Como en Crónica de una muerte anunciada, en este relato también comenzamos con el protagonista ya muerto, siendo las circunstancias en las que se produjo su asesinato el verdadero intríngulis de una historia que ha pasado al olvido de una sociedad santanderina que ya no recuerda sus días más románticos. Y su máximo héroe de todos los tiempos, Teodosio el Piloto, yace en su tumba de Peñacastillo, desde hace 150 años, sin que nadie apenas recuerde sus días de gloria en estas calles de Santander, así como en las de La Habana y seguramente Argentina o la propia Inglaterra, siempre a bordo de sus amados vapores y siempre deambulando por esos muelles que fueron testigos de sus trifulcas.
Toda una vida luchando en las calles contra la corrupción de la Policía de Santander
Como contaba su mayor admirador, Pick:
De él se contaban lances que parecían arrancados de la novela de aventuras. Un desafío famoso, que tuvo en la Habana con un negro ciclópeo. Sus cotidianas refriegas con policías, con bravoneles, con guapos de garito y de lupanar. En clase se contaba siempre alguna aventura suya que era subrayada con murmullos de admiración. Acompañarle a tomar café alguna vez, en el «América» o en el «Brillante», los dos cafés de la gente de pelo en pecho, o presenciar alguna de sus broncas, para luego referirlas con pelos y señales, se consideraba en la asamblea estudiantil, como la mayor hombrada posible.
Pero su abogado y amigo Bengoa subrayaba la bondad y espíritu de justicia que atesoraba el fondo del alma de este marino singular:

Teodosio Ruiz era camorrista cuando estaba embriagado, pero ¿se metió alguna vez con las personas decentes? No. Esas camorras las promovía en las casas donde se jugaba ilegalmente. Teodosio Ruiz, con su comportamiento, combatiendo a los policías prevaricadores y el juego, hizo un bien moral á la población. No hay que ver al Teodosio borracho. Hay que ver al hombre sano, de nobles sentimientos, que se bate en Cuba por la bandera española, al marino honrado.
Dejó la Marina Mercante por una enfermedad muy grave y sus muy graves comportamientos
Todo eso era cierto, pero se trataba de un estilo de vida incompatible con la carrera de Oficial de la Marina Mercante que había llevado hasta entonces y en la cual llegó a lo más alto, a Capitán, sin perjuicio de que su fama de valiente le perjudicase hasta el extremo de tener que desembarcar, en una ocasión, para no poder regresar más a su último buque:
El último barco en que anduvo fue el «Hércules», de la matrícula de Bilbao. Allí tuvo por capitán a un marino ilustre, el venerable don Fernando Gutiérrez Cueto, de una noble familia de escritores, que ahora vive retirado en Cabezón de la Sal. Teodosio iba de primer oficial, y continuaba en el barco y en el extranjero sus prácticas violentas que tanta nombradía le habían dado en Santander. Naturalmente, chocó con don Fernando, que era un carácter íntegro. Teodosio se desembarcó, y volvió de nuevo a nuestro pueblo, lanzándose ya de lleno a la vida agitada del valiente, que tiene que hacer uso de su valor para vivir.
Esta situación se unía a la de esa grave enfermedad que tanto combatía su salid y que fue comentada en el epitafio que le dedicaron sus amigos en El Descuaje:
Más tarde aparece de primer oficial en el Hércules, desde Bilbao á la Argentina, hasta que una enfermedad atraída en tan difícil y penosa carrera, le obligó á quedarse en tierra sin lograr volver más á su querida labor de navegante montañés.

Lo que no quiero es que cuatro granujas vivan de las mujeres, del juego y de los borrachos
Como seguía diciendo Pick:
Los tiempos, para Teodosio Ruiz, se habían puesto malos. Hijo de una familia acomodada, en posesión de un título que le hubiera permitido vivir honradamente, nunca pasó angustias económicas. Para él no era problema tener dinero. Mientras pudo disponer del suyo, lo gastó alegremente, sin preocuparse del mañana. Hasta entonces, había también espaciado sus temporadas de franquicia en Santander con sus jornadas de trabajo. De vez en cuando, anunciaba a sus amigos que se embarcaba, y salía en algún vapor para América o para Inglaterra. Volvía con algún dinero ahorrado, y fondeaba en «La Sacristía» hasta que lo gastaba por completo. En los últimos tiempos, y rodando ya por la pendiente, acudía en sus horas de apuro a los dueños de garitos y a las empresarias del amor fácil, y obtenía de ellos lo que precisaba para el momento. «El Descuaje» le ayudaba a esas exacciones con sus amenazas de publicidad y escándalo.
Él mismo se presentó al que sería su matador, cuando por fin se conocieron en la mesa de un conocido bar, con una auténtica declaración de intenciones:
Pues para que me conozca bien, le voy a decir cómo soy. No haga usted caso de lo que le digan por las tabernas cuatro gallinas, que en cuanto me ven se esconden bajo siete estados de tierra. Yo, Teodosio «el Piloto», estoy dispuesto a acabar con toda la granujería de Santander. ¿A usted le extraña? Pues así es. He vivido mucho y no me asusta nada. Me emborracho como el primero, y donde haya una «gachí» que merezca la pena, allí estoy yo. No me importa que se juegue, aunque sea a los pitos. Pero lo que no quiero es que cuatro granujas vivan de las mujeres, del juego y de los borrachos, sin dar la cara y presumiendo además de personas decentes. ¿Usted lee «El Descuaje»?
Ni los políticos ni la Policía ni la Justicia podían con Teodosio Ruiz
El Descuaje fue su gran cañón Berta, al fin, cuando en sus últimos años de vida entendió que lo uqe hacía falta era usar tinta de impresora para atacar con verdades y escándalos a sus enemigos del Gobierno, con su corrupta Policía, lo mismo que a los propios gestores de los negocios más sucios:
Ahora vamos a referirnos a Jesús Amber y a «El Descuaje», instrumento al servicio de Teodosio, «el Piloto», en aquella pintoresca lucha entablada por la flamenguería de Santander contra el hampa exótica que vino de fuera, capitaneada por el Martinillo, y protegida por la Policía, para enseñorearse de la ciudad.
Así era. La mafia santanderina estaba formada en gran parte por gentuza que no eran de aquí y que se vieron atraídos por la opulencia y la frescura con la que se jugaba y se divertían los viciosos en esta especie de Las Vegas a la española. De hecho, la tribu de Teodosio llegaron a formar un periódico llamado Montecarlo en Santander. También se dedicaban a victimizar a todo forastero que pusiera el pie en estas calles, libertinas y a la vez hostiles, desplumando a los incautos que deambulaban por los sitios equivocados a horas intempestivas, pero también prostituyendo y muchas veces por la fuerza a las mujeres y, en especial, a las más jovencitas. Porque había una auténtica red de trata de blancas establecida en todo el Norte de España que mercadeaba con estas mozas, incluso con criaturas adolescentes, de tal manera que resultaba a menudo un reto para las autoridades (cuando se ponían manos a la obra, claro) devolverlas a sus lugares de origen con sus familias.
Palizas de muerte y detenciones para reprimir a los rebeldes de Teodosio
El compadreo con la inmoralidad del hampa y el vicio y la corruptela llevó a los de Teodosio a publicar una portada que hizo las delicias de los santanderinos que conocían bien este mundillo, pero no tanto de los golfos y corruptos a los que se denunciaba en ella:
A consecuencia de una caricatura que apareció en el último número de El Descuaje, los hermanos Francisco y Ricardo Zaldívar tuvieron ayer tarde un encuentro en el establecimiento La Caba, del Sardinero, con el director de aquel semanario, Jesús Amber, y dos amigos que le acompañaban. Se dieron algunas bofetadas y, al salir al paseo de la Alameda, Francisco Zaldívar, pegándose con uno de los amigos, Jesús González y González, éste cayó para atrás, dándose en la cabeza tan fuerte golpe con una piedra, que le privó del sentido por algunos momentos. Fue trasladado a la Casa de Socorro, donde se le apreció una herida contusa con fractura del hueso occipital. Los hermanos Zaldívar fueron detenidos y posteriormente ingresaron en la cárcel.
El asunto estuvo a punto de terminar en un auténtico homicidio y el tal Jesús González tuvo que ser intervenido a vida o muerte en una operación de su cráneo muy delicada para la época:
Herido grave. Ayer continuaba en el mismo estado de gravedad el joven Jesús González y González, y por disposición del médico forense señor Bravo, por la noche fue trasladado desde su casa en una camilla al hospital de San Rafael, donde hoy le será practicada una operación.
La operación salió bien, gracias a Dios, pero os adelanto que el tal Jesús nunca escarmentó en cabeza propia ni ajena, y nunca mejor dicho, ni siquiera cuando Teodosio dio la vida por esa cruzada que todos ellos se traían entre manos.
«El Descuaje» y de «Don Preciso» eran libelos que Teodosio y su banda publicaban en Santander con fines de chantaje y escándalo. Tuvieron una difusión extraordinaria en el pueblo. Los sábados por la noche, que es cuando se ponían a la venta, una compacta muchedumbre obstruía los accesos de la calle de Colón, donde, como hemos dicho, estaba enclavada «La Sacristía», la popular taberna en que Teodosio había establecido su cuartel general. De allí salían los vendedores, que a los pocos pasos eran materialmente cercados por el público, que les arrebataba los ejemplares de las manos. Cuando se oía el pregón: «¡El Descuaje! ¡El Descuaje!», la gente dejaba sus casas, sus ocupaciones, y salía a la caza del codiciado número. Pocos papeles públicos han logrado en nuestro pueblo semejante popularidad.
Unas autoridades que por supuesto que se lucraban con el juego ilegal, los robos y hasta la trata de blancas y menores
A mí siempre me pareció mucha casualidad que justo cuando se consigue que el corrupto comisario de Narciso Tomás fuera de alguna forma trasladado de Santander de una condenada vez resulta que llegó el mejor sustituto posible para coger el testigo de la dirección de toda la mafia local: Martinillo. Un rival mucho más peligroso y sin tantas restricciones como las que a Narciso Tomás le podía imponer su posición de jefe de la Policía cuando además era box populi que se trataba de un comisario y de un cuerpo de Policía Municipal completamente corruptos.
La Policía cómplice. Los ladrones y los agentes. ¡Todos a presidio! El autor de esta pieza, es seguramente, aunque no la firma, Teodosio «el Piloto». Dice, entre otras cosas: Tenemos en nuestro poder una noticia, una denuncia espantosa, una denuncia auténtica y de tal gravedad y trascendencia, que seguramente ha de alarmar a los espíritus que sólo de lejos contemplan nuestra obra de moralidad y saneamiento. Se trata de una declaración inspirada desde la cárcel de Santander con motivo de un reciente robo de alhajas, con la complicidad evidentísima de un guardia de la secreta llamado Primitivo San Juan. Nosotros hemos ido, pruebas en mano, al despacho del señor gobernador, y no estaba en el Gobierno civil a la hora en que nosotros llegábamos. El cuerpo del delito de complicidad está en nuestro poder; en ese documento infame, el agente Primitivo cita en el café Brillante, vestido de paisano, a los interesados, para ponerse de acuerdo acerca de las declaraciones falsas que han de dar ante la justicia, y en ese documento está su firma de puño y letra…
¡Pobre Gobernador Civil! Seguramente estaría en su casa, escondido, pensando qué hacer ante semejante escándalo, que golpeaba de lleno el ya machacado prestigio de unas autoridades que por supuesto que se lucraban con el juego ilegal, los robos y hasta la trata de blancas y menores. ¿Qué iban a hacer con Teodosio?
Detenciones y procesos judiciales que los expusieran a la ruina total y hasta al exilio
Por de pronto, intentaron arrinconarles con detenciones y procesos judiciales que los expusieran a la ruina total y hasta al exilio. Pero esto sólo conseguía que la gente se convenciera más de que si los estaban persiguiendo con tanto afán era porque decían verdades.
Anoche fueron detenidos por varios agentes del cuerpo de seguridad don Teodosio Ruiz, director de El Descuaje, don Joaquín Miera y don Luis Blanco. Como El Descuaje viene haciendo una dura campaña contra determinados funcionarios, fueron muchos los comentarios que anoche se hicieron sobre la detención del director de aquel periódico, que algunos suponían encaminada a conseguir fines que en nada se relacionan con la seguridad pública.
Es importante recalcar que, además, Narciso Tomás no se fue de Santander sin haber causado daños concretos en la línea de flotación de Teodosio y de su causa en contra de esta corrupción, ya que a pesar de que fue trasladado de esta plaza, este comisario lo dejó a su espalda a un Teodosio querido en cuanto a las consecuencias judiciales y económicas de esta campaña de El Descuaje se refería. Y lo vemos en esta condena tan significativa que sufrió este periódico rebelde en la persona de su director y alma mater:
Mañana tendrá lugar la vista en juicio oral y público de la causa procedente del Juzgado de Santander, seguida á instancia de don Narciso Tomás, inspector de vigilancia que ha sido de esta capital, contra Teodosio Ruiz González, por calumnia é injurias en el periódico El Descuaje. Se hallan citados para comparecer en el juicio oral 64 testigos y la acusación privada califica provisionalmente los hechos como constitutivos de tres delitos de calumnia y 20 de injurias graves, hechos por escrito y con publicidad, y solicita para el Teodosio seis años de destierro y 2.500 pesetas de multa por cada uno de los delitos de injurias y cuatro años y dos meses de prisión correccional y 5.000 pesetas de multa por cada uno de los de calumnia.
La defensa del procesado no está conforme con las conclusiones de la acusación y en el peor de los casos dice que tendrían que aplicarse los artículos 470 y 475 del Código penal, y solicita su absolución.
La realidad última es que, si bien Narciso Tomás fue de alguna manera desterrado, acosado por los constantes y demostrados escándalos de su maldito Cuerpo de Policía Municipal, no es menos cierto que dejaba a Teodosio en una situación penosa que incluía su propia condena al destierro y con una potencial condena de marginación o muerte. Porque por esos mismos días en que Narciso Tomás se marchaba, sin solución de continuidad, Martinillo ya empezaba a hacer su equipaje para mudarse a Santander y continuar la lucha contra Teodosio donde el Comisario la dejaba. Y al fin todo terminó como tantos esperaban:
El Descuaje tiene hoy un bello destino. Al publicar en primera plana el retrato de su malogrado fundador Teodosio Ruiz, da al viento su bandera de combate, aquella que enarbolara en días de lucha contra la canalla del vicio, aquella que impuso silencio al escándalo triunfante, que desterró de Santander a un polizonte funesto, que fustigó la inmoralidad ambiente y enalteció á la justicia y sus fueros augustos. Preside a este periódico el espíritu noble, popular, de aquel hombre impetuoso y ardiente, que siempre tuvo generosidades para los pobres, amistad para los humildes, defensa para los desvalidos.
Al dedicar este recuerdo póstumo, las páginas de nuestro semanario parecen vibrar con nuevos amores y entusiasmos nuevos. Era bueno, todo el pueblo de Santander lo sabe; todo el pueblo, que ha sentido con indignación la pérdida de aquella vida asesinada con menos dignidad y valentía que su corazón y su arrojo, mil veces probado.
Necesitaban un líder que no tuviera ninguna limitación por su cargo y que fuera otro tigre
Era evidente que necesitaban refuerzos. Necesitaban un líder que no fuera Comisario ni Gobernador ni tuviera ninguna limitación por su cargo y que fuera otro tigre dispuesto a campar por sus respetos. Y era evidente, también, que tenían que traerlo de afuera.
¿Conseguiría un auténtico perdonavidas como Martinillo doblegar a un toro de lidia indómito como Teodosio? Lo que estaba claro era que la corrupta entente de políticos, jueces y policias no lo habían logrado hasta entonces. El mismo Pick recalca que la incapacidad del Comisario y sus secuaces a la hora de silenciar a Teodosio y sus amigos derivaría en lo que luego fue el tiroteo más famoso y sórdido en la historia de Santander:
El inspector don Narciso no reaccionaba contra esta campaña, por ninguno de los medios normales y dignos. Sobornaba o atemorizaba a los impresores para que el libelo no apareciese. Organizaba partidas de matachines que iban a esperar la salida de cada número en las proximidades de la calle de Colón, a fin de arrebatar los ejemplares por la violencia. Pero cuando esto ocurría, era el propio Teodosio, acompañado de toda la banda, quien salía con los periódicos bajo el brazo, desafiando a los emboscados, con su pregón. No se atrevían a acometerle. Y al número siguiente, «El Descuaje» daba noticia de la hazaña, y ello le servía para insistir en sus ataques virulentos.Tal fue la atmósfera en que se gestó el drama del «Huerto del Francés».
Esa última frase es muy significativa: la atmósfera de lucha entre estos idealistas y camorristas contra una autoridad provincial corrupta, por no poder decantarse para ningún lado, se convirtió en un terreno abonado para que apareciera el matón supremo que consiguiera esa misión imposible de restaurar el orden mafioso en Santander mientras unos valientes se resistían.
Más vale tener a los policías comiendo a nuestra mesa, que muertos de hambre a nuestra puerta
Era evidente que tenían que anular a Teodosio de alguna manera y así se lo expresó, de manera amistosa, el tal Martinillo al Teodosio, en el curioso día en que al fin se conocieron:
—¡Me habían hablado mucho de usted…!
—¡Y a mí de usted! Por eso deseaba conocerle. Sabía que habíamos de entendernos. Entre los dos podemos hacer mucho…
Volvió a reír Teodosio:
—En Santander no hay nada que hacer. Esto es una letrina. Aquí el único «que plancha» es el jefe de Policía. ¡Buen tipo don Narciso Tomás…!
—Sí, sí, ya he visto sus campañas. ¡Pobre hombre! Yo creo que exagera usted algo. Me parece un infeliz.
Hizo Teodosio un amplio gesto entre enfado y despectivo. Alzó sus brazos de atleta por encima de su cabeza, fingiendo asombro, y acabó dejándolos caer sobre el mármol del velador, como dos mazas.
—¿Un infeliz? ¿Pero usted sabe lo de la Colirona y lo de…?
—¡Cosas de hombres…!
—¡Bueno, vamos a hablar en serio, amigo Diego! ¡Supongo que no habrá usted venido a pasar el rato!
—¡A conocerle a usted; ya se lo dije…!
—Pues para que me conozca bien, le voy a decir cómo soy. No haga usted caso de lo que le digan por las tabernas cuatro gallinas, que en cuanto me ven se esconden bajo siete estados de tierra. Yo, Teodosio «el Piloto», estoy dispuesto a acabar con toda la granujería de Santander. ¿A usted le extraña? Pues así es. He vivido mucho y no me asusta nada. Me emborracho como el primero y donde haya una «gachí» que merezca la pena, allí estoy yo. No me importa que se juegue, aunque sea a los pitos. Pero lo que no quiero es que cuatro granujas vivan de las mujeres, del juego y de los borrachos, sin dar la cara y presumiendo además de personas decentes. ¿Usted lee «El Descuaje»?
—¡Ya le he dicho que sí…!
—Pues comprenderá que tengo razón, y el por qué de mi campaña contra ese don Narciso y otros como él…
La conversación era recogida, sílaba a sílaba, por los incondicionales de la próxima mesa, que se la iban comunicando, entre grandes gestos de regocijo y admiración, a los ocupantes de las inmediatas:
—¡Le ha dicho que don Narciso es un granuja…!
—¡Y que donde él esté, se han acabado los valientes…!
—¡Hoy está «el Piloto» como Dios…!
¿Conseguiría un perdonavidas como Martinillo doblegar a un toro de lidia como Teodosio?

Siguió la charla sensacional. «El Martinillo» hablaba con frases cortas y precisas, sin entregarse al eufemismo ni al circunloquio. Lo que él quería, era llevarse bien con Teodosio, si podía ser. Él creía que sí, y para eso había buscado aquella reunión. Precisamente aquel asunto del «Dominó eléctrico» que se explotaba en el café podía ser un buen motivo para la inteligencia. En aquel asunto llevaba un parte «el Piloto».
—¡Una pequeña parte —corrigió éste—, una verdadera miseria!… ¡La mejor tajada se la lleva, como siempre, el inspector, y eso es lo que me duele…!
—Pero ya quedará un margen para un nuevo socio. Yo he venido a Santander con deseos de trabajar. Así, puestos los dos de acuerdo, el negocio marcharía boyante, sin riesgos de perturbación…
—¡Si diésemos carpetazo a don Narciso…!
—¡Dale con don Narciso! ¿Qué daño nos hace ese hombre? Déjele que coma. Créame usted a mí, que tengo experiencia. Más vale tener a los policías comiendo a nuestra mesa, que muertos de hambre a nuestra puerta. ¡Y más, habiendo para todos!
—¿Pero, y «El Descuaje»?
—Siga usted con él y diga todo lo que quiera. Pero para el negocio, déjeme a mí. ¡Yo me sé arreglar…!
Estaban hablando en el antiguo café del «Cántabro», que como saben los santanderinos de alguna edad se hallaba establecido en la plaza de Becedo, frente a unos pabellones viejos y misérrimos, inmediatos a la iglesia de San Francisco, que se derribaron para alzar el Palacio municipal. En esos pabellones existía otro café de mucho crédito en la población: el «Occidente». En el «Cántabro» se estaba explotando un juego de azar llamado el «Dominó eléctrico», y a este negocio se refería la conversación de los dos rivales.

El ascenso de Martinillo: el nuevo Al Capone de Santander
La estancia de Martinillo en Santander fue corta e intensa. Llegó en un momento de gran necesidad económica, como la que ya arrastraba su rival, Teodosio, pero pronto su suerte cambió a mejor por su valor temerario y sus contactos en las altas esferas de la Seguridad del Estado. Por el camino, como era lógico, acabó cometiendo el asesinato que todo el mundo esperaba que terminaría por ocurrir:
Desde este primer encuentro se comenzó ya a temer, por los amigos de los dos, un desenlace fatal, sangriento, que lo mismo podía desarrollarse en una taberna como en la calle o en una casa de juego, y así fue por desgracia.
Era una auténtica Crónica de una muerte anunciada y no era para menos si consideramos la figura flamenca de un hombre como Martinillo, decidido a exponer su vida para ser el más matón del lugar donde estuviera:
Diego Martín Veloz, hacía poco tiempo que estaba en Santander. Se trata de un sujeto nacido en Cuba, que de la insurrección se pasó á las fuerzas españolas y que peleando por su patria se ganó el grado de teniente.
Huyendo de sus paisanos vino á España, se licenció y aprovechándose de su fuerza física y su valor personal, del que nadie dudaba, decidió vivir á costa del juego.
Sabía que su fin era el presidio o el cementerio, pero esto no le arredró. Algo había que exponer en la lucha: él exponía la vida.
Recorrió las casas de juego pidiendo, exigiendo dinero y lo tuvo. Son pocos los que por vivir desprecian la vida.
Llegó una época en que por las autoridades se hizo una dura campaña contra el juego y la situación de Martinillo, que por este nombre era conocido en Madrid, cambió. Como no se jugaba, su caja se había cerrado.
El verano último entró en Santander y entonces su estado, al parecer, no era muy floreciente, pero pronto cambió porque en esta ciudad se jugaba.
Se presentó en un Círculo muy conocido, hizo una postura, perdió; hizo otra y también salió la contraria. Entonces se acercó al groupier que tallaba y le exigió la cantidad perdida, cuatro duros, y cien pesetas más.
El groupier se volvió y le contestó que no le conocía y que no tenía orden de entregarle dinero.
—Soy Martinillo el del «Colonial» de Madrid—le dijo Veloz.
(El groupier, asustado) ¿Qué tal don Diego? Sí, tome; tome usted lo que quiera—y le entregó el dinero que pedía.
El groupier sabía que aquel individuo [no] se marchaba de allí sin lo que había pedido.
Luego, en otros Círculos, exigió cantidades de más importancia, mil y dos mil pesetas, y se pasó el verano en Santander sin volver á molestar á nadie.
Después de una corta ausencia volvió á esta población, y últimamente estuvo de encargado de un juego eléctrico en un café y tenía el juego en el Club de Billares.
Sin embargo, la situación de Teodosio era desesperada, en especial en lo económico, aunque también lo habían desterrado de Santander por atreverse a decir lo que todo el mundo sabía:
Ultimamente adquirió gran popularidad con su campaña contra la policía en el semanario El Descuaje, por lo cual tenía pendiente una condena de varios años de destierro.
Curiosamente, esta condena y esta ruina total que sufría Teodosio tiene un vínculo muy claro con su inmediato enemigo Martinillo, que aunque al parecer llegó a Santander con una mano delante y otra atrás (o esto nos quiso hacer creer por aquí) contaba con unos contactos en las altas esferas militares muy concretos y muy pesados. Y precisamente en esa relación tóxica que se establece desde el principio entre estos dos irreconciliables rivales y en la que surge constantemente el tema del dinero y su reparto aparece un importante alto oficial del ejército que parece haber recibido la visita de Teodosio con una carta de recomendación de Martinillo en la que se le pide ayuda para reaccionar frente a la gravísima condena que supuso para Teodosio todo este tema de la campaña de presuntas calumnias contra la policía de Santander. El propio alto oficial se mostraba extrañado en el juicio de que estos dos señores hubieran acabado a tiro limpio cuando precisamente venía de haber recibido la visita de Teodosio en su Cuartel de la Montaña de Madrid, que quedó arrasado en la guerra civil por los milicianos, con una recomendación muy personal del propio Martinillo, en la cual le indicaba que por favor ayudase a Teodosio de alguna manera de cara a la grave situación judicial en la que se encontraba inmerso, condenado a cuantiosas sanciones e indemnizaciones y hasta al destierro.
Desde su tertulia de «La Sacristía», el Piloto, cuando le hablaron por primera vez del recién llegado, comentó displicente:
—¡Ése no sabe a dónde viene! ¡Yo se lo enseñaré…!
Y su corte habitual —Gelasio, Ramón «el Manta», Emilio «el Cégato», Jesús Amber, Jesús González, Joaquín, «el Cabuérnigo» y «el Cioltas»— rieron, aprobando.
—¡Ya se iría enterando aquel «chalao» de quién era Teodosio y de lo que era Santander…!
Todo hubiera ido bien —es un decir— de no haber caído en nuestro pueblo «el Martinillo». Pero con su llegada, vió Teodosio, con asombro primero y con indignación después, que se le iban cerrando todas las puertas, que hasta entonces se le habían abierto dóciles y asustadas. Ya era un problema entrar en una casa de mala nota y arrojar los muebles por los balcones, como había hecho muchas veces, en las barbas de los agentes de la autoridad. Porque en alguna de aquellas casas podía hallarse «el Martinillo» y el sainete entonces derivaba hacia la tragedia. Lo mismo sucedía en las casas de juego.
Cuando «Colindres» trasladó a la calle de Puerta la Sierra el «Huerto del Francés», Teodosio estaba ya en «las últimas» económicamente. Necesitaba resolver su situación de cualquier modo, y se apoderó de él la obsesión de enfrentarse resueltamente con «el Martinillo», al que consideraba causa de todos sus apuros. Si «el Martinillo» desapareciera, o si asustado se retirase por el foro, él quedaría nuevamente dueño del campo. Entonces volverían a abrírsele las puertas de los restoranes y tabernas, brindándole sus platos y sus vinos, como en los tiempos en que era indiscutible su valor. En las casas de juego habría siempre un sobre, para él, que podría mandar a recoger por cualquiera de sus amigos. Pero aquel cubano se le ponía siempre delante en sus tentativas de exacción.
Es decir: el ponerle por delante a su nuevo y decidido protector, sus tradicionales pagadores le obligaban a un enfrentamiento que Teodosio sabía que sólo podía ser a muerte. Un lance de honor hasta sus últimas consecuencias. De hecho, el mayor esbirro del Martinillo era de los primeros en ponerle entre esa espada y esa pared:
Varias veces había acudido a «Colindres», y éste le había respondido socarronamente:
—¡Yo no soy nadie, Teodosio! Habla con Diego. Lo que él haga, bien hecho está.
Aquello era una declaración de guerra en toda regla. Aquellos tahures y aquellas empresarias de amor, venían a decirle que él ya no pintaba nada, y que no querían nada con él. No sólo era la negativa de auxilios lo que le indignaba, sino aquel menosprecio, aquella mofa que se hacía de su valor.
—¡Acabarán por correrme los chicos! —pensaba entonces tristemente.
¡Y para acabar en aquello, toda una vida de desplantes y de aventuras temerarias! ¡Aquella engarra con un negro en la Habana, al que arrojó al mar después de haberle arrebatado su cuchillo! ¡Y aquella pelea homérica con los serenos de Bilbao! ¡Y el duelo constante con los valientes de Santander!… ¡Y con la puñalada que le dieron una noche a la salida de «América», y que no fué mortal por haberle recibido la tapa de su grueso reloj, que quedó atravesada como si fuese talco!
La relación tóxica entre Teodosio y Martinillo duró unos pocos meses que se vivieron, sin embargo, con toda la intensidad de una rivalidad que sólo podía acabar con uno de ellos en el cementerio. Un amigo íntimo de Teodosio, Gelasio, reconocía que la relación entre ambos era confusa y siempre en competición por el tema del dinero y la primacía sobre el submundo criminal de Santander:
Abogado acusador.—¿Es cierto que Diego Martín llegó á Santander muy mal de ropa?
T.—Si.
A.—¿Ha oído usted decir que en el Sardinero pidió dinero por dejar jugar y dos sujetos llamados los «Cívicos» que habían llegado de Madrid dijeron «a éste no hay más remedio que darle dinero o matarle?»
T.—Si.
Dice también que sabe que entre Teodosio y Diego se intentaron algunos desafíos y cree que Diego odiaba a Teodosio. El defensor señor Ruano pregunta al testigo que cómo ha cambiado de opinión, pues en el sumario afirmó que Teodosio y Diego eran amigos. Insiste el testigo en sus manifestaciones y se da lectura á la declaración en que dijo que aquellos eran amigos. Explica esta contradicción el testigo diciendo que quiso decir que eran amigos al parecer.
Pero no lo eran. No podían serlo. La única cuestión que queda por aclarar es si de verdad se buscaba acabar físicamente con Teodosio o, si como yo mismo creo, este complicado mundo del hampa se conformaría con anularlo como principal gestor y a la vez amenaza para este tinglado, en el cual tanta gente importante estaba metida de alguna manera. El mismo Joaquín Miera, íntimo amigo de Teodosio, reconocía que en el fondo Martinillo lo que quería era doblegar a su rival y mantenerlo de alguna forma contento, con dinero en sus bolsillos, pero controlado. Lo que pasa es que Teodosio no cedía fácilmente su primacía en la ciudad y entonces tenían que intervenir amigos de uno y otro para hacer una diplomacia dificilísima:
Ha oído decir el testigo que entre Teodosio y Diego Martín hubo varias rencillas, una de ellas en el café Ancora. Después mediaron amigos y explicaciones. También sabe que dijo Martín que él quería ser el número uno de los valientes y habría dinero para todos. Dice que sabe que antes se tiraba el juego en el Club de Billares y se llevaba a jóvenes de buenas familias a los que se les multaba dinero por relojes y otras alhajas.
Y dentro de esas labores diplomáticas parece ser que, igual que Teodosio logró enchufar a su amigo Joaquín Miera en el Círculo Santanderino, también Martinillo se comportó muy bien con ese fiel camarada de su enemigo y lo enchufó a su vez en el Club de Billares, en el que tendría lugar más tarde la tragedia:
D.— ¿Quién empezó a disparar?
T.— No lo sé.
D.— ¿Es cierto que usted estaba colocado en el Club por recomendación de Teodosio?
T.— Sí, señor. Eso fué en el Círculo Santanderino, que entró por influencia de Teodosio.
D.— ¿Diego Martín se portaba decentemente con usted en el Club?
T.— Sí.
D.— ¿Llegó Diego Martín a darle a usted consejos para que se abstuviera de la bebida?
T.— Sí.
D.— Aunque usted era íntimo amigo de Teodosio, ¿puede usted decirnos si éste, cuando estaba borracho, era hombre camorrista y que insultaba y maltrataba a sus mismos amigos?
T.— Le diré a usted; Teodosio era amigo mío y yo…
D.— Basta, basta… no lo diga usted, no diga usted nada.
Acusador (señor Bengoa).— ¿Estos esos caballeros del Santo Sepulcro, que dice el defensor asisten a «La Sacristía», concurre también don Florencio Aguirre?
T.— Sí.
(El presidente advierte al letrado que no estando presente el jurado don Florencio Aguirre, no puede influir en el resultado de la causa.)
A.— Cuando esa cuestión de Bilbao, ¿es cierto que le detuvieron a usted nada más, y cuando Teodosio se presentó a interesar por usted fue detenido también?
T.— Sí.
Adrián Monar dijo á Martín que Teodosio iba la noche de autos con Jacinto Bolado y otros, desafiado, y aquél salió en su busca. Bolado tuvo una cuestión con Teodosio en La Sacristía. Jacinto Bolado dice á preguntas del señor Bengoa (abogado de Teodosio) que, como todo el mundo sabe, Martín vino a Santander a ser matón de las casas de juego. A Teodosio le daba por combatir todo cuanto fuera antilegal. Confirma que Martín y Teodosio fueron desafiados al Sardinero, pero los amigos de uno y otro procuraron que no se encontrasen.
—¡Ese cubano se ha creído que va a ser el amo de Santander!
—¡No hay vergüenza en el pueblo si se le deja!


Teodosio Ruiz, el león santanderino, y «Martinillo», el jaguar cubano, son los dos protagonistas de estos hechos que alcanzaron una resonancia nacional, y casi pudiéramos decir que histórica.
Pick.
La noche del suceso, Teodosio estaba borracho de odio y de vino, que había bebido sin tasa, como si quisiese ahogar la amargura que le consumía. Despidió a sus amigos a primera hora:
—¡Dejarme, que tengo que hacer…!
—¡Vas a ir sólo…!
—¡Solito!
Todos lo entendieron, y le dejaron ir.
—¡Yo creo que le busca…!
—¡Debía haberlo hecho antes…!
Cercano a estos cafetines, casi encima de Rucabado, y en uno de los edificios que se han derribado también estaba el famoso «Martinillo», su «Huerto del francés» para explotar el juego. Allí fue a buscarle Teodosio, y allí se acometieron uno y otro a tiros como dos fieras. Es uno de los sucesos más resonantes de la historia de Santander. Teodosio quedó muerto, y el pueblo lloró su fin en romances y coplas, como se hace con los toreros y demás héroes. Y aquí termina el romance de la vida y muerte de Teodosio «el Piloto», el hombre más fuerte y más bravo que, al decir del pueblo, ha habido en Santander…
Éste era el hombre que ha sucumbido entre la sangre de un delito horrendo; este era Teodosio Ruiz, corazón fuerte, alma noble, vida que si tuvo defectos como todos, los pagó él solo con su cuerpo, con su salud ya bastante combatida, pero que nunca mató a nadie; ni hizo fuego contra nadie; ni agredió jamás en la forma censurable en que él fue agredido y muerto en compañía del desgraciado Nicanor Arenal, que ha dejado una viuda y cinco hijos en el mayor desamparo.
El pueblo de Santander pide justicia para estas víctimas sacrificadas; justicia para quien siempre la pidió desde este periódico, moralidad para que así, con el ejemplo del castigo á los culpables, Santander se vea libre de juegadores profesionales, pillos de oficio, gente vagabunda, policías inmorales, bárbaros encanallados, y cuanto hasta ahora ha constituido el hampa vergonzosa de nuestro pueblo. Creemos sinceramente que el activo é inteligente juez del Oeste, señor Muñoz, se habrá percatado de este sentimiento general, unánime, y esperamos que sabrá reflejar en el proceso esta popular y justa acusación de todo Santander.
La Redacción.

























