Comentamos unas asesorías online para padres que tienen dudas sobre la crianza de sus hijos. La psicóloga especializada en niños en Santander, Marina Maestro, nos habla de crianza e infancia: cómo afrontar los nuevos retos familiares sin caer en la culpa. La crianza ha cambiado mucho en las últimas décadas. Las familias tienen hoy acceso a una cantidad enorme de información sobre educación, desarrollo infantil y bienestar emocional, pero disponer de más consejos no siempre significa tener más seguridad a la hora de educar. Al contrario, la sucesión constante de recomendaciones, métodos y opiniones puede hacer que madres y padres cuestionen continuamente sus propias decisiones y sientan que cualquier error cotidiano puede tener consecuencias importantes en el futuro de sus hijos.

La búsqueda de ayuda profesional ya no responde sólo a problemas graves o con trastornos diagnosticados
En este escenario, la psicología infantil ha ido adquiriendo un papel cada vez más amplio. La búsqueda de ayuda profesional ya no está necesariamente relacionada con problemas graves o con trastornos claramente diagnosticados. Muchas familias recurren a un especialista porque determinadas situaciones de la vida cotidiana se han vuelto difíciles de manejar: conflictos constantes en casa, rabietas especialmente intensas, problemas para establecer normas, dificultades para comunicarse con los hijos, miedos, inseguridades o discusiones relacionadas con el uso de las pantallas. El objetivo no siempre es encontrar una solución inmediata, sino comprender qué está ocurriendo y adquirir herramientas para afrontar mejor aquello que está generando malestar.
Educar ya no parece tan sencillo como antes. Durante mucho tiempo se asumió que para educar bastaba con aplicar aquello que cada adulto había aprendido durante su propia infancia. Sin embargo, los niños no vienen con un manual de instrucciones y tampoco existe una fórmula educativa que funcione exactamente igual en todas las familias. Cada menor tiene su propio temperamento, sus necesidades, su ritmo de maduración y su manera de expresar aquello que le ocurre. Una estrategia que funciona perfectamente con un hijo puede provocar resultados completamente diferentes cuando se aplica con otro. Esta psicóloga especializada en crianza de niños en Santander nos describe el panorama actual realista de tantas familias:
A esta realidad se añaden las circunstancias de la vida actual. Las jornadas laborales, las obligaciones domésticas, los horarios escolares, la falta de tiempo y, en algunos casos, la ausencia de una red de apoyo cercana pueden provocar que los adultos lleguen al final del día con muy pocos recursos emocionales disponibles. En ese contexto, una situación aparentemente sencilla, como pedir a un niño que deje de jugar con una tableta para sentarse a cenar, puede terminar desencadenando una discusión de grandes dimensiones.
No necesariamente existe una falta de interés por parte de los padres. Muchas veces existe cansancio. También expectativas demasiado elevadas sobre cómo debería funcionar una familia y una presión constante por hacerlo todo correctamente. La consecuencia puede ser que los adultos interpreten cada conflicto como una prueba de que están fracasando, cuando en realidad se encuentran ante dificultades normales de la convivencia que pueden necesitar orientación.
Las conductas que más preocupan a las familias
Entre las situaciones que llevan a muchas familias a solicitar orientación aparecen los problemas relacionados directamente con la conducta. Las rabietas son uno de los ejemplos más conocidos, especialmente cuando dejan de ser episodios puntuales y empiezan a convertirse en una fuente constante de tensión. También pueden aparecer dificultades para aceptar las normas de casa, enfrentamientos continuos entre hermanos, discusiones ante cualquier petición de los adultos o una resistencia permanente a determinadas rutinas. No todas estas situaciones tienen necesariamente un significado patológico. Los niños están aprendiendo a controlar sus impulsos, comprender las reglas sociales, expresar sus emociones y aceptar que no siempre pueden conseguir aquello que desean. El conflicto forma parte de ese aprendizaje. El problema aparece cuando determinadas dinámicas se vuelven tan frecuentes o intensas que terminan afectando seriamente a la convivencia, al funcionamiento familiar o al bienestar del propio menor.
Existe, además, otra clase de dificultades que pueden pasar más desapercibidas porque no siempre generan enfrentamientos visibles. Un niño puede mostrar una irritabilidad persistente, comenzar a evitar determinadas situaciones, desarrollar miedos que interfieren con sus actividades habituales o presentar una tristeza que se prolonga en el tiempo. También pueden aparecer problemas de autoestima, inseguridad en las relaciones con otros niños o dificultades que terminan repercutiendo en el colegio.
La diferencia entre una etapa complicada y una situación que merece ser valorada profesionalmente no siempre resulta sencilla para una familia. Precisamente por eso, consultar con un especialista no significa asumir que existe un problema grave. En muchas ocasiones permite simplemente analizar qué está sucediendo y determinar qué tipo de respuesta puede resultar más adecuada.
Las pantallas ocupan actualmente un espacio importante en la vida familiar
La tecnología se ha convertido en uno de los grandes retos de la crianza. Las pantallas ocupan actualmente un espacio importante en la vida familiar. Teléfonos móviles, tabletas, ordenadores, videojuegos, plataformas audiovisuales y redes sociales forman parte del entorno cotidiano de niños y adolescentes. Esta realidad ha introducido un desafío que las generaciones anteriores no tuvieron que afrontar de la misma manera: cómo establecer una relación equilibrada con la tecnología sin convertir cada dispositivo en el origen de una batalla familiar. El problema no consiste únicamente en decidir cuánto tiempo puede pasar un menor delante de una pantalla. También hay que tener en cuenta para qué la utiliza, qué contenidos consume, en qué momentos del día aparece, si interfiere con el sueño, los estudios, las relaciones familiares, el juego o la actividad física y, especialmente, qué papel desempeña dentro de la dinámica del hogar.
Para una familia agotada, la tableta puede convertirse en un recurso que permite terminar una tarea, preparar la cena o disfrutar de unos minutos de tranquilidad. Condenar automáticamente esa utilización no ayuda necesariamente a resolver el problema. Antes de establecer cambios, resulta más útil comprender las circunstancias que han llevado a esa situación y buscar alternativas que puedan aplicarse de forma progresiva. Reducir determinados hábitos tecnológicos puede requerir tiempo. Si durante meses o años un dispositivo ha formado parte de determinadas rutinas, retirarlo de manera repentina puede generar una reacción intensa. Por eso, establecer objetivos alcanzables, anticipar los cambios, mantener unas normas claras y ofrecer otras posibilidades de ocio puede resultar más eficaz que convertir cada apagado de la pantalla en un enfrentamiento.
Poner límites no significa educar desde el miedo
Uno de los grandes desafíos de la educación consiste en encontrar el equilibrio entre afecto y autoridad. Algunas familias temen ser demasiado estrictas y otras sienten que han perdido capacidad para establecer normas. Sin embargo, autoridad y autoritarismo no son conceptos equivalentes. Un límite saludable no necesita construirse mediante gritos, amenazas o miedo. Los niños necesitan saber qué se espera de ellos y cuáles son las consecuencias de determinadas conductas, pero también necesitan percibir que las normas son coherentes y que los adultos que las establecen constituyen una referencia segura.
Los límites cumplen una función educativa. Ayudan al menor a comprender que existen normas de convivencia, que los deseos individuales no siempre pueden satisfacerse inmediatamente y que determinadas conductas tienen consecuencias. El objetivo no es conseguir obediencia mediante intimidación, sino acompañar progresivamente al niño para que pueda desarrollar autocontrol y responsabilidad. Aquí adquiere especial importancia la diferencia entre aceptar una emoción y aceptar una conducta. Un niño puede estar profundamente enfadado porque se le ha terminado el tiempo de videojuegos. Esa emoción es real y merece ser reconocida. Pero reconocer el enfado no implica permitir que insulte, golpee a otra persona o destroce objetos.
Una respuesta adulta puede transmitir simultáneamente ambas ideas: “entiendo que estés enfadado” y “no voy a permitir que hagas daño”. De esta forma, el menor aprende que sus emociones tienen un lugar y pueden expresarse, pero que existen determinados límites respecto a la manera de actuar.

Decirle a un niño que no llore no elimina lo que siente
La psicóloga especializada en niños, Marina Maestro, nos describe algunas situaciones típicas en las que a lo mejor no sirve lo que hemos creído toda la vida:
La gestión emocional comienza mucho antes de que un niño sea capaz de explicar perfectamente qué le sucede. En los primeros años, buena parte de las emociones se expresan mediante el llanto, los gritos, el enfado, la retirada o determinadas conductas que pueden desconcertar a los adultos. Frases aparentemente tranquilizadoras como “no pasa nada”, “no llores” o “eso no es para tanto” pueden tener una intención positiva, pero no siempre ayudan al menor a comprender lo que está experimentando. Cuando un niño percibe que una emoción es rechazada cada vez que aparece, puede terminar aprendiendo que determinados sentimientos son inadecuados o que debe ocultarlos. Validar no significa dramatizar ni conceder automáticamente aquello que el niño reclama. Significa reconocer que existe una experiencia emocional detrás de su comportamiento. Un menor puede sentirse decepcionado porque no puede conseguir un juguete y, al mismo tiempo, tener que aceptar que la decisión de los adultos no va a cambiar.
Esta diferencia es fundamental para desarrollar una educación emocional equilibrada. El objetivo no consiste en conseguir que los niños estén siempre tranquilos o contentos, sino en enseñarles progresivamente a reconocer lo que sienten, expresarlo de una manera adecuada y aprender a tolerar emociones desagradables.
La prevención empieza mucho antes de que aparezca un problema grave
La infancia constituye una etapa fundamental para aprender a relacionarse con las propias emociones, con otras personas y con las dificultades de la vida. Esto explica la importancia de prestar atención a determinadas señales antes de que alcancen una intensidad que afecte de manera importante al menor. Un cambio persistente en el comportamiento, problemas continuados de relación, alteraciones emocionales, miedos que limitan las actividades habituales o conflictos familiares que se repiten constantemente pueden ser motivos suficientes para pedir orientación. No hace falta esperar a que la situación sea insostenible. La prevención también implica aceptar que la educación no consiste en controlar absolutamente todo lo que sucede. Los niños necesitan experimentar, equivocarse y aprender. Los padres también necesitan margen para equivocarse, rectificar y probar nuevas estrategias. La idea de que existen familias capaces de educar siempre correctamente genera una presión innecesaria. La realidad es bastante más sencilla: habrá días en los que las cosas funcionen y otros en los que no. Habrá conversaciones que salgan bien y discusiones que terminen peor de lo esperado. Habrá normas que funcionen durante una temporada y tengan que modificarse posteriormente.
Niños seguros, no padres perfectos, es lo que estamos buscando todos los padres. Y quizá uno de los principales cambios que necesita la crianza contemporánea sea precisamente abandonar la obsesión por la perfección. La enorme cantidad de información disponible puede ser útil, pero también puede provocar que los padres comparen continuamente su forma de educar con modelos aparentemente impecables. Las redes sociales muestran familias sonrientes, rutinas perfectamente organizadas y métodos educativos que parecen resolver cualquier conflicto. La vida real es diferente. Una familia puede tener una relación afectiva sólida y, al mismo tiempo, atravesar épocas de discusiones, cansancio y dificultades.
Los niños no necesitan adultos que acierten siempre. Necesitan referentes capaces de ofrecer afecto, seguridad y límites, pero también adultos que puedan reconocer sus propios errores y reparar cuando una situación no ha salido bien. Aprender a pedir perdón, volver a hablar después de una discusión y buscar una solución constituye también una forma de enseñar.
La crianza, por tanto, no debería entenderse como un examen permanente en el que los padres deben obtener una calificación perfecta. Es un proceso que se construye día a día y que requiere adaptación constante. En ese camino, la psicología infantil y la orientación familiar pueden convertirse en herramientas de apoyo cuando determinadas circunstancias generan dudas o desgaste. El objetivo no es encontrar una receta universal para educar, sino comprender mejor a cada niño, mejorar la relación familiar y proporcionar a los adultos recursos que les permitan acompañar el crecimiento de sus hijos con mayor seguridad. Porque educar no consiste en evitar todas las dificultades ni en conseguir que los niños nunca se enfaden, se equivoquen o sufran una decepción. Consiste en acompañarlos mientras aprenden a enfrentarse a esas experiencias, ofreciéndoles un entorno suficientemente seguro para crecer y desarrollarse con autonomía.
La sobreprotección también puede convertirse en un problema
Proteger a los hijos es una reacción natural. Los adultos quieren evitarles sufrimiento, decepciones y situaciones que puedan resultar difíciles. El problema aparece cuando ese deseo de protección conduce a solucionar sistemáticamente cualquier obstáculo antes de que el niño tenga la oportunidad de enfrentarse a él. Si un adulto hace siempre los deberes que el menor no sabe resolver, interviene cada vez que existe un conflicto entre compañeros, prepara todas sus cosas para evitar olvidos o elimina cualquier actividad que pueda generar frustración, el niño obtiene alivio inmediato, pero pierde oportunidades importantes para desarrollar autonomía. La frustración forma parte de la vida. Los niños necesitan experimentar pequeñas decepciones en un contexto seguro para aprender que una dificultad no significa que sean incapaces de superarla. Equivocarse, volver a intentarlo, pedir ayuda cuando es necesario y encontrar soluciones son experiencias que contribuyen al desarrollo de una autoestima basada en las propias capacidades. Por eso, acompañar no siempre significa intervenir. En determinadas situaciones, la mejor ayuda que puede ofrecer un adulto consiste en permanecer cerca, proporcionar seguridad y permitir que el niño intente resolver el problema por sí mismo. La función de los padres no es construir un mundo sin dificultades, algo que resulta imposible, sino proporcionar herramientas para enfrentarse a ellas.
¿Qué hay detrás de una conducta que preocupa? Una de las preguntas más útiles ante un comportamiento difícil consiste en cambiar el enfoque. En sus asesorías online sobre crianza de los hijos, Marina nos responde a esta cuestión desde un enfoque profesional:
En lugar de limitarse a preguntar qué está haciendo el niño, puede ser más interesante intentar averiguar qué está intentando expresar o qué necesidad puede existir detrás de esa conducta. Una rabieta puede aparecer después de un día especialmente agotador. Una respuesta agresiva puede estar relacionada con la incapacidad para expresar una frustración. Una negativa constante puede esconder dificultades para aceptar determinados cambios. Un niño que evita participar en ciertas actividades puede estar experimentando inseguridad. Esto no significa que todas las conductas tengan una explicación sencilla ni que deban justificarse, pero sí que comprenderlas puede ayudar a responder de una forma más eficaz.
Los niños no siempre disponen de las palabras necesarias para explicar lo que les ocurre. Los adultos, por su parte, pueden quedarse atrapados en la preocupación inmediata por conseguir que la conducta desaparezca. Sin embargo, trabajar únicamente sobre la conducta visible puede dejar intacta la causa que la está alimentando. Por eso resulta importante observar patrones: cuándo aparece el problema, con quién sucede, qué ocurre justo antes, cómo responden los adultos y qué sucede después. Esta mirada permite pasar de la reacción impulsiva a una comprensión más amplia de la situación.
En la imagen, una familia de cierta posición en el Santander de después del Machichaco. Muchas cosas han cambiado desde entonces y desde hace menos tiempo en cuanto a crianza de los pequeños, pero, ¿cómo adaptarnos a tantos cambios sociales en una sola generación o dos?

Pedir ayuda no significa haber fracasado como padre o madre
Una de las barreras que todavía pueden aparecer cuando una familia se plantea acudir a un profesional es la sensación de que hacerlo equivale a reconocer un fracaso. Sin embargo, solicitar orientación cuando una situación supera los recursos disponibles puede ser precisamente una muestra de responsabilidad. Nadie tiene por qué saber cómo actuar ante todas las circunstancias que pueden surgir durante la infancia y la adolescencia. La educación es un proceso dinámico y los problemas también cambian a medida que los hijos crecen. Lo que funcionaba a los cuatro años puede dejar de ser útil a los ocho, y las estrategias necesarias durante la adolescencia pueden ser completamente diferentes. La intervención psicológica no tiene por qué centrarse exclusivamente en el niño. En muchas ocasiones, trabajar con los padres y analizar las dinámicas familiares resulta fundamental para introducir cambios. Mejorar la comunicación, comprender determinadas conductas, revisar expectativas y aprender nuevas formas de establecer límites puede tener un impacto directo en el bienestar de todos los miembros de la familia. Además, intervenir cuando una dificultad todavía es manejable puede evitar que determinados conflictos se consoliden durante años. No se trata de convertir cualquier problema cotidiano en una enfermedad, sino de disponer de recursos profesionales cuando una familia siente que necesita una perspectiva diferente.




























