hace entre 1,6 y 1,7 millones de años. Esta datación convirtió al fósil en el registro más antiguo de lince ibérico identificado hasta ese momento.
Antes de este descubrimiento, los científicos situaban la aparición de la especie en la península ibérica entre hace 1 y 1,1 millones de años. La nueva evidencia retrasó la fecha aproximadamente 500.000 años.
Alberto Boscaini, investigador del Instituto Catalán de Paleontología Miquel Crusafont y autor principal del estudio, explicó que esta antigüedad coincidía con las estimaciones obtenidas previamente mediante investigaciones moleculares sobre el origen del lince ibérico durante el Pleistoceno Inferior.
El origen de los linces se encuentra en Norteamérica
Para comprender la evolución del lince ibérico es necesario remontarse a su antepasado común, Lynx issiodorensis. Esta especie se originó en Norteamérica hace aproximadamente cuatro millones de años y posteriormente se expandió hacia Asia y Europa.
A lo largo de su evolución, los diferentes linajes de linces experimentaron relativamente pocos cambios morfológicos importantes. Una de las transformaciones más destacadas fue la reducción progresiva del tamaño corporal en algunas de las especies.
La expansión geográfica de estos animales dio lugar a diferentes líneas evolutivas que terminaron ocupando regiones de Norteamérica, Asia y Europa. El estudio de los fósiles y de la información molecular permite reconstruir cómo se produjeron estas separaciones.
La aparición de las diferentes especies
La primera especie que se separó del linaje común fue Lynx rufus, hace aproximadamente 2,5 millones de años. Este felino se expandió por diferentes zonas de Norteamérica, donde evolucionó de forma independiente.
Posteriormente, en Asia, surgió Lynx lynx, el lince euroasiático. Esta especie se extendió más adelante por Europa y, hace unos 200.000 años, alcanzó el norte de América, donde dio lugar a Lynx canadensis, el lince canadiense.
La expansión de este último linaje estuvo relacionada con el desplazamiento de Lynx rufus hacia regiones más meridionales del continente americano. Estos procesos reflejan la compleja historia de dispersión y diferenciación que experimentaron los linces a lo largo del tiempo.
El lince ibérico surgió hace aproximadamente 1,5 millones de años
Según la investigación, la población europea de Lynx issiodorensis dio lugar a Lynx pardinus hace aproximadamente un millón y medio de años. El lince ibérico habría mantenido relativamente pocos cambios genéticos desde entonces, lo que lo convierte en una especie de gran interés para estudiar la evolución de los felinos.
Los científicos plantean que su origen pudo estar relacionado con el aislamiento de poblaciones en la península ibérica durante uno o varios episodios glaciales. Estos periodos de enfriamiento habrían limitado el intercambio entre grupos de animales y favorecido su diferenciación evolutiva.
La hipótesis del aislamiento geográfico permite explicar cómo una población de linces pudo seguir una trayectoria propia en el suroeste de Europa, hasta dar lugar a la especie que conocemos en la actualidad.
No obstante, la evolución de una especie es un proceso complejo en el que intervienen diferentes factores, como el aislamiento, las condiciones ambientales, la disponibilidad de alimento y los cambios genéticos acumulados a lo largo de las generaciones.
La península ibérica fue un refugio climático
La nueva datación del fósil, situada en torno a 1,6 millones de años, coincide con un periodo en el que el sur de Europa, especialmente la península ibérica, desempeñó un papel importante como refugio climático frente a las glaciaciones del Cuaternario.
Durante este periodo se alternaron fases glaciales e interglaciales. Los cambios de temperatura y humedad transformaron los ecosistemas y modificaron la distribución de los grandes mamíferos que habitaban el continente.
Alberto Boscaini señala que estas variaciones climáticas alteraron profundamente las relaciones entre las especies de fauna. Los animales tuvieron que adaptarse a entornos cambiantes, desplazarse hacia nuevas zonas o sobrevivir en áreas donde las condiciones resultaban más favorables.
La península ibérica, gracias a su situación geográfica y a la diversidad de sus paisajes, pudo ofrecer refugios donde algunas especies encontraron condiciones adecuadas para mantenerse durante los periodos de mayor inestabilidad climática.
Este contexto resulta esencial para comprender la evolución del lince ibérico y la posible separación de sus poblaciones respecto a otros linajes de linces europeos.
El conejo, una pieza fundamental en la alimentación del lince
La evolución del lince ibérico está estrechamente relacionada con su alimentación. Durante el periodo estudiado, los conejos europeos (Oryctolagus cuniculus) ya formaban parte de los ecosistemas de la península ibérica.
En la actualidad, el conejo constituye la principal presa del lince ibérico y representa más del 75 % de su alimentación en los casos analizados por los investigadores. Esta dependencia de una presa concreta se conoce como especialización alimentaria.
Los análisis morfológicos realizados sobre el cráneo fósil de Avenc Marcel han aportado información sobre el tipo de presas que consumía aquel antiguo lince. Las características de sus estructuras craneales son compatibles con una alimentación basada en animales de pequeño tamaño, como lagomorfos y roedores.
El estudio de la anatomía del cráneo permite relacionar la forma de los huesos y de las estructuras implicadas en la alimentación con las estrategias de captura y procesamiento de las presas.
Un depredador especializado en presas pequeñas
El investigador Alberto Boscaini explica que algunas características craneanas del fósil están relacionadas con la dieta de este carnívoro. Estas evidencias indican que el lince ibérico cazaba animales pequeños, entre ellos lagomorfos y roedores, que se encontraban ampliamente distribuidos durante aquel periodo.
Los lagomorfos, grupo al que pertenecen los conejos, constituían un recurso alimenticio disponible en distintos ambientes de la península ibérica. La presencia de estas presas pudo favorecer la especialización del lince hacia la caza de animales de tamaño reducido.
La investigación propone que la especiación del lince ibérico podría estar vinculada a esta dieta especializada. Es decir, la adaptación a un tipo de alimentación concreto pudo desempeñar un papel en su diferenciación evolutiva respecto a otros linajes de linces.
La relación entre la evolución de la especie y sus hábitos alimentarios sigue siendo un aspecto relevante para comprender su historia natural. El hecho de que el conejo continúe siendo su presa principal en la actualidad sugiere una continuidad ecológica que merece especial atención científica.
Una especie con una historia evolutiva muy antigua
El hallazgo de Avenc Marcel modifica el conocimiento que se tenía sobre la antigüedad del lince ibérico en la península. La presencia de Lynx pardinus hace entre 1,6 y 1,7 millones de años demuestra que esta especie, o una forma ya atribuida a ella, estaba presente en la región mucho antes de lo que indicaban las estimaciones fósiles anteriores.
La investigación combina el análisis de los restos craneales con estudios previos de carácter molecular y con la reconstrucción de los cambios climáticos del Cuaternario. Esta perspectiva permite relacionar la evolución del lince con los procesos de aislamiento geográfico, las transformaciones ambientales y la disponibilidad de alimento.
El lince ibérico actual es el resultado de una larga historia evolutiva desarrollada en la península ibérica. Su especialización en la caza de conejos y su adaptación a los ecosistemas mediterráneos son características que han acompañado a la especie a lo largo de una parte importante de su existencia.
El valor del descubrimiento para la paleontología
Los fósiles de Avenc Marcel constituyen una fuente de información fundamental para reconstruir el origen y la evolución del lince ibérico. La antigüedad del ejemplar permite ampliar el registro paleontológico conocido y establecer nuevas conexiones entre los linajes de felinos que habitaron Europa durante el Pleistoceno.
El trabajo de los investigadores también pone de manifiesto la importancia de estudiar los restos de fauna que aparecen en cuevas y yacimientos paleontológicos. Un fragmento de cráneo, cuando se analiza junto con el contexto geológico y los demás fósiles, puede aportar información sobre la edad de una especie, su anatomía, su alimentación y su evolución.
La investigación fue publicada en la revista científica Quaternary Science Reviews bajo el título «The origin of the critically endangered Iberian lynx: Speciation, diet and adaptive changes», firmado por Alberto Boscaini, Joan Madurell-Malapeira, Manel Llenas y Bienvenido Martínez-Navarro.
El estudio contribuye a comprender mejor los orígenes de uno de los felinos más emblemáticos de la península ibérica y proporciona nuevos datos sobre la historia evolutiva de una especie que todavía sobrevive en la actualidad.
El nivel T10: aves, desmanes y castores
Uno de los niveles que destaca por la variedad de animales es el T10. En la explicación se hace referencia a la abundancia de restos de aves, entre ellas especies relacionadas con ambientes acuáticos. También se mencionan desmanes y castores, animales que ofrecen información de gran interés sobre los ecosistemas asociados a los cursos de agua. Las aves acuáticas y pescadoras pueden contribuir a reconstruir las características de los espacios húmedos que existían en el entorno. Por su parte, el desmán es un pequeño mamífero vinculado a medios acuáticos, mientras que los castores están relacionados con ríos y zonas húmedas donde pueden desarrollar sus actividades.
La aparición de estas especies en un mismo contexto permite investigar la existencia de ambientes con recursos hídricos y una biodiversidad determinada. Sin embargo, la interpretación de estos datos requiere tener en cuenta la posibilidad de que los restos fueran transportados desde diferentes lugares y que no todas las especies ocuparan exactamente el mismo espacio. Los estudios de fauna pequeña, aves y mamíferos acuáticos son especialmente valiosos porque complementan la información proporcionada por los grandes animales. Mientras que los restos de elefantes, rinocerontes o bisontes permiten estudiar la macrofauna de gran tamaño, las especies de menor tamaño pueden aportar indicios sobre las condiciones locales del medioambiente.
El nivel T9 y el hallazgo de restos humanos
El nivel T9 ocupa un lugar destacado en la explicación por la aparición de un fragmento humano cuya antigüedad se estima en aproximadamente 1,2 millones de años. Este hallazgo es uno de los elementos que han contribuido a la relevancia científica de la Sima del Elefante en el estudio de la presencia humana en Europa. Los restos humanos fósiles son especialmente importantes porque permiten investigar las características anatómicas, la antigüedad y el contexto evolutivo de las poblaciones que habitaron el continente. Para comprender su significado, los investigadores deben analizar aspectos como la morfología del fragmento, su posición estratigráfica y las relaciones con otros materiales encontrados en el mismo nivel.
El fragmento humano descubierto en la Sima del Elefante ha sido objeto de estudios científicos destinados a conocer mejor la presencia de homininos en Europa durante el Pleistoceno inferior. La antigüedad aproximada de 1,2 millones de años sitúa el hallazgo en una etapa muy temprana de la historia humana del continente. En el T9 también se han encontrado restos de una amplia variedad de animales, entre los que se mencionan macacos, ciervos, elefantes y bisontes. Esta diversidad faunística permite contextualizar el hallazgo humano dentro de un ecosistema en el que convivían numerosas especies. La presencia de animales de diferentes características ofrece información sobre el entorno natural en el que se desarrollaron las actividades de las poblaciones humanas.

Uno de los hallazgos mencionados es un diente de elefante inmaduro, es decir, perteneciente a un ejemplar joven. Este tipo de resto resulta útil para estudiar la edad del animal, sus características anatómicas y la composición de las comunidades de grandes mamíferos que habitaron el entorno.
La fauna como herramienta para reconstruir el pasado
El estudio de la fauna de la Sima del Elefante permite aproximarse a los paisajes que existieron en la sierra de Atapuerca a lo largo de diferentes periodos. Los animales no aparecen únicamente como restos aislados, sino como evidencias que pueden ayudar a explicar los cambios ambientales y la evolución de los ecosistemas.
La presencia de hipopótamos y tortugas puede aportar indicios sobre los ambientes acuáticos. Los caballos, bisontes y ciervos ayudan a investigar los espacios abiertos y las áreas de alimentación de los grandes herbívoros. Los carnívoros, como las hienas, los zorros y los felinos, permiten ampliar el conocimiento sobre las comunidades depredadoras. Por otro lado, las aves acuáticas, los desmanes y los castores contribuyen a conocer la biodiversidad de los entornos húmedos.
La combinación de todas estas evidencias proporciona una visión más completa de los cambios que experimentó el paisaje. Las condiciones climáticas, la disponibilidad de agua, la vegetación y la presencia de diferentes especies pudieron variar a lo largo del tiempo, dejando su huella en los sedimentos y en los restos conservados.
Los especialistas también deben tener en cuenta que los yacimientos arqueológicos son el resultado de múltiples procesos. Los animales pudieron morir en diferentes lugares y sus restos ser transportados hasta la cavidad por corrientes de agua, movimientos de sedimentos u otros agentes. Por ello, la interpretación de la fauna debe apoyarse en análisis tafonómicos que estudien cómo se acumularon, modificaron y conservaron los restos.
Los niveles T7 y T8 y la continuación de las excavaciones
El recorrido por la Sima del Elefante llega finalmente a los niveles T7 y T8, en los que se desarrollan trabajos de excavación. Durante la explicación se muestra que algunas zonas del yacimiento permanecen cubiertas para protegerlas durante el invierno. Esta medida forma parte de las tareas de conservación necesarias para mantener los sedimentos y las áreas de trabajo en condiciones adecuadas.
Las excavaciones arqueológicas requieren una planificación cuidadosa y un registro detallado de cada intervención. La retirada de sedimentos se realiza progresivamente, documentando la posición de los hallazgos y las características de los estratos. El objetivo es recuperar la información científica sin perder el contexto en el que aparece cada material.
La protección de las áreas excavadas es fundamental porque los sedimentos pueden verse afectados por la humedad, los cambios de temperatura y otros factores ambientales. La conservación del yacimiento permite que los trabajos continúen en campañas posteriores y que los investigadores puedan estudiar las capas más profundas. El descenso hacia los niveles inferiores de la Sima del Elefante ofrece la posibilidad de acceder a depósitos cada vez más antiguos. Cada nueva campaña de excavación puede aportar restos de animales, herramientas o evidencias que contribuyan a completar la historia del lugar.
El nivel T6 y la relevancia de los estratos inferiores
Durante la explicación se hace referencia a los niveles inferiores y al interés que presentan por su antigüedad. En particular, se destaca el nivel conocido como T6, donde se sitúan algunas de las evidencias más antiguas del yacimiento. La investigación de estos estratos resulta esencial para conocer la evolución de los ecosistemas y la presencia humana durante las primeras etapas del Pleistoceno. La importancia de los niveles inferiores de la Sima del Elefante está relacionada con la conservación de restos que permiten estudiar la ocupación humana temprana en Europa. Las investigaciones desarrolladas en el yacimiento han contribuido al debate científico sobre la antigüedad y las características de los primeros grupos humanos que habitaron el continente.
La localización de herramientas de piedra asociadas a determinados niveles es otro elemento de gran interés. En la divulgación se menciona el hallazgo de una herramienta de modo 1 en el año 2022, asociada al contexto de los restos humanos. La industria lítica de modo 1 se caracteriza por tecnologías de talla relativamente sencillas, como las que se encuentran en algunos de los conjuntos arqueológicos más antiguos conocidos. El estudio de estas herramientas permite analizar las capacidades técnicas de las poblaciones humanas, las materias primas que empleaban y las posibles actividades que desarrollaban. Su contexto arqueológico es fundamental para establecer relaciones cronológicas y culturales con otros yacimientos de Europa y de otras regiones.
La Sima del Elefante y la investigación de los primeros habitantes de Europa
La investigación de la Sima del Elefante forma parte de un esfuerzo científico más amplio destinado a comprender la historia de la evolución humana. Los restos humanos, la industria lítica y la fauna asociada permiten estudiar distintos aspectos de la vida en Europa durante periodos muy antiguos.
La antigüedad de algunos de los hallazgos ha convertido este yacimiento en un punto de referencia para analizar la presencia de homininos en el continente. Los materiales recuperados no solo proporcionan información sobre quiénes pudieron habitar estos espacios, sino también sobre las condiciones ambientales que existían en el momento de su presencia.
El análisis de los restos animales permite reconstruir los recursos disponibles y las características de los paisajes. Las herramientas, por su parte, ofrecen datos sobre la tecnología y las actividades humanas. La geología y el paleomagnetismo contribuyen a establecer una cronología que permite situar cada evidencia en un contexto temporal.
Este enfoque interdisciplinar es uno de los elementos que explican la importancia de Atapuerca dentro de la investigación prehistórica. Los yacimientos no se estudian de forma aislada, sino como parte de un conjunto de depósitos que permiten comparar diferentes periodos y establecer relaciones entre los cambios ambientales y la evolución de las poblaciones humanas.
El futuro de las excavaciones y los nuevos descubrimientos
Las investigaciones en la Sima del Elefante continúan con el objetivo de alcanzar niveles más profundos de la cavidad. La esperanza de los equipos científicos es seguir encontrando evidencias que permitan ampliar el conocimiento sobre la fauna, la geología y la presencia humana en las etapas más antiguas de la historia europea.
Cada campaña de excavación implica un trabajo minucioso que combina la extracción de sedimentos, la documentación de los hallazgos y el análisis posterior en el laboratorio. Los restos que se recuperan pueden tardar tiempo en ser estudiados, ya que es necesario determinar su naturaleza, antigüedad y significado dentro del contexto arqueológico.
La posibilidad de acceder a nuevas capas abre la puerta a futuros descubrimientos. En un yacimiento de estas características, incluso un pequeño fragmento óseo o una herramienta de piedra puede proporcionar información relevante si se encuentra en un contexto bien documentado.
El interés científico de la Sima del Elefante reside precisamente en esa capacidad para conservar diferentes testimonios del pasado. La fauna, los sedimentos y los materiales arqueológicos forman un registro que permite investigar cómo era el territorio, qué especies lo habitaban y cómo se desarrolló la presencia humana a lo largo del tiempo.
Un patrimonio esencial para conocer nuestra historia
La Sima del Elefante representa una parte fundamental del patrimonio arqueológico de Atapuerca. Sus niveles estratigráficos y la variedad de restos recuperados ofrecen una oportunidad excepcional para comprender la evolución de los paisajes y la presencia humana en Europa.
El recorrido divulgativo por sus diferentes capas permite acercar al público a la complejidad de la investigación científica. Desde el astrágalo de elefante que dio nombre al yacimiento hasta los restos humanos de gran antigüedad, pasando por la diversidad de mamíferos, aves y animales acuáticos, cada hallazgo aporta información sobre un pasado que solo puede reconstruirse mediante el análisis detallado de las evidencias.
Las excavaciones actuales y futuras seguirán desempeñando un papel importante en la investigación de los estratos más antiguos. La conservación de la cavidad, el trabajo de los equipos científicos y la divulgación del patrimonio permiten que la sociedad conozca mejor el valor de este enclave.
La historia de la Sima del Elefante todavía no está completa. Mientras los investigadores continúan descendiendo hacia las capas más profundas, cada nueva campaña puede contribuir a responder preguntas sobre los primeros habitantes de Europa, los animales que compartieron su entorno y los procesos naturales que dieron forma a uno de los yacimientos más importantes de la prehistoria europea.
Los primeros habitantes de Atapuerca y los animales con los que compartieron la vida
Los yacimientos de Atapuerca no solo conservan las huellas de las distintas especies humanas que habitaron Europa durante más de un millón de años. Bajo sus sedimentos también aparecen los restos de animales que compartieron aquellos paisajes, desde grandes herbívoros y depredadores hasta pequeñas especies que ayudan a reconstruir el clima y los ecosistemas del pasado. La relación entre humanos y fauna fue cambiando con el tiempo: los animales proporcionaban alimento y materias primas, podían representar una amenaza y, en épocas posteriores, pasaron a formar parte de las actividades ganaderas de las comunidades humanas. Estudiar conjuntamente los fósiles humanos y animales permite comprender mejor cómo sobrevivieron nuestros antepasados y cómo se transformó su relación con la naturaleza.
La historia de Atapuerca comienza hace aproximadamente 1,4 millones de años, cuando los primeros habitantes conocidos de este conjunto arqueológico se movían por un territorio muy diferente al actual. En aquella época, los paisajes europeos estaban poblados por animales de gran tamaño, especies herbívoras que recorrían los bosques y espacios abiertos, y carnívoros que competían por los recursos. A lo largo de las siguientes etapas aparecieron otras poblaciones humanas, como Homo antecessor, los grupos relacionados con la Sima de los Huesos, los neandertales y, finalmente, Homo sapiens. Cada una mantuvo relaciones particulares con los animales de su entorno, condicionadas por sus herramientas, sus conocimientos, la disponibilidad de recursos y los cambios climáticos.
Un ecosistema prehistórico repleto de animales
Para entender cómo vivían los primeros humanos de Atapuerca es necesario imaginar un paisaje en el que la presencia de animales condicionaba prácticamente todas las actividades cotidianas. Los bosques, las zonas abiertas, los cursos de agua y las áreas rocosas ofrecían refugio y alimento a una gran variedad de especies. Entre los animales documentados en los registros paleontológicos de la sierra y de otros yacimientos de la península ibérica se encuentran ciervos, caballos, bóvidos salvajes, rinocerontes, elefantes antiguos y distintos carnívoros. La composición exacta de la fauna varió según la época, por lo que no todos estos animales convivieron necesariamente con cada una de las especies humanas.
Los restos de animales encontrados en los yacimientos constituyen una fuente de información esencial. Los huesos permiten identificar las especies, estudiar su tamaño y conocer determinadas enfermedades o lesiones, mientras que las marcas de corte, fracturas y señales de mordeduras ayudan a reconstruir qué ocurrió con los cadáveres después de la muerte. A través de estos indicios, los especialistas pueden investigar si un animal fue cazado, aprovechado como carroña, procesado por otros depredadores o acumulado por causas naturales. La interpretación de cada conjunto debe tener en cuenta su antigüedad, su ubicación y las características del sedimento.
La relación entre los seres humanos y los animales no fue siempre una lucha directa por la supervivencia. En muchos casos, los humanos formaban parte de redes ecológicas en las que competían con otros depredadores, aprovechaban recursos que también interesaban a las hienas y dependían de la presencia de herbívoros para obtener alimento. La fauna, además, respondía a los cambios del clima y de la vegetación, de manera que la desaparición o expansión de determinadas especies podía modificar las oportunidades de supervivencia de las poblaciones humanas.
Los primeros habitantes de la Sima del Elefante y la fauna de hace 1,4 millones de años
Los humanos representados por los restos más antiguos de la Sima del Elefante vivieron en un periodo en el que los ecosistemas europeos experimentaban importantes variaciones climáticas. La fauna de aquella época incluía diferentes especies de herbívoros y carnívoros, aunque la composición concreta de los animales presentes en cada momento debe determinarse mediante los registros fósiles correspondientes. El propio nombre del yacimiento recuerda la relevancia de los restos de grandes mamíferos encontrados en este entorno, aunque no debe interpretarse como una prueba de que los elefantes y los humanos mantuvieran una relación doméstica o estable.
Para estos primeros pobladores, los animales representaban una fuente potencial de recursos. La carne, la grasa, la médula ósea y otros tejidos podían ser aprovechados cuando existía la oportunidad. Sin embargo, no todas las poblaciones humanas primitivas dependían exclusivamente de la caza organizada de grandes animales. El aprovechamiento de cadáveres, la búsqueda de alimentos vegetales y la captura de recursos más pequeños pudieron formar parte de estrategias diversas, que variaban en función de las condiciones ambientales y de las capacidades de cada grupo.
Uno de los aspectos que más información aporta son las marcas de corte encontradas en algunos huesos animales. Cuando se identifican señales producidas por herramientas de piedra, los investigadores pueden evaluar si hubo intervención humana en el procesamiento de los restos. Esto no demuestra automáticamente que el animal fuera cazado: también pudo haber muerto por causas naturales y ser aprovechado posteriormente. Diferenciar entre caza, carroñeo y acceso a restos abandonados por otros depredadores es una de las cuestiones fundamentales de la arqueología prehistórica.
¿Qué relación tenían con los grandes depredadores?
Los primeros humanos compartían el territorio con animales carnívoros que competían por los cadáveres y los recursos alimentarios. Las hienas, los grandes felinos y otros depredadores podían acceder a los mismos animales que interesaban a los grupos humanos. Esta competencia no significa que existiera un enfrentamiento permanente, sino que los distintos participantes del ecosistema aprovechaban las oportunidades disponibles. En algunos casos, los humanos podían abandonar una presa o un cadáver ante la presencia de un depredador; en otros, podían beneficiarse de restos que habían quedado sin consumir.
Las evidencias de actividad carnívora sobre huesos permiten investigar la secuencia de aprovechamiento de los animales. Las marcas de dientes, las fracturas y las señales de procesamiento humano pueden ofrecer pistas sobre quién accedió primero a un cadáver. No obstante, las conclusiones dependen de la calidad del registro y del análisis detallado de cada pieza. La relación entre humanos y depredadores era, por tanto, una interacción ecológica compleja que no puede resumirse únicamente en una lucha entre especies.
Homo antecessor y los animales de la Gran Dolina
Homo antecessor habitó Atapuerca hace aproximadamente 800.000 años, en un periodo en el que la fauna de Europa estaba formada por numerosos grandes mamíferos. Los restos de animales encontrados en la Gran Dolina y en otros depósitos de la sierra proporcionan información sobre el entorno en el que vivían estas poblaciones. Los caballos, ciervos, bóvidos y otros herbívoros constituían parte de los recursos animales disponibles, mientras que los carnívoros participaban en la dinámica ecológica de los mismos espacios.
La presencia de huesos animales en los yacimientos permite estudiar las prácticas de aprovechamiento de Homo antecessor. Algunas piezas presentan marcas que pueden relacionarse con el procesamiento mediante herramientas de piedra, y los investigadores han analizado estos indicios junto a los restos humanos. El estudio de la fauna ayuda a comprender qué animales se consumían, cómo se procesaban sus cuerpos y qué condiciones pudieron favorecer la acumulación de restos en determinadas zonas.
Los herbívoros de tamaño mediano y grande podían proporcionar cantidades importantes de alimento a un grupo humano. Un caballo, un ciervo o un bóvido ofrecía carne y otros recursos, aunque su captura y procesamiento exigían esfuerzo, conocimientos y herramientas adecuadas. La disponibilidad de estos animales dependía de sus desplazamientos, de las estaciones y de las condiciones de los ecosistemas. Los humanos debían aprovechar las oportunidades que les ofrecía el entorno, en lugar de disponer de un suministro estable y predecible como sucede en las sociedades ganaderas actuales.
El canibalismo y el contexto ecológico
Homo antecessor es conocido por los indicios de canibalismo identificados en numerosos restos humanos. Las marcas de corte y otras alteraciones óseas han llevado a los investigadores a interpretar que algunos individuos fueron procesados y consumidos. Este comportamiento debe estudiarse en su contexto arqueológico, sin asumir que todos los episodios de consumo humano respondían a una única causa o que se produjeron en las mismas circunstancias.
La relación con los animales también puede ayudar a comprender el entorno alimentario de estas poblaciones. Las especies animales aprovechadas por los humanos formaban parte de un sistema en el que coexistían depredadores y carroñeros. Los huesos de animales, los restos humanos y las herramientas encontradas en los mismos depósitos deben analizarse de forma conjunta para establecer qué actividades tuvieron lugar y en qué orden. La existencia de canibalismo no elimina la importancia del consumo de animales, pero tampoco permite deducir que la dieta humana fuera idéntica a la de otros depredadores.
Miguelón y las poblaciones de la Sima de los Huesos: humanos entre grandes mamíferos
Las poblaciones humanas representadas en la Sima de los Huesos vivieron hace cientos de miles de años, en un contexto ecológico diferente al de los primeros habitantes de la Sima del Elefante. La fauna de la región incluía grandes mamíferos herbívoros y carnívoros, además de especies adaptadas a los ambientes cavernarios. Entre los animales más importantes para el estudio de este periodo se encuentran los osos de las cavernas, cuyos restos han sido documentados en distintos yacimientos europeos, así como ciervos, caballos y otros mamíferos.
Los osos de las cavernas tienen especial interés porque utilizaban las cavidades naturales como refugio y espacio de hibernación. En algunos sistemas de cuevas, las poblaciones de osos y los grupos humanos podían utilizar zonas del mismo entorno en diferentes momentos. Esto no significa que necesariamente compartieran las mismas cámaras al mismo tiempo ni que existiera una relación directa entre cada resto de oso y cada resto humano. La investigación arqueológica debe determinar si los materiales proceden de una ocupación humana, de la actividad de los animales o de procesos naturales posteriores.
La presencia de grandes herbívoros también era relevante para la alimentación y el desplazamiento de las poblaciones humanas. Los ciervos y otros ungulados podían servir como fuente de carne, mientras que sus huesos y pieles ofrecían materias primas potenciales. Las evidencias de aprovechamiento de estos animales, cuando se conservan, permiten conocer las actividades desarrolladas por los humanos y su interacción con el ecosistema. No obstante, los restos de fauna de un yacimiento no deben interpretarse automáticamente como una lista de animales cazados por los humanos: algunos llegaron por procesos naturales o por la actividad de otros carnívoros.
El oso de las cavernas y la ocupación de los refugios
La relación entre humanos y osos de las cavernas resulta especialmente interesante desde el punto de vista del uso del espacio. Las cuevas podían funcionar como refugios, lugares de descanso o espacios de actividad para diferentes especies. Los osos las utilizaban para protegerse y pasar determinados periodos, mientras que los humanos podían acceder a ellas por motivos relacionados con la protección, la exploración o el aprovechamiento del entorno.
La coexistencia en una misma región no implica necesariamente una convivencia pacífica ni un contacto continuo. En determinadas circunstancias, los humanos y los osos podían competir por el acceso a determinados espacios, pero las pruebas concretas de enfrentamientos directos deben identificarse mediante evidencias específicas. Los restos arqueológicos permiten analizar la presencia de cada especie y la posible superposición de usos, aunque no siempre es posible reconstruir el comportamiento exacto de los individuos.
La Sima de los Huesos también ha proporcionado información sobre las características físicas y las enfermedades de los humanos arcaicos. Estos datos, combinados con el estudio de los animales de su entorno, permiten aproximarse a la vida de unas poblaciones que dependían de la movilidad, de la disponibilidad de recursos y de la adaptación a los cambios ambientales.
Neandertales: depredadores, herbívoros y supervivencia en un clima cambiante
Los neandertales ocuparon distintas regiones de Europa durante un periodo caracterizado por importantes oscilaciones climáticas. Su relación con los animales estuvo estrechamente vinculada a la disponibilidad de recursos y a las condiciones ambientales de cada territorio. Los registros arqueológicos de los contextos neandertales europeos muestran el aprovechamiento de diferentes especies de herbívoros, como ciervos, caballos y bóvidos, aunque la composición de la fauna de Atapuerca debe estudiarse específicamente para cada nivel arqueológico.
La caza de animales representó una actividad importante para muchas poblaciones neandertales, según las evidencias documentadas en distintos yacimientos. Las herramientas de piedra, las marcas de corte y los restos de fauna permiten reconstruir algunas de las estrategias utilizadas para obtener alimento. La captura de grandes herbívoros podía ofrecer una cantidad considerable de recursos, pero también suponía riesgos físicos y exigía coordinación, conocimientos del terreno y capacidad para procesar el cadáver.
La relación con los animales no se limitaba al consumo de carne. Los huesos podían emplearse como materia prima, las pieles podían ser aprovechadas para protegerse del frío y otros elementos del cuerpo animal podían tener usos prácticos. Las posibilidades concretas dependían de las necesidades del grupo, de las herramientas disponibles y de las condiciones de conservación del registro arqueológico. No todos los usos potenciales están documentados en cada yacimiento, por lo que es importante distinguir entre lo que se ha demostrado y lo que se plantea como hipótesis general sobre la vida neandertal.
Los carnívoros y la competencia por los recursos
Las hienas y otros grandes carnívoros compartían territorio con los neandertales y podían aprovechar los mismos cadáveres. En las cuevas, los restos de animales pueden acumularse por distintas razones, incluida la actividad de depredadores, la ocupación humana y los procesos naturales. Por eso, los arqueólogos estudian las marcas que aparecen sobre los huesos para establecer si fueron manipulados por humanos, mordidos por carnívoros o alterados después de su enterramiento.
La competencia entre humanos y otros depredadores podía afectar a la disponibilidad de alimento y a la elección de los refugios. Sin embargo, no debe suponerse que la presencia de hienas en un yacimiento implique necesariamente un conflicto directo con los neandertales. En ocasiones, diferentes especies podían acceder al mismo espacio en momentos separados, y los restos acumulados podían proceder de ocupaciones distintas. La cronología y el contexto son esenciales para comprender la relación entre los animales y los humanos.
Los neandertales también estuvieron relacionados con animales de gran tamaño que se adaptaban a los ambientes fríos, aunque las especies concretas variaron según la región y el periodo. La diversidad de fauna refleja los cambios ecológicos que se produjeron durante el Pleistoceno y ayuda a comprender los desafíos a los que se enfrentaron las poblaciones humanas.
Homo sapiens y el cambio de una relación basada en el aprovechamiento hacia la ganadería
La llegada y expansión de Homo sapiens introdujo nuevas formas de relación con los animales, especialmente a partir del desarrollo de la agricultura y la ganadería. En las etapas más antiguas de nuestra especie, los grupos humanos continuaron aprovechando animales salvajes y recursos vegetales, pero con el paso del tiempo algunas comunidades comenzaron a criar y controlar determinadas especies. Este proceso no ocurrió de forma simultánea en todas las regiones ni supuso una sustitución inmediata de la caza y la recolección.
En los yacimientos de Portalón de Cueva Mayor y El Mirador se han documentado evidencias relacionadas con comunidades prehistóricas que desarrollaron actividades ganaderas. La presencia de restos de animales domésticos y de espacios utilizados para el manejo del ganado permite investigar cómo cambió la relación entre las personas y los animales. Los animales dejaron de ser únicamente recursos que se encontraban en el paisaje y comenzaron a formar parte de la economía, la alimentación y las actividades cotidianas de las comunidades.
El control de ovejas, cabras, bovinos y otras especies domésticas proporcionaba nuevas posibilidades para obtener alimento y materias primas. La ganadería permitía disponer de animales a lo largo del tiempo, aunque exigía cuidar los rebaños, buscar pastos y protegerlos frente a enfermedades y depredadores. La relación entre humanos y animales se volvió más estrecha, pero también implicó una mayor dependencia mutua y una transformación del paisaje.

El ganado como parte de la vida cotidiana
La presencia de animales domésticos en las comunidades neolíticas modificó las formas de organización social y económica. Los grupos humanos tenían que gestionar los desplazamientos de los rebaños, aprovechar los recursos disponibles y establecer espacios adecuados para el refugio de los animales. En algunas cuevas, los restos arqueológicos muestran que se desarrollaron actividades ganaderas, aunque cada espacio pudo cumplir funciones diferentes a lo largo del tiempo.
El estudio de los huesos de animales domésticos ayuda a conocer las prácticas de alimentación, sacrificio y aprovechamiento. También permite investigar la edad de los ejemplares y las condiciones en las que fueron criados. La información se complementa con el análisis de los restos vegetales, los útiles y los sedimentos, que contribuyen a reconstruir el modo de vida de las comunidades prehistóricas.
La relación con los animales también aparece en determinados contextos funerarios. El enterramiento de un niño junto a un ternero en el Portalón, citado en la información de referencia, constituye un hallazgo de interés para estudiar las prácticas y los significados asociados a los animales. La interpretación de este tipo de enterramientos debe basarse en el contexto arqueológico, ya que la presencia conjunta de restos humanos y animales no explica por sí sola la intención de quienes realizaron el depósito.
Los animales como alimento, amenaza y fuente de conocimiento
La historia de Atapuerca muestra que los animales desempeñaron distintos papeles en la vida de las poblaciones humanas. Para los primeros habitantes, podían representar una fuente de alimento ocasional o planificada, mientras que para los grupos posteriores la caza de herbívoros y el aprovechamiento de sus cuerpos constituyeron estrategias importantes de subsistencia. Los carnívoros, por su parte, competían por los cadáveres y ocupaban un lugar fundamental en el equilibrio de los ecosistemas.
El tamaño de los animales, sus hábitos y su distribución condicionaban las actividades humanas. Un gran herbívoro podía proporcionar muchos recursos, pero su captura requería esfuerzo y comportaba riesgos. Un depredador podía representar una amenaza o una competencia por un refugio. Las especies más pequeñas, por otro lado, podían ofrecer recursos complementarios y ayudar a los investigadores actuales a reconstruir las condiciones ambientales de cada periodo.
La arqueología permite estudiar estas relaciones mediante el análisis de los fósiles, las herramientas y los sedimentos. Las marcas de corte, las fracturas óseas, las mordeduras y las alteraciones producidas por procesos naturales ofrecen información sobre el recorrido de los restos desde la muerte del animal hasta su enterramiento. A partir de estas evidencias, los especialistas pueden reconstruir parte de las actividades humanas y de la dinámica de los ecosistemas, aunque algunas preguntas continúan sin respuesta.
Una convivencia que transformó el paisaje durante millones de años
La relación entre humanos y animales en Atapuerca no fue estática. A lo largo de más de un millón de años, diferentes especies humanas se adaptaron a paisajes cambiantes y compartieron el territorio con comunidades animales que también evolucionaban. Los primeros habitantes de la Sima del Elefante, Homo antecessor, los grupos de la Sima de los Huesos, los neandertales y Homo sapiens forman parte de una historia en la que la alimentación, el refugio, la competencia y el aprovechamiento de los recursos fueron adquiriendo formas diferentes.
Los animales permiten comprender aspectos de la evolución humana que no podrían conocerse únicamente a través de los fósiles humanos. El estudio de la fauna aporta datos sobre el clima, la vegetación, la disponibilidad de alimento y las condiciones ecológicas de cada periodo. Al mismo tiempo, los restos humanos y las herramientas permiten investigar cómo respondieron las poblaciones a esos cambios y qué estrategias desarrollaron para sobrevivir.
Con la expansión de la agricultura y la ganadería, la relación entre los humanos y los animales experimentó una transformación profunda. Algunas especies comenzaron a vivir bajo el control de las comunidades humanas, mientras que otras continuaron formando parte de los ecosistemas salvajes. Esta transición modificó la alimentación, la organización de los asentamientos y el uso del territorio, y constituye uno de los procesos más importantes de la historia de nuestra especie.
Atapuerca representa, por tanto, un espacio excepcional para estudiar no solo la evolución de los seres humanos, sino también la historia de los animales que compartieron sus paisajes. Cada hueso, cada herramienta y cada sedimento contribuye a reconstruir una relación que pasó de la interacción con la fauna salvaje a formas de convivencia y domesticación. La investigación de estos yacimientos continúa aportando información para comprender cómo se desenvolvieron nuestros antepasados en los ecosistemas del pasado y cómo esas experiencias influyeron en la evolución de la humanidad.
Los lobos de Atapuerca de hace más de un millón de años eran más pequeños y tenían una dieta variada
Una investigación basada en el análisis de 108 fósiles ha permitido conocer mejor cómo eran los lobos primitivos que habitaron la sierra de Atapuerca hace más de un millón de años. Estos animales, antepasados de los lobos actuales, tenían un tamaño considerablemente menor y presentaban características dentales que apuntan a una alimentación menos especializada en el consumo de carne. Sus restos ofrecen información valiosa sobre la evolución de los cánidos y su convivencia con las distintas especies humanas que ocuparon este territorio durante la prehistoria.

El estudio ha sido dirigido por la paleontóloga Nuria García, de la Universidad Complutense de Madrid, junto con Raquel Blázquez-Orta, y se ha desarrollado a partir de fósiles recuperados durante 25 años de excavaciones en varios yacimientos de Atapuerca. Las piezas analizadas abarcan un periodo comprendido entre hace aproximadamente 1,2 millones de años y 400.000 años, lo que permite observar los cambios experimentados por estos depredadores a lo largo de una extensa etapa de la evolución.
Un registro fósil que recorre cientos de miles de años
Los investigadores examinaron 108 restos de mandíbulas y dientes, correspondientes a una docena de ejemplares identificados. La mayoría de los fósiles, concretamente 106, pertenecen a la especie Canis mosbachensis, un cánido considerado antepasado de los lobos modernos (Canis lupus). Los dos restos restantes proceden del yacimiento de Galería y corresponden a una fase más reciente de la evolución, cuando ya estaba presente el lobo de la especie Canis lupus.
Los materiales más antiguos estudiados proceden del nivel TE9 de la Sima del Elefante, con una antigüedad aproximada de 1,2 millones de años. Se trata de uno de los registros más antiguos conocidos de este linaje en Europa. Otros fósiles se recuperaron en diferentes niveles de la Gran Dolina, mientras que los restos de Galería documentan una etapa posterior, de hace unos 200.000 años.
La amplitud temporal de este conjunto es especialmente importante, ya que permite analizar la evolución de los lobos en un mismo entorno geográfico a lo largo de cientos de miles de años. En lugar de estudiar únicamente ejemplares aislados, el equipo pudo comparar sus características anatómicas y observar cómo se produjeron los cambios que terminarían dando lugar a los lobos más parecidos a los actuales.
Un lobo de menor tamaño y con una dieta menos carnívora
Uno de los principales descubrimientos de la investigación está relacionado con las dimensiones corporales y la alimentación de Canis mosbachensis. Según los resultados del análisis, estos animales podían ser hasta un 30 % más pequeños que los lobos modernos. Los ejemplares más antiguos presentaban un tamaño comparable al de un chacal, lo que muestra que los primeros representantes de este linaje no tenían todavía las proporciones de los grandes lobos que conocemos en la actualidad.
El estudio de sus piezas dentales también ha proporcionado información sobre sus hábitos alimentarios. Los científicos prestaron especial atención a las muelas carniceras, unos dientes afilados que actúan como herramientas para cortar la carne. La morfología de estas estructuras indica que los lobos primitivos tenían una dieta más generalista y posiblemente menos centrada en el consumo exclusivo de tejidos animales.
Esta característica los acercaría, desde el punto de vista de sus hábitos alimenticios, a otros cánidos con una alimentación más flexible, como los zorros. Estos animales pueden consumir carne, pero también incorporan a su dieta frutos, insectos y otros recursos disponibles en el entorno. Esto no significa que los lobos de Atapuerca fueran herbívoros ni que dejaran de cazar, sino que sus adaptaciones dentales apuntan a una mayor variedad de alimentos.
La investigación contribuye así a matizar la imagen tradicional de los lobos como depredadores estrictamente especializados en la caza de grandes animales. Las condiciones ambientales, el tamaño corporal y los recursos disponibles podían influir en las estrategias de alimentación de estos cánidos a lo largo de su evolución.
Una evolución lenta antes de la aparición del lobo actual
Los resultados obtenidos en Atapuerca indican que Canis mosbachensis conservó características primitivas durante un periodo prolongado. Las comparaciones entre los fósiles de la Sima del Elefante y los distintos niveles de la Gran Dolina muestran que algunos de sus rasgos se mantuvieron desde hace aproximadamente 900.000 años hasta hace 400.000 años.
Durante esta etapa no se produjo una transformación rápida hacia el aspecto del lobo moderno. Por el contrario, los investigadores identificaron una permanencia de características anatómicas primitivas durante cientos de miles de años. No obstante, en los ejemplares más recientes empiezan a observarse cambios que apuntan a una transición gradual.
Entre esas modificaciones se encuentran una mayor eficiencia en el corte de la carne y un ligero incremento del tamaño corporal. Estos rasgos podrían reflejar modificaciones relacionadas con la alimentación y la adaptación a las condiciones ecológicas que se fueron sucediendo durante el Pleistoceno.
Los fósiles encontrados en Galería, con una antigüedad aproximada de 200.000 años, ya pertenecen a Canis lupus, la especie a la que también pertenece el lobo ibérico. Aunque estos animales ya presentaban una anatomía más cercana a la de los lobos actuales, todavía podían ser algo más pequeños que muchos de sus descendientes modernos.
El lobo ibérico y su relación evolutiva
El lobo ibérico, conocido científicamente como Canis lupus signatus, es una subespecie del lobo gris que se encuentra en la península ibérica. Su presencia actual representa el resultado de una larga historia evolutiva en la que se produjeron cambios anatómicos y ecológicos dentro del linaje de los cánidos.
Los fósiles de Atapuerca permiten situar parte de esa historia en un contexto concreto, mostrando cómo los antepasados de los lobos actuales fueron modificando progresivamente sus características. El estudio de los dientes y las mandíbulas es especialmente útil porque estas estructuras conservan señales relacionadas con la alimentación, el procesamiento de los alimentos y la anatomía del aparato masticador.
La especie Canis mosbachensis ya había sido identificada a partir de fósiles encontrados en Alemania hace aproximadamente un siglo. Posteriormente, se han localizado restos en distintos yacimientos europeos, incluidos algunos de la península ibérica, como los de Orce, en Granada. Sin embargo, la importancia del registro de Atapuerca reside en la posibilidad de seguir la evolución de estos animales a lo largo de un periodo muy extenso en un mismo sistema de yacimientos.
Los cambios climáticos y la transformación del paisaje
La evolución de estos lobos tuvo lugar en un periodo marcado por importantes variaciones climáticas. Los investigadores relacionan la transición progresiva entre los cánidos primitivos y los lobos más modernos con los cambios ambientales que se produjeron durante el Pleistoceno Medio.
Entre hace unos 430.000 y 350.000 años se desarrolló un periodo interglaciar prolongado, asociado a un aumento significativo de las temperaturas, especialmente durante el verano. Estos cambios favorecieron la transformación de determinados paisajes, en los que las zonas de estepa fueron sustituidas parcialmente por ambientes más boscosos.
La modificación de la vegetación tuvo consecuencias sobre los ecosistemas y las comunidades animales. Cuando los bosques se extendieron por diferentes regiones, también cambiaron la distribución de las especies, la disponibilidad de alimento y las relaciones entre depredadores y presas. La fauna que habitaba estos espacios experimentó una renovación progresiva, en un contexto en el que el clima condicionaba las oportunidades de supervivencia y adaptación.
Las autoras del estudio plantean que las modificaciones climáticas pudieron contribuir a impulsar cambios morfológicos dentro del género Canis. Sin embargo, la evolución de los lobos no debe atribuirse a un único factor, ya que el tamaño corporal, la alimentación, la competencia y las características del entorno también pudieron desempeñar un papel importante.
Un ecosistema compartido con ciervos, bisontes y caballos
Durante el periodo en el que los lobos y los grupos humanos ocuparon los niveles estudiados de la Gran Dolina, el paisaje de Atapuerca había experimentado importantes transformaciones. Los bosques y otros espacios naturales de la sierra estaban habitados por una fauna diversa, entre la que se encontraban ciervos, bisontes y caballos.
Estos herbívoros constituían una fuente potencial de alimento para distintos depredadores y grupos humanos. La presencia de animales de diferentes tamaños y características ofrecía oportunidades de aprovechamiento de recursos, aunque la disponibilidad real de carne dependía de factores como las estaciones, las migraciones, la abundancia de presas y la competencia entre especies.
Los lobos no eran los únicos animales que dependían de los herbívoros del entorno. Los grupos humanos también obtenían recursos de la caza y del aprovechamiento de animales, como demuestra la presencia de herramientas de piedra y restos óseos con marcas de corte en determinados niveles arqueológicos.
La coexistencia de humanos y lobos en un mismo territorio plantea preguntas sobre sus posibles interacciones. Ambas especies podían desplazarse por los mismos espacios, aprovechar recursos similares y utilizar ocasionalmente las cuevas, aunque no existe evidencia suficiente para establecer con precisión cómo eran sus relaciones cotidianas.
¿Llegaron a encontrarse los lobos con los humanos de Atapuerca?
Uno de los aspectos más interesantes de este descubrimiento es la posibilidad de que los lobos primitivos y los primeros habitantes humanos de la sierra de Atapuerca compartieran el mismo ecosistema. En el nivel TE9 de la Sima del Elefante, donde se encontraron fósiles de Canis mosbachensis de hace aproximadamente 1,2 millones de años, también apareció una parte del rostro humano conocida como «Pink».
Este fósil humano presenta afinidades con Homo erectus y constituye uno de los hallazgos relevantes para el conocimiento de las primeras poblaciones humanas de Europa. La presencia de restos humanos y de lobos en un mismo nivel geológico demuestra que ambas especies formaban parte del ecosistema de la región en esa época, aunque no permite confirmar que se encontraran físicamente.
Los restos fósiles depositados en un mismo nivel pueden proceder de distintos momentos o de procesos de acumulación diferentes. Por ello, compartir un contexto arqueológico no demuestra necesariamente que los animales y los humanos coincidieran en el mismo instante ni que mantuvieran contacto directo.
La investigadora Nuria García señala que los lobos y los humanos desarrollaban buena parte de su actividad fuera de las cuevas. Estos espacios podían utilizarse ocasionalmente para transportar presas, refugiarse o criar a las crías, de modo que la presencia de restos de ambas especies en un mismo lugar no basta para reconstruir sus encuentros.
Lobos y humanos: competencia y convivencia en la prehistoria
Los lobos y los grupos humanos eran cazadores que formaban parte de un ecosistema con recursos limitados. En Atapuerca, ambos podían aprovechar la fauna herbívora de la región, aunque sus estrategias de obtención de alimento y sus necesidades energéticas eran diferentes.
Los humanos contaban con herramientas de piedra que les permitían procesar los animales cazados, mientras que los lobos utilizaban sus mandíbulas y dentaduras para capturar y consumir sus presas. La existencia de estas dos especies en el mismo entorno plantea la posibilidad de que compitieran por determinados recursos, pero no se dispone de pruebas suficientes para determinar la intensidad de esa competencia en cada etapa.
Tampoco está claro si los lobos primitivos cazaban en manadas con una organización similar a la de los lobos actuales. El tamaño más reducido de Canis mosbachensis y sus características alimentarias hacen que los investigadores consideren diferentes posibilidades sobre su comportamiento.
Nuria García apunta que otros cánidos de dimensiones semejantes, como los coyotes, pueden organizarse en parejas y presentar hábitos alimentarios distintos de los grandes lobos. Esta comparación no permite afirmar que los lobos de Atapuerca tuvieran exactamente el mismo comportamiento, pero abre una línea de investigación sobre la evolución de sus estrategias sociales y de caza.
Para conocer si los ejemplares primitivos vivían en grupos numerosos, cazaban en parejas o mantenían comportamientos más solitarios, sería necesario contar con nuevas evidencias paleontológicas y estudios que relacionen sus características anatómicas con la conducta.
Las muelas carniceras como herramienta para conocer el pasado
El análisis dental ocupa un lugar central en esta investigación. Los dientes de los animales fósiles permiten estudiar aspectos de su biología que no siempre pueden observarse en otros restos, como la forma de procesar los alimentos y las adaptaciones relacionadas con la dieta.
En el caso de los lobos primitivos, las muelas carniceras ofrecen información sobre la capacidad de cortar carne. La forma, el tamaño y el desgaste de estas piezas pueden ayudar a reconstruir las diferencias entre especies y a identificar modificaciones que se produjeron a lo largo del tiempo.
La comparación de las dentaduras de Canis mosbachensis con las de Canis lupus ha permitido identificar cambios en la morfología de los dientes. Las características de los ejemplares más recientes sugieren una mayor eficiencia en el corte de la carne, lo que podría estar relacionado con una evolución de sus hábitos alimentarios y de sus capacidades anatómicas.
No obstante, la dentadura no permite conocer por sí sola toda la dieta de un animal. Para obtener una reconstrucción más completa, los científicos deben combinar el análisis dental con otras evidencias, como los restos de presas, las características del ecosistema y la información proporcionada por otros fósiles.
Atapuerca, una ventana a la evolución de los grandes depredadores
Los yacimientos de Atapuerca constituyen un espacio de gran relevancia para el estudio de la evolución humana y de las especies animales que compartieron territorio con nuestros antepasados. Los fósiles de lobos descubiertos en la Sima del Elefante, la Gran Dolina y Galería amplían el conocimiento sobre la historia de los cánidos en Europa.
La investigación demuestra que la evolución de los lobos fue un proceso prolongado, en el que se produjeron cambios graduales en el tamaño corporal y en la anatomía de la dentadura. Los ejemplares más antiguos eran más pequeños y presentaban adaptaciones compatibles con una alimentación generalista, mientras que los fósiles posteriores muestran una aproximación progresiva a los rasgos del lobo moderno.
El estudio también pone de manifiesto la importancia de analizar los animales dentro de su contexto ecológico. El clima, los bosques, la presencia de herbívoros y la coexistencia con los grupos humanos fueron elementos que formaron parte del entorno en el que estos cánidos evolucionaron.
Cada nuevo hallazgo permite completar una parte de la historia de los ecosistemas prehistóricos. Los lobos de Atapuerca no solo ayudan a comprender el origen de una especie que continúa presente en la península ibérica, sino que también aportan información sobre las relaciones entre depredadores, presas y humanos durante una de las etapas más importantes de la evolución del continente europeo.
La alimentación de los habitantes prehistóricos de Atapuerca incluía perro, gato salvaje, zorro y tejón
Los restos hallados en la cueva de El Mirador demuestran que el consumo de pequeños carnívoros se practicaba hace entre 7.200 y 3.100 años. Los habitantes que ocuparon la cueva de El Mirador, en la sierra de Atapuerca, incorporaron a su alimentación animales que no suelen asociarse con la dieta de las comunidades prehistóricas. Un estudio publicado en la revista Quaternary International ha identificado 24 restos fósiles de perro doméstico, gato salvaje, zorro y tejón con marcas de corte, evidencias de procesamiento culinario y señales de mordeduras humanas. Los hallazgos corresponden a niveles arqueológicos del Neolítico y la Edad del Bronce, con una antigüedad aproximada de entre 7.200 y 3.100 años, y constituyen una evidencia relevante del consumo de pequeños carnívoros en la península ibérica.
La investigación fue liderada por Patricia Martín, colaboradora del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES), y documenta una práctica que, según los investigadores, era poco habitual en la Europa continental de aquel periodo. El análisis de los restos permite distinguir entre el consumo de perros, que se produjo de manera esporádica pero repetida a lo largo del tiempo, y el aprovechamiento de otros carnívoros silvestres, cuya presencia en el registro arqueológico es más limitada. Las evidencias aportan información sobre las estrategias alimentarias de estas comunidades y sobre la manera en que utilizaban los animales disponibles en su entorno.
Evidencias de procesamiento y consumo humano
Los 24 restos fósiles recuperados en El Mirador presentan diferentes señales que permiten relacionarlos con el aprovechamiento alimentario. Las marcas de corte indican que los animales fueron manipulados con herramientas, mientras que las evidencias de procesamiento culinario y las mordeduras humanas aportan información adicional sobre su preparación y consumo. El estudio destaca que las marcas de dientes humanos constituyen una prueba especialmente importante, porque permiten confirmar de forma directa la intervención de las personas en el aprovechamiento de estos animales.
Los investigadores consideran que este hallazgo representa la evidencia más antigua documentada del consumo de pequeños carnívoros tanto en la península ibérica como en el conjunto de Europa, según la información publicada sobre el estudio en 2015. La investigación también señala que se trata de la primera ocasión en la que las marcas de dientes humanos se emplean para confirmar el consumo de estos animales en este contexto arqueológico. Estas evidencias permiten diferenciar los restos que fueron utilizados como alimento de aquellos que pudieron llegar al yacimiento por otras razones, como la actividad de depredadores o el aprovechamiento de sus pieles.
El perro doméstico tuvo un tratamiento diferente dentro de esta dieta curiosa
Entre las especies identificadas, el perro doméstico es la que presenta una evidencia de consumo más prolongada. Los restos indican que estos animales fueron aprovechados en distintos episodios durante el Neolítico y la Edad del Bronce, aunque la práctica no era habitual. Los investigadores han observado señales de desarticulación, descarnado, fracturación de los huesos y cocción mediante hervido, un proceso que demuestra que los animales fueron preparados para su consumo.
Patricia Martín explica que el tratamiento de los perros se ha identificado en diferentes niveles arqueológicos de El Mirador, con una continuidad temporal a pesar de su carácter puntual. La secuencia de procesamiento permite reconstruir parte de la preparación culinaria: primero se separaban las articulaciones y se retiraba la carne, después se fracturaban los huesos y finalmente se hervían los restos. Este procedimiento muestra que los perros no fueron simplemente abandonados en la cueva, sino que fueron manipulados de manera intencionada para aprovechar sus recursos.
Los investigadores plantean varias hipótesis para explicar por qué estas comunidades consumían perros. Una posibilidad es que su carne se utilizara como recurso alimentario adicional durante periodos de escasez, cuando la disponibilidad de otros alimentos podía verse reducida. Otra interpretación contempla que la carne de perro tuviera una consideración especial dentro de determinadas prácticas alimentarias. También se plantea que, en algunos casos, el objetivo del aprovechamiento pudiera incluir la obtención de la piel, aunque las evidencias deben interpretarse de acuerdo con las características concretas de cada resto.
El consumo de gatos salvajes, zorros y tejones fue más limitado
A diferencia de lo observado en los perros, el consumo de pequeños carnívoros silvestres aparece de forma más restringida en el registro arqueológico de El Mirador. Los gatos salvajes y los tejones fueron hervidos y consumidos, según las evidencias identificadas en los restos. Sin embargo, su presencia en los niveles arqueológicos es más limitada y se concentra principalmente en las etapas neolíticas.
La captura de estos animales podía resultar más difícil que la obtención de especies domésticas o de ganado, por lo que los investigadores consideran distintas posibilidades sobre su llegada al yacimiento. Una de ellas es que algunos ejemplares fueran capturados accidentalmente y posteriormente aprovechados como alimento. También se contempla que pudieran haber sido utilizados como recurso adicional durante épocas de escasez, aunque no existe una única explicación que permita interpretar todos los casos.
La presencia de zorro, gato salvaje y tejón en el conjunto de restos demuestra que la alimentación de estas comunidades no se limitaba a los animales que criaban o cazaban de forma habitual. El aprovechamiento de especies silvestres menos frecuentes amplía el conocimiento sobre las prácticas alimentarias prehistóricas y sobre la variedad de recursos que podían incorporarse a la dieta en circunstancias concretas.

El Mirador: una cueva utilizada para albergar ganado
La cueva de El Mirador desempeñó una función importante como espacio de refugio y alojamiento para rebaños durante la prehistoria. Los estudios arqueológicos indican que fue utilizada como cueva redil, destinada principalmente a albergar ganado ovicaprino y bovino. Estos animales constituían una parte fundamental de la economía de las comunidades que ocuparon el lugar y también de su alimentación.
Los restos de ganado muestran que la dieta se apoyaba principalmente en animales domésticos, mientras que el consumo de pequeños carnívoros representaba una práctica menos frecuente. La presencia de perros, gatos salvajes, zorros y tejones en el registro arqueológico indica que los habitantes de El Mirador también recurrieron a otras especies, aunque su importancia alimentaria no fuera comparable a la de los rebaños.
El uso de la cueva como redil permite comprender mejor el contexto en el que aparecieron los restos estudiados. El lugar no fue exclusivamente un espacio de habitación o de preparación de alimentos, sino que también estuvo relacionado con la gestión de los animales domésticos. Las evidencias de procesamiento de carnívoros se integran, por tanto, en un yacimiento donde la ganadería tenía un papel destacado en la vida cotidiana de las comunidades prehistóricas.
Una práctica poco habitual en la Europa continental
El consumo de pequeños carnívoros documentado en El Mirador no era una práctica extendida en la Europa continental durante el periodo estudiado. Los investigadores destacan que existen otros ejemplos de consumo de determinadas especies en algunas regiones del Mediterráneo, como Chipre, donde se han identificado evidencias correspondientes al Neolítico. Sin embargo, la aparición de estos restos en Atapuerca aporta información sobre una práctica poco frecuente en el contexto europeo continental.
El estudio también plantea que la carne de perro podía tener un significado alimentario diferente según las comunidades y sus tradiciones. Patricia Martín menciona la existencia de datos etnográficos sobre culturas en las que la carne de perro se considera una fuente de proteínas o un alimento de especial valor. Estas referencias sirven para plantear posibles interpretaciones, pero no demuestran que los habitantes de El Mirador atribuyeran necesariamente el mismo significado a su consumo.
La escasez de evidencias similares en otros yacimientos hace que los restos de El Mirador sean especialmente relevantes para estudiar las prácticas alimentarias prehistóricas. El análisis de las marcas de corte, las fracturas y las señales de cocción permite identificar comportamientos que de otro modo podrían pasar desapercibidos en el registro arqueológico.
Lo que los fósiles revelan sobre la dieta prehistórica
El descubrimiento de restos de perro doméstico, gato salvaje, zorro y tejón en El Mirador demuestra que las comunidades que ocuparon la cueva entre el Neolítico y la Edad del Bronce aprovecharon una variedad de recursos animales. La mayor parte de su alimentación cárnica estaba relacionada con los animales domésticos, especialmente los ovicaprinos y el ganado bovino, pero en determinados momentos también recurrieron a especies menos habituales.
El procesamiento de los perros mediante desarticulación, descarnado, fracturación y hervido proporciona una evidencia clara de su consumo, mientras que los restos de los carnívoros silvestres muestran que también fueron preparados y comidos. Las causas de estas prácticas no pueden establecerse en todos los casos, aunque los investigadores consideran tanto la posibilidad de una alimentación adicional en periodos de escasez como la existencia de preferencias específicas por determinados tipos de carne.
El estudio de El Mirador contribuye a ampliar el conocimiento sobre la relación entre los seres humanos prehistóricos y los animales de su entorno. Los restos fósiles no solo permiten identificar las especies consumidas, sino también reconstruir las técnicas de procesamiento y las decisiones relacionadas con el aprovechamiento de los recursos. De esta manera, la investigación aporta una visión más completa de las estrategias alimentarias desarrolladas en Atapuerca hace miles de años.
Los búhos prehistóricos de Atapuerca y lo que sus egagrópilas revelan sobre clima y paisaje
Un estudio de la cueva de El Mirador reconstruye la alimentación de las rapaces nocturnas y los cambios ambientales de la Prehistoria reciente. Los restos de unas veinte egagrópilas recuperadas en la cueva de El Mirador, en Atapuerca, han permitido investigar cómo se alimentaban los búhos que vivieron en la zona durante la transición entre el Calcolítico y la Edad del Bronce. Estas bolas de material orgánico parcialmente digerido, expulsadas por las aves rapaces después de alimentarse, contienen huesos de anfibios, reptiles, aves y pequeños mamíferos. Su análisis ha servido para estudiar la disponibilidad de presas, las variaciones estacionales y las condiciones ambientales de un periodo comprendido en el Holoceno medio y reciente.
Las egagrópilas fueron recuperadas alrededor del año 2000 y se conservaron prácticamente intactas, una circunstancia que ha permitido analizar el contenido de las presas capturadas por dos o más búhos de tamaño mediano. A diferencia de los restos de pequeños vertebrados que suelen aparecer dispersos entre los sedimentos de los yacimientos arqueológicos, estas acumulaciones ofrecen una muestra más concreta de la actividad alimentaria de las rapaces. El estudio ha permitido comprobar que la composición de su dieta variaba considerablemente según la época del año, en función de los ciclos reproductivos de las presas y de la cantidad de alimento disponible en el entorno.

Una dieta condicionada por las estaciones
El análisis de las egagrópilas muestra que los búhos no mantenían una alimentación idéntica durante todo el año. Las especies capturadas cambiaban en función de la estación, lo que refleja las variaciones en la presencia y abundancia de los pequeños vertebrados que formaban parte de su dieta. Los anfibios, reptiles, aves y pequeños mamíferos identificados en los restos permiten estudiar cómo las rapaces aprovechaban los recursos disponibles en cada momento.
Los ciclos de reproducción de las presas desempeñaban un papel importante en esta disponibilidad. La presencia de determinadas especies podía aumentar durante algunas épocas del año, mientras que otras resultaban menos accesibles en función de las condiciones ambientales. Estas variaciones obligaban a los búhos a modificar sus estrategias de caza y a aprovechar las presas que encontraban en el paisaje de El Mirador. La investigación señala que las diferencias estacionales en la composición de las egagrópilas son fundamentales para interpretar correctamente la información ecológica que proporcionan estos restos.
La transformación humana del paisaje influyó en la caza
Uno de los aspectos destacados del estudio es la posible relación entre la actividad humana y los cambios en la alimentación de las rapaces nocturnas. Durante la Prehistoria reciente, las comunidades humanas transformaban el entorno mediante sus actividades, un proceso conocido como antropización. La modificación de la vegetación, el uso del territorio y la presencia de espacios destinados a la ganadería podían influir en la distribución de las especies animales y en los recursos disponibles para los depredadores.
Los investigadores plantean que estos cambios pudieron afectar al comportamiento de los búhos de El Mirador, que habrían adaptado sus capturas a las presas más abundantes en cada periodo del año. Esto significa que las rapaces podrían haber recurrido a animales diferentes de los que capturarían en un paisaje menos transformado por la actividad humana. La investigación relaciona así la composición de las egagrópilas con los cambios producidos en el ecosistema, aunque la interpretación de esta relación requiere tener en cuenta también las variaciones naturales de las poblaciones animales.
El estudio resulta relevante porque las egagrópilas no solo proporcionan información sobre la dieta de las aves, sino que también pueden ayudar a reconstruir las condiciones ecológicas del territorio en el que cazaban. La presencia de unas especies u otras permite plantear hipótesis sobre la vegetación, la humedad y la disponibilidad de hábitats, siempre considerando las limitaciones de este tipo de registro.
Las egagrópilas como herramienta para reconstruir el clima del Holoceno
Los restos recuperados en El Mirador también han sido utilizados para estudiar las condiciones climáticas de la época. El análisis de los pequeños vertebrados presentes en las egagrópilas ha permitido identificar indicios de una mayor humedad entre el final del invierno y la primavera, seguida de una fase más seca durante los meses de verano. Estas variaciones estacionales ofrecen información sobre el funcionamiento del entorno y sobre los cambios que experimentaban los ecosistemas a lo largo del año.
La reconstrucción climática se basa en la relación entre las especies identificadas y las condiciones ambientales que necesitaban para vivir. Los anfibios, por ejemplo, dependen de la disponibilidad de agua y de determinados niveles de humedad, mientras que otros reptiles y pequeños mamíferos pueden responder de forma diferente a los cambios de temperatura y precipitación. El conjunto de especies recuperadas permite analizar estas relaciones y obtener datos sobre las características del paisaje prehistórico.
Los autores destacan que la estacionalidad debe tenerse en cuenta al utilizar los restos de pequeños vertebrados para reconstruir el clima del pasado. Una muestra obtenida a partir de la actividad de las rapaces puede reflejar no solo las especies presentes en una región, sino también los momentos del año en los que eran más accesibles para la caza. Por ello, interpretar correctamente la información requiere combinar los datos zoológicos con el contexto arqueológico y paleoecológico.
Un estudio que combina arqueología y biología
La investigación de las egagrópilas de El Mirador reúne diferentes disciplinas para reconstruir las condiciones ambientales y la actividad de los animales durante la Prehistoria reciente. El análisis de los restos combina información arqueológica, biológica y ecológica, además de métodos estadísticos que permiten estudiar las variaciones en la composición de las muestras. Esta perspectiva facilita una interpretación más completa de las relaciones entre las rapaces, sus presas y el paisaje en el que desarrollaban su actividad.
El trabajo ha sido desarrollado por investigadores vinculados al IPHES-CERCA y se ha publicado en la revista científica Quaternary International bajo el título Influences of seasonal prey availability and anthropogenic landscape on small-vertebrate based palaeoecological reconstructions: a case study from the mid-late Holocene transition at El Mirador cave (Sierra de Atapuerca, Spain). La investigación analiza cómo la disponibilidad estacional de las presas y la transformación humana del territorio pueden influir en las reconstrucciones paleoecológicas basadas en pequeños vertebrados.
Las egagrópilas de El Mirador constituyen una fuente de información sobre la dieta de los búhos y sobre las condiciones ambientales de Atapuerca durante la Prehistoria reciente. Su contenido permite estudiar los cambios estacionales en la alimentación de las rapaces, la diversidad de pequeños vertebrados y la posible influencia de las actividades humanas en el paisaje. El estudio muestra la utilidad de estos restos para investigar la evolución de los ecosistemas y reconstruir las condiciones climáticas del pasado a partir de evidencias biológicas conservadas en los yacimientos arqueológicos.





























