¿Por qué se practicaba tanto canibalismo en Atapuerca? La ciencia sigue buscando una explicación. El yacimiento arqueológico de Atapuerca, en la provincia de Burgos, reúne algunas de las evidencias más antiguas y numerosas de canibalismo conocidas hasta la fecha. Entre sus hallazgos destacan los restos de niños que fueron sometidos a procesos de descuartizamiento y consumo, un fenómeno que continúa planteando importantes interrogantes a los investigadores. ¿Qué motivos llevaban a aquellos grupos humanos a practicar el canibalismo? ¿Respondía a razones rituales, a conflictos entre grupos o a otras circunstancias que todavía desconocemos?
En la ilustración vemos la competencia de los antepasados con otros súper depredadores de la zona. Sin embargo, los peores enemigos de estos homínidos podrían haber sido ellos mismos: miembros de otros clanes, en especial, acaso dispuestos a arrebatar a los habitantes de Atapuerca su estratégico paraje.

Las excavaciones desarrolladas durante 2026 han permitido recuperar 30 nuevos restos fósiles humanos con indicios relacionados con el canibalismo. Estos descubrimientos se suman a un conjunto de evidencias acumuladas durante décadas en la sierra burgalesa, que convierten a Atapuerca en un enclave fundamental para estudiar el comportamiento de las primeras poblaciones humanas de Europa. Aunque la investigación ha avanzado en la identificación de las marcas presentes en los huesos y en la reconstrucción de los procesos de carnicería, las razones que explican estas prácticas siguen sin estar claras. Palmira Saladié, responsable de las excavaciones del nivel TD6 de la Gran Dolina, ha señalado que las discusiones mantenidas durante la reunión anual de la Sociedad Europea para el Estudio de la Evolución, celebrada en Burgos con la participación de unos 400 especialistas, pusieron de manifiesto la existencia de numerosas preguntas todavía sin resolver.
Los restos de canibalismo de Homo antecessor revelan una práctica especialmente extendida
El nivel TD6 de la Gran Dolina constituye uno de los principales escenarios para investigar el canibalismo prehistórico. En este lugar se han recuperado, a lo largo de los años, restos fósiles pertenecientes a entre 12 y 15 individuos que vivieron hace aproximadamente entre 800.000 y 900.000 años. Se trata de poblaciones identificadas con Homo antecessor, una especie descubierta precisamente en Atapuerca.
Los 30 fósiles recuperados en la campaña más reciente no tienen por qué corresponder a 30 individuos diferentes. Algunos fragmentos podrían pertenecer a personas ya identificadas en excavaciones anteriores, mientras que otros podrían ampliar el número de individuos conocidos. Aun así, el conjunto de restos documentados resulta significativo si se compara con el tamaño estimado de los grupos de cazadores-recolectores de aquel periodo, que podían estar integrados por unas 25 personas.
La presencia de restos pertenecientes a entre 12 y 15 individuos en un mismo contexto arqueológico ha llevado a los investigadores a plantearse si el canibalismo se desarrollaba con una frecuencia particularmente elevada en este enclave. Sin embargo, la cantidad de restos recuperados no permite determinar por sí sola cuántas personas fueron consumidas ni establecer con certeza la finalidad de cada episodio.

El canibalismo infantil es uno de los mayores enigmas
Uno de los aspectos que más preguntas suscita entre los especialistas es la elevada proporción de niños entre los individuos identificados en TD6. De los 12 a 15 sujetos cuyos restos han sido relacionados con prácticas caníbales, aproximadamente seis o siete eran menores de edad. Y cuatro de ellos tenían edades muy tempranas: dos contaban con unos dos años y otros dos, alrededor de cuatro años.
La información obtenida a partir de los huesos permite reconstruir algunos de los procedimientos a los que fueron sometidos los cuerpos. Entre los hallazgos figura un fragmento de la segunda vértebra cervical de un niño de aproximadamente dos años, que presenta marcas de corte asociadas a la separación de la cabeza y el cuello durante el proceso de preparación de los restos.
Estas evidencias aportan información sobre las acciones realizadas sobre los cuerpos, pero no resuelven necesariamente las motivaciones que llevaron a ejecutarlas. Desde la perspectiva actual, el consumo de niños genera un profundo rechazo moral. No obstante, los investigadores advierten de la necesidad de evitar interpretaciones basadas exclusivamente en los valores contemporáneos, ya que desconocemos las normas culturales, las relaciones sociales y las circunstancias concretas de aquellas comunidades. La ausencia de respuestas definitivas no significa que el fenómeno carezca de explicación científica. Al contrario, el estudio de las marcas óseas, la distribución de los restos y la comparación con otros grupos humanos y primates puede contribuir a delimitar las hipótesis posibles.
La comparación con los chimpancés y el comportamiento agresivo
Para comprender las diferentes formas de canibalismo que han existido en la evolución humana, algunos investigadores recurren al estudio de los chimpancés. Estos primates pueden desarrollar comportamientos de violencia entre grupos y, en determinadas circunstancias, consumir a crías de otros individuos.
El canibalismo observado en los chimpancés no es una práctica universal ni constante, pero constituye un referente comparativo para explorar posibles comportamientos de carácter agresivo en nuestros antepasados. La existencia de paralelismos entre especies no demuestra, por sí misma, que los grupos de Homo antecessor actuaran por las mismas razones.
Otra línea de investigación analiza la relación entre el canibalismo, el infanticidio y las características de los territorios de abastecimiento. Algunos estudios antropológicos han observado una posible asociación entre sociedades que desarrollan estas prácticas y áreas de obtención de recursos más extensas. Sin embargo, esta correlación no establece una relación causal directa ni explica qué función desempeñaban las muertes infantiles en cada comunidad.
Para interpretar correctamente estos datos es necesario distinguir entre las condiciones ecológicas, las relaciones de poder y las prácticas culturales de cada sociedad. Los restos arqueológicos pueden ofrecer indicios sobre lo sucedido, pero no siempre permiten reconstruir las decisiones y creencias de las personas implicadas.
Tres modalidades de canibalismo a lo largo de la historia
El canibalismo no constituye un fenómeno único. Desde la antropología y la arqueología se han propuesto diferentes categorías para describir sus posibles funciones, aunque las prácticas reales pueden presentar características compartidas y no siempre encajan perfectamente en una sola clasificación.
Canibalismo (más bien, antropofagia) de tipo funerario y ritual
En algunas sociedades, el consumo de los restos de una persona fallecida ha formado parte de prácticas funerarias y rituales. Estas acciones podían relacionarse con las creencias sobre la muerte, la continuidad de la identidad o la incorporación simbólica de determinadas cualidades del difunto.
Desde esta perspectiva, el cuerpo no se considera necesariamente un objeto que deba preservarse intacto. La transformación o el consumo de los restos puede formar parte de una manera culturalmente establecida de gestionar la muerte. La antropóloga Palmira Saladié ha señalado que las sociedades humanas han desarrollado diferentes formas de afrontar el fallecimiento y el destino del cuerpo.
En las sociedades occidentales contemporáneas predominan los enterramientos, las cremaciones y otras prácticas funerarias que responden a normas culturales y religiosas específicas. La comparación con otros grupos humanos permite observar que la relación entre la muerte y el cuerpo ha variado considerablemente a lo largo del tiempo.
Canibalismo agresivo
Otra modalidad es el canibalismo asociado a la violencia, la guerra o los conflictos entre grupos. En estos casos, el consumo del enemigo puede estar vinculado a la humillación, la venganza o determinadas creencias relacionadas con el poder y la dominación.
Las evidencias arqueológicas de este tipo de comportamiento deben analizarse junto con otros indicios de violencia interpersonal y conflicto. La presencia de marcas de corte o de fracturas en los huesos puede ayudar a reconstruir el tratamiento de los cuerpos, pero no siempre permite identificar con precisión la intención simbólica o social de quienes participaron en el proceso.
En el caso de Atapuerca, el debate sobre una posible dimensión agresiva del canibalismo sigue abierto. No se puede atribuir automáticamente una única motivación a todos los restos encontrados en el yacimiento.
Canibalismo de supervivencia
El canibalismo de supervivencia se produce en situaciones extremas, cuando las personas carecen de alimentos suficientes y recurren al consumo de cuerpos humanos para obtener nutrientes. Uno de los episodios más conocidos en la actualidad es el accidente aéreo de los Andes de 1972, que inspiró la película La sociedad de la nieve, dirigida por Juan Antonio Bayona.
Los supervivientes de aquella tragedia recurrieron a los cuerpos de las personas fallecidas en un contexto de frío extremo y ausencia de alimentos. Este caso se ha convertido en una referencia para analizar cómo las condiciones límite pueden influir en las decisiones humanas.
También se han documentado o investigado episodios de canibalismo relacionados con situaciones de hambruna y guerra en diferentes regiones y periodos históricos. Sin embargo, cada caso debe estudiarse atendiendo a sus circunstancias concretas, evitando generalizaciones sobre las motivaciones de las personas que participaron en ellos.
¿Qué nos dice el canibalismo sobre las sociedades humanas?
Una de las dificultades para interpretar los restos de Atapuerca es que el canibalismo ha formado parte de la historia de distintos grupos humanos y no responde necesariamente a una única causa. Las motivaciones pueden estar relacionadas con la alimentación, las creencias, la violencia, las relaciones sociales o circunstancias excepcionales.
Los investigadores han identificado evidencias de canibalismo en diferentes especies de la evolución humana, entre ellas los neandertales y Homo sapiens. Esto no implica que todos los grupos lo practicaran con la misma frecuencia ni que compartieran los mismos motivos. La existencia de una práctica en varias especies demuestra que el fenómeno tiene una historia evolutiva amplia, pero no permite establecer una interpretación uniforme.
El contexto cultural resulta especialmente importante. Una acción que una sociedad considera inadmisible puede haber sido interpretada de otra manera por un grupo humano con normas y creencias diferentes. Esto no significa que todas las prácticas tuvieran una aceptación generalizada dentro de sus comunidades, sino que las categorías morales y las explicaciones sobre el cuerpo y la muerte han variado entre las sociedades.
El Neolítico y la expansión de los conflictos
El canibalismo también aparece en el registro arqueológico de periodos posteriores a los de Homo antecessor. Algunos especialistas han planteado que el Neolítico pudo constituir una etapa de expansión de determinadas formas de violencia y canibalismo vinculadas a los conflictos entre comunidades.
La transición hacia sociedades agrícolas y ganaderas implicó transformaciones en las formas de asentamiento, la organización social y el acceso a los recursos. En diferentes regiones se han documentado episodios de violencia colectiva y tratamiento de restos humanos que requieren interpretaciones específicas.
No obstante, no es posible afirmar que el desarrollo de la agricultura provocara por sí mismo una expansión generalizada del canibalismo. Las prácticas identificadas en cada yacimiento deben estudiarse a partir de sus propias evidencias arqueológicas, su cronología y el contexto social en el que se produjeron.
Tres periodos de evidencias caníbales en Atapuerca
La sierra de Atapuerca concentra restos relacionados con el canibalismo correspondientes a varios momentos de la prehistoria. Además de los hallazgos del nivel TD6 de la Gran Dolina, se han identificado evidencias en la Cueva del Mirador.
En el nivel TD6 se encuentran los restos de entre 12 y 15 individuos que vivieron hace unos 800.000 años. Por su parte, en la Cueva del Mirador se han documentado dos conjuntos de restos correspondientes a periodos posteriores: uno de aproximadamente 5.700 años de antigüedad, con 11 individuos, y otro de hace unos 4.000 años, con ocho personas.
En conjunto, estos descubrimientos muestran que el tratamiento y consumo de restos humanos aparece en diferentes etapas de la historia de ocupación de Atapuerca. La comparación entre los distintos periodos puede ayudar a los investigadores a determinar si existieron cambios en las prácticas, en los contextos sociales o en las circunstancias que las rodearon.
La coexistencia de evidencias separadas por miles de años no demuestra una continuidad cultural directa entre las poblaciones. Cada conjunto arqueológico debe analizarse teniendo en cuenta sus características propias y las diferencias entre las comunidades que habitaron la sierra.
Una práctica que no desapareció en el pasado remoto
El canibalismo tampoco constituye un fenómeno limitado a la prehistoria. La antropología y la historia han documentado su presencia en diferentes sociedades hasta épocas relativamente recientes. Algunas comunidades indígenas de distintas regiones del mundo han desarrollado prácticas relacionadas con el consumo ritual o funerario de restos humanos, aunque la información disponible varía según el grupo y el periodo estudiado.
Palmira Saladié ha señalado que existen referencias a la continuidad de determinadas formas de canibalismo entre sociedades de cazadores-recolectores hasta las décadas de 1960 y 1970. También ha planteado la posibilidad de que algunas prácticas funerarias hayan persistido de manera oculta en determinados grupos.
Estas afirmaciones deben interpretarse con precaución y a partir de evidencias antropológicas concretas. La existencia de testimonios históricos o etnográficos sobre una práctica no permite generalizarla a todas las comunidades de una región ni afirmar que haya continuado hasta la actualidad sin pruebas específicas.
En algunos casos, las prohibiciones impuestas por autoridades estatales, los cambios religiosos y las transformaciones sociales contribuyeron al abandono de determinadas costumbres. Sin embargo, los procesos de desaparición o transformación de estas prácticas fueron diferentes según el contexto y no pueden explicarse mediante una única causa.
Se mantienen abiertas las preguntas sobre el canibalismo en Atapuerca
Los hallazgos de la Gran Dolina han convertido a Atapuerca en un punto de referencia para el estudio del canibalismo en la evolución humana. La antigüedad de los restos, la cantidad de individuos identificados y la presencia de numerosos niños hacen de este conjunto arqueológico una fuente de información especialmente relevante.
A pesar de los avances en el análisis de las marcas óseas y en la reconstrucción de los procesos de carnicería, todavía existen interrogantes sobre las razones concretas que llevaron a estas comunidades a consumir cuerpos humanos. Las hipótesis relacionadas con la violencia, los rituales y otras motivaciones deben contrastarse con las evidencias disponibles.
La investigación arqueológica no solo busca determinar qué ocurrió con los restos, sino también comprender las condiciones sociales y culturales en las que se produjeron estos comportamientos. Por ahora, el canibalismo de Atapuerca continúa siendo un fenómeno con numerosas preguntas abiertas, cuya interpretación exige combinar el estudio de los fósiles con el análisis comparativo de otras sociedades humanas. La importancia del yacimiento reside precisamente en su capacidad para aportar nuevos datos sobre una conducta que, pese a su presencia en diferentes momentos de la evolución humana, sigue siendo difícil de interpretar en toda su complejidad.
Los restos de un niño de hace 5.000 años revelan posibles episodios de raquitismo y escorbuto en Atapuerca
Hace aproximadamente cinco milenios, durante el Calcolítico, un niño que vivió en el entorno de la actual Sierra de Atapuerca pudo atravesar importantes problemas de salud relacionados con carencias nutricionales. El análisis de sus restos óseos ha permitido identificar diferentes alteraciones que los investigadores consideran compatibles con enfermedades como el raquitismo y el escorbuto. Estos hallazgos ofrecen una interesante perspectiva sobre las condiciones de vida de las comunidades prehistóricas y sobre los posibles efectos que tuvieron los cambios en la alimentación y en las formas de subsistencia asociados a la expansión de la agricultura y la ganadería.
En este periodo ya no tenían acceso a grandes masas de proteína como eran los enormes herbívoros de épocas anteriores. ¿Tendría esto que ver con los problemas nutricionales de este niño moderno, de nuestra especie, y con la necesidad de domesticar animales y dedicarse a la agricultura?

El hallazgo en el Portalón de Atapuerca
Los restos fueron localizados en 2012 en el yacimiento del Portalón, dentro del complejo arqueológico de Atapuerca. El descubrimiento presentó unas características especialmente llamativas porque el cuerpo no había sido simplemente depositado en el interior de la cueva. Los restos aparecieron en el interior de una estructura construida con piedras que presenta características similares a las de una pequeña estructura funeraria.
Junto al cuerpo también se recuperaron diversos elementos cerámicos distribuidos en sus proximidades. Sin embargo, uno de los aspectos que más llamó la atención de los investigadores fue la presencia, junto a los pies del niño, de un esqueleto prácticamente completo de ternero. La asociación entre los restos humanos, la estructura de piedra, la cerámica y el animal plantea la posibilidad de que nos encontremos ante un enterramiento que siguió determinadas prácticas funerarias de las comunidades que habitaban la zona durante aquel periodo.
El contexto resulta especialmente relevante porque permite estudiar al mismo tiempo las condiciones de vida de una persona concreta y las prácticas funerarias de la comunidad a la que perteneció. Los restos humanos, por tanto, no constituyen únicamente una fuente de información sobre enfermedades antiguas, sino también sobre la forma en la que aquellos grupos trataban a sus muertos.
Un niño de unos siete años
Los primeros análisis realizados sobre los restos permitieron estimar que el individuo tenía aproximadamente siete años cuando murió y que su enterramiento se produjo durante el Calcolítico, hace unos 5.000 años. Su esqueleto presentaba diferentes modificaciones que despertaron el interés de los investigadores debido a que podían estar relacionadas con episodios de estrés y enfermedades metabólicas sufridos durante su desarrollo.
El estudio de los huesos se realizó mediante observación macroscópica y mediante técnicas de imagen, entre ellas la tomografía computarizada. Estas herramientas permitieron analizar determinadas alteraciones presentes tanto en el cráneo como en los huesos largos y compararlas con las características que pueden aparecer en individuos afectados por determinadas deficiencias nutricionales.
Entre las alteraciones observadas se encontraron cambios compatibles con raquitismo y escorbuto, aunque la interpretación de los restos debe entenderse dentro del contexto de la investigación antropológica y paleopatológica. Los huesos conservan las huellas de algunos procesos sufridos durante la vida, pero interpretar esas señales requiere relacionarlas con el conjunto de evidencias disponibles.

Las huellas de las enfermedades en los huesos
El raquitismo es una enfermedad que afecta al desarrollo y mineralización de los huesos durante la infancia y que puede estar relacionado con una deficiencia de vitamina D. El escorbuto, por su parte, se produce por una carencia importante de vitamina C y también puede dejar determinadas alteraciones en los tejidos óseos. La identificación de señales compatibles con ambas enfermedades en un mismo individuo resulta especialmente interesante porque permite plantear la posibilidad de que el niño atravesara diferentes episodios de deficiencias nutricionales.
Los investigadores observaron alteraciones en el cráneo y en los huesos largos que podían corresponder a procesos relacionados con estas enfermedades. Además, el análisis de los dientes y de determinadas estructuras óseas permitió detectar señales que apuntaban a diferentes momentos de estrés fisiológico durante su infancia. La información disponible señala dos periodos especialmente significativos, uno situado aproximadamente entre los uno y los tres años y otro entre los tres y los cinco años.
Estas señales permiten plantear que los problemas de salud no necesariamente se produjeron en un único momento. El organismo del niño pudo experimentar diferentes episodios de estrés durante su desarrollo, quedando algunas de esas circunstancias reflejadas en sus dientes y en sus huesos. Este tipo de evidencias resulta especialmente valioso para la arqueología porque permite reconstruir aspectos de la vida de personas que vivieron hace miles de años.
Los dientes también conservan información sobre la infancia
Los dientes constituyen una de las fuentes de información más interesantes para estudiar las condiciones de vida durante la infancia. Mientras que algunas alteraciones óseas pueden producirse o modificarse con el paso del tiempo, determinadas señales presentes en el esmalte dental pueden conservar la huella de episodios de estrés ocurridos durante el desarrollo.
En el caso del niño del Portalón se identificaron hipoplasias del esmalte dental, además de otras alteraciones observadas en los huesos. Las hipoplasias pueden aparecer cuando el desarrollo del esmalte se ve interrumpido o alterado, por lo que su presencia puede proporcionar información sobre episodios de estrés fisiológico experimentados durante la formación de los dientes.
También se identificaron líneas de Harris en los huesos. Estas estructuras han sido utilizadas en estudios antropológicos como indicadores que pueden relacionarse con periodos de alteración del crecimiento. La combinación de estas evidencias con las alteraciones observadas en otras partes del esqueleto permitió a los investigadores plantear la existencia de diferentes episodios de estrés durante la infancia del individuo.
¿Qué relación puede existir con la alimentación?
La interpretación de estos restos también resulta interesante desde el punto de vista de la alimentación. Durante el periodo en el que vivió este niño se estaban produciendo importantes transformaciones en las formas de subsistencia de las comunidades humanas de la península ibérica. La agricultura y la ganadería habían adquirido una importancia creciente y estos cambios modificaron las formas de obtener y consumir alimentos.
Esto no significa que la adopción de la agricultura y la ganadería provocara directamente las enfermedades observadas en este individuo. La relación debe plantearse con cautela. Las deficiencias nutricionales pueden tener múltiples causas y la información obtenida de un único individuo no permite reconstruir por sí sola la dieta completa de una comunidad.
Sin embargo, el caso resulta relevante porque permite estudiar cómo determinadas carencias nutricionales pudieron afectar a individuos concretos dentro de estas poblaciones. El análisis de restos humanos de diferentes periodos permite comparar las condiciones de salud y observar cómo pudieron cambiar las enfermedades y los problemas nutricionales a medida que también cambiaban las formas de vida.
El contexto funerario aporta otra pieza del rompecabezas
El enterramiento del niño también adquiere importancia por su relación con otras estructuras funerarias localizadas en el mismo entorno. Investigaciones posteriores documentaron un contexto funerario más amplio en el que se identificaron restos correspondientes a un mínimo de ocho individuos. Algunas de estas sepulturas habían sufrido modificaciones posteriores, lo que demuestra que el espacio funerario experimentó transformaciones a lo largo del tiempo.
La estructura en la que apareció el niño se encontraba dentro de la cueva y presentaba características semejantes a un pequeño túmulo formado mediante la acumulación de bloques de piedra. La presencia de este tipo de construcción demuestra que el espacio utilizado por las comunidades prehistóricas podía cumplir diferentes funciones.
Las cuevas no eran necesariamente lugares destinados exclusivamente a una única actividad. En determinados momentos podían utilizarse como espacios de ocupación y actividad cotidiana y, al mismo tiempo o en diferentes etapas, podían convertirse en lugares relacionados con prácticas funerarias. El Portalón constituye así un escenario especialmente interesante para estudiar la relación entre la vida cotidiana, la muerte y las prácticas sociales de las comunidades del pasado.

El significado del ternero junto al enterramiento
La presencia del esqueleto de un ternero prácticamente completo junto a los pies del niño constituye uno de los elementos más llamativos del descubrimiento. Su posición y asociación con el enterramiento han llevado a plantear que podría estar relacionada con alguna práctica funeraria. No obstante, conviene distinguir entre lo que se ha encontrado y la interpretación que puede hacerse de ello. La presencia del animal junto al individuo constituye un hecho arqueológico, mientras que determinar exactamente qué significado tenía para las personas que realizaron el enterramiento requiere interpretar el conjunto de evidencias.
La asociación de restos humanos, animales, cerámica y estructuras de piedra ofrece una imagen mucho más compleja que la de un simple depósito funerario. Estos elementos pueden ayudar a comprender las prácticas sociales y simbólicas de las comunidades que utilizaron el Portalón durante la Prehistoria.
Un testimonio excepcional sobre la vida en la Prehistoria
El niño del Portalón constituye un ejemplo especialmente interesante de cómo la arqueología puede reconstruir aspectos de la vida de una persona que murió hace unos 5.000 años. Sus huesos permiten aproximarse a su estado de salud, mientras que sus dientes aportan información sobre determinados episodios de estrés durante su infancia. Al mismo tiempo, el lugar donde fue enterrado permite estudiar las prácticas funerarias de la comunidad.
La posible presencia de señales compatibles con raquitismo y escorbuto muestra además que las enfermedades relacionadas con las deficiencias nutricionales no son un fenómeno exclusivamente moderno. Los restos arqueológicos permiten comprobar que las carencias alimentarias también pudieron afectar a las poblaciones prehistóricas, dejando señales que miles de años después todavía pueden ser estudiadas.
El caso también pone de manifiesto la importancia de combinar diferentes métodos de investigación. La observación directa de los huesos, las técnicas de imagen, el estudio de los dientes y el análisis arqueológico del contexto funerario proporcionan información complementaria. Ninguna de estas evidencias explica por sí sola toda la historia, pero juntas permiten elaborar una interpretación mucho más completa.
Una infancia marcada por diferentes episodios de estrés
Uno de los aspectos más interesantes del caso es la posibilidad de que el niño experimentara problemas de salud en diferentes momentos de su infancia. Las alteraciones detectadas en los dientes y los huesos apuntan a episodios que podrían situarse en etapas diferentes de su desarrollo, aproximadamente entre el primer y tercer año de vida y posteriormente entre los tres y cinco años.
Esta información resulta especialmente significativa porque permite observar la infancia como un periodo en el que las condiciones nutricionales y de salud pueden dejar señales permanentes. El desarrollo del esqueleto y de los dientes constituye un proceso continuo y determinados episodios de estrés pueden quedar registrados en esos tejidos.
El estudio de estos indicadores permite a los investigadores aproximarse a cuestiones que de otro modo resultarían prácticamente imposibles de conocer, como los momentos en los que un individuo pudo atravesar determinadas dificultades fisiológicas. De esta manera, un esqueleto arqueológico puede proporcionar información sobre diferentes etapas de una vida que tuvo lugar miles de años atrás.
El Portalón como espacio arqueológico
El yacimiento del Portalón forma parte del conjunto arqueológico de Atapuerca y ha proporcionado evidencias de diferentes momentos de ocupación humana. Su importancia no se limita al hallazgo de restos humanos, ya que el contexto arqueológico permite analizar las actividades desarrolladas por las comunidades que utilizaron este espacio a lo largo del tiempo.
El descubrimiento del niño y su enterramiento constituye una pieza más dentro de este complejo registro arqueológico. La presencia de estructuras funerarias, restos humanos, animales y materiales cerámicos permite aproximarse a diferentes aspectos de las sociedades prehistóricas, desde su alimentación y estado de salud hasta sus prácticas relacionadas con la muerte.
Precisamente por eso, el interés del hallazgo va más allá de las posibles enfermedades padecidas por el niño. Sus restos forman parte de un contexto que ayuda a comprender cómo vivían, enfermaban y enterraban a sus muertos las comunidades que habitaron la zona durante el Calcolítico.
Raquitismo y escorbuto, además de señales de estrés fisiológico en su infancia
El análisis de los restos del niño enterrado en el Portalón de Atapuerca ha permitido identificar diferentes alteraciones óseas y dentales que los investigadores consideran compatibles con episodios de raquitismo y escorbuto, además de señales de estrés fisiológico producidas en diferentes etapas de su infancia. Se trata de un caso especialmente interesante porque combina información relacionada con la salud y la nutrición con un contexto funerario complejo en el que también aparecieron cerámica, una estructura de piedra y el esqueleto de un ternero.
El conjunto de evidencias ofrece una pequeña ventana a la vida de una persona que vivió hace unos 5.000 años y permite conocer algunos de los problemas de salud que podían afectar a los niños de aquellas comunidades. Al mismo tiempo, el contexto funerario demuestra que las cuevas podían desempeñar diferentes funciones y que determinadas comunidades del Calcolítico utilizaron estos espacios también para depositar a sus muertos.
Más allá de las enfermedades concretas que pudieron afectar al niño, el hallazgo demuestra el enorme valor de los restos arqueológicos para reconstruir la vida cotidiana de las poblaciones del pasado. Unos huesos, unos dientes y el lugar donde fueron enterrados pueden conservar, durante miles de años, señales de la alimentación, el crecimiento, las enfermedades y las prácticas sociales de una persona cuya historia parecía destinada a desaparecer por completo.




























